En neutro

Ya mis poemas han dejado de contar mi historia. No les sé el título, no les conozco un nombre.

Alguien pregunta por quién escribí y giro a un lado a ver si un amigo me salva con la respuesta.

Yo misma los leo y me sorprendo en ocasiones, como si fuera la primera vez.

-¡Cuánto has sentido!, me digo perpleja y me lleno de ganas de abrazarme fuerte.

No podría asegurar en este momento que ha llegando el tiempo de cantar victoria sobre ese nombre que aún me persigue, me acompaña y me despierta.

Solo que ahora se ha quebrado el vínculo que mantenía atados presente y pasado.

Y los recuerdos que me vienen a la mente, son más parecidos a los sueños sin sentido, a esas visiones extrañas que uno no sabe ni de dónde llegan.

Todo esto he pensado mientras se apagaba la luz verde del semáforo y veía reaparecer la roja.

Las imágenes fantasmas se alejaron inmediatamente, en el mismo instante en que fueron llegando.

Así están. Vienen y se van, vienen y se van. Como las olas de los mares.

¿Quién sabe?

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Hay un cuento muy famoso de un aldeano al que cada vez que le ocurría algo, bueno o malo, él simplemente aceptaba el hecho como había llegado.

Pasó por ejemplo que un día su único hijo cayó de un caballo y se fracturó una pierna y entonces los vecinos lo visitaron con lamentos diciendo “hombre, qué mala suerte que tienes” el señor en esos momentos solo respondía: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

A la semana llegaron al poblado los militares reclutando a los muchachos jóvenes para llevarlos a la guerra a luchar. Pero al hijo del aldeano no se lo llevaron porque estaba en cama.

Otra vez volvieron los vecinos de visita, esta vez con comentarios de “qué buena suerte que tienes”. Y nuevamente el sabio hombre respondió: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

Y así como en esta fábula, parece que la verdad de todo en la vida es que ningún evento es por sí mismo bueno o malo, sino que lo determina como una u otra cosa la perspectiva desde la cual se le vea.

O, dicho de otra manera, depende de la historia que le hagamos.

Un ejercicio de escritura que me encanta para poner a volar la imaginación consiste en describir un mismo evento en por lo menos 5 formas distintas para sacarle todo el jugo que pueda tener.

Esta es también una herramienta que se usa en programación neurolingüistica para liberarnos de recuerdos dañinos.

Y por supuesto que sirve para reinterpretar la vida, para volver a echarnos el cuento. Buscar versiones, cambiar de perspectiva. Ser autores conscientes de nuestra propia existencia.

Por ejemplo este escrito, el anterior y todos los que vengan nacieron no sé cuándo, pero lo más probable es que haya sido el año pasado.

Lo digo porque 2018 fue el peor año de mi vida. Tuve que tomar decisiones radicales, perdí a personas importantes, viví momentos drásticos. Y de todo ello nació esta frase que acabo de decir y que dije antes con el corazón puesto en las manos: fue el peor año.

Pero ahora me escucho y me respondo yo misma, tomando ejemplo del aldeano. ¿El peor año? Quién sabe.

Y me vuelvo a echar el cuento: 2018 ha sido el año de mayor aprendizaje.

Entonces, ¿fue el mejor año de mi vida? Quién sabe.

El hecho cierto es este: me enseñó cosas que servirán para siempre. Me enseñó a volver a armar un cuento, a saber que el dolor puede ser bueno si nos transforma o inútil cuando lo tomamos como víctimas, sin detenernos a pensar si eso terrible que nos pasó es tan malo como parece.

Sin atrevernos a indagar porque… ¿quién sabe?

Herrar es de humanos

Herrar de humanos

“Eso es, permanezcan ignorantes, el conocimiento trae sufrimiento, los ignorantes son más felices”, dijo indignada mi profesora de latín, luego de los resultados devastadores de un examen sorpresa.

Y yo no comprendí del todo lo que había querido decir hasta que un día, de camino a Cuyagua, por el parque Nacional Henri Pittier, vi volar una botella de cerveza desde la ventana de un auto.

“¡INFELIZ!”, fue lo que me provocó gritarle. Tal vez lo hice. Y con mi indignación llegó la lucidez. ¡Claro, a eso se refería la Heltzel! Si yo no hubiese estado enterada del daño que puede causar el vidrio en el ambiente, seguro que no me habría importado lo que acababa de hacer aquella bestia.

Y lo mismo pasa con el uso del lenguaje. Si una persona no recibe educación, no le hace ni ruidito que alguien use la palabra “haiga”. Yo me acuerdo que cuando era niña la dije una vez… pero de verdad, no la repetí más nunca. Mamá, que siempre ha sido tan dulce en sus enseñanzas, esa vez no supo disimular el horror, abrió los ojos tres veces más grandes, se le desfiguró la cara y hasta comenzó a gaguear. Incluso en una niña de 7 años “haiga” pareció un pecado.

Mucho más grave que “hubieron”, es cierto. Pero este tampoco se salva. Yo cuando lo escucho, no lo controlo. Giro la cara hacia el lado contrario, como alejándome del evento, mientras me voy convenciendo de que no fue real, de que yo imaginé todo.

Pero en el fondo, no es descabellado que nuestra mente pueda tener ese tipo de deslices…  ¿no es la lógica de la conjugación lo que nos lleva a ello?

Pensando mejor, no es que la ignorancia nos hace felices sino que creernos con mucha cultura nos va poniendo medio tontos y engreídos. Que al minuto siguiente de aprender el significado de una palabra, nos parece absurdo que el de al lado no lo sepa. Como los estudiantes de comunicación social que en el primer semestre comienzan a sufrir ataques cuando escuchan que a la publicidad se le llama propaganda.

Les voy a contar. Al comenzar la carrera de Derecho, empecé a ver “lenguaje y comunicación”, una materia que a la mayoría le parecía de relleno pero que a mí me cambió la vida. Yo había estudiado en un colegio italiano y mi cabeza se volvía un merengue cada vez que escribía en español.

¿Cuándo va la s o la z o la c, Dios mío?

Mi twitter lo abrí en 2011, cuando no tenía ni conciencia. Cualquiera que quiera buscar un poquito, va a encontrar cosas peores que horrores ortográficos.

Precisamente en esa red social hace unos días leí a una argentina indignada por lo escritores que se toman a relajo la ortografía, los consideró ofensivos y faltos de compromiso.

Tal vez no sea para tanto, digo yo.

La escritura ya está bien acostumbrada a los juegos de palabras, a los cambio en el lenguaje y a las aceptaciones de la Real Academia, de manera que dudo mucho que se ofenda con facilidad.

Porque en esencia, veo que la escritura es alcahueta y complaciente. Disfruta de permitirnos hacer lo que nos dé la gana. Como una madre que deja a sus niños con lápiz y papel para que se queden quietos, absortos, distraídos. La escritura es libertad amable y pura que nos vuelve dioses, capaces de crear el mundo en siete días, dos noches o una línea.

Tal vez entonces, la única manera de ofenderla sería el pretender ponerle riendas para encarrilar sus andanzas, estableciendo parámetros que no tiene, marcando pautas que no quiere, disminuyendo su oxígeno.

Los errores nos ofenden solo a nosotros, por algún motivo. Nos escandaliza y nos volvemos arrogantes. Así pues, nuestro conocimiento nos hace infelices.

Cada vez que abrimos los ojos de forma desproporcionada, cuando nos reímos bajito en complicidad con nuestra superioridad imaginaria, cuando no admitimos que, la verdad, es que pudo pasarnos lo mismo, creamos jaulas.

A los errores hay que empezar a darles un mejor trato. No solo aceptarlos sino también quererlos, mirarlos con cariño, invitarles el café. Porque la vida sin errores es aburrida. La vida sin errores no aprende. La vida sin errores no avanza.

Y porque, definitivamente, herrar es de herreros y también de humanos, se los digo yo, romántica empedernida que mil veces pedí perdón por mis herrores, a puño y letra sobre papel.