Antes del fin

caronte

Abrí la puerta del copiloto, bajé del auto y al caminar hacia el edificio donde vivo, escuché, detrás de mí, el motor de una moto y una voz de mujer que me obligó a voltear, exigiendo que le entregara mis cosas.

Giré y encontré a dos personas uniformadas, eran policías. Que le diera el maletín, me repitió aquella. 

A pesar de pensar en todo lo que estaba perdiendo -la computadora, el teléfono, los documentos-, reaccioné de la forma correcta: hice exactamente lo que se me pedía.

Un paso hacia adelante a la vez que extendía el brazo izquierdo con pensada calma, y entregué, esperando que, al obtener lo que querían, se fueran. Pero no ocurrió así.

Apenas estuvo en posesión de mis cosas, sonriendo, en un delirio del triunfo que da el poder cuando se mezcla con el resentimiento, la mujer policía me disparó.

Sin embargo, no lo hizo de inmediato. Antes de eso, del disparo, quiero decir, antes, eligió jugar. Con el arma en su mano derecha, me apuntó. Supuse que buscaría mi corazón y esperé. No vi la vida pasar en un segundo ni nada. Solo fue un vacío en el pecho o tal vez una presión, anticipando el ardor que causaría la bala.

No llegó.

Cambió de objetivo. Comenzó a pasear -de forma calculada- el ojo del cañón por mis piernas, -¿rodillas?- pensé en los patines. Bajó más y subió rápidamente, sin presionar el gatillo, gozando el placer de ver el terror en mi cara.

Escuché el disparo.

No sentí mucho pero intuí que algo caliente bañaba mi cabeza. Comprobé con las manos y se llenaron de sangre: estaba herida. Pero la bala me rozó solamente. Seguía viva… ¿porque lo quiso Dios o porque así lo quiso ella?

No acabó del todo conmigo, prefirió atentar contra mi fe, matarme de impotencia.

Se fueron.

¿Quiénes eran? parte del cuerpo de seguridad. ¿Qué podía yo hacer contra ellos?

Nada.

¿Vale la pena seguir creyendo que se puede continuar trabajando por Venezuela, sabiendo que el precio podría ser la propia vida?

Me hice esta pregunta al abrir los ojos y asegurarme de que había sido una pesadilla.

Hay noches en las que los sueños se confunden con la realidad… y hay realidades que no guardan diferencia con las noches más oscuras. ¿Son recreaciones o visiones? 

En cualquier país del mundo mi sueño sería digno de análisis. ¿Pero aquí? en Venezuela no tiene nada extraño, no es absurdo, su origen es muy claro. La escena fue normal.

¿Qué hay de raro en que una policía me haya robado y haya decidido disparar solo porque quería? Dentro de estas fronteras yo podría contarlo como un hecho de la vida real, sin encontrar mayor escepticismo.

Vuelvo al punto.

¿Por qué decidí permanecer en un país del que tantos se han ido? ¿Qué me tiene en Venezuela todavía? ¿Será que en el fondo me resulta atractivo ese cincuenta por ciento de riesgo de no llegar a contarlo? ¿O es precisamente para contarlo que sigo aquí?

“¿Cómo ha sido vivir en Venezuela?”

Hay tantos que no lo saben. Y los que lo saben no se han enterado por mí. Mis escritos, hasta ahora, han evadido -casi siempre- la realidad cotidiana, agarrándose, como si fueran lianas, de momentos gratos. He querido que mis letras sean, por lo menos tres minutos de luz, de distracción, de claridad.

No obstante, ahora que comienzo a sentir en el cuerpo una sensación de cambio -díganme ingenua si quieren, pero yo el 24 de enero en la mañana amanecí respirando democracia, y hasta ahora nada me saca ese aire fresco de los pulmones- empiezo a creer que viene siendo hora de tratar otros temas. Porque haber estado aquí todo este tiempo no debería pasar por debajo de la mesa. 

Yo también tuve el impulso de agarrar maletas y despedirme de esta tierra sin ley, peligrosa y casi estéril de oportunidades honestas. Tuve planes, tuve opciones. Pero, por otro lado, tuve la sensación profunda -¿intuición? – de que si me iba, me alejaba de mí. Que dejaba algo importante o perdía una oportunidad más grande que todas las posibilidades que pudiera ofrecer una economía estable.

Quizá el placer de conocerme hasta el fondo, la valentía de asumir el reto de nacer en Venezuela en el momento histórico en que nací. No durante la bonanza de la que tanto se habla ni después de una dictadura maldita, sino justamente entre una cosa y otra, en el medio, en los años infernales de no tener respuestas. En el calor del momento destinado a ser historia pero que entonces, no lo era -no lo es- y solo era eso, un momento, una incertidumbre: una pregunta ¿estoy haciendo lo correcto? ¿estoy botando la vida en un lugar que cada día se vuelve más gris? en una ciudad desactualizada, sin luces, sin agua, llena de peligro, de indigentes, de viejos comiendo de la basura.

De censura, de cadenas en radio y televisión en las que solo se daban noticias falsas y análisis absurdos, de descaro, de arbitrariedades.

Esto también ha sido vivir en Venezuela.

¿Quieren que diga más?

 

 

 

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Por los que no tienen voz

vuelo en v

La lluvia de nieve había dejado las calles mojadas, por eso los farolitos alumbraban dos veces, arriba y abajo, haciendo del suelo una plataforma brillante, entre nostálgica y alegre. Yo jugaba con el vapor que salía de mi boca por el frío, fingía que fumaba mientras saludaba a los pasantes desconocidos, quienes contestaban alzando sus copas, llenos de emoción. Era fin de año, uno de los pocos que he pasado lejos de mi abuela, del pan de jamón y de las gaitas.

Caminaba hacia una iglesia de Avellino donde se celebraría una misa para recibir el 2006. El sacerdote era venezolano y se había encargado de que la coral aprendiera una canción en español, una que yo conocía ya, podía incluso seguir la letra, puesto que pertenecía al repertorio de los viajes por carretera con mis padres.

“Que canten los niños que viven en paz y aquellos que sufren dolor, que canten por esos que no cantarán porque han apagado su voz”.

La felicidad que me causó escuchar una canción en español me hizo estar mucho más sensible al mensaje, por ello cada palabra que escuchaba se cargaba de significado. Entonces, en aquel momento comprendí que yo era parte de esos niños que cantaban por los que no podían.

Yo era una niña con voz. Me reconocí como tal, no tenía ninguna duda. Durante mi vida había construido un expediente con pruebas suficientes para sustentar mi certeza. Diez años de pequeñas proezas, de no permanecer pasiva antes los regaños inmerecidos, de defender a mis compañeros de colegio de cualquier maltrato verbal de los maestros -al punto de intentar una denuncia formal en alguna oportunidad- de dar consejos a mis amigos sobre los límites de lo tolerable con respecto a la violencia doméstica y nunca permitir imposiciones electorales en favor de alguna candidata a reina del carnaval, por ejemplo.

La injusticia me indignó desde el momento en que pude diferenciar entre lo bueno y lo malo y contra ella tomaba acciones, daba respuestas. Eso, lo que decía la canción… tenía voz.

No obstante, varios años después de aquella noche, curiosamente, mis cuerdas vocales comenzaron a fallar, perdieron fuerza. Y por más que quisiera no encontraba dentro de mí la disposición para contestar como antes: de pie, sin miedo, sabiéndome respaldada por la razón y por el apoyo de mis padres.

Ahora creía que la razón no estaba de mi lado; ahora yo misma era parte de lo que consideraba “el mal”.

Escuché burlas sobre los homosexuales, vi caras perplejas, reacciones de infarto ante algún acto de amor entre personas del mismo sexo. Sentí la tensión al surgir el tema y decidí callar. Apagué mi voz por voluntad propia.

De esa forma alejaba las sospechas, evadía preguntas incontestables, me salvaba de lo incómodo. Intenté ser como el resto: como mis hermanos, como mis amigos. Tenía miedo de perder a los que más amaba. Pero cada día me servía para confirmar que la mía era una misión imposible.

Así que poco a poco, en un esfuerzo titánico, fui hablando con los más importantes. Mamá, hermanos, papá. Amigas más cercanas: Andrea, Letizia y, años después, Valentina y su familia.

Todas las reacciones fueron sorprendentes por parecidas: como seas te quiero. Ese fue el mensaje que recibí en cada conversación.

Sin duda, mi experiencia es excepcional.

Por estas respuestas fui lentamente recobrando el valor perdido. El miedo se fue disipando, se volvía nada. El apoyo que encontré se convirtió en jarabe, en la cura de mis cuerdas vocales. Y el silencio se fue quebrando.

Con el respaldo de mis seres queridos, la opinión de los demás perdía importancia, se hizo más fácil decir mi verdad. Dejé de ocultarla.

Más que eso, la hice pública. Y en este blog escribí artículos como A pesar de mi madre me gradué y Los homosexuales también van al cielo, que me dieron la oportunidad de escuchar agradecimientos por parte de muchachos del pueblo donde vive mi abuela. Uno de ellos me confesó que había encontrado el valor en mis escritos para hablar con sus padres acerca de sus preferencias sexuales.

En ese momento comencé a tener la sospecha de que recuperaba la voz.

Por eso no hice caso a otros comentarios que llegaron más adelante. Sugerencias… “podrías ser menos directa”, “no te conviene ser tan obvia, te lo digo por tu bien”, “se te cierran puertas”.

Era gente que me quería y, sin duda, no les faltaba buena intención. Eran voces que salían del interior de personas que aprendieron a callar y se convencieron de que funcionaba.  

Incluso es probable que hayan tenido razón. Posiblemente se cierren algunas puertas pero, quién sabe, quizá por el mismo motivo se abran otras. Ya ven que puertas hay de todos los tipos.

No estoy sola, hay más personas que han decidido hablar.

Así fue que me enteré de un suceso en extremo lamentable ocurrido hace unos días en Caracas, específicamente en un local llamado Pisko Bar, ubicado en el Centro Comercial San Ignacio.

En ese lugar fueron agredidas -verbal y físicamente- por el personal de seguridad -avalados por el encargado- dos chicas por ser lesbianas.

¿Los vigilantes actuaron de esa manera por homofobia? No, la homofobia sola es otra cosa. Cada quien decide -o no- qué detestar. Todos tenemos nuestros rechazos pero no por eso llegamos al extremo de agredir, de golpear a quien no nos gusta.

Lo hicieron por delincuentes, por bestias. Habrían actuado de la misma forma con cualquier persona que consideraran desprotegida.

No podemos olvidar, sin embargo, que tanto la violencia como la discriminación están condenadas por nuestras leyes, empezando por la Constitución de la República. Y aunque es verdad que la justicia en este país está muy mal administrada, existen mecanismos para encausarla.

En este caso particular, como en muchísimos otros, sus víctimas -tengo entendido- no han querido seguir ningún proceso legal, pero por otro lado, a diferencia de tantos otros casos, a esta historia sí se le dio voz, fue contada por Diego Vega en @UB_Magazine. 

Por eso llegó a mí. A mí que conozco muy de cerca la verdad de su relato puesto que en no pocas ocasiones me he visto en situaciones ligeramente parecidas, debiendo defenderme alegando leyes, invocando un título que ejerzo, usando la fuerza de mi voz.

Esta voz que ahora sumo a las de Andrea y Clara para que su historia llegue a más gente.

Por ellas, por mí y, sobre todo, por aquellos que nunca han hablado y que posiblemente nunca hablarán, puesto que en algún momento alguien apagó sus voces.

Con esta voz pido a todos los que me lean que no acudan a lugares que promuevan el rechazo, la violencia, el odio.

Y, específicamente, en esta ocasión les pido, que jamás entren a ese nefasto local llamado Pisko Bar.

 

NO ESTAMOS EN DICTADURA

dictadura

Cercenan

la información

Silencian

lo que no conviene

Y con su imprenta hasta la sangre tapan

 Y con la fuerza

la verdad se queda muda

 Se lavan las manos

Levantan la voz

y se les escucha decir:

¡No estamos en dictadura!

Dicen también,

Como un mantra

que antes todo era peor

 que criticamos por no conocer nuestra historia

que la derecha es el diablo

 que el socialismo es la gloria

Que la propiedad es un vicio y la comunidad la cura

 pero despilfarran plata

por la morbosidad más pura

Juran por todos los santos que gozamos libertad

que tanta felicidad nos pone la mente oscura

que esto es lo que ustedes quieran

pero nunca dictadura

 “No es utopía, es posible

Y lo lograremos con tu ayuda.

Miren que, pese al bloqueo, se ha logrado mucho en Cuba.

Es cierto, no tienen nada

pero tienen dignidad que es el mayor de los bienes”.

-No, señores,

la verdad, es que solo hay dignidad

en aspirar a lograr,

con el propio esfuerzo,

aquello que aún no se tiene.

“Somos amor y esperanza”

mienten con su cara dura

mientras matan estudiantes

 pero no

 claro que no

¡No estamos en dictadura!

Si a usted le parece fuerte la palabra “dictadura”

 digámosle “religión”

ya que han endiosado una figura

y en sacrificio le ofrecen el dolor y la amargura

DE UN PUEBLO

que entiende y sabe que aunque a veces sea hasta ruda

no hay que hacer por un capricho

que la vida sea más dura.

30 de julio 

MKMM

Trece años y una profesora de historia judía era lo que yo tenía en aquel momento.

En mitad de una clase sobre la Alemania de Hitler, le escuché decir que era importante conocer la historia porque siempre se repite. Sobran ejemplos de los eventos que pudieron evitarse con la sola lectura del pasado; son los personajes los que cambian pero la naturaleza del humano continúa siendo la misma.

Pensé en voz alta: imposible que vuelva a ocurrir en el mundo alguna cosa tan atroz, mucho menos en Venezuela. Me respondió: sigue siendo posible, Fernanda. Incluso hoy, incluso aquí, es por ello que insisto tanto en este tema.

No recuerdo el día ni la fecha pero las palabras se me quedaron grabadas para siempre, no sé por qué, porque no las creí, seguí pensando que yo tenía razón.

Hace un tiempo comencé a tomarlas más en serio. Y hoy –no quiero ni pensar en cuántos años después- las creo. Comprendo que nunca se sabe cuándo va a llegar el mensaje, por eso hay que enviarlo, aunque en principio parezca que se ha perdido. Aunque se pierda, incluso.

30 de julio de 2017: logré mantener casi intacto mi ánimo, hasta que vi las fotos de los magistrados que conforman el TSJ, votando, sonrientes por la eliminación de nuestra Constitución, de nuestro Estado de Derecho, de nuestra República.

Fotos que dicen que están felices con lo que hacen y con lo que está pasando, fotos que envían un mensaje al Ejecutivo: estamos cumpliendo el trato. Y un mensaje al resto del país: ríndanse, que la justicia no existe, no aquí, no ahora; si quieres mejorar tu vida, vete.

Me viene a la mente la clase de historia: países cómplices, gente enriqueciéndose de manera exagerada mientras otros morían, por armas o por hambre o por dolor. Pueblo apoyando aquel régimen. Leyes hechas a voluntad del tirano, tribunales puestos a su disposición. Ejecución sin proceso, jueces del horror. Dejà vu.

Guardemos esas fotos.

Porque llegará un momento en el que sus personajes dirán que ellos no quisieron, que no estuvieron de acuerdo. Que el dinero lo obtuvieron de la forma más honrada, que la culpa es de otro. Lo harán sin vergüenza en la cara, al igual que hacen lo que están haciendo ahora. Entregan su país y se lavan las manos, se retratan orgullosos porque están guapos y apoyados.

Cerremos los ojos y pensemos que vemos el futuro por el hueco de algún cerrojo. Y ahí están los magistrados, los ministros, recibiendo “lo suyo” que sería justicia en palabras de Ulpiano. Y que vemos en sus rostros el mismo miedo que hoy nos ahoga. Pensemos que las sonrisas, entonces, estarán en las caras de la gente, de los venezolanos.

Pensemos en el futuro para sobrellevar el presente y mientras tanto, hagamos el expediente. Guardemos las fotos porque llegará el momento en el que alguien dirá que lo ahora ocurre, no ocurrió. Y en algún colegio un estudiante pensará que es imposible que vuelva a suceder.

Aunque ayuda, no hace falta creer en Dios para confiar en la posibilidad de un mejor mañana. Solo hace falta conocer la historia. Y hace falta enseñarla… para que no se repita.

JUVENTUD AL SUELO

Sin sospechar el efecto,

cantaste el himno en la escuela,

no sabías que cada letra se te quedaría en la sangre

y que se te prensarían las venas

cuando escucharas afuera,

por cualquier casualidad,

la melodía de tu hogar.

Te aprendiste de memoria tres colores,

siete estrellas,

un escudo que brillaba con el oro,

un caballo que jugaba entre la arena.

Dibujaste con tus manos las fronteras

de un lugar que fue llamado “Venezuela”

País libre y soberano desde tiempos de Angostura,

con lluvias de democracia

y charcos de dictadura.

 

Respetaste cada nombre

de los hombres que te dieron libertad.

Soñaste un mejor país

donde el hambre no doliera,

donde no ondeara otra tela

que no fuera tu bandera.

Donde la tierra que pisaras fuera tuya,

tuya por ser de tu tierra.

Donde no mandara nunca una potencia extranjera.

 

Empezaste a vivir con el estreno de un siglo

Eras apenas un niño

Cuando comenzó el discurso sobre ataques desde afuera.

 

Pero te surgió la duda:

¿el ataque es desde afuera?

¿Por qué un gobierno tan bueno habla pero nunca escucha?

Te supiste sin opción

Y decidiste hacerte parte de la lucha.

 

Cubriste tu cara y expusiste el pecho a las bombas y a las balas

Confiando cada segundo a la suerte

Pero al instante siguiente ya no más

Entre una nube de gas

Nació un río de sangre caliente

Y cayó tu cuerpo inerte

 

Tu coraje fue una ofensa

Los trajes verdes te lanzaron a la muerte.

 

Lloran las madres

llora el futuro

llora el presente

 

Al contemplar que la tierra va cubriendo tu ataúd

Que va al suelo de tu patria

La flor de su juventud.

Felicidad Alquilada

Yo pensé que sería la única… pero no.

Cuando me pidieron el favor de que fuera a la verdulería que está cerca de la casa a buscar los desechos, las sobras, lo que nadie compra, yo no vi ningún problema. No pensé que sería difícil porque no estaba detrás de nada muy codiciado, así que no habría competencia. Además, cada vez que voy, el dueño me incomoda con piropos y miradas fuera de lugar, de manera que molestarlo yo, por una vez, no me pareció un abuso.

Entré, le comenté el motivo de mi visita y no hubo ningún problema. Me mostró los sacos de basura y yo me acerqué para llenar las dos bolsas que tenía en las manos. Justo estaba amarrando la primera cuando se acercó un niño. Mi reacción fue preguntarle por qué hacía lo mismo que yo, pensé que si estaba ahí tal vez tenía motivos parecidos a los míos, es decir, usar aquello como abono.

En el momento en que le pregunté qué hacía, lo que pensé en realidad fue que posiblemente tendría conocimientos de agricultura y me podría ayudar a elegir de mejor manera. Su respuesta sí que no me la esperaba. Me dijo: esto sirve para complementar. Inmediatamente entendí a qué se refería.

Él estaba buscando su comida en el mismo sitio donde yo buscaba el alimento para las lombrices californianas. Me aparté y dejé que él escogiera primero. Luego decidí cambiar de lugar, me alejé y encontré otro saco de verduras podridas. Y entonces se me acercó una señora delgadísima a preguntarme qué había encontrado. La miré y respondí que no había nada que sirviera.

Ocurrió. Llegó el choque con la realidad cruda, esa de la que tanto leo y escucho pero que en realidad pocas veces veo de cerca. Es imposible que un evento como este no nos deje pensando… tal vez esto, en la historia de este país -incluso después del descubrimiento del petróleo-  no es algo que no haya ocurrido antes; sin embargo, que sea tan generalizado parece algo nuevo.  Ver el hambre en tantos rostros, en tantos cuerpos malnutridos, en las miradas tristes, se ha hecho común, cotidiano.

Incluso parece absurdo que en un país como Venezuela, comer, para mucha gente, se haya convertido en un lujo. Después de tanto despilfarro, sin ver, costaría creer lo que se está viviendo ahora. Los venezolanos hemos dejado de ser niños mimados y nos hemos convertido en huérfanos que necesitan buscar el pan por sus propios medios.

De una moneda devaluada, tenemos que cada bolívar cuenta para llenar el estómago, que la comida vale más de lo que nunca supimos, que las cosas cuestan. Nos estamos enterando ahora de que éramos felices y no lo sabíamos pero también de que era una felicidad regalada, casi inmerecida.

Teníamos una felicidad alquilada y ahora no hay cómo pagar la renta.

Venezuela, más paraíso que infierno: Mérida.

Desde muy pequeña he tenido la inmensa fortuna de viajar constantemente de un lado a otro dentro de Venezuela; conozco casi todos los estados de mi país y los pocos que me faltan están escritos en una lista de “cosas por hacer”.

Hace poco visité, por tercera vez, el estado Mérida y en este último viaje que hice, disfruté muchísimo más que en los anteriores -seguramente por eso de que la compañía importa tanto o más que el lugar-.

Desde que llegué al aeropuerto de El Vigía comenzó a ser simpática la aventura. Un señor se me acercó y me dijo que podíamos pagar el taxi hasta Mérida juntos y así nos saldría más económico a ambos. La idea me pareció buena, así que acepté y él se quedó a mi lado mostrándome fotos de lugares turísticos.

Le comenté que, como es normal en mí, no había hecho ninguna reservación en posada alguna y él me dijo que, si no encontraba hospedaje, podía pasar la noche en su casa. Ya sé lo que están pensando. Yo también lo pensé y en ese momento hasta me dio miedo montarme en el taxi con él… pero lo hice y, en hora y media de camino conversando, me di cuenta de que su oferta había sido por extrema amabilidad y no porque tuviera alguna otra intención.

Al siguiente día, mientras subía a Tierra Negra, lugar donde volaría en parapente, el piloto me preguntó a qué me dedicaba y cuáles eran mis planes para el futuro. Le dije que me acabo de graduar de abogado y que sopeso la idea de irme del país dentro de un tiempo. Me respondió que no sabe en qué va a resultar toda esta ola de emigración que se está viviendo ahora pero que, si de algo estaba seguro es de que en Venezuela, incluso en estas circunstancias, es mucho lo que se puede hacer.

Pasé el resto del camino pensando en lo que me acababa de decir.

Luego pensé en otra cosa: la forma en la que mucha gente habla de Venezuela y de los venezolanos. Por estos días es muy frecuente escuchar que “este es un país de mierda” o que “no es el país sino la gente que no sirve para nada”. Pero ya no creo que eso sea tan cierto. Yo pienso que Venezuela es un hermoso país, lleno de gente hermosa también. Es lamentable que haya tanta gente dañina, pero estoy segura de que es más la gente que vale pena que la que no.

Yo también he dicho esas cosas. Lo digo casi siempre cuando salgo a la calle y veo que es poco lo que funciona. Sin embargo, de vez en cuando, está bien pensar distinto, ver el otro lado de la moneda, aunque sea por el bien de la propia salud.

Venezuela es un país de gente muy noble, creativa, graciosa, inteligente y chévere. Estamos pasando por un momento en el que, a cualquiera se le dificulta mantener la amabilidad intacta, y por eso, digo yo, hay tan mala atención en Caracas y en varias otras ciudades, pero no en todas partes es así. En Mérida no fue así.

Este es un escrito optimista, sí. Y yo creo saber el motivo. Posiblemente sea a causa de la abuelita nueva que hice en Mérida. Se llama Nina y me regaló el batido más delicioso del mundo en “BUBBLE TEA ROOM” y, además, me invito a cenar a su casa, invitación que, por supuesto, acepté. La cena fue excelente. Como toda buena abuela me hizo comer un montón, no importaba que le dijera que estaba bien ya.

Creo que estar con ella me hizo pensar como lo estoy haciendo ahora, porque la verdad es que yo siempre encuentro gente chévere en todos los lugares a los que voy. En Maracaibo, mi amigo Darío me trató mejor que mi madre, en Puerto la Cruz un señor desconocido me llevó en su carro a comprar desayuno porque yo me perdí en el camino. Aquí en Caracas otro desconocido me salvó de un robo, tal vez arriesgando su vida, y me trajo hasta mi casa.

En fin, como lo veo ahora, Venezuela es paraíso más que infierno, y definitivamente es mucho lo que se puede hacer por este país. Hay más gente valiosa que manzanas podridas y, antes de decir cosas negativas -con razón porque hay muchísimas y llenan de impotencia- tenemos que preocuparnos por ser, nosotros, los mejores venezolanos que podamos ser.