El farolito de Narnia

En Cambridge, una ciudad de Inglaterra fundada gracias a sus universidades y cuya riqueza depende en buena parte de ellas, hay un parque que tiene un farolito blanco, el cual, a simple vista no muestra ninguna particularidad.

Pero cuando te enteras de que ese farolito sirvió como fuente de inspiración al autor de Narnia para escribir sus libros, adquiere un significado distinto y hasta te dan ganas de pedir una foto abrazándolo, como pasó conmigo.

Sí, los objetos con historia, toman vida. Según me dijeron, es su ubicación lo que le convierte en una especie de frontera entre dos mundos completamente distintos, al interno de una misma ciudad.

De un lado viven jóvenes provenientes de todas partes del mundo para llenar de vida las aulas de estudio y del otro, residen adultos que trabajan y llevan sus vidas de adultos.

La diferencia entre ambos grupos es inmensa. Para los primeros, el futuro es un lugar lleno de esperanzas y las esperanzas están puestas precisamente en ellos. El destino se presenta como una hoja en blanco y el dibujo es libre, todos los colores están puestos a su disposición y tienen permiso para creer que el sol de mañana será aún más brillante que el de hoy.

Para los otros, los que han terminado la universidad y han comenzado a entenderse directamente con la vida y sus realidades, -las cuales, muchas veces tienen suficiente fuerza como para obligar a cualquiera a cambiar todos los planes- comienza a parecer que tal vez es hora de dejar de pensar tanto, que capaz no alcanza el tiempo para soñar tan grande.

Así que estas dos caras de un mismo sitio, llevaron a escribir esos libros que yo jamás he leído, pero que me he visto todas las películas en repetidas ocasiones.

Y fue luego de conocer la historia detrás del farolito del parque, que comencé a fijarme que es verdad que cuando los cuatro hermanos salen del ropero, lo primero que ven es precisamente un farol blanco, elemento que indica la frontera entre dos mundos.

La entrada a Narnia: una nación mágica donde es posible lo inimaginable, donde todas las criaturas son diferentes y las fortalezas de cada corazón sirven en provecho de un objetivo superior y común. Un lugar donde puedes hablar con Dios mirándole a los ojos.

Noté que para la tercera película dejaron de estar los dos hermanos mayores.

Al parecer la magia está reservada a los niños y a las mentes jóvenes. Será porque los años nos regulan la visión y perdemos la capacidad de ver lo esencial? Será porque llega una edad en la que dejamos de creer en nuestra intuición y creemos que es lo más inteligente conformarnos con “una vida normal”.

Un par de cosas más atraparon mi atención. La primera, una frase: Para vencer los monstruos que se encuentran en el exterior, es preciso acabar con los que habitan dentro de nosotros.

Y la segundo, la respuesta de Lucy, la hermana menor, a unas palabras de admiración que le decían “cuando sea grande quiero ser como tú”, a lo que contestó: lo mejor que puedes ser cuando seas grande es ser como tú.

Esos monstruos del exterior son cada uno de los obstáculos que encontramos día a día y que nos quitan la fe en incontables ocasiones. Que nos llevan a reconsiderar nuestras capacidades y a creer que todo eso con lo que soñamos es posible únicamente para unos pocos.

Que tal vez para otros es más posible. Y viendo sus logros, resulta fácil pensar: ojalá yo pudiera ser como ella, y nos libramos así de la incomodidad que puede representar ser quiénes somos y del trabajo que falta para llegar a ser quienes estamos destinados a ser:

nosotros mismos.

Sin arrepentimiento

Por aquellos días, apenas comenzaba con el hábito de comprar un periódico cada domingo y leer alguno que otro artículo de opinión.

En una de esas -lo recuerdo claro-, en el borde inferior de una de las páginas, casi como relleno, vi el testimonio de una enfermera que había trabajado en distintos ancianatos, y aseguraba que gracias a sus muchos años de experiencia había logrado constatar un factor común entre todos sus pacientes.

Esa similitud que tenían, sin que importara sexo, nacionalidad, mayor o menor nivel económico, era que sus mayores arrepentimientos no eran por cosas que habían hecho mal en la vida, sino, por el contrario, por cosas que precisamente habían dejado de hacer.

No recuerdo haber reflexionado demasiado al respecto, pero sin duda, me causó una fuerte impresión. Esa lectura logró surtir un efecto en mí, parecido al que una plancha caliente produciría en un niño que acaba de tocarla con los dedos. No lo quiero, fue suficiente. Recibí un aprendizaje.

Comprendí, o más bien asumí, que llegar al final de mi vida queriendo haber hecho cosas que no hice, no me iba a gustar.

Que seguro que me irá mejor si me atrevo a cometer los errores que tenga que cometer, porque al final, si toca arrepentirme de mis acciones igual tendré un beneficio superior al de evitar actuar por miedo a equivocarme.

Pues cuando mi tiempo haya llegado a su fin y el futuro no sea más que abismo, cuando mi existencia entera, carente de porvenir, se encuentre sostenida solo por los hilos del pasado, se me hará fácil ver que todo lo que quise hacer, pude haberlo intentado si tan solo hubiera sido un poco más osada.

Así que a partir de aquella tarde, cometí un sin fin de tonterías. De muchas de ellas, por supuesto, llegué a arrepentirme amargamente. Pero también conseguí impulso para seguir adelante en muchas ocasiones, a pesar del miedo, solo por pensar que en el futuro habría preferido hacer eso que quiero, que dejarlo de hacer.

Ya he dicho antes que “hay que decir te quiero mientras se quiera y no por temor al futuro, sino por amor al presente”. Pues bien, lo que sí es cierto es que tener en cuenta el futuro, nos puede dar un empujoncito a la hora de saber aprovechar el ahora.

Y es precisamente por eso que me considero afortunada por haber recibido el mensaje de aquel artículo de relleno que me permitió descubrir la vida desde una nueva perspectiva, y que enseñó a mis oídos a escuchar esa voz del futuro que susurra: cuando llegues aquí, todo eso que hoy te perturba, te da miedo o te entristece, habrá dejado de importar.

Otra forma de llorar

El Sari de hoy era otro. Y ese otro tampoco era el de hoy sino el de la semana pasada, que no publiqué porque llegué muy cansada. Quedó en espera.

El de hoy es de hoy. Es decir, lo estoy escribiendo minutos antes de hacerlo público (por la confianza que nos tenemos).

Mientras escribo recuerdo todas esas veces que he escuchado comentarios como “tú escribes sobre cualquier cosa”. Parece halago y acusación al mismo tiempo. Pero lo cierto es que sí, es más o menos así. Es lo que me va pasando lo que me lleva a reflexionar sobre una u otra idea.

Po ejemplo esta vez, la musa es la gripe. Y sí… porque me dio gripe.

Pero es que en realidad, en cualquier cosa, incluso en la más simple hay algo que merece análisis.

Y por otro lado, sin ánimos de exagerar, esta gripe vaya que no ha sido cualquier tontería. Me ha tenido con tanta alergia que pareciera que llevara tres días llorando. Las lágrimas andan a su libre albedrío y la cara la tengo roja e hinchada.

Una persona que ni me conoce me pidió: no llores. Y le respondí que ese era el peor consejo que se le podía dar a alguien, por dos motivos fundamentales: es malo y es inútil.

Inútil porque si intentas que alguien pare de llorar solo pidiéndole que no llore, no vas a lograr mucho. Y malo porque dejar de llorar realmente causa daño.

Ya te conté que el año pasado para mí fue un período bastante particular. Estuvo tan intenso, tan cargado de aprendizaje que para más o menos poder llevarle el ritmo tuve que hacer uso de psicólogos, consteladores familiares, astrología y demás hierbas aromáticas.

La primera psicóloga a la que fui, – esta vez no como paciente sino como acompañante- me comentó, al escucharme estornudar y quejarme de que me daba un resfriado cada diez días, que la gripe es otra forma de llorar.

Me explicó que el cuerpo encuentra siempre la manera de expresarse, que cada uno de nuestros males, representa una señal, un grito, una conversación pendiente con nosotros mismos.

Y así es como ocurre que si una persona no sabe llorar o deja de hacerlo porque necesita ser o parecer fuerte, somatiza.

Apenas había transcurrido una semana cuando volví a escuchar el mismo comentario. Esta vez yo era la paciente y quien lo dijo era mi psicóloga. Ahora presté mayor atención.

Luego de dos sesiones, mi única tarea era llorar. Pero por absurdo que parezca, porque razones sobraban, costaba muchísimo. Varios intentos después, lo logré. Y cuando por fin lo hice, costó parar. En los minutos que duró el llanto, pareció que me quitaba de encima kilos innecesarios. Ahí comencé a entender que llorar era una gran bendición. Y le di gracias a Dios por permitirme hacerlo.

Fue el remedio: pararon las gripes por un buen tiempo. Y hacía tanto que no me resfriaba así que me puse a pensar en el motivo por el cual pasó ahora. Y creo que entendí.

El cuerpo a veces también nos pide pausas, lanza protestas, se queja. Nos pide un ratico de descanso, un día para nosotros. Una tarde para escuchar qué nos queremos decir.

Me di cuenta. Llevaba meses trabajando un montón, saliendo en las noches, divirtiéndome, pasando tiempo con todo el mundo pero sin tomar un momento conmigo.

Así que ayer almorcé una sopa, volví temprano a casa, me preparé un tecito, vi videos de Mia astral y dormí. Me cuidé, estuve para mí. Me escuché y entendí.

Hoy estoy mejor, muchísimo mejor. Y me doy gracias por saberme escuchar.

¿Cuál de los tres eres?

Cuando Jesús llegó a la ciudad donde vivía su amigo Lázaro, quien había estado gravemente enfermo, se encontró con la noticia de que este había fallecido hacía dos o tres días.

Lo recibieron Marta y María, las hermanas del difunto, entre llantos a causa de su reciente pérdida. Alguna de las dos, tal vez con un reproche de trasfondo, deseó en voz alta que la llegada del Mesías hubiera ocurrido un poco antes.

Pero Jesús no se permitió entristecerse por la noticia, simplemente se limitó a decir: él va a resucitar.

Y ante su comentario, que a cualquier mortal le habría parecido una total locura, respondió Marta:

– Tal vez no has entendido Maestro, ya pasaron dos días desde su muerte, su cuerpo ha comenzado a descomponerse. Ahora ya es tarde.

– “Mujer de poca fe”, fue la respuesta de Jesús.

Es aquí cuando pronuncia esa famosa frase conocida incluso por los más ignorantes de la Biblia, como yo.

Y a continuación Jesús optó por obviar las dudas de Marta y se enfocó únicamente en su objetivo. Pidió que lo llevaran hasta el lugar donde se hallaba el cuerpo de Lázaro, pero eso sí, no se salvó de tener que seguir escuchando comentarios adversos.

Sin embargo fue guiado hasta la tumba y al llegar, antes de rodar la piedra que la clausuraba, alzó la vista al cielo y dijo gracias: “Gracias Padre por lo que va a ocurrir”.

Luego de eso, entró y pronunció otra frase también muy conocida:

– “¡Lázaro, levántate y anda!” Y fue entonces que ocurrió el gran milagro: Lázaro resucitó.

He notado que en la vida muchas veces somos Marta, otras somos Lázaro y también a veces somos Jesús. Y en ocasiones incluso somos los tres al mismo tiempo.

Somos Marta cada vez que limitamos el poder de la fe, cuando empañamos nuestras ganas de ganar con negatividad, lamentos y quejas. Cuando renunciamos y pensamos que es demasiado tarde para encontrar un arreglo. Y cuando entorpecemos y obstaculizamos con comentarios fatalistas, el camino de quienes están dispuestos a trabajar por encontrar una solución.

Somos Lázaro cuando dejamos que se nos apague el espíritu, cuando nos llevamos a estar más muertos que vivos, cuando perdemos por completo la esperanza.

Cuando nos decimos que hemos fracasado en todo, cuando en la memoria y cuenta de nuestra vida solo nos hacemos reproches. Cuando dejamos de intentar, cuando aunque queramos no logramos sonreír, no encontramos el final del túnel. Cuando asumimos que la vida se ha ensañado con nosotros. Cuando nos quejamos de la suerte, sin siquiera probar a sacarle algún provecho a los reveses.

Y somos Jesús cuando a pesar de todo, de tener que lidiar con Marta, de querer rescatar a Lázaro, habiendo visto con los ojos propios que todo acabó, obviamos y seguimos. Decidimos confiar y decir: gracias Padre por lo que va a ocurrir. 

Somos Jesús cuando enseñamos con nuestro ejemplo que sí es posible; cuando alentamos a nuestros amigos a levantarse otra vez y las que sean necesarias. Cuando actuamos siguiendo la certeza de que el ingrediente para que ocurran los milagros es la fe. Es poder decir gracias antes de tener eso que anhelamos y no solo después de que lo hemos obtenido.

Es agradecer porque sabemos que tenemos un Padre con la capacidad de hacer milagros. Y que solo nos pide que confiemos un poco, que tengamos fe del tamaño de un granito de mostaza.

Nota: este cuento bíblico lo escuché de un teólogo conferencista llamado Carlos Saúl Rodríguez. Mi aporte ha sido añadir mis propias reflexiones con respecto al rol de los personajes y por supuesto, escribirlo con el objetivo de compartirlo contigo y de parecerme con esto un poco más a Jesús, porque tal vez necesitas que alguien te recuerde que puedes ser más de lo que ahora estás siendo.

La promesa del balcón

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Hace casi exactamente un año estaba sentada en un balcón con vista al Manto de María, en Barquisimeto, solera verde en mano, inmersa en mi propio monólogo sobre el amor.

Decía que era una total y absoluta locura que mis relaciones siempre terminaran de la misma forma, como si fuera un guión de novela y que eso, obviamente, no podía ser casualidad.

Me di cuenta de que en todas las veces anteriores, luego de la ruptura yo había solucionado el problema conociendo nuevas personas, a manera de  pañitos de agua fresca que me hicieran creer que estaba sanando.

Y entonces entendí que si quería que el futuro tuviera una cara distinta, tenía que empezar a hacer algunas cosas diferentes. Por ejemplo, tomar el tiempo que usaba antes en alguna otra persona, para escucharme y entenderme a mí misma ahora.

-Voy a ser mi propia novia, ¡ya está! Esa fue mi solución y no puedo ni adivinar cuántas cervezas llevaba cuando dije eso. -Voy a estar conmigo por un año entero, sin salir con nadie más. Y luego maticé un poquito: -Bueno pero si llega alguien muy… No, nada de eso. Voy a estar un año entero completamente para mí.

¿Con cuál objetivo? A simple vista pareciera que no hubiera ninguno. De hecho, recuerdo que no habían pasado ni siquiera dos meses desde el evento que me llevó a tener aquel monólogo en el balcón cuando ya me estaban preguntando: ¿estás saliendo con alguien? Y como respondía que no, inquirían que cuál era la necesidad de estarle guardando luto a los muertos.

Pero yo había empezado a entender que buscar salir con z solo por afán de olvidar a x, no habría hecho más que empeorar las cosas. Experiencia tenía de sobra. Por otro lado, me comenzó a nacer la idea en la cabeza de que habría sido una falta de respeto conmigo misma y con todo el amor que todavía tenía.

¿Cómo iba a lograr confiar en mí si ni siquiera era capaz de hacer que mis acciones tuviera congruencia con lo que sentía? Si amar es tan bonito… ¿cómo traicionar yo misma algo que siempre he valorado tanto?

Así que ni di explicaciones, ni tampoco hice caso.

Hace un par de meses escuché a una mujer decir que en 30 años de matrimonio nunca fue feliz. Que estuvo cómoda y estuvo bien, sí. Pero feliz, jamás. Que su esposo fue buen padre y buen hombre, pero no el esposo que habría querido y que apenas ahora ella lo había notado, que antes no se había tomado el tiempo de preguntarse si por casualidad estaba teniendo algo por lo menos cercano a la mejor vida que podía tener.

Entonces intuí que me estaba haciendo las preguntas correctas y en el momento correcto… y que por difícil que pudiera parecer ejecutar mi decisión estaba haciendo lo mejor.

Para acompañarme en mi locura llegó a mí una conferencia Ted en la que otra loca llamada Hayley Quinn hablaba de una teoría suya más o menos parecida a la mía. Y me encantó, por supuesto.

Decía algo así como que muchas veces los seres humanos y sobre todo los jóvenes, usamos el amor como una vía de escape, una manera rápida de huir de todo lo que pueda incomodarnos: traumas no resueltos, recuerdos tristes, inseguridades, miedo al pasado, miedo al futuro, la sensación de estar en la vida sin hacer lo que realmente deberíamos estar haciendo.

Resolvemos todo eso enamorándonos a cada rato y entrando en esa zona cómoda en la que solo piensas en descubrir más sobre esa otra persona, donde todavía no hay defectos ni tienes que lidiar con nada. Nos olvidamos de todo, apagamos el silencio.

Y así continuamos, de persona en persona, buscando quien nos salve sin detenernos en ningún momento a mirarnos, a escucharnos, a preguntarnos qué queremos, si estamos bien. Seguimos ignorando a la única persona que de verdad nos puede rescatar de todos los fantasmas. Sí, nosotros mismos. Porque la verdad es que nadie más, ni por mucho que nos quiera, podrá hacerlo.

Y antes de que me preguntes: sí, sí logré cumplir la promesa que hice aquella noche en el balcón.

 

Me quedé sin nada

Como ves, me quedé sin nada. En el punto exacto para comenzar de cero.

Sola, viendo mis manos vacías e imaginando el mundo que habré de crear. Uno nuevo.

Me quedé sin absolutamente nada. Sin el mar como amuleto, sin amor para deporte y sin tu cara hasta en mi fondo de pantalla.

Me quedé sin ganas. Sin querer repetir que te amo pues cada vez que lo debí decir, lo dije. Sin la necesidad de escribir “te extraño” porque siempre que me faltaste en el cuerpo como si fueras agua y yo solo sed, te busqué sin cansarme. Porque cada vez que volviste, te recibí con la misma mirada que te hacia sentir en casa.

Me quedé así, sin nada. Sin querer decir lo siento porque, por cada vez que fallé, encontré diez soluciones y te pedí cien disculpas. Sin ganas de decir que no te vayas porque cuando te hice falta, simplemente estuve. Sin ganas de esperarte porque ya fueron suficientes todos esos meses de mirar el celular esperando tu mensaje.

Me quedé sin nada, el mejor impulso para comenzar de nuevo.

Dentro de mí no hay nada tuyo; nada de lo mío que era para ti. Todo lo que había, te lo fui dando de a poco. Ya te lo di.

Y como ves, ya me quedé sin nada.

Me quedé sin medio arrepentimiento, sin hubiera dicho y mucho menos con hubiera hecho. Sin miedo a hacer algo que te alejara totalmente.

Me quedé sin preguntas… ¿será que…? Nada. Todas las preguntas tuvieron respuesta. Dejaste de estar, ¿qué mejor información que esa?

Me quedé sin ti, sin la frecuencia de los recuerdos que ahora llegan solo en estos momentos en los que vienes y te sonrío y te doy las gracias por haberme dejado en el punto de partida para estar como estoy hoy: sin nada.

Pero sabiendo que sin tu mano como guía, estaría estancada cinco niveles más abajo, llorando y sin saber agradecer el valor de cada gota que hidrata mi cara, de tanta risa junto a ti, de tanto avance. Estaría sin aprender lo importante que resulta quedarse sin nada por lo menos una vez en la vida.

Me gusta haberme quedado así, sentada en el mueble y con esta flojera de responder tonterías; sin ganas de pensar más de la cuenta. Sin nada que analizar sobre ti. Pensando que en los negocios y en el amor es mejor fracasar antes de los 30.

Pues que valga la pena el fracaso: me dejaste quebrada. Solita, como me ves. Sin nada.

Luego de andar con un hueco infinito que no sé cómo me cabía dentro, de tener la mente nublada. Es evidente: luego de eso, ¿cómo no voy a apreciar haberme quedado así como estoy, sin nada?

Ya no soy quien antes era. Ya no soy agua de coco, busqué mi cauce. Soy río ahora. Y los ríos nunca regresan.

Porque sabemos de sobra que de nosotros atrás no encontraremos absolutamente nada.

Cambio en el camino

“Dirán que andas por un camino equivocado, si andas por tu camino”. Antonio Porchia

Todavía no estoy segura de haber sentido alegría o tristeza. Pero es un hecho que verla llorar a ella me conmovió profundamente.

Sí, claro que las lágrimas de los demás también me tocaron y las agradecí de corazón pero las de ella eran distintas para mí. Estaba acostumbrada a verla tan distante, tan jefa, tan dura y ahora… ¿lloraba porque yo me iba?

En ese momento habían pasado uno o dos días desde que renuncié al escritorio jurídico en el que había estado trabajando durante varios meses; eso fue en febrero del año pasado, poco antes de mi cumpleaños.

Te dije que 2018 había estado lleno de eventos estremecedores y este fue uno de ellos porque, aunque comparado con otros parece una tontería, la verdad es que en su fecha fue un batacazo.

Renunciar a las cosas que en algún momento nos llenaron de amor, de entusiasmo, de ilusión y hasta de orgullo cuesta no uno sino dos mundos.

Y cuesta aunque ya te hayas decepcionado de eso. Cuesta aunque ya sepas de sobra que no es lo que necesitas. Y cuesta, por absurdo que parezca, aunque te estés muriendo de ganas de irte.

Cuesta tanto porque nos avienta a un despeñadero llamado cambio que nos abre un vacío desde el pecho hasta el estómago y nos echamos hacia atrás como por instinto.

En mi caso no había nada que analizar. Me costaba pararme en las mañanas, me sentía desmotivada y ya no había ningún beneficio laboral -ni económico ni intelectual- que me hiciera querer sentarme a observar la balanza para ver hacia donde se movía. Pero, Dios mío, cuánto me costaba.

Para que tengas una idea de lo difícil que fue, el día en que renuncié, estuve como medio día sentada frente a mi computadora intentando hacer alguna cosa que no hice porque no logré concentrarme en nada.

Solo pensaba en cómo lo haría. Sentía la sangre en la cabeza y la presión alterada. La boca un poco seca y las manos sudorosas. No conseguía mover los pies para ir a decir lo que imperiosamente necesitaba.

Recuerdo que me escribió Diana Rufus, uno de esos ángeles que me ha mandado la vida para que me alumbren algún tramo del camino. Me dijo: ¿ya lo hiciste? Y le contesté que no había podido. A continuación leí: si no renuncias hoy no me hables más nunca.

Y en verdad lo que me dijo me causó tanta gracia que por un momento pude salir a flote de esa tormenta en el vaso que yo misma había creado y fui como por impulso a pedir hablar con alguno de los socios.

Tengo que renunciar.

La persona que se reunió conmigo fue la misma que me había contratado. La misma a quien le escuché decir en la entrevista: ya voy a parar la búsqueda porque tú eres exactamente lo que queremos. Alguien a quien le tomé un grandísimo cariño y esto, por supuesto, no hacía las cosas más fáciles.

Sin embargo cuando me preguntó “¿estás segura?” Yo supe que en realidad no tenía duda. ¿Y qué me ataba?

Así que, sin seguir ninguno de los consejos recibidos sobre cómo hacer una buena renuncia para “dejar las puertas abiertas”, renuncié. Hice lo que casi siempre hago: fui extremadamente franca.

“Me voy porque no estoy siendo feliz”.

Y cuando nos conocimos me preguntaste cuáles eran mis principales virtudes y la primera que mencioné fue lealtad. Pues bien, sería una deslealtad seguir trabajando sin sentir ningún tipo de pasión por lo que hago”.

Duró casi una hora mi renuncia. Un montón de minutos desperdiciados intentando que yo cambiara de opinión, escuchando promesas de un mejor futuro, de algún ascenso, de tomar alguno de los cambios que propuse.

Y después vino la despedida en la que lloraron casi todos. En la que todos dijeron que me extrañarían y que estaban orgullosos de mí porque seguro me iba detrás de algún sueño.

Tres semanas después de que me fui, casi todos los que estuvieron en mi reunión de despedida, renunciaron también. También la jefa distante, también el socio que me contrató.

También los otros que quisieron convencerme de que no me fuera.

Y un año y medio después comprendí un poco más de lo que había pasado aquel día: -me sigo sintiendo halagada por el afecto, claro- pero la verdad es que esa vez nadie lloró porque me iba.

No lloraron por mí, lloraron por ellos mismos… porque tenían justo en frente el cambio que querían pero no se atrevían a hacer.

La del Sari

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A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.

Herrar es de humanos

Herrar de humanos

“Eso es, permanezcan ignorantes, el conocimiento trae sufrimiento, los ignorantes son más felices”, dijo indignada mi profesora de latín, luego de los resultados devastadores de un examen sorpresa.

Y yo no comprendí del todo lo que había querido decir hasta que un día, de camino a Cuyagua, por el parque Nacional Henri Pittier, vi volar una botella de cerveza desde la ventana de un auto.

“¡INFELIZ!”, fue lo que me provocó gritarle. Tal vez lo hice. Y con mi indignación llegó la lucidez. ¡Claro, a eso se refería la Heltzel! Si yo no hubiese estado enterada del daño que puede causar el vidrio en el ambiente, seguro que no me habría importado lo que acababa de hacer aquella bestia.

Y lo mismo pasa con el uso del lenguaje. Si una persona no recibe educación, no le hace ni ruidito que alguien use la palabra “haiga”. Yo me acuerdo que cuando era niña la dije una vez… pero de verdad, no la repetí más nunca. Mamá, que siempre ha sido tan dulce en sus enseñanzas, esa vez no supo disimular el horror, abrió los ojos tres veces más grandes, se le desfiguró la cara y hasta comenzó a gaguear. Incluso en una niña de 7 años “haiga” pareció un pecado.

Mucho más grave que “hubieron”, es cierto. Pero este tampoco se salva. Yo cuando lo escucho, no lo controlo. Giro la cara hacia el lado contrario, como alejándome del evento, mientras me voy convenciendo de que no fue real, de que yo imaginé todo.

Pero en el fondo, no es descabellado que nuestra mente pueda tener ese tipo de deslices…  ¿no es la lógica de la conjugación lo que nos lleva a ello?

Pensando mejor, no es que la ignorancia nos hace felices sino que creernos con mucha cultura nos va poniendo medio tontos y engreídos. Que al minuto siguiente de aprender el significado de una palabra, nos parece absurdo que el de al lado no lo sepa. Como los estudiantes de comunicación social que en el primer semestre comienzan a sufrir ataques cuando escuchan que a la publicidad se le llama propaganda.

Les voy a contar. Al comenzar la carrera de Derecho, empecé a ver “lenguaje y comunicación”, una materia que a la mayoría le parecía de relleno pero que a mí me cambió la vida. Yo había estudiado en un colegio italiano y mi cabeza se volvía un merengue cada vez que escribía en español.

¿Cuándo va la s o la z o la c, Dios mío?

Mi twitter lo abrí en 2011, cuando no tenía ni conciencia. Cualquiera que quiera buscar un poquito, va a encontrar cosas peores que horrores ortográficos.

Precisamente en esa red social hace unos días leí a una argentina indignada por lo escritores que se toman a relajo la ortografía, los consideró ofensivos y faltos de compromiso.

Tal vez no sea para tanto, digo yo.

La escritura ya está bien acostumbrada a los juegos de palabras, a los cambio en el lenguaje y a las aceptaciones de la Real Academia, de manera que dudo mucho que se ofenda con facilidad.

Porque en esencia, veo que la escritura es alcahueta y complaciente. Disfruta de permitirnos hacer lo que nos dé la gana. Como una madre que deja a sus niños con lápiz y papel para que se queden quietos, absortos, distraídos. La escritura es libertad amable y pura que nos vuelve dioses, capaces de crear el mundo en siete días, dos noches o una línea.

Tal vez entonces, la única manera de ofenderla sería el pretender ponerle riendas para encarrilar sus andanzas, estableciendo parámetros que no tiene, marcando pautas que no quiere, disminuyendo su oxígeno.

Los errores nos ofenden solo a nosotros, por algún motivo. Nos escandaliza y nos volvemos arrogantes. Así pues, nuestro conocimiento nos hace infelices.

Cada vez que abrimos los ojos de forma desproporcionada, cuando nos reímos bajito en complicidad con nuestra superioridad imaginaria, cuando no admitimos que, la verdad, es que pudo pasarnos lo mismo, creamos jaulas.

A los errores hay que empezar a darles un mejor trato. No solo aceptarlos sino también quererlos, mirarlos con cariño, invitarles el café. Porque la vida sin errores es aburrida. La vida sin errores no aprende. La vida sin errores no avanza.

Y porque, definitivamente, herrar es de herreros y también de humanos, se los digo yo, romántica empedernida que mil veces pedí perdón por mis herrores, a puño y letra sobre papel.

Pasos

Pasos
Manifiesto poético inspirado en la frase “la más larga caminata comienza con un paso”. 
Ahora que al ver atrás reconozco su importancia, pido disculpas a aquellos primeros pasos mal juzgados e incomprendidos. Puedo entender, desde aquí, lo que fueron; su silencioso aporte en la construcción de este presente.
Un primer paso, de nuevo, y esta vez los que sigan, no serán ciegos. La estrella en mi pecho les alumbrará el camino. Ellos me llevan.
¿A dónde voy?
El lugar se me aparece en los sueños cada noche. Lo he inventado yo, eso es seguro, aunque no sepa exactamente cuándo. 

¿Fueron mis pisadas de antes las que hicieron el sendero? (Da gusto sentir que -después de todo- solo sé seguir mis propios pasos).

Van en silencio, en plena madrugada -uno primero, luego el otro- casi en secreto, por conservar la magia.

Puro polvo en el trayecto, de momento.

Pero el final ya lo he visto y es mi única salvación. Voy hacia él, me agarro de la tela de sus velas desde ahora, desde estas primeras tormentas. 

El mar que me acelera el paso, me lo trunca.

Pero Mar, tú me conoces: nada que hacer, ya me he empeñado.

Subiré al cielo y bajaré al infierno cuántas veces sea necesario darle la vuelta al mundo. 

Daré el siguiente paso aunque ya estos zapatos me lastiman.

Seguiré caminando también cuando los lobos del pasado reclamen mi cuerpo y los buitres me respiren cerca, adivinando un inminente tropiezo.

Seguiré.

Lanzaré al suelo los sueños que me vendieron,

son tan pesados

ya no los quiero.

Una por una me arrancaré las plumas que me regaló ese extraño,

me lavaré el pegamento de la piel,

¿para qué lo necesito?

Y aunque se haya adherido tanto,

que arrancarlo cause daño, lágrimas, dolor y sufrimiento,

seguiré con la piel herida,

con las lágrimas ardiendo en mis rotos,

hasta que el agua del cielo me limpie y me sane con las lecciones aprendidas,

con los miedos ya donados,

con la sangre pura.

Retomarán el brillo mis ojos marrones,

miraré al frente, sabia, fuerte y poderosa,

y me dolerá de adentro hacia afuera,

y me quedaré sin fuerza,

sin aliento,

otra vez sin nada.

Y de la nada nacerán mis alas,

mis pequeñas alas,

mis grandes alas.

Entonces podré, por fin, alzar mi vuelo.

Gracias, Tierra, por permitirme volar a través de cada paso.