Cambio en el camino

“Dirán que andas por un camino equivocado, si andas por tu camino”. Antonio Porchia

Todavía no estoy segura de haber sentido alegría o tristeza. Pero es un hecho que verla llorar a ella me conmovió profundamente.

Sí, claro que las lágrimas de los demás también me tocaron y las agradecí de corazón pero las de ella eran distintas para mí. Estaba acostumbrada a verla tan distante, tan jefa, tan dura y ahora… ¿lloraba porque yo me iba?

En ese momento habían pasado uno o dos días desde que renuncié al escritorio jurídico en el que había estado trabajando durante varios meses; eso fue en febrero del año pasado, poco antes de mi cumpleaños.

Te dije que 2018 había estado lleno de eventos estremecedores y este fue uno de ellos porque, aunque comparado con otros parece una tontería, la verdad es que en su fecha fue un batacazo.

Renunciar a las cosas que en algún momento nos llenaron de amor, de entusiasmo, de ilusión y hasta de orgullo cuesta no uno sino dos mundos.

Y cuesta aunque ya te hayas decepcionado de eso. Cuesta aunque ya sepas de sobra que no es lo que necesitas. Y cuesta, por absurdo que parezca, aunque te estés muriendo de ganas de irte.

Cuesta tanto porque nos avienta a un despeñadero llamado cambio que nos abre un vacío desde el pecho hasta el estómago y nos echamos hacia atrás como por instinto.

En mi caso no había nada que analizar. Me costaba pararme en las mañanas, me sentía desmotivada y ya no había ningún beneficio laboral -ni económico ni intelectual- que me hiciera querer sentarme a observar la balanza para ver hacia donde se movía. Pero, Dios mío, cuánto me costaba.

Para que tengas una idea de lo difícil que fue, el día en que renuncié, estuve como medio día sentada frente a mi computadora intentando hacer alguna cosa que no hice porque no logré concentrarme en nada.

Solo pensaba en cómo lo haría. Sentía la sangre en la cabeza y la presión alterada. La boca un poco seca y las manos sudorosas. No conseguía mover los pies para ir a decir lo que imperiosamente necesitaba.

Recuerdo que me escribió Diana Rufus, uno de esos ángeles que me ha mandado la vida para que me alumbren algún tramo del camino. Me dijo: ¿ya lo hiciste? Y le contesté que no había podido. A continuación leí: si no renuncias hoy no me hables más nunca.

Y en verdad lo que me dijo me causó tanta gracia que por un momento pude salir a flote de esa tormenta en el vaso que yo misma había creado y fui como por impulso a pedir hablar con alguno de los socios.

Tengo que renunciar.

La persona que se reunió conmigo fue la misma que me había contratado. La misma a quien le escuché decir en la entrevista: ya voy a parar la búsqueda porque tú eres exactamente lo que queremos. Alguien a quien le tomé un grandísimo cariño y esto, por supuesto, no hacía las cosas más fáciles.

Sin embargo cuando me preguntó “¿estás segura?” Yo supe que en realidad no tenía duda. ¿Y qué me ataba?

Así que, sin seguir ninguno de los consejos recibidos sobre cómo hacer una buena renuncia para “dejar las puertas abiertas”, renuncié. Hice lo que casi siempre hago: fui extremadamente franca.

“Me voy porque no estoy siendo feliz”.

Y cuando nos conocimos me preguntaste cuáles eran mis principales virtudes y la primera que mencioné fue lealtad. Pues bien, sería una deslealtad seguir trabajando sin sentir ningún tipo de pasión por lo que hago”.

Duró casi una hora mi renuncia. Un montón de minutos desperdiciados intentando que yo cambiara de opinión, escuchando promesas de un mejor futuro, de algún ascenso, de tomar alguno de los cambios que propuse.

Y después vino la despedida en la que lloraron casi todos. En la que todos dijeron que me extrañarían y que estaban orgullosos de mí porque seguro me iba detrás de algún sueño.

Tres semanas después de que me fui, casi todos los que estuvieron en mi reunión de despedida, renunciaron también. También la jefa distante, también el socio que me contrató.

También los otros que quisieron convencerme de que no me fuera.

Y un año y medio después comprendí un poco más de lo que había pasado aquel día: -me sigo sintiendo halagada por el afecto, claro- pero la verdad es que esa vez nadie lloró porque me iba.

No lloraron por mí, lloraron por ellos mismos… porque tenían justo en frente el cambio que querían pero no se atrevían a hacer.

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Síndrome del aguacate

“Sé un agradecido permanente y un inconforme constante”. Mauricio Benoist

No se trata de voltear la vista, se trata de ampliar la visión. De comprender que si hay mucho por mejorar, también hay bastante que agradecer.

Que lo cierto es que infinitas veces nos quedamos solo con lo que nos falta y vamos por la vida con una constante sensación de carencia.

Como cuando estás en un almuerzo delicioso y alguien dice que sería todo perfecto si tan solo hubiera un aguacate.

O un queso tal o lo que sea, simplemente, siempre falta algo. Es como si fuera una patología, un síndrome.

Y claro que no está nada mal ser inconformes, este es, de hecho, uno de los elementos fundamentales que hacen del humano un ser en constante evolución; con eso no hay problema.

El tema viene cuando se nos olvida por completo agradecer lo que sí hay, hacer conciencia de todo lo que sí tenemos.

Porque la verdad es que cuando sacamos cuentas resulta que tenemos mucho.

Cada quien puede hacer su propio inventario, no tiene caso que yo te diga cuál es el mío pero lo que sí te puedo contar es que hace ya varios años, durante una Semana Santa entera estuve con un grupo de amigos viviendo en un colegio del barrio La Vega, en Caracas, como misioneros católicos.

Y durante todo ese tiempo dormimos en colchonetas, nos bañamos con una cubeta de agua, comíamos lo que nos daban y trabajábamos desde la mañana hasta la noche.

Todos estábamos ahí por gusto y bien alegres. Pero eso sí, cuando regresé a mi casa y pude bañarme sin prisas y con una ducha, cuando pude dormir en mi cama, me sentí la mujer más feliz del mundo.

Con los días, por supuesto, se me olvidó la sensación de fortuna. Porque la rutina es así: nos lleva a quejarnos de todo el trabajo que tenemos y nos nubla de ver lo maravilloso que es tenerlo.

A creer que la botella está medio vacía cuando es un hecho que no admite discusión que también está medio llena.

A sufrir y lamentarnos de hasta el más mínimo de nuestros fracasos sin celebrar y bendecir nuestros pequeños triunfos.

A querer cerrar los ojos y abrirlos cuando ya seamos quienes queremos llegar a ser… sin siquiera atrevernos a descubrir quiénes en realidad ya somos.

O simplemente a decir que faltó el aguacate cuando hay un plato delicioso y familia en la mesa.

¿Quién sabe?

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Hay un cuento muy famoso de un aldeano al que cada vez que le ocurría algo, bueno o malo, él simplemente aceptaba el hecho como había llegado.

Pasó por ejemplo que un día su único hijo cayó de un caballo y se fracturó una pierna y entonces los vecinos lo visitaron con lamentos diciendo “hombre, qué mala suerte que tienes” el señor en esos momentos solo respondía: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

A la semana llegaron al poblado los militares reclutando a los muchachos jóvenes para llevarlos a la guerra a luchar. Pero al hijo del aldeano no se lo llevaron porque estaba en cama.

Otra vez volvieron los vecinos de visita, esta vez con comentarios de “qué buena suerte que tienes”. Y nuevamente el sabio hombre respondió: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

Y así como en esta fábula, parece que la verdad de todo en la vida es que ningún evento es por sí mismo bueno o malo, sino que lo determina como una u otra cosa la perspectiva desde la cual se le vea.

O, dicho de otra manera, depende de la historia que le hagamos.

Un ejercicio de escritura que me encanta para poner a volar la imaginación consiste en describir un mismo evento en por lo menos 5 formas distintas para sacarle todo el jugo que pueda tener.

Esta es también una herramienta que se usa en programación neurolingüistica para liberarnos de recuerdos dañinos.

Y por supuesto que sirve para reinterpretar la vida, para volver a echarnos el cuento. Buscar versiones, cambiar de perspectiva. Ser autores conscientes de nuestra propia existencia.

Por ejemplo este escrito, el anterior y todos los que vengan nacieron no sé cuándo, pero lo más probable es que haya sido el año pasado.

Lo digo porque 2018 fue el peor año de mi vida. Tuve que tomar decisiones radicales, perdí a personas importantes, viví momentos drásticos. Y de todo ello nació esta frase que acabo de decir y que dije antes con el corazón puesto en las manos: fue el peor año.

Pero ahora me escucho y me respondo yo misma, tomando ejemplo del aldeano. ¿El peor año? Quién sabe.

Y me vuelvo a echar el cuento: 2018 ha sido el año de mayor aprendizaje.

Entonces, ¿fue el mejor año de mi vida? Quién sabe.

El hecho cierto es este: me enseñó cosas que servirán para siempre. Me enseñó a volver a armar un cuento, a saber que el dolor puede ser bueno si nos transforma o inútil cuando lo tomamos como víctimas, sin detenernos a pensar si eso terrible que nos pasó es tan malo como parece.

Sin atrevernos a indagar porque… ¿quién sabe?

El regreso

Ya te dije, me alejé un poco pero jamás me fui. Estuve caminando de aquí para allá, de allá para acá. Viviendo de una manera tan intensa que apenas da tiempo de sentarse a ordenar ideas. Pero hay que hacerlo.

A ti te tenía con la costumbre de leer cuentos y más cuentos de cuanto evento de mi vida me provocara hablar en el momento y de repente, tres cartas de despedida, un par de promesas rotas y un silencio medio interrumpido.

Estoy aquí de nuevo. Tengo mil historias como siempre. Solo que ahora, en vez de fijarme en los detalles cotidianos, externos, en los obreros de las calles y en los ángeles que habitan mi ciudad, he estado haciendo recorridos tan personales que tendría que relatarte básicamente los pasos que ha venido dando mi alma.

¿Y por qué no? No tengo problema con eso. El tema es que son tantas cosas que no sé por dónde empezar.

Y además estos temas son tan personales que uno no se los puede contar a cualquiera… te los cuento a ti. A ti que me lees y ya tienes una idea de cómo pueden ser las cosas por aquí. Y por ese mismo motivo sigues viniendo.

Por ti publiqué las cartas de despedida.

Nada tan personal como esas cartas. Al traerlas acá, cualquiera – con razón- se siente con el derecho de opinar.

Por ejemplo de decir que lo hice con la única intención de invocar a algún fantasma, como si el Sari fuera un tablero de ouija (tal vez lo sea); alguien más creyó que era un mensaje enviado a mí misma. Y en general cada quien pensó lo que quiso.

Y la verdad de la historia es solo una: eran cartas de despedida. No había más que ganas de dejar el pasado atrás. Y seguir.

Las compartí porque me sirvieron para lograr ese objetivo y creí que si para mí había funcionado tal vez también lo harían contigo. Y que si algo como eso te estaba pasando, entonces sabrías que te entiendo.

Y yo sé lo esperanzador que puede resultar encontrar a una persona que nos entienda.

En un par de semanas alguien dirá que el Sari se convirtió en un libro de autoayuda. Y estará bien, si es verdad que te ayuda. Pero lo cierto es que esto seguirá siendo lo mismo, solo que ahora con distinta perspectiva.

Si antes te dije en poesía o en cuento determinado evento de mi vida, ahora haré teoría de por qué fue relevante que eso ocurriera y cómo se relaciona con antes y con hoy.

Te quiero contar esta vida y recordarte con esto que aceptar sentir es de valientes. Y que la felicidad no fue hecha para los cobardes.

¿Me acompañas?

Desde la montaña

Hace unos días alguien me preguntó el motivo por el cual pasé tantas semanas sin publicar aquí en el blog.

“¿Por qué no, si hay tantos Saris?, yo siempre he pensado que existe una especie de banco de Saris”. Qué ternura esa persona.

Pero bueno, no, no existe un archivo repleto de escritos listos para su publicación. La mayoría de veces anoto ideas que luego me siento a darles forma. Como si fuera tener un pedacito de mármol que se pueda convertir en una pequeña estatua.

En fin, para no dar muchas vueltas con las explicaciones, resolví responder con el cuento del águila.

Generalmente, cuando se habla de cambios y transformaciones, el animal que viene a la mente es el fénix, el ave que renace de sus cenizas. Yo preferí el águila.

Sabes, le dije, las águilas son famosas por su vista aguda y por su tenacidad. Algo que pocos conocen sobre ellas es que pueden vivir hasta 70 años.

Ahora bien, a mitad de su vida, cuando van como por los 35, su pico y sus garras han crecido tanto que se convierten en herramientas inútiles para la caza, volviendo casi imposible la correcta captura de su alimento.

Nel mezzo del cammin di nostra vita“, como diría Dante. Exacto, justo en ese momento, les toca decidir entre la vida y la muerte.

Permanecer en el estado en que se encuentran, implicaría evitar meses de sufrimiento seguro, pero las condena a la muerte. Asumir la necesidad de cambio y el dolor que este conlleva, significa escoger la vida.

Probablemente todas las águilas del mundo prefieran adaptarse a perecer, siguiendo el curso natural del instinto vital -o llevadas por la fuerza de Eros, como tal vez diría Freud-.

Ahora bien, imaginando que las águilas tuvieran un cerebro humano, probablemente, las vencería la muerte, porque el pánico que implica enfrentarse a las opiniones externas, no les permitiría salvarse. “Me verán sin pico, sin garras, luego de haber sido tan fuerte”, cosas así pensarían las pobres.

Lo digo porque precisamente, el águila que escoge vivir, conoce desde el principio que el precio no será bajo.

Deberá retirarse de su mundo, a la cima de alguna montaña, asegurándose lo mejor posible para no convertirse en una presa fácil, y ese lugar ahora será su hogar durante los próximos 7 meses.

En ese tiempo, a fuerza de picotazos contra las rocas, se despega el viejo pico y luego, usando una estrategia parecida, bota también las garras. Cambia incluso su plumaje, de manera que en un punto debe parecer más un pajarraco recién nacido que el ave imponente que estamos acostumbrados a ver en fotos y videos.

Luego de todo ese tiempo -que al nombrarlo parece tan breve pero que, estoy absolutamente segura, el día a día vuelve infinito-, después del dolor físico y de la soledad, llega el momento en el que por fin su cuerpo se ha regenerado y vuelve a ser.

Con todo su esplendor, vuelve a ser.

Pues bien, al igual que pasa con el águila, hay momentos en los cuales, elegir la vida nos obliga a asumir ciertos cambios.

En esos momentos en los que dejamos atrás cosas que hasta ahora eran parte de nosotros pero se volvieron inútiles: creencias, personas, expectativas, formas de vida… en esos momentos exponernos se vuelve riesgoso, así que lo mejor es tener una montaña en la cual refugiarnos mientras nos vuelven a crecer las plumas.

Hasta renacer.

La fiebre del oro

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Hubo un período de mi infancia en el que sufrí algo parecido a lo que los americanos llamaron “la fiebre del oro”, andaba obsesionada con encontrar un entierro de morocotas y aunque tal vez me hacía más ilusión la aventura previa al descubrimiento que el reporte económico posterior al encuentro, lo cierto es que día y noche le rogaba a la suerte que me diera su confianza. Y despertaba en las madrugadas mirando hacia el jardín, en busca de alguna señal… pero nada.

Los viejos de los pueblos son de lo más misteriosos. Les encanta echar cuentos incompletos: siempre dicen bastante como para dejarle a cualquiera la cabeza mala, pero nunca dicen suficiente. Reyes de la intriga, se te quedan viendo a los ojos fijamente antes de soltar la próxima frase, para asegurarse de estar causando el efecto preciso.

Los temas más recurrentes son las andanzas de los espíritus entre los vivos, la hechicería y el dinero. Y de la mezcla de esos tres tópicos, nacía uno que acaparaba los niveles más altos de mi atención: los entierros de morocotas.  

Carmen Felicia decía que el viejo Juan Manuel Acuña, mi bisabuelo, había dejado un entierro en una de esas montañas de la Serranía, en su hacienda de Cambural. Ahí tenía barriles de monedas de oro que asoleaba a diario como si fueran café en grano y cuando se murió dejó un par de tinajas repletas, debajo de una piedra grandísima, imposible de cargar por un solo hombre.

Viejo malintencionado porque para encontrar un entierro de morocotas tienes que estar solo; esa es una de las condiciones. Pero hay otras, no es cosa sencilla tampoco. Y todas deben ser cumplidas, de lo contrario, las consecuencias podrían ser terribles.

Los requisitos son impuestos por el muerto mediante mensajes oníricos tan reveladores que sacarían a cualquiera del más profundo de los sueños.

Y al despertar el elegido, en medio de la oscuridad, se encuentra con una luz que le indica el camino al tesoro.

Nadie conoce cuál es el criterio para la elección, lo que sí es seguro es que ni el buen espíritu ni la valentía son requisitos indispensables. En efecto, cada vez que un viejo hablaba de morocotas, aseguraba haber sido seleccionado en algún momento.

– ¿Y el tesoro? – preguntaba yo exaltada.

– No yo no fui, esas cosas no son ningún juego.

Cobardes.

Claro, sobran los relatos de gente que luego de encontrar un entierro, de la noche a la mañana lo perdía todo, moría de forma trágica o se volvían locos. ¿Qué les había pasado? habían incumplido el compromiso sagrado de hacerle las nueve misas al difunto y de prenderle aunque fuera una velita de vez en cuando.

Más que nueve, veinticinco misas les habría hecho yo si me lo hubiesen pedido. Pero jamás acudían a mis sueños.

“Ya pasará”, pensaba, la esperanza es lo último que se pierde. En cualquier momento, se me aparecería la luz y por oscura que fuera la noche, yo sí acudiría al llamado.

Con esa certeza reuní dinero y lo invertí en una linterna que tenía siempre al alcance. Antes de dormir, cerraba los ojos e imaginaba cómo sería la escena y en las madrugadas, sin siquiera soñar nada, despertaba y me asomaba por la ventana probando suerte.

Justo al lado de la casa de Carmen Felicia, mi abuela, vivía un señor de ciento y pico de años llamado Domingo. Era altísimo, flaquísimo y blanquísimo, parecía un silbón. Su casa estaba llena de gatos tal vez tan viejos como él y en el techo había varios palomares. El viejo tenía la extraña manía de llamar a la gente haciendo un sonido de búho: “uu-u”.

Y cuando murió, alguien comenzó a imitarlo, por entre los matorrales, para asustar al que se dejara. A mí se me comenzó a hacer difícil pasar por el frente de su casa, me venía el terror ante la posibilidad de escuchar de repente un “uu-u”.

Pero una tarde, a los cuentos de las morocotas fue añadido un elemento nuevo: no todos los tesoros estaban enterrados cuidadosamente en las montañas, algunos quedaban en las casas de los viejos, guardados en cofres de madera o escondidos en colchones.

Se me vino la idea a la cabeza… Domingo.  

Al día siguiente, aproveché la hora de la siesta y me escapé. Salté a la casa del vecino difunto y escalando unos barriles, logré asomarme por la cocina.

No me lo podía ni creer: había un cofre de madera igual de grande que yo. Estaría a tope de morocotas.

Se me salió el miedo del cuerpo y de inmediato me deslicé entre los barrotes de hierro, y con un brinco caí dentro de la casa. Hecha felicidad, abrí la tapa -no se preocupe Domingo, yo le hago treinta y cinco misas y le prendo las velas que usted quiera- pero no había ni una sola moneda, ni siquiera de plata. Había, en cambio, una hoja blanca en el piso del cofre -ese debe ser el mapa del tesoro, pensé- la giré. Era una propaganda de Acción Democrática.

Quedaba por revisar el colchón. Quité la sábana en busca de una cicatriz que delatara el escondite de alguna pequeña fortuna. Pero estaba intacto. Salté sobre la cama esperando que sonara como las monedas de mi cochinito. No sonó nada.

Recorrí toda la casa y encontré lo mismo: absolutamente nada. Ni una galleta.

La decepción acabó con mi adrenalina y fue entonces que escuché el quejido de los gatos y recordé que estaba nada más y nada menos que en la casa de un difunto. Me regresó el miedo perdido ante el oasis del oro y eché a correr hacia la ventana por la que había entrado. Mientras me deslizaba por los barrotes para salir,  rocé un cable pelado y recibí un corrientazo -Discúlpeme Domingo, yo le juro por mi madre que no lo vuelvo a hacer-.

Volví a la casa de mi abuela, como si nada hubiese pasado.

Y de esta historia jamás supo nadie. Hasta hoy.

Los diablos

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No implicó mayor esfuerzo encontrarles distintivos, fue un acto reflejo de solo verlos, cada uno tenía cara de Leopoldo, de Fidel y de Numa Pompilio y así fue que los llamamos. 

Los encontramos en una caja, cuando fuimos a explorar el sembradío de Diomedes; saltamos la cerca y nos metimos. -Meu, lloraba de hambre Numa Pompilio y por sus quejidos fue que dimos con los tres. -¿Dónde está la gata grande?

Estaban abandonados, comprendimos con tristeza. Y sin comida, morirían. De manera que en las cuatro tardes siguientes, volvimos a su encuentro con leche tibia en un tetero para alimentarlos.

– Sonó el portón y supimos que teníamos compañía. “Allá están esos diablos”, escuchamos decir. “Los diablos”… ese era el inmerecido apodo que nos habían estampado, a causa de un par de malos entendidos. Saludamos, convencidos de no estar haciendo nada incorrecto pero la respuesta que tuvimos fue un grito poco amistoso: ¡Sálganse de ahí, me van a dañar las matas! Era Diomedes, rojo como siempre, de tanto sol y con las entradotas en la cabeza… parecía un dragón.

-“No estamos pisando las matas”, nos defendimos con amabilidad. Pero él no estaba particularmente abierto al diálogo. Entonces comenzaron a moverse sus poblados bigotes, anticipando las palabras que escuchamos un segundo después: ¡Se van de aquí ya mismo o les mato a los gatos!

-Mataron a su tío

– ¿Quién?

– ¿Cómo que quién? ¡ustedes! hace rato se lo llevaron en una ambulancia para San Antonio.

¡Imposible! No había pasado mucho tiempo desde que lo habíamos visto… y en aquel momento no parecía que le rondaba la muerte. Muy vivo se le veía, más bien. La memoria me lo mostraba furioso, en plena persecución, con el brazo derecho alzado, sosteniendo una cuerda que luego soltó sobre mí en un princhazo que me dejó ardidas las canillas.

Todavía nos estábamos riendo de eso, cuando llegaron con la noticia. -Mis compañeros más que yo, para ser franca-. Decían que yo tenía un imán en las piernas para los cuerdazos. 

Razón no les faltaba, tal vez porque yo era menos rápida que ellos, por ser la menor… pero eso sí, jamás me atraparon. En cada fuga me ayudó la fuerza suprema de saber que en riesgo estaba nada menos que mi propia vida.

Recordaron con gracia el otro princhazo más reciente. La vez que Anibal se montó en mi mata de pomalaca, machete en mano, para cortarle las ramas porque echaba muchas flores. Teto, mi hermano, fue el que nos avisó y él mismo nos llevó a buscar pedacitos de espejo para evitar la tragedia. Nos pusimos debajo de la mata, reflejando los rayos del sol con los espejitos, directo a los ojos de Anibal, para que cayera encandilado como un guacharo expuesto a la luz del día.  

Anibal no sabía de juegos, ese hombre era de armas tomar, un furioso, y si no lográbamos tumbarlo, tendríamos que correr. Pero a pesar de que movía la cabeza para todos lados, como un león perturbado por las moscas, no cayó. Y cuando empezó a bajar, sudado de pura ira, pegamos la carrera. Entonces lanzó el cuerdazo desde antes de llegar al piso y ajh, me ardieron las piernitas. 

Por la tarde regresamos a comer y el asunto ya había sido olvidado. Anibal seguía vivo, viendo la televisión, como si nada.

– Le dio un infarto de la rabia que le hicieron pasar.

– ¿Y quedó muerto? ¿muerto de verdad? 

-Muertico.

Después de la advertencia de Diomedes, al día siguiente, volvimos al terreno a visitar a los gatos. Pero cuando llegamos, ya no estaban.

La confusión de nuestras caras tardó segundos en convertirse en plena certeza: los había matado.

-¿Pero cómo pudo si los gatos tienen siete vidas? -Seguro los metió en el tanque de agua y se ahogaron siete veces. Revisamos por todos lados pero no los encontramos en ninguna parte. Entonces, – Sí, lo hizo: mató a Fidel, a Leopoldo y a Numa Pompilio.

Yo doy fe de que no hubo acuerdo, por el contrario, cada quien actuó por cuenta propia, tomando alguna herramienta, cegados de indignación por la injusticia y echándonos, luego, sobre las matas, acabando con sus hojas como no lo haría la peor plaga, corriendo entre gritos eufóricos, retadores, destrozando todo lo que iba quedando atrás del paso.

Al notar la presencia enemiga, encabezada por la cabeza roja de ira que era Diomedes, nos dimos a la fuga… pero antes de que yo pudiera cruzar la cerca, sentí el azote en las piernas. Ajh.

Ya nos estaría buscando la policía para llevarnos en sus patrullas hasta un calabozo oscuro… y esta vez no nos salvaría nadie. Con Diomedes muerto, bastaría pisar la casa de abuela para quedar nosotros igual de tiesos que él.

Y ahora con hambre y sin comida, como los gaticos. Sin agua y con tanta sed. Y aquel terror que nos daba la montaña – a la que siempre huíamos- cuando se hacían las seis de la tarde. A esa hora empezaba a oscurecer y nosotros a imaginar nuestros nombres en las voces de los encantados. Y cada hoja que se movía por la brisa nos mataba de susto.

Sin decir palabra, como con el ataque, fuimos juntándonos poco a poquito y bajando, uno detrás del otro, cinco en fila, pálidos de miedo. Resolviendo mentalmente cómo entrar a la casa y saltando, al llegar, por una ventana del fondo . Pero ahí ya nos estaban esperando.

-Casi matan a su tío de una rabia, ustedes no conocen límites.

– ¿Cómo que casi? ¿no está muerto?

-¡AVE MARÍA PURÍSIMA, sí es verdad que son unos diablos!

La del Sari

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A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.

Cartas de despedida

Los viejos dicen que el que se despide mucho es porque no quiere marcharse.

Sin embargo, esto es distinto. No es que no me quiera ir, es que antes de hacerlo tengo que decirte todo. Poner esta carga inaguantable sobre la mesa, ahí donde no sea ni tuya ni mía, como un saquito de sal cerrando un trato.

Esos que afirman que somos amos de lo que callamos, desconocen la fuerza con la que azota el silencio. Yo hoy prefiero hablar. Debo decir, quiero decirte.

Contarte, por ejemplo, que hace unos días, mientras limpiaba mis libros encontré un regalo. Era un cuaderno y cuando lo abrí, reconocí de inmediato tu ortografía en una dedicatoria: <<Para que escribas tus bellos poemas>>.

Sus hojas están usadas casi completamente. Hay tres canciones terribles, veinte poemas y un sinfín de errores ortográficos, de esos que jamás recibieron tus correcciones. Para actualizarte un poco: ya no escribo error con h, así que tuviste razón al intuir que la respuesta mejor a mis notitas, era un beso o dos y que el tiempo haría un buen trabajo conmigo. Porque al final, escribir con errores no es ningún pecado. El pecado es otro. La ofensa es dejar de escribir cuando escribir es lo que debes; cuando se siente como si la tinta no saliera de la pluma sino de las propias venas.

¿Parar de hacerlo porque ha dejado de estar alguien? No tiene sentido.
Y sin embargo, eso fue lo que vino después de nuestra ruptura: dejé de escribir. Parece que a las letras las asociaba contigo. Mayor tontería. Ojalá alguien me hubiera dicho que escribir era la única forma de borrarte. Quizás no habrían sido tan largas las cartas de despedida.

Si escribir es parte de lo que soy y dejé de hacerlo por ti, debo admitir que sería injusto juzgarte por haberte ido… si antes que tú, yo misma estuve bien dispuesta a abandonarme, como lo hice en efecto, en repetidas ocasiones.
Si tan solo hubiera podido verme con tus ojos y tratarme con el cariño con el que yo te cuidaba. Si las inseguridades no hubieran empañado tanto mis cristales… ojalá hubiera sido antes tan claro como ahora cuánto en realidad me amabas.

Se me hace bonito recordar que me grababas para verme cuando yo no estaba. Y hasta recuerdo con ternura el drama de tu prima al decirme que lo sabía todo, que había notado la emoción en tu cara cuando te vio llegar con aquellas flores.
Da igual tu prima, dan igual todos ellos. Solo me importabas tú antes y solo me importas tú ahora. Por lo que fuiste, porque recuerdo quién eras.

Hoy te puedo mirar con cariño a la cara y decirte <<gracias, ya no te debo nada>>.
Con esto salto al abismo, confiando en mis alas. Me hago vulnerable para encontrar mi fuerza.
Pero te diré algo más, espera:
Una vez alguien me dijo que tal vez tú y yo somos almas gemelas. Eso no hay manera de saberlo… pero si fuera cierto, ¡hasta la próxima vida! En esta ya fuimos todo lo que podíamos ser.

Herrar es de humanos

Herrar de humanos

“Eso es, permanezcan ignorantes, el conocimiento trae sufrimiento, los ignorantes son más felices”, dijo indignada mi profesora de latín, luego de los resultados devastadores de un examen sorpresa.

Y yo no comprendí del todo lo que había querido decir hasta que un día, de camino a Cuyagua, por el parque Nacional Henri Pittier, vi volar una botella de cerveza desde la ventana de un auto.

“¡INFELIZ!”, fue lo que me provocó gritarle. Tal vez lo hice. Y con mi indignación llegó la lucidez. ¡Claro, a eso se refería la Heltzel! Si yo no hubiese estado enterada del daño que puede causar el vidrio en el ambiente, seguro que no me habría importado lo que acababa de hacer aquella bestia.

Y lo mismo pasa con el uso del lenguaje. Si una persona no recibe educación, no le hace ni ruidito que alguien use la palabra “haiga”. Yo me acuerdo que cuando era niña la dije una vez… pero de verdad, no la repetí más nunca. Mamá, que siempre ha sido tan dulce en sus enseñanzas, esa vez no supo disimular el horror, abrió los ojos tres veces más grandes, se le desfiguró la cara y hasta comenzó a gaguear. Incluso en una niña de 7 años “haiga” pareció un pecado.

Mucho más grave que “hubieron”, es cierto. Pero este tampoco se salva. Yo cuando lo escucho, no lo controlo. Giro la cara hacia el lado contrario, como alejándome del evento, mientras me voy convenciendo de que no fue real, de que yo imaginé todo.

Pero en el fondo, no es descabellado que nuestra mente pueda tener ese tipo de deslices…  ¿no es la lógica de la conjugación lo que nos lleva a ello?

Pensando mejor, no es que la ignorancia nos hace felices sino que creernos con mucha cultura nos va poniendo medio tontos y engreídos. Que al minuto siguiente de aprender el significado de una palabra, nos parece absurdo que el de al lado no lo sepa. Como los estudiantes de comunicación social que en el primer semestre comienzan a sufrir ataques cuando escuchan que a la publicidad se le llama propaganda.

Les voy a contar. Al comenzar la carrera de Derecho, empecé a ver “lenguaje y comunicación”, una materia que a la mayoría le parecía de relleno pero que a mí me cambió la vida. Yo había estudiado en un colegio italiano y mi cabeza se volvía un merengue cada vez que escribía en español.

¿Cuándo va la s o la z o la c, Dios mío?

Mi twitter lo abrí en 2011, cuando no tenía ni conciencia. Cualquiera que quiera buscar un poquito, va a encontrar cosas peores que horrores ortográficos.

Precisamente en esa red social hace unos días leí a una argentina indignada por lo escritores que se toman a relajo la ortografía, los consideró ofensivos y faltos de compromiso.

Tal vez no sea para tanto, digo yo.

La escritura ya está bien acostumbrada a los juegos de palabras, a los cambio en el lenguaje y a las aceptaciones de la Real Academia, de manera que dudo mucho que se ofenda con facilidad.

Porque en esencia, veo que la escritura es alcahueta y complaciente. Disfruta de permitirnos hacer lo que nos dé la gana. Como una madre que deja a sus niños con lápiz y papel para que se queden quietos, absortos, distraídos. La escritura es libertad amable y pura que nos vuelve dioses, capaces de crear el mundo en siete días, dos noches o una línea.

Tal vez entonces, la única manera de ofenderla sería el pretender ponerle riendas para encarrilar sus andanzas, estableciendo parámetros que no tiene, marcando pautas que no quiere, disminuyendo su oxígeno.

Los errores nos ofenden solo a nosotros, por algún motivo. Nos escandaliza y nos volvemos arrogantes. Así pues, nuestro conocimiento nos hace infelices.

Cada vez que abrimos los ojos de forma desproporcionada, cuando nos reímos bajito en complicidad con nuestra superioridad imaginaria, cuando no admitimos que, la verdad, es que pudo pasarnos lo mismo, creamos jaulas.

A los errores hay que empezar a darles un mejor trato. No solo aceptarlos sino también quererlos, mirarlos con cariño, invitarles el café. Porque la vida sin errores es aburrida. La vida sin errores no aprende. La vida sin errores no avanza.

Y porque, definitivamente, herrar es de herreros y también de humanos, se los digo yo, romántica empedernida que mil veces pedí perdón por mis herrores, a puño y letra sobre papel.

¡Vamos bien, Venezuela!

 

bandera_de_venezuela

“Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando la virtud y honor.”

Apenas escuchaba el inicio de este coro, me sabía casi fuera de peligro de ser encontrada.

Miraba a Andrea, mi fiel compañera en esta clase de aventuras, sonreía y soltaba el aire contenido en los pulmones con el fin de evitar cualquier señal de vida que pudiera alertar a los agudos oídos de Aidé, una bedel con complejo de perro policía, chismosa como nadie, incapaz de guardar un secreto.

Ya me había llevado ella misma a la dirección en infinitas ocasiones y bien poco le habían importado mis ruegos desesperados:

-¡no vayas a decir nada, por favor, Aidecita!

-Si no te llevo, me botan, decía. 

Puras falacias de brujas.

El himno nacional de Venezuela debe ser uno de los más largos del mundo. Pero no era por eso que me escondía para no cantarlo.

A las siete en punto comenzaba la formación y yo corría despavorida huyendo de las miradas de los profesores. -Sé que más de una vez me vieron sin decir nada, eran mucho más leales que Aidé-. Me ocultaba casi siempre en los baños pero también llegué a quedarme agachada detrás de los cauchos de los autobuses amarillos, largos y viejos que hacían de transporte escolar. En silencio pero con la respiración agitada y la sangre caliente de pura adrenalina a pesar del frío matutino. Nada más efectivo para sacarse el sueño del cuerpo.

No sé si en todos los países sea obligatorio cantar el himno antes de entrar a clases.  Y nosotros, para más, cantábamos el himno de la alegría también. Como 10 minutos menos de clases, en total, eso era lo bueno. Sobre todo cuando a primera hora teníamos latín o matemática.

No me pregunten por qué me escapaba que de verdad no lo sé.

Yo no sentía aversión a estar en fila, en el patio, frente a los profesores, moviendo los labios, simulando que seguía la letra, nada de eso. Era más bien que me gustaba sentir que me fugaba. Quizá era Aidé quien le ponía toda la emoción al juego, como un tiburón rondando un cardumen.

“Letra de Vicente Salias y música de Juan José Landaeta”. Me viene automático. Es posible que si me preguntan quién fue Vicente Salias,  de buenas a primeras, responda “no sé”. Pero al escuchar el himno, lo digo mentalmente, es fijo, como si fuera un eslogan. Incluso puedo escuchar la educada voz gruesa y firme que lo introducía en los desfiles  militares del 5 de julio.

Viéndolo en retrospectiva, el himno hasta me gustaba. Recuerdo las mañanas de colegio con cariño. Y se me viene a la cabeza, como si fuera todo parte de una misma cosa, esa melodía, “Gloria al bravo pueblo” y luego una empanada de queso en el desayuno con una malta. Y el alboroto con los amigos.

Pero nunca pensé con tanta seriedad en el grado de importancia que tenía escucharlo y cantarlo al comenzar un día de clases.

Lo supe hace 12 días, el 23 de enero de 2019, cuando acudí a la juramentación del Presidente Interino de Venezuela, que se llevó a cabo al amparo del artículo 233 de la Constitución Nacional, el cual establece que el presidente del parlamento asumirá la primera magistratura en caso de que haya falta absoluta en dicho cargo. Esa falta absoluta se verificó el 10 de enero, cuando llegó a su fin el período presidencial de Nicolás Maduro, sin que se hubiera realizado previamente un proceso electoral que obedeciera a los más básicos principios democráticos.

Juro asumir formalmente las competencias del Ejecutivo nacional como presidente encargado de Venezuela para lograr el cese de usurpación, un gobierno de transición y tener elecciones libres”.

Estas fueron las palabras de Juan Guaidó, una cara para mí -y para la mayoría- desconocida hasta el 5 de enero, día en que se juramentó como Presidente de la Asamblea Nacional. Es posible que su alocución no haya durado 15 minutos, no gritó ofensas ni amenazas pero sus palabras fueron contundentes y esperanzadoras.

Con la mano derecha alzada al cielo, a toda voz, desde el fondo del alma, sintiendo cada vocablo, entendiendo (¿por primera vez?) el significado de las estrofas, cantamos con él el Gloria al Bravo Pueblo; la piel erizada y la sangre en las venas como un río crecido.

Gritemos con brío, muera la opresión, compatriotas fieles, la fuerza es la unión.

Éramos todos parte de algo, de la transición, del cambio. A mi alrededor estaba la historia haciéndose de nuevo.

Y si el despotismo, levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio.

Yo estaba inmersa en ella.

Se invirtieron los papeles: no fingí cantar, lo hice con toda la voz que tenía. Qué bueno que a fuerza de escucharlo cada mañana, en fila frente a los profesores o escondida en los baños, El Himno se coló hasta mi inconsciente, como al del resto, y ahora salía airoso, en el momento necesario, cuando los valores que defiende se encuentran más pisoteados que nunca.

Cambió el orden de los factores: no corrí antes del coro, como hacía en el colegio. Corrí después. Pero con miedo de verdad.

Ya no era Aidé quien me perseguía sino el rugido infernal de las motos de los guardias, mientras escuchaba las detonaciones de los lanza bombas. Se acercaban subiendo por ambos lados de Plaza Francia. Sentía pánico de mirar atrás y verlos a punto de agarrarme.

Cambió el sonido. Se regresaron.

Entré al estacionamiento del edificio Altamira con más gente. Me dejé caer al suelo para respirar mejor, ahogada, con las lágrimas ardiéndome en la cara, pensando todavía en lo que hubiera podido pasar si me atrapaban, dejando pasar tiempo mientras se calmaban las cosas, por consejo de un muchacho que estaba a mi lado, encapuchado y con una voz horrible.

No me extrañó para nada enterarme de que le decían “pollo ronco”, pero lo que él me contó sí que me dejó desajustada: en las manifestaciones del 2017 fue capturado y torturado por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional al punto de quedar estéril por toda la electricidad que descargaron en sus testículos.

Querían repetir las cosas pero las cosas, esta vez, eran diferentes.

Muchos países se pronunciaron reconociendo a Guaidó como presidente interino. Los venezolanos en el extranjero salieron a las calles de sus países de acogida, haciendo que Venezuela estuviera en las noticias de todo el mundo.

Y al día siguiente, el aire que se respiraba era de libertad.

El cielo impregnado de sol y de azul relucía. Al salir a la calle recordé todas las veces en que me aferré a esa belleza para mantenerme fuerte, repitiendo mentalmente las palabras de Ana Frank que una vez leí en su diario: mientras exista este sol radiante, este cielo límpido, y mi corazón lo sienta, habrá motivos para ser feliz.

Ni el lector más agudo podría entender el significado real de esas palabras viviendo en condiciones normales. Yo comprendí las letras de Ana y a su vez ella pudo entenderme a mí mejor que nadie.

No hay duda de que todos los regímenes autoritarios parten de un mismo núcleo, aunque pregonen ideologías diferentes.

No sé cuántas veces he tenido miedo de no poder ver el fin, como ella.

Ahora, en este febrero de 2019, el fin se ve mucho más cerca… tal como lo estaba en aquel febrero de 1945 en el que murió mi niñita escritora en algún campo de concentración.

No ha llegado, es verdad. Falta. Y los expertos dicen que vienen momentos duros.

Pero es febrero y vamos bien, vamos muy bien, Venezuela.

Antes del fin

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Abrí la puerta del copiloto, bajé del auto y al caminar hacia el edificio donde vivo, escuché, detrás de mí, el motor de una moto y una voz de mujer que me obligó a voltear, exigiendo que le entregara mis cosas.

Giré y encontré a dos personas uniformadas, eran policías. Que le diera el maletín, me repitió aquella. 

A pesar de pensar en todo lo que estaba perdiendo -la computadora, el teléfono, los documentos-, reaccioné de la forma correcta: hice exactamente lo que se me pedía.

Un paso hacia adelante a la vez que extendía el brazo izquierdo con pensada calma, y entregué, esperando que, al obtener lo que querían, se fueran. Pero no ocurrió así.

Apenas estuvo en posesión de mis cosas, sonriendo, en un delirio del triunfo que da el poder cuando se mezcla con el resentimiento, la mujer policía me disparó.

Sin embargo, no lo hizo de inmediato. Antes de eso, del disparo, quiero decir, antes, eligió jugar. Con el arma en su mano derecha, me apuntó. Supuse que buscaría mi corazón y esperé. No vi la vida pasar en un segundo ni nada. Solo fue un vacío en el pecho o tal vez una presión, anticipando el ardor que causaría la bala.

No llegó.

Cambió de objetivo. Comenzó a pasear -de forma calculada- el ojo del cañón por mis piernas, -¿rodillas?- pensé en los patines. Bajó más y subió rápidamente, sin presionar el gatillo, gozando el placer de ver el terror en mi cara.

Escuché el disparo.

No sentí mucho pero intuí que algo caliente bañaba mi cabeza. Comprobé con las manos y se llenaron de sangre: estaba herida. Pero la bala me rozó solamente. Seguía viva… ¿porque lo quiso Dios o porque así lo quiso ella?

No acabó del todo conmigo, prefirió atentar contra mi fe, matarme de impotencia.

Se fueron.

¿Quiénes eran? parte del cuerpo de seguridad. ¿Qué podía yo hacer contra ellos?

Nada.

¿Vale la pena seguir creyendo que se puede continuar trabajando por Venezuela, sabiendo que el precio podría ser la propia vida?

Me hice esta pregunta al abrir los ojos y asegurarme de que había sido una pesadilla.

Hay noches en las que los sueños se confunden con la realidad… y hay realidades que no guardan diferencia con las noches más oscuras. ¿Son recreaciones o visiones? 

En cualquier país del mundo mi sueño sería digno de análisis. ¿Pero aquí? en Venezuela no tiene nada extraño, no es absurdo, su origen es muy claro. La escena fue normal.

¿Qué hay de raro en que una policía me haya robado y haya decidido disparar solo porque quería? Dentro de estas fronteras yo podría contarlo como un hecho de la vida real, sin encontrar mayor escepticismo.

Vuelvo al punto.

¿Por qué decidí permanecer en un país del que tantos se han ido? ¿Qué me tiene en Venezuela todavía? ¿Será que en el fondo me resulta atractivo ese cincuenta por ciento de riesgo de no llegar a contarlo? ¿O es precisamente para contarlo que sigo aquí?

“¿Cómo ha sido vivir en Venezuela?”

Hay tantos que no lo saben. Y los que lo saben no se han enterado por mí. Mis escritos, hasta ahora, han evadido -casi siempre- la realidad cotidiana, agarrándose, como si fueran lianas, de momentos gratos. He querido que mis letras sean, por lo menos tres minutos de luz, de distracción, de claridad.

No obstante, ahora que comienzo a sentir en el cuerpo una sensación de cambio -díganme ingenua si quieren, pero yo el 24 de enero en la mañana amanecí respirando democracia, y hasta ahora nada me saca ese aire fresco de los pulmones- empiezo a creer que viene siendo hora de tratar otros temas. Porque haber estado aquí todo este tiempo no debería pasar por debajo de la mesa. 

Yo también tuve el impulso de agarrar maletas y despedirme de esta tierra sin ley, peligrosa y casi estéril de oportunidades honestas. Tuve planes, tuve opciones. Pero, por otro lado, tuve la sensación profunda -¿intuición? – de que si me iba, me alejaba de mí. Que dejaba algo importante o perdía una oportunidad más grande que todas las posibilidades que pudiera ofrecer una economía estable.

Quizá el placer de conocerme hasta el fondo, la valentía de asumir el reto de nacer en Venezuela en el momento histórico en que nací. No durante la bonanza de la que tanto se habla ni después de una dictadura maldita, sino justamente entre una cosa y otra, en el medio, en los años infernales de no tener respuestas. En el calor del momento destinado a ser historia pero que entonces, no lo era -no lo es- y solo era eso, un momento, una incertidumbre: una pregunta ¿estoy haciendo lo correcto? ¿estoy botando la vida en un lugar que cada día se vuelve más gris? en una ciudad desactualizada, sin luces, sin agua, llena de peligro, de indigentes, de viejos comiendo de la basura.

De censura, de cadenas en radio y televisión en las que solo se daban noticias falsas y análisis absurdos, de descaro, de arbitrariedades.

Esto también ha sido vivir en Venezuela.

¿Quieren que diga más?

 

 

 

Una vez en Londres

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¿Qué habría hecho Shakespeare con Romeo y con Julieta si hubiese existido el teléfono celular en aquel momento? Si uno lo piensa, con que alguno de los dos enviara un mensaje de texto, quedaba eliminada la mitad de la historia.

La tecnología ha facilitado la vida de millones de personas -es innegable- y ha evitado un sinfín de tragedias, pero no se puede dejar de reconocer que la falta de ella también llega a tener una adrenalina encantadora.

Pensaba en esto mientras lo esperaba frente a la puerta de la estación de trenes, sin maneras de saber si llegaría. ¿Lo haría? Yo le había escrito un mensaje diciéndole que nuestro tren a Londres saldría el sábado a las ocho de la mañana y él respondió que estaría a la hora… pero si se le hubiese presentado un inconveniente, no había forma de que me avisara.

Cuando hace frío y no se tiene más nada que hacer, la mente se va y regresa y termina viendo señales donde no hay nada. Que cómo iba a ser casualidad que siendo el mundo tan grande, nos conociéramos en una callecita de una ciudad tan pequeña y que, viniendo ambos de continentes distintos, pudiéramos hablar el mismo idioma sin problemas. Y también esto otro: que la primera vez que salimos juntos era la despedida del rubio, su amigo, el cual, al regresar a Milano, le dejó como regalo su bici y eso era perfecto porque podríamos salir a pedalear en cada atardecer del futuro.

“¿Tú por fin tuviste algo con él?”, me preguntan los curiosos de confianza cuando les cuento que ese día, en mi bolso para el viaje metí dos almuerzos y dos meriendas. Fue un gesto lindo de mi parte. Recuerdo que una vez, en el colegio, yo estaba sentada en las gradas, debajo de la estatua de Agustín Codazzi, y alguien llegó con una galleta para mí y me dijo: ¿no te parece que compartir la comida es la mayor demostración del amor?

Me alegré al verlo llegar, en el límite del tiempo. “Traje almuerzo para los dos”, le dije. Casi se detuvo para mirarme, con una sonrisa incrédula, y respondió: yo hice lo mismo.

¿De qué hablaríamos en el viaje? fue rápido. Probablemente le conté sobre el libro que estaba leyendo por esos días, Los Pilares de la tierra, de Ken Follet. Lo había elegido al azar de mi biblioteca, antes de salir al aeropuerto y resultó estar ambientado precisamente en Inglaterra. 

Llegar a Londres me hizo entender que de verdad viajar con Rino era lo mejor que me había podido pasar. Si me perdí en Cambridge, Londres habría acabado conmigo. El subterráneo era un monstruo gigante, con infinitas rutas y yo carente de inteligencia espacial. Y pensar que en mil ochocientos y pico un médico londinense salvó a miles de personas de una epidemia de cólera con solo un mapa de la ciudad. Notó que las zonas afectadas por la enfermedad se surtían de la misma fuente y fue algo tan fácil como girar una manilla y frenar las muertes. 

Qué lugar tan increíble. La energía que se sentía, era como si hablara, decía: si vivieras aquí, serías feliz incluso sola. Es que el ambiente tenía un aura de independencia que eliminaba cualquier complejo. La diversidad era la norma, no se imponía el deber ser. Era fácil imaginar cómo pudieron esas calles ser tierra fértil para el nacimiento de la más grande protesta en contra de las limitaciones de la vida burguesa que llevó a tantos hippies a vivir una experiencia de liberación nunca antes vista.

A orillas del río Támesis, recordamos las ratas gigantes del Tíber y, como me conozco, seguro se me ocurrió contarle que en 1666 -¡susto!- un gran incendio, supuestamente ocasionado por el descuido de un panadero, calcinó buena parte de Londres.

Y, probablemente, imaginé paseando, por la misma acera que pisábamos nosotros, a Oliver Twist, descalzo y andrajoso, sin saberse heredero de una millonaria fortuna. Leer llena la vida de sentido. Incluso una simple pared puede dejar de ser solo cemento y piedra, cuando hace parte de una buena historia.

Me sentía feliz de estar con Rino. Me hacia fotos y respetaba los silencios, no abarrotaba con palabras el espacio. Disfrutaba, como yo, de las pequeñas cosas: de los intocables cisnes propiedad de la reina, de las ardillas en las ramas y del obsequio providencial que era tener un cielo azul por todo un día, -siendo que el gris es el color reglamentario-.  

-“A ti te gustaría mi país, tú eres italiano. Venezuela está llena de italianos que llegaron por la Guerra y se quedaron allá, enamorados”.

– “Te visitaré pronto en Caracas, entonces”. 

Un semáforo nos obligó a parar antes de cruzar la calle. Parecía mentira que era apenas la tercera vez que nos veíamos y resultaba así de natural estar juntos. Increíble que de pedir una dirección en Cambridge, surgiera la mejor compañía para un viaje a Londres. “Qué agradable es” -pensaba yo- “Qué suerte haberlo encontrado”.

Y mientras tanto, él también pensaba alguna cosa, seguro. No creo que sea verdad eso de que los hombres pueden simplemente estar sin pensar en nada.

Uno al lado del otro, esperando el cambio de luz. Y al parecer, en su mente lo hubo.

Alcé la cara para saber qué quería, pues le escuché decir mi nombre. Con los lentes que aumentaban el tamaño de sus ojos y las tiras del bolso sobre los hombros, parecía un niño bueno. -“Dime”, respondí. Y en ese momento se lanzó sobre mí para ¿darme un beso? 

Hice un movimiento tan rápido, apartándome, que yo misma quedé impresionada. Matrix. No sé cómo no se me partió la columna al doblarme hacia atrás.

Por su expresión pude adivinar que esperaba una reacción totalmente distinta.

Mi dispiace.

Italy

italy

“Resiste, no digas nada, no escuches tampoco”, me decía mentalmente mientras ellos hablaban; se preguntaban cosas cuyas respuestas yo sabía o también quería conocer y lo peor, hacían chistecitos de esos tontísimos que cuando debes guardar silencio te matan de risa. “No te rías, concéntrate en otra cosa”. ¿En qué? Imposible no estar en la conversación; éramos solo tres en aquella sala, sentados alrededor de una misma mesa, esperando a que llegara alguna autoridad del instituto a darnos indicaciones.

“Este diccionario está solo en inglés, ¿cómo hago si quiero saber la traducción? Y qué comemos hoy, en este país la comida fa schifo, viste que son cochinos, yo no voy a usar el baño de esa casa hasta que no lo limpie completo, por cierto, tenemos que ir a comprar productos de limpieza, Cesare”. – Se llamaba Cesare el más joven. Era como de mi edad, tal vez un poco menor, ¿veinte años? “Va be’ papa, è un’ altra cultura, pazienza“. -Era el papá. Alto, fuerte y con cara simpática, infantil casi, agradable. Me cayó bien a primera vista-.

-Ok, pero tenemos que encontrar un lugar decente donde comer, il fish and chips io non lo mangio più. -“Yo ayer conocí un restaurante de unos sicilianos donde hacen unas pizzas buenísimas”, -rompí mi voto de silencio y sus caras de sorpresa me causaron gracia-. ¿Hablas italiano? -“Sí, si quieren los llevo y almorzamos juntos, está cerca”. -Nunca me ha gustado comer sola, la comida sin compañía pierde el 90% del gusto-.

-“Piacere sono Daniele e lui è mio figlio Cesare“.

Desde que salí de Caracas tuve la firme intención de no entablar conversación con otros latinoamericanos o españoles, por el tema del idioma. La idea de viajar a un país anglosajón era precisamente aprender inglés. Pero nadie me dijo que Cambridge era una especie de moderna colonia italiana. 

Iba llegando a la entrada del edificio, a las doce del mediodía, como acordamos, cuando vi que Daniele se dirigía hacia mí con la satisfacción de haber encontrado justo a quien estaba buscando. “Fernanda, tienes un Romeo esperando por ti afuera”. -Qué dices, yo aquí no conozco a nadie-. Abrí la puerta y no lo pude creer, era absurdo y divertidísimo que fuera él. Rino. ¿Cómo me encontró?

Ciao.

El día anterior había sido mi primer día en Inglaterra y salí a dar una vuelta para conocer. Estaba en un país seguro y en una ciudad pequeña, no problems. Omití de forma consciente comprar la tarjeta sim para el teléfono, así que solo podía usar internet cuando estaba bajo la sombra de un wifi ya registrado o libre, por lo que, no teniendo a disposición google map, la dueña de la casa en la que me hospedé, me regaló un mapa de Cambridge y me señaló con marcador rojo mi nueva dirección. Ojalá hubiese sabido leer mapas.

Qué tanto, no podía ser tan difícil volver.

Salí confiada y me encantó cada cosa que iba encontrando a mi paso. Era como si se hubiese hecho realidad aquel viejo sueño de ver llegar la carta de bienvenida al colegio de magia y hechicería, Hogwarts. Todas las callecitas me sumergían en el mundo de Harry Potter y casi tenía la certeza de que si entraba a alguno de los negocios del centro alguna persona misteriosa me diría cuál era la varita que yo necesitaba.

Por otro lado me resultaba excitante el hecho de tener tantas culturas, tantos idiomas, tantas costumbres a mi alrededor. En un espacio de cinco metros, asiáticos, pelirrojos, negros y como los buscaras. Además, el arte, la música emergía de todas partes, en una esquina un guitarrista, en la otra una cantante y más allá un malabarista experto.

Así es que el mundo se convierte en un lugar realmente fascinante.

Solo que, de un momento a otro, las callecitas fueron quedando con menos gente y ahora no encontraba diferencia entre una y otra, ¿dónde estaba? Me sentía como un pollo sin cabeza, sin saber a dónde ir. El cielo comenzó a adoptar un tono gris panza de burro -usando la paleta de colores de Vargas Llosa-, el sol se iba escondiendo y ya podía ver mi sombrita proyectada por los faroles sobre las paredes de piedra. -Meu-. Qué susto, los gatos siempre aparecen cuando más solo se está.

Era una señal, había que preguntar a quien fuera, tarea que no parecía sencilla con el papiamento de inglés que manejaba.

Vi a un grupo que se acercaba por la acera en dirección contraria a la mía, aceleré el paso y nos encontramos de frente.

Hi, can you tell me how I get to this place?” – Señalé el punto rojo en el mapa.

-What? dijo el de lentes –Vuole sapere un indirizzo, aclaró el rubio.

“¿Ustedes son italianos?”, pregunté. –Yes, y comenzó la explicación. “Dímelo en italiano, por favor”. – Ya tendría tiempo para practicar mi inglés en otro momento, por ahora solo me interesaba saber que no pasaría la noche a merced del viento y de los gatos. -“Sei romana? quiso saber el de lentes y le dije que no, pero que había vivido un tiempo en Roma y de ahí el acento.

Ok, facciamo una cosa, hoy tenemos la despedida de mi amigo -abrazó al rubio- y vamos a tomar unas cervezas en un pub cerca de aquí. Yo soy Rino y ella es Cristal, si vienes con nosotros, después te llevo hasta la puerta de tu casa, che dici? -Va bene.

Esa fue la primera y la última vez en mi vida que rechacé una cerveza, tenía que estar totalmente consciente. Acepté acompañarlos pero dije que no bebía alcohol por religión y nadie insistió en que fuera contra mis creencias, cosa extrañísima cuando uno viene de Venezuela. Finalmente, tal como me prometió, Rino me llevó hasta mi casa. Pensé que era un ángel enviado por Dios. San Rino. 

“¿Cómo llegaste?”, le pregunté luego del saludo. -“Ayer me dijiste que estarías aquí, estaba esperando que salieras pero ya me tengo que ir. Dame un número para comunicarme contigo”.

-“Mañana voy a la estación del tren a comprar un pasaje a Londres para el fin de semana, ¿quieres ir?”, fue mi respuesta y me dijo que sí inmediatamente. Rápido buscó en sus bolsillos y sacó dinero: ten, para que compres mi ticket. Luego se fue porque tenía clases. 

El almuerzo en el restaurante siciliano estuvo a la altura del exquisito paladar de Daniele, por suerte. Quedó satisfecho con mi recomendación, algo que parecía poco menos que imposible. Se despidieron y yo me fui a reposar en la gramita del parque St. Matthew.

El día estaba soleado pero fresco así que más gente tuvo la misma idea. Me dediqué a observar mi entorno, jóvenes con botellas de alcohol en las manos, niños, perros, árboles, deportistas, una chica que preparaba un cigarrillo cerca de mí. Y detuve la mirada.

Ya sabía que aquello era algo usual allá. En vez de adquirir las cajas -más costosas por los altos impuestos- muchos prefieren comprar el tabaco y el papel y hacer cigarritos artesanales. Quise ver cómo los hacía; no había nada más interesante.

¿Quieres uno?”, notó que la miraba. -No, gracias.

Pero busqué más conversación porque por fin estaba hablando inglés con alguien a un ritmo conveniente. Le hablé de eso precisamente, del motivo de mi presencia en la ciudad. Ella estaba allá por la misma razón. Ya había aprendido mucho, llevaba seis meses en Cambridge. Sin embargo, constantemente hablaba su propio idioma porque había encontrado muchos paisanos, incluso conocidos suyos, simpáticos todos, de hecho en la noche iban a jugar billar y si yo quería podía ir con ellos.

-Really? Why? Where where are you from? 

-Italy.

Fiesta de Carnaval

carnaval

A quién se le ocurriría comenzar a hacer esa competencia macabra.

Es una tradición vieja, me parece, y antes quizá tenía mucho sentido porque, siendo la mujer un adorno, por fuerza de ley tenía que, por lo menos, ser agraciada.

Y con todo y eso, a las más hermosas tampoco les faltaba quien les dejara claro que si no sabían atender los oficios de la casa, ningún hombre las toleraría en su hogar una semana.

Habría nacido yo bien fregada entonces. Hace dos meses que vivo sin mi madre y he bajado ya 7 kilos y repito la ropa para no planchar dos veces. Hacer el almuerzo del día siguiente es mi nuevo emprendimiento pero ni media receta sigo.

¿Y bonita yo? nunca lo he sido del todo. Pero Maga dice con afecto que soy risueña y apasionada, que también es bueno, y ni yo misma he dejado de notar que mi compañía resulta gozosa. Debe ser porque los acuarianos somos como el blue jean, todo el mundo necesita por lo menos uno en su vida. Supongo entonces que por eso a veces me rodea un aura de lindura que engatusa a cualquiera. Y me salvo. Dicen que Dios no deja a nadie desamparado. Es verdad.

Ni me acuerdo bien de cómo era que me llamaban en aquellos tiempos, ha pasado un bojote de años ya. ¿Cuántos? 

Creo que era “Mafe” que me decían, jamás he permitido a nadie que me diga María. Si algo me gusta en el mundo es mi nombre completo: mucha fuerza cuando está unido, pero así, separado, solo María, ¿qué es eso? Fue después que todo el mundo comenzó a decirme Nanda, por una primita que recién aprendía a hablar y no atinaba todavía a pronunciar Fernanda y me volteó el nombre la muy gordita. “Nanda fe” me llamaba, qué ternura esa primita.

Y luego ¿a quién se le ocurrió proponerme a mí? Fue María Elena Ramírez, apuesto lo que quieran, para dejarme en ridículo en frente de todo el mundo. Le daría gracia eso.

Estoy segura de que había más opciones, sí las había. El salón estaba repleto de niñas coquetas y había una que era novia de dos hermanos y era la más bonita, todo el mundo lo decía. Pero se negó rotundamente porque ya había perdido en tercer grado. Algo así. ¿Y las demás? cobardes todas, seguro no aceptaron, pero, ¿yo acepté acaso? Estaba loca entonces.

No me juzgo por eso; la verdad, cualquiera pierde la conciencia entre la ovación de los grupos. Y aquel fue un día tan raro, ¿de dónde salieron tantas pancartas con mi nombre? El hombre pierde su individualidad cuando se deja arrastrar por la masa y puede incluso hacer cosas que jamás haría estando en la sobriedad de sí mismo. Esto lo agarré de Ortega y Gasset, creo. Qué intensa soy a veces, ja.

Antes no, peor, lo contrario. Suerte que mi mamá no me pegaba ni con los pétalos de las rosas porque si no hubiera sido una niña de verdad sufrida. Con decir que aprendí a leer como en sexto grado, qué risa me da acordarme de eso. Mentira, como en tercero, pero lo mismo, era terrible. Es que mis hermanos nacieron con un librito en las manos y malditas sean las comparaciones.

A mí del colegio me gustaba solo el recreo y de las clases hasta me escapaba. La maestra a veces para darme ocupaciones me mandaba a la cantina a comprarle comida y por allá me quedaba escuchando los cuentos de la vida de Milo, la dueña del negocio, y regresaba al rato con medio pastelito de queso. Me tenía cariño, se ve.

Pero para pasar al cuarto grado llegaron con la noticia de que ningún maestro me quería en su sección y que porque yo me portaba muy mal, que una vez hasta me estaba persiguiendo la maestra por los pasillos y que me trepé en una ventana y no me bajaba por más que me lo ordenaran, cómo era eso posible.

Me hicieron asumir un compromiso de buen comportamiento, en la dirección, delante de todo el mundo, qué vergüenza. Capaz hasta era mentira que me iban a botar del colegio pero caí completica y di mi palabra: seré buena. Y en cuarto no salía ni para el baño, una niña modelo pues.

Modelo en el comportamiento, se entiende, porque ya les dije que nunca fui la más bonita -pero fea menos-. Lo que pasa es que mi hermana, uff, es mucho más linda, desde chiquitica. Y ya saben que siempre, cuando se compara, alguien tiene que salir perdiendo.

Quedé por fea, qué injusticia.

Eso sí, tampoco era la más bonita del salón, las cosas como son. Solo que eso a mí nunca me interesó demasiado, de corazón lo digo y el que me conoció puede dar fe de la veracidad de mis palabras. Yo solo pensaba en que con el último bocado del almuerzo, tenía libertad para irme a jugar hasta que mi tía me llamara a la casa y “¿tu no te cansas de correr? ¿no te duele la cabeza?, ¡Anda a bañarte, para la calle no me vas más!

Pero entonces ¿por qué los demás le hicieron caso a María Elena y me eligieron a mí? todos los de 4to B, mi clase, estaban contentos. ¿Y las cartulinas? “María Fernanda I”, no era poca cosa. ¿Y los gritos? Ra ra ra María Fernanda ganará. A la bin a la ban a la bin bon ban. Qué escándalo, no se entendía nada. “Gra be se hoy quien gana es 4to B”.

Si no fuera porque es una tradición de todos los años yo no sabría, no podría imaginar todo lo que estaba pasando afuera mientras yo digería todo aquello.   

El grito de carnaval -así se le dice al anuncio de que termina la fiesta de año nuevo y comienza otra- ya se había dado amaneciendo el 1 de enero, en todas partes. También en la casa de mi abuela Carmen Felicia -así le digo solo yo, el resto le dice “negra” porque es la menos blanca de sus hermanas-. Y en esa casa con mayor intensidad.

Hay orientales que se toman muy en serio la frase de que los límites son solo mentales, por eso se cuidan muy bien de no ponérselos nunca. Y lo mismo te lanzan un canarín con sancocho de pescado que un pegoste de ceniza mojada porque total, estamos en carnaval, qué pasa. Cada quien tiene licencia para hacer desastre.

Pero yo respetaba a la gente que pasaba limpiecita para ir a misa porque la encargada de la iglesia era mi tía y eso sí que no me lo iba a permitir, la ofensa a los feligreses. Y porque bueno, uno tampoco era un salvaje, las cosas de Dios se respetan.  

Afuera seguro estaban preparando el camión donde se pasearía a la reina pronta a ser elegida, lanzando caramelos y caramelos por las calles del pueblo, que no son tantas pero como no hay límite de vueltas y como antes una bolsa de caramelos no costaba gran cosa, duraba lo suyo. Caramelo, Pueblo, para todo el mundo. Y agua, caramba, que estamos en carnaval, de aquí nadie se va seco, menos la reina, a la reina no la mojan porque es la nueva autoridad.

Y adentro yo “quién será la reina este año, Señor, ojalá me toque”. El que me diga que ha estado en una competencia sin querer ganar no tiene alma.

¿Y quién era la más bonita? ni forma de saberlo. ¿Yo?

Mi mamá dijo que sí, que obvio. Se enteró a última hora de mi evento y llegó desde Caracas justo antes de que empezara todo. O esa fue otra vez pero no importa, siempre llegaba. Y a mí mis tías ya me tenían vestidita de azul y hasta me maquillaron y me embadurnaron el cabello, siempre liso, de escarchas y así me fui a pasar de salón en salón a ver quién daba más por mí, como si fuera ganado en subasta.

Nadie merece una situación semejante, digo yo.

“Y ella es la representante del 4to B” AHHHHHH -mis compañeros afuera aplaudían y yo aplaudía y entonces después me dijeron que uno no se puede aplaudir uno mismo, ¿tiene sentido una cosa así? Si yo misma no creo en mí, ¿quién? Nos meten gato por liebre desde chiquitos, qué desgracia.

Ra ra ra Maria Fernanda Ganará. Y me llegaban comentarios de repente, los escuchaba o solo los recuerdo por haberlos escuchado en tantas otras ocasiones, cuando era yo quien gritaba desde las ventanas. “No tienes vida 4to A”, Esto se siente, esto se ve, la mejor es 4to B. “No luces, salte” -Eso no era con nadie, era con quien se lo tomara, creo.

¿Que los niños son buenos? ja. Lo bueno de los niños es que son moldeables. Y se puede hacer un buen trabajo con ellos, en la mayoría de los casos. Me desvío.

A la bin a la ban. Quién alzó la mano aquí, quién alzó la mano allá, apoyen a la sección, los resultados van parejo. Empate. Llegamos dos. -Yo creo que hasta nos parecíamos, teníamos el cabello lisito y la frente grandísima-. Y los más grandes por las ventanas: quién es esa. Nadie sabía nada. ¿Quién va ganando? AHHHHHHH Ra ra ra, anda a buscar más bombitas y tráelas llenas que esto se va a acabar ya y nos vamos a la caravana. Ra ra ra 4 to B, 4to A.

Y los resultados señores, en el último salón fueron dados, después de la exhibición por todo el colegio.

Las dos son bellísimas, AAAAAAH, 4to a, 4to b, y los votos están casi parejos, salte mija, sin embargo del conteo, esa guaricha es horrible, Ra ra ra, tenemos que anun, termina de hablar Dunia, ciar que la nueva reina, AAAAAAAAAH, del colegio, AAAAAAAH 4to A 4to B, es Antonieta.

“Tu eres más bonita que ella, ¿le viste la cara? parece una pantaleta”. Trampa, trampa.

Hija de puta, me quitó el reinado. Pero ¿era más bonita ella? A quién carajos le importa.

Antes lo recordaba y hervía. A mala hora, nunca más.

Tita

arbol

Desde pequeña sentí gran fascinación por hablar con los más grandes: los ancianos. Ellos parecían tener el mayor conocimiento y no encontraban tapujo en compartirlo conmigo ni les escaseaba nunca el tiempo.  

En particular disfrutaba las conversaciones con Tita, mi abuela paterna, quien poseía la facultad de contar sus vivencias como si estuviera redactando una novela policiaca: te mantenía atento, queriendo saber más y justo cuando te llevaba al tope de la intriga, cortaba el capítulo sin compasiones y pasaba a otro tema. Para continuar el relato, se hacía rogar.

Sus historias estaban llenas de momentos fantásticos que habitaban en sus recuerdos, coloreados de verdad por el blanco de sus canas.

Habiendo pasado toda su vida en el campo, en convivencia con la naturaleza día y noche -mucho antes de que llegara la electricidad- las sombras de los árboles y los sonidos de los animales adoptaban espíritus pintorescos a los que ella llamaba “encantados”.

Los encantados no tenían figura fija, podían ser cualquier cosa: desde un pez hermoso hasta un cunaguaro amigable. Criaturas que, al parecer, hacían que los humanos se perdieran eternamente en los montes. Tenían voces llamativas, por lo que -al igual que a las sirenas en el mar- seguirlos era una verdadera tentación.

Ella misma había sido encantada en una oportunidad por un pez azul cielo -el más bello que hubiera visto en su vida- que encontró en las cristalinas aguas de un manantial. Lo siguió largo rato, hasta que Guadalupe, una de sus hermanas, la alcanzó y logró hacerle entrar en razón.

-¿Y si te hubieses ido con él qué pasaba, Tita?

– Estaría ahora en otro mundo. En las orillas de los ríos se hallan portales que van directo al mundo de los encantados. Y los hombres que se han ido tras ellos, jamás han regresado a su hogar.

Luego de escuchar aquellos cuentos, subir la montaña que estaba detrás de su casa, era una verdadera aventura.

Yo iba con ella de vez en cuando a buscar naranjas y en diciembre a cortar hojas de cambur para las hallacas. Estar con Tita era como andar con una protección suprema: tenía la certeza de que a su lado nada me pasaría.

Pero otras veces subía con mis hermanos y mis primos, en fila india, retando al destino. Por lo general era yo quien encabezaba la expedición, puesto que ellos me creían la más valiente, que no sentía miedo, como Tita. Y como me gustaba que lo creyeran, nunca discutía mi puesto aunque tuviera la barriga llena de pánico.

Igual me sentía respaldada por los de atrás. Éramos todos unos salvajes; íbamos armados con palos, deseando encontrar o ser encontrados por los seres del más allá.

Escuchábamos voces lejanas que susurraban nuestros nombres, voces particulares como las descritas por Tita. Las alucinábamos. Pero jamás ocurrió el tan esperado encuentro.

Esa montaña, que en aquel momento parecía tan gigante, hoy es tan solo una colinita. El cerro, como le decíamos, dejó de ser misterio para convertirse en nostalgia.

De la churuata del patio trasero -que era donde entonces me sentaba a escuchar las historias- solo quedan dos palos, enterrados frente a la mata de níspero, ese fruto delicioso que mi abuela me enseñó a madurar envolviéndolo en papel periódico, tal como hacía con los aguacates. “En dos o tres días los buscas”, me decía.

Una tarde me llevó al manantial donde de niña había visto al pez encantado. Era un lugar de fábula: sobre el riachuelo había un palo atravesado que servía de puente entre ambos extremos. La profundidad del agua era escasa incluso para mí pero la importancia del tronco consistía -me advirtió Tita- en que la tierra que había debajo era diferente a todas las que yo conocía: tierra movediza. El que la pisara se hundiría en ella y, sin ayuda externa, no tendría salvación.

¿De dónde sacaba todo aquello?

Si lo pienso, no había televisores cuando ella era pequeña y a decir verdad no era muy diestra con la lectura. Sin embargo, la Biblia sí la leía y me recomendaba que también yo lo hiciera. ¿Será que en los libros sagrados encontró tantos mundos, tantas imágenes, tantas historias?

No me extrañaría. Le sobraba curiosidad y a lo largo de su vida exploró todas las religiones que supo en existencia. Pasaba de una iglesia a otra sin ningún tipo de compromiso; sin deberle nada a nadie.

Tenía el carácter de una yegua libre, por ese motivo me inspiraba tanto respeto. Fue la única persona a la que le acepté de buena gana la orden maligna de no opinar en las conversaciones de los adultos. Me comportaba como las mejores por no perder el privilegio de su buena compañía, de sus buenos cuentos, de sus maravillosos consejos. “Haz lo que te pida el cuerpo, gorda. No le prestes demasiada atención a la gente”, me decía Tita.

Mi Tita, que domaba a sus hijos como al ganado y trataba a la gente según su antojo. Pero para sus nietos siempre tenía buenas historias, risas y paciencia. Se encargó siempre de hacerme sentir que su tierra era mía, que incluso el morrocoy me pertenecía. Y aunque tenía que andar con precaución porque no me toleraría siquiera una mala palabra, llegar a su casa era entrar en una dimensión mágica.  

Muchos años después de las tardes de historias sobre encantados y de las expediciones por el cerro, en la última navidad que compartí con ella, en medio de una cena me dejó sin hambre con uno de sus comentarios misteriosos, cuya interpretación quedaba a criterio del oyente: “A todos mis nietos los quiero, como sean. Lo que sea que a ti te guste, gorda, eso va a estar bien para mí. Tú solo encárgate de hacer siempre lo que te pida el cuerpo”. 

 

Dana Alfonsina

dana

Todavía no logro definir con certeza si fue la suerte o la falta de ella lo que produjo que Dana Alfonsina llegara a mi vida.

Por respeto al lector yo debería explicar de entrada a quién corresponde el nombre apenas mencionado. Pero ocurre que todavía me encuentro en la búsqueda del sustantivo adecuado.

Puedo intentar salir del apuro diciendo simplemente que es mi perra; sin embargo, estoy segura de que a ella no le agradaría tal definición y es probable que la considere producto de una total falta de ubicación de mi parte. Objetaría la palabra “perra”, sin duda. Pero el uso del pronombre posesivo “mi” la sacaría de sí.  

Dana no le pertenece a nadie y eso lo deja claro con cada gesto. A pesar de lo que pueda decir su raza, las cuatro patas y su pelo negro, tampoco es una mascota. Incluso llega al extremo de evitar los comportamientos típicos de los canes. Yo, por ejemplo, jamás la he visto echarse en el suelo, ni dormir sobre una superficie que no sea una cama y soy testigo de que prefiere morir de hambre antes de probar siquiera una croqueta de perrarina. La comida la exige bien condimentada y preferiblemente del mismo día.

Jamás he tenido el placer de ver a Dana hacerme caso en absolutamente nada. Siento que comprende todo, lo demuestra, de hecho. Tiene una mirada precisa que te avisa que es justamente por inteligente que no te va a dar la pata ni dejará de ladrar, ni se comportará de una forma aceptable. Se sabe libre de hacer lo que quiera y contra ella no existe recurso alguno.

Hay ocasiones en las que la veo a los ojos por largo rato, buscando en ellos una señal del humano que se encuentra dentro. No creo que esto tenga algo que ver con locura, es solo que a veces da la impresión de que sabe más cosas de las que demuestra, como si escondiera un secreto o como si un cometido especial la hubiera enviado hasta mí.

Con ella nada es muy normal. Hasta la forma en la que entró a mi casa es curiosa:  

En aquel momento tenía apenas un mes y medio, era tan pequeña que mis manos le servían de cuna perfectamente. La conocimos en la casa de mi abuela, un 31 de diciembre, con un lazo de regalo para una prima a la que le gustan más los gatos que los perros.

Esto lo intuyó Dana Alfonsina de inmediato -jamás me lo ha confesado pero yo puedo llegar a ciertas conclusiones luego de once años conociéndola-.

No se conformó con la imposición de un destino, de manera que asumió las riendas para cambiar su rumbo. Como acción inmediata se procuró el rechazo a toda costa. Con tal fin, orinó sobre todo aquello que encontró a su paso: maletas con ropa para estrenar, sábanas y piso.

Y vio alcanzado su objetivo en tiempo récord: ¡Yo no la quiero, no la puedo tener!. Gracias por el regalo pero no.

Dana Alfonsina pasó a ser una cosa abandonada, un perrito sin dueño, friolento y carente de afecto ante los ojos del mundo. Mi hermano, conmovido, se dejo guiar por el impulso de su corazón y resolvió de inmediato: ¡Me la llevo yo!

Así pues, como por arte de magia, con la sola pronunciación de esas palabras, pasamos a tener un nuevo integrante en la familia: Dana Alfonsina, quien a mediados de enero ya había conseguido destrozar con sus pequeños pero afilados dientes hasta las patas de las sillas.

Nuevamente se escuchó un grito desesperado: ¡No la quiero, no puedo tenerla! Esta vez era mi madre quien hablaba. Y continuó su discurso con decisión: ¡voy a salir, cuando regrese no quiero ver a la perra aquí!

Cuando mamá regresó en la tarde, efectivamente Dana no estaba en casa. La vi mirar desconcertada en todas direcciones buscando al cachorro y le escuché preguntar por su paradero con miedo en la voz.

Mi respuesta no se hizo esperar porque estuve demasiado tiempo intrigada por la reacción que provocaría. “La regalamos, siguiendo tus órdenes”, respondí. Y lo que siguió fue ver a mi madre romper en llanto, echada sobre la cama.

¿Por qué lloras, si tú querías que se fuera? Y con esfuerzo respondió: es que es como abandonar a un bebé. ¡Ve a buscarla!

En realidad Dana Alfonsina solo estaba disfrutando de un paseo por el parque, la había llevado mi hermano y regresarían juntos, de manera que yo no tuve que hacer nada para recuperarla.

Recuerdo que para la fecha ella todavía estaba dando pequeños pasos inseguros e inestables y resultaba muy tierno verla caminar. Semanas después ladró por primera vez y la alegría que me hizo sentir debe ser bien parecida al primer “mamá” dicho por un hijo. Pronto me arrepentiría de tanta felicidad.

En una oportunidad estaba un poco enferma, triste y decaída. Lo noté porque no se volvía loca al verme llegar, ni se enfurecía cuando le tocaba las patitas, no ladraba y parecía que el mundo había dejado de importarle. Ese día me di cuenta de que lo que más extrañaba de ella era su irreverencia. Acostada como estaba, parecía un perrito común, amable y tranquilo.

Yo no quería un perrito común, quería a mi fiera. Extrañaba su libertad y su falta de modales. En ese momento dejé de creer que los perros se terminan pareciendo a sus dueños con el paso del tiempo y comencé a pensar que en realidad, lo que ocurre es que ellos nos eligen. Hacen parte de la constelación familiar y sus almas están conectadas con las nuestras.

Dana Alfonsina es, definitivamente, una impresentable. Loca como cabra, una oveja negra que -por buena o por mala suerte para mí- encontró su rebaño.

Gatos de suerte

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Vio a los dos gatos echados en el suelo sucio de la cocina e hizo una mueca que reflejaba rabia y profunda tristeza al mismo tiempo. Cruzó los brazos y aseguró que al día siguiente le pediría a uno de sus nietos que los llevara al campo y los botara.

Tal vez la suerte los llevaría hasta alguna casa donde pudieran alimentarlos… porque ella ya no podía darles de comer y no quería ser testigo de sus muertes, sin poder hacer nada por ellos.

Claro, no debe saciar solo el hambre de esos dos gatos. También debe comer ella, un loro, cinco gallinas con sus respectivos pollitos, dos de sus hijos, viejos también como ella, desgastados por el sol y por el trabajo del campo.

La comida tiene que administrarse bien y aunque es cierto que ninguno de ellos come demasiado -ni siquiera lo hacían antes de la hambruna- da la impresión de que nunca hay suficiente.

Observo a los gatos y luego a la vieja. Pienso.

Y mientras lo hago, la posibilidad de pedirle que no ejecute su plan, que no abandone a esos animales a su suerte porque no sobrevivirían, se hace más y más remota. Quisiera decirle que al menos con ella alguna cosa pueden comer, que no son los culpables de lo que pasa.

Pero me detengo y hago bien. No hablo, no me atrevo. Es verdad que los gatos no son culpables, pero ¿quién sí lo es? ¿puedo acaso yo obligarla a la tragedia de verlos morir de hambre?

Sería fácil emitir cualquier opinión, incluso indignarme o llenarme de tristeza. Pero no podría hacer más que eso. No podría por ejemplo comprometerme a enviar comida para ellos. En general ayudo cada vez que tengo oportunidad… a quien pueda. Pero eso no siempre es factible. Y en esta ocasión no lo es.

-¿Cómo se llaman?- Quise saber, volviendo a la realidad.

-Siete Colores, respondió.

-¿Los dos?- Pregunté intrigada.

-Los dos-, dijo sin más explicación mientras miraba a no sé dónde.

Yo miré a los gatos: uno era marrón y el otro blanco. No dejaban ver ni un rastro de las razones que tuvo la vieja para ponerles aquel nombre.

Un instante después, uno de los dos Siete Colores saltó y cayó sobre las piernas de su dueña. Y en ese momento vi cómo entre sus arrugas se abrió paso una sonrisa. Lo abrazó y lo acarició y dijo: ellos llenan el vacío, dan felicidad y ayudan a que sea más ligera la carga.

Entonces pregunté, con un nudo en la garganta: pero… ¿Los va a botar?

Y respondió como si no tuviera idea del motivo de mi duda: ¿Quién? ¿Yo? ¡No chica!

Y con una carcajada agregó: yo con cualquier cosa los mantengo.

Manual para leer un libro

libros

Tal vez es cierto que los venezolanos no leemos instrucciones pero no por ello se han extinguido en este país los manuales de uso. Una de las cosas que más sorprende a la gente es que el champú tenga indicaciones, puesto que el procedimiento a seguir es tan básico, que una guía llega casi como una ofensa a la inteligencia. La del champú, es la realidad de muchos otros productos de nuestro día a día y sin embargo, es curioso que los libros no corran con la misma suerte.

En efecto, no existe un manual para leer un libro. Tampoco conozco uno que establezca cuándo alguno es bueno o malo. Pero para solventar la falta encontramos montones de opiniones e incluso una suerte de  mandamientos con respecto al trato que debe recibir esa generalidad de textos.

He notado que los mandamientos con mayor aceptación son principalmente tres: termina todo libro que empieces, los libros no se prestan y los libros no se rayan.

Termina todo libro que empieces:

Como respuesta inmediata al primer mandamiento y en honor al inmenso valor que tiene el tiempo, es necesario decir que la vida del hombre es demasiado corta como para perderla leyendo un libro que no reporte utilidad. Existen además muchísimos buenos textos que podrían fácilmente reemplazar aquel que desde un inicio hemos rechazado.

Todos somos muy capaces de reconocer cuando un libro no nos llevará a ningún lado. Lo miramos y nos causa pereza mezclada a veces con culpa por no querer continuarlo. Lo tomamos nuevamente con mala cara, solo por no dejarlo hasta esa página 35 a la que logramos llegar con tanto esfuerzo. Y, finalmente, luego de diez minutos leyendo, lo cerramos, bajo cualquier excusa. Semejante tortura es, desde todo punto de vista, absolutamente injustificada.

Por lo tanto, el comportamiento correcto que debemos asumir apenas detectemos que un libro no nos motiva o no nos aporta nada de valor, es dejarlo a un lado sin ningún tipo de remordimiento. Esta decisión nos será agradecida, puesto que con ella podríamos darle una mejor vida al texto: ofreciéndolo a alguien que lo necesite, donándolo a una biblioteca pública o guardándolo hasta que llegue su momento. 

Los libros no se prestan:

Este mandamiento debe cumplirse o no, dependiendo del libro de que se trate. Yo, por ejemplo, no prestaría a nadie -que no sea alguno de los hijos que todavía no tengo- “El sari rojo” de Javier Moro. Es obvio, para mí tiene un significado simbólico, es parte importante de la historia de mi vida. Y por otro lado también me costaría dejar en otras manos “El principito”, puesto que le he hecho tantos comentarios que se volvió cincuenta por ciento un diario personal.

Sin embargo, fuera de los nombrados, de la gran cantidad de libros que tengo, los prestaría todos. ¿Cómo no? Los libros encierran la mayoría de las veces conocimiento y el conocimiento es bueno compartirlo, puesto que funciona según las reglas de la abundancia y por lo tanto, mientras más lo das, más lo recibes.

Para mí, enterarme de que antes de la invención de la imprenta el libro era un objeto reservado a nobles y clérigos por su elevado costo, me hizo mirar la biblioteca de mi casa con otros ojos, me hizo sentir verdaderamente afortunada de tener tan fácil acceso a la información.

Ahora que en Venezuela han cerrado tantas librerías y que muchas veces se hace complicado conseguir algún texto, he usado en varias ocasiones la opción de publicar en redes sociales el nombre del libro que quiero tener y siempre el objetivo ha sido logrado: a más tardar tres días después, tengo conmigo lo solicitado.

Me pasó con Vargas Llosa. En lugar de decir un título determinado, comenté mis ansias de leer a este autor que es, para mí, el mejor que existe. Pasados dos días, tenía en mi haber cinco libros de ese increíble genio.

Los libros no se rayan

En infinidad de ocasiones he visto las caras de horror que pone la gente al observarme rayar alguno de mis libros. Reaccionan como si estuvieran en presencia de un sacrilegio. “¿Por qué rayas los libros?” preguntan perplejos. Y la respuesta -necesaria- puede llegar a parecer producto de una mala educación pero no tiene nada que ver con eso.

Los rayo porque son míos. Es la más pura verdad. Jamás me atrevería a rayar un libro ajeno puesto que conozco la fundamental importancia del derecho de propiedad. Y comprendo con facilidad que las notas son apreciaciones personales que podrían resultar desagradables a los ojos del dueño. Como en el caso de los libros que compro o me regalan, yo misma soy su titular, puedo estar muy segura de que no habrá ningún problema. Por eso los rayo.

Pero hay más.

Pocas cosas me parecen tan tristes como un libro limpio, intacto. Es casi como verlo desprestigiado y sin vida. Las rayas en sus hojas son el indicativo del tráfico que por ellos ha pasado, de lo útiles que han sido.

Las notas puestas en sus bordes las llevan con orgullo. Lucen como invitaciones de lector a lector a tomar café en un espacio imaginario, a compartir impresiones, puntos de vista. Yo he sonreído tantas veces con comentarios encontrados en los libros viejos… he sentido el encuentro de dos tiempos.

Por ello siempre dejo también mi aporte. He adoptado las manías de los glosadores, la osadía de los expertos. Mis libros, los mejores, tienen notas, muchas notas. Para mí o para el que venga. Para el blog, incluso. Hay Saris que han comenzado en la última pagina del libro que he tenido a mano en medio de un buen destello de inspiración o de puro impulso.

Yo los rayo. Porque en definitiva dejar un libro sin rastro, no es humano.

De manera pues que, teniendo estas tres cosas en consideración, todos podemos hacer buen uso de un libro. Solo debemos prestar atención en: dejarlo si no nos gusta, tener disposición de prestarlo cuando ya lo hayamos leído y rayarlos únicamente si nos pertenecen. 

Cuentos sin camino

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A veces pasa que algún lector me pregunta con asombro sobre la veracidad de un Sari: ¿En realidad te pasó o lo imaginaste todo? Y la respuesta es siempre “sí, fue verdad”. Jamás invento nada, básicamente narro hechos, dejo constancia de la vida.
Ya he constatado que tenemos tanto grandes como pequeñas historias a la orden del día, pero la mayor parte de ellas se nos escapan sin que siquiera lo notemos porque andamos distraídos por la prisa, por el teléfono o por el pasado.
Sin embargo, basta un poco de atención para que los muros de la realidad que nos rodea se vuelvan penetrables y nos sea posible entrar en un mundo que raya en lo fantástico.
Sabiendo esto, cada vez que puedo, me olvido del reloj y del espacio y agudizo mis sentidos para pescar un pequeño cuento sin mayor esfuerzo, aprovechando las calles revueltas. Todos tenemos la capacidad de lograrlo, para muestra tengo varios botones:

Hace falta más para asustarme
Hace un par de días, estaba trotando cerca de la plaza Altamira, en Caracas, cuando, de repente, apareció frente a mí la réplica casi exacta de alguna escena de la épica griega, una en la que Aquiles y Pátroclo se divertían mientras practicaban el arte de la esgrima. En su versión venezolana la representaban dos muchachos de unos diecisiete años, morenos, a medio vestir -o casi desnudos, dependiendo de cómo se quiera interpretar- con ropas sucias. Batallaban alegremente con espadas de madera, protegidos del sol tropical por la sombra de un árbol.
De un momento a otro, la misma sonrisa que toma el control de mi rostro en los museos y en los teatros, se apoderó de mí, también esta vez. Así que me acerqué a ellos con el fin de solicitar su autorización para hacerles una fotografía. Y además para enterarme del motivo de su lucha lúdica.
No recibí el permiso que buscaba y por respuesta a mi pregunta solo obtuve “estos son juegos carcelarios”, frase acompañada de una mirada llena de interés por mi reacción y del asomo de una amenaza. Pero tampoco ellos obtuvieron lo que esperaban: miedo. Hacía falta más para asustarme.

Gracias por decirme princesa
Esa misma semana estaba patinando por una acera del pueblo de Chacao, lento para que nadie se sintiera en peligro, y delante de mí iba un muchacho con un bolso transparente de esos que exigen algunos institutos educativos para evitar que sus estudiantes tengan armas escondidas consigo. Detrás del plástico se veía un cuaderno, doblado de manera que como portada quedaba una hoja con letras escritas en colores llamativos.
Sentí curiosidad, así que me esforcé en leer lo que decía: Si estás leyendo esto -me viene una ofensa por chismosa, pensé- quiero que sepas que eres una princesa hermosa y mereces cosas buenas. No me importa si eres un varón con pelo en el pecho, igual eres una princesa o un bello unicornio”.
Me causó mucha risa, la verdad. Pero además sentí una alegría inmensa de saber que una persona invirtió parte de su tiempo, de su imaginación, de sus hojas de cuaderno en lograr el objetivo de causar felicidad. Me convencí, en ese momento, de que definitivamente, no todos los superhéroes llevan capas, algunos pasan desapercibidos con sus bolsos transparentes.

Jesús David

El sábado pasado recibí un regalo de un desconocido. Habíamos estado cerca, a escasos metros, por más de cuarenta minutos. Yo estaba consciente de su presencia -si alguien hubiese preguntado horas después por un niño con sus características, yo habría sabido responder con seguridad-. Sin embargo, él no parecía muy interesado en su entorno. Se veía más bien inmerso en una libreta. “Está haciendo tareas, no te preocupes”, me defendí, luego de recibir un regaño por parte de mi novia por el beso que le acababa de dar. “No vio nada”.

Minutos después entró en escena un hombre alto que llegó a buscarlo, era su padre, probablemente. Entonces el niño pidió un poco de tiempo para terminar lo que estaba haciendo y cuando consideró que había finalizado, tomó la hoja en la que había estado trabajando y comenzó a caminar hacia nosotras.
Lo veía venir pero no se me ocurría ningún motivo por el cual hacía lo que hacía. Entonces, para acabar con mis dudas, usó su voz y dijo: les quiero hacer un regalo. Alargó su brazo derecho, en la mano tenía una hoja. La tomamos y pudimos ver que nos había dibujado en medio de un beso. Me reconocí por los lentes. Sobre nosotras había escrito: ustedes amor.
Jesus David, pequeño artista, lo entendiste todo sobre capturar momentos.

Por los que no tienen voz

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La lluvia de nieve había dejado las calles mojadas, por eso los farolitos alumbraban dos veces, arriba y abajo, haciendo del suelo una plataforma brillante, entre nostálgica y alegre. Yo jugaba con el vapor que salía de mi boca por el frío, fingía que fumaba mientras saludaba a los pasantes desconocidos, quienes contestaban alzando sus copas, llenos de emoción. Era fin de año, uno de los pocos que he pasado lejos de mi abuela, del pan de jamón y de las gaitas.

Caminaba hacia una iglesia de Avellino donde se celebraría una misa para recibir el 2006. El sacerdote era venezolano y se había encargado de que la coral aprendiera una canción en español, una que yo conocía ya, podía incluso seguir la letra, puesto que pertenecía al repertorio de los viajes por carretera con mis padres.

“Que canten los niños que viven en paz y aquellos que sufren dolor, que canten por esos que no cantarán porque han apagado su voz”.

La felicidad que me causó escuchar una canción en español me hizo estar mucho más sensible al mensaje, por ello cada palabra que escuchaba se cargaba de significado. Entonces, en aquel momento comprendí que yo era parte de esos niños que cantaban por los que no podían.

Yo era una niña con voz. Me reconocí como tal, no tenía ninguna duda. Durante mi vida había construido un expediente con pruebas suficientes para sustentar mi certeza. Diez años de pequeñas proezas, de no permanecer pasiva antes los regaños inmerecidos, de defender a mis compañeros de colegio de cualquier maltrato verbal de los maestros -al punto de intentar una denuncia formal en alguna oportunidad- de dar consejos a mis amigos sobre los límites de lo tolerable con respecto a la violencia doméstica y nunca permitir imposiciones electorales en favor de alguna candidata a reina del carnaval, por ejemplo.

La injusticia me indignó desde el momento en que pude diferenciar entre lo bueno y lo malo y contra ella tomaba acciones, daba respuestas. Eso, lo que decía la canción… tenía voz.

No obstante, varios años después de aquella noche, curiosamente, mis cuerdas vocales comenzaron a fallar, perdieron fuerza. Y por más que quisiera no encontraba dentro de mí la disposición para contestar como antes: de pie, sin miedo, sabiéndome respaldada por la razón y por el apoyo de mis padres.

Ahora creía que la razón no estaba de mi lado; ahora yo misma era parte de lo que consideraba “el mal”.

Escuché burlas sobre los homosexuales, vi caras perplejas, reacciones de infarto ante algún acto de amor entre personas del mismo sexo. Sentí la tensión al surgir el tema y decidí callar. Apagué mi voz por voluntad propia.

De esa forma alejaba las sospechas, evadía preguntas incontestables, me salvaba de lo incómodo. Intenté ser como el resto: como mis hermanos, como mis amigos. Tenía miedo de perder a los que más amaba. Pero cada día me servía para confirmar que la mía era una misión imposible.

Así que poco a poco, en un esfuerzo titánico, fui hablando con los más importantes. Mamá, hermanos, papá. Amigas más cercanas: Andrea, Letizia y, años después, Valentina y su familia.

Todas las reacciones fueron sorprendentes por parecidas: como seas te quiero. Ese fue el mensaje que recibí en cada conversación.

Sin duda, mi experiencia es excepcional.

Por estas respuestas fui lentamente recobrando el valor perdido. El miedo se fue disipando, se volvía nada. El apoyo que encontré se convirtió en jarabe, en la cura de mis cuerdas vocales. Y el silencio se fue quebrando.

Con el respaldo de mis seres queridos, la opinión de los demás perdía importancia, se hizo más fácil decir mi verdad. Dejé de ocultarla.

Más que eso, la hice pública. Y en este blog escribí artículos como A pesar de mi madre me gradué y Los homosexuales también van al cielo, que me dieron la oportunidad de escuchar agradecimientos por parte de muchachos del pueblo donde vive mi abuela. Uno de ellos me confesó que había encontrado el valor en mis escritos para hablar con sus padres acerca de sus preferencias sexuales.

En ese momento comencé a tener la sospecha de que recuperaba la voz.

Por eso no hice caso a otros comentarios que llegaron más adelante. Sugerencias… “podrías ser menos directa”, “no te conviene ser tan obvia, te lo digo por tu bien”, “se te cierran puertas”.

Era gente que me quería y, sin duda, no les faltaba buena intención. Eran voces que salían del interior de personas que aprendieron a callar y se convencieron de que funcionaba.  

Incluso es probable que hayan tenido razón. Posiblemente se cierren algunas puertas pero, quién sabe, quizá por el mismo motivo se abran otras. Ya ven que puertas hay de todos los tipos.

No estoy sola, hay más personas que han decidido hablar.

Así fue que me enteré de un suceso en extremo lamentable ocurrido hace unos días en Caracas, específicamente en un local llamado Pisko Bar, ubicado en el Centro Comercial San Ignacio.

En ese lugar fueron agredidas -verbal y físicamente- por el personal de seguridad -avalados por el encargado- dos chicas por ser lesbianas.

¿Los vigilantes actuaron de esa manera por homofobia? No, la homofobia sola es otra cosa. Cada quien decide -o no- qué detestar. Todos tenemos nuestros rechazos pero no por eso llegamos al extremo de agredir, de golpear a quien no nos gusta.

Lo hicieron por delincuentes, por bestias. Habrían actuado de la misma forma con cualquier persona que consideraran desprotegida.

No podemos olvidar, sin embargo, que tanto la violencia como la discriminación están condenadas por nuestras leyes, empezando por la Constitución de la República. Y aunque es verdad que la justicia en este país está muy mal administrada, existen mecanismos para encausarla.

En este caso particular, como en muchísimos otros, sus víctimas -tengo entendido- no han querido seguir ningún proceso legal, pero por otro lado, a diferencia de tantos otros casos, a esta historia sí se le dio voz, fue contada por Diego Vega en @UB_Magazine. 

Por eso llegó a mí. A mí que conozco muy de cerca la verdad de su relato puesto que en no pocas ocasiones me he visto en situaciones ligeramente parecidas, debiendo defenderme alegando leyes, invocando un título que ejerzo, usando la fuerza de mi voz.

Esta voz que ahora sumo a las de Andrea y Clara para que su historia llegue a más gente.

Por ellas, por mí y, sobre todo, por aquellos que nunca han hablado y que posiblemente nunca hablarán, puesto que en algún momento alguien apagó sus voces.

Con esta voz pido a todos los que me lean que no acudan a lugares que promuevan el rechazo, la violencia, el odio.

Y, específicamente, en esta ocasión les pido, que jamás entren a ese nefasto local llamado Pisko Bar.