Mi primera venta

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Uno, dos, tres y así hasta el cien.

Al mismo tiempo que encontré la solución, busqué un cuaderno entre mis cosas, arranqué una hoja y marqué los números con mis propias manos.

“Ya vas a ver que lo resolvemos todo”.

Por suerte, todavía no me había enterado de que no era muy buena con las matemáticas, así que sacar las cuentas me resultó sencillo: si le digo a todo el mundo, alguien va a tener que comprarme… alguien no, cien personas.

El día en que hice mi primera venta yo tenía siete años, tal vez poco más, tal vez poco menos. A decir verdad, no sé cuál era la edad que tenía. Solo sé que estaba en esa etapa de la vida en la que los recién conocidos sienten la confianza de pasar sus manos por el cabello de uno con una sonrisa de cariño.

A mí en el pueblo me tenían aprecio porque todos me conocían. Me veían pasear a todas horas por las calles en la bici rosada o escuchaban mi nombre cuando me andaban buscando porque me había escapado. Lo hacía todo el tiempo, era mi hobby.

Ya sabían quién era yo. Era la hijita menor de Charito y Cirilo, me habían visto acompañando a mamá cada diciembre a entregar juguetes a los niños o a dar clases en Fe y Alegría uno que otro fin de semana; o de la mano de mi abuela en cuanto velorio hubiera. Yo era la nieta de la viejita bochinchera que vive frente a la escuela, la sobrina de la señora Norelys, encargada de la iglesia y de los rezos a los difuntos.

Me la llevaba bien con los adultos.

Y cada edad tiene sus ventajas, pienso yo. ¿Quién podría decirle que no a una niña con los cachetes gorditos? No hay un corazón tan duro que no se derrita ante una carita inocente.

“Te va a quedar preciosa a ti o a tus hijos. No importa que sean hembras o varones, es para ambos sexos. Es una delicia, fantasía pero de la buena. Elige el número que más te dé suerte que voy empezando apenas”.

Me fui por todas las casas del pueblo buscando clientes potenciales.

“Flaca, tengo una rifa. Ahorita a las 6 dicen por la radio quién es el ganador. Yo creo que vas a ser tú. Son 100 solamente y ya me quedan estos dos. Aquí está el ganador, ¿me crees? Los niños nunca mienten, ¿sabias? Cómpralo que además se te nota que estás de suerte”.

Puerta por puerta fui. Como los árabes que llegaban vendiendo enseres a crédito. ¿De dónde me salió aquella decisión de ponerme a vender?

Yo creo que es mi Marte en cáncer que hace que encuentre impulso y fuerza en el amor que siento por mi familia.

Y en especial por Maghi. Ella siempre ha sido tantas personas a la vez en mi vida que es básicamente todo. A veces la veo dormida y parece un angelito, entonces creo que es mi hermana menor, que es mi deber cuidarla. Y otras veces cuando no tengo idea de qué es lo que tengo que hacer a continuación, la busco y la escucho con la admiración que se siente cuando se tiene una hermana grande. Y otras veces ha sido como mi mamá y otras como mi hija.

Y ese día, cuando regresé del colegio me la encontré llorando. -“¿Qué te pasa?” Y me contó que se había ido al baratillo, un bazar que hacían los jueves en San Antonio y ahí, comprando una cosa y otra, dejó todo el dinero que mamá nos había dado para las meriendas del colegio.

Yo me habría comprado un montón de pepitos para sacarle los tazos o sobres de barajitas para llenar un álbum y ganarme un premio. No eran juguetes caros ni nada pero eran premios. Te los ganabas. Tal vez ganar no tiene tanto que ver con el premio al final sino con la sensación, con la sonrisa. Con ganar.

Por eso a la gente le gusta una rifa. Porque existe la posibilidad de ganar. Son más las de perder, sí, pero ¿a quién le importa? ¿Y si esta vez la suerte esta de nuestro lado? Al final el que no arriesga jamás gana. Y nadie pierde tanto como el que nunca intenta nada.

“No llores más, vamos a encontrar la solución. ¡Ya sé!, no te preocupes, voy a recuperar el dinero, espérame aquí”.

Y entonces agarré la hoja de cuaderno y salí convencida de que iba a regresar con el dinero perdido.

“Son solo 100 números y el ticket es barato, compra el tuyo y compra uno para tu esposo también, ten un detalle”.

A mi regreso todos los números habían sido vendidos. Logramos una ganancia de tres veces el precio del producto y todo el mundo quedó feliz.

El premio se lo ganó La Flaca. Que era de mis personas favoritas en el pueblo porque vendía unos besos de coco celestiales y a veces hasta me los regalaba.

“¿Ves Flaca? Yo te lo dije, ese era el número de la suerte”.

Y esta es la historia de mi primera venta, un recuerdo que regresa para decirme que siempre que haya un por qué, aparecerá un cómo.

Que si nos creemos que es posible, entonces lo es.

El farolito de Narnia

En Cambridge, una ciudad de Inglaterra fundada gracias a sus universidades y cuya riqueza depende en buena parte de ellas, hay un parque que tiene un farolito blanco, el cual, a simple vista no muestra ninguna particularidad.

Pero cuando te enteras de que ese farolito sirvió como fuente de inspiración al autor de Narnia para escribir sus libros, adquiere un significado distinto y hasta te dan ganas de pedir una foto abrazándolo, como pasó conmigo.

Sí, los objetos con historia, toman vida. Según me dijeron, es su ubicación lo que le convierte en una especie de frontera entre dos mundos completamente distintos, al interno de una misma ciudad.

De un lado viven jóvenes provenientes de todas partes del mundo para llenar de vida las aulas de estudio y del otro, residen adultos que trabajan y llevan sus vidas de adultos.

La diferencia entre ambos grupos es inmensa. Para los primeros, el futuro es un lugar lleno de esperanzas y las esperanzas están puestas precisamente en ellos. El destino se presenta como una hoja en blanco y el dibujo es libre, todos los colores están puestos a su disposición y tienen permiso para creer que el sol de mañana será aún más brillante que el de hoy.

Para los otros, los que han terminado la universidad y han comenzado a entenderse directamente con la vida y sus realidades, -las cuales, muchas veces tienen suficiente fuerza como para obligar a cualquiera a cambiar todos los planes- comienza a parecer que tal vez es hora de dejar de pensar tanto, que capaz no alcanza el tiempo para soñar tan grande.

Así que estas dos caras de un mismo sitio, llevaron a escribir esos libros que yo jamás he leído, pero que me he visto todas las películas en repetidas ocasiones.

Y fue luego de conocer la historia detrás del farolito del parque, que comencé a fijarme que es verdad que cuando los cuatro hermanos salen del ropero, lo primero que ven es precisamente un farol blanco, elemento que indica la frontera entre dos mundos.

La entrada a Narnia: una nación mágica donde es posible lo inimaginable, donde todas las criaturas son diferentes y las fortalezas de cada corazón sirven en provecho de un objetivo superior y común. Un lugar donde puedes hablar con Dios mirándole a los ojos.

Noté que para la tercera película dejaron de estar los dos hermanos mayores.

Al parecer la magia está reservada a los niños y a las mentes jóvenes. Será porque los años nos regulan la visión y perdemos la capacidad de ver lo esencial? Será porque llega una edad en la que dejamos de creer en nuestra intuición y creemos que es lo más inteligente conformarnos con “una vida normal”.

Un par de cosas más atraparon mi atención. La primera, una frase: Para vencer los monstruos que se encuentran en el exterior, es preciso acabar con los que habitan dentro de nosotros.

Y la segundo, la respuesta de Lucy, la hermana menor, a unas palabras de admiración que le decían “cuando sea grande quiero ser como tú”, a lo que contestó: lo mejor que puedes ser cuando seas grande es ser como tú.

Esos monstruos del exterior son cada uno de los obstáculos que encontramos día a día y que nos quitan la fe en incontables ocasiones. Que nos llevan a reconsiderar nuestras capacidades y a creer que todo eso con lo que soñamos es posible únicamente para unos pocos.

Que tal vez para otros es más posible. Y viendo sus logros, resulta fácil pensar: ojalá yo pudiera ser como ella, y nos libramos así de la incomodidad que puede representar ser quiénes somos y del trabajo que falta para llegar a ser quienes estamos destinados a ser:

nosotros mismos.

Sin arrepentimiento

Por aquellos días, apenas comenzaba con el hábito de comprar un periódico cada domingo y leer alguno que otro artículo de opinión.

En una de esas -lo recuerdo claro-, en el borde inferior de una de las páginas, casi como relleno, vi el testimonio de una enfermera que había trabajado en distintos ancianatos, y aseguraba que gracias a sus muchos años de experiencia había logrado constatar un factor común entre todos sus pacientes.

Esa similitud que tenían, sin que importara sexo, nacionalidad, mayor o menor nivel económico, era que sus mayores arrepentimientos no eran por cosas que habían hecho mal en la vida, sino, por el contrario, por cosas que precisamente habían dejado de hacer.

No recuerdo haber reflexionado demasiado al respecto, pero sin duda, me causó una fuerte impresión. Esa lectura logró surtir un efecto en mí, parecido al que una plancha caliente produciría en un niño que acaba de tocarla con los dedos. No lo quiero, fue suficiente. Recibí un aprendizaje.

Comprendí, o más bien asumí, que llegar al final de mi vida queriendo haber hecho cosas que no hice, no me iba a gustar.

Que seguro que me irá mejor si me atrevo a cometer los errores que tenga que cometer, porque al final, si toca arrepentirme de mis acciones igual tendré un beneficio superior al de evitar actuar por miedo a equivocarme.

Pues cuando mi tiempo haya llegado a su fin y el futuro no sea más que abismo, cuando mi existencia entera, carente de porvenir, se encuentre sostenida solo por los hilos del pasado, se me hará fácil ver que todo lo que quise hacer, pude haberlo intentado si tan solo hubiera sido un poco más osada.

Así que a partir de aquella tarde, cometí un sin fin de tonterías. De muchas de ellas, por supuesto, llegué a arrepentirme amargamente. Pero también conseguí impulso para seguir adelante en muchas ocasiones, a pesar del miedo, solo por pensar que en el futuro habría preferido hacer eso que quiero, que dejarlo de hacer.

Ya he dicho antes que “hay que decir te quiero mientras se quiera y no por temor al futuro, sino por amor al presente”. Pues bien, lo que sí es cierto es que tener en cuenta el futuro, nos puede dar un empujoncito a la hora de saber aprovechar el ahora.

Y es precisamente por eso que me considero afortunada por haber recibido el mensaje de aquel artículo de relleno que me permitió descubrir la vida desde una nueva perspectiva, y que enseñó a mis oídos a escuchar esa voz del futuro que susurra: cuando llegues aquí, todo eso que hoy te perturba, te da miedo o te entristece, habrá dejado de importar.

Mapa del tesoro

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Hoy te quiero contar sobre mi nuevo descubrimiento. No se trata de un secreto así que es probable que sepas tú más que yo sobre el tema.

Por mi parte, aunque ya había escuchado alguna cosa al respecto, jamás hasta ahora había tenido la oportunidad de hacer un mapa del tesoro.

Pude hacerlo por fin hace un par de días, en la oficina en la que trabajo. Nos reunimos varias personas al rededor de una mesa, había revistas, pega blanca, hojas, tijeras y lápices de colores.

Escuché atentamente la explicación que pedí sobre qué era exactamente lo que tenía que hacer y me puse manos a la obra.

Debía usar todos los materiales que tenía a mi disposición para plasmar mis metas; era una especie de traducción de objetivos a imágenes. Por ejemplo, si yo quisiera viajar a España a mediados de este año colocaría un avión y una banderita roja con amarillo, en el espacio que por secuencia lógica le corresponda a esos meses.

Es más o menos así, ¿me explico?

Todas deben ser metas realizables, eso sí. Quiero decir, posibles de alcanzar. No se trata de dejarnos dopar por la imaginación y perdernos en el mágico mundo de los sueños. Se trata de crear una especie de brújula que nos indique el camino a seguir en los momentos en los que la claridad brille por su ausencia.

Enero parece ser un buen mes para este tipo de cosas. Porque sí, es común que en diciembre las personas lamentemos haber dejado de lado buena parte de los deseos del año y entonces aseguramos que esta vez las cosas serán distintas.

Y ¿por qué no? La verdad es que sí pueden serlo. Y para eso sirve hacer un mapa del tesoro. No tiene que ser demasiado elaborado, en serio. El mío por ejemplo fue rudimentario al extremo de causar risas entre mis compañeros. Pero, aunque yo también reí cuando lo vi terminado, lo cierto es que me lo tomé muy en serio.

Todo lo que en él había, era puro y era sincero. Tenía 7 metas, únicamente. Era un mapa chiquito… mi primer mapa. Eso sí, a cada una de ellas la sentí hasta en los huesos.

Y cuando me tocó explicarlas públicamente -era parte de la actividad- en mis palabras sentía la fuerza de una plegaria, de un rezo; cada afirmación llegaba como un juramento. Uno que decía que, en todo lo que dependa de mí, esas 7 metas van a ser alcanzadas.

El 24 de enero será la luna nueva en acuario.

Una excelente fecha para sembrar intenciones, propicia para hacer un mapa del tesoro que nos sirva de guía durante todo el año. Que nos recuerde, cuando estemos caminando sin rumbo, cuáles son los puntos de descanso, cuáles distracciones evitar, cuáles objetivos nos esperan.

De mi experiencia te digo que puede ser algo bien simple y que si las metas no son muchas, no pasa nada. Basta que sean honestas, que no vengan para impresionar a alguien sino a llenarnos de satisfacción a nosotros mismos. Y que si tu mapa causa algo de risa, como el mío, tampoco importa.

Lo que realmente importa es que sea algo muy serio para ti.

Aunque también te rías.

¿Cuál de los tres eres?

Cuando Jesús llegó a la ciudad donde vivía su amigo Lázaro, quien había estado gravemente enfermo, se encontró con la noticia de que este había fallecido hacía dos o tres días.

Lo recibieron Marta y María, las hermanas del difunto, entre llantos a causa de su reciente pérdida. Alguna de las dos, tal vez con un reproche de trasfondo, deseó en voz alta que la llegada del Mesías hubiera ocurrido un poco antes.

Pero Jesús no se permitió entristecerse por la noticia, simplemente se limitó a decir: él va a resucitar.

Y ante su comentario, que a cualquier mortal le habría parecido una total locura, respondió Marta:

– Tal vez no has entendido Maestro, ya pasaron dos días desde su muerte, su cuerpo ha comenzado a descomponerse. Ahora ya es tarde.

– “Mujer de poca fe”, fue la respuesta de Jesús.

Es aquí cuando pronuncia esa famosa frase conocida incluso por los más ignorantes de la Biblia, como yo.

Y a continuación Jesús optó por obviar las dudas de Marta y se enfocó únicamente en su objetivo. Pidió que lo llevaran hasta el lugar donde se hallaba el cuerpo de Lázaro, pero eso sí, no se salvó de tener que seguir escuchando comentarios adversos.

Sin embargo fue guiado hasta la tumba y al llegar, antes de rodar la piedra que la clausuraba, alzó la vista al cielo y dijo gracias: “Gracias Padre por lo que va a ocurrir”.

Luego de eso, entró y pronunció otra frase también muy conocida:

– “¡Lázaro, levántate y anda!” Y fue entonces que ocurrió el gran milagro: Lázaro resucitó.

He notado que en la vida muchas veces somos Marta, otras somos Lázaro y también a veces somos Jesús. Y en ocasiones incluso somos los tres al mismo tiempo.

Somos Marta cada vez que limitamos el poder de la fe, cuando empañamos nuestras ganas de ganar con negatividad, lamentos y quejas. Cuando renunciamos y pensamos que es demasiado tarde para encontrar un arreglo. Y cuando entorpecemos y obstaculizamos con comentarios fatalistas, el camino de quienes están dispuestos a trabajar por encontrar una solución.

Somos Lázaro cuando dejamos que se nos apague el espíritu, cuando nos llevamos a estar más muertos que vivos, cuando perdemos por completo la esperanza.

Cuando nos decimos que hemos fracasado en todo, cuando en la memoria y cuenta de nuestra vida solo nos hacemos reproches. Cuando dejamos de intentar, cuando aunque queramos no logramos sonreír, no encontramos el final del túnel. Cuando asumimos que la vida se ha ensañado con nosotros. Cuando nos quejamos de la suerte, sin siquiera probar a sacarle algún provecho a los reveses.

Y somos Jesús cuando a pesar de todo, de tener que lidiar con Marta, de querer rescatar a Lázaro, habiendo visto con los ojos propios que todo acabó, obviamos y seguimos. Decidimos confiar y decir: gracias Padre por lo que va a ocurrir. 

Somos Jesús cuando enseñamos con nuestro ejemplo que sí es posible; cuando alentamos a nuestros amigos a levantarse otra vez y las que sean necesarias. Cuando actuamos siguiendo la certeza de que el ingrediente para que ocurran los milagros es la fe. Es poder decir gracias antes de tener eso que anhelamos y no solo después de que lo hemos obtenido.

Es agradecer porque sabemos que tenemos un Padre con la capacidad de hacer milagros. Y que solo nos pide que confiemos un poco, que tengamos fe del tamaño de un granito de mostaza.

Nota: este cuento bíblico lo escuché de un teólogo conferencista llamado Carlos Saúl Rodríguez. Mi aporte ha sido añadir mis propias reflexiones con respecto al rol de los personajes y por supuesto, escribirlo con el objetivo de compartirlo contigo y de parecerme con esto un poco más a Jesús, porque tal vez necesitas que alguien te recuerde que puedes ser más de lo que ahora estás siendo.

Del amor al arte

 

“Si puedes controlar el proceso de elección, puedes tomar el control de todos los aspectos de tu vida. Puedes encontrar la libertad que viene de estar a cargo de ti mismo”.

Antes creí que lo mejor que se podía hacer con un despecho era convertirlo en arte. En poema, en canción, en pintura… transformarlo para que dejara de ser simplemente dolor. Y sobre todo para que no se quedara tan adentro.

El Sari está lleno de escritos que nacieron con la intención de depurarme del pasado y yo puedo dar fe de que es una excelente manera.

Sin embargo ahora pienso que el mejor uso que se le puede dar a un despecho es aprovechar el silencio que deja la estremecida para entablar una buena conversación con nosotros mismos tentando a la suerte de que nos permita conocernos intensamente y llegar a ser verdaderos creadores de nuestro destino.

Pareciera que es algo muy difícil de conseguir cuando tienes la mente nublada y los ojos cazando una excusa para vaciarte del llanto… pero es que no hay otro momento.

Es justo ahí que importa más lo que haces. Si optas por callar antes de culpar a alguien e indagar en qué medida causaste eso que ocurrió. Y descubrir tal vez el origen de la falla.

Que es posible que no sea la primera vez. Que quizás ahora la lección parezca más difícil porque cuando fue suave ni te inmutaste. Y que si lo piensas todavía mejor ya va siendo hora de que tú mismo te preguntes “¿hasta cuándo?”.

Que nada es casualidad y mucho menos esto. Esta experiencia se parece demasiado a una anterior. No por azar siempre termina de la misma manera.

Y duele parecido, como si descosiera las mismas heridas. Pero tú te haces el ciego y quieres seguir pensando que esto es totalmente nuevo.

Te has atrevido a decir que esa persona con la que estuviste no sirvió para nada, lo hizo todo mal y no te valoró jamás y no recuerdas que quien la escogió fuiste tú precisamente.

Que no estuvo en tu vida solo porque quiso, tu la dejaste entrar y no solo eso, la mantuviste ahí y además dijiste infinitas veces que la amabas.

Considera que si ya lo hiciste antes lo puedes hacer de nuevo… a menos que descubras dónde estuvo el error. Y exactamente en qué momento de tu vida le diste entrada.

Porque es muy probable que haya sido mucho antes de que ustedes dos se conocieran.

Carta astral

¿Tú crees que el destino existe?

No me regreses la pregunta, a leguas se ve que soy del tipo de gente que cree en esas cosas.

Lo que pasa es que a veces confundo cuando afirmo que el futuro lo creamos nosotros. Y parece como si lo primero fuera una contradicción de lo segundo y viceversa. Pero no es así.

Me identifico con la convivencia de características que a simple vista parecen opuestas, como eso de ser tan mente abierta y a la vez conservadora, tan Mozart y Yandel, marte en cáncer, mercurio en piscis.

Sí, me dejo guiar por la luna y las estrellas a menudo y otras tantas veces por la ciencia. Y por el instinto claro, y por todas las anteriores. cuando toca.

Hace algunos días escuché decir que se comprobó científicamente que el destino existe. Sí, que el destino existe.

Que tú y que yo tenemos ya unos pasos invisibles -que son nuestros- por delante en el camino.

Yo lo sospechaba.

Es más, tuve casi la certeza cuando descubrí la astrología.

Porque vine a saber que cada persona, dependiendo del momento en el que nace, tiene una carta astral que funciona como un mapa que nos guía.

Que el cielo nos contempla y de verdad aguarda a que vayamos aprendiendo cada día.

Y no, no me volví loca. Si hoy te hablo de esto es porque esto me ha servido un montón durante todo este tiempo de cambios exigentes. Durante todos estos meses buscando nuevas respuestas porque las que tenía dejaron de ser suficientes.

¿Y cómo no? Si es que la falla venía desde las preguntas.

Tenemos encima una educación que nos prepara para contestar correctamente pero no para interrogar de forma acertada.

Aprendimos a dejar las dudas a un lado en los casos en que las respuestas no estuvieran a la mano.

¿Por qué llegué al mundo? ¿Cuál es el sentido de que yo esté aquí? Yo lo quise saber hace muchos años pero luego terminé pensando que era una pérdida de tiempo todo eso.

Solo que las preguntas volvieron en cierto momento y llegaron como con prisa de ser contestadas y además apoyadas por eventos que me obligaban a prestarles atención.

Me di cuenta de que precisamente vinieron gracias a específicas andanzas astrales y fue entonces que me comió la curiosidad.

Necesité saber más sobre las características del cielo la tarde en la que yo nací. A indagar un poco, a enterarme de cuánto de mí está influenciado por ese momento. A sorprenderme al encontrarme ahí tan bien descrita.

Así pues, el mapa que nos da el universo nos sirve para encontrar el mayor tesoro que es conocernos a nosotros mismos y poder encontrar nuestro objetivo.

Nuestro camino. Nuestro propósito en la vida. ¿No debería ser ese nuestro destino?

¿Qué significa tener un destino? ¿No es acaso caminar con rumbo fijo?

Yo digo que es eso pero con un toque de magia, con la influencia de una fuerza superior que nos acompaña siempre.

La magia que nos envía el universo cuando nos da alertas, sacudidas y empujones para que regresemos al camino.

Síndrome del aguacate

“Sé un agradecido permanente y un inconforme constante”. Mauricio Benoist

No se trata de voltear la vista, se trata de ampliar la visión. De comprender que si hay mucho por mejorar, también hay bastante que agradecer.

Que lo cierto es que infinitas veces nos quedamos solo con lo que nos falta y vamos por la vida con una constante sensación de carencia.

Como cuando estás en un almuerzo delicioso y alguien dice que sería todo perfecto si tan solo hubiera un aguacate.

O un queso tal o lo que sea, simplemente, siempre falta algo. Es como si fuera una patología, un síndrome.

Y claro que no está nada mal ser inconformes, este es, de hecho, uno de los elementos fundamentales que hacen del humano un ser en constante evolución; con eso no hay problema.

El tema viene cuando se nos olvida por completo agradecer lo que sí hay, hacer conciencia de todo lo que sí tenemos.

Porque la verdad es que cuando sacamos cuentas resulta que tenemos mucho.

Cada quien puede hacer su propio inventario, no tiene caso que yo te diga cuál es el mío pero lo que sí te puedo contar es que hace ya varios años, durante una Semana Santa entera estuve con un grupo de amigos viviendo en un colegio del barrio La Vega, en Caracas, como misioneros católicos.

Y durante todo ese tiempo dormimos en colchonetas, nos bañamos con una cubeta de agua, comíamos lo que nos daban y trabajábamos desde la mañana hasta la noche.

Todos estábamos ahí por gusto y bien alegres. Pero eso sí, cuando regresé a mi casa y pude bañarme sin prisas y con una ducha, cuando pude dormir en mi cama, me sentí la mujer más feliz del mundo.

Con los días, por supuesto, se me olvidó la sensación de fortuna. Porque la rutina es así: nos lleva a quejarnos de todo el trabajo que tenemos y nos nubla de ver lo maravilloso que es tenerlo.

A creer que la botella está medio vacía cuando es un hecho que no admite discusión que también está medio llena.

A sufrir y lamentarnos de hasta el más mínimo de nuestros fracasos sin celebrar y bendecir nuestros pequeños triunfos.

A querer cerrar los ojos y abrirlos cuando ya seamos quienes queremos llegar a ser… sin siquiera atrevernos a descubrir quiénes en realidad ya somos.

O simplemente a decir que faltó el aguacate cuando hay un plato delicioso y familia en la mesa.

La fiebre del oro

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Hubo un período de mi infancia en el que sufrí algo parecido a lo que los americanos llamaron “la fiebre del oro”, andaba obsesionada con encontrar un entierro de morocotas y aunque tal vez me hacía más ilusión la aventura previa al descubrimiento que el reporte económico posterior al encuentro, lo cierto es que día y noche le rogaba a la suerte que me diera su confianza. Y despertaba en las madrugadas mirando hacia el jardín, en busca de alguna señal… pero nada.

Los viejos de los pueblos son de lo más misteriosos. Les encanta echar cuentos incompletos: siempre dicen bastante como para dejarle a cualquiera la cabeza mala, pero nunca dicen suficiente. Reyes de la intriga, se te quedan viendo a los ojos fijamente antes de soltar la próxima frase, para asegurarse de estar causando el efecto preciso.

Los temas más recurrentes son las andanzas de los espíritus entre los vivos, la hechicería y el dinero. Y de la mezcla de esos tres tópicos, nacía uno que acaparaba los niveles más altos de mi atención: los entierros de morocotas.  

Carmen Felicia decía que el viejo Juan Manuel Acuña, mi bisabuelo, había dejado un entierro en una de esas montañas de la Serranía, en su hacienda de Cambural. Ahí tenía barriles de monedas de oro que asoleaba a diario como si fueran café en grano y cuando se murió dejó un par de tinajas repletas, debajo de una piedra grandísima, imposible de cargar por un solo hombre.

Viejo malintencionado porque para encontrar un entierro de morocotas tienes que estar solo; esa es una de las condiciones. Pero hay otras, no es cosa sencilla tampoco. Y todas deben ser cumplidas, de lo contrario, las consecuencias podrían ser terribles.

Los requisitos son impuestos por el muerto mediante mensajes oníricos tan reveladores que sacarían a cualquiera del más profundo de los sueños.

Y al despertar el elegido, en medio de la oscuridad, se encuentra con una luz que le indica el camino al tesoro.

Nadie conoce cuál es el criterio para la elección, lo que sí es seguro es que ni el buen espíritu ni la valentía son requisitos indispensables. En efecto, cada vez que un viejo hablaba de morocotas, aseguraba haber sido seleccionado en algún momento.

– ¿Y el tesoro? – preguntaba yo exaltada.

– No yo no fui, esas cosas no son ningún juego.

Cobardes.

Claro, sobran los relatos de gente que luego de encontrar un entierro, de la noche a la mañana lo perdía todo, moría de forma trágica o se volvían locos. ¿Qué les había pasado? habían incumplido el compromiso sagrado de hacerle las nueve misas al difunto y de prenderle aunque fuera una velita de vez en cuando.

Más que nueve, veinticinco misas les habría hecho yo si me lo hubiesen pedido. Pero jamás acudían a mis sueños.

“Ya pasará”, pensaba, la esperanza es lo último que se pierde. En cualquier momento, se me aparecería la luz y por oscura que fuera la noche, yo sí acudiría al llamado.

Con esa certeza reuní dinero y lo invertí en una linterna que tenía siempre al alcance. Antes de dormir, cerraba los ojos e imaginaba cómo sería la escena y en las madrugadas, sin siquiera soñar nada, despertaba y me asomaba por la ventana probando suerte.

Justo al lado de la casa de Carmen Felicia, mi abuela, vivía un señor de ciento y pico de años llamado Domingo. Era altísimo, flaquísimo y blanquísimo, parecía un silbón. Su casa estaba llena de gatos tal vez tan viejos como él y en el techo había varios palomares. El viejo tenía la extraña manía de llamar a la gente haciendo un sonido de búho: “uu-u”.

Y cuando murió, alguien comenzó a imitarlo, por entre los matorrales, para asustar al que se dejara. A mí se me comenzó a hacer difícil pasar por el frente de su casa, me venía el terror ante la posibilidad de escuchar de repente un “uu-u”.

Pero una tarde, a los cuentos de las morocotas fue añadido un elemento nuevo: no todos los tesoros estaban enterrados cuidadosamente en las montañas, algunos quedaban en las casas de los viejos, guardados en cofres de madera o escondidos en colchones.

Se me vino la idea a la cabeza… Domingo.  

Al día siguiente, aproveché la hora de la siesta y me escapé. Salté a la casa del vecino difunto y escalando unos barriles, logré asomarme por la cocina.

No me lo podía ni creer: había un cofre de madera igual de grande que yo. Estaría a tope de morocotas.

Se me salió el miedo del cuerpo y de inmediato me deslicé entre los barrotes de hierro, y con un brinco caí dentro de la casa. Hecha felicidad, abrí la tapa -no se preocupe Domingo, yo le hago treinta y cinco misas y le prendo las velas que usted quiera- pero no había ni una sola moneda, ni siquiera de plata. Había, en cambio, una hoja blanca en el piso del cofre -ese debe ser el mapa del tesoro, pensé- la giré. Era una propaganda de Acción Democrática.

Quedaba por revisar el colchón. Quité la sábana en busca de una cicatriz que delatara el escondite de alguna pequeña fortuna. Pero estaba intacto. Salté sobre la cama esperando que sonara como las monedas de mi cochinito. No sonó nada.

Recorrí toda la casa y encontré lo mismo: absolutamente nada. Ni una galleta.

La decepción acabó con mi adrenalina y fue entonces que escuché el quejido de los gatos y recordé que estaba nada más y nada menos que en la casa de un difunto. Me regresó el miedo perdido ante el oasis del oro y eché a correr hacia la ventana por la que había entrado. Mientras me deslizaba por los barrotes para salir,  rocé un cable pelado y recibí un corrientazo -Discúlpeme Domingo, yo le juro por mi madre que no lo vuelvo a hacer-.

Volví a la casa de mi abuela, como si nada hubiese pasado.

Y de esta historia jamás supo nadie. Hasta hoy.

La del Sari

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A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.