La del Sari

20190507_200556_00002078728915676620568.png

A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.

Anuncios

OVEJAS NEGRAS

WhatsApp Image 2018-03-06 at 10.48.26

3, 4 y 5 años.

Esas eran las edades, la mía y las de mis dos hermanos. Mi mamá fue muy organizada con sus críos y nos trajo al mundo uno detrás del otro, teniendo especial cuidado en que naciéramos los tres en el mismo mes -febrero- e incluso en fechas bastante cercanas; todo esto con el pragmático objetivo de economizar gastos y esfuerzo, haciendo una sola fiesta de cumpleaños.

Con la llegada de noviembre comenzaron los preparativos para celebrar la navidad en el preescolar, y se acordó la realización de un nacimiento viviente.

Cada niño adoptaría un rol bíblico, con vestuario y actuación incluída. A pesar de que estábamos en distintos niveles, por algún motivo, terminamos los tres en el mismo escenario.

Mamá se había esmerado haciendo nuestros trajes ella misma; tenía talento. Mi hermana llevaba con elegancia un par de alitas blancas: era el Ángel Gabriel y debía cumplir con la fundamental misión de anunciar el nacimiento del mismísimo hijo de Dios.

Mi hermano era un importante rey mago, vestido con tela suave y distinguido por el prestigio de haber hecho un largo viaje con presentes para Jesús.

Y yo… no sé a quién diablos se le ocurrió ponerme de OVEJA.

Parece increíble pero todavía recuerdo ese día. Me encontraba entre el público con papá viendo a Ernesto, mi hermano, declamar con un liqui liqui. Era media lengua y lo pronunciaba todo mal pero su público lo amaba.

Luego pasó Magui a recitar un poema de Andrés Eloy Blanco. Yo la había visto en todos sus ensayos y desde aquellos días “Angelitos negros” sigue siendo de mis preferidos.

Ambos estuvieron increíbles, brillantes: aplausos, felicitaciones, buenos augurios.

Luego de esas presentaciones, para finalizar, se haría el nacimiento viviente.

Sin embargo ya había pasado una cantidad de tiempo considerable y por un lamentable error de logística el disfraz de oveja me lo pusieron desde que comenzó el día.

Fueron horas de estar esperando que tocara mi turno. Sentía calor, tenía sed, quería comer. Y mi condición de oveja lo empeoraba todo.

¿Cómo no? mi traje no era tan fresco como el de mis hermanos. A diferencia de ellos, yo tenía encima por lo menos 10 kilos de algodón pegados a un trajecito blanco que me cubría absolutamente todo el cuerpo. Y ya para el momento en que me llamaron a subir al escenario estaba demasiado agotada.

Pero cumplí con mi deber, subí.

Solo que, una vez arriba, mientras entregaban los regalos traídos del oriente, el calor y la sed ganaron la pelea, de manera que, contrariando todas las instrucciones recibidas, me quité la cabeza de oveja… y me bajé del escenario en pleno acto buscando a papá. Por supuesto que todo el mundo se enteró de aquello. Y bueno, el caso fue un ejemplo casi literal del significado de ser la oveja negra de la familia.

Probablemente tú ya has escuchado esta frase: “fulanito es la oveja negra de su familia”. Puede que “fulanito” seas tú mismo. Si no lo eres, seguro que puedes pensar en esa persona, dentro de tu núcleo familiar, que llena los requisitos indispensables para serlo. Pero si tampoco, entonces, de verdad, lo lamento.

El cuento de la oveja negra resalta el culto a la “normalidad” dentro de una sociedad determinada. Encuentra origen en la necesidad de algunos seres humanos de conservar el control del grupo a través de la conducta similar de las personas. Cualquier diferencia o desencaje que se presente en alguno de sus integrantes atenta contra los parámetros preestablecidos y activa una alerta.

Luz roja: hay una oveja negra. Alguien que se comporta distinto a lo que se espera.

Y ocurre que cuando esa oveja negra está rodeada de un montón de ovejas blancas, entonces comienza a padecer los remedios recetados por los expertos; se implementan una serie de medidas para normalizar a la oveja negra, buscando blanquear su lana de la manera que sea.

Pero también podría correr una suerte distinta: si a la oveja negra la aceptan exactamente como es, si la respetan y la aman, entonces significa que tiene a su alrededor muchas otras ovejas diferentes como ella, que aprecian lo particular porque reconocen su belleza.

Y me he dado cuenta de que es cierto, yo he nacido oveja negra, pero pertenezco al segundo grupo, al de las ovejas suertudas rodeadas de otras ovejas parecidas en esencia, que no permiten que les quiten su color. Lo digo porque presumo de una familia hermosa que se ha reído de mis disparates, que me ha defendido de las ovejas blancas y me ha apoyado en todo momento.

Somos unos impresentables, locos como cabras. Pero es esto: cada vez que alguno de nosotros ha debido ser la oveja negra, ha contado con el resto del rebaño para salir adelante y saber que no es un bicho raro, es solo distinto al resto del mundo.

Por suerte.