¡Vamos bien, Venezuela!

 

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“Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando la virtud y honor.”

Apenas escuchaba el inicio de este coro, me sabía casi fuera de peligro de ser encontrada.

Miraba a Andrea, mi fiel compañera en esta clase de aventuras, sonreía y soltaba el aire contenido en los pulmones con el fin de evitar cualquier señal de vida que pudiera alertar a los agudos oídos de Aidé, una bedel con complejo de perro policía, chismosa como nadie, incapaz de guardar un secreto.

Ya me había llevado ella misma a la dirección en infinitas ocasiones y bien poco le habían importado mis ruegos desesperados:

-¡no vayas a decir nada, por favor, Aidecita!

-Si no te llevo, me botan, decía. 

Puras falacias de brujas.

El himno nacional de Venezuela debe ser uno de los más largos del mundo. Pero no era por eso que me escondía para no cantarlo.

A las siete en punto comenzaba la formación y yo corría despavorida huyendo de las miradas de los profesores. -Sé que más de una vez me vieron sin decir nada, eran mucho más leales que Aidé-. Me ocultaba casi siempre en los baños pero también llegué a quedarme agachada detrás de los cauchos de los autobuses amarillos, largos y viejos que hacían de transporte escolar. En silencio pero con la respiración agitada y la sangre caliente de pura adrenalina a pesar del frío matutino. Nada más efectivo para sacarse el sueño del cuerpo.

No sé si en todos los países sea obligatorio cantar el himno antes de entrar a clases.  Y nosotros, para más, cantábamos el himno de la alegría también. Como 10 minutos menos de clases, en total, eso era lo bueno. Sobre todo cuando a primera hora teníamos latín o matemática.

No me pregunten por qué me escapaba que de verdad no lo sé.

Yo no sentía aversión a estar en fila, en el patio, frente a los profesores, moviendo los labios, simulando que seguía la letra, nada de eso. Era más bien que me gustaba sentir que me fugaba. Quizá era Aidé quien le ponía toda la emoción al juego, como un tiburón rondando un cardumen.

“Letra de Vicente Salias y música de Juan José Landaeta”. Me viene automático. Es posible que si me preguntan quién fue Vicente Salias,  de buenas a primeras, responda “no sé”. Pero al escuchar el himno, lo digo mentalmente, es fijo, como si fuera un eslogan. Incluso puedo escuchar la educada voz gruesa y firme que lo introducía en los desfiles  militares del 5 de julio.

Viéndolo en retrospectiva, el himno hasta me gustaba. Recuerdo las mañanas de colegio con cariño. Y se me viene a la cabeza, como si fuera todo parte de una misma cosa, esa melodía, “Gloria al bravo pueblo” y luego una empanada de queso en el desayuno con una malta. Y el alboroto con los amigos.

Pero nunca pensé con tanta seriedad en el grado de importancia que tenía escucharlo y cantarlo al comenzar un día de clases.

Lo supe hace 12 días, el 23 de enero de 2019, cuando acudí a la juramentación del Presidente Interino de Venezuela, que se llevó a cabo al amparo del artículo 233 de la Constitución Nacional, el cual establece que el presidente del parlamento asumirá la primera magistratura en caso de que haya falta absoluta en dicho cargo. Esa falta absoluta se verificó el 10 de enero, cuando llegó a su fin el período presidencial de Nicolás Maduro, sin que se hubiera realizado previamente un proceso electoral que obedeciera a los más básicos principios democráticos.

Juro asumir formalmente las competencias del Ejecutivo nacional como presidente encargado de Venezuela para lograr el cese de usurpación, un gobierno de transición y tener elecciones libres”.

Estas fueron las palabras de Juan Guaidó, una cara para mí -y para la mayoría- desconocida hasta el 5 de enero, día en que se juramentó como Presidente de la Asamblea Nacional. Es posible que su alocución no haya durado 15 minutos, no gritó ofensas ni amenazas pero sus palabras fueron contundentes y esperanzadoras.

Con la mano derecha alzada al cielo, a toda voz, desde el fondo del alma, sintiendo cada vocablo, entendiendo (¿por primera vez?) el significado de las estrofas, cantamos con él el Gloria al Bravo Pueblo; la piel erizada y la sangre en las venas como un río crecido.

Gritemos con brío, muera la opresión, compatriotas fieles, la fuerza es la unión.

Éramos todos parte de algo, de la transición, del cambio. A mi alrededor estaba la historia haciéndose de nuevo.

Y si el despotismo, levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio.

Yo estaba inmersa en ella.

Se invirtieron los papeles: no fingí cantar, lo hice con toda la voz que tenía. Qué bueno que a fuerza de escucharlo cada mañana, en fila frente a los profesores o escondida en los baños, El Himno se coló hasta mi inconsciente, como al del resto, y ahora salía airoso, en el momento necesario, cuando los valores que defiende se encuentran más pisoteados que nunca.

Cambió el orden de los factores: no corrí antes del coro, como hacía en el colegio. Corrí después. Pero con miedo de verdad.

Ya no era Aidé quien me perseguía sino el rugido infernal de las motos de los guardias, mientras escuchaba las detonaciones de los lanza bombas. Se acercaban subiendo por ambos lados de Plaza Francia. Sentía pánico de mirar atrás y verlos a punto de agarrarme.

Cambió el sonido. Se regresaron.

Entré al estacionamiento del edificio Altamira con más gente. Me dejé caer al suelo para respirar mejor, ahogada, con las lágrimas ardiéndome en la cara, pensando todavía en lo que hubiera podido pasar si me atrapaban, dejando pasar tiempo mientras se calmaban las cosas, por consejo de un muchacho que estaba a mi lado, encapuchado y con una voz horrible.

No me extrañó para nada enterarme de que le decían “pollo ronco”, pero lo que él me contó sí que me dejó desajustada: en las manifestaciones del 2017 fue capturado y torturado por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional al punto de quedar estéril por toda la electricidad que descargaron en sus testículos.

Querían repetir las cosas pero las cosas, esta vez, eran diferentes.

Muchos países se pronunciaron reconociendo a Guaidó como presidente interino. Los venezolanos en el extranjero salieron a las calles de sus países de acogida, haciendo que Venezuela estuviera en las noticias de todo el mundo.

Y al día siguiente, el aire que se respiraba era de libertad.

El cielo impregnado de sol y de azul relucía. Al salir a la calle recordé todas las veces en que me aferré a esa belleza para mantenerme fuerte, repitiendo mentalmente las palabras de Ana Frank que una vez leí en su diario: mientras exista este sol radiante, este cielo límpido, y mi corazón lo sienta, habrá motivos para ser feliz.

Ni el lector más agudo podría entender el significado real de esas palabras viviendo en condiciones normales. Yo comprendí las letras de Ana y a su vez ella pudo entenderme a mí mejor que nadie.

No hay duda de que todos los regímenes autoritarios parten de un mismo núcleo, aunque pregonen ideologías diferentes.

No sé cuántas veces he tenido miedo de no poder ver el fin, como ella.

Ahora, en este febrero de 2019, el fin se ve mucho más cerca… tal como lo estaba en aquel febrero de 1945 en el que murió mi niñita escritora en algún campo de concentración.

No ha llegado, es verdad. Falta. Y los expertos dicen que vienen momentos duros.

Pero es febrero y vamos bien, vamos muy bien, Venezuela.

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Antes del fin

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Abrí la puerta del copiloto, bajé del auto y al caminar hacia el edificio donde vivo, escuché, detrás de mí, el motor de una moto y una voz de mujer que me obligó a voltear, exigiendo que le entregara mis cosas.

Giré y encontré a dos personas uniformadas, eran policías. Que le diera el maletín, me repitió aquella. 

A pesar de pensar en todo lo que estaba perdiendo -la computadora, el teléfono, los documentos-, reaccioné de la forma correcta: hice exactamente lo que se me pedía.

Un paso hacia adelante a la vez que extendía el brazo izquierdo con pensada calma, y entregué, esperando que, al obtener lo que querían, se fueran. Pero no ocurrió así.

Apenas estuvo en posesión de mis cosas, sonriendo, en un delirio del triunfo que da el poder cuando se mezcla con el resentimiento, la mujer policía me disparó.

Sin embargo, no lo hizo de inmediato. Antes de eso, del disparo, quiero decir, antes, eligió jugar. Con el arma en su mano derecha, me apuntó. Supuse que buscaría mi corazón y esperé. No vi la vida pasar en un segundo ni nada. Solo fue un vacío en el pecho o tal vez una presión, anticipando el ardor que causaría la bala.

No llegó.

Cambió de objetivo. Comenzó a pasear -de forma calculada- el ojo del cañón por mis piernas, -¿rodillas?- pensé en los patines. Bajó más y subió rápidamente, sin presionar el gatillo, gozando el placer de ver el terror en mi cara.

Escuché el disparo.

No sentí mucho pero intuí que algo caliente bañaba mi cabeza. Comprobé con las manos y se llenaron de sangre: estaba herida. Pero la bala me rozó solamente. Seguía viva… ¿porque lo quiso Dios o porque así lo quiso ella?

No acabó del todo conmigo, prefirió atentar contra mi fe, matarme de impotencia.

Se fueron.

¿Quiénes eran? parte del cuerpo de seguridad. ¿Qué podía yo hacer contra ellos?

Nada.

¿Vale la pena seguir creyendo que se puede continuar trabajando por Venezuela, sabiendo que el precio podría ser la propia vida?

Me hice esta pregunta al abrir los ojos y asegurarme de que había sido una pesadilla.

Hay noches en las que los sueños se confunden con la realidad… y hay realidades que no guardan diferencia con las noches más oscuras. ¿Son recreaciones o visiones? 

En cualquier país del mundo mi sueño sería digno de análisis. ¿Pero aquí? en Venezuela no tiene nada extraño, no es absurdo, su origen es muy claro. La escena fue normal.

¿Qué hay de raro en que una policía me haya robado y haya decidido disparar solo porque quería? Dentro de estas fronteras yo podría contarlo como un hecho de la vida real, sin encontrar mayor escepticismo.

Vuelvo al punto.

¿Por qué decidí permanecer en un país del que tantos se han ido? ¿Qué me tiene en Venezuela todavía? ¿Será que en el fondo me resulta atractivo ese cincuenta por ciento de riesgo de no llegar a contarlo? ¿O es precisamente para contarlo que sigo aquí?

“¿Cómo ha sido vivir en Venezuela?”

Hay tantos que no lo saben. Y los que lo saben no se han enterado por mí. Mis escritos, hasta ahora, han evadido -casi siempre- la realidad cotidiana, agarrándose, como si fueran lianas, de momentos gratos. He querido que mis letras sean, por lo menos tres minutos de luz, de distracción, de claridad.

No obstante, ahora que comienzo a sentir en el cuerpo una sensación de cambio -díganme ingenua si quieren, pero yo el 24 de enero en la mañana amanecí respirando democracia, y hasta ahora nada me saca ese aire fresco de los pulmones- empiezo a creer que viene siendo hora de tratar otros temas. Porque haber estado aquí todo este tiempo no debería pasar por debajo de la mesa. 

Yo también tuve el impulso de agarrar maletas y despedirme de esta tierra sin ley, peligrosa y casi estéril de oportunidades honestas. Tuve planes, tuve opciones. Pero, por otro lado, tuve la sensación profunda -¿intuición? – de que si me iba, me alejaba de mí. Que dejaba algo importante o perdía una oportunidad más grande que todas las posibilidades que pudiera ofrecer una economía estable.

Quizá el placer de conocerme hasta el fondo, la valentía de asumir el reto de nacer en Venezuela en el momento histórico en que nací. No durante la bonanza de la que tanto se habla ni después de una dictadura maldita, sino justamente entre una cosa y otra, en el medio, en los años infernales de no tener respuestas. En el calor del momento destinado a ser historia pero que entonces, no lo era -no lo es- y solo era eso, un momento, una incertidumbre: una pregunta ¿estoy haciendo lo correcto? ¿estoy botando la vida en un lugar que cada día se vuelve más gris? en una ciudad desactualizada, sin luces, sin agua, llena de peligro, de indigentes, de viejos comiendo de la basura.

De censura, de cadenas en radio y televisión en las que solo se daban noticias falsas y análisis absurdos, de descaro, de arbitrariedades.

Esto también ha sido vivir en Venezuela.

¿Quieren que diga más?