Cambio en el camino

“Dirán que andas por un camino equivocado, si andas por tu camino”. Antonio Porchia

Todavía no estoy segura de haber sentido alegría o tristeza. Pero es un hecho que verla llorar a ella me conmovió profundamente.

Sí, claro que las lágrimas de los demás también me tocaron y las agradecí de corazón pero las de ella eran distintas para mí. Estaba acostumbrada a verla tan distante, tan jefa, tan dura y ahora… ¿lloraba porque yo me iba?

En ese momento habían pasado uno o dos días desde que renuncié al escritorio jurídico en el que había estado trabajando durante varios meses; eso fue en febrero del año pasado, poco antes de mi cumpleaños.

Te dije que 2018 había estado lleno de eventos estremecedores y este fue uno de ellos porque, aunque comparado con otros parece una tontería, la verdad es que en su fecha fue un batacazo.

Renunciar a las cosas que en algún momento nos llenaron de amor, de entusiasmo, de ilusión y hasta de orgullo cuesta no uno sino dos mundos.

Y cuesta aunque ya te hayas decepcionado de eso. Cuesta aunque ya sepas de sobra que no es lo que necesitas. Y cuesta, por absurdo que parezca, aunque te estés muriendo de ganas de irte.

Cuesta tanto porque nos avienta a un despeñadero llamado cambio que nos abre un vacío desde el pecho hasta el estómago y nos echamos hacia atrás como por instinto.

En mi caso no había nada que analizar. Me costaba pararme en las mañanas, me sentía desmotivada y ya no había ningún beneficio laboral -ni económico ni intelectual- que me hiciera querer sentarme a observar la balanza para ver hacia donde se movía. Pero, Dios mío, cuánto me costaba.

Para que tengas una idea de lo difícil que fue, el día en que renuncié, estuve como medio día sentada frente a mi computadora intentando hacer alguna cosa que no hice porque no logré concentrarme en nada.

Solo pensaba en cómo lo haría. Sentía la sangre en la cabeza y la presión alterada. La boca un poco seca y las manos sudorosas. No conseguía mover los pies para ir a decir lo que imperiosamente necesitaba.

Recuerdo que me escribió Diana Rufus, uno de esos ángeles que me ha mandado la vida para que me alumbren algún tramo del camino. Me dijo: ¿ya lo hiciste? Y le contesté que no había podido. A continuación leí: si no renuncias hoy no me hables más nunca.

Y en verdad lo que me dijo me causó tanta gracia que por un momento pude salir a flote de esa tormenta en el vaso que yo misma había creado y fui como por impulso a pedir hablar con alguno de los socios.

Tengo que renunciar.

La persona que se reunió conmigo fue la misma que me había contratado. La misma a quien le escuché decir en la entrevista: ya voy a parar la búsqueda porque tú eres exactamente lo que queremos. Alguien a quien le tomé un grandísimo cariño y esto, por supuesto, no hacía las cosas más fáciles.

Sin embargo cuando me preguntó “¿estás segura?” Yo supe que en realidad no tenía duda. ¿Y qué me ataba?

Así que, sin seguir ninguno de los consejos recibidos sobre cómo hacer una buena renuncia para “dejar las puertas abiertas”, renuncié. Hice lo que casi siempre hago: fui extremadamente franca.

“Me voy porque no estoy siendo feliz”.

Y cuando nos conocimos me preguntaste cuáles eran mis principales virtudes y la primera que mencioné fue lealtad. Pues bien, sería una deslealtad seguir trabajando sin sentir ningún tipo de pasión por lo que hago”.

Duró casi una hora mi renuncia. Un montón de minutos desperdiciados intentando que yo cambiara de opinión, escuchando promesas de un mejor futuro, de algún ascenso, de tomar alguno de los cambios que propuse.

Y después vino la despedida en la que lloraron casi todos. En la que todos dijeron que me extrañarían y que estaban orgullosos de mí porque seguro me iba detrás de algún sueño.

Tres semanas después de que me fui, casi todos los que estuvieron en mi reunión de despedida, renunciaron también. También la jefa distante, también el socio que me contrató.

También los otros que quisieron convencerme de que no me fuera.

Y un año y medio después comprendí un poco más de lo que había pasado aquel día: -me sigo sintiendo halagada por el afecto, claro- pero la verdad es que esa vez nadie lloró porque me iba.

No lloraron por mí, lloraron por ellos mismos… porque tenían justo en frente el cambio que querían pero no se atrevían a hacer.

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Síndrome del aguacate

“Sé un agradecido permanente y un inconforme constante”. Mauricio Benoist

No se trata de voltear la vista, se trata de ampliar la visión. De comprender que si hay mucho por mejorar, también hay bastante que agradecer.

Que lo cierto es que infinitas veces nos quedamos solo con lo que nos falta y vamos por la vida con una constante sensación de carencia.

Como cuando estás en un almuerzo delicioso y alguien dice que sería todo perfecto si tan solo hubiera un aguacate.

O un queso tal o lo que sea, simplemente, siempre falta algo. Es como si fuera una patología, un síndrome.

Y claro que no está nada mal ser inconformes, este es, de hecho, uno de los elementos fundamentales que hacen del humano un ser en constante evolución; con eso no hay problema.

El tema viene cuando se nos olvida por completo agradecer lo que sí hay, hacer conciencia de todo lo que sí tenemos.

Porque la verdad es que cuando sacamos cuentas resulta que tenemos mucho.

Cada quien puede hacer su propio inventario, no tiene caso que yo te diga cuál es el mío pero lo que sí te puedo contar es que hace ya varios años, durante una Semana Santa entera estuve con un grupo de amigos viviendo en un colegio del barrio La Vega, en Caracas, como misioneros católicos.

Y durante todo ese tiempo dormimos en colchonetas, nos bañamos con una cubeta de agua, comíamos lo que nos daban y trabajábamos desde la mañana hasta la noche.

Todos estábamos ahí por gusto y bien alegres. Pero eso sí, cuando regresé a mi casa y pude bañarme sin prisas y con una ducha, cuando pude dormir en mi cama, me sentí la mujer más feliz del mundo.

Con los días, por supuesto, se me olvidó la sensación de fortuna. Porque la rutina es así: nos lleva a quejarnos de todo el trabajo que tenemos y nos nubla de ver lo maravilloso que es tenerlo.

A creer que la botella está medio vacía cuando es un hecho que no admite discusión que también está medio llena.

A sufrir y lamentarnos de hasta el más mínimo de nuestros fracasos sin celebrar y bendecir nuestros pequeños triunfos.

A querer cerrar los ojos y abrirlos cuando ya seamos quienes queremos llegar a ser… sin siquiera atrevernos a descubrir quiénes en realidad ya somos.

O simplemente a decir que faltó el aguacate cuando hay un plato delicioso y familia en la mesa.

¿Quién sabe?

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Hay un cuento muy famoso de un aldeano al que cada vez que le ocurría algo, bueno o malo, él simplemente aceptaba el hecho como había llegado.

Pasó por ejemplo que un día su único hijo cayó de un caballo y se fracturó una pierna y entonces los vecinos lo visitaron con lamentos diciendo “hombre, qué mala suerte que tienes” el señor en esos momentos solo respondía: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

A la semana llegaron al poblado los militares reclutando a los muchachos jóvenes para llevarlos a la guerra a luchar. Pero al hijo del aldeano no se lo llevaron porque estaba en cama.

Otra vez volvieron los vecinos de visita, esta vez con comentarios de “qué buena suerte que tienes”. Y nuevamente el sabio hombre respondió: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

Y así como en esta fábula, parece que la verdad de todo en la vida es que ningún evento es por sí mismo bueno o malo, sino que lo determina como una u otra cosa la perspectiva desde la cual se le vea.

O, dicho de otra manera, depende de la historia que le hagamos.

Un ejercicio de escritura que me encanta para poner a volar la imaginación consiste en describir un mismo evento en por lo menos 5 formas distintas para sacarle todo el jugo que pueda tener.

Esta es también una herramienta que se usa en programación neurolingüistica para liberarnos de recuerdos dañinos.

Y por supuesto que sirve para reinterpretar la vida, para volver a echarnos el cuento. Buscar versiones, cambiar de perspectiva. Ser autores conscientes de nuestra propia existencia.

Por ejemplo este escrito, el anterior y todos los que vengan nacieron no sé cuándo, pero lo más probable es que haya sido el año pasado.

Lo digo porque 2018 fue el peor año de mi vida. Tuve que tomar decisiones radicales, perdí a personas importantes, viví momentos drásticos. Y de todo ello nació esta frase que acabo de decir y que dije antes con el corazón puesto en las manos: fue el peor año.

Pero ahora me escucho y me respondo yo misma, tomando ejemplo del aldeano. ¿El peor año? Quién sabe.

Y me vuelvo a echar el cuento: 2018 ha sido el año de mayor aprendizaje.

Entonces, ¿fue el mejor año de mi vida? Quién sabe.

El hecho cierto es este: me enseñó cosas que servirán para siempre. Me enseñó a volver a armar un cuento, a saber que el dolor puede ser bueno si nos transforma o inútil cuando lo tomamos como víctimas, sin detenernos a pensar si eso terrible que nos pasó es tan malo como parece.

Sin atrevernos a indagar porque… ¿quién sabe?

El regreso

Ya te dije, me alejé un poco pero jamás me fui. Estuve caminando de aquí para allá, de allá para acá. Viviendo de una manera tan intensa que apenas da tiempo de sentarse a ordenar ideas. Pero hay que hacerlo.

A ti te tenía con la costumbre de leer cuentos y más cuentos de cuanto evento de mi vida me provocara hablar en el momento y de repente, tres cartas de despedida, un par de promesas rotas y un silencio medio interrumpido.

Estoy aquí de nuevo. Tengo mil historias como siempre. Solo que ahora, en vez de fijarme en los detalles cotidianos, externos, en los obreros de las calles y en los ángeles que habitan mi ciudad, he estado haciendo recorridos tan personales que tendría que relatarte básicamente los pasos que ha venido dando mi alma.

¿Y por qué no? No tengo problema con eso. El tema es que son tantas cosas que no sé por dónde empezar.

Y además estos temas son tan personales que uno no se los puede contar a cualquiera… te los cuento a ti. A ti que me lees y ya tienes una idea de cómo pueden ser las cosas por aquí. Y por ese mismo motivo sigues viniendo.

Por ti publiqué las cartas de despedida.

Nada tan personal como esas cartas. Al traerlas acá, cualquiera – con razón- se siente con el derecho de opinar.

Por ejemplo de decir que lo hice con la única intención de invocar a algún fantasma, como si el Sari fuera un tablero de ouija (tal vez lo sea); alguien más creyó que era un mensaje enviado a mí misma. Y en general cada quien pensó lo que quiso.

Y la verdad de la historia es solo una: eran cartas de despedida. No había más que ganas de dejar el pasado atrás. Y seguir.

Las compartí porque me sirvieron para lograr ese objetivo y creí que si para mí había funcionado tal vez también lo harían contigo. Y que si algo como eso te estaba pasando, entonces sabrías que te entiendo.

Y yo sé lo esperanzador que puede resultar encontrar a una persona que nos entienda.

En un par de semanas alguien dirá que el Sari se convirtió en un libro de autoayuda. Y estará bien, si es verdad que te ayuda. Pero lo cierto es que esto seguirá siendo lo mismo, solo que ahora con distinta perspectiva.

Si antes te dije en poesía o en cuento determinado evento de mi vida, ahora haré teoría de por qué fue relevante que eso ocurriera y cómo se relaciona con antes y con hoy.

Te quiero contar esta vida y recordarte con esto que aceptar sentir es de valientes. Y que la felicidad no fue hecha para los cobardes.

¿Me acompañas?

Desde la montaña

Hace unos días alguien me preguntó el motivo por el cual pasé tantas semanas sin publicar aquí en el blog.

“¿Por qué no, si hay tantos Saris?, yo siempre he pensado que existe una especie de banco de Saris”. Qué ternura esa persona.

Pero bueno, no, no existe un archivo repleto de escritos listos para su publicación. La mayoría de veces anoto ideas que luego me siento a darles forma. Como si fuera tener un pedacito de mármol que se pueda convertir en una pequeña estatua.

En fin, para no dar muchas vueltas con las explicaciones, resolví responder con el cuento del águila.

Generalmente, cuando se habla de cambios y transformaciones, el animal que viene a la mente es el fénix, el ave que renace de sus cenizas. Yo preferí el águila.

Sabes, le dije, las águilas son famosas por su vista aguda y por su tenacidad. Algo que pocos conocen sobre ellas es que pueden vivir hasta 70 años.

Ahora bien, a mitad de su vida, cuando van como por los 35, su pico y sus garras han crecido tanto que se convierten en herramientas inútiles para la caza, volviendo casi imposible la correcta captura de su alimento.

Nel mezzo del cammin di nostra vita“, como diría Dante. Exacto, justo en ese momento, les toca decidir entre la vida y la muerte.

Permanecer en el estado en que se encuentran, implicaría evitar meses de sufrimiento seguro, pero las condena a la muerte. Asumir la necesidad de cambio y el dolor que este conlleva, significa escoger la vida.

Probablemente todas las águilas del mundo prefieran adaptarse a perecer, siguiendo el curso natural del instinto vital -o llevadas por la fuerza de Eros, como tal vez diría Freud-.

Ahora bien, imaginando que las águilas tuvieran un cerebro humano, probablemente, las vencería la muerte, porque el pánico que implica enfrentarse a las opiniones externas, no les permitiría salvarse. “Me verán sin pico, sin garras, luego de haber sido tan fuerte”, cosas así pensarían las pobres.

Lo digo porque precisamente, el águila que escoge vivir, conoce desde el principio que el precio no será bajo.

Deberá retirarse de su mundo, a la cima de alguna montaña, asegurándose lo mejor posible para no convertirse en una presa fácil, y ese lugar ahora será su hogar durante los próximos 7 meses.

En ese tiempo, a fuerza de picotazos contra las rocas, se despega el viejo pico y luego, usando una estrategia parecida, bota también las garras. Cambia incluso su plumaje, de manera que en un punto debe parecer más un pajarraco recién nacido que el ave imponente que estamos acostumbrados a ver en fotos y videos.

Luego de todo ese tiempo -que al nombrarlo parece tan breve pero que, estoy absolutamente segura, el día a día vuelve infinito-, después del dolor físico y de la soledad, llega el momento en el que por fin su cuerpo se ha regenerado y vuelve a ser.

Con todo su esplendor, vuelve a ser.

Pues bien, al igual que pasa con el águila, hay momentos en los cuales, elegir la vida nos obliga a asumir ciertos cambios.

En esos momentos en los que dejamos atrás cosas que hasta ahora eran parte de nosotros pero se volvieron inútiles: creencias, personas, expectativas, formas de vida… en esos momentos exponernos se vuelve riesgoso, así que lo mejor es tener una montaña en la cual refugiarnos mientras nos vuelven a crecer las plumas.

Hasta renacer.

Los diablos

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No implicó mayor esfuerzo encontrarles distintivos, fue un acto reflejo de solo verlos, cada uno tenía cara de Leopoldo, de Fidel y de Numa Pompilio y así fue que los llamamos. 

Los encontramos en una caja, cuando fuimos a explorar el sembradío de Diomedes; saltamos la cerca y nos metimos. -Meu, lloraba de hambre Numa Pompilio y por sus quejidos fue que dimos con los tres. -¿Dónde está la gata grande?

Estaban abandonados, comprendimos con tristeza. Y sin comida, morirían. De manera que en las cuatro tardes siguientes, volvimos a su encuentro con leche tibia en un tetero para alimentarlos.

– Sonó el portón y supimos que teníamos compañía. “Allá están esos diablos”, escuchamos decir. “Los diablos”… ese era el inmerecido apodo que nos habían estampado, a causa de un par de malos entendidos. Saludamos, convencidos de no estar haciendo nada incorrecto pero la respuesta que tuvimos fue un grito poco amistoso: ¡Sálganse de ahí, me van a dañar las matas! Era Diomedes, rojo como siempre, de tanto sol y con las entradotas en la cabeza… parecía un dragón.

-“No estamos pisando las matas”, nos defendimos con amabilidad. Pero él no estaba particularmente abierto al diálogo. Entonces comenzaron a moverse sus poblados bigotes, anticipando las palabras que escuchamos un segundo después: ¡Se van de aquí ya mismo o les mato a los gatos!

-Mataron a su tío

– ¿Quién?

– ¿Cómo que quién? ¡ustedes! hace rato se lo llevaron en una ambulancia para San Antonio.

¡Imposible! No había pasado mucho tiempo desde que lo habíamos visto… y en aquel momento no parecía que le rondaba la muerte. Muy vivo se le veía, más bien. La memoria me lo mostraba furioso, en plena persecución, con el brazo derecho alzado, sosteniendo una cuerda que luego soltó sobre mí en un princhazo que me dejó ardidas las canillas.

Todavía nos estábamos riendo de eso, cuando llegaron con la noticia. -Mis compañeros más que yo, para ser franca-. Decían que yo tenía un imán en las piernas para los cuerdazos. 

Razón no les faltaba, tal vez porque yo era menos rápida que ellos, por ser la menor… pero eso sí, jamás me atraparon. En cada fuga me ayudó la fuerza suprema de saber que en riesgo estaba nada menos que mi propia vida.

Recordaron con gracia el otro princhazo más reciente. La vez que Anibal se montó en mi mata de pomalaca, machete en mano, para cortarle las ramas porque echaba muchas flores. Teto, mi hermano, fue el que nos avisó y él mismo nos llevó a buscar pedacitos de espejo para evitar la tragedia. Nos pusimos debajo de la mata, reflejando los rayos del sol con los espejitos, directo a los ojos de Anibal, para que cayera encandilado como un guacharo expuesto a la luz del día.  

Anibal no sabía de juegos, ese hombre era de armas tomar, un furioso, y si no lográbamos tumbarlo, tendríamos que correr. Pero a pesar de que movía la cabeza para todos lados, como un león perturbado por las moscas, no cayó. Y cuando empezó a bajar, sudado de pura ira, pegamos la carrera. Entonces lanzó el cuerdazo desde antes de llegar al piso y ajh, me ardieron las piernitas. 

Por la tarde regresamos a comer y el asunto ya había sido olvidado. Anibal seguía vivo, viendo la televisión, como si nada.

– Le dio un infarto de la rabia que le hicieron pasar.

– ¿Y quedó muerto? ¿muerto de verdad? 

-Muertico.

Después de la advertencia de Diomedes, al día siguiente, volvimos al terreno a visitar a los gatos. Pero cuando llegamos, ya no estaban.

La confusión de nuestras caras tardó segundos en convertirse en plena certeza: los había matado.

-¿Pero cómo pudo si los gatos tienen siete vidas? -Seguro los metió en el tanque de agua y se ahogaron siete veces. Revisamos por todos lados pero no los encontramos en ninguna parte. Entonces, – Sí, lo hizo: mató a Fidel, a Leopoldo y a Numa Pompilio.

Yo doy fe de que no hubo acuerdo, por el contrario, cada quien actuó por cuenta propia, tomando alguna herramienta, cegados de indignación por la injusticia y echándonos, luego, sobre las matas, acabando con sus hojas como no lo haría la peor plaga, corriendo entre gritos eufóricos, retadores, destrozando todo lo que iba quedando atrás del paso.

Al notar la presencia enemiga, encabezada por la cabeza roja de ira que era Diomedes, nos dimos a la fuga… pero antes de que yo pudiera cruzar la cerca, sentí el azote en las piernas. Ajh.

Ya nos estaría buscando la policía para llevarnos en sus patrullas hasta un calabozo oscuro… y esta vez no nos salvaría nadie. Con Diomedes muerto, bastaría pisar la casa de abuela para quedar nosotros igual de tiesos que él.

Y ahora con hambre y sin comida, como los gaticos. Sin agua y con tanta sed. Y aquel terror que nos daba la montaña – a la que siempre huíamos- cuando se hacían las seis de la tarde. A esa hora empezaba a oscurecer y nosotros a imaginar nuestros nombres en las voces de los encantados. Y cada hoja que se movía por la brisa nos mataba de susto.

Sin decir palabra, como con el ataque, fuimos juntándonos poco a poquito y bajando, uno detrás del otro, cinco en fila, pálidos de miedo. Resolviendo mentalmente cómo entrar a la casa y saltando, al llegar, por una ventana del fondo . Pero ahí ya nos estaban esperando.

-Casi matan a su tío de una rabia, ustedes no conocen límites.

– ¿Cómo que casi? ¿no está muerto?

-¡AVE MARÍA PURÍSIMA, sí es verdad que son unos diablos!

La del Sari

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A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.

Cartas de despedida

Los viejos dicen que el que se despide mucho es porque no quiere marcharse.

Sin embargo, esto es distinto. No es que no me quiera ir, es que antes de hacerlo tengo que decirte todo. Poner esta carga inaguantable sobre la mesa, ahí donde no sea ni tuya ni mía, como un saquito de sal cerrando un trato.

Esos que afirman que somos amos de lo que callamos, desconocen la fuerza con la que azota el silencio. Yo hoy prefiero hablar. Debo decir, quiero decirte.

Contarte, por ejemplo, que hace unos días, mientras limpiaba mis libros encontré un regalo. Era un cuaderno y cuando lo abrí, reconocí de inmediato tu ortografía en una dedicatoria: <<Para que escribas tus bellos poemas>>.

Sus hojas están usadas casi completamente. Hay tres canciones terribles, veinte poemas y un sinfín de errores ortográficos, de esos que jamás recibieron tus correcciones. Para actualizarte un poco: ya no escribo error con h, así que tuviste razón al intuir que la respuesta mejor a mis notitas, era un beso o dos y que el tiempo haría un buen trabajo conmigo. Porque al final, escribir con errores no es ningún pecado. El pecado es otro. La ofensa es dejar de escribir cuando escribir es lo que debes; cuando se siente como si la tinta no saliera de la pluma sino de las propias venas.

¿Parar de hacerlo porque ha dejado de estar alguien? No tiene sentido.
Y sin embargo, eso fue lo que vino después de nuestra ruptura: dejé de escribir. Parece que a las letras las asociaba contigo. Mayor tontería. Ojalá alguien me hubiera dicho que escribir era la única forma de borrarte. Quizás no habrían sido tan largas las cartas de despedida.

Si escribir es parte de lo que soy y dejé de hacerlo por ti, debo admitir que sería injusto juzgarte por haberte ido… si antes que tú, yo misma estuve bien dispuesta a abandonarme, como lo hice en efecto, en repetidas ocasiones.
Si tan solo hubiera podido verme con tus ojos y tratarme con el cariño con el que yo te cuidaba. Si las inseguridades no hubieran empañado tanto mis cristales… ojalá hubiera sido antes tan claro como ahora cuánto en realidad me amabas.

Se me hace bonito recordar que me grababas para verme cuando yo no estaba. Y hasta recuerdo con ternura el drama de tu prima al decirme que lo sabía todo, que había notado la emoción en tu cara cuando te vio llegar con aquellas flores.
Da igual tu prima, dan igual todos ellos. Solo me importabas tú antes y solo me importas tú ahora. Por lo que fuiste, porque recuerdo quién eras.

Hoy te puedo mirar con cariño a la cara y decirte <<gracias, ya no te debo nada>>.
Con esto salto al abismo, confiando en mis alas. Me hago vulnerable para encontrar mi fuerza.
Pero te diré algo más, espera:
Una vez alguien me dijo que tal vez tú y yo somos almas gemelas. Eso no hay manera de saberlo… pero si fuera cierto, ¡hasta la próxima vida! En esta ya fuimos todo lo que podíamos ser.

Cartas de despedida

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Continuación

Ya dejé de preguntarme qué habría pasado si cuando apareciste diciendo que aún me querías, hubiese contestado “yo también” -que era lo que sentía- en lugar de “yo no” -que era lo que quería sentir-. Ya no me lo pregunto porque la respuesta la tengo, la descubrí hace poco: no habría pasado absolutamente nada. Nos habríamos conformado con saberlo, con confirmar que nos amábamos y habríamos continuado, cada quien por su camino.

Pero… ¿y si el resultado hubiera sido otro? Eso otro ya no lo quiero imaginar, justo ahora no me provoca. Ha dejado de tener importancia.

Importancia tiene escribir esto porque es el equivalente a poner punto y final a una historia absurda de vivir con un fantasma a cuestas. Nadie merece eso. Y es una cadena que nos imponemos cuando decidimos hacernos los locos, salir y bebernos hasta el agua del florero, confiando en que el alcohol será capaz de matar al amor, a riesgo de que si este queda vivo, nos mate a nosotros. Ojalá asumir la valentía de mirar a los monstruos de frente, directo a los ojos y gritar o llorar hasta que se haya salido la rabia y el dolor del día. Hasta que se hagan las paces con las bestias.

¡Cuántas palabras! Y yo que venía solo a despedirme…

A despedirme de ti desde el futuro. A enviarte un saludo a aquel momento en el que se rompió todo. ¿Qué fecha es ahí? No la recuerdo. Roto porque sí, porque aunque te amo, porque aunque me amas, no se puede. ¿Por qué no se podía? porque ellos. Segura estoy de que de haber entrado a analizar quiénes eran ellos, sus opiniones daban igual. Tal vez ni siquiera tenían una.

Ahora lo puedo ver claramente: el problemas nunca es “ellos”, el problema siempre es uno, dándoles poder a partir de nada. Pero tal fue el poder que les diste que explotaron nuestra burbuja, entraron con caballitos de madera y nos dejaron sin nada.

Antes de eso nadie había podido entrar: éramos solo dos.

Siempre me costó entender cómo tuviste tanta fuerza de voluntad en el proceso de alejarnos. No, no me mires como si yo hubiese actuado de la misma forma. Lo mío era todo fingido. Mi distancia era un teatro. No podía hacer más, tú ya habías decidido.

Fingí cada vez que me tocó encontrarte en algún sitio. Pero fingí muy mal, lo sé. Mi peor escena fue esa tarde en la pizzeria, yo con Zeta y tu con Equis. Nunca debimos estar en mesas distintas. Te paraste y te fuiste y mi pizza quedó completa.

¿Con tantos restaurantes en Caracas, por qué tú y yo ahí a la misma hora?

Porque el diablo existe.

Pero los ángeles también, por suerte. Hace un par de meses me hicieron el favor inmenso de enviarte un recado. Yo sé que lo recibiste. 

Era de noche y, en medio de un sueño, te vi susurrar “te amo”, con lágrimas en los ojos. Equis estaba a tu lado y tú no querías que notara la mirada de amor con la que me veías. En ese momento desperté, casi desesperada y respondí “yo también”. Sin embargo, estaba de vuelta a la realidad, fuera de la dimensión donde nos vimos, y entendí que ya no podrías escucharme, así que cerré los ojos con fuerza y le pedí a Dios, devotamente, que te entregara mi mensaje.

Sé que la verdad de los sueños es que tienen que ver con el soñador y no con el soñado, pero en este caso fue distinto. A los dos días, gracias a la persona menos esperada, recibí noticias tuyas. Sé que estás bien y que vas haciendo que las cosas funcionen. 

Sería un error pensar que solo fue casualidad.

 

 

Cartas de despedida

Estoy en el año 2019, te escribo desde el futuro.

Apenas ahora logro alcanzar un poco de tu nivel de madurez. Es increíble, siempre me llevaste una morena en eso. Fuiste tan importante que incluso hoy, cuando ya por fin llego a sentir que es verdad que te has quedado en el pasado, dirijo a ti mis palabras y se me pone el cuerpo raro. Estoy en la misma habitación en la que te escribía hace ¿cuántos años?

Deslizo la tinta sobre el papel y es como abrir lentamente la puerta de un cuarto a oscuras, desbordado de recuerdos tuyos, inmaculados, cubiertos por sábanas blancas, protegidos contra el tiempo. Supongo que por eso es que has dolido tanto, porque te cuidé hasta el punto de no permitirme ni siquiera a mí moverte de lugar o por lo menos tocarte. Tú lo debes saber mejor que nadie, hacía mucho que no me veías por aquí, yo no venía. Y sin embargo, aquí estabas.

Todo el que llegó a estar conmigo sintió tu presencia y debió hacerse a un lado, sin saber exactamente qué esquivaba. Para después notar que estabas por todas partes. Cuadros con tu cara, salas con tu nombre, cuentos sobre ti en la cena y en el desayuno. Y aunque aseguré mil veces que eras solo un personaje del pasado, la verdad es que estuviste más presente que ninguna otra cosa en el mundo. Pasabas sin saludar cuando había algún invitado, hacías ruido en la cocina si sospechabas que alguien quería tomar tu lugar y aparecías por las noches a recordarme tonterías, como si hubieras encontrado algún placer en verme dudar.

Mientras escribo siento como si a ese cuarto oscuro en el que te he guardado, se le abrieran las ventanas y entrara el sol, por fin. Me gusta el calor sobre mi piel luego de haber sufrido tanto frío. Entra la brisa y vuela las sábanas blancas, dejando expuestos todos nuestros momentos, tus sonrisas, los te amos que nos decíamos cada día a palabras o a silencios y esa vez en el baño del restaurante de sushi que…

No sé si mi nombre al final fue tan importante para ti como lo fue para mí el tuyo. Sospecho que sí, casi puedo estar segura. Pero de ahí a que haya durado tanto en tu memoria como tú en la mía, hay un trecho. Casi 10 años, qué suerte que no fueron 10 completos. ¿Te imaginas? una década de despecho mal disimulado. La última vez que lloré al hablar de ti fue hace tres meses. Pero no sé si fue exactamente por ti o fue por alguien que vino a revivir tu herida, a recordar que lo que no se trabaja se repite. Ya no quiero que te sigas repitiendo, de eso se trata todo esto.

¿Adivinaste qué hago? Sí, es justo lo que parece: una carta de despedida.

Me veo en la necesidad de seguir mi vida. He llegado hasta este punto de mi escrito en menos de cinco minutos, todo sale de mí como la espuma de una Cocacola agitada y luego abierta. Rápido, incontrolable. Como si hubiese estado casi diez años callando… o no sabiendo cómo decir. O quizá, precisamente, guardándote, por saber que si te dejaba salir sentiría alivio, dolerías menos y estarías así menos presente.

Ya no quiero seguir pensando en que la vida da muchas vueltas y que tal vez en una de ellas, de la forma menos esperada, estemos tú y yo: tú intentando halar y yo empujando alguna puerta de esas que abren para los dos lados y luego de la rendición forzada por dejar actuar, nos descubramos, otra vez, en una cara conocida, con una historia larguísima que contar y con la esperanza de recomenzarla.

¿No éramos para siempre acaso?

¿Por qué la última vez no volviste para decir que te había ganado el miedo, que olvidara ese impulso absurdo tuyo? -¿O mío?- Ya no recuerdo. Solo recuerdo, perfectamente, cuánto quería casarme contigo… y que te amé más allá de las columnas de Hércules. Que te habría sido fiel toda la vida y que, de cierta forma lo fui. Pero con ello no le hice bien a nadie. No a ti y no a mí, por ejemplo.

Y eso es más que suficiente.

En busca de sentido

vela

“El propósito de la vida es una vida con propósito”.

Dudé sobre la conveniencia de publicar un Sari hoy. Estos días han sido de muchísima lectura y, por supuesto, también de escribir. Sin embargo, mis escritos han sido reflexiones personales. Ni cuentos, ni artículos, ni poemas.

Al igual que todos, he estado viviendo mis propias batallas… también tengo una historia en medio del apagón nacional que tanto caos ha causado en Venezuela y sí, en su momento pensé contarles mi experiencia; tal vez lo haga más adelante pero no hoy. Hoy no tengo ganas de llenar más líneas con las palabras miedo, incertidumbre, impotencia o tristeza. Solo lograría desahogarme, algo que si bien ayuda, no está dentro de mis objetivos actuales.

Me gustaría más bien hablar de otra cosa. O, mejor dicho, lo que quiero es compartir con ustedes, fragmentos de un libro al que acudí con la esperanza de encontrar respuestas. Su título es “El hombre en busca de sentido”, su autor, Viktor Frankl, un médico psiquiatra que estuvo prisionero, durante la Segunda Guerra Mundial en Auschwitz.

Se me hace necesario contarles el contraste de emociones que experimenté, antes de decidir buscar el libro.

La mañana del jueves, antes del apagón, yo estaba -de regreso a Caracas- recorriendo los maravillosos paisajes de Mérida. Por el Páramo, veía montañas altísimas, divididas en porciones de terrenos cuidadosamente trabajados. “¿Cómo llegan tan arriba?” me preguntaba. El sol estaba radiante y casi tan feliz como yo, que me sentía afortunada de poder presenciar tanta belleza, de haber sido merecedora de la confianza de esa vendedora de ajos que aceptó como moneda de cambio la palabra de una pronta transferencia y por haber podido llevar de un pueblito a otro a una anciana desconocida.

Y todavía hay quien me pregunta por qué sigo en Venezuela, pensé.

Desde hace meses he estado construyendo día tras día un proyecto que me tiene llena de amor por el futuro y que en Mérida, gracias al buen servicio, a la amabilidad y al trabajo constante -a pesar de todas las adversidades- vi más posible que antes. Un propósito de vida.

Pero entonces, cuatro días de luz intermitente, de señal casi ausente, de no poder comunicarme con mi abuela, sin saber qué va a pasar, cuánto va a durar, me llenaron de dudas. En las redes sociales encontré más realidades, infinidad de historias que probablemente ustedes ya conocen o vivieron y no voy a ser yo quien se las vuelva a contar. Como les dije, mi objetivo es otro.

A cada extracto que tomé del libro, por considerarlo relevante, le hice una pequeña anotación. Lo que quiero es que lean lo que dice Frankl y ustedes mismos saquen sus propias conclusiones. Es posible que les sirva a encontrar algún sentido, si acaso lo están buscando.

La libertad interior

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino. Y allí siempre había ocasiones para elegir. A diario, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo”.

Encuentro similitudes con todo lo que ha ocurrido en Venezuela durante estos días de oscuridad, en los que nos convertimos en prisioneros de las circunstancias, teniendo así la oportunidad, de conocernos con mayor profundidad.

En el campo de concentración estaba el que intercambiaba un plato de sopa por un cigarro y aquí el que cobra dólares por guardar medicamentos en una cava. Dicen que mientras unos lloran otros venden pañuelos y que todo lo ocurrido responde a las reglas del libre mercado. Todo cierto y sin embargo, el hombre debería saber distinguir en su interior, cuándo es tiempo de secar lágrimas sin ningún tipo de recompensa económica.

Por suerte yo he sido testigo presencial de la mejor parte de la libertad individual (desde mi perspectiva): amigos que se ponen a la orden, personas que han guardado comida gratis, apoyo.

Juguetes del destino

“La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba, era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en absoluto la pena de ser vivida”. 

Confieso que el mayor tormento de todos estos días ha sido no saber cuánto durará la falta de electricidad, de comunicación, de actividad comercial, de trabajo en normalidad. El inventario mental de la comida disponible, de los recursos económicos.

Al igual que el autor, considero que si no llegara a encontrarle un sentido a la experiencia de vivir en este país y precisamente en esta época, entonces habría sido un error no haber emigrado. Serían ciertas las palabras tantas veces escuchadas “estás perdiendo tu juventud”. Hace varios meses que he encontrado el verdadero sentido y lo tengo como escudo contra los días grises. No obstante, en estos días que han parecido de cautiverio, de locura, de fin, he titubeado, más de lo que me gustaría admitir. Por eso busqué el libro. Y también El diario de Ana Frank. Y mis propios escritos en los que me advierto sobre momentos como estos.

Y por eso elijo compartir con ustedes y decirles, que por más caos que se encuentre, hay que asumir la libertad y el derecho de poner la mente en calma, porque solo nuestra mente puede sacarnos de las situaciones más adversas.

Es posible que la situación en sí no tenga ningún sentido, o que en todo caso, por su atrocidad, sea demasiado complejo verlo. No obstante, como individuos podemos encontrarle un sentido en nuestra propia vida.

Análisis de la existencia provisional 

“Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo”. Nietszche

“En última instancia, los responsables del estado de ánimo más íntimo del prisionero no eran tanto las causas psicológicas ya enumeradas, cuanto el resultado de su libre decisión. La observación psicológica de los prisioneros ha demostrado que únicamente los hombres que permitían que se debilitara su sostén moral y espiritual caían víctimas de las influencias degenerativas del campo. (…) El hombre que se dejaba vencer porque no podía ver ninguna meta futura, se ocupaba en pensamientos retrospectivos. En otro contexto hemos hablado ya de la tendencia a mirar al pasado como una forma de contribuir a apaciguar el presente y todos sus horrores, haciéndolo menos real. Pero despojar al presente de su realidad entrañaba ciertos riesgos”. 

Parte de encontrarle sentido a nuestra existencia en este contexto, es conocer su importancia y repercusión en nuestro futuro. De tal manera dejamos de ser simples víctimas y asumimos la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos, con nuestro entorno, con la vida. En la medida que asumimos el presente, podemos realmente ser parte de la construcción del futuro.

La evasión del presente mediante la evocación del pasado, es frecuente entre los ancianos que viven el famoso mito de la edad de oro y se regocijan con los recuerdos de su juventud. Sin embargo, en Venezuela, a diario, personas de todas las edades se pierden en la añoranza de tiempos pasados que, en no pocas ocasiones, solo les han sido contados.

Ocurre algo parecido con venezolanos que se han ido del país y son incapaces de disfrutar los beneficios por los cuales se fueron, por vivir atados a los acontecimientos del lugar que dejaron.

Entre vivir en el pasado y estar en un limbo no parece haber mucha diferencia.

Finalmente:

“El último día que pasamos en el campo fue como un anticipo de la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado de la Cruz Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y que no se iba a evacuar el campo; sin embargo, aquella noche llegaron los camiones de las SS trayendo orden de despejar el campo”.

Con todos los acontecimientos de los últimos días es probable que muchos de nosotros hayamos pensado que contamos los pollitos antes de nacer, que nuestra alegría, con respecto a lo que está por venir, fue anticipada.

Pero ahora, al igual que hace solo unas semanas, nos hará mucho mejor creer que, definitivamente, vamos a salir en libertad.