La del Sari

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A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.

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Lecciones de matemáticas

Jamás comprenderé la mala intención de aquella profesora de latín que se empeñaba en hacer exámenes orales todos los lunes, arruinando un gran porcentaje de mis fines de semana.
Su espíritu se alimentaba de las caras de lamento de los alumnos y comentaba, como si ya supiera todo lo que había que saber sobre la vida, “cuando sean adultos van a extrañar estos días”.
Y la verdad es que no fueron nada malos, tenía buenos amigos y el estudio es de esas cosas que me gustan… lo más complejo para mí eran las clases de matemáticas y sin embargo nunca faltaba quien me explicara todo.
Y en última instancia, a la que acudía siempre porque jamás entendí un dos más dos, encontraba también quien me diera las respuestas en los exámenes; un terrible hábito que me reservé para los números solamente y del cual no estoy particularmente orgullosa.
Recuerdo que el profesor de matemáticas me tenía cariño, se preocupaba por mí y me preguntaba el motivo de mi perenne ausencia mental. Yo lo consolaba diciendo: Carmelo, no te sientas mal por mí, no es tu culpa, tú eres brillante. Es solo que a mí no me gusta esto. Si me dieras clases de literatura o filosofía estarías orgulloso.
Y no mentía, quedaba absorta el tiempo que durara una clase de literatura; recorría el mundo en las de geografía; hacía un tour por el pasado en las lecciones de historia y volaba al hiperuranio con la filosofía. El arte, la música… ¡Dios! Si fuera rica sería mecenas.
Y, sin embargo, las clases de matemáticas no fueron horas perdidas, a pesar de que es cierto que jamás copié un número a no ser el de la fecha, en ellas solía leer, escribir, soñar…
Confieso que mi primer poemario fue el cuaderno cuadriculado; las clases de Carmelo eran como el limo: creaban un ambiente fértil para la escritura.
Incluso me sirvieron para planificar meticulosamente mi rutina ideal como futura mecenas: despertaría todas las mañanas y me asomaría desde mi habitación a ver el patio de la casa lleno de cuerpos desnudos esperando a ser pintados. En las tardes haría jornadas como las descritas por Boccaccio en el Decamerón; pequeños bacanales los fines de semana y cada tanto un nuevo destino.
Comida mediterránea, música clásica, cerveza artesanal, gente de todas las naciones conversando en mi entorno; idiomas, culturas, costumbres distintas. Clases de filosofía, de arte, de literatura… esta es la imagen de felicidad que tengo en la cabeza.
“-Fernanda ¿estás aquí? ¿Quieres pasar a la pizarra? -No, Carmelo, gracias. -Bueno, ve cómo hace el ejercicio Gabriel.”
Ambos salíamos de forma rápida y calmada del momento incómodo; nunca se tomó demasiado personal mi falta de interés. Eso se lo agradezco infinitamente.
Gracias a él me agradan los matemáticos, incluso pienso que si pudiera entender de números habría estudiado alguna ingeniería para estar rodeada de gente como Carmelo: pragmáticos, objetivos y no tan complicados.
Yo, en cambio, tengo que vivir con la necesidad de darle mil interpretaciones a una sola palabra y hasta me he sentido tentada a juzgar a un par de personas por algún bache cultural; triste error en el que caemos, por lo menos unas tres veces en la vida, los que hemos tenido acceso a cuatro o cinco buenos libros y seis o siete excelentes profesores.
Esa mala costumbre que se empieza a curar cuando la vida te presenta a ocho o nueve personas que, sin demasiado estudio, comprenden el verdadero sentido de la vida y explican verdades con tanta simplicidad que te hacen comprender a cabalidad el significado del mensaje de los más famosos autores.
Ojalá todos logremos la humildad de mi profesor de matemáticas que pudo comprender mi falta de interés por Pitágoras o Ruffini y se conformó con que aprendiera lo indispensable.
En efecto, los números que he estado usando hasta ahora, tienen el único objetivo de dejar constancia de que sé contar.
Diez.