El farolito de Narnia

En Cambridge, una ciudad de Inglaterra fundada gracias a sus universidades y cuya riqueza depende en buena parte de ellas, hay un parque que tiene un farolito blanco, el cual, a simple vista no muestra ninguna particularidad.

Pero cuando te enteras de que ese farolito sirvió como fuente de inspiración al autor de Narnia para escribir sus libros, adquiere un significado distinto y hasta te dan ganas de pedir una foto abrazándolo, como pasó conmigo.

Sí, los objetos con historia, toman vida. Según me dijeron, es su ubicación lo que le convierte en una especie de frontera entre dos mundos completamente distintos, al interno de una misma ciudad.

De un lado viven jóvenes provenientes de todas partes del mundo para llenar de vida las aulas de estudio y del otro, residen adultos que trabajan y llevan sus vidas de adultos.

La diferencia entre ambos grupos es inmensa. Para los primeros, el futuro es un lugar lleno de esperanzas y las esperanzas están puestas precisamente en ellos. El destino se presenta como una hoja en blanco y el dibujo es libre, todos los colores están puestos a su disposición y tienen permiso para creer que el sol de mañana será aún más brillante que el de hoy.

Para los otros, los que han terminado la universidad y han comenzado a entenderse directamente con la vida y sus realidades, -las cuales, muchas veces tienen suficiente fuerza como para obligar a cualquiera a cambiar todos los planes- comienza a parecer que tal vez es hora de dejar de pensar tanto, que capaz no alcanza el tiempo para soñar tan grande.

Así que estas dos caras de un mismo sitio, llevaron a escribir esos libros que yo jamás he leído, pero que me he visto todas las películas en repetidas ocasiones.

Y fue luego de conocer la historia detrás del farolito del parque, que comencé a fijarme que es verdad que cuando los cuatro hermanos salen del ropero, lo primero que ven es precisamente un farol blanco, elemento que indica la frontera entre dos mundos.

La entrada a Narnia: una nación mágica donde es posible lo inimaginable, donde todas las criaturas son diferentes y las fortalezas de cada corazón sirven en provecho de un objetivo superior y común. Un lugar donde puedes hablar con Dios mirándole a los ojos.

Noté que para la tercera película dejaron de estar los dos hermanos mayores.

Al parecer la magia está reservada a los niños y a las mentes jóvenes. Será porque los años nos regulan la visión y perdemos la capacidad de ver lo esencial? Será porque llega una edad en la que dejamos de creer en nuestra intuición y creemos que es lo más inteligente conformarnos con “una vida normal”.

Un par de cosas más atraparon mi atención. La primera, una frase: Para vencer los monstruos que se encuentran en el exterior, es preciso acabar con los que habitan dentro de nosotros.

Y la segundo, la respuesta de Lucy, la hermana menor, a unas palabras de admiración que le decían “cuando sea grande quiero ser como tú”, a lo que contestó: lo mejor que puedes ser cuando seas grande es ser como tú.

Esos monstruos del exterior son cada uno de los obstáculos que encontramos día a día y que nos quitan la fe en incontables ocasiones. Que nos llevan a reconsiderar nuestras capacidades y a creer que todo eso con lo que soñamos es posible únicamente para unos pocos.

Que tal vez para otros es más posible. Y viendo sus logros, resulta fácil pensar: ojalá yo pudiera ser como ella, y nos libramos así de la incomodidad que puede representar ser quiénes somos y del trabajo que falta para llegar a ser quienes estamos destinados a ser:

nosotros mismos.

Sin arrepentimiento

Por aquellos días, apenas comenzaba con el hábito de comprar un periódico cada domingo y leer alguno que otro artículo de opinión.

En una de esas -lo recuerdo claro-, en el borde inferior de una de las páginas, casi como relleno, vi el testimonio de una enfermera que había trabajado en distintos ancianatos, y aseguraba que gracias a sus muchos años de experiencia había logrado constatar un factor común entre todos sus pacientes.

Esa similitud que tenían, sin que importara sexo, nacionalidad, mayor o menor nivel económico, era que sus mayores arrepentimientos no eran por cosas que habían hecho mal en la vida, sino, por el contrario, por cosas que precisamente habían dejado de hacer.

No recuerdo haber reflexionado demasiado al respecto, pero sin duda, me causó una fuerte impresión. Esa lectura logró surtir un efecto en mí, parecido al que una plancha caliente produciría en un niño que acaba de tocarla con los dedos. No lo quiero, fue suficiente. Recibí un aprendizaje.

Comprendí, o más bien asumí, que llegar al final de mi vida queriendo haber hecho cosas que no hice, no me iba a gustar.

Que seguro que me irá mejor si me atrevo a cometer los errores que tenga que cometer, porque al final, si toca arrepentirme de mis acciones igual tendré un beneficio superior al de evitar actuar por miedo a equivocarme.

Pues cuando mi tiempo haya llegado a su fin y el futuro no sea más que abismo, cuando mi existencia entera, carente de porvenir, se encuentre sostenida solo por los hilos del pasado, se me hará fácil ver que todo lo que quise hacer, pude haberlo intentado si tan solo hubiera sido un poco más osada.

Así que a partir de aquella tarde, cometí un sin fin de tonterías. De muchas de ellas, por supuesto, llegué a arrepentirme amargamente. Pero también conseguí impulso para seguir adelante en muchas ocasiones, a pesar del miedo, solo por pensar que en el futuro habría preferido hacer eso que quiero, que dejarlo de hacer.

Ya he dicho antes que “hay que decir te quiero mientras se quiera y no por temor al futuro, sino por amor al presente”. Pues bien, lo que sí es cierto es que tener en cuenta el futuro, nos puede dar un empujoncito a la hora de saber aprovechar el ahora.

Y es precisamente por eso que me considero afortunada por haber recibido el mensaje de aquel artículo de relleno que me permitió descubrir la vida desde una nueva perspectiva, y que enseñó a mis oídos a escuchar esa voz del futuro que susurra: cuando llegues aquí, todo eso que hoy te perturba, te da miedo o te entristece, habrá dejado de importar.

Mapa del tesoro

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Hoy te quiero contar sobre mi nuevo descubrimiento. No se trata de un secreto así que es probable que sepas tú más que yo sobre el tema.

Por mi parte, aunque ya había escuchado alguna cosa al respecto, jamás hasta ahora había tenido la oportunidad de hacer un mapa del tesoro.

Pude hacerlo por fin hace un par de días, en la oficina en la que trabajo. Nos reunimos varias personas al rededor de una mesa, había revistas, pega blanca, hojas, tijeras y lápices de colores.

Escuché atentamente la explicación que pedí sobre qué era exactamente lo que tenía que hacer y me puse manos a la obra.

Debía usar todos los materiales que tenía a mi disposición para plasmar mis metas; era una especie de traducción de objetivos a imágenes. Por ejemplo, si yo quisiera viajar a España a mediados de este año colocaría un avión y una banderita roja con amarillo, en el espacio que por secuencia lógica le corresponda a esos meses.

Es más o menos así, ¿me explico?

Todas deben ser metas realizables, eso sí. Quiero decir, posibles de alcanzar. No se trata de dejarnos dopar por la imaginación y perdernos en el mágico mundo de los sueños. Se trata de crear una especie de brújula que nos indique el camino a seguir en los momentos en los que la claridad brille por su ausencia.

Enero parece ser un buen mes para este tipo de cosas. Porque sí, es común que en diciembre las personas lamentemos haber dejado de lado buena parte de los deseos del año y entonces aseguramos que esta vez las cosas serán distintas.

Y ¿por qué no? La verdad es que sí pueden serlo. Y para eso sirve hacer un mapa del tesoro. No tiene que ser demasiado elaborado, en serio. El mío por ejemplo fue rudimentario al extremo de causar risas entre mis compañeros. Pero, aunque yo también reí cuando lo vi terminado, lo cierto es que me lo tomé muy en serio.

Todo lo que en él había, era puro y era sincero. Tenía 7 metas, únicamente. Era un mapa chiquito… mi primer mapa. Eso sí, a cada una de ellas la sentí hasta en los huesos.

Y cuando me tocó explicarlas públicamente -era parte de la actividad- en mis palabras sentía la fuerza de una plegaria, de un rezo; cada afirmación llegaba como un juramento. Uno que decía que, en todo lo que dependa de mí, esas 7 metas van a ser alcanzadas.

El 24 de enero será la luna nueva en acuario.

Una excelente fecha para sembrar intenciones, propicia para hacer un mapa del tesoro que nos sirva de guía durante todo el año. Que nos recuerde, cuando estemos caminando sin rumbo, cuáles son los puntos de descanso, cuáles distracciones evitar, cuáles objetivos nos esperan.

De mi experiencia te digo que puede ser algo bien simple y que si las metas no son muchas, no pasa nada. Basta que sean honestas, que no vengan para impresionar a alguien sino a llenarnos de satisfacción a nosotros mismos. Y que si tu mapa causa algo de risa, como el mío, tampoco importa.

Lo que realmente importa es que sea algo muy serio para ti.

Aunque también te rías.

Otra forma de llorar

El Sari de hoy era otro. Y ese otro tampoco era el de hoy sino el de la semana pasada, que no publiqué porque llegué muy cansada. Quedó en espera.

El de hoy es de hoy. Es decir, lo estoy escribiendo minutos antes de hacerlo público (por la confianza que nos tenemos).

Mientras escribo recuerdo todas esas veces que he escuchado comentarios como “tú escribes sobre cualquier cosa”. Parece halago y acusación al mismo tiempo. Pero lo cierto es que sí, es más o menos así. Es lo que me va pasando lo que me lleva a reflexionar sobre una u otra idea.

Po ejemplo esta vez, la musa es la gripe. Y sí… porque me dio gripe.

Pero es que en realidad, en cualquier cosa, incluso en la más simple hay algo que merece análisis.

Y por otro lado, sin ánimos de exagerar, esta gripe vaya que no ha sido cualquier tontería. Me ha tenido con tanta alergia que pareciera que llevara tres días llorando. Las lágrimas andan a su libre albedrío y la cara la tengo roja e hinchada.

Una persona que ni me conoce me pidió: no llores. Y le respondí que ese era el peor consejo que se le podía dar a alguien, por dos motivos fundamentales: es malo y es inútil.

Inútil porque si intentas que alguien pare de llorar solo pidiéndole que no llore, no vas a lograr mucho. Y malo porque dejar de llorar realmente causa daño.

Ya te conté que el año pasado para mí fue un período bastante particular. Estuvo tan intenso, tan cargado de aprendizaje que para más o menos poder llevarle el ritmo tuve que hacer uso de psicólogos, consteladores familiares, astrología y demás hierbas aromáticas.

La primera psicóloga a la que fui, – esta vez no como paciente sino como acompañante- me comentó, al escucharme estornudar y quejarme de que me daba un resfriado cada diez días, que la gripe es otra forma de llorar.

Me explicó que el cuerpo encuentra siempre la manera de expresarse, que cada uno de nuestros males, representa una señal, un grito, una conversación pendiente con nosotros mismos.

Y así es como ocurre que si una persona no sabe llorar o deja de hacerlo porque necesita ser o parecer fuerte, somatiza.

Apenas había transcurrido una semana cuando volví a escuchar el mismo comentario. Esta vez yo era la paciente y quien lo dijo era mi psicóloga. Ahora presté mayor atención.

Luego de dos sesiones, mi única tarea era llorar. Pero por absurdo que parezca, porque razones sobraban, costaba muchísimo. Varios intentos después, lo logré. Y cuando por fin lo hice, costó parar. En los minutos que duró el llanto, pareció que me quitaba de encima kilos innecesarios. Ahí comencé a entender que llorar era una gran bendición. Y le di gracias a Dios por permitirme hacerlo.

Fue el remedio: pararon las gripes por un buen tiempo. Y hacía tanto que no me resfriaba así que me puse a pensar en el motivo por el cual pasó ahora. Y creo que entendí.

El cuerpo a veces también nos pide pausas, lanza protestas, se queja. Nos pide un ratico de descanso, un día para nosotros. Una tarde para escuchar qué nos queremos decir.

Me di cuenta. Llevaba meses trabajando un montón, saliendo en las noches, divirtiéndome, pasando tiempo con todo el mundo pero sin tomar un momento conmigo.

Así que ayer almorcé una sopa, volví temprano a casa, me preparé un tecito, vi videos de Mia astral y dormí. Me cuidé, estuve para mí. Me escuché y entendí.

Hoy estoy mejor, muchísimo mejor. Y me doy gracias por saberme escuchar.

Cambio en el camino

“Dirán que andas por un camino equivocado, si andas por tu camino”. Antonio Porchia

Todavía no estoy segura de haber sentido alegría o tristeza. Pero es un hecho que verla llorar a ella me conmovió profundamente.

Sí, claro que las lágrimas de los demás también me tocaron y las agradecí de corazón pero las de ella eran distintas para mí. Estaba acostumbrada a verla tan distante, tan jefa, tan dura y ahora… ¿lloraba porque yo me iba?

En ese momento habían pasado uno o dos días desde que renuncié al escritorio jurídico en el que había estado trabajando durante varios meses; eso fue en febrero del año pasado, poco antes de mi cumpleaños.

Te dije que 2018 había estado lleno de eventos estremecedores y este fue uno de ellos porque, aunque comparado con otros parece una tontería, la verdad es que en su fecha fue un batacazo.

Renunciar a las cosas que en algún momento nos llenaron de amor, de entusiasmo, de ilusión y hasta de orgullo cuesta no uno sino dos mundos.

Y cuesta aunque ya te hayas decepcionado de eso. Cuesta aunque ya sepas de sobra que no es lo que necesitas. Y cuesta, por absurdo que parezca, aunque te estés muriendo de ganas de irte.

Cuesta tanto porque nos avienta a un despeñadero llamado cambio que nos abre un vacío desde el pecho hasta el estómago y nos echamos hacia atrás como por instinto.

En mi caso no había nada que analizar. Me costaba pararme en las mañanas, me sentía desmotivada y ya no había ningún beneficio laboral -ni económico ni intelectual- que me hiciera querer sentarme a observar la balanza para ver hacia donde se movía. Pero, Dios mío, cuánto me costaba.

Para que tengas una idea de lo difícil que fue, el día en que renuncié, estuve como medio día sentada frente a mi computadora intentando hacer alguna cosa que no hice porque no logré concentrarme en nada.

Solo pensaba en cómo lo haría. Sentía la sangre en la cabeza y la presión alterada. La boca un poco seca y las manos sudorosas. No conseguía mover los pies para ir a decir lo que imperiosamente necesitaba.

Recuerdo que me escribió Diana Rufus, uno de esos ángeles que me ha mandado la vida para que me alumbren algún tramo del camino. Me dijo: ¿ya lo hiciste? Y le contesté que no había podido. A continuación leí: si no renuncias hoy no me hables más nunca.

Y en verdad lo que me dijo me causó tanta gracia que por un momento pude salir a flote de esa tormenta en el vaso que yo misma había creado y fui como por impulso a pedir hablar con alguno de los socios.

Tengo que renunciar.

La persona que se reunió conmigo fue la misma que me había contratado. La misma a quien le escuché decir en la entrevista: ya voy a parar la búsqueda porque tú eres exactamente lo que queremos. Alguien a quien le tomé un grandísimo cariño y esto, por supuesto, no hacía las cosas más fáciles.

Sin embargo cuando me preguntó “¿estás segura?” Yo supe que en realidad no tenía duda. ¿Y qué me ataba?

Así que, sin seguir ninguno de los consejos recibidos sobre cómo hacer una buena renuncia para “dejar las puertas abiertas”, renuncié. Hice lo que casi siempre hago: fui extremadamente franca.

“Me voy porque no estoy siendo feliz”.

Y cuando nos conocimos me preguntaste cuáles eran mis principales virtudes y la primera que mencioné fue lealtad. Pues bien, sería una deslealtad seguir trabajando sin sentir ningún tipo de pasión por lo que hago”.

Duró casi una hora mi renuncia. Un montón de minutos desperdiciados intentando que yo cambiara de opinión, escuchando promesas de un mejor futuro, de algún ascenso, de tomar alguno de los cambios que propuse.

Y después vino la despedida en la que lloraron casi todos. En la que todos dijeron que me extrañarían y que estaban orgullosos de mí porque seguro me iba detrás de algún sueño.

Tres semanas después de que me fui, casi todos los que estuvieron en mi reunión de despedida, renunciaron también. También la jefa distante, también el socio que me contrató.

También los otros que quisieron convencerme de que no me fuera.

Y un año y medio después comprendí un poco más de lo que había pasado aquel día: -me sigo sintiendo halagada por el afecto, claro- pero la verdad es que esa vez nadie lloró porque me iba.

No lloraron por mí, lloraron por ellos mismos… porque tenían justo en frente el cambio que querían pero no se atrevían a hacer.

La del Sari

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A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.

OVEJAS NEGRAS

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3, 4 y 5 años.

Esas eran las edades, la mía y las de mis dos hermanos. Mi mamá fue muy organizada con sus críos y nos trajo al mundo uno detrás del otro, teniendo especial cuidado en que naciéramos los tres en el mismo mes -febrero- e incluso en fechas bastante cercanas; todo esto con el pragmático objetivo de economizar gastos y esfuerzo, haciendo una sola fiesta de cumpleaños.

Con la llegada de noviembre comenzaron los preparativos para celebrar la navidad en el preescolar, y se acordó la realización de un nacimiento viviente.

Cada niño adoptaría un rol bíblico, con vestuario y actuación incluída. A pesar de que estábamos en distintos niveles, por algún motivo, terminamos los tres en el mismo escenario.

Mamá se había esmerado haciendo nuestros trajes ella misma; tenía talento. Mi hermana llevaba con elegancia un par de alitas blancas: era el Ángel Gabriel y debía cumplir con la fundamental misión de anunciar el nacimiento del mismísimo hijo de Dios.

Mi hermano era un importante rey mago, vestido con tela suave y distinguido por el prestigio de haber hecho un largo viaje con presentes para Jesús.

Y yo… no sé a quién diablos se le ocurrió ponerme de OVEJA.

Parece increíble pero todavía recuerdo ese día. Me encontraba entre el público con papá viendo a Ernesto, mi hermano, declamar con un liqui liqui. Era media lengua y lo pronunciaba todo mal pero su público lo amaba.

Luego pasó Magui a recitar un poema de Andrés Eloy Blanco. Yo la había visto en todos sus ensayos y desde aquellos días “Angelitos negros” sigue siendo de mis preferidos.

Ambos estuvieron increíbles, brillantes: aplausos, felicitaciones, buenos augurios.

Luego de esas presentaciones, para finalizar, se haría el nacimiento viviente.

Sin embargo ya había pasado una cantidad de tiempo considerable y por un lamentable error de logística el disfraz de oveja me lo pusieron desde que comenzó el día.

Fueron horas de estar esperando que tocara mi turno. Sentía calor, tenía sed, quería comer. Y mi condición de oveja lo empeoraba todo.

¿Cómo no? mi traje no era tan fresco como el de mis hermanos. A diferencia de ellos, yo tenía encima por lo menos 10 kilos de algodón pegados a un trajecito blanco que me cubría absolutamente todo el cuerpo. Y ya para el momento en que me llamaron a subir al escenario estaba demasiado agotada.

Pero cumplí con mi deber, subí.

Solo que, una vez arriba, mientras entregaban los regalos traídos del oriente, el calor y la sed ganaron la pelea, de manera que, contrariando todas las instrucciones recibidas, me quité la cabeza de oveja… y me bajé del escenario en pleno acto buscando a papá. Por supuesto que todo el mundo se enteró de aquello. Y bueno, el caso fue un ejemplo casi literal del significado de ser la oveja negra de la familia.

Probablemente tú ya has escuchado esta frase: “fulanito es la oveja negra de su familia”. Puede que “fulanito” seas tú mismo. Si no lo eres, seguro que puedes pensar en esa persona, dentro de tu núcleo familiar, que llena los requisitos indispensables para serlo. Pero si tampoco, entonces, de verdad, lo lamento.

El cuento de la oveja negra resalta el culto a la “normalidad” dentro de una sociedad determinada. Encuentra origen en la necesidad de algunos seres humanos de conservar el control del grupo a través de la conducta similar de las personas. Cualquier diferencia o desencaje que se presente en alguno de sus integrantes atenta contra los parámetros preestablecidos y activa una alerta.

Luz roja: hay una oveja negra. Alguien que se comporta distinto a lo que se espera.

Y ocurre que cuando esa oveja negra está rodeada de un montón de ovejas blancas, entonces comienza a padecer los remedios recetados por los expertos; se implementan una serie de medidas para normalizar a la oveja negra, buscando blanquear su lana de la manera que sea.

Pero también podría correr una suerte distinta: si a la oveja negra la aceptan exactamente como es, si la respetan y la aman, entonces significa que tiene a su alrededor muchas otras ovejas diferentes como ella, que aprecian lo particular porque reconocen su belleza.

Y me he dado cuenta de que es cierto, yo he nacido oveja negra, pero pertenezco al segundo grupo, al de las ovejas suertudas rodeadas de otras ovejas parecidas en esencia, que no permiten que les quiten su color. Lo digo porque presumo de una familia hermosa que se ha reído de mis disparates, que me ha defendido de las ovejas blancas y me ha apoyado en todo momento.

Somos unos impresentables, locos como cabras. Pero es esto: cada vez que alguno de nosotros ha debido ser la oveja negra, ha contado con el resto del rebaño para salir adelante y saber que no es un bicho raro, es solo distinto al resto del mundo.

Por suerte.