¿Quién sabe?

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Hay un cuento muy famoso de un aldeano al que cada vez que le ocurría algo, bueno o malo, él simplemente aceptaba el hecho como había llegado.

Pasó por ejemplo que un día su único hijo cayó de un caballo y se fracturó una pierna y entonces los vecinos lo visitaron con lamentos diciendo “hombre, qué mala suerte que tienes” el señor en esos momentos solo respondía: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

A la semana llegaron al poblado los militares reclutando a los muchachos jóvenes para llevarlos a la guerra a luchar. Pero al hijo del aldeano no se lo llevaron porque estaba en cama.

Otra vez volvieron los vecinos de visita, esta vez con comentarios de “qué buena suerte que tienes”. Y nuevamente el sabio hombre respondió: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

Y así como en esta fábula, parece que la verdad de todo en la vida es que ningún evento es por sí mismo bueno o malo, sino que lo determina como una u otra cosa la perspectiva desde la cual se le vea.

O, dicho de otra manera, depende de la historia que le hagamos.

Un ejercicio de escritura que me encanta para poner a volar la imaginación consiste en describir un mismo evento en por lo menos 5 formas distintas para sacarle todo el jugo que pueda tener.

Esta es también una herramienta que se usa en programación neurolingüistica para liberarnos de recuerdos dañinos.

Y por supuesto que sirve para reinterpretar la vida, para volver a echarnos el cuento. Buscar versiones, cambiar de perspectiva. Ser autores conscientes de nuestra propia existencia.

Por ejemplo este escrito, el anterior y todos los que vengan nacieron no sé cuándo, pero lo más probable es que haya sido el año pasado.

Lo digo porque 2018 fue el peor año de mi vida. Tuve que tomar decisiones radicales, perdí a personas importantes, viví momentos drásticos. Y de todo ello nació esta frase que acabo de decir y que dije antes con el corazón puesto en las manos: fue el peor año.

Pero ahora me escucho y me respondo yo misma, tomando ejemplo del aldeano. ¿El peor año? Quién sabe.

Y me vuelvo a echar el cuento: 2018 ha sido el año de mayor aprendizaje.

Entonces, ¿fue el mejor año de mi vida? Quién sabe.

El hecho cierto es este: me enseñó cosas que servirán para siempre. Me enseñó a volver a armar un cuento, a saber que el dolor puede ser bueno si nos transforma o inútil cuando lo tomamos como víctimas, sin detenernos a pensar si eso terrible que nos pasó es tan malo como parece.

Sin atrevernos a indagar porque… ¿quién sabe?

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El regreso

Ya te dije, me alejé un poco pero jamás me fui. Estuve caminando de aquí para allá, de allá para acá. Viviendo de una manera tan intensa que apenas da tiempo de sentarse a ordenar ideas. Pero hay que hacerlo.

A ti te tenía con la costumbre de leer cuentos y más cuentos de cuanto evento de mi vida me provocara hablar en el momento y de repente, tres cartas de despedida, un par de promesas rotas y un silencio medio interrumpido.

Estoy aquí de nuevo. Tengo mil historias como siempre. Solo que ahora, en vez de fijarme en los detalles cotidianos, externos, en los obreros de las calles y en los ángeles que habitan mi ciudad, he estado haciendo recorridos tan personales que tendría que relatarte básicamente los pasos que ha venido dando mi alma.

¿Y por qué no? No tengo problema con eso. El tema es que son tantas cosas que no sé por dónde empezar.

Y además estos temas son tan personales que uno no se los puede contar a cualquiera… te los cuento a ti. A ti que me lees y ya tienes una idea de cómo pueden ser las cosas por aquí. Y por ese mismo motivo sigues viniendo.

Por ti publiqué las cartas de despedida.

Nada tan personal como esas cartas. Al traerlas acá, cualquiera – con razón- se siente con el derecho de opinar.

Por ejemplo de decir que lo hice con la única intención de invocar a algún fantasma, como si el Sari fuera un tablero de ouija (tal vez lo sea); alguien más creyó que era un mensaje enviado a mí misma. Y en general cada quien pensó lo que quiso.

Y la verdad de la historia es solo una: eran cartas de despedida. No había más que ganas de dejar el pasado atrás. Y seguir.

Las compartí porque me sirvieron para lograr ese objetivo y creí que si para mí había funcionado tal vez también lo harían contigo. Y que si algo como eso te estaba pasando, entonces sabrías que te entiendo.

Y yo sé lo esperanzador que puede resultar encontrar a una persona que nos entienda.

En un par de semanas alguien dirá que el Sari se convirtió en un libro de autoayuda. Y estará bien, si es verdad que te ayuda. Pero lo cierto es que esto seguirá siendo lo mismo, solo que ahora con distinta perspectiva.

Si antes te dije en poesía o en cuento determinado evento de mi vida, ahora haré teoría de por qué fue relevante que eso ocurriera y cómo se relaciona con antes y con hoy.

Te quiero contar esta vida y recordarte con esto que aceptar sentir es de valientes. Y que la felicidad no fue hecha para los cobardes.

¿Me acompañas?

Desde la montaña

Hace unos días alguien me preguntó el motivo por el cual pasé tantas semanas sin publicar aquí en el blog.

“¿Por qué no, si hay tantos Saris?, yo siempre he pensado que existe una especie de banco de Saris”. Qué ternura esa persona.

Pero bueno, no, no existe un archivo repleto de escritos listos para su publicación. La mayoría de veces anoto ideas que luego me siento a darles forma. Como si fuera tener un pedacito de mármol que se pueda convertir en una pequeña estatua.

En fin, para no dar muchas vueltas con las explicaciones, resolví responder con el cuento del águila.

Generalmente, cuando se habla de cambios y transformaciones, el animal que viene a la mente es el fénix, el ave que renace de sus cenizas. Yo preferí el águila.

Sabes, le dije, las águilas son famosas por su vista aguda y por su tenacidad. Algo que pocos conocen sobre ellas es que pueden vivir hasta 70 años.

Ahora bien, a mitad de su vida, cuando van como por los 35, su pico y sus garras han crecido tanto que se convierten en herramientas inútiles para la caza, volviendo casi imposible la correcta captura de su alimento.

Nel mezzo del cammin di nostra vita“, como diría Dante. Exacto, justo en ese momento, les toca decidir entre la vida y la muerte.

Permanecer en el estado en que se encuentran, implicaría evitar meses de sufrimiento seguro, pero las condena a la muerte. Asumir la necesidad de cambio y el dolor que este conlleva, significa escoger la vida.

Probablemente todas las águilas del mundo prefieran adaptarse a perecer, siguiendo el curso natural del instinto vital -o llevadas por la fuerza de Eros, como tal vez diría Freud-.

Ahora bien, imaginando que las águilas tuvieran un cerebro humano, probablemente, las vencería la muerte, porque el pánico que implica enfrentarse a las opiniones externas, no les permitiría salvarse. “Me verán sin pico, sin garras, luego de haber sido tan fuerte”, cosas así pensarían las pobres.

Lo digo porque precisamente, el águila que escoge vivir, conoce desde el principio que el precio no será bajo.

Deberá retirarse de su mundo, a la cima de alguna montaña, asegurándose lo mejor posible para no convertirse en una presa fácil, y ese lugar ahora será su hogar durante los próximos 7 meses.

En ese tiempo, a fuerza de picotazos contra las rocas, se despega el viejo pico y luego, usando una estrategia parecida, bota también las garras. Cambia incluso su plumaje, de manera que en un punto debe parecer más un pajarraco recién nacido que el ave imponente que estamos acostumbrados a ver en fotos y videos.

Luego de todo ese tiempo -que al nombrarlo parece tan breve pero que, estoy absolutamente segura, el día a día vuelve infinito-, después del dolor físico y de la soledad, llega el momento en el que por fin su cuerpo se ha regenerado y vuelve a ser.

Con todo su esplendor, vuelve a ser.

Pues bien, al igual que pasa con el águila, hay momentos en los cuales, elegir la vida nos obliga a asumir ciertos cambios.

En esos momentos en los que dejamos atrás cosas que hasta ahora eran parte de nosotros pero se volvieron inútiles: creencias, personas, expectativas, formas de vida… en esos momentos exponernos se vuelve riesgoso, así que lo mejor es tener una montaña en la cual refugiarnos mientras nos vuelven a crecer las plumas.

Hasta renacer.

La fiebre del oro

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Hubo un período de mi infancia en el que sufrí algo parecido a lo que los americanos llamaron “la fiebre del oro”, andaba obsesionada con encontrar un entierro de morocotas y aunque tal vez me hacía más ilusión la aventura previa al descubrimiento que el reporte económico posterior al encuentro, lo cierto es que día y noche le rogaba a la suerte que me diera su confianza. Y despertaba en las madrugadas mirando hacia el jardín, en busca de alguna señal… pero nada.

Los viejos de los pueblos son de lo más misteriosos. Les encanta echar cuentos incompletos: siempre dicen bastante como para dejarle a cualquiera la cabeza mala, pero nunca dicen suficiente. Reyes de la intriga, se te quedan viendo a los ojos fijamente antes de soltar la próxima frase, para asegurarse de estar causando el efecto preciso.

Los temas más recurrentes son las andanzas de los espíritus entre los vivos, la hechicería y el dinero. Y de la mezcla de esos tres tópicos, nacía uno que acaparaba los niveles más altos de mi atención: los entierros de morocotas.  

Carmen Felicia decía que el viejo Juan Manuel Acuña, mi bisabuelo, había dejado un entierro en una de esas montañas de la Serranía, en su hacienda de Cambural. Ahí tenía barriles de monedas de oro que asoleaba a diario como si fueran café en grano y cuando se murió dejó un par de tinajas repletas, debajo de una piedra grandísima, imposible de cargar por un solo hombre.

Viejo malintencionado porque para encontrar un entierro de morocotas tienes que estar solo; esa es una de las condiciones. Pero hay otras, no es cosa sencilla tampoco. Y todas deben ser cumplidas, de lo contrario, las consecuencias podrían ser terribles.

Los requisitos son impuestos por el muerto mediante mensajes oníricos tan reveladores que sacarían a cualquiera del más profundo de los sueños.

Y al despertar el elegido, en medio de la oscuridad, se encuentra con una luz que le indica el camino al tesoro.

Nadie conoce cuál es el criterio para la elección, lo que sí es seguro es que ni el buen espíritu ni la valentía son requisitos indispensables. En efecto, cada vez que un viejo hablaba de morocotas, aseguraba haber sido seleccionado en algún momento.

– ¿Y el tesoro? – preguntaba yo exaltada.

– No yo no fui, esas cosas no son ningún juego.

Cobardes.

Claro, sobran los relatos de gente que luego de encontrar un entierro, de la noche a la mañana lo perdía todo, moría de forma trágica o se volvían locos. ¿Qué les había pasado? habían incumplido el compromiso sagrado de hacerle las nueve misas al difunto y de prenderle aunque fuera una velita de vez en cuando.

Más que nueve, veinticinco misas les habría hecho yo si me lo hubiesen pedido. Pero jamás acudían a mis sueños.

“Ya pasará”, pensaba, la esperanza es lo último que se pierde. En cualquier momento, se me aparecería la luz y por oscura que fuera la noche, yo sí acudiría al llamado.

Con esa certeza reuní dinero y lo invertí en una linterna que tenía siempre al alcance. Antes de dormir, cerraba los ojos e imaginaba cómo sería la escena y en las madrugadas, sin siquiera soñar nada, despertaba y me asomaba por la ventana probando suerte.

Justo al lado de la casa de Carmen Felicia, mi abuela, vivía un señor de ciento y pico de años llamado Domingo. Era altísimo, flaquísimo y blanquísimo, parecía un silbón. Su casa estaba llena de gatos tal vez tan viejos como él y en el techo había varios palomares. El viejo tenía la extraña manía de llamar a la gente haciendo un sonido de búho: “uu-u”.

Y cuando murió, alguien comenzó a imitarlo, por entre los matorrales, para asustar al que se dejara. A mí se me comenzó a hacer difícil pasar por el frente de su casa, me venía el terror ante la posibilidad de escuchar de repente un “uu-u”.

Pero una tarde, a los cuentos de las morocotas fue añadido un elemento nuevo: no todos los tesoros estaban enterrados cuidadosamente en las montañas, algunos quedaban en las casas de los viejos, guardados en cofres de madera o escondidos en colchones.

Se me vino la idea a la cabeza… Domingo.  

Al día siguiente, aproveché la hora de la siesta y me escapé. Salté a la casa del vecino difunto y escalando unos barriles, logré asomarme por la cocina.

No me lo podía ni creer: había un cofre de madera igual de grande que yo. Estaría a tope de morocotas.

Se me salió el miedo del cuerpo y de inmediato me deslicé entre los barrotes de hierro, y con un brinco caí dentro de la casa. Hecha felicidad, abrí la tapa -no se preocupe Domingo, yo le hago treinta y cinco misas y le prendo las velas que usted quiera- pero no había ni una sola moneda, ni siquiera de plata. Había, en cambio, una hoja blanca en el piso del cofre -ese debe ser el mapa del tesoro, pensé- la giré. Era una propaganda de Acción Democrática.

Quedaba por revisar el colchón. Quité la sábana en busca de una cicatriz que delatara el escondite de alguna pequeña fortuna. Pero estaba intacto. Salté sobre la cama esperando que sonara como las monedas de mi cochinito. No sonó nada.

Recorrí toda la casa y encontré lo mismo: absolutamente nada. Ni una galleta.

La decepción acabó con mi adrenalina y fue entonces que escuché el quejido de los gatos y recordé que estaba nada más y nada menos que en la casa de un difunto. Me regresó el miedo perdido ante el oasis del oro y eché a correr hacia la ventana por la que había entrado. Mientras me deslizaba por los barrotes para salir,  rocé un cable pelado y recibí un corrientazo -Discúlpeme Domingo, yo le juro por mi madre que no lo vuelvo a hacer-.

Volví a la casa de mi abuela, como si nada hubiese pasado.

Y de esta historia jamás supo nadie. Hasta hoy.

Los diablos

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No implicó mayor esfuerzo encontrarles distintivos, fue un acto reflejo de solo verlos, cada uno tenía cara de Leopoldo, de Fidel y de Numa Pompilio y así fue que los llamamos. 

Los encontramos en una caja, cuando fuimos a explorar el sembradío de Diomedes; saltamos la cerca y nos metimos. -Meu, lloraba de hambre Numa Pompilio y por sus quejidos fue que dimos con los tres. -¿Dónde está la gata grande?

Estaban abandonados, comprendimos con tristeza. Y sin comida, morirían. De manera que en las cuatro tardes siguientes, volvimos a su encuentro con leche tibia en un tetero para alimentarlos.

– Sonó el portón y supimos que teníamos compañía. “Allá están esos diablos”, escuchamos decir. “Los diablos”… ese era el inmerecido apodo que nos habían estampado, a causa de un par de malos entendidos. Saludamos, convencidos de no estar haciendo nada incorrecto pero la respuesta que tuvimos fue un grito poco amistoso: ¡Sálganse de ahí, me van a dañar las matas! Era Diomedes, rojo como siempre, de tanto sol y con las entradotas en la cabeza… parecía un dragón.

-“No estamos pisando las matas”, nos defendimos con amabilidad. Pero él no estaba particularmente abierto al diálogo. Entonces comenzaron a moverse sus poblados bigotes, anticipando las palabras que escuchamos un segundo después: ¡Se van de aquí ya mismo o les mato a los gatos!

-Mataron a su tío

– ¿Quién?

– ¿Cómo que quién? ¡ustedes! hace rato se lo llevaron en una ambulancia para San Antonio.

¡Imposible! No había pasado mucho tiempo desde que lo habíamos visto… y en aquel momento no parecía que le rondaba la muerte. Muy vivo se le veía, más bien. La memoria me lo mostraba furioso, en plena persecución, con el brazo derecho alzado, sosteniendo una cuerda que luego soltó sobre mí en un princhazo que me dejó ardidas las canillas.

Todavía nos estábamos riendo de eso, cuando llegaron con la noticia. -Mis compañeros más que yo, para ser franca-. Decían que yo tenía un imán en las piernas para los cuerdazos. 

Razón no les faltaba, tal vez porque yo era menos rápida que ellos, por ser la menor… pero eso sí, jamás me atraparon. En cada fuga me ayudó la fuerza suprema de saber que en riesgo estaba nada menos que mi propia vida.

Recordaron con gracia el otro princhazo más reciente. La vez que Anibal se montó en mi mata de pomalaca, machete en mano, para cortarle las ramas porque echaba muchas flores. Teto, mi hermano, fue el que nos avisó y él mismo nos llevó a buscar pedacitos de espejo para evitar la tragedia. Nos pusimos debajo de la mata, reflejando los rayos del sol con los espejitos, directo a los ojos de Anibal, para que cayera encandilado como un guacharo expuesto a la luz del día.  

Anibal no sabía de juegos, ese hombre era de armas tomar, un furioso, y si no lográbamos tumbarlo, tendríamos que correr. Pero a pesar de que movía la cabeza para todos lados, como un león perturbado por las moscas, no cayó. Y cuando empezó a bajar, sudado de pura ira, pegamos la carrera. Entonces lanzó el cuerdazo desde antes de llegar al piso y ajh, me ardieron las piernitas. 

Por la tarde regresamos a comer y el asunto ya había sido olvidado. Anibal seguía vivo, viendo la televisión, como si nada.

– Le dio un infarto de la rabia que le hicieron pasar.

– ¿Y quedó muerto? ¿muerto de verdad? 

-Muertico.

Después de la advertencia de Diomedes, al día siguiente, volvimos al terreno a visitar a los gatos. Pero cuando llegamos, ya no estaban.

La confusión de nuestras caras tardó segundos en convertirse en plena certeza: los había matado.

-¿Pero cómo pudo si los gatos tienen siete vidas? -Seguro los metió en el tanque de agua y se ahogaron siete veces. Revisamos por todos lados pero no los encontramos en ninguna parte. Entonces, – Sí, lo hizo: mató a Fidel, a Leopoldo y a Numa Pompilio.

Yo doy fe de que no hubo acuerdo, por el contrario, cada quien actuó por cuenta propia, tomando alguna herramienta, cegados de indignación por la injusticia y echándonos, luego, sobre las matas, acabando con sus hojas como no lo haría la peor plaga, corriendo entre gritos eufóricos, retadores, destrozando todo lo que iba quedando atrás del paso.

Al notar la presencia enemiga, encabezada por la cabeza roja de ira que era Diomedes, nos dimos a la fuga… pero antes de que yo pudiera cruzar la cerca, sentí el azote en las piernas. Ajh.

Ya nos estaría buscando la policía para llevarnos en sus patrullas hasta un calabozo oscuro… y esta vez no nos salvaría nadie. Con Diomedes muerto, bastaría pisar la casa de abuela para quedar nosotros igual de tiesos que él.

Y ahora con hambre y sin comida, como los gaticos. Sin agua y con tanta sed. Y aquel terror que nos daba la montaña – a la que siempre huíamos- cuando se hacían las seis de la tarde. A esa hora empezaba a oscurecer y nosotros a imaginar nuestros nombres en las voces de los encantados. Y cada hoja que se movía por la brisa nos mataba de susto.

Sin decir palabra, como con el ataque, fuimos juntándonos poco a poquito y bajando, uno detrás del otro, cinco en fila, pálidos de miedo. Resolviendo mentalmente cómo entrar a la casa y saltando, al llegar, por una ventana del fondo . Pero ahí ya nos estaban esperando.

-Casi matan a su tío de una rabia, ustedes no conocen límites.

– ¿Cómo que casi? ¿no está muerto?

-¡AVE MARÍA PURÍSIMA, sí es verdad que son unos diablos!

Una vez en Londres

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¿Qué habría hecho Shakespeare con Romeo y con Julieta si hubiese existido el teléfono celular en aquel momento? Si uno lo piensa, con que alguno de los dos enviara un mensaje de texto, quedaba eliminada la mitad de la historia.

La tecnología ha facilitado la vida de millones de personas -es innegable- y ha evitado un sinfín de tragedias, pero no se puede dejar de reconocer que la falta de ella también llega a tener una adrenalina encantadora.

Pensaba en esto mientras lo esperaba frente a la puerta de la estación de trenes, sin maneras de saber si llegaría. ¿Lo haría? Yo le había escrito un mensaje diciéndole que nuestro tren a Londres saldría el sábado a las ocho de la mañana y él respondió que estaría a la hora… pero si se le hubiese presentado un inconveniente, no había forma de que me avisara.

Cuando hace frío y no se tiene más nada que hacer, la mente se va y regresa y termina viendo señales donde no hay nada. Que cómo iba a ser casualidad que siendo el mundo tan grande, nos conociéramos en una callecita de una ciudad tan pequeña y que, viniendo ambos de continentes distintos, pudiéramos hablar el mismo idioma sin problemas. Y también esto otro: que la primera vez que salimos juntos era la despedida del rubio, su amigo, el cual, al regresar a Milano, le dejó como regalo su bici y eso era perfecto porque podríamos salir a pedalear en cada atardecer del futuro.

“¿Tú por fin tuviste algo con él?”, me preguntan los curiosos de confianza cuando les cuento que ese día, en mi bolso para el viaje metí dos almuerzos y dos meriendas. Fue un gesto lindo de mi parte. Recuerdo que una vez, en el colegio, yo estaba sentada en las gradas, debajo de la estatua de Agustín Codazzi, y alguien llegó con una galleta para mí y me dijo: ¿no te parece que compartir la comida es la mayor demostración del amor?

Me alegré al verlo llegar, en el límite del tiempo. “Traje almuerzo para los dos”, le dije. Casi se detuvo para mirarme, con una sonrisa incrédula, y respondió: yo hice lo mismo.

¿De qué hablaríamos en el viaje? fue rápido. Probablemente le conté sobre el libro que estaba leyendo por esos días, Los Pilares de la tierra, de Ken Follet. Lo había elegido al azar de mi biblioteca, antes de salir al aeropuerto y resultó estar ambientado precisamente en Inglaterra. 

Llegar a Londres me hizo entender que de verdad viajar con Rino era lo mejor que me había podido pasar. Si me perdí en Cambridge, Londres habría acabado conmigo. El subterráneo era un monstruo gigante, con infinitas rutas y yo carente de inteligencia espacial. Y pensar que en mil ochocientos y pico un médico londinense salvó a miles de personas de una epidemia de cólera con solo un mapa de la ciudad. Notó que las zonas afectadas por la enfermedad se surtían de la misma fuente y fue algo tan fácil como girar una manilla y frenar las muertes. 

Qué lugar tan increíble. La energía que se sentía, era como si hablara, decía: si vivieras aquí, serías feliz incluso sola. Es que el ambiente tenía un aura de independencia que eliminaba cualquier complejo. La diversidad era la norma, no se imponía el deber ser. Era fácil imaginar cómo pudieron esas calles ser tierra fértil para el nacimiento de la más grande protesta en contra de las limitaciones de la vida burguesa que llevó a tantos hippies a vivir una experiencia de liberación nunca antes vista.

A orillas del río Támesis, recordamos las ratas gigantes del Tíber y, como me conozco, seguro se me ocurrió contarle que en 1666 -¡susto!- un gran incendio, supuestamente ocasionado por el descuido de un panadero, calcinó buena parte de Londres.

Y, probablemente, imaginé paseando, por la misma acera que pisábamos nosotros, a Oliver Twist, descalzo y andrajoso, sin saberse heredero de una millonaria fortuna. Leer llena la vida de sentido. Incluso una simple pared puede dejar de ser solo cemento y piedra, cuando hace parte de una buena historia.

Me sentía feliz de estar con Rino. Me hacia fotos y respetaba los silencios, no abarrotaba con palabras el espacio. Disfrutaba, como yo, de las pequeñas cosas: de los intocables cisnes propiedad de la reina, de las ardillas en las ramas y del obsequio providencial que era tener un cielo azul por todo un día, -siendo que el gris es el color reglamentario-.  

-“A ti te gustaría mi país, tú eres italiano. Venezuela está llena de italianos que llegaron por la Guerra y se quedaron allá, enamorados”.

– “Te visitaré pronto en Caracas, entonces”. 

Un semáforo nos obligó a parar antes de cruzar la calle. Parecía mentira que era apenas la tercera vez que nos veíamos y resultaba así de natural estar juntos. Increíble que de pedir una dirección en Cambridge, surgiera la mejor compañía para un viaje a Londres. “Qué agradable es” -pensaba yo- “Qué suerte haberlo encontrado”.

Y mientras tanto, él también pensaba alguna cosa, seguro. No creo que sea verdad eso de que los hombres pueden simplemente estar sin pensar en nada.

Uno al lado del otro, esperando el cambio de luz. Y al parecer, en su mente lo hubo.

Alcé la cara para saber qué quería, pues le escuché decir mi nombre. Con los lentes que aumentaban el tamaño de sus ojos y las tiras del bolso sobre los hombros, parecía un niño bueno. -“Dime”, respondí. Y en ese momento se lanzó sobre mí para ¿darme un beso? 

Hice un movimiento tan rápido, apartándome, que yo misma quedé impresionada. Matrix. No sé cómo no se me partió la columna al doblarme hacia atrás.

Por su expresión pude adivinar que esperaba una reacción totalmente distinta.

Mi dispiace.

Fiesta de Carnaval

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A quién se le ocurriría comenzar a hacer esa competencia macabra.

Es una tradición vieja, me parece, y antes quizá tenía mucho sentido porque, siendo la mujer un adorno, por fuerza de ley tenía que, por lo menos, ser agraciada.

Y con todo y eso, a las más hermosas tampoco les faltaba quien les dejara claro que si no sabían atender los oficios de la casa, ningún hombre las toleraría en su hogar una semana.

Habría nacido yo bien fregada entonces. Hace dos meses que vivo sin mi madre y he bajado ya 7 kilos y repito la ropa para no planchar dos veces. Hacer el almuerzo del día siguiente es mi nuevo emprendimiento pero ni media receta sigo.

¿Y bonita yo? nunca lo he sido del todo. Pero Maga dice con afecto que soy risueña y apasionada, que también es bueno, y ni yo misma he dejado de notar que mi compañía resulta gozosa. Debe ser porque los acuarianos somos como el blue jean, todo el mundo necesita por lo menos uno en su vida. Supongo entonces que por eso a veces me rodea un aura de lindura que engatusa a cualquiera. Y me salvo. Dicen que Dios no deja a nadie desamparado. Es verdad.

Ni me acuerdo bien de cómo era que me llamaban en aquellos tiempos, ha pasado un bojote de años ya. ¿Cuántos? 

Creo que era “Mafe” que me decían, jamás he permitido a nadie que me diga María. Si algo me gusta en el mundo es mi nombre completo: mucha fuerza cuando está unido, pero así, separado, solo María, ¿qué es eso? Fue después que todo el mundo comenzó a decirme Nanda, por una primita que recién aprendía a hablar y no atinaba todavía a pronunciar Fernanda y me volteó el nombre la muy gordita. “Nanda fe” me llamaba, qué ternura esa primita.

Y luego ¿a quién se le ocurrió proponerme a mí? Fue María Elena Ramírez, apuesto lo que quieran, para dejarme en ridículo en frente de todo el mundo. Le daría gracia eso.

Estoy segura de que había más opciones, sí las había. El salón estaba repleto de niñas coquetas y había una que era novia de dos hermanos y era la más bonita, todo el mundo lo decía. Pero se negó rotundamente porque ya había perdido en tercer grado. Algo así. ¿Y las demás? cobardes todas, seguro no aceptaron, pero, ¿yo acepté acaso? Estaba loca entonces.

No me juzgo por eso; la verdad, cualquiera pierde la conciencia entre la ovación de los grupos. Y aquel fue un día tan raro, ¿de dónde salieron tantas pancartas con mi nombre? El hombre pierde su individualidad cuando se deja arrastrar por la masa y puede incluso hacer cosas que jamás haría estando en la sobriedad de sí mismo. Esto lo agarré de Ortega y Gasset, creo. Qué intensa soy a veces, ja.

Antes no, peor, lo contrario. Suerte que mi mamá no me pegaba ni con los pétalos de las rosas porque si no hubiera sido una niña de verdad sufrida. Con decir que aprendí a leer como en sexto grado, qué risa me da acordarme de eso. Mentira, como en tercero, pero lo mismo, era terrible. Es que mis hermanos nacieron con un librito en las manos y malditas sean las comparaciones.

A mí del colegio me gustaba solo el recreo y de las clases hasta me escapaba. La maestra a veces para darme ocupaciones me mandaba a la cantina a comprarle comida y por allá me quedaba escuchando los cuentos de la vida de Milo, la dueña del negocio, y regresaba al rato con medio pastelito de queso. Me tenía cariño, se ve.

Pero para pasar al cuarto grado llegaron con la noticia de que ningún maestro me quería en su sección y que porque yo me portaba muy mal, que una vez hasta me estaba persiguiendo la maestra por los pasillos y que me trepé en una ventana y no me bajaba por más que me lo ordenaran, cómo era eso posible.

Me hicieron asumir un compromiso de buen comportamiento, en la dirección, delante de todo el mundo, qué vergüenza. Capaz hasta era mentira que me iban a botar del colegio pero caí completica y di mi palabra: seré buena. Y en cuarto no salía ni para el baño, una niña modelo pues.

Modelo en el comportamiento, se entiende, porque ya les dije que nunca fui la más bonita -pero fea menos-. Lo que pasa es que mi hermana, uff, es mucho más linda, desde chiquitica. Y ya saben que siempre, cuando se compara, alguien tiene que salir perdiendo.

Quedé por fea, qué injusticia.

Eso sí, tampoco era la más bonita del salón, las cosas como son. Solo que eso a mí nunca me interesó demasiado, de corazón lo digo y el que me conoció puede dar fe de la veracidad de mis palabras. Yo solo pensaba en que con el último bocado del almuerzo, tenía libertad para irme a jugar hasta que mi tía me llamara a la casa y “¿tu no te cansas de correr? ¿no te duele la cabeza?, ¡Anda a bañarte, para la calle no me vas más!

Pero entonces ¿por qué los demás le hicieron caso a María Elena y me eligieron a mí? todos los de 4to B, mi clase, estaban contentos. ¿Y las cartulinas? “María Fernanda I”, no era poca cosa. ¿Y los gritos? Ra ra ra María Fernanda ganará. A la bin a la ban a la bin bon ban. Qué escándalo, no se entendía nada. “Gra be se hoy quien gana es 4to B”.

Si no fuera porque es una tradición de todos los años yo no sabría, no podría imaginar todo lo que estaba pasando afuera mientras yo digería todo aquello.   

El grito de carnaval -así se le dice al anuncio de que termina la fiesta de año nuevo y comienza otra- ya se había dado amaneciendo el 1 de enero, en todas partes. También en la casa de mi abuela Carmen Felicia -así le digo solo yo, el resto le dice “negra” porque es la menos blanca de sus hermanas-. Y en esa casa con mayor intensidad.

Hay orientales que se toman muy en serio la frase de que los límites son solo mentales, por eso se cuidan muy bien de no ponérselos nunca. Y lo mismo te lanzan un canarín con sancocho de pescado que un pegoste de ceniza mojada porque total, estamos en carnaval, qué pasa. Cada quien tiene licencia para hacer desastre.

Pero yo respetaba a la gente que pasaba limpiecita para ir a misa porque la encargada de la iglesia era mi tía y eso sí que no me lo iba a permitir, la ofensa a los feligreses. Y porque bueno, uno tampoco era un salvaje, las cosas de Dios se respetan.  

Afuera seguro estaban preparando el camión donde se pasearía a la reina pronta a ser elegida, lanzando caramelos y caramelos por las calles del pueblo, que no son tantas pero como no hay límite de vueltas y como antes una bolsa de caramelos no costaba gran cosa, duraba lo suyo. Caramelo, Pueblo, para todo el mundo. Y agua, caramba, que estamos en carnaval, de aquí nadie se va seco, menos la reina, a la reina no la mojan porque es la nueva autoridad.

Y adentro yo “quién será la reina este año, Señor, ojalá me toque”. El que me diga que ha estado en una competencia sin querer ganar no tiene alma.

¿Y quién era la más bonita? ni forma de saberlo. ¿Yo?

Mi mamá dijo que sí, que obvio. Se enteró a última hora de mi evento y llegó desde Caracas justo antes de que empezara todo. O esa fue otra vez pero no importa, siempre llegaba. Y a mí mis tías ya me tenían vestidita de azul y hasta me maquillaron y me embadurnaron el cabello, siempre liso, de escarchas y así me fui a pasar de salón en salón a ver quién daba más por mí, como si fuera ganado en subasta.

Nadie merece una situación semejante, digo yo.

“Y ella es la representante del 4to B” AHHHHHH -mis compañeros afuera aplaudían y yo aplaudía y entonces después me dijeron que uno no se puede aplaudir uno mismo, ¿tiene sentido una cosa así? Si yo misma no creo en mí, ¿quién? Nos meten gato por liebre desde chiquitos, qué desgracia.

Ra ra ra Maria Fernanda Ganará. Y me llegaban comentarios de repente, los escuchaba o solo los recuerdo por haberlos escuchado en tantas otras ocasiones, cuando era yo quien gritaba desde las ventanas. “No tienes vida 4to A”, Esto se siente, esto se ve, la mejor es 4to B. “No luces, salte” -Eso no era con nadie, era con quien se lo tomara, creo.

¿Que los niños son buenos? ja. Lo bueno de los niños es que son moldeables. Y se puede hacer un buen trabajo con ellos, en la mayoría de los casos. Me desvío.

A la bin a la ban. Quién alzó la mano aquí, quién alzó la mano allá, apoyen a la sección, los resultados van parejo. Empate. Llegamos dos. -Yo creo que hasta nos parecíamos, teníamos el cabello lisito y la frente grandísima-. Y los más grandes por las ventanas: quién es esa. Nadie sabía nada. ¿Quién va ganando? AHHHHHHH Ra ra ra, anda a buscar más bombitas y tráelas llenas que esto se va a acabar ya y nos vamos a la caravana. Ra ra ra 4 to B, 4to A.

Y los resultados señores, en el último salón fueron dados, después de la exhibición por todo el colegio.

Las dos son bellísimas, AAAAAAH, 4to a, 4to b, y los votos están casi parejos, salte mija, sin embargo del conteo, esa guaricha es horrible, Ra ra ra, tenemos que anun, termina de hablar Dunia, ciar que la nueva reina, AAAAAAAAAH, del colegio, AAAAAAAH 4to A 4to B, es Antonieta.

“Tu eres más bonita que ella, ¿le viste la cara? parece una pantaleta”. Trampa, trampa.

Hija de puta, me quitó el reinado. Pero ¿era más bonita ella? A quién carajos le importa.

Antes lo recordaba y hervía. A mala hora, nunca más.

Tita

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Desde pequeña sentí gran fascinación por hablar con los más grandes: los ancianos. Ellos parecían tener el mayor conocimiento y no encontraban tapujo en compartirlo conmigo ni les escaseaba nunca el tiempo.  

En particular disfrutaba las conversaciones con Tita, mi abuela paterna, quien poseía la facultad de contar sus vivencias como si estuviera redactando una novela policiaca: te mantenía atento, queriendo saber más y justo cuando te llevaba al tope de la intriga, cortaba el capítulo sin compasiones y pasaba a otro tema. Para continuar el relato, se hacía rogar.

Sus historias estaban llenas de momentos fantásticos que habitaban en sus recuerdos, coloreados de verdad por el blanco de sus canas.

Habiendo pasado toda su vida en el campo, en convivencia con la naturaleza día y noche -mucho antes de que llegara la electricidad- las sombras de los árboles y los sonidos de los animales adoptaban espíritus pintorescos a los que ella llamaba “encantados”.

Los encantados no tenían figura fija, podían ser cualquier cosa: desde un pez hermoso hasta un cunaguaro amigable. Criaturas que, al parecer, hacían que los humanos se perdieran eternamente en los montes. Tenían voces llamativas, por lo que -al igual que a las sirenas en el mar- seguirlos era una verdadera tentación.

Ella misma había sido encantada en una oportunidad por un pez azul cielo -el más bello que hubiera visto en su vida- que encontró en las cristalinas aguas de un manantial. Lo siguió largo rato, hasta que Guadalupe, una de sus hermanas, la alcanzó y logró hacerle entrar en razón.

-¿Y si te hubieses ido con él qué pasaba, Tita?

– Estaría ahora en otro mundo. En las orillas de los ríos se hallan portales que van directo al mundo de los encantados. Y los hombres que se han ido tras ellos, jamás han regresado a su hogar.

Luego de escuchar aquellos cuentos, subir la montaña que estaba detrás de su casa, era una verdadera aventura.

Yo iba con ella de vez en cuando a buscar naranjas y en diciembre a cortar hojas de cambur para las hallacas. Estar con Tita era como andar con una protección suprema: tenía la certeza de que a su lado nada me pasaría.

Pero otras veces subía con mis hermanos y mis primos, en fila india, retando al destino. Por lo general era yo quien encabezaba la expedición, puesto que ellos me creían la más valiente, que no sentía miedo, como Tita. Y como me gustaba que lo creyeran, nunca discutía mi puesto aunque tuviera la barriga llena de pánico.

Igual me sentía respaldada por los de atrás. Éramos todos unos salvajes; íbamos armados con palos, deseando encontrar o ser encontrados por los seres del más allá.

Escuchábamos voces lejanas que susurraban nuestros nombres, voces particulares como las descritas por Tita. Las alucinábamos. Pero jamás ocurrió el tan esperado encuentro.

Esa montaña, que en aquel momento parecía tan gigante, hoy es tan solo una colinita. El cerro, como le decíamos, dejó de ser misterio para convertirse en nostalgia.

De la churuata del patio trasero -que era donde entonces me sentaba a escuchar las historias- solo quedan dos palos, enterrados frente a la mata de níspero, ese fruto delicioso que mi abuela me enseñó a madurar envolviéndolo en papel periódico, tal como hacía con los aguacates. “En dos o tres días los buscas”, me decía.

Una tarde me llevó al manantial donde de niña había visto al pez encantado. Era un lugar de fábula: sobre el riachuelo había un palo atravesado que servía de puente entre ambos extremos. La profundidad del agua era escasa incluso para mí pero la importancia del tronco consistía -me advirtió Tita- en que la tierra que había debajo era diferente a todas las que yo conocía: tierra movediza. El que la pisara se hundiría en ella y, sin ayuda externa, no tendría salvación.

¿De dónde sacaba todo aquello?

Si lo pienso, no había televisores cuando ella era pequeña y a decir verdad no era muy diestra con la lectura. Sin embargo, la Biblia sí la leía y me recomendaba que también yo lo hiciera. ¿Será que en los libros sagrados encontró tantos mundos, tantas imágenes, tantas historias?

No me extrañaría. Le sobraba curiosidad y a lo largo de su vida exploró todas las religiones que supo en existencia. Pasaba de una iglesia a otra sin ningún tipo de compromiso; sin deberle nada a nadie.

Tenía el carácter de una yegua libre, por ese motivo me inspiraba tanto respeto. Fue la única persona a la que le acepté de buena gana la orden maligna de no opinar en las conversaciones de los adultos. Me comportaba como las mejores por no perder el privilegio de su buena compañía, de sus buenos cuentos, de sus maravillosos consejos. “Haz lo que te pida el cuerpo, gorda. No le prestes demasiada atención a la gente”, me decía Tita.

Mi Tita, que domaba a sus hijos como al ganado y trataba a la gente según su antojo. Pero para sus nietos siempre tenía buenas historias, risas y paciencia. Se encargó siempre de hacerme sentir que su tierra era mía, que incluso el morrocoy me pertenecía. Y aunque tenía que andar con precaución porque no me toleraría siquiera una mala palabra, llegar a su casa era entrar en una dimensión mágica.  

Muchos años después de las tardes de historias sobre encantados y de las expediciones por el cerro, en la última navidad que compartí con ella, en medio de una cena me dejó sin hambre con uno de sus comentarios misteriosos, cuya interpretación quedaba a criterio del oyente: “A todos mis nietos los quiero, como sean. Lo que sea que a ti te guste, gorda, eso va a estar bien para mí. Tú solo encárgate de hacer siempre lo que te pida el cuerpo”. 

 

Gatos de suerte

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Vio a los dos gatos echados en el suelo sucio de la cocina e hizo una mueca que reflejaba rabia y profunda tristeza al mismo tiempo. Cruzó los brazos y aseguró que al día siguiente le pediría a uno de sus nietos que los llevara al campo y los botara.

Tal vez la suerte los llevaría hasta alguna casa donde pudieran alimentarlos… porque ella ya no podía darles de comer y no quería ser testigo de sus muertes, sin poder hacer nada por ellos.

Claro, no debe saciar solo el hambre de esos dos gatos. También debe comer ella, un loro, cinco gallinas con sus respectivos pollitos, dos de sus hijos, viejos también como ella, desgastados por el sol y por el trabajo del campo.

La comida tiene que administrarse bien y aunque es cierto que ninguno de ellos come demasiado -ni siquiera lo hacían antes de la hambruna- da la impresión de que nunca hay suficiente.

Observo a los gatos y luego a la vieja. Pienso.

Y mientras lo hago, la posibilidad de pedirle que no ejecute su plan, que no abandone a esos animales a su suerte porque no sobrevivirían, se hace más y más remota. Quisiera decirle que al menos con ella alguna cosa pueden comer, que no son los culpables de lo que pasa.

Pero me detengo y hago bien. No hablo, no me atrevo. Es verdad que los gatos no son culpables, pero ¿quién sí lo es? ¿puedo acaso yo obligarla a la tragedia de verlos morir de hambre?

Sería fácil emitir cualquier opinión, incluso indignarme o llenarme de tristeza. Pero no podría hacer más que eso. No podría por ejemplo comprometerme a enviar comida para ellos. En general ayudo cada vez que tengo oportunidad… a quien pueda. Pero eso no siempre es factible. Y en esta ocasión no lo es.

-¿Cómo se llaman?- Quise saber, volviendo a la realidad.

-Siete Colores, respondió.

-¿Los dos?- Pregunté intrigada.

-Los dos-, dijo sin más explicación mientras miraba a no sé dónde.

Yo miré a los gatos: uno era marrón y el otro blanco. No dejaban ver ni un rastro de las razones que tuvo la vieja para ponerles aquel nombre.

Un instante después, uno de los dos Siete Colores saltó y cayó sobre las piernas de su dueña. Y en ese momento vi cómo entre sus arrugas se abrió paso una sonrisa. Lo abrazó y lo acarició y dijo: ellos llenan el vacío, dan felicidad y ayudan a que sea más ligera la carga.

Entonces pregunté, con un nudo en la garganta: pero… ¿Los va a botar?

Y respondió como si no tuviera idea del motivo de mi duda: ¿Quién? ¿Yo? ¡No chica!

Y con una carcajada agregó: yo con cualquier cosa los mantengo.

Cuentos sin camino

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A veces pasa que algún lector me pregunta con asombro sobre la veracidad de un Sari: ¿En realidad te pasó o lo imaginaste todo? Y la respuesta es siempre “sí, fue verdad”. Jamás invento nada, básicamente narro hechos, dejo constancia de la vida.
Ya he constatado que tenemos tanto grandes como pequeñas historias a la orden del día, pero la mayor parte de ellas se nos escapan sin que siquiera lo notemos porque andamos distraídos por la prisa, por el teléfono o por el pasado.
Sin embargo, basta un poco de atención para que los muros de la realidad que nos rodea se vuelvan penetrables y nos sea posible entrar en un mundo que raya en lo fantástico.
Sabiendo esto, cada vez que puedo, me olvido del reloj y del espacio y agudizo mis sentidos para pescar un pequeño cuento sin mayor esfuerzo, aprovechando las calles revueltas. Todos tenemos la capacidad de lograrlo, para muestra tengo varios botones:

Hace falta más para asustarme
Hace un par de días, estaba trotando cerca de la plaza Altamira, en Caracas, cuando, de repente, apareció frente a mí la réplica casi exacta de alguna escena de la épica griega, una en la que Aquiles y Pátroclo se divertían mientras practicaban el arte de la esgrima. En su versión venezolana la representaban dos muchachos de unos diecisiete años, morenos, a medio vestir -o casi desnudos, dependiendo de cómo se quiera interpretar- con ropas sucias. Batallaban alegremente con espadas de madera, protegidos del sol tropical por la sombra de un árbol.
De un momento a otro, la misma sonrisa que toma el control de mi rostro en los museos y en los teatros, se apoderó de mí, también esta vez. Así que me acerqué a ellos con el fin de solicitar su autorización para hacerles una fotografía. Y además para enterarme del motivo de su lucha lúdica.
No recibí el permiso que buscaba y por respuesta a mi pregunta solo obtuve “estos son juegos carcelarios”, frase acompañada de una mirada llena de interés por mi reacción y del asomo de una amenaza. Pero tampoco ellos obtuvieron lo que esperaban: miedo. Hacía falta más para asustarme.

Gracias por decirme princesa
Esa misma semana estaba patinando por una acera del pueblo de Chacao, lento para que nadie se sintiera en peligro, y delante de mí iba un muchacho con un bolso transparente de esos que exigen algunos institutos educativos para evitar que sus estudiantes tengan armas escondidas consigo. Detrás del plástico se veía un cuaderno, doblado de manera que como portada quedaba una hoja con letras escritas en colores llamativos.
Sentí curiosidad, así que me esforcé en leer lo que decía: Si estás leyendo esto -me viene una ofensa por chismosa, pensé- quiero que sepas que eres una princesa hermosa y mereces cosas buenas. No me importa si eres un varón con pelo en el pecho, igual eres una princesa o un bello unicornio”.
Me causó mucha risa, la verdad. Pero además sentí una alegría inmensa de saber que una persona invirtió parte de su tiempo, de su imaginación, de sus hojas de cuaderno en lograr el objetivo de causar felicidad. Me convencí, en ese momento, de que definitivamente, no todos los superhéroes llevan capas, algunos pasan desapercibidos con sus bolsos transparentes.

Jesús David

El sábado pasado recibí un regalo de un desconocido. Habíamos estado cerca, a escasos metros, por más de cuarenta minutos. Yo estaba consciente de su presencia -si alguien hubiese preguntado horas después por un niño con sus características, yo habría sabido responder con seguridad-. Sin embargo, él no parecía muy interesado en su entorno. Se veía más bien inmerso en una libreta. “Está haciendo tareas, no te preocupes”, me defendí, luego de recibir un regaño por parte de mi novia por el beso que le acababa de dar. “No vio nada”.

Minutos después entró en escena un hombre alto que llegó a buscarlo, era su padre, probablemente. Entonces el niño pidió un poco de tiempo para terminar lo que estaba haciendo y cuando consideró que había finalizado, tomó la hoja en la que había estado trabajando y comenzó a caminar hacia nosotras.
Lo veía venir pero no se me ocurría ningún motivo por el cual hacía lo que hacía. Entonces, para acabar con mis dudas, usó su voz y dijo: les quiero hacer un regalo. Alargó su brazo derecho, en la mano tenía una hoja. La tomamos y pudimos ver que nos había dibujado en medio de un beso. Me reconocí por los lentes. Sobre nosotras había escrito: ustedes amor.
Jesus David, pequeño artista, lo entendiste todo sobre capturar momentos.

Un kilo

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A los nueve años yo ya me había convertido en la acompañante oficial de mi abuela Carmen Felicia.

Acudíamos juntas a todos los eventos importantes del pueblo en los que ella era siempre invitada indiscutible. Bautizos, quince años, matrimonios y, sin falta, funerales. Para los eventos festivos me permitía usar la ropa que mejor me pareciera, sin ninguna exigencia particular; en cambio para los velorios siempre me hacía llevar un pañuelo para que me secara las lágrimas aunque yo ni siquiera estaba enterada de quién era el difunto. En realidad daba igual quién fuera, ella lloraba por todos. El fin de la vida le ha causado siempre una pena terrible pero al mismo tiempo, el amor por ella le hace salir con rapidez del sufrimiento. Puede pasar de la risa al llanto y viceversa sin notarlo.

Nos iba bien juntas. En las noches, antes de dormir, rezábamos todas las oraciones que ella se sabía de memoria y que yo empezaba a aprender poco a poco. De los sueños que le contaba en las mañanas, sacaba números para jugar la lotería. Y, antes de que el sol se pusiera muy fuerte, regábamos las matas que el domingo contaríamos para llevárselas a mi tía en el cementerio.

Los sábados, era fijo, íbamos al mercado de San Antonio a comprar los ingredientes que ella necesitaba en su cocina. Esta labor podía durar horas, puesto que cada dos pasos, hacía conversación con alguien, conocido o no.

– Fernandita, tienes que saludar a la gente.

– Abuela, no sé quién es.

– ¿Eso qué tiene que ver?

Mi respuesta no la escuchaba puesto que ya estaba ocupada saludando a alguien más.

Entraba de negocio en negocio pidiendo todo tipo de cosas que le entregaban de inmediato sin importar la cantidad de gente que hubiera en la tienda.

-“Mira, catire, aquí no hay un kilo”, le escuchaba decir con la misma voz afinada con que acostumbraba cantar aguinaldos desde la noche del 31 de diciembre hasta el amanecer del primero de enero, sin descanso y sin una gota de alcohol encima.

Para probar su alegato, suspendía en el aire con la mano derecha la bolsa de maíz que le acababan de entregar, la movía un poco, prestando atención en el peso y sentenciaba: ¡ponle los doscientos gramos que le faltan! En ese momento aparecía el dueño del local regañando al ayudante por tratar a la señora Acuña como a cualquier otro cliente. -“Tú eres loco? Esa doña es más pilas que tú y que yo juntos”. Completaban los mil gramos y nosotras salíamos en busca de alguna otra cosa.

En el camino me ponía las bolsas en lo brazos para que sintiera la diferencia evidente que existía entre una y otra, pero la diferencia yo jamás la encontraba. -“Ya, no te preocupes, eso es algo que se aprende con la práctica”. Nunca me tomé demasiado en serio sus palabras. Para mí, ella tenía superpoderes a los que yo  no accedería jamás. Como ese de apagar el fuego con las manos sin quemarse. Sobre eso me explicó que cuando era pequeña le había caído una centella cerca y que, desde entonces, las llamas no le afectaban. Todavía no sé si eso pueda ser cierto. Con ella nunca se sabe.

En la carnicería le escuchaba reclamar: a mí me buscas carne de toro, esa carne es de vaca, ¡huele! Y, sin gastar tiempo en discusiones que sabían perdidas, le buscaban lo que pedía, divertidos por la sagacidad de mi abuela.

¿Cuántos años pasaron desde entonces? más de los que yo tenía por aquellos días. Y aun así las vueltas de la vida encontraron la forma más inteligente de ponerme nuevamente frente al peso de los ingredientes. “Ya sé que no te gusta nada de esto pero ¿podrías ayudarme a pesar? No podía negarme. Por dos motivos: el primero, porque de verdad era necesaria mi ayuda. El segundo, porque nos permitía estar más tiempo en el mismo espacio.

Acompañante oficial, otra vez. Ahora con un rango superior: ayudante de chef. Y no cualquier chef, sino de la más risueña y apasionada del mundo de la cocina. Además, contaba con un traje especial para el ejercicio de mi función: una filipina propia.

Colocaba sobre el mesón la balanza y, al lado, el cuaderno de recetas, abierto en la página que explicara el procedimiento para lograr lo que quisiéramos en ese momento. Descartado el peso del contenedor, vertía en él una cantidad del ingrediente de turno y en un instante aparecía en la pantalla “200 gramos”: justo la cantidad necesitada.  

-Tengo talento con el peso, bromeaba, -lo llevo en la sangre. Pero en el fondo pensaba que no era más que casualidad. Una casualidad que se repetía cualquier cantidad de veces en una misma mañana.

-Me siento como Osiris, ahora mismo estoy sentenciando a la levadura. Depende de mí que se convierta en un delicioso pan o que regrese a la triste bolsa.

-¿Quién es esa?

-¿Osiris? un dios egipcio. Era el juez de los muertos. En Egipto se creía que cuando alguien moría, su espíritu era llevado ante un tribunal en el que sería sometido a juicio. El corazón del difunto, que había sido extraído de la momia por el dios Anubis, era puesto en uno de los dos platillos de una balanza, mientras que en el otro se ponía una pluma. Si el corazón, que representaba la moralidad y la conciencia, pesaba igual que la pluma, continuaba la vida de la persona en el paraíso. Si, por el contrario, era más pesado, moriría definitivamente.

Me escuchaba con atención y sonreía, como admirada. Le gustaba escucharme hablar de cualquier cosa; pensaba que yo sabía mucho.

Un día de mercado me antojé de unas fresas que ofrecía un vendedor ambulante por un precio súper conveniente. – Si tanto las quieres, las podemos comprar, pero aquí no hay un kilo, le escuche decir con seriedad. -Déjame ver, respondí. -No olvides que la encargada de pesar soy yo. Y al coger con una mano los frutos, sentencié: un kilo.

-Te apuesto 50 dólares a que son 900 gramos.

-Está bien… pero vas a perder, te advierto.

Gané yo la apuesta. La balanza me dio la razón: un kilo, ni más ni menos. Finalmente lograba acceder a uno de los superpoderes de mi abuela. Cobré mi premio sin ningún tipo de remordimiento.

Y, por supuesto, también me comí las fresas.

Mi principito

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Hoy les quiero contar una historia detrás de otra historia: el tras cámara de cada primera vez que leí un librito mágico llamado “El Principito”.

Haré una que otra afirmación que podrá parecer bastante descabellada. En efecto, las palabras que vienen, llegan cargadas de ganas de saltarse cualquier obstáculo de lógica que encuentren en el camino.

Puestos los eventos en orden cronológico, en la medida de lo posible, puedo decir que mi primer encuentro con el principito, ocurrió muchos años atrás, cuando yo era todavía una niña.

Fui seducida por el lenguaje universal de los dibujos y por la simplicidad de las palabras, así que al terminar de leer, estaba muy satisfecha, como cada vez que acababa un bonito cuento infantil.

No obstante, más allá del beneficio neto de acercarme un poco más al hábito de la lectura, no significó un cambio particular para mi vida.

Años después, volví a encontrar al despeinado principito en una feria de libros. Al verme, se acordó inmediatamente de mí y me sonrió con entusiasmo. Yo ya no recordaba muy bien quién era… la verdad es que, para el momento, solo sabía que era un niño famoso.

¿Qué tal si te llevo conmigo y nos conocemos nuevamente? – pregunté. Y su mirada me hizo entender que la idea le divertía. Así que salimos juntos de aquella feria y media tarde nos bastó para ponernos al día.

Recuerdo que al abrirlo aparecieron ante mis ojos, nuevamente, dibujos curiosos que habitaban sus páginas. Y, debo admitir, con muchísima vergüenza, que mi mente, contaminada por los años, no vio más que un vulgar sombrero ahí donde había una serpiente que acababa de tragar a un enorme elefante.

Para poder entender las imágenes me ayudaron las palabras de mi rubio amigo, que supo explicarme pacientemente el porqué de cada cosa.

Cada vez que pasaba a la siguiente página, él me iba regalando llaves capaces de abrir puertas inútilmente cerradas. Me llevó, por los caminos verdes, lejos del tráfico de las opiniones rígidas, a la comprensión de asuntos que hasta ese momento parecían demasiado complicados.

Sentí que tenía en mis manos un mapa que mostraba la ubicación exacta para encontrar la felicidad.

Meses después de cerrar el libro, hallé una rosa, la cual ya desde el comienzo dio indicios de no ser muy similar al resto; pero en la medida en que fuimos pasando tiempo juntas, la diferencia fue creciendo siempre más, hasta que un día, mi rosa, era la más especial de todas.

Pero eso sí, continuamente decía cosas que me enloquecían de rabia, de celos o de ganas de arrancarla de raíz de mi planeta y dejarla a merced del viento.

Sin embargo, antes de tomar cualquier decisión apresurada y sin ningunas ganas de hablar con nadie sobre el asunto que me tenía tan mortificada, acudí al amigo más discreto que he encontrado.

Y al volver yo, lo encontré a él sonriente, sentado bajo un árbol, feliz porque desde temprano sabía que lo visitaría. Me recibió con un abrazo de esos que te hacen sentir que todo va a estar bien y me invitó a sentarme a su lado.  

Al escucharlo se me llenaban los ojos de lágrimas, porque me hacía entender, con sutileza, lo tonta que estaba siendo al fijarme en las palabras ligeramente pronunciadas por mi rosa, en lugar de valorar todas sus acciones. Con cada línea me decía que en todos los rosales del mundo no existía una flor más especial que la que yo tenía.

Me sentí tan conmovida que interrumpí la lectura para escribir un tweet en el que solo decía: quiero una compota. Esto porque en mis momentos más sensibles siento la imperiosa necesidad de saborear alimentos que me recuerden los despreocupados días de la infancia.

Luego de eso cogí una pluma y retomé mi lectura con el ánimo de hacer anotaciones de todo lo que me dijera mi pequeño amigo.

Cada reflexión sobre la rosa, el zorro, los habitantes de los demás planetas, llegaban a mí como un mensaje claro con respecto a algún punto de mi vida, especialmente con respecto a esta flor que me tenía la mente hecha un desastre.

Hice muchísimos comentarios, con bolígrafo, usé colores, resaltadores y todo lo que tuve a mano que pudiera evidenciar la importancia de cada palabra.

Al final de mi lectura, me había convertido en la autora de un Principito comentado, con un dibujo adicional: una sonrisa gigante en mi cara, de esas que nacen solas cuando sus dueños encuentran  soluciones a los problemas que tenían.

Hallé libertad en las hojas de un libro y estaba dispuesta a hacer alguna cosa que revirtiera el efecto de la actitud adversa que había estado teniendo hacia mi inocente flor.

Vi mi teléfono y tenía un mensaje que decía: baja. Con un poco de nervios seguí las escuetas instrucciones; bajé las escaleras hasta el estacionamiento del edificio. La segunda orden que recibí fue: abre la maleta del carro. Y otra vez la cumplí al pie de la letra.

Me acerqué, abrí la puerta y adentro estaba una caja de compotas.

-“Bájalas rápido que solo tengo cinco minutos”, me dijo. Era mi rosa. 

Colorín colorado

Mamá cree en el poder de las palabras; piensa que hay algunas que deben ser evitadas.

Por eso me pidió de favor que nunca pronuncie maldiciones, que hable siempre en positivo y que modere el uso del “no”.

A mí pocas veces me respondió con un “no” seco, siempre encontraba una forma alternativa de negarme las cosas o mostrarme en qué me había equivocado.

Tenia métodos de enseñanza muy originales.

Por ejemplo, para que yo aprendiera los colores llenó un cuarto con globos amarillos, azules, rojos… de todos los tonos que pueda imaginar un bebé de dos años.

La dinámica consistía en que ella me lanzaba el globo diciendo el color que le correspondía y yo debía regresarlo repitiendo lo que acababa de escuchar.

Esto lo sé porque de nuestras clases en casa quedó una anécdota que la hace reír todas las veces que la cuenta.

Estábamos en medio de una lección, así que me lanzó un globo diciendo: ¡ahí va el azul! Y yo lo regresé con un simple: es nego (negro).

Como está en contra de las correcciones a partir del error, reafirmó la respuesta correcta y lo lanzó otra vez: ahí va el azul. Y yo lo devolví: es nego.

Entonces hizo otra vez, otro intento. “Mi amor, agarra el globito, ahí va el azul”.

Y lo que le respondí en esta oportunidad fue: es nego o lo espoto (es negro o lo exploto).

Siempre he tenido la voz fuerte y gruesa, así que esto hizo resaltar la seriedad de mi afirmación.

Mi mala actitud no tuvo como consecuencia regaños, ni siquiera pronósticos fatalistas sobre el futuro de esa niña que a tan temprana edad reaccionaba de semejante forma.

Lo que ocurrió después fue que me pasó un globo negro, para mostrarme la mayor oscuridad del color que yo tenía en mente.

Luego de esto, me toca admitir que nací con un carácter bastante fuerte, el cual ha sido paulatinamente educado por una madre excepcional y paciente.

Mi mamá. Podría escribir infinitas veces sobre ella. Se me ilumina la cara cuando hablo de quién es; los ojos me brillan. Tengo una madre excepcional.

Hay otro cuento que cada vez que lo escucho, pienso, también yo, que ella está sencillamente desquiciada. Por menos de eso cualquier otra persona no lo estaría contando.

Sucedió que un día, mi primo César Octavio pintó de blanco el apartamento donde vivíamos. Había estado trabajando en eso arduamente durante dos días, la sala y el pasillo quedaron impecables.

Mamá tuvo que salir a hacer unas diligencias y él se quedó cuidándonos a los tres, a mis hermanos y a mí. Se distrajo, tal vez viendo televisión, o se quedó dormido, sin siquiera sospechar en las terribles consecuencias.

Libres de toda miraba adulta, sacamos los creyones, marcadores, témperas, pintadedos y todo lo que tuviera color y nos dispusimos a crear arte, aprovechando el gigantesco lienzo que había sido realizado para nosotros. Únicamente faltaba decorarlo.

Y supimos bien cómo encargarnos de eso. Así pues, cada quien tomó lo que consideró necesario y dio rienda suelta a su imaginación, demostrando todo su talento en las paredes recién pintadas.

Ya estaba casi lograda la meta; quedaba muy poco blanco en nuestra zona de alcance en el momento en que llegó mamá.

Abrió la puerta y estábamos los tres felices por lo que acabábamos de hacer; salimos a recibirla sonreídos de puro orgullo y la invitamos a contemplar la sorpresa que habíamos preparado para ella.

No supe interpretar en aquel momento su cara perpleja. Me gustaría ahora mismo poder ver la escena otra vez y detallar la reacción de mamá viendo el desastre del que habían sido víctimas sus paredes blancas.

Inmediatamente mi hermana rompió el silencio creado por el suspenso y comenzó a explicar toda la obra. Aparentemente sabía con exactitud el significado, no solo de lo que ella había hecho, sino también de los dibujos de mi hermano y de los míos.

Nuestro público nos escuchó con muchísima atención. Posiblemente sonreída mientras lloraba por dentro.

Lo que ocurrió a continuación es lo que no se puede creer.

Terminó de entrar a la casa, pasó hasta su cuarto y salió de ahí con una cámara fotográfica para tomarle fotos a la hermosa obra de sus niños. Dándonos las gracias y advirtiendo que quería dejar constancia de nuestros maravillosos dibujos.

Cuando despertó mi primo no pareció tan orgulloso como mamá. Le aseguró que jamás volvería a ayudarla en nada que tuviera que ver con la casa… pero ella no le dio demasiada importancia a eso.

Recibió algunos comentarios de los enterados: tampoco así, Charito. Pon límites. A mí un hijo me hace eso y no sale ileso.

Y respondió con seguridad: yo no les puedo reprimir su creatividad. Por suerte son hijos míos.

Esa pared quedó así por bastante tiempo; mamá no permitió que borraran nuestros dibujos sino hasta después de un año.

Delante de nosotros mostraba la pared decorada a sus amigos y les explicaba, más o menos conforme a la información que ella tenía, sobre el significado de cada cosa.

¿Cuál fue el efecto?

Ninguno de los tres resultó pintor, es decir, no nos dedicamos a eso. No estamos hablando de la historia magnífica detrás de la vida de un gran artista. No ha quedado justificado el daño a la pared pintada.

Solo me queda esto. Este brillo en los ojos cada vez que la veo o hablo de ella. Y esta certeza de que hay una persona que ha valorado cada cosa que he hecho.

Esta pregunta: qué hice tan bueno en otra vida que se me ha asignado una madre tan maravillosa.

Bajé a buscar la luna

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Bajé a buscar la luna.

Explico.

Vivo en un edificio pequeño, rodeado de edificios mucho más altos y no siempre permiten ver lo bello del cielo.
Es casi triste pero me consuela poder ver siempre la cruz del Ávila desde la ventana de mi cuarto.
Bajé a buscar la luna pero no la encontré por ninguna parte.

Abrí la reja y salí del edificio, salí a la calle, en ropa de estar en casa pero de noche, con pocas posibilidades de encontrar gente que juzgue mi atuendo… pero con más riesgos.
El riesgo lo asumí.
Pareció peor quedarme con las ganas de ver la luna.
Crucé las fronteras de la calle en que vivo y me adentré en otras, conocidas pero ajenas. Entonces, detrás de un edificio de unos cinco pisos, que tuve que circundar un poco, la encontré.
Estaba ahí, enscondiéndose inútilmente, pues tenía medio cielo iluminado. Cuánta luz.
Luna menguante. Está menguando la luna en este momento.
Lo sé porque hace dos días, escuché la explicación a cielo abierto cuando, extasiada como hace un momento, miraba hacia arriba complacida por tanta belleza, y pensé en voz alta: luna llena.
Y un campesino que estaba al lado me comentó que dentro de poco podría sembrar las matas de cambur porque la luna estaría menguante.
Le pregunté cuánto tiempo duraba la luna estando llena y respondió “dos días”. No he verificado que la información sea cierta, no lo he consultado con nadie. Sin embargo confío.
Parecía que sabía de lo que hablaba.
Yo no había entendido qué relación tenían los cambures con la astrología y me explicó algo bien curioso: si siembras las matas cuando la luna está menguante los racimos nacen juntitos, si lo haces en otra fase lunar, nacen separados, cada racimo a distancia del otro así que son menos los frutos.
No tengo idea de cómo funciona pero lo creo.
Entonces la cita con la luna menguante era hoy. Porque hace dos días empezó la luna llena. Dos días después… Menguante. La luna que se me quiso esconder pero no pudo. No pudo porque yo la quería ver.
Y cuando quiero ver algo, cuando quiero ver a alguien, lo hago.
Eso debería saberlo ya.
Tal vez solo quería que la encontrara.
Pues bien, yo la encontré.