La del Sari

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A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.

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Herrar es de humanos

Herrar de humanos

“Eso es, permanezcan ignorantes, el conocimiento trae sufrimiento, los ignorantes son más felices”, dijo indignada mi profesora de latín, luego de los resultados devastadores de un examen sorpresa.

Y yo no comprendí del todo lo que había querido decir hasta que un día, de camino a Cuyagua, por el parque Nacional Henri Pittier, vi volar una botella de cerveza desde la ventana de un auto.

“¡INFELIZ!”, fue lo que me provocó gritarle. Tal vez lo hice. Y con mi indignación llegó la lucidez. ¡Claro, a eso se refería la Heltzel! Si yo no hubiese estado enterada del daño que puede causar el vidrio en el ambiente, seguro que no me habría importado lo que acababa de hacer aquella bestia.

Y lo mismo pasa con el uso del lenguaje. Si una persona no recibe educación, no le hace ni ruidito que alguien use la palabra “haiga”. Yo me acuerdo que cuando era niña la dije una vez… pero de verdad, no la repetí más nunca. Mamá, que siempre ha sido tan dulce en sus enseñanzas, esa vez no supo disimular el horror, abrió los ojos tres veces más grandes, se le desfiguró la cara y hasta comenzó a gaguear. Incluso en una niña de 7 años “haiga” pareció un pecado.

Mucho más grave que “hubieron”, es cierto. Pero este tampoco se salva. Yo cuando lo escucho, no lo controlo. Giro la cara hacia el lado contrario, como alejándome del evento, mientras me voy convenciendo de que no fue real, de que yo imaginé todo.

Pero en el fondo, no es descabellado que nuestra mente pueda tener ese tipo de deslices…  ¿no es la lógica de la conjugación lo que nos lleva a ello?

Pensando mejor, no es que la ignorancia nos hace felices sino que creernos con mucha cultura nos va poniendo medio tontos y engreídos. Que al minuto siguiente de aprender el significado de una palabra, nos parece absurdo que el de al lado no lo sepa. Como los estudiantes de comunicación social que en el primer semestre comienzan a sufrir ataques cuando escuchan que a la publicidad se le llama propaganda.

Les voy a contar. Al comenzar la carrera de Derecho, empecé a ver “lenguaje y comunicación”, una materia que a la mayoría le parecía de relleno pero que a mí me cambió la vida. Yo había estudiado en un colegio italiano y mi cabeza se volvía un merengue cada vez que escribía en español.

¿Cuándo va la s o la z o la c, Dios mío?

Mi twitter lo abrí en 2011, cuando no tenía ni conciencia. Cualquiera que quiera buscar un poquito, va a encontrar cosas peores que horrores ortográficos.

Precisamente en esa red social hace unos días leí a una argentina indignada por lo escritores que se toman a relajo la ortografía, los consideró ofensivos y faltos de compromiso.

Tal vez no sea para tanto, digo yo.

La escritura ya está bien acostumbrada a los juegos de palabras, a los cambio en el lenguaje y a las aceptaciones de la Real Academia, de manera que dudo mucho que se ofenda con facilidad.

Porque en esencia, veo que la escritura es alcahueta y complaciente. Disfruta de permitirnos hacer lo que nos dé la gana. Como una madre que deja a sus niños con lápiz y papel para que se queden quietos, absortos, distraídos. La escritura es libertad amable y pura que nos vuelve dioses, capaces de crear el mundo en siete días, dos noches o una línea.

Tal vez entonces, la única manera de ofenderla sería el pretender ponerle riendas para encarrilar sus andanzas, estableciendo parámetros que no tiene, marcando pautas que no quiere, disminuyendo su oxígeno.

Los errores nos ofenden solo a nosotros, por algún motivo. Nos escandaliza y nos volvemos arrogantes. Así pues, nuestro conocimiento nos hace infelices.

Cada vez que abrimos los ojos de forma desproporcionada, cuando nos reímos bajito en complicidad con nuestra superioridad imaginaria, cuando no admitimos que, la verdad, es que pudo pasarnos lo mismo, creamos jaulas.

A los errores hay que empezar a darles un mejor trato. No solo aceptarlos sino también quererlos, mirarlos con cariño, invitarles el café. Porque la vida sin errores es aburrida. La vida sin errores no aprende. La vida sin errores no avanza.

Y porque, definitivamente, herrar es de herreros y también de humanos, se los digo yo, romántica empedernida que mil veces pedí perdón por mis herrores, a puño y letra sobre papel.

¡Vamos bien, Venezuela!

 

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“Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando la virtud y honor.”

Apenas escuchaba el inicio de este coro, me sabía casi fuera de peligro de ser encontrada.

Miraba a Andrea, mi fiel compañera en esta clase de aventuras, sonreía y soltaba el aire contenido en los pulmones con el fin de evitar cualquier señal de vida que pudiera alertar a los agudos oídos de Aidé, una bedel con complejo de perro policía, chismosa como nadie, incapaz de guardar un secreto.

Ya me había llevado ella misma a la dirección en infinitas ocasiones y bien poco le habían importado mis ruegos desesperados:

-¡no vayas a decir nada, por favor, Aidecita!

-Si no te llevo, me botan, decía. 

Puras falacias de brujas.

El himno nacional de Venezuela debe ser uno de los más largos del mundo. Pero no era por eso que me escondía para no cantarlo.

A las siete en punto comenzaba la formación y yo corría despavorida huyendo de las miradas de los profesores. -Sé que más de una vez me vieron sin decir nada, eran mucho más leales que Aidé-. Me ocultaba casi siempre en los baños pero también llegué a quedarme agachada detrás de los cauchos de los autobuses amarillos, largos y viejos que hacían de transporte escolar. En silencio pero con la respiración agitada y la sangre caliente de pura adrenalina a pesar del frío matutino. Nada más efectivo para sacarse el sueño del cuerpo.

No sé si en todos los países sea obligatorio cantar el himno antes de entrar a clases.  Y nosotros, para más, cantábamos el himno de la alegría también. Como 10 minutos menos de clases, en total, eso era lo bueno. Sobre todo cuando a primera hora teníamos latín o matemática.

No me pregunten por qué me escapaba que de verdad no lo sé.

Yo no sentía aversión a estar en fila, en el patio, frente a los profesores, moviendo los labios, simulando que seguía la letra, nada de eso. Era más bien que me gustaba sentir que me fugaba. Quizá era Aidé quien le ponía toda la emoción al juego, como un tiburón rondando un cardumen.

“Letra de Vicente Salias y música de Juan José Landaeta”. Me viene automático. Es posible que si me preguntan quién fue Vicente Salias,  de buenas a primeras, responda “no sé”. Pero al escuchar el himno, lo digo mentalmente, es fijo, como si fuera un eslogan. Incluso puedo escuchar la educada voz gruesa y firme que lo introducía en los desfiles  militares del 5 de julio.

Viéndolo en retrospectiva, el himno hasta me gustaba. Recuerdo las mañanas de colegio con cariño. Y se me viene a la cabeza, como si fuera todo parte de una misma cosa, esa melodía, “Gloria al bravo pueblo” y luego una empanada de queso en el desayuno con una malta. Y el alboroto con los amigos.

Pero nunca pensé con tanta seriedad en el grado de importancia que tenía escucharlo y cantarlo al comenzar un día de clases.

Lo supe hace 12 días, el 23 de enero de 2019, cuando acudí a la juramentación del Presidente Interino de Venezuela, que se llevó a cabo al amparo del artículo 233 de la Constitución Nacional, el cual establece que el presidente del parlamento asumirá la primera magistratura en caso de que haya falta absoluta en dicho cargo. Esa falta absoluta se verificó el 10 de enero, cuando llegó a su fin el período presidencial de Nicolás Maduro, sin que se hubiera realizado previamente un proceso electoral que obedeciera a los más básicos principios democráticos.

Juro asumir formalmente las competencias del Ejecutivo nacional como presidente encargado de Venezuela para lograr el cese de usurpación, un gobierno de transición y tener elecciones libres”.

Estas fueron las palabras de Juan Guaidó, una cara para mí -y para la mayoría- desconocida hasta el 5 de enero, día en que se juramentó como Presidente de la Asamblea Nacional. Es posible que su alocución no haya durado 15 minutos, no gritó ofensas ni amenazas pero sus palabras fueron contundentes y esperanzadoras.

Con la mano derecha alzada al cielo, a toda voz, desde el fondo del alma, sintiendo cada vocablo, entendiendo (¿por primera vez?) el significado de las estrofas, cantamos con él el Gloria al Bravo Pueblo; la piel erizada y la sangre en las venas como un río crecido.

Gritemos con brío, muera la opresión, compatriotas fieles, la fuerza es la unión.

Éramos todos parte de algo, de la transición, del cambio. A mi alrededor estaba la historia haciéndose de nuevo.

Y si el despotismo, levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio.

Yo estaba inmersa en ella.

Se invirtieron los papeles: no fingí cantar, lo hice con toda la voz que tenía. Qué bueno que a fuerza de escucharlo cada mañana, en fila frente a los profesores o escondida en los baños, El Himno se coló hasta mi inconsciente, como al del resto, y ahora salía airoso, en el momento necesario, cuando los valores que defiende se encuentran más pisoteados que nunca.

Cambió el orden de los factores: no corrí antes del coro, como hacía en el colegio. Corrí después. Pero con miedo de verdad.

Ya no era Aidé quien me perseguía sino el rugido infernal de las motos de los guardias, mientras escuchaba las detonaciones de los lanza bombas. Se acercaban subiendo por ambos lados de Plaza Francia. Sentía pánico de mirar atrás y verlos a punto de agarrarme.

Cambió el sonido. Se regresaron.

Entré al estacionamiento del edificio Altamira con más gente. Me dejé caer al suelo para respirar mejor, ahogada, con las lágrimas ardiéndome en la cara, pensando todavía en lo que hubiera podido pasar si me atrapaban, dejando pasar tiempo mientras se calmaban las cosas, por consejo de un muchacho que estaba a mi lado, encapuchado y con una voz horrible.

No me extrañó para nada enterarme de que le decían “pollo ronco”, pero lo que él me contó sí que me dejó desajustada: en las manifestaciones del 2017 fue capturado y torturado por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional al punto de quedar estéril por toda la electricidad que descargaron en sus testículos.

Querían repetir las cosas pero las cosas, esta vez, eran diferentes.

Muchos países se pronunciaron reconociendo a Guaidó como presidente interino. Los venezolanos en el extranjero salieron a las calles de sus países de acogida, haciendo que Venezuela estuviera en las noticias de todo el mundo.

Y al día siguiente, el aire que se respiraba era de libertad.

El cielo impregnado de sol y de azul relucía. Al salir a la calle recordé todas las veces en que me aferré a esa belleza para mantenerme fuerte, repitiendo mentalmente las palabras de Ana Frank que una vez leí en su diario: mientras exista este sol radiante, este cielo límpido, y mi corazón lo sienta, habrá motivos para ser feliz.

Ni el lector más agudo podría entender el significado real de esas palabras viviendo en condiciones normales. Yo comprendí las letras de Ana y a su vez ella pudo entenderme a mí mejor que nadie.

No hay duda de que todos los regímenes autoritarios parten de un mismo núcleo, aunque pregonen ideologías diferentes.

No sé cuántas veces he tenido miedo de no poder ver el fin, como ella.

Ahora, en este febrero de 2019, el fin se ve mucho más cerca… tal como lo estaba en aquel febrero de 1945 en el que murió mi niñita escritora en algún campo de concentración.

No ha llegado, es verdad. Falta. Y los expertos dicen que vienen momentos duros.

Pero es febrero y vamos bien, vamos muy bien, Venezuela.

Manual para leer un libro

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Tal vez es cierto que los venezolanos no leemos instrucciones pero no por ello se han extinguido en este país los manuales de uso. Una de las cosas que más sorprende a la gente es que el champú tenga indicaciones, puesto que el procedimiento a seguir es tan básico, que una guía llega casi como una ofensa a la inteligencia. La del champú, es la realidad de muchos otros productos de nuestro día a día y sin embargo, es curioso que los libros no corran con la misma suerte.

En efecto, no existe un manual para leer un libro. Tampoco conozco uno que establezca cuándo alguno es bueno o malo. Pero para solventar la falta encontramos montones de opiniones e incluso una suerte de  mandamientos con respecto al trato que debe recibir esa generalidad de textos.

He notado que los mandamientos con mayor aceptación son principalmente tres: termina todo libro que empieces, los libros no se prestan y los libros no se rayan.

Termina todo libro que empieces:

Como respuesta inmediata al primer mandamiento y en honor al inmenso valor que tiene el tiempo, es necesario decir que la vida del hombre es demasiado corta como para perderla leyendo un libro que no reporte utilidad. Existen además muchísimos buenos textos que podrían fácilmente reemplazar aquel que desde un inicio hemos rechazado.

Todos somos muy capaces de reconocer cuando un libro no nos llevará a ningún lado. Lo miramos y nos causa pereza mezclada a veces con culpa por no querer continuarlo. Lo tomamos nuevamente con mala cara, solo por no dejarlo hasta esa página 35 a la que logramos llegar con tanto esfuerzo. Y, finalmente, luego de diez minutos leyendo, lo cerramos, bajo cualquier excusa. Semejante tortura es, desde todo punto de vista, absolutamente injustificada.

Por lo tanto, el comportamiento correcto que debemos asumir apenas detectemos que un libro no nos motiva o no nos aporta nada de valor, es dejarlo a un lado sin ningún tipo de remordimiento. Esta decisión nos será agradecida, puesto que con ella podríamos darle una mejor vida al texto: ofreciéndolo a alguien que lo necesite, donándolo a una biblioteca pública o guardándolo hasta que llegue su momento. 

Los libros no se prestan:

Este mandamiento debe cumplirse o no, dependiendo del libro de que se trate. Yo, por ejemplo, no prestaría a nadie -que no sea alguno de los hijos que todavía no tengo- “El sari rojo” de Javier Moro. Es obvio, para mí tiene un significado simbólico, es parte importante de la historia de mi vida. Y por otro lado también me costaría dejar en otras manos “El principito”, puesto que le he hecho tantos comentarios que se volvió cincuenta por ciento un diario personal.

Sin embargo, fuera de los nombrados, de la gran cantidad de libros que tengo, los prestaría todos. ¿Cómo no? Los libros encierran la mayoría de las veces conocimiento y el conocimiento es bueno compartirlo, puesto que funciona según las reglas de la abundancia y por lo tanto, mientras más lo das, más lo recibes.

Para mí, enterarme de que antes de la invención de la imprenta el libro era un objeto reservado a nobles y clérigos por su elevado costo, me hizo mirar la biblioteca de mi casa con otros ojos, me hizo sentir verdaderamente afortunada de tener tan fácil acceso a la información.

Ahora que en Venezuela han cerrado tantas librerías y que muchas veces se hace complicado conseguir algún texto, he usado en varias ocasiones la opción de publicar en redes sociales el nombre del libro que quiero tener y siempre el objetivo ha sido logrado: a más tardar tres días después, tengo conmigo lo solicitado.

Me pasó con Vargas Llosa. En lugar de decir un título determinado, comenté mis ansias de leer a este autor que es, para mí, el mejor que existe. Pasados dos días, tenía en mi haber cinco libros de ese increíble genio.

Los libros no se rayan

En infinidad de ocasiones he visto las caras de horror que pone la gente al observarme rayar alguno de mis libros. Reaccionan como si estuvieran en presencia de un sacrilegio. “¿Por qué rayas los libros?” preguntan perplejos. Y la respuesta -necesaria- puede llegar a parecer producto de una mala educación pero no tiene nada que ver con eso.

Los rayo porque son míos. Es la más pura verdad. Jamás me atrevería a rayar un libro ajeno puesto que conozco la fundamental importancia del derecho de propiedad. Y comprendo con facilidad que las notas son apreciaciones personales que podrían resultar desagradables a los ojos del dueño. Como en el caso de los libros que compro o me regalan, yo misma soy su titular, puedo estar muy segura de que no habrá ningún problema. Por eso los rayo.

Pero hay más.

Pocas cosas me parecen tan tristes como un libro limpio, intacto. Es casi como verlo desprestigiado y sin vida. Las rayas en sus hojas son el indicativo del tráfico que por ellos ha pasado, de lo útiles que han sido.

Las notas puestas en sus bordes las llevan con orgullo. Lucen como invitaciones de lector a lector a tomar café en un espacio imaginario, a compartir impresiones, puntos de vista. Yo he sonreído tantas veces con comentarios encontrados en los libros viejos… he sentido el encuentro de dos tiempos.

Por ello siempre dejo también mi aporte. He adoptado las manías de los glosadores, la osadía de los expertos. Mis libros, los mejores, tienen notas, muchas notas. Para mí o para el que venga. Para el blog, incluso. Hay Saris que han comenzado en la última pagina del libro que he tenido a mano en medio de un buen destello de inspiración o de puro impulso.

Yo los rayo. Porque en definitiva dejar un libro sin rastro, no es humano.

De manera pues que, teniendo estas tres cosas en consideración, todos podemos hacer buen uso de un libro. Solo debemos prestar atención en: dejarlo si no nos gusta, tener disposición de prestarlo cuando ya lo hayamos leído y rayarlos únicamente si nos pertenecen. 

Por los que no tienen voz

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La lluvia de nieve había dejado las calles mojadas, por eso los farolitos alumbraban dos veces, arriba y abajo, haciendo del suelo una plataforma brillante, entre nostálgica y alegre. Yo jugaba con el vapor que salía de mi boca por el frío, fingía que fumaba mientras saludaba a los pasantes desconocidos, quienes contestaban alzando sus copas, llenos de emoción. Era fin de año, uno de los pocos que he pasado lejos de mi abuela, del pan de jamón y de las gaitas.

Caminaba hacia una iglesia de Avellino donde se celebraría una misa para recibir el 2006. El sacerdote era venezolano y se había encargado de que la coral aprendiera una canción en español, una que yo conocía ya, podía incluso seguir la letra, puesto que pertenecía al repertorio de los viajes por carretera con mis padres.

“Que canten los niños que viven en paz y aquellos que sufren dolor, que canten por esos que no cantarán porque han apagado su voz”.

La felicidad que me causó escuchar una canción en español me hizo estar mucho más sensible al mensaje, por ello cada palabra que escuchaba se cargaba de significado. Entonces, en aquel momento comprendí que yo era parte de esos niños que cantaban por los que no podían.

Yo era una niña con voz. Me reconocí como tal, no tenía ninguna duda. Durante mi vida había construido un expediente con pruebas suficientes para sustentar mi certeza. Diez años de pequeñas proezas, de no permanecer pasiva antes los regaños inmerecidos, de defender a mis compañeros de colegio de cualquier maltrato verbal de los maestros -al punto de intentar una denuncia formal en alguna oportunidad- de dar consejos a mis amigos sobre los límites de lo tolerable con respecto a la violencia doméstica y nunca permitir imposiciones electorales en favor de alguna candidata a reina del carnaval, por ejemplo.

La injusticia me indignó desde el momento en que pude diferenciar entre lo bueno y lo malo y contra ella tomaba acciones, daba respuestas. Eso, lo que decía la canción… tenía voz.

No obstante, varios años después de aquella noche, curiosamente, mis cuerdas vocales comenzaron a fallar, perdieron fuerza. Y por más que quisiera no encontraba dentro de mí la disposición para contestar como antes: de pie, sin miedo, sabiéndome respaldada por la razón y por el apoyo de mis padres.

Ahora creía que la razón no estaba de mi lado; ahora yo misma era parte de lo que consideraba “el mal”.

Escuché burlas sobre los homosexuales, vi caras perplejas, reacciones de infarto ante algún acto de amor entre personas del mismo sexo. Sentí la tensión al surgir el tema y decidí callar. Apagué mi voz por voluntad propia.

De esa forma alejaba las sospechas, evadía preguntas incontestables, me salvaba de lo incómodo. Intenté ser como el resto: como mis hermanos, como mis amigos. Tenía miedo de perder a los que más amaba. Pero cada día me servía para confirmar que la mía era una misión imposible.

Así que poco a poco, en un esfuerzo titánico, fui hablando con los más importantes. Mamá, hermanos, papá. Amigas más cercanas: Andrea, Letizia y, años después, Valentina y su familia.

Todas las reacciones fueron sorprendentes por parecidas: como seas te quiero. Ese fue el mensaje que recibí en cada conversación.

Sin duda, mi experiencia es excepcional.

Por estas respuestas fui lentamente recobrando el valor perdido. El miedo se fue disipando, se volvía nada. El apoyo que encontré se convirtió en jarabe, en la cura de mis cuerdas vocales. Y el silencio se fue quebrando.

Con el respaldo de mis seres queridos, la opinión de los demás perdía importancia, se hizo más fácil decir mi verdad. Dejé de ocultarla.

Más que eso, la hice pública. Y en este blog escribí artículos como A pesar de mi madre me gradué y Los homosexuales también van al cielo, que me dieron la oportunidad de escuchar agradecimientos por parte de muchachos del pueblo donde vive mi abuela. Uno de ellos me confesó que había encontrado el valor en mis escritos para hablar con sus padres acerca de sus preferencias sexuales.

En ese momento comencé a tener la sospecha de que recuperaba la voz.

Por eso no hice caso a otros comentarios que llegaron más adelante. Sugerencias… “podrías ser menos directa”, “no te conviene ser tan obvia, te lo digo por tu bien”, “se te cierran puertas”.

Era gente que me quería y, sin duda, no les faltaba buena intención. Eran voces que salían del interior de personas que aprendieron a callar y se convencieron de que funcionaba.  

Incluso es probable que hayan tenido razón. Posiblemente se cierren algunas puertas pero, quién sabe, quizá por el mismo motivo se abran otras. Ya ven que puertas hay de todos los tipos.

No estoy sola, hay más personas que han decidido hablar.

Así fue que me enteré de un suceso en extremo lamentable ocurrido hace unos días en Caracas, específicamente en un local llamado Pisko Bar, ubicado en el Centro Comercial San Ignacio.

En ese lugar fueron agredidas -verbal y físicamente- por el personal de seguridad -avalados por el encargado- dos chicas por ser lesbianas.

¿Los vigilantes actuaron de esa manera por homofobia? No, la homofobia sola es otra cosa. Cada quien decide -o no- qué detestar. Todos tenemos nuestros rechazos pero no por eso llegamos al extremo de agredir, de golpear a quien no nos gusta.

Lo hicieron por delincuentes, por bestias. Habrían actuado de la misma forma con cualquier persona que consideraran desprotegida.

No podemos olvidar, sin embargo, que tanto la violencia como la discriminación están condenadas por nuestras leyes, empezando por la Constitución de la República. Y aunque es verdad que la justicia en este país está muy mal administrada, existen mecanismos para encausarla.

En este caso particular, como en muchísimos otros, sus víctimas -tengo entendido- no han querido seguir ningún proceso legal, pero por otro lado, a diferencia de tantos otros casos, a esta historia sí se le dio voz, fue contada por Diego Vega en @UB_Magazine. 

Por eso llegó a mí. A mí que conozco muy de cerca la verdad de su relato puesto que en no pocas ocasiones me he visto en situaciones ligeramente parecidas, debiendo defenderme alegando leyes, invocando un título que ejerzo, usando la fuerza de mi voz.

Esta voz que ahora sumo a las de Andrea y Clara para que su historia llegue a más gente.

Por ellas, por mí y, sobre todo, por aquellos que nunca han hablado y que posiblemente nunca hablarán, puesto que en algún momento alguien apagó sus voces.

Con esta voz pido a todos los que me lean que no acudan a lugares que promuevan el rechazo, la violencia, el odio.

Y, específicamente, en esta ocasión les pido, que jamás entren a ese nefasto local llamado Pisko Bar.

 

Sin comentarios

sincomentario

Hace un par de años recibí un mensaje en el que se me pedía un favor.

Era sábado y la hora lo suficientemente temprana como para que me encontrara más dormida que despierta. Tenía que hacer algo que requería pensar y como en tales circunstancias, dicha actividad me resultaba poco menos que imposible, solicité a un amigo que vigilara que no me equivocara. Sin embargo, cuando supo para quién estaba trabajando, soltó: <<¿sabes que te está usando, verdad?>>

El favor era para mi ex y de nuestra separación la gente solo conocía eso, que nos habíamos separado. Yo, en cambio, sí sabía cómo habían ocurrido las cosas y, por supuesto, estaba más que segura de que jamás se habría aprovechado de mí, simplemente confiaba en que podía contar conmigo. Y eso era mutuo, estaba comprobado. 

Gracias a la claridad con la que podía ver el panorama de aquel momento, se me hizo evidente lo poco atinado que había sido el comentario de mi amigo y me surgió una interrogante: cuántas opiniones parecidas había recibido a lo largo de mi vida, sin siquiera notarlo. Y cuántas de ellas pudieron ser capaces de sembrar dudas o de dejar  en mí sensaciones negativas.

Me di cuenta de que a veces, como amigos, sentimos la confianza de lanzar afirmaciones faltas de análisis, basándonos únicamente en nuestras propias percepciones, carentes de información suficiente y decidí no volver a ser parte del conglomerado de consejeros irresponsables.

Porque bien pensado, puede uno notar que lo cierto es que mientras no se esté ante un caso manifiesto de violencia física o psicológica, nadie necesita una ayuda que vaya más allá de unos oídos atentos y palabras de calma. Tal vez sea posible relajar esta norma en caso de infidelidad confirmada -para el supuesto de que la exclusividad sea un tema importante en el compromiso de los implicados- siempre y cuando te encuentres en el deber moral de advertir.

Aclaro que para mis amigos estoy siempre, no quiero que ni por error se interprete lo contrario. Cada vez que necesiten hablar, pueden acudir a mí, teniendo en cuenta que tengo talento astrológico para oírlos con interés genuino.

Lo que no deberían esperar jamás son soluciones específicas, pues mi única recomendación para estos temas va dirigida a los oyentes y, por otro lado, es tan genérica que me atrevería a escribir sobre ella esperando que sea aplicable a casi cualquier caso:

No hacer conclusiones apresuradas.

Los problemas de pareja indefectiblemente tienen dos versiones, pero la mayoría de las veces, los terceros nos enteramos de un solo punto de vista. Tenemos entonces una opinión sesgada, parcial, incompleta. Esto se debe a que, en los momentos de rabia, nuestros conocidos nos cuentan algo que les molestó, pero omiten, por considerar fuera de caso, otros detalles que cambiarían drásticamente el sentido de las cosas. 

Por eso no es raro que en las ocasiones que tenemos la oportunidad de escuchar las razones del otro, comencemos a cambiar nuestra opinión inicial y no en pocos casos, pasemos a considerar de mayor validez sus argumentos. 

Así como también ocurre que, por alguna circunstancia particular, hablan de los defectos de su pareja para desahogarse y no mencionan sus virtudes, los detalles que recibieron de su parte y mucho menos los desplantes que ellos mismos hicieron, logrando el resultado indeseable de crear rechazo hacia el otro y que nadie se explique cómo es que siguen juntos. 

Teniendo esto en cuenta, nos queda solamente escuchar sus versiones, para que, al drenar mediante las palabras, se calmen las aguas y comience a existir la posibilidad de pensar con serenidad. Serviría también, quizá, invitar a hacer ejercicio para que, con más oxígeno, el cerebro se libere de tanta sangre iracunda y se actúa con objetividad.

Y, en definitiva, reafirmar que nunca nos deberíamos tomar la libertad de incitar a la toma de decisiones drásticas. Comentarios como “creo que hay razones suficientes para terminar” deberían estar execrados, puesto que con ellos, lejos de ser hacer un aporte, lo que se logra es empeorar las cosas.

Aterrizaje al presente

aterrizajealpresente

“Hay trenes a los que hay que subir con la certeza de que el único riesgo sería no haberlo hecho. Y si después te caes y el tren te pasa por encima, pues bendita seas, libertad.”

David Rafael Chirinos

 

Hace un par de días, una de mis amigas más queridas me escribió al borde de la crisis porque su novio, al que adora, le dijo que no quiere irse del país.

A ella le falta por lo menos año y medio para culminar la carrera de Medicina en la Universidad de Carabobo, de manera que la única frontera que se puede permitir cruzar en este momento es la de Valencia para venir a Caracas los fines de semana. Sin embargo, la ansiedad por el futuro la atormenta desde ahora.

Es normal. Esa misma angustia aquejaba meses antes a otra de mis mejores amigas. Curiosamente, luego de años de lucha por parte de su incansable madre por sacarla de la inseguridad de este país -al punto de llegar a pedirme que “aconsejara a su hija”-, ella misma entró en desesperación por el hecho de que su futuro esposo estuviera renuente a salir de Venezuela.

Por el motivo contrario, algunos años atrás, la angustiada era yo. Por aquellos días, ni siquiera pensaba en la emigración como parte de mi plan de vida, sin embargo había conocido a alguien que incluso antes de decir su nombre, ya me había advertido, de forma muy considerada, que en tres meses se iría del país.

Al inicio sus palabras no me alarmaron demasiado puesto que me hablaba de un tema que ya se había hecho frecuente entre las conversaciones cotidianas. Pero cuando llevábamos 17 días saliendo -contados por mí, porque cada encuentro parecía más perfecto que el anterior-, un simulacro de separación me dejó pensando.

Fue un viaje a Bogotá que además de durar diez infinitos días, me obligó a regresar sola a Caracas, luego de una triste despedida en el aeropuerto internacional de Maiquetía. Esa noche pude vislumbrar lo dolorosa que sería la separación definitiva.

– Tal vez estoy haciendo mal en involucrarme tanto con alguien sabiendo que es seguro que se va, le comenté a mi madre. Y mamá, experta en extinguir todo tipo de dramas, respondió: se va en tres meses, ¿no? En tres meses pueden pasar muchas cosas, el futuro es incierto. Puede ocurrir, por ejemplo, que cambie la fecha de ida o que decida quedarse, que deje de gustarte o que se acabe el mundo y nos muramos todos como unos pendejos. ¿Te vas a sabotear la felicidad desde ahorita?

Sus palabras fueron reveladoras, así que me tomé el tiempo de analizarlas con cuidado.  

Al final de mi reflexión comprendí que no era un buen negocio renunciar a la felicidad presente por miedo a la tristeza futura, lo que se traducía en anticipar la ruptura cambiando un dolor más fuerte, por uno leve, según los cálculos de los expertos en el tema.

Teniendo claras mis opciones, elegí, a conciencia, quedarme con la promoción de tres meses de felicidad absoluta con posible final de dolor extremo.

Pero los tres meses se convirtieron en dos años maravillosos -mucho más de lo que duran muchas relaciones llenas de porvenir- que valieron cada una de las lágrimas que costó la despedida. Jamás me arrepentiré de haber elegido ser feliz a su lado.

El tiempo es fanático de llenar de razón las palabras bien intencionadas de las madres. Y también es experto en mover con su paso las decisiones más firmes.

Hace unos días recibí la noticia de que una de mis mejores amigas (la segunda nombrada) se va del país con su esposo. Los pasajes los compró él y se los entregó como sorpresa.

La otra, la doctora, sigue con el novio. Mi respuesta a su preocupación por el destino de la relación:

¿Sabes cuántas cosas pueden pasar en año y medio? Muchas más de las que pueden ocurrir en tres meses. Por ejemplo que el país mejore y tú no te quieras ir o que se termine de ir al foso y entonces sea él quien te ruegue que se vayan. O pasan los meses y, en efecto, tú te vas y él se queda. En ese caso, estoy segura, cada segundo juntos habrá valido la pena y el llanto.

¿Tú de verdad te quieres empezar a sabotear la felicidad desde ahorita?

OVEJAS NEGRAS

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3, 4 y 5 años.

Esas eran las edades, la mía y las de mis dos hermanos. Mi mamá fue muy organizada con sus críos y nos trajo al mundo uno detrás del otro, teniendo especial cuidado en que naciéramos los tres en el mismo mes -febrero- e incluso en fechas bastante cercanas; todo esto con el pragmático objetivo de economizar gastos y esfuerzo, haciendo una sola fiesta de cumpleaños.

Con la llegada de noviembre comenzaron los preparativos para celebrar la navidad en el preescolar, y se acordó la realización de un nacimiento viviente.

Cada niño adoptaría un rol bíblico, con vestuario y actuación incluída. A pesar de que estábamos en distintos niveles, por algún motivo, terminamos los tres en el mismo escenario.

Mamá se había esmerado haciendo nuestros trajes ella misma; tenía talento. Mi hermana llevaba con elegancia un par de alitas blancas: era el Ángel Gabriel y debía cumplir con la fundamental misión de anunciar el nacimiento del mismísimo hijo de Dios.

Mi hermano era un importante rey mago, vestido con tela suave y distinguido por el prestigio de haber hecho un largo viaje con presentes para Jesús.

Y yo… no sé a quién diablos se le ocurrió ponerme de OVEJA.

Parece increíble pero todavía recuerdo ese día. Me encontraba entre el público con papá viendo a Ernesto, mi hermano, declamar con un liqui liqui. Era media lengua y lo pronunciaba todo mal pero su público lo amaba.

Luego pasó Magui a recitar un poema de Andrés Eloy Blanco. Yo la había visto en todos sus ensayos y desde aquellos días “Angelitos negros” sigue siendo de mis preferidos.

Ambos estuvieron increíbles, brillantes: aplausos, felicitaciones, buenos augurios.

Luego de esas presentaciones, para finalizar, se haría el nacimiento viviente.

Sin embargo ya había pasado una cantidad de tiempo considerable y por un lamentable error de logística el disfraz de oveja me lo pusieron desde que comenzó el día.

Fueron horas de estar esperando que tocara mi turno. Sentía calor, tenía sed, quería comer. Y mi condición de oveja lo empeoraba todo.

¿Cómo no? mi traje no era tan fresco como el de mis hermanos. A diferencia de ellos, yo tenía encima por lo menos 10 kilos de algodón pegados a un trajecito blanco que me cubría absolutamente todo el cuerpo. Y ya para el momento en que me llamaron a subir al escenario estaba demasiado agotada.

Pero cumplí con mi deber, subí.

Solo que, una vez arriba, mientras entregaban los regalos traídos del oriente, el calor y la sed ganaron la pelea, de manera que, contrariando todas las instrucciones recibidas, me quité la cabeza de oveja… y me bajé del escenario en pleno acto buscando a papá. Por supuesto que todo el mundo se enteró de aquello. Y bueno, el caso fue un ejemplo casi literal del significado de ser la oveja negra de la familia.

Probablemente tú ya has escuchado esta frase: “fulanito es la oveja negra de su familia”. Puede que “fulanito” seas tú mismo. Si no lo eres, seguro que puedes pensar en esa persona, dentro de tu núcleo familiar, que llena los requisitos indispensables para serlo. Pero si tampoco, entonces, de verdad, lo lamento.

El cuento de la oveja negra resalta el culto a la “normalidad” dentro de una sociedad determinada. Encuentra origen en la necesidad de algunos seres humanos de conservar el control del grupo a través de la conducta similar de las personas. Cualquier diferencia o desencaje que se presente en alguno de sus integrantes atenta contra los parámetros preestablecidos y activa una alerta.

Luz roja: hay una oveja negra. Alguien que se comporta distinto a lo que se espera.

Y ocurre que cuando esa oveja negra está rodeada de un montón de ovejas blancas, entonces comienza a padecer los remedios recetados por los expertos; se implementan una serie de medidas para normalizar a la oveja negra, buscando blanquear su lana de la manera que sea.

Pero también podría correr una suerte distinta: si a la oveja negra la aceptan exactamente como es, si la respetan y la aman, entonces significa que tiene a su alrededor muchas otras ovejas diferentes como ella, que aprecian lo particular porque reconocen su belleza.

Y me he dado cuenta de que es cierto, yo he nacido oveja negra, pero pertenezco al segundo grupo, al de las ovejas suertudas rodeadas de otras ovejas parecidas en esencia, que no permiten que les quiten su color. Lo digo porque presumo de una familia hermosa que se ha reído de mis disparates, que me ha defendido de las ovejas blancas y me ha apoyado en todo momento.

Somos unos impresentables, locos como cabras. Pero es esto: cada vez que alguno de nosotros ha debido ser la oveja negra, ha contado con el resto del rebaño para salir adelante y saber que no es un bicho raro, es solo distinto al resto del mundo.

Por suerte.

UN PAÍS DE DOCTORES

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Me he pasado dos horas escuchando a Cortázar en una entrevista del programa español “A fondo”. No me aburrí ni un segundo y estuve siempre atenta, como si estuviera viendo una película de suspenso, disfrutando cada palabra que dijo. Me enteré, con gusto, de su vida entera: de que leía muchísimo desde que era un niño, de que siempre fue un introvertido, de que hacía novelitas que eran casi un plagio de las obras de Poe.

Me enamoré de su acento a veces francés, a veces argentino. Y de su mala pronunciación del español; experimenté ansiedad al verlo fumando un cigarrillo tras otro.

Supe que vivió, cuando era muy pequeño en una ciudad de España llamada Barcelona, que está llena de arte por todas partes, repleta de Gaudí, particularmente. Y quedé con tantas ganas de ir yo también y recorrer sus calles.

Me gusta Cortázar.

Y me enteré de algo muy curioso: no pudo terminar la universidad.

No pudo porque no tenía dinero. Sin embargo, años después, su determinación como autodidacta lo llevó a ser profesor en una de ellas.

Recordé que cuando estaba haciendo los trámites para la inscripción en el curso de locución de la Universidad Central de Venezuela, vi que en los comentarios de la página web una persona se quejaba de uno de los requisitos de admisión: tener título universitario.

¿Acaso ese documento es garantía de que una persona sabe usar el lenguaje de forma adecuada?

En algún momento leí un curioso pie de página en el que Grisanti Aveledo comentaba que “Venezuela es un país de doctores”.

Esto porque en mi país, tal vez por la educación gratuita y de calidad de la que gozamos en algún momento, a toda persona se le impone como compromiso social acudir a la universidad y obtener un título, no importa lo que vaya a hacer después con él: si lo guinda en una pared de la casa de sus padres, estará bien; lo importante es tenerlo.

Como si todo el mundo estuviera hecho para el estudio y como si no fueran necesarios otros oficios. En un país con tanto llano y tierra fértil ¿cómo no va ser importante un agricultor o un ganadero?

Que no a todos les gusta el estudio, que los he visto frustrados en las clases y desperdiciando tiempo que podrían invertir en encontrar su pasión.

Que no necesitamos tanto título, necesitamos gente haciendo lo que realmente quiere hacer, realizándose de verdad, porque de esa manera, nadie tiene que ser obligado a hacer las cosas bien, porque hacerlas bien es lo que les nace.

Que el título no puede ser un requisito para ser admitido en un curso de locución. Y con esto no quiero decir que no deban existir filtros para entrar, sino que ellos deben guardar relación con la labor que se va a desempeñar.

Que a Julio no le hizo falta un título para mantenerme absorta por horas escuchándolo hablar de su historia y admirándolo en cada frase.

Ese título tampoco lo necesitó para fascinar a tanta gente con sus cuentos, con sus libros, con sus traducciones, con sus clases. El profesor universitario sin título universitario.

No lo necesitó porque cumplió con el único requisito indispensable para hacer las cosas bien en la vida: amar completamente lo que se hace.

V DE BACA

 

v de baca

Sobre la plataforma verde de la pequeña pizarra aparecieron 4 letras blancas, dibujadas con tiza y comprendí que mi primo había logrado el objetivo: escribir la palabra “vaca”.

Cumplió así con la asignación impuesta por la implacable maestra – mi hermana- con seis años de edad y, por supuesto, mucha más experiencia que nosotros que apenas contábamos cinco.

Tocó entonces mi turno y adelanté diciendo que conocía otra forma de representar con letras el nombre del mismo animal. Me acerqué y escribí: b a c a.

Inmediatamente, la maestra, como si hubiese estado esperando mi error, gritó apasionadamente para resaltarlo: ¡está mal, vaca solo se escribe con uve!

Solicité la explicación de su afirmación y, sin embargo, por respuesta solo obtuve que era así y ya.

Ante tal contestación, me quedé sin conseguir motivo que justificara condenar a una palabra a ser escrita con una sola letra, existiendo dos que lograban hacerle el mismo favor. De manera que me pareció absurdo todo aquello; repetía en voz baja “v de vaca y b de burro”. Por más veces que lo pronunciara, me parecía que tenían el mismo sonido.

Fue más adelante que logré captar la diferencia, pero ese día definitivamente no. Lo que sí me quedó claro y comprendí perfectamente fue que, en adelante, no podría escribir nunca más la palabra “baca” para referirme al ganado.

Este fue mi primer encuentro con la ortografía:

Se me dijo, con la “sutilidad” y “diplomacia” que caracteriza a los niños, que las palabras vienen ya con una fórmula y que yo no podía escribir como me diera la gana.

Como si fuera poca cosa, horas después me enteré de la importancia de la “h” y por más explicaciones que pedí, nadie supo decirme por qué tenía que usar una letra que jamás había escuchado. “Es muda, no la oyes pero igual la tienes que poner”.

 

-¿Cuándo debo usarla?

-Ya te irás enterando.

-Me parece que iglesia debería empezar con h.

-No, esa empieza con “i” solamente.

 

¡Qué tragedia!

¿Cuál era la necesidad de complicar así las cosas?

 

Consideré imposible aprender de memoria todas las palabras que requerían una “h” al principio y mucho menos intercalada. Me sentí derrotada por las letras.

¿Cómo iba a escribir tan rápido como mamá? ¿Cómo mi padre podía leer libros tan grandes y sin dibujos? ¿Cómo adivinar en dónde debía poner las comas, que me parecían puestas en los textos al azar?

Años más tarde he comenzado a darle valor al conocimiento de las palabras y sobre todo del lenguaje. Sin embargo, sigo sin horrorizarme ante ciertos errores ortográficos, es decir que no comparto la rigidez insípida de juzgar con tanta severidad pequeños descuidos. A mí me ocurre algunas veces que cambio una ge por una jota. Me pasa, por ejemplo con la palabra jengibre que, esta vez la escribí bien al primer intento, pero no siempre es así. Aun así, soy más inteligente que un diccionario.

 

Por otro lado, un error de ese tipo es distinto y menos grave a los que evidencian una falta de comprensión en el idioma, algo en lo que no soy experta yo tampoco pero me manejo decentemente por la intuición que desarrollé en las clases de gramática. Solo ahora logro comprender su importancia.

He llegado a creer que de la buena o mala relación que tengamos con las palabras depende nuestro pensamiento todo.

¿Cómo podríamos saber que algo nos duele si desconociéramos el vocablo dolor? En ese caso, lloraríamos sin saber qué nos pasa y mucho menos cómo expresar nuestra pena.

He notado algo curioso: cuando se aprenden otras lenguas y se adquieren definiciones nuevas, con una precisión que no encontramos en nuestro propio idioma, ampliamos nuestro mundo, se nos esclarece la mente porque hemos encontrado el molde perfecto para crear un pensamiento y expresarlo.

Y es por falta de acercamiento a las palabras que vemos tantas veces personas que se quedan torpemente trabadas en el intento de decir.

Comprendo entonces, que no quiero ser yo quien grite que vaca solo se escribe con uve, pero eso sí, estoy absolutamente convencida de que es necesario un acercamiento más comprometido con nuestro idioma.

CAMBIEMOS DE TEMA

paraguasHace ya varias semanas comencé a emplear un proyecto personal, una especie de experimento en el que quería constatar los efectos de cambiar la actitud ante la crisis. Leí en algún lugar una frase que decía “sé embajador de esperanza” y compré la idea rápidamente.

Desde entonces, lo he estado aplicando y he verificado, con satisfacción, los buenos resultados.

Una tarde, iba caminando y me encontré a una amiga que conocí en la universidad. Una persona generalmente muy alegre, característica que hizo resaltar lo desanimada que se encontraba en aquella ocasión. Tuve la oportunidad de poner en práctica el experimento y no la desaproveché.

Al verla, me alegré genuinamente y se lo hice saber. Además, no fue difícil enterarme del motivo de su tristeza: la situación del país. El tema.

Diagnosticado el problema, de inmediato me esmeré en darle solución; que para mí, fue más o menos como hablarle de la luz al final del túnel, esa que ella, no estaba logrando ver. Le sugerí, a manera de ejercicio, que visualizara sus aspiraciones -las que fueran- y tomara fuerza de ahí. Que hablara más bien, de lo que para ella sería una solución y no tanto de lo que constituye un obstáculo.

Seré honesta, yo creo firmemente en la utilidad de lo que le recomendé. Sin embargo, respeto la opinión de quien pueda considerarlo algo meramente fantasioso, místico -y es probable, además, que tenga razón-. Esa misma persona podría decir de mí, a manera de chiste, que me encuentro ejerciendo funciones de libro de autoayuda parlante, y también en este caso, podría tener razón.

Sin embargo, hay algo que sí es seguro e irrefutable y es que el efecto que yo buscaba lo logré. Vi su cara, sonrió, le brillaron otra vez los ojos. Se alegró, tal vez por un momento, quizá solo durante el ratito que estuvo conmigo… pero lo logré.

Con base en esta experiencia, es que los invito a cambiar de tema.

¿Qué tema? El tema de siempre. El eterno tema. LA SITUACIÓN DEL PAÍS.

La verdad, es que todo el mundo anda hablando de él. En todo lugar y en todo momento puede surgir la siguiente pregunta: ¿y tú por qué no te has ido? O esta otra: ¿a qué país te gustaría irte? Seguido de varios comentarios con respecto a las facilidades o dificultades que ofrecen los distintos países-opciones y por supuesto, los tediosos trámites para los documentos.

A mí me parece hermoso hablar de todas esas cosas porque casi siempre implica hablar de metas, de aspiraciones, de proyectos, de futuro. El problema radica en el “casi” que significa que no es siempre. Y no es siempre porque en muchas otras ocasiones implica hablar de frustraciones, de limitaciones y de aparentes túneles sin salida.

Pero además, se ahonda en la causa por la cual todo el mundo se está yendo y por la que quienes no se han ido, quieran hacerlo o al menos, sopesen la necesidad de. Y este ahondamiento es lo que más agota.

Yo recomiendo recordar que el amigo al que se encuentra por la calle está-vive-sufre-padece-goza el mismo país loco que usted y que yo. Que tiene preocupaciones parecidas a las suyas y problemas similares. No necesita -ni usted ni él- hablar 24/7 de ellos, porque no por eso van a dejar de existir. Por el contrario, se hacen más pesados.

En este punto quiero hacer una pregunta.

¿Realmente cree usted que esa persona a quien le habla, no sabe que existe un nivel altísimo de delincuencia? Que la inflación ya no es inflación sino que se convirtió en hiperinflación, que hay corrupción, que ayer mataron a fulanito, que existe un montón de gente que se alimenta de la basura, que resurgieron, como el fénix, enfermedades que ya se consideraban erradicadas, que no hay comida, que la comida está carísima.

¿Lo saben o no lo saben?

Respondo yo ¡todos lo saben!

Sí, lo sabemos todos.

No obstante, alguien podría refutar afirmando que el tema de la situación de Venezuela es muy importante, que los problemas que le afligen son graves y que por lo tanto no deben ser callados, no deben ser negados, y tienen que ser hablados.

Y es cierto, deben ser hablados. Pero no siempre. Puesto que resulta altamente contraproducente contaminar los encuentros con los amigos o conocidos sin discriminar momento. Me ha bastado observar la expresión de los rostros y el lenguaje empleado durante alguna conversación sobre la crisis, para constatar su efecto: se generaliza la sensación de impotencia y el nivel de ánimo promedio baja considerablemente.

Es por esto que mi invitación es a aprender a administrar bien el tema, lo que implica no comentar a toda hora la crítica situación que está viviendo este país, porque la verdad es que a todos nos afecta y todos la sufrimos, y también todos merecemos escudarnos de eso y pasar momentos agradables, sonreír, generar endorfinas, sanar, apartarnos del problema.

Yo propongo que nos brindemos la oportunidad de producir sonrisas y no sigamos multiplicando lamentos.

Cambiemos de tema.

30 de julio 

MKMM

Trece años y una profesora de historia judía era lo que yo tenía en aquel momento.

En mitad de una clase sobre la Alemania de Hitler, le escuché decir que era importante conocer la historia porque siempre se repite. Sobran ejemplos de los eventos que pudieron evitarse con la sola lectura del pasado; son los personajes los que cambian pero la naturaleza del humano continúa siendo la misma.

Pensé en voz alta: imposible que vuelva a ocurrir en el mundo alguna cosa tan atroz, mucho menos en Venezuela. Me respondió: sigue siendo posible, Fernanda. Incluso hoy, incluso aquí, es por ello que insisto tanto en este tema.

No recuerdo el día ni la fecha pero las palabras se me quedaron grabadas para siempre, no sé por qué, porque no las creí, seguí pensando que yo tenía razón.

Hace un tiempo comencé a tomarlas más en serio. Y hoy –no quiero ni pensar en cuántos años después- las creo. Comprendo que nunca se sabe cuándo va a llegar el mensaje, por eso hay que enviarlo, aunque en principio parezca que se ha perdido. Aunque se pierda, incluso.

30 de julio de 2017: logré mantener casi intacto mi ánimo, hasta que vi las fotos de los magistrados que conforman el TSJ, votando, sonrientes por la eliminación de nuestra Constitución, de nuestro Estado de Derecho, de nuestra República.

Fotos que dicen que están felices con lo que hacen y con lo que está pasando, fotos que envían un mensaje al Ejecutivo: estamos cumpliendo el trato. Y un mensaje al resto del país: ríndanse, que la justicia no existe, no aquí, no ahora; si quieres mejorar tu vida, vete.

Me viene a la mente la clase de historia: países cómplices, gente enriqueciéndose de manera exagerada mientras otros morían, por armas o por hambre o por dolor. Pueblo apoyando aquel régimen. Leyes hechas a voluntad del tirano, tribunales puestos a su disposición. Ejecución sin proceso, jueces del horror. Dejà vu.

Guardemos esas fotos.

Porque llegará un momento en el que sus personajes dirán que ellos no quisieron, que no estuvieron de acuerdo. Que el dinero lo obtuvieron de la forma más honrada, que la culpa es de otro. Lo harán sin vergüenza en la cara, al igual que hacen lo que están haciendo ahora. Entregan su país y se lavan las manos, se retratan orgullosos porque están guapos y apoyados.

Cerremos los ojos y pensemos que vemos el futuro por el hueco de algún cerrojo. Y ahí están los magistrados, los ministros, recibiendo “lo suyo” que sería justicia en palabras de Ulpiano. Y que vemos en sus rostros el mismo miedo que hoy nos ahoga. Pensemos que las sonrisas, entonces, estarán en las caras de la gente, de los venezolanos.

Pensemos en el futuro para sobrellevar el presente y mientras tanto, hagamos el expediente. Guardemos las fotos porque llegará el momento en el que alguien dirá que lo ahora ocurre, no ocurrió. Y en algún colegio un estudiante pensará que es imposible que vuelva a suceder.

Aunque ayuda, no hace falta creer en Dios para confiar en la posibilidad de un mejor mañana. Solo hace falta conocer la historia. Y hace falta enseñarla… para que no se repita.

El discurso de Canova

No leyó, únicamente tenía una hojita donde -supongo-  anotó las cosas que no quería dejar pasar. Sus palabras fueron distintas a lo que suele escucharse. Fueron distintas por dos cosas: porque fueron sinceras y porque fueron contrarias a lo que se esperaba.

La sinceridad se hizo evidente puesto que nadie se arriesga a pronunciar un discurso capaz de generar tanta polémica, el día de una graduación, delante de tanta gente, si no se está realmente convencido de lo que se dice.

En efecto, este profesor, tuvo la valentía de expresar lo que tal vez muchos piensan, pero nunca dirían en voz alta fuera de su casa. Yo estuve de acuerdo con la opinión del orador y es por ello que he creído conveniente hacer llegar  la esencia de su discurso a todos aquellos que no pudieron escucharlo.

Comenzaré por lo que no dijo para llegar a lo que sí. No dijo que nos quedemos a dar la vida por la patria, porque ella necesita de sus jóvenes para poder salir adelante. Más bien, que siguiéramos nuestro corazón en la toma de las decisiones que vendrían, y que si sentíamos que tendríamos más felicidad y mejor calidad de vida afuera, partiéramos sin remordimiento. Porque lo que sí se necesita es gente realizada personalmente, gente que luego pueda volver con verdaderas posibilidades de sumar.

La situación que se vive en Venezuela no es una cosa que pueda sobrellevar cualquiera y, por lo tanto, quedarse podría significar estancamiento e infelicidad, y de esa manera no se estaría ayudando a nadie: ni a nosotros, ni al país.

Por otro lado, para quienes quieren permanecer aquí teniendo la certeza de que su presencia será de ayuda o más aún, se consideran absolutamente indispensables para generar el cambio que se necesita, entonces, evidentemente deben quedarse.

Canova, nos recomendó hacer de nuestra existencia la mejor obra. Eso implica manejarnos con honradez, ser honestos para poder dormir bien -porque claro que el sueño es fundamental para ser felices- y además, para que cuando lleguen los últimos años, cuando ya no haya tanto por hacer, estemos orgullosos de lo que construimos.

Me hizo reflexionar. Nuestra existencia es tan corta y la historia del país tan larga. Y solo contamos con una vida por persona. Nacimos con el derecho de vivir según nuestros principios, siempre que con ello no dañemos a nadie.

El pueblo venezolano es permanente, no obstante, los individuos que lo componen son pasajeros, efímeros. Puesta una lupa sobre la masa, se pueden divisar sujetos con sueños, intereses e ilusiones.

Pensar en “la patria” siempre ha traído problemas. Ese amor irracional ha hecho que se pierdan generaciones enteras en guerras, solo porque “alguien” dice que esto o aquello es lo mejor para ella. Y al final, la patria no le devuelve la vida al hijo, a la novia o al hermano. No lo hace.

El amor que sentimos por el lugar donde nacimos y crecimos, en el que han sido fabricados la mayoría de nuestros recuerdos, es natural, es hermoso y es un privilegio que no todo el mundo tiene. De manera que es lógico que tantos quieran permanecer y dedicar el propio tiempo, sirviendo –de la manera que sea- a su tierra.

Sin embargo, hay que entender que el amor por un país no elimina el derecho que tenemos de seguir con nuestra vida y, mucho menos, nos atribuye superioridad moral para imponer, a alguien más, obligación alguna.

En determinadas circunstancias –y no es una decisión nada fácil- se tiene que elegir buscar otro destino con la esperanza de crear un mundo nuevo, propio. Es por ello que mucha gente se va de Venezuela… aunque sin dejarla.

Y son valientes. Valientes como los que nos quedamos.

Felicidad Alquilada

Yo pensé que sería la única… pero no.

Cuando me pidieron el favor de que fuera a la verdulería que está cerca de la casa a buscar los desechos, las sobras, lo que nadie compra, yo no vi ningún problema. No pensé que sería difícil porque no estaba detrás de nada muy codiciado, así que no habría competencia. Además, cada vez que voy, el dueño me incomoda con piropos y miradas fuera de lugar, de manera que molestarlo yo, por una vez, no me pareció un abuso.

Entré, le comenté el motivo de mi visita y no hubo ningún problema. Me mostró los sacos de basura y yo me acerqué para llenar las dos bolsas que tenía en las manos. Justo estaba amarrando la primera cuando se acercó un niño. Mi reacción fue preguntarle por qué hacía lo mismo que yo, pensé que si estaba ahí tal vez tenía motivos parecidos a los míos, es decir, usar aquello como abono.

En el momento en que le pregunté qué hacía, lo que pensé en realidad fue que posiblemente tendría conocimientos de agricultura y me podría ayudar a elegir de mejor manera. Su respuesta sí que no me la esperaba. Me dijo: esto sirve para complementar. Inmediatamente entendí a qué se refería.

Él estaba buscando su comida en el mismo sitio donde yo buscaba el alimento para las lombrices californianas. Me aparté y dejé que él escogiera primero. Luego decidí cambiar de lugar, me alejé y encontré otro saco de verduras podridas. Y entonces se me acercó una señora delgadísima a preguntarme qué había encontrado. La miré y respondí que no había nada que sirviera.

Ocurrió. Llegó el choque con la realidad cruda, esa de la que tanto leo y escucho pero que en realidad pocas veces veo de cerca. Es imposible que un evento como este no nos deje pensando… tal vez esto, en la historia de este país -incluso después del descubrimiento del petróleo-  no es algo que no haya ocurrido antes; sin embargo, que sea tan generalizado parece algo nuevo.  Ver el hambre en tantos rostros, en tantos cuerpos malnutridos, en las miradas tristes, se ha hecho común, cotidiano.

Incluso parece absurdo que en un país como Venezuela, comer, para mucha gente, se haya convertido en un lujo. Después de tanto despilfarro, sin ver, costaría creer lo que se está viviendo ahora. Los venezolanos hemos dejado de ser niños mimados y nos hemos convertido en huérfanos que necesitan buscar el pan por sus propios medios.

De una moneda devaluada, tenemos que cada bolívar cuenta para llenar el estómago, que la comida vale más de lo que nunca supimos, que las cosas cuestan. Nos estamos enterando ahora de que éramos felices y no lo sabíamos pero también de que era una felicidad regalada, casi inmerecida.

Teníamos una felicidad alquilada y ahora no hay cómo pagar la renta.

Los homosexuales también van al cielo

Hace unos años participé en un programa de la Universidad Católica Andrés Bello llamado Ausjal. Su misión era acercar a los estudiantes a las comunidades de escasos recursos para así conocer esa realidad y poder actuar en ella como líderes, como guías, como ejemplo para los jóvenes que no conocían otro mundo y cuya visión estaba limitada a lo que veían a diario.

Una de las fases del programa consistía en pasar la Semana Santa entera en la comunidad de La Vega; vivimos todo ese tiempo en un colegio. Casi no quedaba tiempo para nada, nos despertaban, desayunábamos y salíamos a recorrer las calles, como misioneros, llevando un mensaje a todas las casas.

La tarea era hacer una oración con las familias y teníamos un instructivo en donde nos explicaban con detalle todo lo que debíamos hacer. Por supuesto que nunca le hice caso al folleto, puesto que considero que la oración, en esencia, es una necesidad de ser escuchado, así que, después de decir el Padre Nuestro (que es el único rezo que sé) me sentaba a hablar y a oír a la gente que, me parecía, lo necesitaba. Generalmente los viejitos que vivían solos, o las madres solteras. Les dedicaba mi tiempo a ellos y esa fue mi manera de orar.

Una mañana llegué a una casa y había un muchacho, como de 20 años -igual que yo- y me invitó a pasar. Él estaba solo y sentí un poco de miedo, pero como yo estaba con una amiga, decidimos entrar.

Era muy tímido y parecía querer decir algo pero no podía. Le hablé de cualquier cosa para que tomara confianza y luego le dije que si deseaba conversar me podía encontrar en el colegio en las tardes.

Al día siguiente, mientras preparábamos las cosas para la procesión, me informaron que alguien estaba preguntando por mí y yo fui a atenderle. Era el muchacho. Me dijo que debía hablar conmigo de algo que le preocupaba, nos sentamos y luego de un rato, logró expresar que sentía miedo de no poder ir al cielo porque era gay.

Me preguntó si era verdad que Dios despreciaba a los homosexuales, porque en su casa le habían dicho que así era. Me comentó que ya había pensado en el suicidio por toda la presión que sentía a causa de su orientación sexual. Sonreí y le dije: “sí irás al cielo cuando mueras, solo no te suicides”.

Y continué: el ser homosexual, por el solo hecho de serlo, no te convierte en un pecador. Eres una persona más, igual que el resto, que puede decidir si hacer bien o hacer mal, lo que no puedes decidir es si te gustan las mujeres o te gustan los hombres.

Hice lo único que podía hacer: lo alenté a seguir sus gustos porque, aunque no siempre sea fácil, es lo mejor. Porque en la vida encontraremos gente que nos amará por quienes somos y gente que nos despreciará por el mismo motivo. Y porque siempre, por lo que uno haga, va a recibir críticas, así que la mejor opción es recibirla siendo lo que en realidad somos.

Así como él, hay muchísima gente que sufre por este tipo de creencias y es necesario repetir, las veces que sea necesario, que son falsas. Amar no es delito, no es pecado, no está mal. Lo que sí es pecado e incluso delito es inducir al suicidio. Es una vileza infundir miedo y auto-desprecio amparándose en la figura de Dios y de la biblia.

Venezuela, más paraíso que infierno: Mérida.

Desde muy pequeña he tenido la inmensa fortuna de viajar constantemente de un lado a otro dentro de Venezuela; conozco casi todos los estados de mi país y los pocos que me faltan están escritos en una lista de “cosas por hacer”.

Hace poco visité, por tercera vez, el estado Mérida y en este último viaje que hice, disfruté muchísimo más que en los anteriores -seguramente por eso de que la compañía importa tanto o más que el lugar-.

Desde que llegué al aeropuerto de El Vigía comenzó a ser simpática la aventura. Un señor se me acercó y me dijo que podíamos pagar el taxi hasta Mérida juntos y así nos saldría más económico a ambos. La idea me pareció buena, así que acepté y él se quedó a mi lado mostrándome fotos de lugares turísticos.

Le comenté que, como es normal en mí, no había hecho ninguna reservación en posada alguna y él me dijo que, si no encontraba hospedaje, podía pasar la noche en su casa. Ya sé lo que están pensando. Yo también lo pensé y en ese momento hasta me dio miedo montarme en el taxi con él… pero lo hice y, en hora y media de camino conversando, me di cuenta de que su oferta había sido por extrema amabilidad y no porque tuviera alguna otra intención.

Al siguiente día, mientras subía a Tierra Negra, lugar donde volaría en parapente, el piloto me preguntó a qué me dedicaba y cuáles eran mis planes para el futuro. Le dije que me acabo de graduar de abogado y que sopeso la idea de irme del país dentro de un tiempo. Me respondió que no sabe en qué va a resultar toda esta ola de emigración que se está viviendo ahora pero que, si de algo estaba seguro es de que en Venezuela, incluso en estas circunstancias, es mucho lo que se puede hacer.

Pasé el resto del camino pensando en lo que me acababa de decir.

Luego pensé en otra cosa: la forma en la que mucha gente habla de Venezuela y de los venezolanos. Por estos días es muy frecuente escuchar que “este es un país de mierda” o que “no es el país sino la gente que no sirve para nada”. Pero ya no creo que eso sea tan cierto. Yo pienso que Venezuela es un hermoso país, lleno de gente hermosa también. Es lamentable que haya tanta gente dañina, pero estoy segura de que es más la gente que vale pena que la que no.

Yo también he dicho esas cosas. Lo digo casi siempre cuando salgo a la calle y veo que es poco lo que funciona. Sin embargo, de vez en cuando, está bien pensar distinto, ver el otro lado de la moneda, aunque sea por el bien de la propia salud.

Venezuela es un país de gente muy noble, creativa, graciosa, inteligente y chévere. Estamos pasando por un momento en el que, a cualquiera se le dificulta mantener la amabilidad intacta, y por eso, digo yo, hay tan mala atención en Caracas y en varias otras ciudades, pero no en todas partes es así. En Mérida no fue así.

Este es un escrito optimista, sí. Y yo creo saber el motivo. Posiblemente sea a causa de la abuelita nueva que hice en Mérida. Se llama Nina y me regaló el batido más delicioso del mundo en “BUBBLE TEA ROOM” y, además, me invito a cenar a su casa, invitación que, por supuesto, acepté. La cena fue excelente. Como toda buena abuela me hizo comer un montón, no importaba que le dijera que estaba bien ya.

Creo que estar con ella me hizo pensar como lo estoy haciendo ahora, porque la verdad es que yo siempre encuentro gente chévere en todos los lugares a los que voy. En Maracaibo, mi amigo Darío me trató mejor que mi madre, en Puerto la Cruz un señor desconocido me llevó en su carro a comprar desayuno porque yo me perdí en el camino. Aquí en Caracas otro desconocido me salvó de un robo, tal vez arriesgando su vida, y me trajo hasta mi casa.

En fin, como lo veo ahora, Venezuela es paraíso más que infierno, y definitivamente es mucho lo que se puede hacer por este país. Hay más gente valiosa que manzanas podridas y, antes de decir cosas negativas -con razón porque hay muchísimas y llenan de impotencia- tenemos que preocuparnos por ser, nosotros, los mejores venezolanos que podamos ser.

A Claudia Madrid

Estuve haciendo una pregunta tras otra durante toda la clase; el tema era complicado y yo necesitaba entenderlo bien. En algún momento me sentí incómoda, no quería que la profesora pensara que no había leído nada antes de la clase, y para colmo, nadie más hacía preguntas. Sin embargo, cada vez que ella respondía mis dudas se me abría el panorama muchísimo más, así que seguí haciéndolas.

Terminó la hora. Ese día había un foro de Derecho Procesal Civil en honor al que fue mi profesor en el segundo año de la carrera, Vicente Puppio y, por supuesto, yo quería ir. En el camino coincidí con la profesora a la que había hecho tantas preguntas durante la clase, puesto que también asistiría al auditórium, y aproveché el momento para conversar con ella de la materia, de la biblioteca nueva, de la universidad.

Cuando llegamos al foro, ella se sentó bastante cerca del podio y yo le pregunté si podía estar en el asiento de al lado o si esperaba a alguien. Me dijo que podía sentarme y así lo hice.

Para mí era un gran honor estar a su lado y, más todavía, hablar con ella. Mientras esperábamos que comenzara la ponencia, le hice la pregunta que hacía tiempo tenía en mente: ¿por qué no quiere a los ucabistas? En su biografía de Twitter tiene escrito “Profesora de la Universidad Central de Venezuela”, lo cual es cierto, y sería normal si no tuviera catorce años dando clases en la Universidad Católica Andrés Bello. En su cara se reflejó algo de pena, sin embargo no lo negó, se limitó a decir que ambas universidades son… “muy distintas”… y yo entendí el mensaje. O lo interpreté a mi manera.

Haciendo uso de mi sinceridad más absoluta, le dije que me parece un karma que mi profesora preferida sea ucevista, no porque tenga algo en contra de la universidad (la cual me encanta), sino más bien porque me molesta un poco la forma en que muchos de sus estudiantes hablan de nosotros. Sonrió.

Uno de los ponentes indicó a la audiencia la presencia en el foro de “una de las mejores profesoras de Derecho Internacional Privado en Venezuela” y luego, en un momento en que ella tuvo que ausentarse, una muchacha que estaba detrás de mí se me acercó muy emocionada a preguntarme si la persona que acababa de salir era Claudia Madrid, para luego comentarme que era estudiante de 5to año de Derecho y que estudiaba DIP por uno de sus libros. Le dije que sí, que, en efecto, era ella y que además era mi profesora. También me puse a la orden para cualquier explicación porque teniendo semejante maestra, me siento una autoridad en la materia.

Recordando esto sonrío… porque siento infinito cariño, respeto y admiración por ella; estoy feliz de que sea mi profesora, es un orgullo, es un honor. Si me hubiese enseñado todas las materias, sería la mejor abogada de Venezuela antes de graduarme. Me habría conformado con tenerla –además – como profesora de Obligaciones (esa suerte la tienen en la UCV). Por fortuna tengo la dicha de ser su alumna en Derecho Internacional Privado, materia que me encanta, seguramente, gracias a la excelente oportunidad que tuve de conocerla a través de las brillantes explicaciones de Claudia Madrid Martínez.