Los diablos

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No implicó mayor esfuerzo encontrarles distintivos, fue un acto reflejo de solo verlos, cada uno tenía cara de Leopoldo, de Fidel y de Numa Pompilio y así fue que los llamamos. 

Los encontramos en una caja, cuando fuimos a explorar el sembradío de Diomedes; saltamos la cerca y nos metimos. -Meu, lloraba de hambre Numa Pompilio y por sus quejidos fue que dimos con los tres. -¿Dónde está la gata grande?

Estaban abandonados, comprendimos con tristeza. Y sin comida, morirían. De manera que en las cuatro tardes siguientes, volvimos a su encuentro con leche tibia en un tetero para alimentarlos.

– Sonó el portón y supimos que teníamos compañía. “Allá están esos diablos”, escuchamos decir. “Los diablos”… ese era el inmerecido apodo que nos habían estampado, a causa de un par de malos entendidos. Saludamos, convencidos de no estar haciendo nada incorrecto pero la respuesta que tuvimos fue un grito poco amistoso: ¡Sálganse de ahí, me van a dañar las matas! Era Diomedes, rojo como siempre, de tanto sol y con las entradotas en la cabeza… parecía un dragón.

-“No estamos pisando las matas”, nos defendimos con amabilidad. Pero él no estaba particularmente abierto al diálogo. Entonces comenzaron a moverse sus poblados bigotes, anticipando las palabras que escuchamos un segundo después: ¡Se van de aquí ya mismo o les mato a los gatos!

-Mataron a su tío

– ¿Quién?

– ¿Cómo que quién? ¡ustedes! hace rato se lo llevaron en una ambulancia para San Antonio.

¡Imposible! No había pasado mucho tiempo desde que lo habíamos visto… y en aquel momento no parecía que le rondaba la muerte. Muy vivo se le veía, más bien. La memoria me lo mostraba furioso, en plena persecución, con el brazo derecho alzado, sosteniendo una cuerda que luego soltó sobre mí en un princhazo que me dejó ardidas las canillas.

Todavía nos estábamos riendo de eso, cuando llegaron con la noticia. -Mis compañeros más que yo, para ser franca-. Decían que yo tenía un imán en las piernas para los cuerdazos. 

Razón no les faltaba, tal vez porque yo era menos rápida que ellos, por ser la menor… pero eso sí, jamás me atraparon. En cada fuga me ayudó la fuerza suprema de saber que en riesgo estaba nada menos que mi propia vida.

Recordaron con gracia el otro princhazo más reciente. La vez que Anibal se montó en mi mata de pomalaca, machete en mano, para cortarle las ramas porque echaba muchas flores. Teto, mi hermano, fue el que nos avisó y él mismo nos llevó a buscar pedacitos de espejo para evitar la tragedia. Nos pusimos debajo de la mata, reflejando los rayos del sol con los espejitos, directo a los ojos de Anibal, para que cayera encandilado como un guacharo expuesto a la luz del día.  

Anibal no sabía de juegos, ese hombre era de armas tomar, un furioso, y si no lográbamos tumbarlo, tendríamos que correr. Pero a pesar de que movía la cabeza para todos lados, como un león perturbado por las moscas, no cayó. Y cuando empezó a bajar, sudado de pura ira, pegamos la carrera. Entonces lanzó el cuerdazo desde antes de llegar al piso y ajh, me ardieron las piernitas. 

Por la tarde regresamos a comer y el asunto ya había sido olvidado. Anibal seguía vivo, viendo la televisión, como si nada.

– Le dio un infarto de la rabia que le hicieron pasar.

– ¿Y quedó muerto? ¿muerto de verdad? 

-Muertico.

Después de la advertencia de Diomedes, al día siguiente, volvimos al terreno a visitar a los gatos. Pero cuando llegamos, ya no estaban.

La confusión de nuestras caras tardó segundos en convertirse en plena certeza: los había matado.

-¿Pero cómo pudo si los gatos tienen siete vidas? -Seguro los metió en el tanque de agua y se ahogaron siete veces. Revisamos por todos lados pero no los encontramos en ninguna parte. Entonces, – Sí, lo hizo: mató a Fidel, a Leopoldo y a Numa Pompilio.

Yo doy fe de que no hubo acuerdo, por el contrario, cada quien actuó por cuenta propia, tomando alguna herramienta, cegados de indignación por la injusticia y echándonos, luego, sobre las matas, acabando con sus hojas como no lo haría la peor plaga, corriendo entre gritos eufóricos, retadores, destrozando todo lo que iba quedando atrás del paso.

Al notar la presencia enemiga, encabezada por la cabeza roja de ira que era Diomedes, nos dimos a la fuga… pero antes de que yo pudiera cruzar la cerca, sentí el azote en las piernas. Ajh.

Ya nos estaría buscando la policía para llevarnos en sus patrullas hasta un calabozo oscuro… y esta vez no nos salvaría nadie. Con Diomedes muerto, bastaría pisar la casa de abuela para quedar nosotros igual de tiesos que él.

Y ahora con hambre y sin comida, como los gaticos. Sin agua y con tanta sed. Y aquel terror que nos daba la montaña – a la que siempre huíamos- cuando se hacían las seis de la tarde. A esa hora empezaba a oscurecer y nosotros a imaginar nuestros nombres en las voces de los encantados. Y cada hoja que se movía por la brisa nos mataba de susto.

Sin decir palabra, como con el ataque, fuimos juntándonos poco a poquito y bajando, uno detrás del otro, cinco en fila, pálidos de miedo. Resolviendo mentalmente cómo entrar a la casa y saltando, al llegar, por una ventana del fondo . Pero ahí ya nos estaban esperando.

-Casi matan a su tío de una rabia, ustedes no conocen límites.

– ¿Cómo que casi? ¿no está muerto?

-¡AVE MARÍA PURÍSIMA, sí es verdad que son unos diablos!

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¡Vamos bien, Venezuela!

 

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“Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando la virtud y honor.”

Apenas escuchaba el inicio de este coro, me sabía casi fuera de peligro de ser encontrada.

Miraba a Andrea, mi fiel compañera en esta clase de aventuras, sonreía y soltaba el aire contenido en los pulmones con el fin de evitar cualquier señal de vida que pudiera alertar a los agudos oídos de Aidé, una bedel con complejo de perro policía, chismosa como nadie, incapaz de guardar un secreto.

Ya me había llevado ella misma a la dirección en infinitas ocasiones y bien poco le habían importado mis ruegos desesperados:

-¡no vayas a decir nada, por favor, Aidecita!

-Si no te llevo, me botan, decía. 

Puras falacias de brujas.

El himno nacional de Venezuela debe ser uno de los más largos del mundo. Pero no era por eso que me escondía para no cantarlo.

A las siete en punto comenzaba la formación y yo corría despavorida huyendo de las miradas de los profesores. -Sé que más de una vez me vieron sin decir nada, eran mucho más leales que Aidé-. Me ocultaba casi siempre en los baños pero también llegué a quedarme agachada detrás de los cauchos de los autobuses amarillos, largos y viejos que hacían de transporte escolar. En silencio pero con la respiración agitada y la sangre caliente de pura adrenalina a pesar del frío matutino. Nada más efectivo para sacarse el sueño del cuerpo.

No sé si en todos los países sea obligatorio cantar el himno antes de entrar a clases.  Y nosotros, para más, cantábamos el himno de la alegría también. Como 10 minutos menos de clases, en total, eso era lo bueno. Sobre todo cuando a primera hora teníamos latín o matemática.

No me pregunten por qué me escapaba que de verdad no lo sé.

Yo no sentía aversión a estar en fila, en el patio, frente a los profesores, moviendo los labios, simulando que seguía la letra, nada de eso. Era más bien que me gustaba sentir que me fugaba. Quizá era Aidé quien le ponía toda la emoción al juego, como un tiburón rondando un cardumen.

“Letra de Vicente Salias y música de Juan José Landaeta”. Me viene automático. Es posible que si me preguntan quién fue Vicente Salias,  de buenas a primeras, responda “no sé”. Pero al escuchar el himno, lo digo mentalmente, es fijo, como si fuera un eslogan. Incluso puedo escuchar la educada voz gruesa y firme que lo introducía en los desfiles  militares del 5 de julio.

Viéndolo en retrospectiva, el himno hasta me gustaba. Recuerdo las mañanas de colegio con cariño. Y se me viene a la cabeza, como si fuera todo parte de una misma cosa, esa melodía, “Gloria al bravo pueblo” y luego una empanada de queso en el desayuno con una malta. Y el alboroto con los amigos.

Pero nunca pensé con tanta seriedad en el grado de importancia que tenía escucharlo y cantarlo al comenzar un día de clases.

Lo supe hace 12 días, el 23 de enero de 2019, cuando acudí a la juramentación del Presidente Interino de Venezuela, que se llevó a cabo al amparo del artículo 233 de la Constitución Nacional, el cual establece que el presidente del parlamento asumirá la primera magistratura en caso de que haya falta absoluta en dicho cargo. Esa falta absoluta se verificó el 10 de enero, cuando llegó a su fin el período presidencial de Nicolás Maduro, sin que se hubiera realizado previamente un proceso electoral que obedeciera a los más básicos principios democráticos.

Juro asumir formalmente las competencias del Ejecutivo nacional como presidente encargado de Venezuela para lograr el cese de usurpación, un gobierno de transición y tener elecciones libres”.

Estas fueron las palabras de Juan Guaidó, una cara para mí -y para la mayoría- desconocida hasta el 5 de enero, día en que se juramentó como Presidente de la Asamblea Nacional. Es posible que su alocución no haya durado 15 minutos, no gritó ofensas ni amenazas pero sus palabras fueron contundentes y esperanzadoras.

Con la mano derecha alzada al cielo, a toda voz, desde el fondo del alma, sintiendo cada vocablo, entendiendo (¿por primera vez?) el significado de las estrofas, cantamos con él el Gloria al Bravo Pueblo; la piel erizada y la sangre en las venas como un río crecido.

Gritemos con brío, muera la opresión, compatriotas fieles, la fuerza es la unión.

Éramos todos parte de algo, de la transición, del cambio. A mi alrededor estaba la historia haciéndose de nuevo.

Y si el despotismo, levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio.

Yo estaba inmersa en ella.

Se invirtieron los papeles: no fingí cantar, lo hice con toda la voz que tenía. Qué bueno que a fuerza de escucharlo cada mañana, en fila frente a los profesores o escondida en los baños, El Himno se coló hasta mi inconsciente, como al del resto, y ahora salía airoso, en el momento necesario, cuando los valores que defiende se encuentran más pisoteados que nunca.

Cambió el orden de los factores: no corrí antes del coro, como hacía en el colegio. Corrí después. Pero con miedo de verdad.

Ya no era Aidé quien me perseguía sino el rugido infernal de las motos de los guardias, mientras escuchaba las detonaciones de los lanza bombas. Se acercaban subiendo por ambos lados de Plaza Francia. Sentía pánico de mirar atrás y verlos a punto de agarrarme.

Cambió el sonido. Se regresaron.

Entré al estacionamiento del edificio Altamira con más gente. Me dejé caer al suelo para respirar mejor, ahogada, con las lágrimas ardiéndome en la cara, pensando todavía en lo que hubiera podido pasar si me atrapaban, dejando pasar tiempo mientras se calmaban las cosas, por consejo de un muchacho que estaba a mi lado, encapuchado y con una voz horrible.

No me extrañó para nada enterarme de que le decían “pollo ronco”, pero lo que él me contó sí que me dejó desajustada: en las manifestaciones del 2017 fue capturado y torturado por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional al punto de quedar estéril por toda la electricidad que descargaron en sus testículos.

Querían repetir las cosas pero las cosas, esta vez, eran diferentes.

Muchos países se pronunciaron reconociendo a Guaidó como presidente interino. Los venezolanos en el extranjero salieron a las calles de sus países de acogida, haciendo que Venezuela estuviera en las noticias de todo el mundo.

Y al día siguiente, el aire que se respiraba era de libertad.

El cielo impregnado de sol y de azul relucía. Al salir a la calle recordé todas las veces en que me aferré a esa belleza para mantenerme fuerte, repitiendo mentalmente las palabras de Ana Frank que una vez leí en su diario: mientras exista este sol radiante, este cielo límpido, y mi corazón lo sienta, habrá motivos para ser feliz.

Ni el lector más agudo podría entender el significado real de esas palabras viviendo en condiciones normales. Yo comprendí las letras de Ana y a su vez ella pudo entenderme a mí mejor que nadie.

No hay duda de que todos los regímenes autoritarios parten de un mismo núcleo, aunque pregonen ideologías diferentes.

No sé cuántas veces he tenido miedo de no poder ver el fin, como ella.

Ahora, en este febrero de 2019, el fin se ve mucho más cerca… tal como lo estaba en aquel febrero de 1945 en el que murió mi niñita escritora en algún campo de concentración.

No ha llegado, es verdad. Falta. Y los expertos dicen que vienen momentos duros.

Pero es febrero y vamos bien, vamos muy bien, Venezuela.

Antes del fin

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Abrí la puerta del copiloto, bajé del auto y al caminar hacia el edificio donde vivo, escuché, detrás de mí, el motor de una moto y una voz de mujer que me obligó a voltear, exigiendo que le entregara mis cosas.

Giré y encontré a dos personas uniformadas, eran policías. Que le diera el maletín, me repitió aquella. 

A pesar de pensar en todo lo que estaba perdiendo -la computadora, el teléfono, los documentos-, reaccioné de la forma correcta: hice exactamente lo que se me pedía.

Un paso hacia adelante a la vez que extendía el brazo izquierdo con pensada calma, y entregué, esperando que, al obtener lo que querían, se fueran. Pero no ocurrió así.

Apenas estuvo en posesión de mis cosas, sonriendo, en un delirio del triunfo que da el poder cuando se mezcla con el resentimiento, la mujer policía me disparó.

Sin embargo, no lo hizo de inmediato. Antes de eso, del disparo, quiero decir, antes, eligió jugar. Con el arma en su mano derecha, me apuntó. Supuse que buscaría mi corazón y esperé. No vi la vida pasar en un segundo ni nada. Solo fue un vacío en el pecho o tal vez una presión, anticipando el ardor que causaría la bala.

No llegó.

Cambió de objetivo. Comenzó a pasear -de forma calculada- el ojo del cañón por mis piernas, -¿rodillas?- pensé en los patines. Bajó más y subió rápidamente, sin presionar el gatillo, gozando el placer de ver el terror en mi cara.

Escuché el disparo.

No sentí mucho pero intuí que algo caliente bañaba mi cabeza. Comprobé con las manos y se llenaron de sangre: estaba herida. Pero la bala me rozó solamente. Seguía viva… ¿porque lo quiso Dios o porque así lo quiso ella?

No acabó del todo conmigo, prefirió atentar contra mi fe, matarme de impotencia.

Se fueron.

¿Quiénes eran? parte del cuerpo de seguridad. ¿Qué podía yo hacer contra ellos?

Nada.

¿Vale la pena seguir creyendo que se puede continuar trabajando por Venezuela, sabiendo que el precio podría ser la propia vida?

Me hice esta pregunta al abrir los ojos y asegurarme de que había sido una pesadilla.

Hay noches en las que los sueños se confunden con la realidad… y hay realidades que no guardan diferencia con las noches más oscuras. ¿Son recreaciones o visiones? 

En cualquier país del mundo mi sueño sería digno de análisis. ¿Pero aquí? en Venezuela no tiene nada extraño, no es absurdo, su origen es muy claro. La escena fue normal.

¿Qué hay de raro en que una policía me haya robado y haya decidido disparar solo porque quería? Dentro de estas fronteras yo podría contarlo como un hecho de la vida real, sin encontrar mayor escepticismo.

Vuelvo al punto.

¿Por qué decidí permanecer en un país del que tantos se han ido? ¿Qué me tiene en Venezuela todavía? ¿Será que en el fondo me resulta atractivo ese cincuenta por ciento de riesgo de no llegar a contarlo? ¿O es precisamente para contarlo que sigo aquí?

“¿Cómo ha sido vivir en Venezuela?”

Hay tantos que no lo saben. Y los que lo saben no se han enterado por mí. Mis escritos, hasta ahora, han evadido -casi siempre- la realidad cotidiana, agarrándose, como si fueran lianas, de momentos gratos. He querido que mis letras sean, por lo menos tres minutos de luz, de distracción, de claridad.

No obstante, ahora que comienzo a sentir en el cuerpo una sensación de cambio -díganme ingenua si quieren, pero yo el 24 de enero en la mañana amanecí respirando democracia, y hasta ahora nada me saca ese aire fresco de los pulmones- empiezo a creer que viene siendo hora de tratar otros temas. Porque haber estado aquí todo este tiempo no debería pasar por debajo de la mesa. 

Yo también tuve el impulso de agarrar maletas y despedirme de esta tierra sin ley, peligrosa y casi estéril de oportunidades honestas. Tuve planes, tuve opciones. Pero, por otro lado, tuve la sensación profunda -¿intuición? – de que si me iba, me alejaba de mí. Que dejaba algo importante o perdía una oportunidad más grande que todas las posibilidades que pudiera ofrecer una economía estable.

Quizá el placer de conocerme hasta el fondo, la valentía de asumir el reto de nacer en Venezuela en el momento histórico en que nací. No durante la bonanza de la que tanto se habla ni después de una dictadura maldita, sino justamente entre una cosa y otra, en el medio, en los años infernales de no tener respuestas. En el calor del momento destinado a ser historia pero que entonces, no lo era -no lo es- y solo era eso, un momento, una incertidumbre: una pregunta ¿estoy haciendo lo correcto? ¿estoy botando la vida en un lugar que cada día se vuelve más gris? en una ciudad desactualizada, sin luces, sin agua, llena de peligro, de indigentes, de viejos comiendo de la basura.

De censura, de cadenas en radio y televisión en las que solo se daban noticias falsas y análisis absurdos, de descaro, de arbitrariedades.

Esto también ha sido vivir en Venezuela.

¿Quieren que diga más?

 

 

 

Fiesta de Carnaval

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A quién se le ocurriría comenzar a hacer esa competencia macabra.

Es una tradición vieja, me parece, y antes quizá tenía mucho sentido porque, siendo la mujer un adorno, por fuerza de ley tenía que, por lo menos, ser agraciada.

Y con todo y eso, a las más hermosas tampoco les faltaba quien les dejara claro que si no sabían atender los oficios de la casa, ningún hombre las toleraría en su hogar una semana.

Habría nacido yo bien fregada entonces. Hace dos meses que vivo sin mi madre y he bajado ya 7 kilos y repito la ropa para no planchar dos veces. Hacer el almuerzo del día siguiente es mi nuevo emprendimiento pero ni media receta sigo.

¿Y bonita yo? nunca lo he sido del todo. Pero Maga dice con afecto que soy risueña y apasionada, que también es bueno, y ni yo misma he dejado de notar que mi compañía resulta gozosa. Debe ser porque los acuarianos somos como el blue jean, todo el mundo necesita por lo menos uno en su vida. Supongo entonces que por eso a veces me rodea un aura de lindura que engatusa a cualquiera. Y me salvo. Dicen que Dios no deja a nadie desamparado. Es verdad.

Ni me acuerdo bien de cómo era que me llamaban en aquellos tiempos, ha pasado un bojote de años ya. ¿Cuántos? 

Creo que era “Mafe” que me decían, jamás he permitido a nadie que me diga María. Si algo me gusta en el mundo es mi nombre completo: mucha fuerza cuando está unido, pero así, separado, solo María, ¿qué es eso? Fue después que todo el mundo comenzó a decirme Nanda, por una primita que recién aprendía a hablar y no atinaba todavía a pronunciar Fernanda y me volteó el nombre la muy gordita. “Nanda fe” me llamaba, qué ternura esa primita.

Y luego ¿a quién se le ocurrió proponerme a mí? Fue María Elena Ramírez, apuesto lo que quieran, para dejarme en ridículo en frente de todo el mundo. Le daría gracia eso.

Estoy segura de que había más opciones, sí las había. El salón estaba repleto de niñas coquetas y había una que era novia de dos hermanos y era la más bonita, todo el mundo lo decía. Pero se negó rotundamente porque ya había perdido en tercer grado. Algo así. ¿Y las demás? cobardes todas, seguro no aceptaron, pero, ¿yo acepté acaso? Estaba loca entonces.

No me juzgo por eso; la verdad, cualquiera pierde la conciencia entre la ovación de los grupos. Y aquel fue un día tan raro, ¿de dónde salieron tantas pancartas con mi nombre? El hombre pierde su individualidad cuando se deja arrastrar por la masa y puede incluso hacer cosas que jamás haría estando en la sobriedad de sí mismo. Esto lo agarré de Ortega y Gasset, creo. Qué intensa soy a veces, ja.

Antes no, peor, lo contrario. Suerte que mi mamá no me pegaba ni con los pétalos de las rosas porque si no hubiera sido una niña de verdad sufrida. Con decir que aprendí a leer como en sexto grado, qué risa me da acordarme de eso. Mentira, como en tercero, pero lo mismo, era terrible. Es que mis hermanos nacieron con un librito en las manos y malditas sean las comparaciones.

A mí del colegio me gustaba solo el recreo y de las clases hasta me escapaba. La maestra a veces para darme ocupaciones me mandaba a la cantina a comprarle comida y por allá me quedaba escuchando los cuentos de la vida de Milo, la dueña del negocio, y regresaba al rato con medio pastelito de queso. Me tenía cariño, se ve.

Pero para pasar al cuarto grado llegaron con la noticia de que ningún maestro me quería en su sección y que porque yo me portaba muy mal, que una vez hasta me estaba persiguiendo la maestra por los pasillos y que me trepé en una ventana y no me bajaba por más que me lo ordenaran, cómo era eso posible.

Me hicieron asumir un compromiso de buen comportamiento, en la dirección, delante de todo el mundo, qué vergüenza. Capaz hasta era mentira que me iban a botar del colegio pero caí completica y di mi palabra: seré buena. Y en cuarto no salía ni para el baño, una niña modelo pues.

Modelo en el comportamiento, se entiende, porque ya les dije que nunca fui la más bonita -pero fea menos-. Lo que pasa es que mi hermana, uff, es mucho más linda, desde chiquitica. Y ya saben que siempre, cuando se compara, alguien tiene que salir perdiendo.

Quedé por fea, qué injusticia.

Eso sí, tampoco era la más bonita del salón, las cosas como son. Solo que eso a mí nunca me interesó demasiado, de corazón lo digo y el que me conoció puede dar fe de la veracidad de mis palabras. Yo solo pensaba en que con el último bocado del almuerzo, tenía libertad para irme a jugar hasta que mi tía me llamara a la casa y “¿tu no te cansas de correr? ¿no te duele la cabeza?, ¡Anda a bañarte, para la calle no me vas más!

Pero entonces ¿por qué los demás le hicieron caso a María Elena y me eligieron a mí? todos los de 4to B, mi clase, estaban contentos. ¿Y las cartulinas? “María Fernanda I”, no era poca cosa. ¿Y los gritos? Ra ra ra María Fernanda ganará. A la bin a la ban a la bin bon ban. Qué escándalo, no se entendía nada. “Gra be se hoy quien gana es 4to B”.

Si no fuera porque es una tradición de todos los años yo no sabría, no podría imaginar todo lo que estaba pasando afuera mientras yo digería todo aquello.   

El grito de carnaval -así se le dice al anuncio de que termina la fiesta de año nuevo y comienza otra- ya se había dado amaneciendo el 1 de enero, en todas partes. También en la casa de mi abuela Carmen Felicia -así le digo solo yo, el resto le dice “negra” porque es la menos blanca de sus hermanas-. Y en esa casa con mayor intensidad.

Hay orientales que se toman muy en serio la frase de que los límites son solo mentales, por eso se cuidan muy bien de no ponérselos nunca. Y lo mismo te lanzan un canarín con sancocho de pescado que un pegoste de ceniza mojada porque total, estamos en carnaval, qué pasa. Cada quien tiene licencia para hacer desastre.

Pero yo respetaba a la gente que pasaba limpiecita para ir a misa porque la encargada de la iglesia era mi tía y eso sí que no me lo iba a permitir, la ofensa a los feligreses. Y porque bueno, uno tampoco era un salvaje, las cosas de Dios se respetan.  

Afuera seguro estaban preparando el camión donde se pasearía a la reina pronta a ser elegida, lanzando caramelos y caramelos por las calles del pueblo, que no son tantas pero como no hay límite de vueltas y como antes una bolsa de caramelos no costaba gran cosa, duraba lo suyo. Caramelo, Pueblo, para todo el mundo. Y agua, caramba, que estamos en carnaval, de aquí nadie se va seco, menos la reina, a la reina no la mojan porque es la nueva autoridad.

Y adentro yo “quién será la reina este año, Señor, ojalá me toque”. El que me diga que ha estado en una competencia sin querer ganar no tiene alma.

¿Y quién era la más bonita? ni forma de saberlo. ¿Yo?

Mi mamá dijo que sí, que obvio. Se enteró a última hora de mi evento y llegó desde Caracas justo antes de que empezara todo. O esa fue otra vez pero no importa, siempre llegaba. Y a mí mis tías ya me tenían vestidita de azul y hasta me maquillaron y me embadurnaron el cabello, siempre liso, de escarchas y así me fui a pasar de salón en salón a ver quién daba más por mí, como si fuera ganado en subasta.

Nadie merece una situación semejante, digo yo.

“Y ella es la representante del 4to B” AHHHHHH -mis compañeros afuera aplaudían y yo aplaudía y entonces después me dijeron que uno no se puede aplaudir uno mismo, ¿tiene sentido una cosa así? Si yo misma no creo en mí, ¿quién? Nos meten gato por liebre desde chiquitos, qué desgracia.

Ra ra ra Maria Fernanda Ganará. Y me llegaban comentarios de repente, los escuchaba o solo los recuerdo por haberlos escuchado en tantas otras ocasiones, cuando era yo quien gritaba desde las ventanas. “No tienes vida 4to A”, Esto se siente, esto se ve, la mejor es 4to B. “No luces, salte” -Eso no era con nadie, era con quien se lo tomara, creo.

¿Que los niños son buenos? ja. Lo bueno de los niños es que son moldeables. Y se puede hacer un buen trabajo con ellos, en la mayoría de los casos. Me desvío.

A la bin a la ban. Quién alzó la mano aquí, quién alzó la mano allá, apoyen a la sección, los resultados van parejo. Empate. Llegamos dos. -Yo creo que hasta nos parecíamos, teníamos el cabello lisito y la frente grandísima-. Y los más grandes por las ventanas: quién es esa. Nadie sabía nada. ¿Quién va ganando? AHHHHHHH Ra ra ra, anda a buscar más bombitas y tráelas llenas que esto se va a acabar ya y nos vamos a la caravana. Ra ra ra 4 to B, 4to A.

Y los resultados señores, en el último salón fueron dados, después de la exhibición por todo el colegio.

Las dos son bellísimas, AAAAAAH, 4to a, 4to b, y los votos están casi parejos, salte mija, sin embargo del conteo, esa guaricha es horrible, Ra ra ra, tenemos que anun, termina de hablar Dunia, ciar que la nueva reina, AAAAAAAAAH, del colegio, AAAAAAAH 4to A 4to B, es Antonieta.

“Tu eres más bonita que ella, ¿le viste la cara? parece una pantaleta”. Trampa, trampa.

Hija de puta, me quitó el reinado. Pero ¿era más bonita ella? A quién carajos le importa.

Antes lo recordaba y hervía. A mala hora, nunca más.

Por los que no tienen voz

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La lluvia de nieve había dejado las calles mojadas, por eso los farolitos alumbraban dos veces, arriba y abajo, haciendo del suelo una plataforma brillante, entre nostálgica y alegre. Yo jugaba con el vapor que salía de mi boca por el frío, fingía que fumaba mientras saludaba a los pasantes desconocidos, quienes contestaban alzando sus copas, llenos de emoción. Era fin de año, uno de los pocos que he pasado lejos de mi abuela, del pan de jamón y de las gaitas.

Caminaba hacia una iglesia de Avellino donde se celebraría una misa para recibir el 2006. El sacerdote era venezolano y se había encargado de que la coral aprendiera una canción en español, una que yo conocía ya, podía incluso seguir la letra, puesto que pertenecía al repertorio de los viajes por carretera con mis padres.

“Que canten los niños que viven en paz y aquellos que sufren dolor, que canten por esos que no cantarán porque han apagado su voz”.

La felicidad que me causó escuchar una canción en español me hizo estar mucho más sensible al mensaje, por ello cada palabra que escuchaba se cargaba de significado. Entonces, en aquel momento comprendí que yo era parte de esos niños que cantaban por los que no podían.

Yo era una niña con voz. Me reconocí como tal, no tenía ninguna duda. Durante mi vida había construido un expediente con pruebas suficientes para sustentar mi certeza. Diez años de pequeñas proezas, de no permanecer pasiva antes los regaños inmerecidos, de defender a mis compañeros de colegio de cualquier maltrato verbal de los maestros -al punto de intentar una denuncia formal en alguna oportunidad- de dar consejos a mis amigos sobre los límites de lo tolerable con respecto a la violencia doméstica y nunca permitir imposiciones electorales en favor de alguna candidata a reina del carnaval, por ejemplo.

La injusticia me indignó desde el momento en que pude diferenciar entre lo bueno y lo malo y contra ella tomaba acciones, daba respuestas. Eso, lo que decía la canción… tenía voz.

No obstante, varios años después de aquella noche, curiosamente, mis cuerdas vocales comenzaron a fallar, perdieron fuerza. Y por más que quisiera no encontraba dentro de mí la disposición para contestar como antes: de pie, sin miedo, sabiéndome respaldada por la razón y por el apoyo de mis padres.

Ahora creía que la razón no estaba de mi lado; ahora yo misma era parte de lo que consideraba “el mal”.

Escuché burlas sobre los homosexuales, vi caras perplejas, reacciones de infarto ante algún acto de amor entre personas del mismo sexo. Sentí la tensión al surgir el tema y decidí callar. Apagué mi voz por voluntad propia.

De esa forma alejaba las sospechas, evadía preguntas incontestables, me salvaba de lo incómodo. Intenté ser como el resto: como mis hermanos, como mis amigos. Tenía miedo de perder a los que más amaba. Pero cada día me servía para confirmar que la mía era una misión imposible.

Así que poco a poco, en un esfuerzo titánico, fui hablando con los más importantes. Mamá, hermanos, papá. Amigas más cercanas: Andrea, Letizia y, años después, Valentina y su familia.

Todas las reacciones fueron sorprendentes por parecidas: como seas te quiero. Ese fue el mensaje que recibí en cada conversación.

Sin duda, mi experiencia es excepcional.

Por estas respuestas fui lentamente recobrando el valor perdido. El miedo se fue disipando, se volvía nada. El apoyo que encontré se convirtió en jarabe, en la cura de mis cuerdas vocales. Y el silencio se fue quebrando.

Con el respaldo de mis seres queridos, la opinión de los demás perdía importancia, se hizo más fácil decir mi verdad. Dejé de ocultarla.

Más que eso, la hice pública. Y en este blog escribí artículos como A pesar de mi madre me gradué y Los homosexuales también van al cielo, que me dieron la oportunidad de escuchar agradecimientos por parte de muchachos del pueblo donde vive mi abuela. Uno de ellos me confesó que había encontrado el valor en mis escritos para hablar con sus padres acerca de sus preferencias sexuales.

En ese momento comencé a tener la sospecha de que recuperaba la voz.

Por eso no hice caso a otros comentarios que llegaron más adelante. Sugerencias… “podrías ser menos directa”, “no te conviene ser tan obvia, te lo digo por tu bien”, “se te cierran puertas”.

Era gente que me quería y, sin duda, no les faltaba buena intención. Eran voces que salían del interior de personas que aprendieron a callar y se convencieron de que funcionaba.  

Incluso es probable que hayan tenido razón. Posiblemente se cierren algunas puertas pero, quién sabe, quizá por el mismo motivo se abran otras. Ya ven que puertas hay de todos los tipos.

No estoy sola, hay más personas que han decidido hablar.

Así fue que me enteré de un suceso en extremo lamentable ocurrido hace unos días en Caracas, específicamente en un local llamado Pisko Bar, ubicado en el Centro Comercial San Ignacio.

En ese lugar fueron agredidas -verbal y físicamente- por el personal de seguridad -avalados por el encargado- dos chicas por ser lesbianas.

¿Los vigilantes actuaron de esa manera por homofobia? No, la homofobia sola es otra cosa. Cada quien decide -o no- qué detestar. Todos tenemos nuestros rechazos pero no por eso llegamos al extremo de agredir, de golpear a quien no nos gusta.

Lo hicieron por delincuentes, por bestias. Habrían actuado de la misma forma con cualquier persona que consideraran desprotegida.

No podemos olvidar, sin embargo, que tanto la violencia como la discriminación están condenadas por nuestras leyes, empezando por la Constitución de la República. Y aunque es verdad que la justicia en este país está muy mal administrada, existen mecanismos para encausarla.

En este caso particular, como en muchísimos otros, sus víctimas -tengo entendido- no han querido seguir ningún proceso legal, pero por otro lado, a diferencia de tantos otros casos, a esta historia sí se le dio voz, fue contada por Diego Vega en @UB_Magazine. 

Por eso llegó a mí. A mí que conozco muy de cerca la verdad de su relato puesto que en no pocas ocasiones me he visto en situaciones ligeramente parecidas, debiendo defenderme alegando leyes, invocando un título que ejerzo, usando la fuerza de mi voz.

Esta voz que ahora sumo a las de Andrea y Clara para que su historia llegue a más gente.

Por ellas, por mí y, sobre todo, por aquellos que nunca han hablado y que posiblemente nunca hablarán, puesto que en algún momento alguien apagó sus voces.

Con esta voz pido a todos los que me lean que no acudan a lugares que promuevan el rechazo, la violencia, el odio.

Y, específicamente, en esta ocasión les pido, que jamás entren a ese nefasto local llamado Pisko Bar.

 

Inicio de una despedida

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He decidido.

Ya no quiero que me veas

hecha nostalgia
con la mente en el pasado.

Caminé por plaza Francia este diciembre

y no hallé tus luces
ni escuché las gaitas.
Me acordé de las muchachas colegialas
que cantaban y bailaban
con sus trajes llamativos.

Y extrañé
la alegría.

Ha empezado a costarme

conformarme

solamente
con la memoria bonita
de mis noches por tus calles.

Yo no quiero que me vuelvas a ver triste
con la mirada anclada al cielo
con la esperanza puesta toda en la montaña

porque si bajo la cara
         todo parece un recuerdo.

Todavía me acuerdo de lo bien que me sentí cuando aprendí a usar el metro.

Compré por primera vez un ticket
amarillo independencia.

Y ya no hubo un solo sitio al que no pudiera ir.

Pero ahora,
ves,
cuando entro
solo me provoca huir.

Las escaleras se han roto
y la gente está molesta
porque ya no huelen rico
porque ahora lavar cuesta.

Yo no quiero, te lo juro, que me escuches maldecir

con odio
con frustración y con pena
cuando paso por el centro
y a cada paso me encuentro
           su cara
y sus ojos que me miran
con gracia indolente.

Yo no quiero tenerte miedo.

No quiero que este progresivo olvido de quien eres

te haga olvidarte de mí

y que sin querer          me mates
como ocurrió

con tantos

conocidos míos.

No lo veas como abandono.

Entiende que cuando pasen los años
tú podrás seguir

sin mí.

Y seguirás siendo joven

Pienso en mi abuela y se me nublan los ojos.
Y se me comprime el alma.
Porque sé que se hará llanto
cuando deba despedir a su nieta amada.

Y yo no sabré
si la volveré a ver…
si le alcanzará la vida.

¿Ves

       que hay más dolor en mí
del que yo pueda expresar
solo con anticipar que algún día
me iré de ti?

 

Aterrizaje al presente

aterrizajealpresente

“Hay trenes a los que hay que subir con la certeza de que el único riesgo sería no haberlo hecho. Y si después te caes y el tren te pasa por encima, pues bendita seas, libertad.”

David Rafael Chirinos

 

Hace un par de días, una de mis amigas más queridas me escribió al borde de la crisis porque su novio, al que adora, le dijo que no quiere irse del país.

A ella le falta por lo menos año y medio para culminar la carrera de Medicina en la Universidad de Carabobo, de manera que la única frontera que se puede permitir cruzar en este momento es la de Valencia para venir a Caracas los fines de semana. Sin embargo, la ansiedad por el futuro la atormenta desde ahora.

Es normal. Esa misma angustia aquejaba meses antes a otra de mis mejores amigas. Curiosamente, luego de años de lucha por parte de su incansable madre por sacarla de la inseguridad de este país -al punto de llegar a pedirme que “aconsejara a su hija”-, ella misma entró en desesperación por el hecho de que su futuro esposo estuviera renuente a salir de Venezuela.

Por el motivo contrario, algunos años atrás, la angustiada era yo. Por aquellos días, ni siquiera pensaba en la emigración como parte de mi plan de vida, sin embargo había conocido a alguien que incluso antes de decir su nombre, ya me había advertido, de forma muy considerada, que en tres meses se iría del país.

Al inicio sus palabras no me alarmaron demasiado puesto que me hablaba de un tema que ya se había hecho frecuente entre las conversaciones cotidianas. Pero cuando llevábamos 17 días saliendo -contados por mí, porque cada encuentro parecía más perfecto que el anterior-, un simulacro de separación me dejó pensando.

Fue un viaje a Bogotá que además de durar diez infinitos días, me obligó a regresar sola a Caracas, luego de una triste despedida en el aeropuerto internacional de Maiquetía. Esa noche pude vislumbrar lo dolorosa que sería la separación definitiva.

– Tal vez estoy haciendo mal en involucrarme tanto con alguien sabiendo que es seguro que se va, le comenté a mi madre. Y mamá, experta en extinguir todo tipo de dramas, respondió: se va en tres meses, ¿no? En tres meses pueden pasar muchas cosas, el futuro es incierto. Puede ocurrir, por ejemplo, que cambie la fecha de ida o que decida quedarse, que deje de gustarte o que se acabe el mundo y nos muramos todos como unos pendejos. ¿Te vas a sabotear la felicidad desde ahorita?

Sus palabras fueron reveladoras, así que me tomé el tiempo de analizarlas con cuidado.  

Al final de mi reflexión comprendí que no era un buen negocio renunciar a la felicidad presente por miedo a la tristeza futura, lo que se traducía en anticipar la ruptura cambiando un dolor más fuerte, por uno leve, según los cálculos de los expertos en el tema.

Teniendo claras mis opciones, elegí, a conciencia, quedarme con la promoción de tres meses de felicidad absoluta con posible final de dolor extremo.

Pero los tres meses se convirtieron en dos años maravillosos -mucho más de lo que duran muchas relaciones llenas de porvenir- que valieron cada una de las lágrimas que costó la despedida. Jamás me arrepentiré de haber elegido ser feliz a su lado.

El tiempo es fanático de llenar de razón las palabras bien intencionadas de las madres. Y también es experto en mover con su paso las decisiones más firmes.

Hace unos días recibí la noticia de que una de mis mejores amigas (la segunda nombrada) se va del país con su esposo. Los pasajes los compró él y se los entregó como sorpresa.

La otra, la doctora, sigue con el novio. Mi respuesta a su preocupación por el destino de la relación:

¿Sabes cuántas cosas pueden pasar en año y medio? Muchas más de las que pueden ocurrir en tres meses. Por ejemplo que el país mejore y tú no te quieras ir o que se termine de ir al foso y entonces sea él quien te ruegue que se vayan. O pasan los meses y, en efecto, tú te vas y él se queda. En ese caso, estoy segura, cada segundo juntos habrá valido la pena y el llanto.

¿Tú de verdad te quieres empezar a sabotear la felicidad desde ahorita?

El mejor desayuno del mundo

Arepa

Era la primera vez que pasaba tanto tiempo lejos de casa y ya empezaba a pesarme un poco. Me sentía estresada, susceptible y extrañaba, sobre todo, mi idioma. Ya no quería pronunciar una palabra más en inglés o en italiano.

Al amigo que siempre estaba conmigo, Rino, un napolitano simpatiquísimo que me salvó de dormir en la calle, luego de que me perdiera en Cambridge el mismo día en que llegué, le informé que por el resto del día hablaría en español y le pedí de favor que fingiera entenderme.

Colaboró al máximo. Al punto de que, en el fondo, creo que sí lograba captar casi todo lo que le decía.

Rino era fantástico. Tenía dos bicicletas, una para mí y otra para él. Y él mismo tuvo la idea de ir a su casa a buscarlas para dar un paseo por la ciudad. Con la bici el mundo comenzó a ser más agradable y lo mejor era que ya no resultaba indispensable hablar. Podía solo estar en silencio y concentrarme en no atropellar a nadie.

Pero, de repente, salí de mi ensimismamiento al ver, a varios metros de distancia, pasando por el centro, repleto de turistas y estudiantes, a Gina, una de mis compañeras de casa, con una pancarta en las manos y gritando alguna consigna. Al acercarme pude notar que se trataba de una protesta contra los altos impuestos a los cigarrillos mentolados. Ella ni siquiera fumaba.

Al regresar a casa en la noche, me la volví a encontrar. Estaba sentada en la cocina tomando el té, un poco desanimada, tal vez frustrada por el poco éxito de su lucha. Sentí entonces ganas de alegrarle un poquito la existencia, así que le comenté que esta vez la cena la haría yo.

En las cuatro semanas que llevábamos de convivencia, yo jamás había cocinado nada. Ella, en cambio, cada noche preparaba algo más delicioso que lo del día anterior. Casi siempre eran platos típicos de la India (tenia una obsesión con ese país) vegetarianos y con un toque de picante que para mí resultaba celestial. Le gustaba la cocina, sin duda. Y cocinar se le daba bien. Además le hacía feliz el hecho de que yo siempre estuviera dispuesta a probar todo lo que ella hacía y de que disfrutara genuinamente su comida.

Ahora había llegado mi turno de hacerle conocer algo distinto.  

Al entender lo que estaba por ocurrir, me arrepentí de haberle dicho exagerada a mi mamá cuando metió la bolsa de harina Pan en la maleta; me habría gustado regresar con el paquetico entero para demostrar que, en efecto, era un peso innecesario. Pero había algo dentro de mí que me decía que dentro de ese plástico amarillo se encontraba la cura al estrés y al vacío que había estado sintiendo durante el día entero.

Me fui corriendo hasta el cuarto y al entrar vi el paquete de harina, sin abrir todavía. Me le acerqué con cuidado, como temiendo que apareciera mi madre por algún lado exigiendo el reconocimiento de su victoria. Lo agarré rápidamente y volví a la cocina de inmediato.

Le mostré el procedimiento, con paciencia:

La forma correcta de amasar, según la mayoría de las personas, es poniendo el polvo de maíz en un plato hondo con una cucharadita de sal y agregando agua paulatinamente mientras se amasa.

Lo usual es que se amase con las manos, sin embargo, yo prefiero hacerlo con una cucharilla, como si fuera un puré. Da igual como se haga puesto que el resultado es el mismo.

De la masa lista se van sacando pedacitos que se convierten en bolitas, la cuales deberán ser aplastadas con ambas manos hasta que queden planas y puedan ser colocadas sobre una plancha de metal, previamente puesta a calentar.

Mientras se iban cocinando las arepas, busqué en la nevera dos pechugas de pollo, las cuales corté en trozos y las lancé en un sartén en el que había puesto a sofreír una cebolla cortada en julianas. Le agregué mucha pimienta y mostaza, además de un poquito de agua. Cuando la intuición me indicó que lo que estaba preparando estaba listo, lo mezclé con guacamole. Y ahí nació mi propia versión de la Reina Pepiada.

Ese día la arepa ganó un nuevo fan en el mundo: yo misma.

Tal vez fueron dos pero la verdad no tuve tiempo de indagar la reacción de mi acompañante. Ni siquiera recuerdo si hizo algún comentario. En el instante en que le di el primer bocado a mi Reina Pepiada, los ojos se me cerraron solos, sentí ganas de reír y de llorar. Las células del cuerpo se me iban inflando como se llenan los pulmones cuando uno respira profundo. Y el mal humor que me había opacado todo el día, se desapareció como por arte de magia.

Hasta ese momento, yo jamás había alardeado de la comida de mi país, mucho menos de la arepa. Me parecían exagerados, si no antipáticos los comentarios de los venezolanos que decían que no había nada en el mundo como desayunar una buena arepa. ¿Cómo va a ser eso posible con tantos desayunos sabrosos que existen?

Pues bien, ese día me enteré de que ellos tenían razón, y que la equivocada era yo. No hay nada mejor, para una persona criada en Venezuela que una arepa. Y eso es así aunque esa persona insista en creer que no es así. Llegará un punto en que no tendrá más opción que rendirse ante la mejestad del mejor desayuno del mundo.

Que si el nacionalismo es un mal que se cura viajando, viajando también se aprende a valorar las cosas buenas que ofrece nuestra cultura. 

 

 

Último día del último año

UCAB

Al entrar a la universidad todo se sentía diferente. De un día para otro las cosas habían cambiado de forma radical. El jardín que me recibía siempre tan alegremente, ahora me esquivaba la mirada.

Vi la estatua de Andrés Bello y sonreí con el recuerdo de la vez que alguien me advirtió, al verme sentada en uno de los bancos que la rodean, que de seguir ahí no me graduaría, porque aquello daba mala suerte. Me paré inmediatamente, parecía más bien que me habían echado agua caliente.

No era que me creyera ese cuento, no lo hacía para nada, pero más valía evitar. Luego me enteré de que ese mito era bastante temido, tanto así que los estudiantes de ingeniería no le pasaban ni cerca al monumento.

Subí la cara, buscando refugiarme en el verde de los árboles, pero éstos se mostraron tan indiferentes, que me sentí herida. Quién sabe si por la costumbre de ver cada semestre el continuo flujo de estudiantes, se volvieron insensibles a las despedidas.

Repentinamente, todo mi entorno comenzó a llenarse de un aura particular: ahora veía la biblioteca, la grama, los módulos y todo, con obsesiva atención, como queriendo fotografiar con la memoria cada detalle de aquél momento, como intentando que no se me escapara nada.

Entonces ocurrió, lo comprendí por fin: esa era la última vez que pasaría por aquellas caminerías, rumbo a los salones de Derecho, de mi carrera, mi amada carrera, en mi querida universidad.

Antes hablé tantas veces de ese momento. Ese día sería el más liberador de todos. Lo decía siempre, o por lo menos cuatro veces cada año, durante los primeros, los segundos, los terceros parciales y luego en los tediosos exámenes finales. Estaba llegando a la meta ¿no?

¿Por qué ahora sentía lo que sentía?

Se me iba formando un nudo en el estómago, se me erizó hasta el último centímetro de piel e inexplicablemente, sentí una especie de alegría. Rara. Sonreía, pero ¿realmente quería sonreír o lo hacia porque no sabía qué era lo que tenía que hacer? Ya, no estaba alegre. Tampoco estaba triste. Estaba nerviosa, ansiosa por todo lo que significaba cada hora que pasaba.

Ese día era la frontera entre dos vidas, el faro de Narnia, era un portal que hacía que se encontraran pasado y presente. Y yo estaba a punto de cruzar al otro lado, tenía la obligación de hacerlo, de hecho.

El nudo en el estómago se hacía más fuerte con cada paso que daba. Subí las escaleras, sin ninguna prisa, entré al salón y vi a Luis, mi querido Luis Alfredo, con quien estudié desde primer año. Cinco años conociéndolo. Lo abracé con muchísima fuerza y le dije: “hoy es el último día”.

Una mirada a mi entorno, viendo las caras que me habían estado acompañando durante tanto tiempo, intentando descifrar en sus miradas si, por casualidad, estaban experimentando lo que yo; si tenían dentro de sí por lo menos una vuelta del remolino que a mí me invadía el cuerpo entero.

Por suerte mis pensamientos fueron pronto interrumpidos por la llegada del profesor, quien, sin ánimos de perder un segundo de su valioso tiempo, comenzó una clase de la materia que menos me gustaba pero que aún así disfruté en cada minuto, como si hubiese sido el último bocado de mi plato favorito.

Al finalizar la hora, el profesor decidió pronunciar, a quien quisiera escuchar, algunas palabras, tal vez de despedida o de aliento para el futuro. Y aunque en mí provocaron el efecto de acentuar los síntomas que ya venía sintiendo, lo cierto es que no recuerdo nada de lo que dijo. Es posible que ni siquiera lo haya escuchado. Tal vez yo solo lo sentí.

Con él hicimos una foto grupal – a pesar del odio generalizado que se había ganado a pulso en mi salón -del que nos excluíamos muy pocas personas. Luego de eso, nos despedimos. Cada quien a lo suyo en el tiempo disponible entre una clase y otra.

Yo seguía en estado de trance, sabiendo que lo que se iba era algo que me gustaba. ¿Era real lo que estaba viviendo o era ya solo un recuerdo? Las despedidas se parecen tanto al pasado que a veces resulta difícil distinguir. Tal vez por eso son tan incómodas, porque nos hacen estar en un lugar que no es, indefinido, algo que no existe.

“Vendrán cosas mejores”, me dije en voz baja, de forma casi imperceptible.

A pesar de todo, supe reconocer que, aunque raro, aquél día era realmente hermoso, como casi todos los días dentro de mi hermosa UCAB, con su vegetación bien cuidada que hace que el clima se vuelva tan agradable. Un orgullo para los Jesuitas, sí, señor. Por eso es que me gusta tanto la filosofía Ignaciana, porque la excelencia la he visto de cerca, hecha burbuja en medio del terrible caos. Eso es saber marcar la diferencia.

El reloj me indicó que había llegado la hora de la segunda clase. A continuación iría a la última clase del tan esperado último año. Había llegado tan rápido… y, sin embargo, hacía apenas un mes, parecía que nunca llegaría.

Cuando pasé al salón, sentí que di un salto en el tiempo. Casualmente era el mismo donde, cinco años atrás, había empezado toda mi historia con el Derecho. Recordé que a esa misma aula había entrado el primer día, después de haber estado perdida entre los módulos, buscándola y sin saber con exactitud qué estaba haciendo yo ahí, entre aquella gente que parecía tomarse todo tan en serio. Sabía solo que había un escritor, uno bueno o por lo menos, uno que me gustaba que era abogado y que si él podía serlo y a la vez escribir, entonces a mí también podía resultarme esa fusión de cosas.

¿En qué momento ocurrió entonces? ¿Cuándo empecé a enamorarme tanto de mi carrera? De los libros, de las enseñanzas de los profesores.

Por casualidad o por destino, había llegado justo al lugar al que tenía que llegar. Alguien lo había querido así: era la vida, era Dios, era mi suerte, no lo sé. Pero ahí estaba yo, entrando al mismo salón de módulo cinco, piso dos, donde en algún momento aquella profesora de Introducción al Derecho, haciendo uso de sus dotes de celestina, había dicho, refiriéndose a mi clase y señalando con la boca, que más de la mitad de la gente que ocupaba “esos puestos” no se graduaría, y acertó: algunos cambiaron de carrera, muchos otros se fueron del país, y otros, incluso, decidieron hacer familia.

Cumpliendo las estadísticas de la mitad que si culminaría el quinto año, estaba yo, con mis amigos de siempre, contrariando el mito de la estatua de Andrés Bello. Estaba yo, justo donde empezó todo, ahora culminando la pequeña etapa.

Caminé hasta la primera fila, me senté, VIP, como siempre y escuché la última clase de pregrado.

Bajé a buscar la luna

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Bajé a buscar la luna.

Explico.

Vivo en un edificio pequeño, rodeado de edificios mucho más altos y no siempre permiten ver lo bello del cielo.
Es casi triste pero me consuela poder ver siempre la cruz del Ávila desde la ventana de mi cuarto.
Bajé a buscar la luna pero no la encontré por ninguna parte.

Abrí la reja y salí del edificio, salí a la calle, en ropa de estar en casa pero de noche, con pocas posibilidades de encontrar gente que juzgue mi atuendo… pero con más riesgos.
El riesgo lo asumí.
Pareció peor quedarme con las ganas de ver la luna.
Crucé las fronteras de la calle en que vivo y me adentré en otras, conocidas pero ajenas. Entonces, detrás de un edificio de unos cinco pisos, que tuve que circundar un poco, la encontré.
Estaba ahí, enscondiéndose inútilmente, pues tenía medio cielo iluminado. Cuánta luz.
Luna menguante. Está menguando la luna en este momento.
Lo sé porque hace dos días, escuché la explicación a cielo abierto cuando, extasiada como hace un momento, miraba hacia arriba complacida por tanta belleza, y pensé en voz alta: luna llena.
Y un campesino que estaba al lado me comentó que dentro de poco podría sembrar las matas de cambur porque la luna estaría menguante.
Le pregunté cuánto tiempo duraba la luna estando llena y respondió “dos días”. No he verificado que la información sea cierta, no lo he consultado con nadie. Sin embargo confío.
Parecía que sabía de lo que hablaba.
Yo no había entendido qué relación tenían los cambures con la astrología y me explicó algo bien curioso: si siembras las matas cuando la luna está menguante los racimos nacen juntitos, si lo haces en otra fase lunar, nacen separados, cada racimo a distancia del otro así que son menos los frutos.
No tengo idea de cómo funciona pero lo creo.
Entonces la cita con la luna menguante era hoy. Porque hace dos días empezó la luna llena. Dos días después… Menguante. La luna que se me quiso esconder pero no pudo. No pudo porque yo la quería ver.
Y cuando quiero ver algo, cuando quiero ver a alguien, lo hago.
Eso debería saberlo ya.
Tal vez solo quería que la encontrara.
Pues bien, yo la encontré.

30 de julio 

MKMM

Trece años y una profesora de historia judía era lo que yo tenía en aquel momento.

En mitad de una clase sobre la Alemania de Hitler, le escuché decir que era importante conocer la historia porque siempre se repite. Sobran ejemplos de los eventos que pudieron evitarse con la sola lectura del pasado; son los personajes los que cambian pero la naturaleza del humano continúa siendo la misma.

Pensé en voz alta: imposible que vuelva a ocurrir en el mundo alguna cosa tan atroz, mucho menos en Venezuela. Me respondió: sigue siendo posible, Fernanda. Incluso hoy, incluso aquí, es por ello que insisto tanto en este tema.

No recuerdo el día ni la fecha pero las palabras se me quedaron grabadas para siempre, no sé por qué, porque no las creí, seguí pensando que yo tenía razón.

Hace un tiempo comencé a tomarlas más en serio. Y hoy –no quiero ni pensar en cuántos años después- las creo. Comprendo que nunca se sabe cuándo va a llegar el mensaje, por eso hay que enviarlo, aunque en principio parezca que se ha perdido. Aunque se pierda, incluso.

30 de julio de 2017: logré mantener casi intacto mi ánimo, hasta que vi las fotos de los magistrados que conforman el TSJ, votando, sonrientes por la eliminación de nuestra Constitución, de nuestro Estado de Derecho, de nuestra República.

Fotos que dicen que están felices con lo que hacen y con lo que está pasando, fotos que envían un mensaje al Ejecutivo: estamos cumpliendo el trato. Y un mensaje al resto del país: ríndanse, que la justicia no existe, no aquí, no ahora; si quieres mejorar tu vida, vete.

Me viene a la mente la clase de historia: países cómplices, gente enriqueciéndose de manera exagerada mientras otros morían, por armas o por hambre o por dolor. Pueblo apoyando aquel régimen. Leyes hechas a voluntad del tirano, tribunales puestos a su disposición. Ejecución sin proceso, jueces del horror. Dejà vu.

Guardemos esas fotos.

Porque llegará un momento en el que sus personajes dirán que ellos no quisieron, que no estuvieron de acuerdo. Que el dinero lo obtuvieron de la forma más honrada, que la culpa es de otro. Lo harán sin vergüenza en la cara, al igual que hacen lo que están haciendo ahora. Entregan su país y se lavan las manos, se retratan orgullosos porque están guapos y apoyados.

Cerremos los ojos y pensemos que vemos el futuro por el hueco de algún cerrojo. Y ahí están los magistrados, los ministros, recibiendo “lo suyo” que sería justicia en palabras de Ulpiano. Y que vemos en sus rostros el mismo miedo que hoy nos ahoga. Pensemos que las sonrisas, entonces, estarán en las caras de la gente, de los venezolanos.

Pensemos en el futuro para sobrellevar el presente y mientras tanto, hagamos el expediente. Guardemos las fotos porque llegará el momento en el que alguien dirá que lo ahora ocurre, no ocurrió. Y en algún colegio un estudiante pensará que es imposible que vuelva a suceder.

Aunque ayuda, no hace falta creer en Dios para confiar en la posibilidad de un mejor mañana. Solo hace falta conocer la historia. Y hace falta enseñarla… para que no se repita.

JUVENTUD AL SUELO

Sin sospechar el efecto,

cantaste el himno en la escuela,

no sabías que cada letra se te quedaría en la sangre

y que se te prensarían las venas

cuando escucharas afuera,

por cualquier casualidad,

la melodía de tu hogar.

Te aprendiste de memoria tres colores,

siete estrellas,

un escudo que brillaba con el oro,

un caballo que jugaba entre la arena.

Dibujaste con tus manos las fronteras

de un lugar que fue llamado “Venezuela”

País libre y soberano desde tiempos de Angostura,

con lluvias de democracia

y charcos de dictadura.

 

Respetaste cada nombre

de los hombres que te dieron libertad.

Soñaste un mejor país

donde el hambre no doliera,

donde no ondeara otra tela

que no fuera tu bandera.

Donde la tierra que pisaras fuera tuya,

tuya por ser de tu tierra.

Donde no mandara nunca una potencia extranjera.

 

Empezaste a vivir con el estreno de un siglo

Eras apenas un niño

Cuando comenzó el discurso sobre ataques desde afuera.

 

Pero te surgió la duda:

¿el ataque es desde afuera?

¿Por qué un gobierno tan bueno habla pero nunca escucha?

Te supiste sin opción

Y decidiste hacerte parte de la lucha.

 

Cubriste tu cara y expusiste el pecho a las bombas y a las balas

Confiando cada segundo a la suerte

Pero al instante siguiente ya no más

Entre una nube de gas

Nació un río de sangre caliente

Y cayó tu cuerpo inerte

 

Tu coraje fue una ofensa

Los trajes verdes te lanzaron a la muerte.

 

Lloran las madres

llora el futuro

llora el presente

 

Al contemplar que la tierra va cubriendo tu ataúd

Que va al suelo de tu patria

La flor de su juventud.

El discurso de Canova

No leyó, únicamente tenía una hojita donde -supongo-  anotó las cosas que no quería dejar pasar. Sus palabras fueron distintas a lo que suele escucharse. Fueron distintas por dos cosas: porque fueron sinceras y porque fueron contrarias a lo que se esperaba.

La sinceridad se hizo evidente puesto que nadie se arriesga a pronunciar un discurso capaz de generar tanta polémica, el día de una graduación, delante de tanta gente, si no se está realmente convencido de lo que se dice.

En efecto, este profesor, tuvo la valentía de expresar lo que tal vez muchos piensan, pero nunca dirían en voz alta fuera de su casa. Yo estuve de acuerdo con la opinión del orador y es por ello que he creído conveniente hacer llegar  la esencia de su discurso a todos aquellos que no pudieron escucharlo.

Comenzaré por lo que no dijo para llegar a lo que sí. No dijo que nos quedemos a dar la vida por la patria, porque ella necesita de sus jóvenes para poder salir adelante. Más bien, que siguiéramos nuestro corazón en la toma de las decisiones que vendrían, y que si sentíamos que tendríamos más felicidad y mejor calidad de vida afuera, partiéramos sin remordimiento. Porque lo que sí se necesita es gente realizada personalmente, gente que luego pueda volver con verdaderas posibilidades de sumar.

La situación que se vive en Venezuela no es una cosa que pueda sobrellevar cualquiera y, por lo tanto, quedarse podría significar estancamiento e infelicidad, y de esa manera no se estaría ayudando a nadie: ni a nosotros, ni al país.

Por otro lado, para quienes quieren permanecer aquí teniendo la certeza de que su presencia será de ayuda o más aún, se consideran absolutamente indispensables para generar el cambio que se necesita, entonces, evidentemente deben quedarse.

Canova, nos recomendó hacer de nuestra existencia la mejor obra. Eso implica manejarnos con honradez, ser honestos para poder dormir bien -porque claro que el sueño es fundamental para ser felices- y además, para que cuando lleguen los últimos años, cuando ya no haya tanto por hacer, estemos orgullosos de lo que construimos.

Me hizo reflexionar. Nuestra existencia es tan corta y la historia del país tan larga. Y solo contamos con una vida por persona. Nacimos con el derecho de vivir según nuestros principios, siempre que con ello no dañemos a nadie.

El pueblo venezolano es permanente, no obstante, los individuos que lo componen son pasajeros, efímeros. Puesta una lupa sobre la masa, se pueden divisar sujetos con sueños, intereses e ilusiones.

Pensar en “la patria” siempre ha traído problemas. Ese amor irracional ha hecho que se pierdan generaciones enteras en guerras, solo porque “alguien” dice que esto o aquello es lo mejor para ella. Y al final, la patria no le devuelve la vida al hijo, a la novia o al hermano. No lo hace.

El amor que sentimos por el lugar donde nacimos y crecimos, en el que han sido fabricados la mayoría de nuestros recuerdos, es natural, es hermoso y es un privilegio que no todo el mundo tiene. De manera que es lógico que tantos quieran permanecer y dedicar el propio tiempo, sirviendo –de la manera que sea- a su tierra.

Sin embargo, hay que entender que el amor por un país no elimina el derecho que tenemos de seguir con nuestra vida y, mucho menos, nos atribuye superioridad moral para imponer, a alguien más, obligación alguna.

En determinadas circunstancias –y no es una decisión nada fácil- se tiene que elegir buscar otro destino con la esperanza de crear un mundo nuevo, propio. Es por ello que mucha gente se va de Venezuela… aunque sin dejarla.

Y son valientes. Valientes como los que nos quedamos.

Felicidad Alquilada

Yo pensé que sería la única… pero no.

Cuando me pidieron el favor de que fuera a la verdulería que está cerca de la casa a buscar los desechos, las sobras, lo que nadie compra, yo no vi ningún problema. No pensé que sería difícil porque no estaba detrás de nada muy codiciado, así que no habría competencia. Además, cada vez que voy, el dueño me incomoda con piropos y miradas fuera de lugar, de manera que molestarlo yo, por una vez, no me pareció un abuso.

Entré, le comenté el motivo de mi visita y no hubo ningún problema. Me mostró los sacos de basura y yo me acerqué para llenar las dos bolsas que tenía en las manos. Justo estaba amarrando la primera cuando se acercó un niño. Mi reacción fue preguntarle por qué hacía lo mismo que yo, pensé que si estaba ahí tal vez tenía motivos parecidos a los míos, es decir, usar aquello como abono.

En el momento en que le pregunté qué hacía, lo que pensé en realidad fue que posiblemente tendría conocimientos de agricultura y me podría ayudar a elegir de mejor manera. Su respuesta sí que no me la esperaba. Me dijo: esto sirve para complementar. Inmediatamente entendí a qué se refería.

Él estaba buscando su comida en el mismo sitio donde yo buscaba el alimento para las lombrices californianas. Me aparté y dejé que él escogiera primero. Luego decidí cambiar de lugar, me alejé y encontré otro saco de verduras podridas. Y entonces se me acercó una señora delgadísima a preguntarme qué había encontrado. La miré y respondí que no había nada que sirviera.

Ocurrió. Llegó el choque con la realidad cruda, esa de la que tanto leo y escucho pero que en realidad pocas veces veo de cerca. Es imposible que un evento como este no nos deje pensando… tal vez esto, en la historia de este país -incluso después del descubrimiento del petróleo-  no es algo que no haya ocurrido antes; sin embargo, que sea tan generalizado parece algo nuevo.  Ver el hambre en tantos rostros, en tantos cuerpos malnutridos, en las miradas tristes, se ha hecho común, cotidiano.

Incluso parece absurdo que en un país como Venezuela, comer, para mucha gente, se haya convertido en un lujo. Después de tanto despilfarro, sin ver, costaría creer lo que se está viviendo ahora. Los venezolanos hemos dejado de ser niños mimados y nos hemos convertido en huérfanos que necesitan buscar el pan por sus propios medios.

De una moneda devaluada, tenemos que cada bolívar cuenta para llenar el estómago, que la comida vale más de lo que nunca supimos, que las cosas cuestan. Nos estamos enterando ahora de que éramos felices y no lo sabíamos pero también de que era una felicidad regalada, casi inmerecida.

Teníamos una felicidad alquilada y ahora no hay cómo pagar la renta.

Los homosexuales también van al cielo

Hace unos años participé en un programa de la Universidad Católica Andrés Bello llamado Ausjal. Su misión era acercar a los estudiantes a las comunidades de escasos recursos para así conocer esa realidad y poder actuar en ella como líderes, como guías, como ejemplo para los jóvenes que no conocían otro mundo y cuya visión estaba limitada a lo que veían a diario.

Una de las fases del programa consistía en pasar la Semana Santa entera en la comunidad de La Vega; vivimos todo ese tiempo en un colegio. Casi no quedaba tiempo para nada, nos despertaban, desayunábamos y salíamos a recorrer las calles, como misioneros, llevando un mensaje a todas las casas.

La tarea era hacer una oración con las familias y teníamos un instructivo en donde nos explicaban con detalle todo lo que debíamos hacer. Por supuesto que nunca le hice caso al folleto, puesto que considero que la oración, en esencia, es una necesidad de ser escuchado, así que, después de decir el Padre Nuestro (que es el único rezo que sé) me sentaba a hablar y a oír a la gente que, me parecía, lo necesitaba. Generalmente los viejitos que vivían solos, o las madres solteras. Les dedicaba mi tiempo a ellos y esa fue mi manera de orar.

Una mañana llegué a una casa y había un muchacho, como de 20 años -igual que yo- y me invitó a pasar. Él estaba solo y sentí un poco de miedo, pero como yo estaba con una amiga, decidimos entrar.

Era muy tímido y parecía querer decir algo pero no podía. Le hablé de cualquier cosa para que tomara confianza y luego le dije que si deseaba conversar me podía encontrar en el colegio en las tardes.

Al día siguiente, mientras preparábamos las cosas para la procesión, me informaron que alguien estaba preguntando por mí y yo fui a atenderle. Era el muchacho. Me dijo que debía hablar conmigo de algo que le preocupaba, nos sentamos y luego de un rato, logró expresar que sentía miedo de no poder ir al cielo porque era gay.

Me preguntó si era verdad que Dios despreciaba a los homosexuales, porque en su casa le habían dicho que así era. Me comentó que ya había pensado en el suicidio por toda la presión que sentía a causa de su orientación sexual. Sonreí y le dije: “sí irás al cielo cuando mueras, solo no te suicides”.

Y continué: el ser homosexual, por el solo hecho de serlo, no te convierte en un pecador. Eres una persona más, igual que el resto, que puede decidir si hacer bien o hacer mal, lo que no puedes decidir es si te gustan las mujeres o te gustan los hombres.

Hice lo único que podía hacer: lo alenté a seguir sus gustos porque, aunque no siempre sea fácil, es lo mejor. Porque en la vida encontraremos gente que nos amará por quienes somos y gente que nos despreciará por el mismo motivo. Y porque siempre, por lo que uno haga, va a recibir críticas, así que la mejor opción es recibirla siendo lo que en realidad somos.

Así como él, hay muchísima gente que sufre por este tipo de creencias y es necesario repetir, las veces que sea necesario, que son falsas. Amar no es delito, no es pecado, no está mal. Lo que sí es pecado e incluso delito es inducir al suicidio. Es una vileza infundir miedo y auto-desprecio amparándose en la figura de Dios y de la biblia.