Si tuviera que escribir

Sigo sin ver otras piernas que no sean las tuyas,

ni otras manos,

ni otro vientre,

a decir verdad,

prácticamente, ya jamás me fijo en nada…

y si tuviera que escribir

otra vez

sobre ti

no hablaría ya de tus dedos o tus dientes,

mucho menos de lunares en tu cara…

hablaría más bien

-y sería urgente-

de cuánto me gustaría pasar

aunque fuera

una sola noche más

en tus labios almohada.

Te amo

más allá de para siempre,

nuestro siempre

que me dio las mejores noches

en los peores días.

Y que ahora que ha pasado algo de tiempo

todavía

me hace extrañarte,

pero hacerlo ya parece menos agonía.

Porque no te espero y esa es la gran diferencia…

aunque te ame como ayer

y quizás un poquito más.

Un poquito más

con cada día.

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La Pelona

Si algo me gusta de pertenecer a Latinoamérica es que los de aquí reímos cuando se debe reír, lloramos cuando se tiene que llorar y abrazamos al prójimo sin mayores complicaciones.

En los pueblos esto es más cierto que en ninguna otra parte o por lo menos es más fácil de observar desde el momento que todos los eventos importantes de la vida humana se dan por temporadas.

Sí, por temporadas. Así como hay una para los mangos y otra para las pomalacas, también hay temporada de quinceaños, de bodas y de muertos.

Tan es verdad lo que les cuento que es frecuente escuchar que se diga que en los pueblos nadie muere solo, pues cada vez que un fulanito perece, se lleva con él a, por lo menos, dos acompañantes. Y es entonces cuando se habla de que “la pelona anda suelta”.

A la pelona ninguno la ha visto y por eso nadie sabe cómo es, pero de sus actuaciones se puede comprender fácilmente que es un angel de la muerte que aprovecha cada uno de sus viajes al mundo de los vivos para recoger la mayor cantidad de almas que se pueda llevar al otro lado.

Todo el mundo sabe que existe. Y por ello, cada vez que doblan las campanas de la iglesia, la gente mira a quien tenga al lado y sin necesidad de cruzar palabra, se preguntan quién será el próximo, rezando porque no sea alguien de su propia casa

Hay viejos que desde antes de que le toque turno al primero, ya saben que algo va a pasar. Basta con que escuchen el canto de una pavita para que se persignen mirando al cielo en busca del animal, sin querer encontrarlo.

Yo misma la escuché una noche, no les miento. Esa vez me acuerdo de que no pude dormir en las horas que siguieron y a las tres de la mañana llegó la noticia triste. Pero de eso no les voy a hablar.

Mejor les cuento de esa otra visita en la que a la pelona le dio por hacer desguace y se llevó a los dos perros de la casa. Primero a Memín y luego a Ríquiti, en cuestión de una semana.

Esa temporada ni mis primos, ni mis hermanos ni yo tuvimos ganas de acompañar a mi abuela a ningún otro velorio y, para sorpresa de nadie, no hubo ni un perencejo a quien le importara el fallecimiento de nuestros animales.

¿Qué pasó con los perros? Se los llevó la pelona.

Se los llevó y en un mismo viaje.

Eso no era algo frecuente. Hasta la muerte tiene su ética y la verdad es que generalmente actuaba con consideración, agarrando al azar uno por aquí y otro más allá.

Y entonces de los hogares elegidos salía una multitud de gente caminando hasta el cementerio, detrás de un ataúd cargado por cuatro hombres fuertes.

Pero a nosotros no nos mostraron los cuerpos de nuestras mascotas, simplemente se nos informó que habían muerto, así que no pudimos enterrarlos. Y cuando preguntamos por el lugar de su sepultura, nos dijeron que estaban al pie de la vieja ceiba que se veía desde la casa.

Por suerte abuela nos dejó agarrar las flores del jardín para que hiciéramos los ramitos y las coronas y nosotros mismos preparamos las cruces para el primer velorio de nuestros perros.

Y mientras los adultos iban a las otras casas de las otras calles, nosotros acudíamos cada tarde de los nueve días siguientes a pedir por el alma de Memín y Ríquiti, entonando cánticos aprendidos en otros velorios de temporadas pasadas e implorando a la pelona no visitar nuestra casa en muchos años.

Olor a libertad

¿Cómo se describe un aroma? Quiero decir, ¿Cómo le indico al alguien que no puede oler la melodía de un olor, sabiendo que es absurdo usar otro como referencia? Sin decir, por ejemplo, olía como el café…

Si ese alguien fuera un fabricante de esencias yo querría decirle que me hiciera una con olor a la casa de mi abuela.

Le diría que es dulce como un chocolate después del almuerzo y fresco como acercar la cara a las hojas verdes de las matas.

Dulce y fresca: así se respiraba esa casa cuando yo era niña. Y aunque parecía que siempre tenía el mismo aroma, la verdad es que no era así del todo, lo que se mantenía eran los ritmos y los tonos.

El olor predominante, en cambio, podía ser a parchita o a guayaba o a carato de mango o a ciruelas rojas o a jobitos o a tamarindo o a hojitas de menta. A pomalacas también y también a café sin tostar pero más común todavía, a café recién tostado.

Me acuerdo de la primera vez que viajé desde Caracas a la casa de mi abuela. Yo que era la mascotica brava de mis hermanos, bajé del carro y pasé con ellos derecho, a explorar aquel lugar que recién conocíamos y que luego se llenaría de tantas memorias.

La primera de ellas fue ese mismo día. En el patio de la casa había un corredor, donde estaban varias jaulas, cada una con uno o dos pájaros pequeños.

Parecían palafitos. Estaban hechas de varitas de bambú y alambre. Eran como apartamentos con puertas chiquitas, y adentro tenían algo de comida, tal vez una guayaba y agua y además una habitación redonda, hecha con una tapara seca.

Se le abría un hueco y servía para que las pajaritas anidaran sus huevos.
Cantaban, no estaban tristes, a pesar de que la puerta estaba cerrada.

-¿Por qué los tienen ahí? -Preguntó mi hermana.

-Esas son sus casas, ahí viven ellos tranquilos, respondió alguien.

Había una jaula mucho más grande que nosotros, como de un metro treinta de altura donde estaba un loro que hablaba. Decía “mamá” y decía “papá”. El papá era Anibal. Anibal era el tío más tierno e iracundo del mundo. Me hizo sentir cariño desde el primer momento.

Y le agradezco todavía no haber tomado medidas drásticas contra sus nuevos sobrinos.
Porque los pajaritos de las jaulas eran suyos.
Y nosotros, la primera acción que intentamos para labrar nuestra fama de truhanes fue precisamente soltar los pájaros.

Creo que supimos que lo haríamos desde el momento en que los vimos. Fuimos rodando un tambor gigante en el que guardaban maíz para las gallinas, subíamos sobre él y abríamos las puertitas una por una.

Los adultos siempre decían que cuando la casa estaba en silencio, probablemente nosotros la estábamos quemando. Mamá en cambio seguro sintió orgullo de sus niñitos libertadores pero fingió estar afligida por nuestras malas decisiones.

Los pajaritos se quedaban paralizados, sin saber qué hacer. Cuando nos apartábamos de la jaula, indicando que les cedíamos plena libertad, comprendían el privilegio y se iban rápido, como temiendo un arrepentimiento.

El loro en cambio se quedó. Estaba gordo y cómodo. Y en su jaula vivió muchos años.

El resto, todos los demás, se fueron. No hubo ningún fiel o amante de la seguridad y el comfort. Se fueron.

-¿Qué pasó con los pajaritos?
-¡Cómo saberlo!
-Tuvieron que ser ellos, dijo Diomedes. -¿Quién más? Aquí nadie se mete con esos pájaros.

-No chico, ¿cómo van a ser ellos, tú no les estás viendo el tamañito? -Habló mi abuela y con sus palabras nos liberaba ella a nosotros -por primera vez de tantas-, soltando una sonrisa que reconocimos cómplice.

Esa sonrisa suya fresca como las hojas verdes de las matas y dulce como un abrazo lleno de amor que a veces me hace pensar en café recién tostado y otras veces en rosas de jardín. Y de igual forma puede ser parchita, tamarindo o mango.

Esa sonrisa que nos alentaba a hacer todo lo que hacíamos porque ella jamás habría aprobado con palabras que soltáramos a los pájaros. Pero en su corazón lo hacía.

En busca de sentido

vela

“El propósito de la vida es una vida con propósito”.

Dudé sobre la conveniencia de publicar un Sari hoy. Estos días han sido de muchísima lectura y, por supuesto, también de escribir. Sin embargo, mis escritos han sido reflexiones personales. Ni cuentos, ni artículos, ni poemas.

Al igual que todos, he estado viviendo mis propias batallas… también tengo una historia en medio del apagón nacional que tanto caos ha causado en Venezuela y sí, en su momento pensé contarles mi experiencia; tal vez lo haga más adelante pero no hoy. Hoy no tengo ganas de llenar más líneas con las palabras miedo, incertidumbre, impotencia o tristeza. Solo lograría desahogarme, algo que si bien ayuda, no está dentro de mis objetivos actuales.

Me gustaría más bien hablar de otra cosa. O, mejor dicho, lo que quiero es compartir con ustedes, fragmentos de un libro al que acudí con la esperanza de encontrar respuestas. Su título es “El hombre en busca de sentido”, su autor, Viktor Frankl, un médico psiquiatra que estuvo prisionero, durante la Segunda Guerra Mundial en Auschwitz.

Se me hace necesario contarles el contraste de emociones que experimenté, antes de decidir buscar el libro.

La mañana del jueves, antes del apagón, yo estaba -de regreso a Caracas- recorriendo los maravillosos paisajes de Mérida. Por el Páramo, veía montañas altísimas, divididas en porciones de terrenos cuidadosamente trabajados. “¿Cómo llegan tan arriba?” me preguntaba. El sol estaba radiante y casi tan feliz como yo, que me sentía afortunada de poder presenciar tanta belleza, de haber sido merecedora de la confianza de esa vendedora de ajos que aceptó como moneda de cambio la palabra de una pronta transferencia y por haber podido llevar de un pueblito a otro a una anciana desconocida.

Y todavía hay quien me pregunta por qué sigo en Venezuela, pensé.

Desde hace meses he estado construyendo día tras día un proyecto que me tiene llena de amor por el futuro y que en Mérida, gracias al buen servicio, a la amabilidad y al trabajo constante -a pesar de todas las adversidades- vi más posible que antes. Un propósito de vida.

Pero entonces, cuatro días de luz intermitente, de señal casi ausente, de no poder comunicarme con mi abuela, sin saber qué va a pasar, cuánto va a durar, me llenaron de dudas. En las redes sociales encontré más realidades, infinidad de historias que probablemente ustedes ya conocen o vivieron y no voy a ser yo quien se las vuelva a contar. Como les dije, mi objetivo es otro.

A cada extracto que tomé del libro, por considerarlo relevante, le hice una pequeña anotación. Lo que quiero es que lean lo que dice Frankl y ustedes mismos saquen sus propias conclusiones. Es posible que les sirva a encontrar algún sentido, si acaso lo están buscando.

La libertad interior

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino. Y allí siempre había ocasiones para elegir. A diario, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo”.

Encuentro similitudes con todo lo que ha ocurrido en Venezuela durante estos días de oscuridad, en los que nos convertimos en prisioneros de las circunstancias, teniendo así la oportunidad, de conocernos con mayor profundidad.

En el campo de concentración estaba el que intercambiaba un plato de sopa por un cigarro y aquí el que cobra dólares por guardar medicamentos en una cava. Dicen que mientras unos lloran otros venden pañuelos y que todo lo ocurrido responde a las reglas del libre mercado. Todo cierto y sin embargo, el hombre debería saber distinguir en su interior, cuándo es tiempo de secar lágrimas sin ningún tipo de recompensa económica.

Por suerte yo he sido testigo presencial de la mejor parte de la libertad individual (desde mi perspectiva): amigos que se ponen a la orden, personas que han guardado comida gratis, apoyo.

Juguetes del destino

“La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba, era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en absoluto la pena de ser vivida”. 

Confieso que el mayor tormento de todos estos días ha sido no saber cuánto durará la falta de electricidad, de comunicación, de actividad comercial, de trabajo en normalidad. El inventario mental de la comida disponible, de los recursos económicos.

Al igual que el autor, considero que si no llegara a encontrarle un sentido a la experiencia de vivir en este país y precisamente en esta época, entonces habría sido un error no haber emigrado. Serían ciertas las palabras tantas veces escuchadas “estás perdiendo tu juventud”. Hace varios meses que he encontrado el verdadero sentido y lo tengo como escudo contra los días grises. No obstante, en estos días que han parecido de cautiverio, de locura, de fin, he titubeado, más de lo que me gustaría admitir. Por eso busqué el libro. Y también El diario de Ana Frank. Y mis propios escritos en los que me advierto sobre momentos como estos.

Y por eso elijo compartir con ustedes y decirles, que por más caos que se encuentre, hay que asumir la libertad y el derecho de poner la mente en calma, porque solo nuestra mente puede sacarnos de las situaciones más adversas.

Es posible que la situación en sí no tenga ningún sentido, o que en todo caso, por su atrocidad, sea demasiado complejo verlo. No obstante, como individuos podemos encontrarle un sentido en nuestra propia vida.

Análisis de la existencia provisional 

“Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo”. Nietszche

“En última instancia, los responsables del estado de ánimo más íntimo del prisionero no eran tanto las causas psicológicas ya enumeradas, cuanto el resultado de su libre decisión. La observación psicológica de los prisioneros ha demostrado que únicamente los hombres que permitían que se debilitara su sostén moral y espiritual caían víctimas de las influencias degenerativas del campo. (…) El hombre que se dejaba vencer porque no podía ver ninguna meta futura, se ocupaba en pensamientos retrospectivos. En otro contexto hemos hablado ya de la tendencia a mirar al pasado como una forma de contribuir a apaciguar el presente y todos sus horrores, haciéndolo menos real. Pero despojar al presente de su realidad entrañaba ciertos riesgos”. 

Parte de encontrarle sentido a nuestra existencia en este contexto, es conocer su importancia y repercusión en nuestro futuro. De tal manera dejamos de ser simples víctimas y asumimos la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos, con nuestro entorno, con la vida. En la medida que asumimos el presente, podemos realmente ser parte de la construcción del futuro.

La evasión del presente mediante la evocación del pasado, es frecuente entre los ancianos que viven el famoso mito de la edad de oro y se regocijan con los recuerdos de su juventud. Sin embargo, en Venezuela, a diario, personas de todas las edades se pierden en la añoranza de tiempos pasados que, en no pocas ocasiones, solo les han sido contados.

Ocurre algo parecido con venezolanos que se han ido del país y son incapaces de disfrutar los beneficios por los cuales se fueron, por vivir atados a los acontecimientos del lugar que dejaron.

Entre vivir en el pasado y estar en un limbo no parece haber mucha diferencia.

Finalmente:

“El último día que pasamos en el campo fue como un anticipo de la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado de la Cruz Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y que no se iba a evacuar el campo; sin embargo, aquella noche llegaron los camiones de las SS trayendo orden de despejar el campo”.

Con todos los acontecimientos de los últimos días es probable que muchos de nosotros hayamos pensado que contamos los pollitos antes de nacer, que nuestra alegría, con respecto a lo que está por venir, fue anticipada.

Pero ahora, al igual que hace solo unas semanas, nos hará mucho mejor creer que, definitivamente, vamos a salir en libertad.

 

 

 

 

 

 

Dulces son los frutos de la adversidad

“Dulces son los frutos de la adversidad”

Este es el nombre de la conferencia Ted que me hizo entender la necesidad de ponerle disciplina a mi pasión por la escritura. La ponente, Karla Souza, una brillante actriz actualmente, afirma que para lograr la excelencia de un talento, es necesario acumular por lo menos diez mil horas de esfuerzo continuo en perfeccionarlo. Gracias a esto nacieron los martes del Sari.

Escribir es algo que me gusta desde que era un crío. Y escribía, claro. Pero mi aspiración era escribir bien y luego mejor… Y luego excelente. Así que para ello debía establecer mayor compromiso. Ahora comparo los escritos recientes del blog con los más viejos y puedo notar que fue acertado seguir el consejo. Pero para hacerlo todo más evidente, hace un par de días me reencontré con un cuaderno en el que escribía diez años atrás. Veo mis faltas ortográficas y lo rudimentaria que era mi escritura entonces y puedo afirmar, al igual que Karla, que <<el que te guste algo es solo el comienzo>>.

Les comparto el primer poema que escribí la primera vez que estuve realmente enamorada. Ni este poema ni nada de lo que le escribí a ella, están en mi blog, de manera que esto también representa una evolución. Entonces, hablar de mi vida privada me parecía el fruto más amargo e incluso venenoso. Poco a poco y con mucho esfuerzo he llegado al estado de libertad en el que ustedes me conocen hoy.

Con mucho amor les presento este escrito y otro pedacito de mi vida:

Árbol de navidad

Quiero escribirte algo loco, loco, loco, tan loco que refleje mi personalidad, para que me veas pasear entre el montón de letras, saludándote desde un vagón como el de las montañas rusas. Quiero decirte algo bello, muy bello, tan bello que para adorarme no te quede ni una excusa. Quiero besarte tan fuerte, quiero acariciar tu piel, que nos tomemos las manos y sientas que te soy fiel. Yo quiero robarte un beso de manera inesperada y saborear la boquita que a ti me tiene amarrada. Quiero decirte mil cosas en una sola palabra. Quiero tenerte conmigo en un solo abracadabra.

Y es que eres magia en mi vida, mi princesita de encantos, con tu carita bonita me curas de males tantos. Quiero navegar contigo, juntas por los siete mares, quiero que conmigo olvides a tus antiguos pesares. Quiero una cena romántica, justo a la orilla del mar para hacerte descubrir lo bonito que es amar. Quiero volar junto a ti en un globo, sobre un río, una ciudad, tu la eliges: Roma, Paris, Caracas o Pakistan y que allá arriba brindemos con copitas y champan. Quiero bucear contigo, descubrir el océano, su profundidad: tú serás la reina ahí dentro, yo amaré a su majestad.

Quiero saborear contigo los sabores de la vida, aunque ninguno supere el sabor de tu boquilla. Quiero que olamos, mi vida, los perfumes mas bellos, aunque yo ya lo encontré cuando me acerqué a tu cuello.

Quiero besarme contigo en los jardines de rosas, ya sé que entre todas ellas tu serás la mas hermosa.

Quiero que vivamos juntas las estaciones del año para que siga creciendo este amor que en mí es antaño. Y si el invierno es un infierno, hazlo mejor para mi, en otoño hazte un mono que me gusta mucho en ti. Y ahora ponte un traje de baño que llegó la primavera y eso solo significa que el verano nos espera. También conmigo te quiero en las fechas importantes, eso quizás nos promueva momentos mas excitantes.

Y si hablamos de diciembre, tu me recuerdas al árbol de navidad, porque con solo mirarte siento la felicidad. Pero si hablamos de fechas, a mí solo me importan las nuestras, momentos que me recuerdan el inicio del mundo que compartimos tú y yo.

Yo quiero rumbear contigo: una noche de discoteca, con un vaso en una mano y en la otra una chupeta. Bailando toda la noche, muchas canciones enteras, con un beso que disfrutes como el de la vez primera.

Quiero subir una montaña y mirarte desde arriba, luego bajaré corriendo y te me lanzaré encima. Y ya que estamos imaginativas y con la mente podemos volar, vamos a montarnos en un paracaídas y comenzamos a bajar. Nos tomamos de las manos y sin soltarnos jamas.

Es que volamos tan alto que me cansé de volar, vámonos pa la playita que lo quiero es surfear: tú y yo en la misma tabla dispuestas a dominar, abre los brazos mi vida, siente la brisa pasar.

Ya con todo lo que hemos hecho deberíamos descansar… y no sé si estas de acuerdo, pero qué mejor lugar que la orilla de la playa viendo las olas llegar, con tu cocacola fría y mi cerveza polar.

El lunar de tu mentón

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Llegué a creer tener la certeza de que tu risa era inconfundible. Más que tu risa… la textura de la piel de tus talones, las grietitas de tus codos, el relieve de tus rodillas, el calor de tus manos.

Pude confiar ciegamente en mi capacidad para percibir tu aroma en cualquier circunstancia, como el perro Argos a su amo Ulises. Juré que de besos no me confundiría ni siquiera estando vendada, que a ti te podía ser fiel de cualquier manera.

Incluso me había tomado la tarea de calcular las distintas velocidades de tu respiración, de medir la altura a la que es capaz de llegar tu vientre cuando se inunda de oxígeno y de observar el vacío que queda cuando te deshaces del aire. Me acerqué a tu pecho para grabarme en el alma el sonido de vida que emite tu corazón y bajé a tu abdomen para escuchar la actividad gástrica de tu cuerpo.

Conozco tus cicatrices, todas. Las que tienes y las que te faltan. Te falta la marca en el brazo derecho de la vacuna contra la tuberculosis. Tienes los rastros de dos operaciones.

Mi mirada se ha paseado sobre ti de ida y de regreso. Y otra vez. He intentado llevar cuenta de todos tus lunares. Tu cuerpo es la palma de mi mano. Mis manos se sienten en casa solo cuando se posan en tu piel. Pero ya ves, mis ojos que no paran de observarte, ahora sienten que han fallado.

Si no fuera por las fotos que lo evidencian, juraría por mi vida que nació apenas esta mañana, que ni siquiera existe, que lo pusiste ahí, antes de verme para hacerme caer en una trampa.

Quizá jugó en mi contra la falta de verificación. Me confié. Por eso la academia hace uso del examen, para corroborar el conocimiento. Yo en ningún momento lo intenté.

¿En qué habría consistido una prueba? ¿En comparar sensaciones?

¿Quién querría saborear otra boca después de haber besado la tuya?

Cada segundo contigo ha sido valioso al extremo de que nunca he desperdiciado un instante, ni por accidente, en mirar otras piernas.

Yo podría llevar a juicio mis razones y cualquier jurado, al ver tus ojos, comprendería de buena gana mi falta de cuidado. Que por otro lado, si se piensa bien, cabe la duda: ¿fui yo que no lo vi o él que se escondió? Ahora que sé que está me doy cuenta de que vive ligeramente encubierto, como puesto a un lado, tímido… ¿o travieso? no lo logro descifrar.

Posiblemente es eso, juega. Juega conmigo. Lo había estado haciendo imperceptible y yo, afanada en no perder ningún detalle perdí uno tan importante. No hay excusa. No hablo de tus huellas dactilares… hablo de un lugar de tu cara, del lugar más cercano a tu boca. Hablo nada más y nada menos que del lunar de tu mentón.

Quizá sí lo había visto antes pero se borró de mis recuerdos. Porque a veces pasa que cuando te vuelvo a ver me reinicio.

Elogio del operario

elogio

Con los piropos de los obreros ocurre lo mismo que con los graffiti: mientras que algunos los consideran meros actos de vandalismo, otros, como yo, los catalogamos como verdaderas obras de arte.

Sus autores, personajes típicos de las construcciones urbanas, han sido tildados por su elocuencia, de grotescos y vulgares, cuando la realidad es que no son otra cosa que incomprendidos poetas callejeros. Tal es la opinión que me he formado tras no pocos años de observación.

Mi más reciente descubrimiento, producto de mis andanzas en patines por Caracas, es que la imaginación de los obreros no se queda estancada en el plástico del casco que a regañadientes usan, sino que puede traspasarlo y volar lejos de las típicas composiciones que comparten comúnmente.

Son creativos, es lo que quiero decir. Basta referir que a mis patines le han dado el rango de carruaje y han tenido la osadía de solicitar, en un sinfín de ocasiones, que los lleve conmigo dondequiera que yo vaya. Son atrevidos estos caballeros, no cabe duda, al punto de que cualquiera cambiaría el adjetivo que acabo de usar por uno más adecuado, desde su punto de vista, como sería “maleducados”. 

Sin embargo, mi impresión es otra. Yo misma he sido testigo de que son dueños de corazones puros, los he escuchado incluso temer por mi vida, son valientes, no callan sus miedos, los expresan: mami, cuidao’ te me matas.  

¿Cómo podría molestarme algo así? Todo lo contrario, jamás me he sentido ofendida con los halagos de calle. Para ser más honesta todavía, admitiré que muchas veces me causan gracia y hasta alegría. Me hacen sonreír. Y considerando que basta una sonrisa para darle al ritmo del día un giro de 360 grados, volviéndolo colorido, estaría muy mal de mi parte pagarles el favor con frases de censura.

Hablando con justicia es mayor el bien que el mal que hacen.

Estos sujetos son capaces de comparar a toda hembra con el más bello ser celestial y consiguen asignar a cualquier humilde plebeya los más altos títulos nobiliarios: Mi reina tú sí estás rica.

Pregonan la belleza femenina, sin importar condición social, raza y mucho menos contextura. Tienen como filosofía que toda mujer es hermosa por el simple hecho de serlo. ¿Cuántos de nosotros podríamos presumir un espíritu tan elevado? 

La verdad es que en las palabras de los operarios encontramos arte verdadero, el germen de la poesía universal. Para comprobar lo que digo basta leer “Tanto gentile e tanto onesta pare”, uno de mis poemas preferidos, escrito nada más y nada menos que por Dante Alighieri, il padre della lingua italiana. Dice:

 

Ella si va, sentendosi laudare,

benignamente d’umilta’ vestuta;

e par che sia una cosa venuta

da cielo in terra a miracol mostrare.

Que en español lo han traducido como:

Rauda se aleja oyéndose ensalzada

-humildad que la viste y que la escuda-,

y es a la tierra cual celeste ayuda

en humano prodigio transformada.

Encuentro una gran semejanza entre las últimas dos líneas aquí traídas y algunas que he escuchado por las calles de Caracas:

¿Mami, te dolió cuando te caíste?

porque pareces un ángel,

mi amor.

Tal vez si Dante hubiera tenido una gota de la valentía de la que gozan los obreros venezolanos, su pasión por Beatrice habría llegado a feliz término. Por lo demás, de sus letras podemos entender que ganas no le faltaban y que el núcleo del sentimiento expresado -en ambos casos- es el mismo.

Los obreros son osados, sí, lo son, pero peligrosos, no lo creo. Es suficiente enfrentarlos para saber. Prueben acercarse a ellos -luego de que hayan soltado alguno de sus versos-, fingiendo necesitar una dirección. Verán caras de desconcierto, infantiles, asustados, buscando con la mirada al resto de sus compañeros de trabajo, intentando hablar de forma educada para responder con diligencia. Yo lo he hecho ya, más por diversión que por necesidad de comprobar mi hipótesis. Y también he realizado un pequeño poema para ellos, simple, como sus halagos:

Los obreros son poetas urbanos

Decoran y entusiasman el ambiente

Hacen arte, no solo con las manos

también con las palabras, entre sonrisas y mujeres,

consiguen construir puentes.

Si a los caballos regalados no les miramos los dientes

¿Por qué con los elogios reaccionamos diferente?

La prueba de agua

Poco a poco me iba enterando de lo que estaba ocurriendo.

Apenas dos minutos antes flotaba -en sentido literal y figurado- contemplando el azul del cielo, inmersa en la suavidad del mar. Pero escuché gritos de la orilla que decían que debíamos regresar. Daniela, a mi lado, parecía nerviosa; me di cuenta de que estábamos en un lugar donde no debíamos.

Llegamos ahí llevadas por la corriente, sin apenas notarlo. Intentamos nadar pero se hacía difícil: el agua se había vuelto rebelde, las olas, en vez de ayudar a avanzar, nos halaban hacia atrás.

A lo lejos, en una especie de muelle, veía a mamá en posición de meditación y deseé que permaneciera así por mucho tiempo, que no se diera cuenta de nada de lo que pasaba.

Desde lo alto de las piedras, los pescadores gritaban cosas, pero yo no descifraba las palabras mezcladas entre sus voces; sus imágenes también me resultaban confusas. Daniela, en cambio, parecía comunicarse con ellos, al menos les respondía como si así fuera.

Entendí que mi hermana estaba queriendo entrar al mar a buscarme pero alguien se lo impedía. Que la playa estaba quedando sola, que la distancia con la orilla era suficiente como para que, en una situación crítica, no diera tiempo de hacer nada y que si la corriente nos seguía llevando hacia aquella roca gigante, la fuerza abrumadora del agua podía aplastarnos como hacía con las olas que reventaban en su superficie. 

-”NECESITAMOS UN SALVAVIDAS”, grité hacia la orilla a quien pudiera escuchar… sin embargo, los rastros de una posible ayuda permanecían ausentes. 

Siempre he sabido que en el mar el cansancio es un terrible enemigo. Y Daniela estaba cansada. El peligro entonces se hizo real, supe que en adelante las cosas no dependerían de lo bien que pudiéramos nadar.  Gastar la energía que nos quedaba luchando contra una corriente tan imponente, era un terrible plan.

Con mucha calma le pedí que se concentrara en relajarse, en dejar que su cuerpo flotara, haciendo el mínimo esfuerzo. Recuperaríamos así el aliento y procuraríamos estar vivas para el momento en que llegara la ayuda. En algún momento tenía que llegar.

Pero la orilla parecía más sola que antes, incluso mamá había desaparecido. La escena, para mí, se volvió estática, todo a mi alrededor perdió movimiento y sonido.

“¿Me voy a morir?” pensé incrédula. Parecía irreal estar tan cerca de la muerte.

Pero una voz masculina me volvió a la realidad. <<¿Quién de las dos no sabe nadar?>> “Ella está más cansada que yo, ayúdala”, respondí a su pregunta. 

Me indicó que me alejara de la roca. Y nadando debajo del agua logré vencer con mayor facilidad a la corriente, pero cuando salí a la superficie noté que el rescatista y Daniela seguían atrás.

Claro, sin un salvavidas era muy difícil ayudar, sin embargo, su presencia me parecía muchísimo mejor que nada.

-“No me dejes sola, por favor” le escuche decir con miedo en los ojos.

-“No lo hare, aquí me quedo, vamos a estar bien, te lo prometo”.

Y sin ninguna otra forma de mejorar el tiempo de espera, me tomé el inoportuno atrevimiento de hacer una broma con referencia a una escena de la película “Titanic”, con acento mexicano, para hacer todo peor: <<No cabes en mi tablita, pinche Jack>> y conseguí el impensable resultado de hacerla sonreír.

De pronto se hizo el milagro. Apareció ante nosotras una tabla de verdad, lo suficientemente grande como para sostenernos a las dos.  Era una tabla de surf guiada por un muchacho de ojos verdes. <<Agárrense bien y aléjense de la roca>>, nos ordenó. Y siguiendo sus instrucciones pataleamos hacia la orilla, hasta que por fin logramos salir.

Los minutos que duró el rescate bastaron para que la playa se llenara de gente. Los pescadores estaban ahí, contando su propia versión de los hechos. Por todos lados apareció alguien haciendo preguntas, diciendo impresiones, contando experiencias, dando consejos, soltando reproches.

Mi madre esperaba por nosotras: ella había buscado a los surfistas en el otro extremo de la playa, luego de escuchar decir a unos pescadores que había unas muchachas ahogándose. Corrió tan fuerte de regreso que llegó al mismo tiempo que el carro de los rescatistas.  

Mamá no hizo ningún comentario fuera de lugar sobre la necesidad de tener más cuidado o cosas de ese tipo. Solo dijo: “Ahora haz un Sari con esto”. Y yo no soy propensa a seguir sugerencias directas sobre el tema de mis escritos, pero en este caso, teniendo en cuenta que la petición llegó de la persona que me salvó la vida, puedo hacer una merecida excepción.

Por otro lado, no deja de parecerme interesante la relación de los hechos de la tarde con las primeras palabras que escribí durante la mañana. Era un mensaje para Daniela que decía: “Quiero estar contigo hoy y mañana. Y que conmigo nunca te sientas sola. Nunca lo vas a estar”.

Pocas horas después, la fuerza del agua ponía a prueba mis palabras. Y otra vez, como siempre, las honré: me quedé, estuve.

 

Estamos cerca

Mientras suena el mar, veo como mi entorno se va llenando de tus huellas

¿Talla 25?

Van en todas las direcciones, les pierdo el rastro. Se forman rápido hacia el agua, se detienen y ahora hacia atrás. Corres, vas en círculos. Juegas.

Junto a ti estoy yo: me he sentado a buscarte.

¿Cuántas veces al abrir los ojos pudiste observar el mismo horizonte que me sirve a mí ahora de paisaje? Interrogo al mar, rastreo algún mensaje. Una botella lanzada por ti a los 7 años, diciendo en papel con letras de crayón <<Estamos cerca>>.

Estamos cerca: el caracol de la sala de mi abuela grabó tus palabras y me las repetía cada vez que lo ponía en mis oídos para escuchar la playa. Entonces no podía comprender por completo su lenguaje, ahora en cambio reconozco con facilidad tu aliento en su sonido profundo, incansable.

Los viajes en el tiempo no requieren pasaportes ni vacunas ni visas y nos muestran un espacio en el que podemos ir de un lado a otro en el momento que queramos.

Así es como, en el mismo instante, hemos logrado estar tú – jugando, aun sin conocerme- y yo -mirando el infinito, recogiendo tus señales en las rocas o en la arena o en las palmeras de coco.

Me hundo en el mar, quiero empaparme con el brillo de tus ojos ¿cómo es que ahora no te encuentro? el día se ha vuelto gris tan de repente y ahora las olas nada me dicen. La lluvia me aleja de ti y me da miedo. Pero ese miedo es tuyo, a mí la lluvia nada me debe.¿Esta es también una señal? la reconozco: estamos cerca.

En el agua estoy y me muevo con cuidado, con respeto, como si fuera la casa que te vio crecer, la de tu abuela.

Cesa la lluvia, la nubes se alejan. El sol por fin me permite ver: he encontrado el parentesco, es evidente. Llevas el mar en tu ADN.

Lo noto en tu manera de ir, de estar. Tienes la marea en las venas, lo siento en el oleaje de tu cuerpo sobre el mío, en la fuerza con la que me abrazas y me inundas. Lo siento en el sabor de mi boca luego de besar la tuya y en el aire que me llena los pulmones cuando te respiro cerca.

En la sonrisa que me amanece en la cara con solo verte a lo lejos, en las ganas que me dan de construir un mundo, como los que hacía en la arena.

El mar que ha sido siempre mi paisaje preferido, me ha traído esta vez tu imagen entre las corrientes. Me ha mostrado tu raíz, tu infancia, tu primer contacto con el mundo, en la misma costa donde conocí la playa.

Es un hecho: antes de conocerte ya te veía.

Y mi sueño de estar siempre en un lugar cercano al mar, se me cumple todas las veces que me agarras de la mano.

Construí un barquito de papel y lo dejé a tu espera. Con fe de que lo encontrarías en una de tus caminatas por la orilla.

Y así fue, estoy segura.

Por eso cuando te di aquel barquito de origami el día que nos conocimos, supiste que la botella había entregado su mensaje. Y era cierto: siempre estuvimos cerca. Ahora, por fin, nos hemos encontrado.

Gracias tiempo, gracias mar, gracias vida… porque estamos cerca.

26

rain dropLas semanas previas al 26 de agosto del año 2017, Caracas había comenzado paulatinamente a perder su aroma. Cada vez era más difícil disfrutar de su característico olor a tierra mojada, o deleitarse la imaginación con la brisa del pan recién horneado en las mañanas.

Pero peor que eso fue caer en cuenta de que también se estaba quedando sin colores; estos perdían vida con una rapidez inexplicable.

Tenía la impresión de moverme bajo un cielo blanco, entre calles grises y de estar rodeada de árboles negros. Además, como si lo dicho fuera poca cosa, la comida, qué insípida resultaba. Era como si los suelos hubieran dejado de aportar nutrientes y todos los cocineros se hubiesen puesto de acuerdo en dejar los alimentos sin sal, sin azúcar, sin condimento alguno.

Yo hacía buen juego con la ciudad: triste, incolora y en la mirada se me veía la desesperación de los animales que se saben prontos a la muerte. Puede que fuera posible adivinar el insoportable nudo que me comprimía el estómago, anticipando el fin, con solo tenerme en frente.

Mientras ese fin no llegaba, el mundo se esmeraba en ser desesperadamente aburrido y lento. Cada día competía con el anterior por la categoría de “peor día del año”.

Hasta que, finalmente, la profecía auto-cumplida se verificó. Llegó el día ganador, el peor del año, fatídico, el último: el veintiséis de agosto.

Y con su llegada, cosa curiosa, se suprimieron gris y blanco y quedó solo negro. Todo se volvió oscuro, tenebroso.

No se puede ver nada en esas circunstancias, solo es posible sentir. Tristeza, miedo. Llanto.

Alguien le quitó el oxígeno a nuestra relación en coma. ¿Yo la quería seguir teniendo así? Cómo saberlo. Pero era lo más fácil. Por más que buscaba no terminaba de encontrar el valor suficiente para dejarla ir, para autorizar su partida.

Para eso recibí tu ayuda. Esa clase de ayuda que al momento no se sabe agradecer y te preguntas por qué lo hizo, cómo pudo.

Comencé a detestar la fecha. Cada veintiséis nos separaba otro mes y yo ya veía con malos ojos el número.

Así como para los pitagóricos, las cifras para mí siempre han tenido un significado simbólico. Hay dígitos que me gustan mucho y otros que no tanto… pero a éste, al veintiséis, lo detestaba. Se convirtió en mi enemigo acérrimo.

Lo que yo habría dado por poder saltar, por ejemplo de martes 25 a jueves 27… habría sido maravilloso.

No podía hacerlo. En cambio, cada mes a alguien se le ocurría preguntar “¿qué día es hoy?” Y yo respondía “miércoles”. Entonces insistían “pero, ¿qué fecha?” – Veintiséis, decía, disimulando mi molestia absurda con una sonrisa mal elaborada.

Qué bueno que exista el llanto. No era necesario salir a buscarlo con la esperanza de sanar, no. Cualquier canción, sin importar su género, era capaz de exprimirme como una naranja de jugo. La alusión a una serie que te gustara, una película cómica, la multitud de faros en tráfico en las noches. Mil detonantes de recuerdos por metro cuadrado. No, esas calles no las caminé contigo pero ¿Cuántas veces pensé en ti, mientras las andaba?

Claro que sirvió llorar. Si yo pudiera le tendría un altar al llanto, es de lo más útil que hay.

A mí me iba limpiando, con muchísima cautela, la mancha negra que había caído sobre mi entorno. De forma casi desapercibida, con la paciencia y el poder que solo tienen las gotas de agua capaces de moldear montañas.

Una tarde, vi interrumpido el negro cielo, por el rojo vivo de las alas de una guacamaya. La reconocí de inmediato.  Había perdido la cuenta de cuánto tiempo tenía sin ver esos animales. Seguro estaban cerca de mí, pasando desapercibidas. Sin color, podían ser lo mismo una guacharaca que un buitre.

Con los días me desperté contenta porque alguien estaba haciendo café muy temprano y ese olor me fascina desde niña. Ya por la tarde encontré sabor en la cena y comencé a sentir que estaba regresando a alguna parte.

Poco a poco aparecieron nuevos colores. Incluso, me atrevo a decir, que con mayor intensidad que antes. El verde… Dios, cuántas tonalidades existen. Y el cielo volvía a ser azul, pero el azul ahora era mucho más hermoso.

Me encontré descubriendo nuevamente el mundo, con espíritu infantil. Explorando con los cinco sentidos. A esto se refería Heráclito cuando decía que no se puede disfrutar de la salud sin conocer la enfermedad.

No fue tan malo lo que nos pasó, me he dado cuenta.

Días atrás, estaba cantando, a todo pulmón, “Cheque al portamor” de Melendi y en una frase de la canción lo entendí todo: Aunque pensándolo bien ¿Cuál habría sido nuestro futuro? Esto, solo esto. El resto de la letra no nos queda. Pero esta partecita me hizo comprender que tú tenías razón, que no tenían sentido mis ganas de prolongar nuestro viaje. Que fue verdad lo que dijiste, tú y yo no nos conocíamos tanto.

Nos hiciste un favor desconectando.

Comencé a preguntarme si esa fecha, el veintiséis, merecía tantos malos tratos de mi parte.

¿Y si, contrario a lo que yo pensaba, no era un mal augurio sino símbolo de buena fortuna? Y si no había traído mala suerte a mi vida sino lo contrario.

La vida tiene esos atajos que a veces cuesta tanto entender, y vamos por ellos solo porque no nos queda opción, para luego darnos cuenta, al llegar al sitio, que no había mejor manera.

¿Son obsequios? Cómo saberlo. Pero, sin duda, hay señales que llegan más claras que otras.

Conocí a alguien. Van varias semanas que salimos. Me dijo que desde hace tiempo quería saber mi nombre pero no se atrevía a hablarme. En una de nuestras conversaciones me preguntó qué día cumplo años.

– El 15 de febrero, respondí. – Y tú?

– El 26 de agosto.

Interpretaciones

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Llega un cliente a la oficina de un abogado buscando solución a su problema. El jurista escucha con muchísima atención y, al final de todo el cuento, le dice: – Señor, le tengo una buena y una mala noticia ¿cuál quiere primero? – la buena, por favor, se escucha como respuesta. – Pues bien ¿ve todos estos libros que hay en mi biblioteca?

– Sí, claro. Son muchos.

– Perfecto. La buena noticia es que en la mitad de ellos, se le da la razón a usted.

– Qué maravilla! -responde el entusiasmado cliente. Y luego agrega: – Pero… ¿cuál es la mala noticia?

– Verá, responde el profesional del Derecho, la mala noticia es que, la otra mitad de los libros, se la quita.

Este es uno de tantos “chistes malos” que se escuchan entre abogados. Es malo, sí, puesto que no genera ni un gramo de risa; de lo que no estoy segura es de lo acertado que resulte llamarlo chiste. Yo diría más bien que es un cuento corto con moraleja para el que tenga el ánimo de ponerse a echarle cabeza.

Hace unos días me atacó una ráfaga de nostalgia tan tenaz que no pude resistir la tentación de invitar a mi hermana a jugar “Tarzán” en un viejo PlayStation que guardamos desde hace una cantidad incalculable de años. Ella aceptó mi propuesta encantada.

Digo con honestidad que no me cabía la emoción en el cuerpo y es que no podía ser de otra manera; ese videojuego fue parte esencial de mi infancia. Desde el segundo en que comenzaron las imágenes y los sonidos del niño simio, comencé a sentir cómo la adrenalina me corría por la sangre mientras arrojaba peras a los mapaches que obstaculizaban mi andar.

De forma inconsciente comencé a temer la llegada del llamado interruptor de mi madre indicándome que tenía que comer o bañarme. Pero lo que llegó fue un comentario de mi hermana que detuvo abruptamente el viaje de mi máquina del tiempo y me trajo de vuelta al presente. “Qué mal que Tarzán mate a los animalitos”. Stop.

– Hay un dibujo de Banksy que me gusta mucho en el que un policía sostiene un honguito con su mano izquierda y con la derecha señala a Mario indicándole que no debe infligirles daño, comenté. 

– Sí, lo he visto – respondió mi hermana- pero creí que el diseño quería mostrar, a modo de protesta, una escena en la que un oficial confisca a Mario sus alucinógenos.

– Bueno, esa podría ser también la explicación, comenté. Y no dije nada más al respecto, pero comencé a pensar en el mágico mundo de las interpretaciones.

Como ya tenía esta idea en la cabeza, quise hacer un experimento. Al día siguiente, vi un tweet que decía: ¿Realmente crees que alguien te va a querer así? Seguido de un vídeo en el que un perro reclamaba, con muchísima insistencia, la atención de su dueño, quien hacía el mayor esfuerzo por mantener una conversación con algún amigo.

El animal lo veía, se acercaba, lo tocaba con las patas, hasta que, finalmente se acostó sobre el hombre para que éste no pudiera hacer más que notar su presencia. Entonces el dueño, sin poder resistir, lo abrazó con infinito cariño.

A mí el vídeo me causó risa, puesto que entendí, por el copy, que se trataba de una pregunta sarcástica, en la que se inquiría la posibilidad real de que una persona extremadamente intensa y demandante de afecto pueda encontrar el amor. Mentalmente completé la frase “crees que alguien te va a querer así” con un “así de fastidiosa como eres”.

Consideré que era un material interesante y lo compartí de forma privada con dos personas. Ambas respondieron el mensaje con risas y señales de ternura. Pero entonces, yendo un poco más lejos, les pregunté su opinión con respecto a lo que acababan de ver, con el fin de saber si ellas habían entendido exactamente lo mismo que yo.

Las respuestas me confirmaron que, lo que a mí me pareció tan obvio, no lo era tanto.

La primera interpretación que recibí entendía que la interrogante “¿crees que alguien te va a querer así?” tenía un trasfondo romántico, que hacía referencia a la meta de encontrar una pareja que te quiera tan bonito como el hombre del vídeo quiere a su perro.

La segunda interpretación tenía una connotación pro fauna, con fuerte simpatía por la fidelidad canina. Según su autora, la pregunta “¿crees que alguien te va a querer así?” se refiere, obviamente, a la imposibilidad de que un ser humano te ame con tanto fervor como lo haría tu perro.

¿Alguien podría decir que alguna de las interpretaciones es errada o que una es más válida que otra? No lo creo. En mi opinión, las tres tienen muchísimo sentido. Y, sin embargo, al comienzo, cada quien dio por sentada una única explicación.

La semana pasada, en el primer recital de poesía al que he sido invitada, decidí contarle a mi público la historia detrás de cada poema o relato que iba diciendo. Para el segundo recital, por el contrario, elegí reservarme los motivos que me llevaron a escribir cada cosa. Pensé, esta vez, que no debía limitar las posibles interpretaciones de mis lectores.

Cada imagen, cada palabra, cada poesía puede ser una y un millón de cosas al mismo tiempo. Por eso es bello escuchar y leer, porque encontramos muchas nuevas opiniones, porque entendemos que sería absurdo que la nuestra fuera la única, y aceptamos que la validez del pensamiento ajeno, no elimina la del nuestro, por el contrario, lo alimenta y nos educa: dejamos de asumir y comenzamos a indagar. ¿Qué es lo que el otro tiene que decir? Y luego ¿Qué es lo que realmente quiere decir? Si para mí no tiene razón ¿la tiene acaso para alguien más?

En la búsqueda de una respuesta encontraremos que, de una totalidad de cien libros, cincuenta nos darán apoyo y otros cincuenta nos lo quitarán. Pero lo verdaderamente interesante es que en todos ellos hallaremos una motivación distinta.

Y como conclusión tendremos que lo obvio no es tan obvio y el sentido común, no es tan común como parece. 

Nunca olvides que te quiero

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Hay amores que llegan de prisa y se van rápidamente. No necesitan ni de años ni de meses, resuelven las cosas con semanas o incluso días. Y, en situaciones extremas, se las arreglan con un par de horas para cambiar una vida por completo.

Esto lo aprendí muy joven, gracias a Fernando, mi abuelo, a quien perdí demasiado temprano, pero que, con poquísimo tiempo, logró hacerse inolvidable.

Me enseñó también a creer en el amor a primera vista ¿Cómo no hacerlo si lo quise desde el primer momento? Además, cada vez que pensaba que no podía quererlo más, él expandía mi capacidad de amar en un nuevo encuentro.

Conocía demasiados trucos para atrapar cuantos corazones encontrara a su paso. Su sentido del humor era infalible. Tuve siempre la impresión de que llegar a la luna era una misión ligera comparada con la imposibilidad de permanecer inmune a su sonrisa encantadora.

Siempre estaba muy bien preparado para librar las batallas que lo hicieran quedarse con el puesto de abuelo favorito. Se valía de ofertas ultra secretas para ir a comer helados, de escapadas a McDonald’s e incontables atenciones que convertían cualquier lunes en el mejor día de la semana. 

Negaba hasta el fin las prohibiciones del médico con respecto al azúcar, se saltaba el tratamiento para alargar los viajes a la playa y hacer más efectivas las lecciones de pesca. Dedicaba su tiempo, por completo, a hacernos felices.

También yo quise tener un bonito detalle con él y no me pareció para nada exagerado ofrecerle uno de mis riñones, al enterarme de que lo necesitaba. Recuerdo cómo se limpiaba las lágrimas con sus manos gorditas, al escuchar mi propuesta. Nunca entendí el motivo de tanta sorpresa, ya se había quedado con mi corazón entero, que tuviera ahora otro órgano de mi cuerpo no marcaba demasiada diferencia.

Me dijo que mis riñones eran muy pequeños para él y que por eso no los podía tomar prestados. Pero me consoló con la promesa de que encontraría el riñón de un malandro y que se convertiría en el abuelo más fuerte, con más vidas que siete gatos.

Y con sus palabras nacieron nuevos planes. Mis hermanos y yo, acuarianos por herencia astrológica del abuelo, nos pusimos en acción imaginando el futuro:

Estuvimos todos de acuerdo en que habría que hacerle un cambio en el cabello para que su imagen fuera acorde con la motocicleta que se compraría luego del transplante. Lo mejor sería cambiar el blanco de sus canas por colores vivos como azul y rosado. Y, por supuesto, le compraríamos una chaqueta de cuero negro.

Además le haríamos una cresta igual a la de mi caballo. El caballo que él mismo me regaló cuando le dije que soñaba con tener uno de esos animales. No llegué a conocerlo jamás, aún así, era mío y todavía hoy la canción del Rucio Moro me hace pensar en mi fiel caballo blanco que me esperaba impaciente en alguna sabana del estado Monagas.

Me sigue dando gusto saber que tuve un caballo del color del cabello de mi abuelo.

Es que su cabello era particular, se le podía reconocer a cien metros de distancia. Una vez lo divisé llegando a su oficina con una hamburguesa en las manos, iba entrando al ascensor cuando lo atrapé. Yo había ido precisamente a llevarle comida sana. Al verse descubierto en medio de una travesura, argumentó que la hamburguesa era para “media res”, su secretaria, que estaba un poco pasada de peso. 

Supongo que fue por esa costumbre suya de hacer bromas constantemente que me costó tanto creer que su funeral no era otro chiste más. Mi abuelo estaba loco, la posibilidad existía.

Ese fue el motivo principal de que no me quisiera separar de él en ningún momento; esperaba que en cualquier instante me hiciera un gesto de complicidad, dejándome entender que estaba satisfecho porque todos creyeron que de verdad se había muerto.

Quería decirle que estaba ahí, con él, que no lo dejaría solo. Y que no me molestaría por la desmesura de su juego. Solo quería saber que estaba vivo.

Lo miraba mientras le daba golpecitos al vidrio que lo cubría. Con los nudillos de mi mano derecha repetía los toques que usábamos para llamar a las puertas: tres rápidos y luego otro más. Él tenía que responder “¿Santo y seña?” pero no lo hizo jamás.

De la noche a la mañana dejé de tenerlo.

La noche antes de su muerte le escuché decir “por favor, nunca olvides que te quiero” y a la mañana siguiente solo oí “murió Fernando”.

Sobre esa frase suya se dijeron tantas cosas… dijeron que tal vez él había presentido todo, que sus palabras eran una despedida. Especulaciones sin fundamento. Yo conocí muy bien a mi abuelo como para saber que él no tenía ni la más remota idea de que esa noche moriría. Ese hombre se creía inmortal.

Lo que dijo, lo dijo porque, si había algo que sabía hacer era querer. Todo el amor que sentía lo entregaba en el momento, no esperaba la próxima ocasión.

Y esta fue su enseñanza de último momento: hay que decir “te quiero” mientras se quiera y no por temor al futuro sino por amor al presente.

Llevó años dejar de esperar que tocara a la puerta nuevamente, sonreído, diciendo que su desaparición había sido una broma. Ahora solo confío genuinamente en la posibilidad de volver a verlo algún día en las sabanas del cielo junto a mi caballo blanco.

Pero si eso no fuera posible, abuelo, te pido que, por favor, nunca olvides que te quiero.

CUENTABESOS

Para hacer más evidente la injusticia del castigo que acababa de recibir, me quité el suéter, lo doblé para que sirviera como almohada y me acosté solitaria e indefensa en el piso del salón, en una esquina destinada a los niños insurrectos.

Sin embargo, el drama de mi actuación no consiguió captar la atención de ningún espectador. A la maestra le resultó igual que yo usara un pupitre o el mismísimo piso durante el tiempo que durara mi castigo.

En el momento en que empecé a resignarme a la idea de que a nadie le importaba mi tragedia, pude notar que no estaba sola en la isla del olvido, me acompañaba un niñito tímido con el que nunca había intercambiado palabra alguna. Tal vez por la costumbre innecesaria de separar los cuartos de juegos para niños y niñas o simplemente porque él no era particularmente conversador.

“Así que no eres tan bueno como pareces”, pensé. Y reconociéndolo como semejante lo invité a compartir almohada conmigo.

Me hizo caso. Puso su cuerpo junto al mío y nos miramos a la distancia en que se mira en una almohada compartida. Me quedé observándolo: jamás había visto unos ojos tan hermosos. El reflejo de la luz les dibujaba estrellas sobre un intenso negro; parecían portales hacia el universo entero. Desde ese momento, su mirada se convirtió en mi lugar preferido.

He escuchado hablar de una leyenda japonesa según la cual, las personas destinadas a estar juntas, están unidas por un hilo rojo que jamás se rompe. Y no deja de parecerme curioso el hecho de que los hilos con los que estaba tejido mi suéter-almohada, eran de ese color, precisamente. No me extrañaría que esos hilos hayan sido los responsables de que nuestros mundos se unieran así, tan de repente.

Recuerdo poco sobre aquel día. Además de los hechos que he narrado, puedo estar segura únicamente de que no lo besé en ese primer encuentro. Lo sé porque no hacerlo fue una verdadera proeza.

En muchas oportunidades imaginé las circunstancias en que ocurriría nuestro primer beso, por lo que ya no sé distinguir entre recuerdos reales y ficticios. Entiendo entonces que no tuve uno solo, sino que tuve una etapa entera de primeros besos. Y de esto tengo muchísimos recuerdos. Recuerdo, por ejemplo, todas las artimañas de las que nos valíamos para tener aunque fuera un minuto de privacidad.

Para nosotros jugar el escondite con los demás compañeros, nunca fue solo una actividad recreativa, no, de hecho era el momento más idóneo para poder estar juntos, ocultos debajo de algún escritorio sin que a nadie le pareciera algo insano.

Nos nos molestaban en lo absoluto las tareas para la casa, aprender juntos era un verdadero placer. Yo leía cuentos para él, casi siempre de terror para morirnos de miedo y abrazarnos más fuerte. Teníamos un suéter gigante en el que entrábamos los dos y era perfecto para ver películas tomados de las manos. Dibujábamos uno al lado del otro y nos mirábamos con complicidad. En cada hoja de cuaderno había una cifra anotada: la cantidad de besos que nos habíamos dado ese día, la cual se sumaría a los números de los días anteriores.

Con imaginación creamos un mundo propio en el que no podía entrar ningún elemento externo; nos cuidábamos mutuamente y protegíamos con celo nuestros cuadernos cuentabesos. Los número eran importantes porque, por algún extrañísimo motivo, estábamos totalmente convencidos de que los besos se nos acabarían en cualquier momento. Tal vez por ese refrán de que lo bueno dura poco y tal vez porque para nosotros no existía algo mejor que el acto de besar.

Llevábamos ciento diecisiete cuando comenzamos a temer su fin, de manera que nos prometimos que jamás desperdiciaríamos besos con terceras personas. Y para comprobar la seriedad de nuestra promesa y, de paso, acabar de una vez por todas con la aniquilante ansiedad, planificamos besarnos hasta que se nos acabaran los besos.

Y juro que estuvimos al menos dos horas en esa misión antes de descubrir que nos podíamos besar por toda la eternidad si así lo queríamos, puesto que los besos eran infinitos.

No cabe duda de que, si cada cabeza es un mundo, la de los niños es un universo entero en donde lo absurdo no existe y cualquier cosa es perfectamente posible.

El sentido común es cosa de adultos complicados; en el mundo de los niños es todo más parecido a los cuentos de hadas, existe la magia, los milagros son lo cotidiano y aplican las leyendas japonesas.

Ahora puedo comprender que no estábamos equivocados al pensar que los besos tendrían fin, en efecto lo tuvieron. Pero nosotros no incumplimos nuestra promesa. La verdad es que nos dimos todos los besos que teníamos para darnos y luego de eso, pudimos descubrir la segunda parte de la historia, interesante también: el cuentabesos se reinicia.

Y cuando eso pasa, puedes descubrir nuevas estrellas, ahora en las pecas de una nariz y el universo lo encuentras en unos ojos marrones. Vuelves a sentir, nuevamente, que no tendría sentido besar otros labios que no sean los que estás besando justo ahora, porque aunque los besos nunca acaben, igual sería un desperdicio.

REENCUENTROS

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Los historiadores afirman que el hombre, desde su aparición en la tierra, ha tenido la necesidad de dejar rastro de su existencia. Por ello, desde tiempos remotos, comenzó, como pudo, a marcar cada sitio que iba ocupando.

Los libros de arte, por su parte, explican las más antiguas y primitivas representaciones gráficas, como producto del eterno amor a la belleza y la natural ambición de crear que tenemos todos los seres humanos.

Por otro lado, y aunque el inicio de la evolución de la escritura se verificó por la necesidad práctica que tuvieron los sumerios de dejar constancia de sus actividades comerciales, con el paso de los años han ido aumentando las causas que nos llevan a escribir. Yo agrego, por experiencia propia, la voluntad de guardar una pequeña parte de nosotros mismos para poder encontrarnos, si acaso un día volvemos tras nuestros pasos.

Así, por ejemplo, todos podemos acceder al día a día de Anna Frank, esa niña judía que durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que vivir escondida de los militares alemanes y que incluso en esas circunstancias se dedicó a escribir, con lo cual logró dejar evidencia de su vida y ahora, tantos años después, cualquier persona, puede entrar a su mundo y presenciar su evolución intelectual y espiritual, además de su talento como escritora, el cual fue mejorando página a página.

También yo en la adolescencia comencé un diario. Lo hice por recomendación de un expresidente de los Estados Unidos de América: en algún libro leí su sugerencia de escribir cada tarde todos los aciertos y desaciertos que se hubieran tenido durante la jornada, con el fin de ser conscientes de ellos y poder reforzarlos o evitarlos en el futuro.

A partir de ese momento me inicié en la práctica de sentarme cada noche a escribir sobre mi día; fui construyendo un expediente con el fin de poder observar fríamente mis acciones pero que después terminó convirtiéndose en una forma muy eficaz de desahogo.

Así fue como oscuras confusiones, miedos paralizantes, dolores profundos, elevadas alegrías y amores imposibles quedaron plasmados con tinta sobre las hojas de mi fiel cuaderno que tantas veces supo escucharme con paciencia y que por agradecimiento, todavía tengo conmigo. Ya está viejo y no le cabe ni una coma, no obstante sigue siendo tan útil como antes.

Cada cierto tiempo nos reencontramos. Casi siempre cuando decido poner mis cosas en orden, con la esperanza de que así se ordene también mi mente y, con suerte, mi vida.

Abrirlo es como entrar en otra dimensión, al punto de que estoy considerando ponerle una advertencia en la portada que me recuerde, cada vez que lo vea, que no debo jugar con su contenido, que una vez dentro, estaré viajando en el tiempo, que veré cientos de fechas pasarme frente a los ojos y que cuando elija una de ellas, deberé hacer absoluto silencio para poder escucharme a mí misma.

Estos reencuentros que debo al expresidente americano, a quien agradezco siempre que vivo la magia de pautar citas conmigo y que puedo verme nuevamente: un poco más joven, más terca y más dramática… con más miedo y menos fe.

El único inconveniente es que no puedo hablarme y a veces tengo que contener las ganas de abrazar a esa niña que encuentro, de aliviarla con respecto al futuro; decirle que su preocupación sería olvidada en una semana, que tenga paciencia. Quisiera hacerle entender que cada día tiene un mañana y que las heridas sanan.

Sin embargo, no todas las citas implican comprensión. He asistido a algunas en las que me cuesta entender a la persona que escucho, no me cae bien, incluso me resulta antipática su forma de pensar y hasta grotesca la manera en que se expresa.

Paradójicamente, al día siguiente esa misma persona me deja impresionada con su capacidad de amar, me causa ternura su creencia ingenua de que alguien estará para siempre, su absoluta certeza de que jamás va a querer tanto a otro individuo.

Por instantes quisiera soplarle las respuestas, decirle “oye, dile ya que te gusta, no pasará nada malo”. O “deja de llorar, niñita, que luego conocerás a alguien más feliz.

Pero lo más sorprendente de todo es cuando encuentro notas hechas para mí, para mi yo de ahora… para mi yo del presente que en aquél momento era un futuro muy lejano. Cuando encuentro estas misivas siento que por fin me ve, que estamos en el mismo plano, que me habla de frente… luego noto su mirada y comprendo que no es cierto. Que mira como quien mira un espejo, que yo no estoy en su escena… no del todo. Pero ella confía plenamente en que la veo, lo sabe.

Y luego de tantos reencuentros, de tantos viajes en el tiempo y de múltiples oportunidades de observación he comprendido que no debería hablarle… ni siquiera para el caso de que ella pudiera escucharme. Ahora callo por convicción, puesto que decirle alguna cosa implicaría interrumpir el curso natural de los eventos que me crearon. Mostrarle el futuro sería eliminarme.

Y con este razonamiento he podido entender, además, que así como no me permitiría yo misma hacerlo conmigo, con menos motivos podría permitirle a alguien más que se tome esa libertad.

Por supuesto que las recomendaciones siempre son bienvenidas, sobre todo cuando tienen en garantía el propio ejemplo. Pero se me hacen inaceptables los atentados -que llegan como imposiciones disfrazadas de sugerencias- contra las decisiones personales.

De estos atentados, sutiles o agresivos, tengo mil ejemplos, pero no veo necesario entrar en la polémica del detalle.

Parece que nos cuesta demasiado darnos cuenta de que no tenemos la respuesta a los problemas de los otros; esta es la enseñanza más grande que he obtenido de mis reencuentros: cada quien debe vivir su propio proceso. O en términos más sencillos, cada quien debe dirigir su propia vida y no debería jamás permitirse querer gobernar una ajena.

El único consejo que daría sin que me fuera pedido, sería este: escriban y no boten sus escritos.

Escribiendo el dolor se alivia, las penas se hacen más ligeras y comprendes que nada es tan serio como parece.

Pero eso sí, no les recomendaría jamás que me hicieran caso a mí, mejor piensen que es un consejo que les ha sido dado por un expresidente del país más poderoso del mundo. Su nombre se los debo puesto que justo ahora no lo recuerdo.

Tal vez lo sepan por mi yo del futuro, a quien dejo la tarea de averiguarlo.

La teoría de Caracas

Tras años de observación he logrado crear mi propia teoría sobre Caracas, llegando a la conclusión de que la particularidad de esta ciudad se debe a que ella no es solo un conjunto de calles y edificios sino que tiene, además, un espíritu.

Dependiendo de su estado de ánimo juega con el espacio y el tiempo a favor o en contra de sus habitantes; sin entrar en detalles sobre las diferentes caras que puede mostrar a sus visitantes de una esquina a otra.

En efecto, Caracas puede ser infinitamente grande o infinitamente pequeña según su antojo: en ocasiones basta con el pensamiento fugaz de no querer ver a una persona para que te la encuentres a la mañana siguiente en alguna panadería que jamás visitas.

Salir con dos individuos a la vez con la esperanza de que nadie se entere es como jugar a la ruleta rusa en una ciudad que adora las bromas pesadas. Tal vez por ese motivo soy fiel practicante de la monogamia.

En cambio, a veces imploras que la casualidad te permita coincidir con alguien y sin embargo, te toca esperar eternamente sin obtener el favor pedido.

Con el tiempo ocurre algo muy parecido: los minutos aquí pasan más rápido que en otros lugares. La vida te lleva, el ritmo se te impone. Jamás sabrás cuánto tiempo tardarás en una diligencia, podrían ser veinte minutos o cinco horas, ante lo cual podrás agradecer la prontitud pero jamás quejarte del retraso, puesto que en este último caso serías tildado de amargado y, lo que es peor, desubicado. No faltará quien te recuerde que no vives en Suiza.

Caracas se te muestra amable y al segundo siguiente con rudeza, te hace seductoras invitaciones y luego te echa con los peores modales. Te envuelve con la sonrisa de sus calles y te enamora con su gente… cada dos pasos te sientes vulnerable de dejarte caer en su juego.

Suele ocurrir, sobre todo por las tardes, antes de finalizar los ajetreados días que, caminando, ves a un desconocido que atrapa toda tu atención. Uno de estos amores de calle que aparecen cada tanto ante la vista y desaparecen con la misma rapidez con que llegaron: diez pasos después ya no existen y debes seguir con la vida que tenías cinco minutos antes.

Sí, Caracas está llena de esos seres celestiales que te hacen perder la conciencia momentáneamente. A mí me pasó, en una oportunidad, que estuve a segundos de ser atropellada por voltear a ver a un ángel. En aquél momento comprendí la decisión que han tomado los musulmanes de andar forrados de pie a cabeza.

Para bien o para mal existe gente capaz de causar terribles accidentes por el solo hecho de existir.

Estos personajes además, no están distribuidos al azar sino que responden a una lógica: son pequeñas dosis de adrenalina que te manda la ciudad para que le lleves el ritmo.

Los amores de calle, en su mayoría, tienen un tiempo de duración muy breve, como máximo cinco minutos, después de los cuales todo vuelve a la normalidad y pasan al completo olvido para siempre.

Sin embargo la regla, como todas las normas en Caracas, a veces se incumple, supongo que por evitar la mortal rutina. Y entonces puede ocurrir que un amor de calle dure más de los cinco minutos que le fueron otorgados y se vaya convirtiendo en una historia digna de ser contada.

Lo sé porque yo misma fui protagonista de una de estas excepciones que no son más que travesuras de una ciudad inquieta y omnipresente a la que le gusta demostrar que si es su voluntad encontrarte, te va a buscar incluso debajo de la tierra. Y con esto hablo en términos literales.

En efecto, mi historia particular como amor de calle comenzó hace cuatro años en el subterráneo: fui divisada por primera vez mientras iba a la universidad por alguien a quien la ciudad le permitió volverme a ver en una segunda y tercera oportunidad hasta que las casualidades dejaron de tener número y simplemente fueron varias.

Yo nunca estuve enterada de nuestros encuentros fortuitos; jamás intercambiamos buenos días, ni comentarios sobre el clima.

Tal como he podido enterarme, no conocía mi nombre pero sí la carrera que estudiaba, gracias a un pin de “futuro abogado” que tenía enganchado al bolso. No había escuchado mi voz pero había visto mis sonrisas frente a los libros y la preferencia por uno u otro autor llegó a decirle más sobre mí de lo que yo misma hubiera podido; por otro lado, no sabía que escribía pero, de alguna manera, llegó a leerme.

Y gracias a las letras pudo hablarme para decir que le agradaba el contenido de mi blog. Se enteró de mi nombre y también un poco de mi vida.

Tuvo la amabilidad de invitarme un café con el objetivo de contarme una nueva historia, el cual acepté por amor al arte. Y me gustó enterarme en ese primer café de que he sido el amor de calle de alguien que cuenta con la aprobación de una ciudad que no cede ante cualquier encanto.

Y me sirvió, además, para reafirmar mi teoría de Caracas:

Caracas juega con el espacio y con el tiempo, los utiliza a su antojo y no admite reclamos. No le debe nada a nadie, por lo tanto no acepta peticiones, solo concede favores… a quien le provoque.

Mil grullas de papel

Existe una leyenda japonesa según la cual, si una persona logra hacer mil grullas de origami, los dioses le hacen realidad su mayor deseo.

Lo supe hace varios años cuando leí un libro que, además de hacerme llorar muchísimo y reflexionar más de lo habitual, logró que el sushi, que no me atrevía ni siquiera a probar, se convirtiera en mi plato favorito.

Es la magia de leer: rompes con tus limitaciones mentales, espaciales y temporales.

El libro cuenta el otro lado de la historia, la que casi nunca vemos desde el cristal de la cultura occidental; relata la vida de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.

El amor por su país, su deseo de victoria, el sufrimiento de la población civil que nada tenía que ver con todo aquél desastre… el hambre. Los anhelos de Sadako, su protagonista, de volver a probar el sushi, descrito tan delicioso que, apenas terminé de leer, moría yo también por comerlo.

Finalizada la Guerra, Sadako, quien apenas tenía 12 años y que por fin estaba viviendo las alegrías que ofrece la paz, enferma de leucemia producto de las radiaciones emanadas de las bombas nucleares que cayeron sobre Japón desde los aviones norteamericanos.

El mayor de sus deseos era sanar; así que se propuso ganar el favor de los dioses realizando con sus propias manos mil grullas de origami. Sin embargo, no contó con suficiente tiempo y murió antes de culminar su misión.

En la actualidad existe en su país una estatua en su honor y todos los años llegan a Japón grullas de origami enviadas de todas partes del mundo, con la esperanza de que no se repita jamás la guerra.

Las grullas son pájaros parecidos a los flamingos pero menos hermosos; curiosamente tuve que buscar la traducción de su nombre, puesto que el libro lo leí con el título de “Il sole d’ Hiroshima”, en italiano y en ese idioma, estas aves son llamadas “gru” y es así como las he conocido siempre.

O por lo menos desde que me explicaron en clases de literatura lo que era una gru. Recuerdo que la explicación fue motivada por otro libro que me encanta: El Decamerón de Giovanni Boccaccio.

En uno de los cien relatos que lo componen se habla de la astucia de un cocinero llamado Chichibio, a quien le fue encargado, por un importante señor, cocinar una gru para un banquete.

El magnífico olor de la cocina atrajo la atención de una atractiva muchacha a la que el cocinero le regaló un sabroso muslo del animal.

Pero al momento del banquete, el señor importante notó la ausencia de uno de los muslos en su gru e inmediatamente reclamó a Chichibio quien respondió con descaro que ese tipo de aves solo tenía una pata y para demostrarlo llevó a su amo a observar una docena de grullas que se encontraban en reposo, diciendo: ¿ve cómo solo tienen una pata?

Y entonces el señor importante gritó: ¡Jojó! Y las aves despertaron mostrando ambas patas; con lo que Chichibio salió del problema diciendo: pero usted durante el banquete no gritó, por eso aquella grulla no mostró su otro muslo.

Con tan osado comentario provocó las carcajadas del importante señor y se salvó así de una paliza segura.

Hace unos días fui al cine a ver Coco, una película maravillosa cuya trama se desarrolla entorno a una tradición mexicana que consiste en celebrar el día de los muertos, con el fin de recordarlos y con ello mantener vivos a sus antepasados.

Al salir de la sala quería comer comida mexicana y estuve dando vueltas por toda Caracas buscando un restaurante que me ayudara a saciar mi antojo. Desde ese día, para relajarme, escucho con frecuencia las canciones de la película.

Esta mañana fue uno de esos días y, no por casualidad, sentí un profundo deseo de viajar a México, de conocer bien de cerca su cultura.

Es increíble lo que puede lograr un buen libro, una buena película… y en general las cosas bien hechas.

Con una idea podemos mostrar nuestro país al mundo, nuestra comida, nuestros paisajes. Decir a todos: vengan a visitarnos apenas tengan tiempo porque no se van a arrepentir jamás.

Y pues… con la fe de que de cada cosa negativa se puede sacar algo bueno, confío en que de esta circunstancia actual que vive Venezuela, vendrán cosas muy buenas: buenos libros, buen cine, buenas experiencias que inviten al mundo a venir a este maravilloso país cuando la guerra haya terminado.

Más adelante, ojalá, una niña de Japón, leerá un cuento de una escritora venezolana y saldrá de su casa buscando un restaurante para comer su primera arepa.

Y tal vez ¿por qué no? si hacemos mil grullas, Dios nos conceda el favor.

Mientras tanto, sigamos usando el humor, como Chichibio, para no perecer en la espera. Y siempre, siempre llevemos el nombre de nuestro país en alto como lo está haciendo Coco.

Todos los hijos del mundo

No sabría decir el momento exacto en el que comencé a admirarla tanto.

Posiblemente lo he hecho desde siempre. O tal vez desde el primer diciembre en que me llevó con ella a hacerle un favor al niño Jesús: debíamos entregar, por él, regalos de navidad a los niños de un humilde caserío.

Pero también pudo ser desde que supe que ella le había hecho ese favor a Dios todos los años desde que tenía apenas dieciséis.

O quizá simplemente la admiro desde esta mañana, cuando la vi poniéndole agua a sus matas y luego sonreída mientras daba arroz y alpiste a los pajaritos libres a cambio de que la visiten siempre.

Por otro lado, debo admitir que me he fastidiado de ella en infinitas ocasiones. Tiene la terrible costumbre de hacerme esperar, sin siquiera disculparse, cada vez que considera indispensable detener el curso natural de nuestro andar para salvar el mundo.

Cualquier lugar le ha parecido idóneo para hacerlo y el momento también le es indiferente. Da igual lo apurada que esté, si ve a una madre maltratando a un niño, física o verbalmente, se toma un momento para decirle un par de cosas.

Es así como de una sonrisa hermosa y un “¿te puedo recomendar algo?” dicho dulcemente, procede, sin esperar respuesta, con un: ¿Por qué mejor no le explicas qué hizo mal en vez de pegarle? O ¿Por qué en vez de gritarle frente a sus amigos, logrando ridiculizarlo, no le pides con cariño que deje de hacer lo que hace?

Luego les explica un poco que los niños tienen memoria y que recordarán para siempre las palabras de sus padres, por lo que las mismas deberían constantemente reafirmar lo valiosos que son, reforzando sus talentos en vez de repetir una y otra vez sus debilidades.

En infinitas oportunidades me tocó estar al lado de la señora loca e intrépida que se creía con el derecho de sugerirle a alguien la forma correcta de criar a sus hijos, lo cual podría constituir una terrible ofensa para ciertos padres. Mientras tanto observaba en silencio esperando la reacción del interpelado de turno, con un poco de vergüenza.

Por suerte no hubo episodios negativos; es evidente que mamá sabe cómo hablarle a las personas. Lo hace con tanto amor que ha logrado llevar su mensaje sin correr demasiados riesgos.

-¿Por qué lo haces? Le pregunté. – Pierdes tu tiempo; esas personas no van a cambiar por las palabras que les digas en escasos minutos. – Pero yo habré hecho el intento, respondió. -Cuando tengas un hijo me vas a entender. Lo amarás tanto que comenzarás a amar a todos los niños del mundo y siempre que puedas hacer algo por ellos, lo harás.

Es difícil de creer pero yo misma soy testigo de que por lo menos en una oportunidad le funcionó.

Conocimos a una madre que le pegaba salvajemente a su hija de seis años. No era una mala persona, sencillamente su ignorancia la había llevado a creer que los golpes eran la forma más eficaz de educarla correctamente. Ante tal situación, la impotencia llevó a mamá a interrogar a la mujer: ¿Cómo te sentirías si un día, de tantos maltratos que le ofreces, tu hija huye de ti corriendo y por mala suerte la atropella un carro y muere? Te va a tocar recordar para siempre que en el último momento que tuviste con ella, tú misma la hiciste sufrir.

La impresión que causaron sus palabras tuvo tal magnitud que aquella niñita jamás en su vida volvió a recibir un golpe por parte de su madre.

Parece que no va a cambiar nunca, ni siquiera le noto intenciones de hacerlo.

Ayer iba caminando sola y observé a un señor que maltrataba a un perro; me hierve la sangre cada vez que presencio este tipo de cosas.

Tuve que detenerme para pedirle por favor que no lo hiciera más, que los animales sienten como nosotros y merecen igual respeto. Y no sé si mis palabras tuvieron efecto alguno… pero entendí que las de mi madre sí lo habían tenido.

No había notado que vengo repitiendo sus malos modales. Tengo una perrita desde hace diez años que se ha ganado mi amor a pulso y he llegado a pensar, incluso, que cuando se tiene un perro se tienen todos los perros del mundo, haciendo una adaptación de la frase de Andrés Eloy Blanco. Todos importan, todos duelen, todos son capaces de alegrarte el día.

De antemano pido disculpas a mis futuros hijos, por todas las veces que les haré esperar, por considerarlo absolutamente indispensable.

Ya no podré continuar caminando, como si nada, sabiendo que existe una posibilidad de generar un cambio; deberé intentarlo siempre.

No importa si me escuchan o no. Yo habré hecho el intento.

Cásate, mi amor

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He admirado siempre a las personas que duermen poco sin verse afectadas en su rendimiento diario, puesto que tienen más horas a su disposición para hacer, para crear, para vivir.

Sin embargo, yo soy de las que necesitan sus ocho horas de sueño; dormir para mí es un acto sagrado. A lo sumo, luego de una excelente negociación, podría disminuirlas a 7… pero el motivo tendría que ser en extremo importante.

Es por eso que todas las noches me ocupo de silenciar el teléfono para evitar inconvenientes, a menos que esté esperando una noticia urgente o que por el cansancio lo olvide.

Hace unos días, por error, dejé el teléfono en la mesita de noche con plenas facultades de hacer un escándalo si a alguien se le ocurría escribirme o llamarme.

Y por alguna de esas leyes que obedecen al más puro fatalismo, a la mañana siguiente, cuando el reloj marcaba las cinco, me despertó el sonido del celular anunciando que había llegado un mensaje: <<me voy a casar>>, decía. 

Volví a leer el nombre de su remitente. Volví a ver la hora.

“Anteriormente tenías mejores formas de darme los buenos días”, pensé. Y el recuerdo me hizo sonreír con picardía.

Las cinco de la mañana no era la mejor hora para darme esta noticia y la manera tampoco fue la más adecuada. Parece que la diferencia de horarios no acabó solamente con nuestra relación, sino también con tu sentido común, mi amor.

Me levanté de la cama, preparé el café y estuve en silencio hasta que decidí realizar el ritual que había planificado.

Por absurdo que parezca ya estaba esperando esa noticia. No porque creyera que salías con alguien más, sino porque sabía que una persona como tú, con tantas cualidades, no pasaría desapercibida.

El momento llegaría, sin duda. Escuchaba una canción en italiano que se llama “per dimenticare” (“para olvidarte”, en español) y pensaba, casi divertida, que en algún momento te la cantaría a ti. Según la letra, el autor es invitado a la boda de su ex novia y debe inventar mil excusas para no asistir.

Así que en un acto masoquista, tal vez, abrí Youtube y busqué la canción para oírla mientras terminaba el primer café del día, me bañaba y me vestía.

No, no dura tanto; repetí la canción al menos cuatro veces.

No está bien que yo diga esto pero debo admitir que para mí lo de tu matrimonio es lo de menos. Es innegable lo fácil que puede disolverse ese vínculo. No, el matrimonio no me importa. Lo que de verdad me aterra es que tu amor -que conozco tan bien- se lo des a alguien más… como me lo dabas a mí.

No me gusta pensar en esto, me quita libertad.

Pensar en la posibilidad de que estés con otra persona. Una que tal vez llegue a creerse en el absurdo derecho de prohibirte que le escribas a tu ex novia. Que no entendería nada de lo nuestro, que no aceptaría ser momentánea, que creería que estará en tu vida para siempre.

Te hablo yo ahora; yo soy quien te escribe en un momento inoportuno. Te deseo lo mejor, mi amor. Y lo mejor para ti, soy yo.

No vayas a creer por mi forma de hablar que no estoy contenta por ti. Lo estoy. Todo lo que te haga bien, me alegra. Me gusta que sigas adelante, como los elefantes. Me gusta que sigas la vida.

Yo también seguí bastante bien, ya sabes. A ti y a mí nos gusta viajar, conocer nuevos lugares. Pero también los viajeros tenemos hogar, tenemos país de origen, tenemos patria, tenemos puerto. Y tu puerto soy yo.

Dijiste que la distancia solo separa a las parejas que no se saben querer. Y tal vez creas que yo no lo supe hacer porque no tuve paciencia para seguir esperando meses sin verte, porque soy drástica y prefiero caer que estar colgada.

Pero la verdad es que no es la distancia lo que separa, es el tiempo. Y con todo el que ha pasado seguimos aquí: yo para ti y tú para mí. Claro que hemos sabido querernos.

Hazlo, cásate. Quiérela bien y compara. Que no todas las comparaciones son tristes y a veces es bueno tener puntos de referencia.

Ahora sabrás que no hay otra persona que te haga reír más que yo. Que te acompañe en los planes más absurdos e improvisados, que te quiera incluso en el peor de los momentos.

Y ahora sé que no hay alguien más que me conozca como tú, que me aguante durante todos los días del mes y que me mire como si fuera la única mujer en el mundo.

Así que cásate las veces que quieras, mi vida, que yo misma te divorcio.

SIRENAS EN EL MIRADOR

Las sirenas son criaturas mitológicas nacidas en la mente de los marineros. Se pensaba que habitaban en las profundidades del océano y aparecían ante los hombres de mar como mujeres increíblemente hermosas, enamorándolos con sus cantos, pues sus voces eran hipnotizadoras.

En algún momento, la infinita curiosidad de Ulises lo llevó a taparle los oídos a toda su tripulación para que, no escuchando el canto de las sirenas, fueran inmunes a sus encantos. Sin embargo, él no limitó su capacidad auditiva, en cambio pidió que lo amarraran fuertemente al mástil del barco en el que viajaba, con el objetivo de poder disfrutar de la maravillosa melodía de estos peligrosos seres, sin correr el riesgo de perder la cordura e ir a parar al fondo del mar por la eternidad.

Me pregunto por qué a las luces y al sonido característico de las patrullas de la policía se les llama sirenas.

¿Acaso porque nos engañan prometiendo seguridad y muchas veces terminan siendo exactamente lo contrario: sinónimo de peligros y de corrupciones?

Ocurrió hace más o menos un año que planifiqué una primera cita, a la que catalogué como súper importante.

No había visto a la persona con la que me encontraría más que en fotos, así que el resultado podía ser cualquiera, sin embargo, la intuición, cuando uno aprende a escucharse a sí mismo, comienza a dar muchísima información.

Y yo ya sabía de antemano que ese día sería especial. Por fin conocería a la chica de las fotos en la playa con el vestido de cuadros estilo años veinte.

En clases de arte había pintado 10 mil veces ese vestido. Cuando vi aquella foto fue como ver a la chica de mis dibujos. En mis cuadros tenía un sombrero negro que en sus imágenes no vi por ningún lado, en cambio tenía un cabello largo, inundado de brisa marina, y una mirada perdida que todavía no me había encontrado.

Creo que en ese momento, sin haber siquiera escuchado su canto, quedé hipnotizada. No fui tan precavida como Ulises, emprendí mi pequeña odisea sin amarrarme a nada.

Y llegué a esa orilla de playa encantadora, con brisa y olor a cerveza. El oasis del caos con ron y agua de coco.

Me encontré por primera vez con la chica del vestido de cuadros. Se hizo realidad la corazonada que tuve en el primer segundo que vi su perfil de Twitter: la voy a conocer y le voy a gustar tanto como ya me gusta.

Digamos que fue intuición lo que tuve o, en otras palabras, mi alma reconoció el plan de encontrarnos. Y nos encontramos ese día.

Era de noche y quisimos ir al morro, un mirador desde el cual podríamos ver el mar, las luces de la costa y de los barcos en medio de la oscuridad.

Estando arriba, el frío -que tal vez exageré un poco- nos obligó a entrar a su carro a escuchar música bajita y a seguir la conversación con más privacidad.

Más que conversación era un monólogo. Ella hablaba y yo asentía como si estuviera escuchando atentamente. Pero la verdad es que solo miraba el movimiento de sus labios, y su cara… sentía muchísimas ganas de besarle las mejillas.

Luego de pensar y repensar la conveniencia de ejecutar mi plan, decidí que ¿qué tanto? ¿Qué era lo peor que podía pasar? Me acerqué a ella para besar sus cachetes, sin embargo, no comprendiendo mi intención, ella se inclinó hacia mí, tomó suavemente mis cabellos y comenzó a besarme. En la boca.

Para no ser descortés dejé que lo hiciera. Y posiblemente ayudé a que se prolongará mucho más de lo socialmente debido para un beso de primera cita. Pero era eso, un beso. Solo un beso. Nuestro primer beso.

Que duró hasta que sentí la luz cegadora de una gran linterna apuntando mi cara.

Me separé de la chica del vestido de cuadros -que ese día usaba pantalones- protegi mis ojos con las manos e intenté reconocer de dónde venía la intrépida lámpara.

Vi el uniforme de policía.

– Bajen del vehículo, por favor, dijo el oficial. Lo hicimos.

Aquí comenzó una charla en la que se verificó la creación de un nuevo Código Penal: nuevos delitos y nuevas penas. Se nos indicó que nuestra conducta merecía “LA CÁRCEL”.

Escuché la información con toda la humildad fingida de la que disponía en ese momento; dejé que hablara, que amenazara… que viviera su momento moralista, legislador, salvador de las buenas costumbres. Bla bla bla. Dejé de escucharlo.

-¿Señorita, usted me está entendiendo lo que le digo?

-¿Qué? No. ¿Qué me dice, disculpe?

– Que por lo que usted estaba haciendo puede ir cinco años a prisión por el delito de “actos lascivos”.

– Pero usted no me ha dicho qué es lo que yo estaba haciendo, señor. Dígame que hacía yo, por favor.

– Bueno… no sé, usted sabe.

– No, no lo sé, no me ha dicho nada.

A continuación la primera vez que decía, siendo verdad, que soy abogada. El Inpre (certificado de que eres abogado) me lo acababan de dar hacía menos de un mes.

– Señor, yo sí sé qué son los actos lascivos porque soy abogada con especialización en derecho penal (esto último no era tan cierto).

Sin embargo, lo que yo estaba haciendo, que no me ha dicho que estaba haciendo, no era un acto lascivo.

Respóndame esta pregunta: si lo que yo estaba haciendo, que no me ha dicho qué estaba haciendo, lo hubiera hecho un hombre con una mujer ¿usted habría actuado de la misma forma? es decir ¿los habría bajado del carro?

– Por supuesto que no, respondió.

Posiblemente sea difícil de creer pero esta fue su respuesta.

Seguí:

– Pues le informo que el delito del que me acusa, aunque no me ha dicho qué fue lo que hice, no lo cometí, no existió; lo que sí existe es una ley contra la discriminación de género. Y lo que usted está haciendo ahora, es precisamente eso, discriminación. Yo le recomiendo, porque es lo que le conviene, que dejemos esto hasta aquí.

– ¿Sí? ¿Esto es lo que me conviene?
Preguntó con voz sarcástica.

– Sí, le respondí con una seguridad que todavía no sé de dónde saqué. Posiblemente de mi inexplorado espíritu penalista.

Su respuesta fue un aliviante “ok, entonces vamos a dejar esto hasta aquí”.

No contenta con lo sucedido, le exigí que moviera la moto que había atravesado delante del carro. Entonces me dijo en tono sorprendentemente amigable: pero ¿no puedes echar para atrás?

Le sonreí, me presenté, le dije que estaba a la orden en el futuro por si necesitaba un abogado y me fui.

Mi acompañante, en todo aquél rato, no habló nunca; solo pensaba en la cantidad de dinero que tendría que pagar para salir del percance.

Cuando íbamos bajando del mirador me dijo que estaba muerta de miedo y que se sentía afortunada de estar conmigo que soy abogada.

Aquí pensé tres cosas:

La primera: que me encanta ser abogada. Porque con el conocimiento de las leyes y de la negociación puedes lograr que un momento terrible de extorsión se convierta en una anécdota cómica.

La segunda: que es bonito estar con alguien que te haga sentir protegido. Y que para eso, en la actualidad, se necesita más inteligencia y astucia que fuerza y agresividad.

La tercera: que ¡qué bolas la discriminación!

Hay gente que piensa que los movimientos que se realizan por el reconocimiento de igualdad de derechos es un capricho de un grupo de desadaptados que quieren acabar con la sagrada institución de la familia. Nunca se toman el tiempo de ver más allá de sus propios prejuicios y limitaciones.

De ver, por ejemplo, que se lucha por poder acceder a cosas tan básicas como ir de la mano con la persona que amas sin miedo, o poder besarte en tu carro sin que un policía te amenace con prisión, y sí ¿por qué no? Casarnos.

Yo me quiero casar. Jurídicamente no existe un argumento válido que impida el matrimonio entre personas del mismo sexo, más allá de un par de artículos, creados por el hombre, que de la misma forma se pueden descrear, como se elimina todo aquello que resulta inconveniente, ineficiente, inútil.

Con la actitud que adoptan cada vez que discriminan o callan ante la discriminación, promueven un sin fin de comportamientos muchísimo peores que las demostraciones de afecto entre dos personas del mismo sexo, para el caso de que esto sea realmente malo.

Por eso prefiero hablar aunque seguramente sería más fácil optar por el silencio. Hablo porque entiendo que en la vida uno promueve lo que permite y yo no quiero promover el odio y la desigualdad, mucho menos cuando me vería yo misma directamente afectada.

No importa el argumento que tengas. Entiende que no te corresponde juzgar. Si crees en Dios, comprenderás que esa tarea le compete exclusivamente a Él. Si no crees, comprende que todos somos libres e iguales ante las leyes. Esto significa que debemos tener los mismos derechos en iguales circunstancias. Pues bien, esas iguales circunstancias existen. En todos los casos hablamos de dos personas que quieren unir sus vidas, con los consiguientes deberes y obligaciones que tal cosa comporta.

Pero si crees en alguna otra cosa, en lo que sea que creas, permíteme decirte, con todo el respeto, que así como tú quieres SER, también los demás queremos. Solo tienes que darte la oportunidad de dejar que la gente viva y verás como empezarás también a vivir mejor.

Camina libre y enamórate de quien quieras. Y si no te atreves a eso, entonces no seas un obstáculo para el resto.

Vicios de otras vidas

Luego del trágico accidente en el que murió el novio de mi mejor amiga, el psicólogo le recomendó leer un libro sobre la reencarnación. Tal vez con el fin de que comprendiera que la muerte del cuerpo no significa el fin de la vida.

Cuando finalizó con la lectura, me lo ofreció a mí para que yo también lo leyera.

En él encontré una historia contada por la madre de un niño de tres años, el cual, según ella, probablemente vivió en Egipto durante el tiempo de los faraones.

Esta hipótesis suya comenzó cuando su hijo, de forma inexplicable, resolvió momificar con papel tisú a la mascota que acababa de morir.

Empecé así a conocer la teoría de la multiplicidad de las vidas que atrapó mi atención desde el primer momento.

Antes de eso asistía a la Iglesia Católica a escuchar las formas de evitar el infierno o acceder al paraíso, una vez que terminara esta única oportunidad de hacer las cosas bien.

Nacieron nuevas preguntas sobre mi yo antes de ahora ¿Quién era, qué me gustaba? ¿Qué de lo que soy hoy pertenece a esa otra persona que fui? Siendo honesta, no he tenido tantas respuestas como me gustaría; no obstante estoy casi segura de algo: me quedé con un vicio de una vida pasada.

Lo supe hace poco tiempo. Estaba caminando por Caracas, había un sol radiante de esos que te hacen sentir el deseo de estar en la playa con una cerveza en la mano.

A la orilla de la calle se veía una hilera de palmeras y al fondo el Ávila.

“Lo mejor de los dos mundos” pensé. Sol y palmeras como si estuviera en el mar… y esta montaña que tantas veces me da una absurda sensación de seguridad.

Entonces, como por instinto, me llevé la mano derecha al bolsillo, buscando el yesquero y los cigarros, al igual que solía hacer cada vez que el clima se mostraba tan amigable.

Pero no encontré nada. Recordé que ya no fumo y me reí de mí.

Buscaba mis cigarros, comenté.

– Nunca he sentido curiosidad por fumar, jamás lo he hecho, respondió la persona que me acompañaba.

Y fue en ese instante que comprendí que a mí me había pasado exactamente lo contrario.

Yo nací buscando cigarrillos. Tal vez si hubiera sabido hablar, le habría pedido uno al médico que me ayudó a llegar al mundo.

Mis padres jamás han fumado, ni antes, ni durante y ni siquiera después del embarazo.

Sin embargo, desde el momento en que aprendí a caminar tuve la obsesión de buscar colillas de cigarro por donde pasaba.

Mamá no volvió a tener paz. Tenía que estar pendiente de mí todo el tiempo y de cualquier forma, ante el más pequeño de sus descuidos yo aprovechaba para llevar algún cigarrillo del piso a mi boca.

Luego de tantas charlas en casa sobre el daño que causa la nicotina a los seres humanos, comprendí que era de verdad maligna.

Y entonces comencé a hacer campañas en su contra.

Las hacía cuando veía a algún adulto fumando y, sobre todo, con mi abuela paterna, puesto que fumaba por lo menos una caja diaria.

Sin embargo, mi secreto mejor guardado era que amaba abrazarla porque olía a cigarro. Iba a su casa, entraba a su cuarto y respiraba profundo: nicotina por todos lados.

Ya sabía, aunque no lo habría admitido ni siquiera bajo tortura, que apenas pudiera fumar, lo haría. Y así fue.

Llegó el día en que compré mi primera caja de Marlboro rojo. Encendía uno tras otro aspirando y botando el humo torpemente hasta que un amigo me enseñó a hacerlo de la forma correcta.

Es increíble que varios años después ese mismo amigo me escribió pidiéndome disculpas por haberme enseñado a fumar. Y me imploró que dejara de hacerlo. Su hermano acababa de morir de cáncer y sentía gran remordimiento.

Lo calmé diciéndole que seguiría su consejo… pero no lo hice.

Es verdad que en varias ocasiones lo intenté. Compraba una caja entera y prometía que cuando fumara el último, no volvería a comprar jamás.

Encontraba a alguna persona que me pedía uno y se lo regalaba, luego veía algún amigo y yo misma le ofrecía. Al final, la mitad de la caja se la gastaban los demás y esta era la excusa perfecta para volver a comprar otra.

Tuve incontables “últimos cigarrillos” al igual que el protagonista del famoso cuento de Italo Svevo, con quien siempre me sentí identificada.

Incluso una vez tuve bronquitis como consecuencia del frío que pasé acampando en la laguna de Mucubají. Acudí al médico y mientras me examinaban los pulmones yo rezaba, suplicando que estuvieran sanos. Juré que no volvería a fumar luego de aquella experiencia. Pero no cumplí. Apenas estuve bien, retomé mi vicio.

Hasta que un día lo decidí. Sin que se hubiera acabado la caja que tenía en la cartera y sin ningún juramento de por medio, me levanté más temprano de lo normal, salí a trotar y me convencí de que ese 17 de noviembre era el primer día de una nueva vida.

Dejé de fumar.

Tal vez dejé atrás no solo el cigarro, sino un hábito terrible que comenzó mucho antes de 1993, en otra vida, quizás.

Hay quien dice que las adicciones son para siempre. Y creo que es posible que tenga razón. Me ha tocado elegir cada día seguir con la decisión que tomé. Unas veces es muy complicado, otras, no cuesta ningún esfuerzo.

Ya ha pasado lo peor: el drama de los primeros meses, las pesadillas, el mal humor, la ansiedad, decir que no a las frecuentes ofertas.

Pero continúa latente la tentación. Cuando el clima está bonito, con los amigos de siempre y en los domingos de playa.

A veces parece más fácil la recaída que la lucha constante… pero me consuela pensar que si supero esto ahora, ya no será un problema en mi siguiente vida.

Y cuando vuelva a nacer y esté dando otra vez mis primeros pasos, buscaré flores o gatitos, nunca más colillas de cigarros.

El día que plagié a Giovanni

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A lo largo de mi vida he escrito muchísimas cartas, comencé en este oficio a muy temprana edad puesto que nací romántica y apasionada.

A mi primer amor lo conocí en el preescolar. Era el niño más orgulloso que haya existido, pero tenía unos ojos tan hermosos que hacía que valiera la pena tolerarle casi cualquier defecto.

Digamos que se llamaba Fernando por conservar su anonimato.

Fernando y yo discutíamos frecuentemente y todas las veces que eso ocurría yo tenía el trabajo de hacer alguna cosa que provocara la reconciliación. Con la edad que teníamos la forma no era tan obvia como lo es ahora, así que me tocaba usar la imaginación.

No me podía dar el lujo de esperar a que él diera el primer paso, no, yo tenía que hacer lo necesario para que acabara la molestia entre los dos, puesto que sabía perfectamente que de lo contrario él permanecería ausente de mi vida eternamente, desde el momento en que ceder no estaba dentro de sus opciones.

Recuerdo una carta en la que le escribí que por favor volviera a hablar conmigo porque lo extrañaba demasiado. Se contentó automáticamente y seguimos la vida como si nada hubiera ocurrido; volvió a ser mi adorado futuro esposo.

Años después en el colegio conocí a la primera persona que consideró mi escritura como algo digno de aprovechar, era mi mejor amiga y durante el tiempo que estudiamos juntas yo escribí, a petición suya, las cartas que iban dirigidas a todos sus enamorados. Ella me decía con sus palabras lo que sentía por el afortunado de turno y yo me inspiraba en redactar sus sentimientos de la manera más romántica que fuera posible.

Durante esos años de colegio aumentó considerablemente el número de cartas, no solo por los novios de mi amiga sino porque yo tuve la inmensa fortuna de conocer al segundo amor de mi vida.

Entonces escribía constantemente a mano, por correo, en rima, en verso, como fuera. Sentía muchísimo y algo había que hacer con todo eso. Hacía cartas tan cargadas de amor como de terribles errores ortográficos, tan vergonzosos para mí que deseo de corazón que hayan sido destruidas por el tiempo.

Escribí cartas, escribí poemas, escribí hasta grafitis. Regalaba canciones ajenas, me inspiraba y escribía yo misma, unas letras nefastas que mis amigas más cercanas me celebraban.

Recibí algunas cartas también yo, sin embargo no están en mi memoria, posiblemente estaban hechas de frases largas y complicadas, de razonamientos lógicos, de cuidado.

Pero hay una que sí recuerdo, no solo por la particularidad de las circunstancias en que fue entregada y por las características de su remitente, sino también y sobre todo por la hermosura y simplicidad de su contenido.

Yo tenía 17 años, acababa de terminar la última clase y me dirigí al transporte del colegio que me llevaría a casa. Cuando subía los escalones del autobús amarillo con su característico olor a gasolina, alcé la cara y arriba estaba un niñito de 7 años, con su camisa blanca del uniforme bien arreglada dentro del pantalón y peinado como si fuera la primera hora de la mañana.

“Hola ¿Cómo estás?” Lo saludé.

Alzó las manitos y me dio una hoja de cuaderno doblada en cuatro partes.

“A ver qué es esto”, la recibí. Era una carta escrita con letra de 7 años que decía:

“Sé mi novia, a ti nunca te dejaría” Giovanni.

Sin saber qué hacer le sonreí, lo abracé fuerte y le di las gracias.

Era la carta más bonita que había leído. Con poquísimas palabras, decir tanto… un poema hermético.

A ti nunca te dejaría. Es como decir “no te cambiaría por absolutamente nada en el mundo” o “eres todo lo que quiero, eres más que suficiente”. ¿Qué más se podría esperar?

Pasaron varios años y seguí recordando la carta.

Hasta que un día… plagié a Giovanni.

La inmensidad del amor que sentía me convirtió en una niña chiquita de unos 7 años, diciendo, también a mano y en una hoja de cuaderno “sé mi novia, a ti nunca te dejaría. Fernanda”.

Y recibí a cambio una sonrisa, un abrazo fuerte y por supuesto las gracias.

Me consolaré con la esperanza de que jamás sea olvidada la carta que le escribí con marcador rojo al tercer amor de vida.