TODASANA

Venezuela más paraíso que infierno

Teniendo el mapa del mundo frente a los ojos, se puede notar que en una de las Américas, la del sur, hay un país conocido como Venezuela, cuya capital es Caracas. A unas dos horas de Caracas, pasando La Guaira, se encuentra un pueblito llamado Todasana.

Estoy segura de que todo el que me lee conoce perfectamente la ubicación geográfica y otros detalles del país en cuestión, de su capital y muchos habrán ya visitado las playas de La Guaira. Sin embargo, puedo adivinar que el porcentaje de personas que han ido a Todasana es mucho menor.

Yo había escuchado hablar del lugar y su encanto en repetidas oportunidades pero jamás tuve particular interés en comprobarlo yo misma; sin embargo, por cuestiones de suerte, ahí llegué.

Todasana es paisaje desde el principio: emprendes tu viaje y, como recompensa, verás durante todo el camino el mar a un lado y la montaña del otro. En algunos puntos, mar en ambos polos y, siempre, un cielo espectacular.

Mar y río, río y mar. Ríos por todas partes al llegar. Y mar.

Gente bonita por donde te metas. Alegres y despreocupados. Venden los frutos de esa tierra increíblemente fértil que hace que los árboles tengan proporciones mayores a las habituales. Venden pescados recién sacados del mar. Y del río.

A la orilla de la playa la vida es fiesta. Bailan tambor, bailan salsa, bailan merengue, reguetón, lo que les pongan. Se mueven con ritmo particular, como si la música más bien saliera de ellos.

Te dan seguridad y se siente, se ve escrito en las paredes “si jodes te jodemos” y parece que funciona porque nadie jode.

El ambiente suele ser fresco por la abundancia de vegetación. El calor de la tarde se combate fácil, tienes distintas opciones. Yo elegí meterme en el río. Me sumergí completa en la naturaleza pura para que me bautizara.

Luego me quedé inmóvil, solo con la cara fuera del agua, mirando al cielo repleto de verde, tupido de hojas y de ramas, salpicado por los rayos del sol que se colaban por donde podían.

Noté un movimiento y reconocí un cuerpito marrón y unos ojitos que me miraban con desconfianza, como si tuvieran la capacidad de escudriñar mi alma y descubrir si yo representaba una amenaza.

“No hay peligro” creo que les dijo a sus amigos. Y aparecieron más como él: una manada. Montón de monitos expertos en saltar en las alturas, entre las ramas de las matas que están en ambas orillas del río y que se conectan entre sí.  Pasaron al otro extremo y se quedaron unos minutos comiendo mangos, hasta que, saciados, hicieron su camino de regreso.

Mientras todo esto ocurría, yo estaba abajo; dedicada en silencio a observar y a agradecer por la experiencia. Protegida por el río del clima tropical. En medio del paraíso. Respirando aire de mar, del caribe. Cubierta de agua dulce y pura.

Reviviendo.

Gracias, Todasana.

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Venezuela, más paraíso que infierno: Mérida.

Desde muy pequeña he tenido la inmensa fortuna de viajar constantemente de un lado a otro dentro de Venezuela; conozco casi todos los estados de mi país y los pocos que me faltan están escritos en una lista de “cosas por hacer”.

Hace poco visité, por tercera vez, el estado Mérida y en este último viaje que hice, disfruté muchísimo más que en los anteriores -seguramente por eso de que la compañía importa tanto o más que el lugar-.

Desde que llegué al aeropuerto de El Vigía comenzó a ser simpática la aventura. Un señor se me acercó y me dijo que podíamos pagar el taxi hasta Mérida juntos y así nos saldría más económico a ambos. La idea me pareció buena, así que acepté y él se quedó a mi lado mostrándome fotos de lugares turísticos.

Le comenté que, como es normal en mí, no había hecho ninguna reservación en posada alguna y él me dijo que, si no encontraba hospedaje, podía pasar la noche en su casa. Ya sé lo que están pensando. Yo también lo pensé y en ese momento hasta me dio miedo montarme en el taxi con él… pero lo hice y, en hora y media de camino conversando, me di cuenta de que su oferta había sido por extrema amabilidad y no porque tuviera alguna otra intención.

Al siguiente día, mientras subía a Tierra Negra, lugar donde volaría en parapente, el piloto me preguntó a qué me dedicaba y cuáles eran mis planes para el futuro. Le dije que me acabo de graduar de abogado y que sopeso la idea de irme del país dentro de un tiempo. Me respondió que no sabe en qué va a resultar toda esta ola de emigración que se está viviendo ahora pero que, si de algo estaba seguro es de que en Venezuela, incluso en estas circunstancias, es mucho lo que se puede hacer.

Pasé el resto del camino pensando en lo que me acababa de decir.

Luego pensé en otra cosa: la forma en la que mucha gente habla de Venezuela y de los venezolanos. Por estos días es muy frecuente escuchar que “este es un país de mierda” o que “no es el país sino la gente que no sirve para nada”. Pero ya no creo que eso sea tan cierto. Yo pienso que Venezuela es un hermoso país, lleno de gente hermosa también. Es lamentable que haya tanta gente dañina, pero estoy segura de que es más la gente que vale pena que la que no.

Yo también he dicho esas cosas. Lo digo casi siempre cuando salgo a la calle y veo que es poco lo que funciona. Sin embargo, de vez en cuando, está bien pensar distinto, ver el otro lado de la moneda, aunque sea por el bien de la propia salud.

Venezuela es un país de gente muy noble, creativa, graciosa, inteligente y chévere. Estamos pasando por un momento en el que, a cualquiera se le dificulta mantener la amabilidad intacta, y por eso, digo yo, hay tan mala atención en Caracas y en varias otras ciudades, pero no en todas partes es así. En Mérida no fue así.

Este es un escrito optimista, sí. Y yo creo saber el motivo. Posiblemente sea a causa de la abuelita nueva que hice en Mérida. Se llama Nina y me regaló el batido más delicioso del mundo en “BUBBLE TEA ROOM” y, además, me invito a cenar a su casa, invitación que, por supuesto, acepté. La cena fue excelente. Como toda buena abuela me hizo comer un montón, no importaba que le dijera que estaba bien ya.

Creo que estar con ella me hizo pensar como lo estoy haciendo ahora, porque la verdad es que yo siempre encuentro gente chévere en todos los lugares a los que voy. En Maracaibo, mi amigo Darío me trató mejor que mi madre, en Puerto la Cruz un señor desconocido me llevó en su carro a comprar desayuno porque yo me perdí en el camino. Aquí en Caracas otro desconocido me salvó de un robo, tal vez arriesgando su vida, y me trajo hasta mi casa.

En fin, como lo veo ahora, Venezuela es paraíso más que infierno, y definitivamente es mucho lo que se puede hacer por este país. Hay más gente valiosa que manzanas podridas y, antes de decir cosas negativas -con razón porque hay muchísimas y llenan de impotencia- tenemos que preocuparnos por ser, nosotros, los mejores venezolanos que podamos ser.