Desde la montaña

Hace unos días alguien me preguntó el motivo por el cual pasé tantas semanas sin publicar aquí en el blog.

“¿Por qué no, si hay tantos Saris?, yo siempre he pensado que existe una especie de banco de Saris”. Qué ternura esa persona.

Pero bueno, no, no existe un archivo repleto de escritos listos para su publicación. La mayoría de veces anoto ideas que luego me siento a darles forma. Como si fuera tener un pedacito de mármol que se pueda convertir en una pequeña estatua.

En fin, para no dar muchas vueltas con las explicaciones, resolví responder con el cuento del águila.

Generalmente, cuando se habla de cambios y transformaciones, el animal que viene a la mente es el fénix, el ave que renace de sus cenizas. Yo preferí el águila.

Sabes, le dije, las águilas son famosas por su vista aguda y por su tenacidad. Algo que pocos conocen sobre ellas es que pueden vivir hasta 70 años.

Ahora bien, a mitad de su vida, cuando van como por los 35, su pico y sus garras han crecido tanto que se convierten en herramientas inútiles para la caza, volviendo casi imposible la correcta captura de su alimento.

Nel mezzo del cammin di nostra vita“, como diría Dante. Exacto, justo en ese momento, les toca decidir entre la vida y la muerte.

Permanecer en el estado en que se encuentran, implicaría evitar meses de sufrimiento seguro, pero las condena a la muerte. Asumir la necesidad de cambio y el dolor que este conlleva, significa escoger la vida.

Probablemente todas las águilas del mundo prefieran adaptarse a perecer, siguiendo el curso natural del instinto vital -o llevadas por la fuerza de Eros, como tal vez diría Freud-.

Ahora bien, imaginando que las águilas tuvieran un cerebro humano, probablemente, las vencería la muerte, porque el pánico que implica enfrentarse a las opiniones externas, no les permitiría salvarse. “Me verán sin pico, sin garras, luego de haber sido tan fuerte”, cosas así pensarían las pobres.

Lo digo porque precisamente, el águila que escoge vivir, conoce desde el principio que el precio no será bajo.

Deberá retirarse de su mundo, a la cima de alguna montaña, asegurándose lo mejor posible para no convertirse en una presa fácil, y ese lugar ahora será su hogar durante los próximos 7 meses.

En ese tiempo, a fuerza de picotazos contra las rocas, se despega el viejo pico y luego, usando una estrategia parecida, bota también las garras. Cambia incluso su plumaje, de manera que en un punto debe parecer más un pajarraco recién nacido que el ave imponente que estamos acostumbrados a ver en fotos y videos.

Luego de todo ese tiempo -que al nombrarlo parece tan breve pero que, estoy absolutamente segura, el día a día vuelve infinito-, después del dolor físico y de la soledad, llega el momento en el que por fin su cuerpo se ha regenerado y vuelve a ser.

Con todo su esplendor, vuelve a ser.

Pues bien, al igual que pasa con el águila, hay momentos en los cuales, elegir la vida nos obliga a asumir ciertos cambios.

En esos momentos en los que dejamos atrás cosas que hasta ahora eran parte de nosotros pero se volvieron inútiles: creencias, personas, expectativas, formas de vida… en esos momentos exponernos se vuelve riesgoso, así que lo mejor es tener una montaña en la cual refugiarnos mientras nos vuelven a crecer las plumas.

Hasta renacer.

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La fiebre del oro

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Hubo un período de mi infancia en el que sufrí algo parecido a lo que los americanos llamaron “la fiebre del oro”, andaba obsesionada con encontrar un entierro de morocotas y aunque tal vez me hacía más ilusión la aventura previa al descubrimiento que el reporte económico posterior al encuentro, lo cierto es que día y noche le rogaba a la suerte que me diera su confianza. Y despertaba en las madrugadas mirando hacia el jardín, en busca de alguna señal… pero nada.

Los viejos de los pueblos son de lo más misteriosos. Les encanta echar cuentos incompletos: siempre dicen bastante como para dejarle a cualquiera la cabeza mala, pero nunca dicen suficiente. Reyes de la intriga, se te quedan viendo a los ojos fijamente antes de soltar la próxima frase, para asegurarse de estar causando el efecto preciso.

Los temas más recurrentes son las andanzas de los espíritus entre los vivos, la hechicería y el dinero. Y de la mezcla de esos tres tópicos, nacía uno que acaparaba los niveles más altos de mi atención: los entierros de morocotas.  

Carmen Felicia decía que el viejo Juan Manuel Acuña, mi bisabuelo, había dejado un entierro en una de esas montañas de la Serranía, en su hacienda de Cambural. Ahí tenía barriles de monedas de oro que asoleaba a diario como si fueran café en grano y cuando se murió dejó un par de tinajas repletas, debajo de una piedra grandísima, imposible de cargar por un solo hombre.

Viejo malintencionado porque para encontrar un entierro de morocotas tienes que estar solo; esa es una de las condiciones. Pero hay otras, no es cosa sencilla tampoco. Y todas deben ser cumplidas, de lo contrario, las consecuencias podrían ser terribles.

Los requisitos son impuestos por el muerto mediante mensajes oníricos tan reveladores que sacarían a cualquiera del más profundo de los sueños.

Y al despertar el elegido, en medio de la oscuridad, se encuentra con una luz que le indica el camino al tesoro.

Nadie conoce cuál es el criterio para la elección, lo que sí es seguro es que ni el buen espíritu ni la valentía son requisitos indispensables. En efecto, cada vez que un viejo hablaba de morocotas, aseguraba haber sido seleccionado en algún momento.

– ¿Y el tesoro? – preguntaba yo exaltada.

– No yo no fui, esas cosas no son ningún juego.

Cobardes.

Claro, sobran los relatos de gente que luego de encontrar un entierro, de la noche a la mañana lo perdía todo, moría de forma trágica o se volvían locos. ¿Qué les había pasado? habían incumplido el compromiso sagrado de hacerle las nueve misas al difunto y de prenderle aunque fuera una velita de vez en cuando.

Más que nueve, veinticinco misas les habría hecho yo si me lo hubiesen pedido. Pero jamás acudían a mis sueños.

“Ya pasará”, pensaba, la esperanza es lo último que se pierde. En cualquier momento, se me aparecería la luz y por oscura que fuera la noche, yo sí acudiría al llamado.

Con esa certeza reuní dinero y lo invertí en una linterna que tenía siempre al alcance. Antes de dormir, cerraba los ojos e imaginaba cómo sería la escena y en las madrugadas, sin siquiera soñar nada, despertaba y me asomaba por la ventana probando suerte.

Justo al lado de la casa de Carmen Felicia, mi abuela, vivía un señor de ciento y pico de años llamado Domingo. Era altísimo, flaquísimo y blanquísimo, parecía un silbón. Su casa estaba llena de gatos tal vez tan viejos como él y en el techo había varios palomares. El viejo tenía la extraña manía de llamar a la gente haciendo un sonido de búho: “uu-u”.

Y cuando murió, alguien comenzó a imitarlo, por entre los matorrales, para asustar al que se dejara. A mí se me comenzó a hacer difícil pasar por el frente de su casa, me venía el terror ante la posibilidad de escuchar de repente un “uu-u”.

Pero una tarde, a los cuentos de las morocotas fue añadido un elemento nuevo: no todos los tesoros estaban enterrados cuidadosamente en las montañas, algunos quedaban en las casas de los viejos, guardados en cofres de madera o escondidos en colchones.

Se me vino la idea a la cabeza… Domingo.  

Al día siguiente, aproveché la hora de la siesta y me escapé. Salté a la casa del vecino difunto y escalando unos barriles, logré asomarme por la cocina.

No me lo podía ni creer: había un cofre de madera igual de grande que yo. Estaría a tope de morocotas.

Se me salió el miedo del cuerpo y de inmediato me deslicé entre los barrotes de hierro, y con un brinco caí dentro de la casa. Hecha felicidad, abrí la tapa -no se preocupe Domingo, yo le hago treinta y cinco misas y le prendo las velas que usted quiera- pero no había ni una sola moneda, ni siquiera de plata. Había, en cambio, una hoja blanca en el piso del cofre -ese debe ser el mapa del tesoro, pensé- la giré. Era una propaganda de Acción Democrática.

Quedaba por revisar el colchón. Quité la sábana en busca de una cicatriz que delatara el escondite de alguna pequeña fortuna. Pero estaba intacto. Salté sobre la cama esperando que sonara como las monedas de mi cochinito. No sonó nada.

Recorrí toda la casa y encontré lo mismo: absolutamente nada. Ni una galleta.

La decepción acabó con mi adrenalina y fue entonces que escuché el quejido de los gatos y recordé que estaba nada más y nada menos que en la casa de un difunto. Me regresó el miedo perdido ante el oasis del oro y eché a correr hacia la ventana por la que había entrado. Mientras me deslizaba por los barrotes para salir,  rocé un cable pelado y recibí un corrientazo -Discúlpeme Domingo, yo le juro por mi madre que no lo vuelvo a hacer-.

Volví a la casa de mi abuela, como si nada hubiese pasado.

Y de esta historia jamás supo nadie. Hasta hoy.

Los diablos

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No implicó mayor esfuerzo encontrarles distintivos, fue un acto reflejo de solo verlos, cada uno tenía cara de Leopoldo, de Fidel y de Numa Pompilio y así fue que los llamamos. 

Los encontramos en una caja, cuando fuimos a explorar el sembradío de Diomedes; saltamos la cerca y nos metimos. -Meu, lloraba de hambre Numa Pompilio y por sus quejidos fue que dimos con los tres. -¿Dónde está la gata grande?

Estaban abandonados, comprendimos con tristeza. Y sin comida, morirían. De manera que en las cuatro tardes siguientes, volvimos a su encuentro con leche tibia en un tetero para alimentarlos.

– Sonó el portón y supimos que teníamos compañía. “Allá están esos diablos”, escuchamos decir. “Los diablos”… ese era el inmerecido apodo que nos habían estampado, a causa de un par de malos entendidos. Saludamos, convencidos de no estar haciendo nada incorrecto pero la respuesta que tuvimos fue un grito poco amistoso: ¡Sálganse de ahí, me van a dañar las matas! Era Diomedes, rojo como siempre, de tanto sol y con las entradotas en la cabeza… parecía un dragón.

-“No estamos pisando las matas”, nos defendimos con amabilidad. Pero él no estaba particularmente abierto al diálogo. Entonces comenzaron a moverse sus poblados bigotes, anticipando las palabras que escuchamos un segundo después: ¡Se van de aquí ya mismo o les mato a los gatos!

-Mataron a su tío

– ¿Quién?

– ¿Cómo que quién? ¡ustedes! hace rato se lo llevaron en una ambulancia para San Antonio.

¡Imposible! No había pasado mucho tiempo desde que lo habíamos visto… y en aquel momento no parecía que le rondaba la muerte. Muy vivo se le veía, más bien. La memoria me lo mostraba furioso, en plena persecución, con el brazo derecho alzado, sosteniendo una cuerda que luego soltó sobre mí en un princhazo que me dejó ardidas las canillas.

Todavía nos estábamos riendo de eso, cuando llegaron con la noticia. -Mis compañeros más que yo, para ser franca-. Decían que yo tenía un imán en las piernas para los cuerdazos. 

Razón no les faltaba, tal vez porque yo era menos rápida que ellos, por ser la menor… pero eso sí, jamás me atraparon. En cada fuga me ayudó la fuerza suprema de saber que en riesgo estaba nada menos que mi propia vida.

Recordaron con gracia el otro princhazo más reciente. La vez que Anibal se montó en mi mata de pomalaca, machete en mano, para cortarle las ramas porque echaba muchas flores. Teto, mi hermano, fue el que nos avisó y él mismo nos llevó a buscar pedacitos de espejo para evitar la tragedia. Nos pusimos debajo de la mata, reflejando los rayos del sol con los espejitos, directo a los ojos de Anibal, para que cayera encandilado como un guacharo expuesto a la luz del día.  

Anibal no sabía de juegos, ese hombre era de armas tomar, un furioso, y si no lográbamos tumbarlo, tendríamos que correr. Pero a pesar de que movía la cabeza para todos lados, como un león perturbado por las moscas, no cayó. Y cuando empezó a bajar, sudado de pura ira, pegamos la carrera. Entonces lanzó el cuerdazo desde antes de llegar al piso y ajh, me ardieron las piernitas. 

Por la tarde regresamos a comer y el asunto ya había sido olvidado. Anibal seguía vivo, viendo la televisión, como si nada.

– Le dio un infarto de la rabia que le hicieron pasar.

– ¿Y quedó muerto? ¿muerto de verdad? 

-Muertico.

Después de la advertencia de Diomedes, al día siguiente, volvimos al terreno a visitar a los gatos. Pero cuando llegamos, ya no estaban.

La confusión de nuestras caras tardó segundos en convertirse en plena certeza: los había matado.

-¿Pero cómo pudo si los gatos tienen siete vidas? -Seguro los metió en el tanque de agua y se ahogaron siete veces. Revisamos por todos lados pero no los encontramos en ninguna parte. Entonces, – Sí, lo hizo: mató a Fidel, a Leopoldo y a Numa Pompilio.

Yo doy fe de que no hubo acuerdo, por el contrario, cada quien actuó por cuenta propia, tomando alguna herramienta, cegados de indignación por la injusticia y echándonos, luego, sobre las matas, acabando con sus hojas como no lo haría la peor plaga, corriendo entre gritos eufóricos, retadores, destrozando todo lo que iba quedando atrás del paso.

Al notar la presencia enemiga, encabezada por la cabeza roja de ira que era Diomedes, nos dimos a la fuga… pero antes de que yo pudiera cruzar la cerca, sentí el azote en las piernas. Ajh.

Ya nos estaría buscando la policía para llevarnos en sus patrullas hasta un calabozo oscuro… y esta vez no nos salvaría nadie. Con Diomedes muerto, bastaría pisar la casa de abuela para quedar nosotros igual de tiesos que él.

Y ahora con hambre y sin comida, como los gaticos. Sin agua y con tanta sed. Y aquel terror que nos daba la montaña – a la que siempre huíamos- cuando se hacían las seis de la tarde. A esa hora empezaba a oscurecer y nosotros a imaginar nuestros nombres en las voces de los encantados. Y cada hoja que se movía por la brisa nos mataba de susto.

Sin decir palabra, como con el ataque, fuimos juntándonos poco a poquito y bajando, uno detrás del otro, cinco en fila, pálidos de miedo. Resolviendo mentalmente cómo entrar a la casa y saltando, al llegar, por una ventana del fondo . Pero ahí ya nos estaban esperando.

-Casi matan a su tío de una rabia, ustedes no conocen límites.

– ¿Cómo que casi? ¿no está muerto?

-¡AVE MARÍA PURÍSIMA, sí es verdad que son unos diablos!

Cartas de despedida

Los viejos dicen que el que se despide mucho es porque no quiere marcharse.

Sin embargo, esto es distinto. No es que no me quiera ir, es que antes de hacerlo tengo que decirte todo. Poner esta carga inaguantable sobre la mesa, ahí donde no sea ni tuya ni mía, como un saquito de sal cerrando un trato.

Esos que afirman que somos amos de lo que callamos, desconocen la fuerza con la que azota el silencio. Yo hoy prefiero hablar. Debo decir, quiero decirte.

Contarte, por ejemplo, que hace unos días, mientras limpiaba mis libros encontré un regalo. Era un cuaderno y cuando lo abrí, reconocí de inmediato tu ortografía en una dedicatoria: <<Para que escribas tus bellos poemas>>.

Sus hojas están usadas casi completamente. Hay tres canciones terribles, veinte poemas y un sinfín de errores ortográficos, de esos que jamás recibieron tus correcciones. Para actualizarte un poco: ya no escribo error con h, así que tuviste razón al intuir que la respuesta mejor a mis notitas, era un beso o dos y que el tiempo haría un buen trabajo conmigo. Porque al final, escribir con errores no es ningún pecado. El pecado es otro. La ofensa es dejar de escribir cuando escribir es lo que debes; cuando se siente como si la tinta no saliera de la pluma sino de las propias venas.

¿Parar de hacerlo porque ha dejado de estar alguien? No tiene sentido.
Y sin embargo, eso fue lo que vino después de nuestra ruptura: dejé de escribir. Parece que a las letras las asociaba contigo. Mayor tontería. Ojalá alguien me hubiera dicho que escribir era la única forma de borrarte. Quizás no habrían sido tan largas las cartas de despedida.

Si escribir es parte de lo que soy y dejé de hacerlo por ti, debo admitir que sería injusto juzgarte por haberte ido… si antes que tú, yo misma estuve bien dispuesta a abandonarme, como lo hice en efecto, en repetidas ocasiones.
Si tan solo hubiera podido verme con tus ojos y tratarme con el cariño con el que yo te cuidaba. Si las inseguridades no hubieran empañado tanto mis cristales… ojalá hubiera sido antes tan claro como ahora cuánto en realidad me amabas.

Se me hace bonito recordar que me grababas para verme cuando yo no estaba. Y hasta recuerdo con ternura el drama de tu prima al decirme que lo sabía todo, que había notado la emoción en tu cara cuando te vio llegar con aquellas flores.
Da igual tu prima, dan igual todos ellos. Solo me importabas tú antes y solo me importas tú ahora. Por lo que fuiste, porque recuerdo quién eras.

Hoy te puedo mirar con cariño a la cara y decirte <<gracias, ya no te debo nada>>.
Con esto salto al abismo, confiando en mis alas. Me hago vulnerable para encontrar mi fuerza.
Pero te diré algo más, espera:
Una vez alguien me dijo que tal vez tú y yo somos almas gemelas. Eso no hay manera de saberlo… pero si fuera cierto, ¡hasta la próxima vida! En esta ya fuimos todo lo que podíamos ser.

Cartas de despedida

Estoy en el año 2019, te escribo desde el futuro.

Apenas ahora logro alcanzar un poco de tu nivel de madurez. Es increíble, siempre me llevaste una morena en eso. Fuiste tan importante que incluso hoy, cuando ya por fin llego a sentir que es verdad que te has quedado en el pasado, dirijo a ti mis palabras y se me pone el cuerpo raro. Estoy en la misma habitación en la que te escribía hace ¿cuántos años?

Deslizo la tinta sobre el papel y es como abrir lentamente la puerta de un cuarto a oscuras, desbordado de recuerdos tuyos, inmaculados, cubiertos por sábanas blancas, protegidos contra el tiempo. Supongo que por eso es que has dolido tanto, porque te cuidé hasta el punto de no permitirme ni siquiera a mí moverte de lugar o por lo menos tocarte. Tú lo debes saber mejor que nadie, hacía mucho que no me veías por aquí, yo no venía. Y sin embargo, aquí estabas.

Todo el que llegó a estar conmigo sintió tu presencia y debió hacerse a un lado, sin saber exactamente qué esquivaba. Para después notar que estabas por todas partes. Cuadros con tu cara, salas con tu nombre, cuentos sobre ti en la cena y en el desayuno. Y aunque aseguré mil veces que eras solo un personaje del pasado, la verdad es que estuviste más presente que ninguna otra cosa en el mundo. Pasabas sin saludar cuando había algún invitado, hacías ruido en la cocina si sospechabas que alguien quería tomar tu lugar y aparecías por las noches a recordarme tonterías, como si hubieras encontrado algún placer en verme dudar.

Mientras escribo siento como si a ese cuarto oscuro en el que te he guardado, se le abrieran las ventanas y entrara el sol, por fin. Me gusta el calor sobre mi piel luego de haber sufrido tanto frío. Entra la brisa y vuela las sábanas blancas, dejando expuestos todos nuestros momentos, tus sonrisas, los te amos que nos decíamos cada día a palabras o a silencios y esa vez en el baño del restaurante de sushi que…

No sé si mi nombre al final fue tan importante para ti como lo fue para mí el tuyo. Sospecho que sí, casi puedo estar segura. Pero de ahí a que haya durado tanto en tu memoria como tú en la mía, hay un trecho. Casi 10 años, qué suerte que no fueron 10 completos. ¿Te imaginas? una década de despecho mal disimulado. La última vez que lloré al hablar de ti fue hace tres meses. Pero no sé si fue exactamente por ti o fue por alguien que vino a revivir tu herida, a recordar que lo que no se trabaja se repite. Ya no quiero que te sigas repitiendo, de eso se trata todo esto.

¿Adivinaste qué hago? Sí, es justo lo que parece: una carta de despedida.

Me veo en la necesidad de seguir mi vida. He llegado hasta este punto de mi escrito en menos de cinco minutos, todo sale de mí como la espuma de una Cocacola agitada y luego abierta. Rápido, incontrolable. Como si hubiese estado casi diez años callando… o no sabiendo cómo decir. O quizá, precisamente, guardándote, por saber que si te dejaba salir sentiría alivio, dolerías menos y estarías así menos presente.

Ya no quiero seguir pensando en que la vida da muchas vueltas y que tal vez en una de ellas, de la forma menos esperada, estemos tú y yo: tú intentando halar y yo empujando alguna puerta de esas que abren para los dos lados y luego de la rendición forzada por dejar actuar, nos descubramos, otra vez, en una cara conocida, con una historia larguísima que contar y con la esperanza de recomenzarla.

¿No éramos para siempre acaso?

¿Por qué la última vez no volviste para decir que te había ganado el miedo, que olvidara ese impulso absurdo tuyo? -¿O mío?- Ya no recuerdo. Solo recuerdo, perfectamente, cuánto quería casarme contigo… y que te amé más allá de las columnas de Hércules. Que te habría sido fiel toda la vida y que, de cierta forma lo fui. Pero con ello no le hice bien a nadie. No a ti y no a mí, por ejemplo.

Y eso es más que suficiente.

Una vez en Londres

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¿Qué habría hecho Shakespeare con Romeo y con Julieta si hubiese existido el teléfono celular en aquel momento? Si uno lo piensa, con que alguno de los dos enviara un mensaje de texto, quedaba eliminada la mitad de la historia.

La tecnología ha facilitado la vida de millones de personas -es innegable- y ha evitado un sinfín de tragedias, pero no se puede dejar de reconocer que la falta de ella también llega a tener una adrenalina encantadora.

Pensaba en esto mientras lo esperaba frente a la puerta de la estación de trenes, sin maneras de saber si llegaría. ¿Lo haría? Yo le había escrito un mensaje diciéndole que nuestro tren a Londres saldría el sábado a las ocho de la mañana y él respondió que estaría a la hora… pero si se le hubiese presentado un inconveniente, no había forma de que me avisara.

Cuando hace frío y no se tiene más nada que hacer, la mente se va y regresa y termina viendo señales donde no hay nada. Que cómo iba a ser casualidad que siendo el mundo tan grande, nos conociéramos en una callecita de una ciudad tan pequeña y que, viniendo ambos de continentes distintos, pudiéramos hablar el mismo idioma sin problemas. Y también esto otro: que la primera vez que salimos juntos era la despedida del rubio, su amigo, el cual, al regresar a Milano, le dejó como regalo su bici y eso era perfecto porque podríamos salir a pedalear en cada atardecer del futuro.

“¿Tú por fin tuviste algo con él?”, me preguntan los curiosos de confianza cuando les cuento que ese día, en mi bolso para el viaje metí dos almuerzos y dos meriendas. Fue un gesto lindo de mi parte. Recuerdo que una vez, en el colegio, yo estaba sentada en las gradas, debajo de la estatua de Agustín Codazzi, y alguien llegó con una galleta para mí y me dijo: ¿no te parece que compartir la comida es la mayor demostración del amor?

Me alegré al verlo llegar, en el límite del tiempo. “Traje almuerzo para los dos”, le dije. Casi se detuvo para mirarme, con una sonrisa incrédula, y respondió: yo hice lo mismo.

¿De qué hablaríamos en el viaje? fue rápido. Probablemente le conté sobre el libro que estaba leyendo por esos días, Los Pilares de la tierra, de Ken Follet. Lo había elegido al azar de mi biblioteca, antes de salir al aeropuerto y resultó estar ambientado precisamente en Inglaterra. 

Llegar a Londres me hizo entender que de verdad viajar con Rino era lo mejor que me había podido pasar. Si me perdí en Cambridge, Londres habría acabado conmigo. El subterráneo era un monstruo gigante, con infinitas rutas y yo carente de inteligencia espacial. Y pensar que en mil ochocientos y pico un médico londinense salvó a miles de personas de una epidemia de cólera con solo un mapa de la ciudad. Notó que las zonas afectadas por la enfermedad se surtían de la misma fuente y fue algo tan fácil como girar una manilla y frenar las muertes. 

Qué lugar tan increíble. La energía que se sentía, era como si hablara, decía: si vivieras aquí, serías feliz incluso sola. Es que el ambiente tenía un aura de independencia que eliminaba cualquier complejo. La diversidad era la norma, no se imponía el deber ser. Era fácil imaginar cómo pudieron esas calles ser tierra fértil para el nacimiento de la más grande protesta en contra de las limitaciones de la vida burguesa que llevó a tantos hippies a vivir una experiencia de liberación nunca antes vista.

A orillas del río Támesis, recordamos las ratas gigantes del Tíber y, como me conozco, seguro se me ocurrió contarle que en 1666 -¡susto!- un gran incendio, supuestamente ocasionado por el descuido de un panadero, calcinó buena parte de Londres.

Y, probablemente, imaginé paseando, por la misma acera que pisábamos nosotros, a Oliver Twist, descalzo y andrajoso, sin saberse heredero de una millonaria fortuna. Leer llena la vida de sentido. Incluso una simple pared puede dejar de ser solo cemento y piedra, cuando hace parte de una buena historia.

Me sentía feliz de estar con Rino. Me hacia fotos y respetaba los silencios, no abarrotaba con palabras el espacio. Disfrutaba, como yo, de las pequeñas cosas: de los intocables cisnes propiedad de la reina, de las ardillas en las ramas y del obsequio providencial que era tener un cielo azul por todo un día, -siendo que el gris es el color reglamentario-.  

-“A ti te gustaría mi país, tú eres italiano. Venezuela está llena de italianos que llegaron por la Guerra y se quedaron allá, enamorados”.

– “Te visitaré pronto en Caracas, entonces”. 

Un semáforo nos obligó a parar antes de cruzar la calle. Parecía mentira que era apenas la tercera vez que nos veíamos y resultaba así de natural estar juntos. Increíble que de pedir una dirección en Cambridge, surgiera la mejor compañía para un viaje a Londres. “Qué agradable es” -pensaba yo- “Qué suerte haberlo encontrado”.

Y mientras tanto, él también pensaba alguna cosa, seguro. No creo que sea verdad eso de que los hombres pueden simplemente estar sin pensar en nada.

Uno al lado del otro, esperando el cambio de luz. Y al parecer, en su mente lo hubo.

Alcé la cara para saber qué quería, pues le escuché decir mi nombre. Con los lentes que aumentaban el tamaño de sus ojos y las tiras del bolso sobre los hombros, parecía un niño bueno. -“Dime”, respondí. Y en ese momento se lanzó sobre mí para ¿darme un beso? 

Hice un movimiento tan rápido, apartándome, que yo misma quedé impresionada. Matrix. No sé cómo no se me partió la columna al doblarme hacia atrás.

Por su expresión pude adivinar que esperaba una reacción totalmente distinta.

Mi dispiace.

Italy

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“Resiste, no digas nada, no escuches tampoco”, me decía mentalmente mientras ellos hablaban; se preguntaban cosas cuyas respuestas yo sabía o también quería conocer y lo peor, hacían chistecitos de esos tontísimos que cuando debes guardar silencio te matan de risa. “No te rías, concéntrate en otra cosa”. ¿En qué? Imposible no estar en la conversación; éramos solo tres en aquella sala, sentados alrededor de una misma mesa, esperando a que llegara alguna autoridad del instituto a darnos indicaciones.

“Este diccionario está solo en inglés, ¿cómo hago si quiero saber la traducción? Y qué comemos hoy, en este país la comida fa schifo, viste que son cochinos, yo no voy a usar el baño de esa casa hasta que no lo limpie completo, por cierto, tenemos que ir a comprar productos de limpieza, Cesare”. – Se llamaba Cesare el más joven. Era como de mi edad, tal vez un poco menor, ¿veinte años? “Va be’ papa, è un’ altra cultura, pazienza“. -Era el papá. Alto, fuerte y con cara simpática, infantil casi, agradable. Me cayó bien a primera vista-.

-Ok, pero tenemos que encontrar un lugar decente donde comer, il fish and chips io non lo mangio più. -“Yo ayer conocí un restaurante de unos sicilianos donde hacen unas pizzas buenísimas”, -rompí mi voto de silencio y sus caras de sorpresa me causaron gracia-. ¿Hablas italiano? -“Sí, si quieren los llevo y almorzamos juntos, está cerca”. -Nunca me ha gustado comer sola, la comida sin compañía pierde el 90% del gusto-.

-“Piacere sono Daniele e lui è mio figlio Cesare“.

Desde que salí de Caracas tuve la firme intención de no entablar conversación con otros latinoamericanos o españoles, por el tema del idioma. La idea de viajar a un país anglosajón era precisamente aprender inglés. Pero nadie me dijo que Cambridge era una especie de moderna colonia italiana. 

Iba llegando a la entrada del edificio, a las doce del mediodía, como acordamos, cuando vi que Daniele se dirigía hacia mí con la satisfacción de haber encontrado justo a quien estaba buscando. “Fernanda, tienes un Romeo esperando por ti afuera”. -Qué dices, yo aquí no conozco a nadie-. Abrí la puerta y no lo pude creer, era absurdo y divertidísimo que fuera él. Rino. ¿Cómo me encontró?

Ciao.

El día anterior había sido mi primer día en Inglaterra y salí a dar una vuelta para conocer. Estaba en un país seguro y en una ciudad pequeña, no problems. Omití de forma consciente comprar la tarjeta sim para el teléfono, así que solo podía usar internet cuando estaba bajo la sombra de un wifi ya registrado o libre, por lo que, no teniendo a disposición google map, la dueña de la casa en la que me hospedé, me regaló un mapa de Cambridge y me señaló con marcador rojo mi nueva dirección. Ojalá hubiese sabido leer mapas.

Qué tanto, no podía ser tan difícil volver.

Salí confiada y me encantó cada cosa que iba encontrando a mi paso. Era como si se hubiese hecho realidad aquel viejo sueño de ver llegar la carta de bienvenida al colegio de magia y hechicería, Hogwarts. Todas las callecitas me sumergían en el mundo de Harry Potter y casi tenía la certeza de que si entraba a alguno de los negocios del centro alguna persona misteriosa me diría cuál era la varita que yo necesitaba.

Por otro lado me resultaba excitante el hecho de tener tantas culturas, tantos idiomas, tantas costumbres a mi alrededor. En un espacio de cinco metros, asiáticos, pelirrojos, negros y como los buscaras. Además, el arte, la música emergía de todas partes, en una esquina un guitarrista, en la otra una cantante y más allá un malabarista experto.

Así es que el mundo se convierte en un lugar realmente fascinante.

Solo que, de un momento a otro, las callecitas fueron quedando con menos gente y ahora no encontraba diferencia entre una y otra, ¿dónde estaba? Me sentía como un pollo sin cabeza, sin saber a dónde ir. El cielo comenzó a adoptar un tono gris panza de burro -usando la paleta de colores de Vargas Llosa-, el sol se iba escondiendo y ya podía ver mi sombrita proyectada por los faroles sobre las paredes de piedra. -Meu-. Qué susto, los gatos siempre aparecen cuando más solo se está.

Era una señal, había que preguntar a quien fuera, tarea que no parecía sencilla con el papiamento de inglés que manejaba.

Vi a un grupo que se acercaba por la acera en dirección contraria a la mía, aceleré el paso y nos encontramos de frente.

Hi, can you tell me how I get to this place?” – Señalé el punto rojo en el mapa.

-What? dijo el de lentes –Vuole sapere un indirizzo, aclaró el rubio.

“¿Ustedes son italianos?”, pregunté. –Yes, y comenzó la explicación. “Dímelo en italiano, por favor”. – Ya tendría tiempo para practicar mi inglés en otro momento, por ahora solo me interesaba saber que no pasaría la noche a merced del viento y de los gatos. -“Sei romana? quiso saber el de lentes y le dije que no, pero que había vivido un tiempo en Roma y de ahí el acento.

Ok, facciamo una cosa, hoy tenemos la despedida de mi amigo -abrazó al rubio- y vamos a tomar unas cervezas en un pub cerca de aquí. Yo soy Rino y ella es Cristal, si vienes con nosotros, después te llevo hasta la puerta de tu casa, che dici? -Va bene.

Esa fue la primera y la última vez en mi vida que rechacé una cerveza, tenía que estar totalmente consciente. Acepté acompañarlos pero dije que no bebía alcohol por religión y nadie insistió en que fuera contra mis creencias, cosa extrañísima cuando uno viene de Venezuela. Finalmente, tal como me prometió, Rino me llevó hasta mi casa. Pensé que era un ángel enviado por Dios. San Rino. 

“¿Cómo llegaste?”, le pregunté luego del saludo. -“Ayer me dijiste que estarías aquí, estaba esperando que salieras pero ya me tengo que ir. Dame un número para comunicarme contigo”.

-“Mañana voy a la estación del tren a comprar un pasaje a Londres para el fin de semana, ¿quieres ir?”, fue mi respuesta y me dijo que sí inmediatamente. Rápido buscó en sus bolsillos y sacó dinero: ten, para que compres mi ticket. Luego se fue porque tenía clases. 

El almuerzo en el restaurante siciliano estuvo a la altura del exquisito paladar de Daniele, por suerte. Quedó satisfecho con mi recomendación, algo que parecía poco menos que imposible. Se despidieron y yo me fui a reposar en la gramita del parque St. Matthew.

El día estaba soleado pero fresco así que más gente tuvo la misma idea. Me dediqué a observar mi entorno, jóvenes con botellas de alcohol en las manos, niños, perros, árboles, deportistas, una chica que preparaba un cigarrillo cerca de mí. Y detuve la mirada.

Ya sabía que aquello era algo usual allá. En vez de adquirir las cajas -más costosas por los altos impuestos- muchos prefieren comprar el tabaco y el papel y hacer cigarritos artesanales. Quise ver cómo los hacía; no había nada más interesante.

¿Quieres uno?”, notó que la miraba. -No, gracias.

Pero busqué más conversación porque por fin estaba hablando inglés con alguien a un ritmo conveniente. Le hablé de eso precisamente, del motivo de mi presencia en la ciudad. Ella estaba allá por la misma razón. Ya había aprendido mucho, llevaba seis meses en Cambridge. Sin embargo, constantemente hablaba su propio idioma porque había encontrado muchos paisanos, incluso conocidos suyos, simpáticos todos, de hecho en la noche iban a jugar billar y si yo quería podía ir con ellos.

-Really? Why? Where where are you from? 

-Italy.

Fiesta de Carnaval

carnaval

A quién se le ocurriría comenzar a hacer esa competencia macabra.

Es una tradición vieja, me parece, y antes quizá tenía mucho sentido porque, siendo la mujer un adorno, por fuerza de ley tenía que, por lo menos, ser agraciada.

Y con todo y eso, a las más hermosas tampoco les faltaba quien les dejara claro que si no sabían atender los oficios de la casa, ningún hombre las toleraría en su hogar una semana.

Habría nacido yo bien fregada entonces. Hace dos meses que vivo sin mi madre y he bajado ya 7 kilos y repito la ropa para no planchar dos veces. Hacer el almuerzo del día siguiente es mi nuevo emprendimiento pero ni media receta sigo.

¿Y bonita yo? nunca lo he sido del todo. Pero Maga dice con afecto que soy risueña y apasionada, que también es bueno, y ni yo misma he dejado de notar que mi compañía resulta gozosa. Debe ser porque los acuarianos somos como el blue jean, todo el mundo necesita por lo menos uno en su vida. Supongo entonces que por eso a veces me rodea un aura de lindura que engatusa a cualquiera. Y me salvo. Dicen que Dios no deja a nadie desamparado. Es verdad.

Ni me acuerdo bien de cómo era que me llamaban en aquellos tiempos, ha pasado un bojote de años ya. ¿Cuántos? 

Creo que era “Mafe” que me decían, jamás he permitido a nadie que me diga María. Si algo me gusta en el mundo es mi nombre completo: mucha fuerza cuando está unido, pero así, separado, solo María, ¿qué es eso? Fue después que todo el mundo comenzó a decirme Nanda, por una primita que recién aprendía a hablar y no atinaba todavía a pronunciar Fernanda y me volteó el nombre la muy gordita. “Nanda fe” me llamaba, qué ternura esa primita.

Y luego ¿a quién se le ocurrió proponerme a mí? Fue María Elena Ramírez, apuesto lo que quieran, para dejarme en ridículo en frente de todo el mundo. Le daría gracia eso.

Estoy segura de que había más opciones, sí las había. El salón estaba repleto de niñas coquetas y había una que era novia de dos hermanos y era la más bonita, todo el mundo lo decía. Pero se negó rotundamente porque ya había perdido en tercer grado. Algo así. ¿Y las demás? cobardes todas, seguro no aceptaron, pero, ¿yo acepté acaso? Estaba loca entonces.

No me juzgo por eso; la verdad, cualquiera pierde la conciencia entre la ovación de los grupos. Y aquel fue un día tan raro, ¿de dónde salieron tantas pancartas con mi nombre? El hombre pierde su individualidad cuando se deja arrastrar por la masa y puede incluso hacer cosas que jamás haría estando en la sobriedad de sí mismo. Esto lo agarré de Ortega y Gasset, creo. Qué intensa soy a veces, ja.

Antes no, peor, lo contrario. Suerte que mi mamá no me pegaba ni con los pétalos de las rosas porque si no hubiera sido una niña de verdad sufrida. Con decir que aprendí a leer como en sexto grado, qué risa me da acordarme de eso. Mentira, como en tercero, pero lo mismo, era terrible. Es que mis hermanos nacieron con un librito en las manos y malditas sean las comparaciones.

A mí del colegio me gustaba solo el recreo y de las clases hasta me escapaba. La maestra a veces para darme ocupaciones me mandaba a la cantina a comprarle comida y por allá me quedaba escuchando los cuentos de la vida de Milo, la dueña del negocio, y regresaba al rato con medio pastelito de queso. Me tenía cariño, se ve.

Pero para pasar al cuarto grado llegaron con la noticia de que ningún maestro me quería en su sección y que porque yo me portaba muy mal, que una vez hasta me estaba persiguiendo la maestra por los pasillos y que me trepé en una ventana y no me bajaba por más que me lo ordenaran, cómo era eso posible.

Me hicieron asumir un compromiso de buen comportamiento, en la dirección, delante de todo el mundo, qué vergüenza. Capaz hasta era mentira que me iban a botar del colegio pero caí completica y di mi palabra: seré buena. Y en cuarto no salía ni para el baño, una niña modelo pues.

Modelo en el comportamiento, se entiende, porque ya les dije que nunca fui la más bonita -pero fea menos-. Lo que pasa es que mi hermana, uff, es mucho más linda, desde chiquitica. Y ya saben que siempre, cuando se compara, alguien tiene que salir perdiendo.

Quedé por fea, qué injusticia.

Eso sí, tampoco era la más bonita del salón, las cosas como son. Solo que eso a mí nunca me interesó demasiado, de corazón lo digo y el que me conoció puede dar fe de la veracidad de mis palabras. Yo solo pensaba en que con el último bocado del almuerzo, tenía libertad para irme a jugar hasta que mi tía me llamara a la casa y “¿tu no te cansas de correr? ¿no te duele la cabeza?, ¡Anda a bañarte, para la calle no me vas más!

Pero entonces ¿por qué los demás le hicieron caso a María Elena y me eligieron a mí? todos los de 4to B, mi clase, estaban contentos. ¿Y las cartulinas? “María Fernanda I”, no era poca cosa. ¿Y los gritos? Ra ra ra María Fernanda ganará. A la bin a la ban a la bin bon ban. Qué escándalo, no se entendía nada. “Gra be se hoy quien gana es 4to B”.

Si no fuera porque es una tradición de todos los años yo no sabría, no podría imaginar todo lo que estaba pasando afuera mientras yo digería todo aquello.   

El grito de carnaval -así se le dice al anuncio de que termina la fiesta de año nuevo y comienza otra- ya se había dado amaneciendo el 1 de enero, en todas partes. También en la casa de mi abuela Carmen Felicia -así le digo solo yo, el resto le dice “negra” porque es la menos blanca de sus hermanas-. Y en esa casa con mayor intensidad.

Hay orientales que se toman muy en serio la frase de que los límites son solo mentales, por eso se cuidan muy bien de no ponérselos nunca. Y lo mismo te lanzan un canarín con sancocho de pescado que un pegoste de ceniza mojada porque total, estamos en carnaval, qué pasa. Cada quien tiene licencia para hacer desastre.

Pero yo respetaba a la gente que pasaba limpiecita para ir a misa porque la encargada de la iglesia era mi tía y eso sí que no me lo iba a permitir, la ofensa a los feligreses. Y porque bueno, uno tampoco era un salvaje, las cosas de Dios se respetan.  

Afuera seguro estaban preparando el camión donde se pasearía a la reina pronta a ser elegida, lanzando caramelos y caramelos por las calles del pueblo, que no son tantas pero como no hay límite de vueltas y como antes una bolsa de caramelos no costaba gran cosa, duraba lo suyo. Caramelo, Pueblo, para todo el mundo. Y agua, caramba, que estamos en carnaval, de aquí nadie se va seco, menos la reina, a la reina no la mojan porque es la nueva autoridad.

Y adentro yo “quién será la reina este año, Señor, ojalá me toque”. El que me diga que ha estado en una competencia sin querer ganar no tiene alma.

¿Y quién era la más bonita? ni forma de saberlo. ¿Yo?

Mi mamá dijo que sí, que obvio. Se enteró a última hora de mi evento y llegó desde Caracas justo antes de que empezara todo. O esa fue otra vez pero no importa, siempre llegaba. Y a mí mis tías ya me tenían vestidita de azul y hasta me maquillaron y me embadurnaron el cabello, siempre liso, de escarchas y así me fui a pasar de salón en salón a ver quién daba más por mí, como si fuera ganado en subasta.

Nadie merece una situación semejante, digo yo.

“Y ella es la representante del 4to B” AHHHHHH -mis compañeros afuera aplaudían y yo aplaudía y entonces después me dijeron que uno no se puede aplaudir uno mismo, ¿tiene sentido una cosa así? Si yo misma no creo en mí, ¿quién? Nos meten gato por liebre desde chiquitos, qué desgracia.

Ra ra ra Maria Fernanda Ganará. Y me llegaban comentarios de repente, los escuchaba o solo los recuerdo por haberlos escuchado en tantas otras ocasiones, cuando era yo quien gritaba desde las ventanas. “No tienes vida 4to A”, Esto se siente, esto se ve, la mejor es 4to B. “No luces, salte” -Eso no era con nadie, era con quien se lo tomara, creo.

¿Que los niños son buenos? ja. Lo bueno de los niños es que son moldeables. Y se puede hacer un buen trabajo con ellos, en la mayoría de los casos. Me desvío.

A la bin a la ban. Quién alzó la mano aquí, quién alzó la mano allá, apoyen a la sección, los resultados van parejo. Empate. Llegamos dos. -Yo creo que hasta nos parecíamos, teníamos el cabello lisito y la frente grandísima-. Y los más grandes por las ventanas: quién es esa. Nadie sabía nada. ¿Quién va ganando? AHHHHHHH Ra ra ra, anda a buscar más bombitas y tráelas llenas que esto se va a acabar ya y nos vamos a la caravana. Ra ra ra 4 to B, 4to A.

Y los resultados señores, en el último salón fueron dados, después de la exhibición por todo el colegio.

Las dos son bellísimas, AAAAAAH, 4to a, 4to b, y los votos están casi parejos, salte mija, sin embargo del conteo, esa guaricha es horrible, Ra ra ra, tenemos que anun, termina de hablar Dunia, ciar que la nueva reina, AAAAAAAAAH, del colegio, AAAAAAAH 4to A 4to B, es Antonieta.

“Tu eres más bonita que ella, ¿le viste la cara? parece una pantaleta”. Trampa, trampa.

Hija de puta, me quitó el reinado. Pero ¿era más bonita ella? A quién carajos le importa.

Antes lo recordaba y hervía. A mala hora, nunca más.

Tita

arbol

Desde pequeña sentí gran fascinación por hablar con los más grandes: los ancianos. Ellos parecían tener el mayor conocimiento y no encontraban tapujo en compartirlo conmigo ni les escaseaba nunca el tiempo.  

En particular disfrutaba las conversaciones con Tita, mi abuela paterna, quien poseía la facultad de contar sus vivencias como si estuviera redactando una novela policiaca: te mantenía atento, queriendo saber más y justo cuando te llevaba al tope de la intriga, cortaba el capítulo sin compasiones y pasaba a otro tema. Para continuar el relato, se hacía rogar.

Sus historias estaban llenas de momentos fantásticos que habitaban en sus recuerdos, coloreados de verdad por el blanco de sus canas.

Habiendo pasado toda su vida en el campo, en convivencia con la naturaleza día y noche -mucho antes de que llegara la electricidad- las sombras de los árboles y los sonidos de los animales adoptaban espíritus pintorescos a los que ella llamaba “encantados”.

Los encantados no tenían figura fija, podían ser cualquier cosa: desde un pez hermoso hasta un cunaguaro amigable. Criaturas que, al parecer, hacían que los humanos se perdieran eternamente en los montes. Tenían voces llamativas, por lo que -al igual que a las sirenas en el mar- seguirlos era una verdadera tentación.

Ella misma había sido encantada en una oportunidad por un pez azul cielo -el más bello que hubiera visto en su vida- que encontró en las cristalinas aguas de un manantial. Lo siguió largo rato, hasta que Guadalupe, una de sus hermanas, la alcanzó y logró hacerle entrar en razón.

-¿Y si te hubieses ido con él qué pasaba, Tita?

– Estaría ahora en otro mundo. En las orillas de los ríos se hallan portales que van directo al mundo de los encantados. Y los hombres que se han ido tras ellos, jamás han regresado a su hogar.

Luego de escuchar aquellos cuentos, subir la montaña que estaba detrás de su casa, era una verdadera aventura.

Yo iba con ella de vez en cuando a buscar naranjas y en diciembre a cortar hojas de cambur para las hallacas. Estar con Tita era como andar con una protección suprema: tenía la certeza de que a su lado nada me pasaría.

Pero otras veces subía con mis hermanos y mis primos, en fila india, retando al destino. Por lo general era yo quien encabezaba la expedición, puesto que ellos me creían la más valiente, que no sentía miedo, como Tita. Y como me gustaba que lo creyeran, nunca discutía mi puesto aunque tuviera la barriga llena de pánico.

Igual me sentía respaldada por los de atrás. Éramos todos unos salvajes; íbamos armados con palos, deseando encontrar o ser encontrados por los seres del más allá.

Escuchábamos voces lejanas que susurraban nuestros nombres, voces particulares como las descritas por Tita. Las alucinábamos. Pero jamás ocurrió el tan esperado encuentro.

Esa montaña, que en aquel momento parecía tan gigante, hoy es tan solo una colinita. El cerro, como le decíamos, dejó de ser misterio para convertirse en nostalgia.

De la churuata del patio trasero -que era donde entonces me sentaba a escuchar las historias- solo quedan dos palos, enterrados frente a la mata de níspero, ese fruto delicioso que mi abuela me enseñó a madurar envolviéndolo en papel periódico, tal como hacía con los aguacates. “En dos o tres días los buscas”, me decía.

Una tarde me llevó al manantial donde de niña había visto al pez encantado. Era un lugar de fábula: sobre el riachuelo había un palo atravesado que servía de puente entre ambos extremos. La profundidad del agua era escasa incluso para mí pero la importancia del tronco consistía -me advirtió Tita- en que la tierra que había debajo era diferente a todas las que yo conocía: tierra movediza. El que la pisara se hundiría en ella y, sin ayuda externa, no tendría salvación.

¿De dónde sacaba todo aquello?

Si lo pienso, no había televisores cuando ella era pequeña y a decir verdad no era muy diestra con la lectura. Sin embargo, la Biblia sí la leía y me recomendaba que también yo lo hiciera. ¿Será que en los libros sagrados encontró tantos mundos, tantas imágenes, tantas historias?

No me extrañaría. Le sobraba curiosidad y a lo largo de su vida exploró todas las religiones que supo en existencia. Pasaba de una iglesia a otra sin ningún tipo de compromiso; sin deberle nada a nadie.

Tenía el carácter de una yegua libre, por ese motivo me inspiraba tanto respeto. Fue la única persona a la que le acepté de buena gana la orden maligna de no opinar en las conversaciones de los adultos. Me comportaba como las mejores por no perder el privilegio de su buena compañía, de sus buenos cuentos, de sus maravillosos consejos. “Haz lo que te pida el cuerpo, gorda. No le prestes demasiada atención a la gente”, me decía Tita.

Mi Tita, que domaba a sus hijos como al ganado y trataba a la gente según su antojo. Pero para sus nietos siempre tenía buenas historias, risas y paciencia. Se encargó siempre de hacerme sentir que su tierra era mía, que incluso el morrocoy me pertenecía. Y aunque tenía que andar con precaución porque no me toleraría siquiera una mala palabra, llegar a su casa era entrar en una dimensión mágica.  

Muchos años después de las tardes de historias sobre encantados y de las expediciones por el cerro, en la última navidad que compartí con ella, en medio de una cena me dejó sin hambre con uno de sus comentarios misteriosos, cuya interpretación quedaba a criterio del oyente: “A todos mis nietos los quiero, como sean. Lo que sea que a ti te guste, gorda, eso va a estar bien para mí. Tú solo encárgate de hacer siempre lo que te pida el cuerpo”. 

 

Tres luceros

tres luceros

Esta será la primera vez que comparta en mi blog un poema que no es de mi autoría. El motivo es de peso: en sus líneas se encuentra la raíz de todos los Saris.

El escritor no ha considerado necesario firmar con su nombre, en cambio ha decidido poner “papá”, tal vez porque no pensó en una posterior publicación, de hecho el escrito llegó a mi correo como un regalo personal.

Leerlo fue, no solo emocionante sino también esclarecedor. Me ha hecho pensar, como conclusión, que definitivamente, lo que se hereda no se hurta.

En alguna oportunidad le escuché decir al escritor cubano Severo Sardui en una entrevista que la vida de los seres  humanos no merece ser contada desde la fecha que indique su acta de nacimiento, sino por lo menos unos ciento veinte años atrás.

Pues bien, yo hoy no voy a retroceder tanto en el tiempo, pero contaré mi vida a partir de la pluma de un hombre que me ha creído águila desde mucho antes de que me salieran plumas y que me mostró con su luz de sol el tamaño proyectado por la sombra de mis todavía pequeñas alas. Alguien con una mente infinita en la que ningún sueño es demasiado grande: mi padre. 

Nota: Tanto yo como mis hermanos Jesús Ernesto y María Gabriela nacimos en febrero y entre nosotros existe tan solo un año de diferencia. Vinimos al mundo con un mismo signo, diferentes personalidades y con igual fortuna: nuestros padres.

FEBRERO DE LUCEROS

Febrero arranca intenso cual invierno polar,

Y su fuerza estremece su horizonte y su cielo;

Sus ojos rompen bridas, cual caballos sin freno;

su luz incandescente anuncia tiempos nuevos,

que entre rayos, nubarrones, tormentas se hace notar.

Está desconocido:

ha dejado atrás su paseo taciturno, ensimismado, sereno;

la paz mostrada en la repartición de días se ha agotado.

Le urge acabar con el siglo;

hay sed de otro milenio;

hay hambre de huracanes que arrasen moldes viejos:

hay ansias de rupturas con los pasados tiempos;

es hora de la luz de los luceros nuevos.

Vienen del Oriente,

Como anuncia la Escritura.

No trajeron ni mirra, ni oro, ni incienso;

Portan rebeldía, audacia y empeño.

Llegaron el 8, el 16 y el 15

Y acamparon entre nosotros

Y desde allí han iluminado vidas,

despertando esperanzas e inspirando sueños.

 

Tetero es luz que abreva diariamente

de las fuentes más profundas del cosmos

Y con ello nutre al universo entero;

Mafita es verbo que crea de la nada,

 

Y su voz, clarín que inspira mil batallas;

su fuerza es columna que sostiene multiversos

y su constancia es certeza del culminar seguro.

Gaby es camino sin fin;

Camina ahora hacia el centro de su ser

Nutriéndose del océano infinito en que navega;

Busca ese otro mundo aún desconocido.

Navega, se detiene con frecuencia y vuelve

al puerto a planificar los nuevos desafíos.

Los tres son mis luceros que me han llevado hasta donde está el niño Dios, brazos abiertos,

mirada de bebé, ante el cual doy gracias por haberme permitido disfrutarlos y amarlos.

Papá

Dana Alfonsina

dana

Todavía no logro definir con certeza si fue la suerte o la falta de ella lo que produjo que Dana Alfonsina llegara a mi vida.

Por respeto al lector yo debería explicar de entrada a quién corresponde el nombre apenas mencionado. Pero ocurre que todavía me encuentro en la búsqueda del sustantivo adecuado.

Puedo intentar salir del apuro diciendo simplemente que es mi perra; sin embargo, estoy segura de que a ella no le agradaría tal definición y es probable que la considere producto de una total falta de ubicación de mi parte. Objetaría la palabra “perra”, sin duda. Pero el uso del pronombre posesivo “mi” la sacaría de sí.  

Dana no le pertenece a nadie y eso lo deja claro con cada gesto. A pesar de lo que pueda decir su raza, las cuatro patas y su pelo negro, tampoco es una mascota. Incluso llega al extremo de evitar los comportamientos típicos de los canes. Yo, por ejemplo, jamás la he visto echarse en el suelo, ni dormir sobre una superficie que no sea una cama y soy testigo de que prefiere morir de hambre antes de probar siquiera una croqueta de perrarina. La comida la exige bien condimentada y preferiblemente del mismo día.

Jamás he tenido el placer de ver a Dana hacerme caso en absolutamente nada. Siento que comprende todo, lo demuestra, de hecho. Tiene una mirada precisa que te avisa que es justamente por inteligente que no te va a dar la pata ni dejará de ladrar, ni se comportará de una forma aceptable. Se sabe libre de hacer lo que quiera y contra ella no existe recurso alguno.

Hay ocasiones en las que la veo a los ojos por largo rato, buscando en ellos una señal del humano que se encuentra dentro. No creo que esto tenga algo que ver con locura, es solo que a veces da la impresión de que sabe más cosas de las que demuestra, como si escondiera un secreto o como si un cometido especial la hubiera enviado hasta mí.

Con ella nada es muy normal. Hasta la forma en la que entró a mi casa es curiosa:  

En aquel momento tenía apenas un mes y medio, era tan pequeña que mis manos le servían de cuna perfectamente. La conocimos en la casa de mi abuela, un 31 de diciembre, con un lazo de regalo para una prima a la que le gustan más los gatos que los perros.

Esto lo intuyó Dana Alfonsina de inmediato -jamás me lo ha confesado pero yo puedo llegar a ciertas conclusiones luego de once años conociéndola-.

No se conformó con la imposición de un destino, de manera que asumió las riendas para cambiar su rumbo. Como acción inmediata se procuró el rechazo a toda costa. Con tal fin, orinó sobre todo aquello que encontró a su paso: maletas con ropa para estrenar, sábanas y piso.

Y vio alcanzado su objetivo en tiempo récord: ¡Yo no la quiero, no la puedo tener!. Gracias por el regalo pero no.

Dana Alfonsina pasó a ser una cosa abandonada, un perrito sin dueño, friolento y carente de afecto ante los ojos del mundo. Mi hermano, conmovido, se dejo guiar por el impulso de su corazón y resolvió de inmediato: ¡Me la llevo yo!

Así pues, como por arte de magia, con la sola pronunciación de esas palabras, pasamos a tener un nuevo integrante en la familia: Dana Alfonsina, quien a mediados de enero ya había conseguido destrozar con sus pequeños pero afilados dientes hasta las patas de las sillas.

Nuevamente se escuchó un grito desesperado: ¡No la quiero, no puedo tenerla! Esta vez era mi madre quien hablaba. Y continuó su discurso con decisión: ¡voy a salir, cuando regrese no quiero ver a la perra aquí!

Cuando mamá regresó en la tarde, efectivamente Dana no estaba en casa. La vi mirar desconcertada en todas direcciones buscando al cachorro y le escuché preguntar por su paradero con miedo en la voz.

Mi respuesta no se hizo esperar porque estuve demasiado tiempo intrigada por la reacción que provocaría. “La regalamos, siguiendo tus órdenes”, respondí. Y lo que siguió fue ver a mi madre romper en llanto, echada sobre la cama.

¿Por qué lloras, si tú querías que se fuera? Y con esfuerzo respondió: es que es como abandonar a un bebé. ¡Ve a buscarla!

En realidad Dana Alfonsina solo estaba disfrutando de un paseo por el parque, la había llevado mi hermano y regresarían juntos, de manera que yo no tuve que hacer nada para recuperarla.

Recuerdo que para la fecha ella todavía estaba dando pequeños pasos inseguros e inestables y resultaba muy tierno verla caminar. Semanas después ladró por primera vez y la alegría que me hizo sentir debe ser bien parecida al primer “mamá” dicho por un hijo. Pronto me arrepentiría de tanta felicidad.

En una oportunidad estaba un poco enferma, triste y decaída. Lo noté porque no se volvía loca al verme llegar, ni se enfurecía cuando le tocaba las patitas, no ladraba y parecía que el mundo había dejado de importarle. Ese día me di cuenta de que lo que más extrañaba de ella era su irreverencia. Acostada como estaba, parecía un perrito común, amable y tranquilo.

Yo no quería un perrito común, quería a mi fiera. Extrañaba su libertad y su falta de modales. En ese momento dejé de creer que los perros se terminan pareciendo a sus dueños con el paso del tiempo y comencé a pensar que en realidad, lo que ocurre es que ellos nos eligen. Hacen parte de la constelación familiar y sus almas están conectadas con las nuestras.

Dana Alfonsina es, definitivamente, una impresentable. Loca como cabra, una oveja negra que -por buena o por mala suerte para mí- encontró su rebaño.

Gatos de suerte

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Vio a los dos gatos echados en el suelo sucio de la cocina e hizo una mueca que reflejaba rabia y profunda tristeza al mismo tiempo. Cruzó los brazos y aseguró que al día siguiente le pediría a uno de sus nietos que los llevara al campo y los botara.

Tal vez la suerte los llevaría hasta alguna casa donde pudieran alimentarlos… porque ella ya no podía darles de comer y no quería ser testigo de sus muertes, sin poder hacer nada por ellos.

Claro, no debe saciar solo el hambre de esos dos gatos. También debe comer ella, un loro, cinco gallinas con sus respectivos pollitos, dos de sus hijos, viejos también como ella, desgastados por el sol y por el trabajo del campo.

La comida tiene que administrarse bien y aunque es cierto que ninguno de ellos come demasiado -ni siquiera lo hacían antes de la hambruna- da la impresión de que nunca hay suficiente.

Observo a los gatos y luego a la vieja. Pienso.

Y mientras lo hago, la posibilidad de pedirle que no ejecute su plan, que no abandone a esos animales a su suerte porque no sobrevivirían, se hace más y más remota. Quisiera decirle que al menos con ella alguna cosa pueden comer, que no son los culpables de lo que pasa.

Pero me detengo y hago bien. No hablo, no me atrevo. Es verdad que los gatos no son culpables, pero ¿quién sí lo es? ¿puedo acaso yo obligarla a la tragedia de verlos morir de hambre?

Sería fácil emitir cualquier opinión, incluso indignarme o llenarme de tristeza. Pero no podría hacer más que eso. No podría por ejemplo comprometerme a enviar comida para ellos. En general ayudo cada vez que tengo oportunidad… a quien pueda. Pero eso no siempre es factible. Y en esta ocasión no lo es.

-¿Cómo se llaman?- Quise saber, volviendo a la realidad.

-Siete Colores, respondió.

-¿Los dos?- Pregunté intrigada.

-Los dos-, dijo sin más explicación mientras miraba a no sé dónde.

Yo miré a los gatos: uno era marrón y el otro blanco. No dejaban ver ni un rastro de las razones que tuvo la vieja para ponerles aquel nombre.

Un instante después, uno de los dos Siete Colores saltó y cayó sobre las piernas de su dueña. Y en ese momento vi cómo entre sus arrugas se abrió paso una sonrisa. Lo abrazó y lo acarició y dijo: ellos llenan el vacío, dan felicidad y ayudan a que sea más ligera la carga.

Entonces pregunté, con un nudo en la garganta: pero… ¿Los va a botar?

Y respondió como si no tuviera idea del motivo de mi duda: ¿Quién? ¿Yo? ¡No chica!

Y con una carcajada agregó: yo con cualquier cosa los mantengo.

Cuentos sin camino

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A veces pasa que algún lector me pregunta con asombro sobre la veracidad de un Sari: ¿En realidad te pasó o lo imaginaste todo? Y la respuesta es siempre “sí, fue verdad”. Jamás invento nada, básicamente narro hechos, dejo constancia de la vida.
Ya he constatado que tenemos tanto grandes como pequeñas historias a la orden del día, pero la mayor parte de ellas se nos escapan sin que siquiera lo notemos porque andamos distraídos por la prisa, por el teléfono o por el pasado.
Sin embargo, basta un poco de atención para que los muros de la realidad que nos rodea se vuelvan penetrables y nos sea posible entrar en un mundo que raya en lo fantástico.
Sabiendo esto, cada vez que puedo, me olvido del reloj y del espacio y agudizo mis sentidos para pescar un pequeño cuento sin mayor esfuerzo, aprovechando las calles revueltas. Todos tenemos la capacidad de lograrlo, para muestra tengo varios botones:

Hace falta más para asustarme
Hace un par de días, estaba trotando cerca de la plaza Altamira, en Caracas, cuando, de repente, apareció frente a mí la réplica casi exacta de alguna escena de la épica griega, una en la que Aquiles y Pátroclo se divertían mientras practicaban el arte de la esgrima. En su versión venezolana la representaban dos muchachos de unos diecisiete años, morenos, a medio vestir -o casi desnudos, dependiendo de cómo se quiera interpretar- con ropas sucias. Batallaban alegremente con espadas de madera, protegidos del sol tropical por la sombra de un árbol.
De un momento a otro, la misma sonrisa que toma el control de mi rostro en los museos y en los teatros, se apoderó de mí, también esta vez. Así que me acerqué a ellos con el fin de solicitar su autorización para hacerles una fotografía. Y además para enterarme del motivo de su lucha lúdica.
No recibí el permiso que buscaba y por respuesta a mi pregunta solo obtuve “estos son juegos carcelarios”, frase acompañada de una mirada llena de interés por mi reacción y del asomo de una amenaza. Pero tampoco ellos obtuvieron lo que esperaban: miedo. Hacía falta más para asustarme.

Gracias por decirme princesa
Esa misma semana estaba patinando por una acera del pueblo de Chacao, lento para que nadie se sintiera en peligro, y delante de mí iba un muchacho con un bolso transparente de esos que exigen algunos institutos educativos para evitar que sus estudiantes tengan armas escondidas consigo. Detrás del plástico se veía un cuaderno, doblado de manera que como portada quedaba una hoja con letras escritas en colores llamativos.
Sentí curiosidad, así que me esforcé en leer lo que decía: Si estás leyendo esto -me viene una ofensa por chismosa, pensé- quiero que sepas que eres una princesa hermosa y mereces cosas buenas. No me importa si eres un varón con pelo en el pecho, igual eres una princesa o un bello unicornio”.
Me causó mucha risa, la verdad. Pero además sentí una alegría inmensa de saber que una persona invirtió parte de su tiempo, de su imaginación, de sus hojas de cuaderno en lograr el objetivo de causar felicidad. Me convencí, en ese momento, de que definitivamente, no todos los superhéroes llevan capas, algunos pasan desapercibidos con sus bolsos transparentes.

Jesús David

El sábado pasado recibí un regalo de un desconocido. Habíamos estado cerca, a escasos metros, por más de cuarenta minutos. Yo estaba consciente de su presencia -si alguien hubiese preguntado horas después por un niño con sus características, yo habría sabido responder con seguridad-. Sin embargo, él no parecía muy interesado en su entorno. Se veía más bien inmerso en una libreta. “Está haciendo tareas, no te preocupes”, me defendí, luego de recibir un regaño por parte de mi novia por el beso que le acababa de dar. “No vio nada”.

Minutos después entró en escena un hombre alto que llegó a buscarlo, era su padre, probablemente. Entonces el niño pidió un poco de tiempo para terminar lo que estaba haciendo y cuando consideró que había finalizado, tomó la hoja en la que había estado trabajando y comenzó a caminar hacia nosotras.
Lo veía venir pero no se me ocurría ningún motivo por el cual hacía lo que hacía. Entonces, para acabar con mis dudas, usó su voz y dijo: les quiero hacer un regalo. Alargó su brazo derecho, en la mano tenía una hoja. La tomamos y pudimos ver que nos había dibujado en medio de un beso. Me reconocí por los lentes. Sobre nosotras había escrito: ustedes amor.
Jesus David, pequeño artista, lo entendiste todo sobre capturar momentos.

La prueba de agua

Poco a poco me iba enterando de lo que estaba ocurriendo.

Apenas dos minutos antes flotaba -en sentido literal y figurado- contemplando el azul del cielo, inmersa en la suavidad del mar. Pero escuché gritos de la orilla que decían que debíamos regresar. Daniela, a mi lado, parecía nerviosa; me di cuenta de que estábamos en un lugar donde no debíamos.

Llegamos ahí llevadas por la corriente, sin apenas notarlo. Intentamos nadar pero se hacía difícil: el agua se había vuelto rebelde, las olas, en vez de ayudar a avanzar, nos halaban hacia atrás.

A lo lejos, en una especie de muelle, veía a mamá en posición de meditación y deseé que permaneciera así por mucho tiempo, que no se diera cuenta de nada de lo que pasaba.

Desde lo alto de las piedras, los pescadores gritaban cosas, pero yo no descifraba las palabras mezcladas entre sus voces; sus imágenes también me resultaban confusas. Daniela, en cambio, parecía comunicarse con ellos, al menos les respondía como si así fuera.

Entendí que mi hermana estaba queriendo entrar al mar a buscarme pero alguien se lo impedía. Que la playa estaba quedando sola, que la distancia con la orilla era suficiente como para que, en una situación crítica, no diera tiempo de hacer nada y que si la corriente nos seguía llevando hacia aquella roca gigante, la fuerza abrumadora del agua podía aplastarnos como hacía con las olas que reventaban en su superficie. 

-”NECESITAMOS UN SALVAVIDAS”, grité hacia la orilla a quien pudiera escuchar… sin embargo, los rastros de una posible ayuda permanecían ausentes. 

Siempre he sabido que en el mar el cansancio es un terrible enemigo. Y Daniela estaba cansada. El peligro entonces se hizo real, supe que en adelante las cosas no dependerían de lo bien que pudiéramos nadar.  Gastar la energía que nos quedaba luchando contra una corriente tan imponente, era un terrible plan.

Con mucha calma le pedí que se concentrara en relajarse, en dejar que su cuerpo flotara, haciendo el mínimo esfuerzo. Recuperaríamos así el aliento y procuraríamos estar vivas para el momento en que llegara la ayuda. En algún momento tenía que llegar.

Pero la orilla parecía más sola que antes, incluso mamá había desaparecido. La escena, para mí, se volvió estática, todo a mi alrededor perdió movimiento y sonido.

“¿Me voy a morir?” pensé incrédula. Parecía irreal estar tan cerca de la muerte.

Pero una voz masculina me volvió a la realidad. <<¿Quién de las dos no sabe nadar?>> “Ella está más cansada que yo, ayúdala”, respondí a su pregunta. 

Me indicó que me alejara de la roca. Y nadando debajo del agua logré vencer con mayor facilidad a la corriente, pero cuando salí a la superficie noté que el rescatista y Daniela seguían atrás.

Claro, sin un salvavidas era muy difícil ayudar, sin embargo, su presencia me parecía muchísimo mejor que nada.

-“No me dejes sola, por favor” le escuche decir con miedo en los ojos.

-“No lo hare, aquí me quedo, vamos a estar bien, te lo prometo”.

Y sin ninguna otra forma de mejorar el tiempo de espera, me tomé el inoportuno atrevimiento de hacer una broma con referencia a una escena de la película “Titanic”, con acento mexicano, para hacer todo peor: <<No cabes en mi tablita, pinche Jack>> y conseguí el impensable resultado de hacerla sonreír.

De pronto se hizo el milagro. Apareció ante nosotras una tabla de verdad, lo suficientemente grande como para sostenernos a las dos.  Era una tabla de surf guiada por un muchacho de ojos verdes. <<Agárrense bien y aléjense de la roca>>, nos ordenó. Y siguiendo sus instrucciones pataleamos hacia la orilla, hasta que por fin logramos salir.

Los minutos que duró el rescate bastaron para que la playa se llenara de gente. Los pescadores estaban ahí, contando su propia versión de los hechos. Por todos lados apareció alguien haciendo preguntas, diciendo impresiones, contando experiencias, dando consejos, soltando reproches.

Mi madre esperaba por nosotras: ella había buscado a los surfistas en el otro extremo de la playa, luego de escuchar decir a unos pescadores que había unas muchachas ahogándose. Corrió tan fuerte de regreso que llegó al mismo tiempo que el carro de los rescatistas.  

Mamá no hizo ningún comentario fuera de lugar sobre la necesidad de tener más cuidado o cosas de ese tipo. Solo dijo: “Ahora haz un Sari con esto”. Y yo no soy propensa a seguir sugerencias directas sobre el tema de mis escritos, pero en este caso, teniendo en cuenta que la petición llegó de la persona que me salvó la vida, puedo hacer una merecida excepción.

Por otro lado, no deja de parecerme interesante la relación de los hechos de la tarde con las primeras palabras que escribí durante la mañana. Era un mensaje para Daniela que decía: “Quiero estar contigo hoy y mañana. Y que conmigo nunca te sientas sola. Nunca lo vas a estar”.

Pocas horas después, la fuerza del agua ponía a prueba mis palabras. Y otra vez, como siempre, las honré: me quedé, estuve.

 

Amor vs hambre

amor vs

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”

Pablo Neruda

Dice la cultura popular que el amor y el hambre, como el agua y el aceite, son elementos que se excluyen entre sí, lo cual ha quedado bien reflejado en el famoso refrán “amor con hambre no dura”. No obstante, esta verdad no salva ni al hambre ni al amor, de tener una profunda semejanza: ambos compiten por el puesto de mejor ingrediente.

Tengo la certeza de que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos tenido la oportunidad de escuchar a alguien decir que el mejor condimento que existe en el  mundo es el hambre. Aun así, y consciente del riesgo de pasar por ingenua, me dispongo a demostrar que tal afirmación puede ser cierta, siempre y cuando no entre en escena el amor.

Si los seres humanos, por instinto, asociamos el amor con la comida, es porque consideramos que quien nos alimenta nos salva de la muerte. El hambre, entonces, se presenta como un umbral, una frontera, un límite entre la vida y la nada. Teniendo esto en consideración, nadie debería sentirse extrañado de que, en estado famélico, un simple bocado resucitador, sepa, paradójicamente, a cielo, desde el momento en que convierte, por un instante, a la tierra que habitamos en el paraíso que se nos ha prometido.

Ahora bien, ese protagonismo del que goza el hambre, mengua cuando el buen Cupido despierta deseoso de ponerse a trabajar y comienza a lanzar flechas de forma indiscriminada, con la consecuencia de que de un minuto al siguiente, una persona, de cuya existencia ni siquiera estabas enterado, comienza a entorpecerte los sentidos. Y el gusto, queridos míos, no es algo que se salve del efecto.

El amor entonces se convierte en un salero, en albahaca, picante, o en lo que sea que tu paladar disfrute, logrando convertir un simple pedazo de pan en algo delicioso hasta el delirio. Te permite degustar con gran placer el dulce saludable de las frutas y percibir sus olores a cien metros de distancia.

Por otro lado, es capaz de modelar los ánimos mas golosos, haciendo que, por propia voluntad, una persona se prive de devorar entera una real exquisitez, por experimentar el placer superior de compartirla con el ser que ama.

El amor, a diferencia del hambre, no te presenta un plato de lentejas como una tabla de madera ante un náufrago, sino que él mismo se aparece como un mago que te advierte que tus próximos tres deseos pueden convertirse en realidad. No nos salva de la muerte, entonces, actúa mejor: nos salva de la vida.

No nos vuelve ciegos, por el contrario, intensifica los colores y define las formas, haciendo que todo parezca más hermoso. Puede lograr que una melodía nefasta nos haga sonreír si por casualidad nos recuerda a un momento compartido y logra hacernos gozar con cada partícula de piel el contacto, incluso accidental, con la temperatura del cuerpo de nuestra persona especial.

Pero su efecto más sorprendente sobre mí, hasta ahora, ha sido su capacidad de idiotizar mi olfato de perro policía. Así fue que en cuestión de horas pasé de divulgar que detestaba el olor de las cocinas, luego de saludar a mis amigos cocineros al salir de sus trabajos, a sentir la imperiosa necesidad de aclarar, después de encontrar el amor debajo de una filipina sucia, que ese olor, como cualquier otro perfume, queda bien o mal dependiendo de la piel de quien lo lleve puesto.

El trabajo del amor es superior y por eso gana: se apodera de tu vista, de tu oído, de tu tacto. Una cosa lleva a la otra y del olfato  al gusto no hay ni un paso de distancia. Por eso a nadie extraña que, bajo sus efectos, con el simple olor de los ingredientes lo que siga es que te quieras comer también el plato.

El amor seduce, el hambre obliga.

¿Todavía alguien duda de que el amor es el mejor condimento?

 

Un kilo

Osiris judgement

A los nueve años yo ya me había convertido en la acompañante oficial de mi abuela Carmen Felicia.

Acudíamos juntas a todos los eventos importantes del pueblo en los que ella era siempre invitada indiscutible. Bautizos, quince años, matrimonios y, sin falta, funerales. Para los eventos festivos me permitía usar la ropa que mejor me pareciera, sin ninguna exigencia particular; en cambio para los velorios siempre me hacía llevar un pañuelo para que me secara las lágrimas aunque yo ni siquiera estaba enterada de quién era el difunto. En realidad daba igual quién fuera, ella lloraba por todos. El fin de la vida le ha causado siempre una pena terrible pero al mismo tiempo, el amor por ella le hace salir con rapidez del sufrimiento. Puede pasar de la risa al llanto y viceversa sin notarlo.

Nos iba bien juntas. En las noches, antes de dormir, rezábamos todas las oraciones que ella se sabía de memoria y que yo empezaba a aprender poco a poco. De los sueños que le contaba en las mañanas, sacaba números para jugar la lotería. Y, antes de que el sol se pusiera muy fuerte, regábamos las matas que el domingo contaríamos para llevárselas a mi tía en el cementerio.

Los sábados, era fijo, íbamos al mercado de San Antonio a comprar los ingredientes que ella necesitaba en su cocina. Esta labor podía durar horas, puesto que cada dos pasos, hacía conversación con alguien, conocido o no.

– Fernandita, tienes que saludar a la gente.

– Abuela, no sé quién es.

– ¿Eso qué tiene que ver?

Mi respuesta no la escuchaba puesto que ya estaba ocupada saludando a alguien más.

Entraba de negocio en negocio pidiendo todo tipo de cosas que le entregaban de inmediato sin importar la cantidad de gente que hubiera en la tienda.

-“Mira, catire, aquí no hay un kilo”, le escuchaba decir con la misma voz afinada con que acostumbraba cantar aguinaldos desde la noche del 31 de diciembre hasta el amanecer del primero de enero, sin descanso y sin una gota de alcohol encima.

Para probar su alegato, suspendía en el aire con la mano derecha la bolsa de maíz que le acababan de entregar, la movía un poco, prestando atención en el peso y sentenciaba: ¡ponle los doscientos gramos que le faltan! En ese momento aparecía el dueño del local regañando al ayudante por tratar a la señora Acuña como a cualquier otro cliente. -“Tú eres loco? Esa doña es más pilas que tú y que yo juntos”. Completaban los mil gramos y nosotras salíamos en busca de alguna otra cosa.

En el camino me ponía las bolsas en lo brazos para que sintiera la diferencia evidente que existía entre una y otra, pero la diferencia yo jamás la encontraba. -“Ya, no te preocupes, eso es algo que se aprende con la práctica”. Nunca me tomé demasiado en serio sus palabras. Para mí, ella tenía superpoderes a los que yo  no accedería jamás. Como ese de apagar el fuego con las manos sin quemarse. Sobre eso me explicó que cuando era pequeña le había caído una centella cerca y que, desde entonces, las llamas no le afectaban. Todavía no sé si eso pueda ser cierto. Con ella nunca se sabe.

En la carnicería le escuchaba reclamar: a mí me buscas carne de toro, esa carne es de vaca, ¡huele! Y, sin gastar tiempo en discusiones que sabían perdidas, le buscaban lo que pedía, divertidos por la sagacidad de mi abuela.

¿Cuántos años pasaron desde entonces? más de los que yo tenía por aquellos días. Y aun así las vueltas de la vida encontraron la forma más inteligente de ponerme nuevamente frente al peso de los ingredientes. “Ya sé que no te gusta nada de esto pero ¿podrías ayudarme a pesar? No podía negarme. Por dos motivos: el primero, porque de verdad era necesaria mi ayuda. El segundo, porque nos permitía estar más tiempo en el mismo espacio.

Acompañante oficial, otra vez. Ahora con un rango superior: ayudante de chef. Y no cualquier chef, sino de la más risueña y apasionada del mundo de la cocina. Además, contaba con un traje especial para el ejercicio de mi función: una filipina propia.

Colocaba sobre el mesón la balanza y, al lado, el cuaderno de recetas, abierto en la página que explicara el procedimiento para lograr lo que quisiéramos en ese momento. Descartado el peso del contenedor, vertía en él una cantidad del ingrediente de turno y en un instante aparecía en la pantalla “200 gramos”: justo la cantidad necesitada.  

-Tengo talento con el peso, bromeaba, -lo llevo en la sangre. Pero en el fondo pensaba que no era más que casualidad. Una casualidad que se repetía cualquier cantidad de veces en una misma mañana.

-Me siento como Osiris, ahora mismo estoy sentenciando a la levadura. Depende de mí que se convierta en un delicioso pan o que regrese a la triste bolsa.

-¿Quién es esa?

-¿Osiris? un dios egipcio. Era el juez de los muertos. En Egipto se creía que cuando alguien moría, su espíritu era llevado ante un tribunal en el que sería sometido a juicio. El corazón del difunto, que había sido extraído de la momia por el dios Anubis, era puesto en uno de los dos platillos de una balanza, mientras que en el otro se ponía una pluma. Si el corazón, que representaba la moralidad y la conciencia, pesaba igual que la pluma, continuaba la vida de la persona en el paraíso. Si, por el contrario, era más pesado, moriría definitivamente.

Me escuchaba con atención y sonreía, como admirada. Le gustaba escucharme hablar de cualquier cosa; pensaba que yo sabía mucho.

Un día de mercado me antojé de unas fresas que ofrecía un vendedor ambulante por un precio súper conveniente. – Si tanto las quieres, las podemos comprar, pero aquí no hay un kilo, le escuche decir con seriedad. -Déjame ver, respondí. -No olvides que la encargada de pesar soy yo. Y al coger con una mano los frutos, sentencié: un kilo.

-Te apuesto 50 dólares a que son 900 gramos.

-Está bien… pero vas a perder, te advierto.

Gané yo la apuesta. La balanza me dio la razón: un kilo, ni más ni menos. Finalmente lograba acceder a uno de los superpoderes de mi abuela. Cobré mi premio sin ningún tipo de remordimiento.

Y, por supuesto, también me comí las fresas.

La receta

Los domingos por la mañana, al despertar, salía de mi cuarto directo a la cocina, guiada por el aroma que emanaban las primeras arepas puestas sobre el budare. Desde el pasillo veía a mamá, el cabello recogido y vestida con alguna camisa de mi padre, amasando la harina con sus dos manos y, al notar mi presencia, decía, con una amplia sonrisa: ya va a estar lista tu comida, mi amor.

Pocos minutos después, comenzaba la música chispeante de la cebolla y el tomate recién caídos en el sartén, el olor dulce y penetrante de las tajadas de plátano bañadas por el aceite y el ajetreo de seis manitos -las mías y las de mis dos hermanos- que con dificultad llegaban a la altura de la mesa, intentando ponerla en orden.

La vida empezaba con olores y sabores destinados a quedarse eternamente impregnados en cada célula de mi cuerpo. Freud decía que a través de la comida, los seres humanos sentimos, en su forma más primaria, el afecto. Es el instinto lo que nos hace entender rapidísimo que si alguien nos alimenta, nos salva de la muerte.

Yo, además tengo la hipótesis de que, en nuestros primeros años, el calor de la cocina se nos asemeja al cálido vientre materno y por eso lo identificamos como un lugar seguro para estar y para poner en acción toda nuestra creatividad.

¿Y cómo no? Los ingredientes son elementos perfectos para hacer invenciones. Basta un mínimo de atención para ser testigo presencial de los maravillosos cambios que hace el fuego sobre las cosas. De ahí que comencé a anidar el sueño de crear una receta innovadora y, por buena o por mala suerte, un día se me hizo realidad.

Cuatro huevos, un sobre de gelatina de uva y una cantidad desproporcionada de sal era todo lo que se requería.

A continuación los puse a freír hasta obtener exactamente aquello que deseaba: huevos morados. Hasta ahí estuvo bien todo. El error fue probarlos. Casi muero del asco. Me enfermé del estómago por varios días, incluso. Sin embargo, no sentí desaliento y por absurdo que parezca, esa no fue mi última receta.

Curiosamente, el día en que decidí colgar el delantal para siempre y me juré no volver a poner un pie cerca de una estufa, fue uno en el que había preparado un plato bastante sabroso: carne asada. Lo hice siguiendo las instrucciones de mi abuela paterna, Tita -machista hasta la médula-, quien se mostró muy contenta con los resultados. Tan contenta que no dudó un segundo en agregar a sus felicitaciones que en el futuro yo sería una buena cocinera para mi hermano y luego para mi esposo.

– Siempre que Teto también cocine para mí, no habrá problema, le dije.

– La cocina no es un lugar para los hombres, cocinar es tarea de mujeres, respondió sin más.

Y en ese mismo momento renuncié a mi curiosidad culinaria y a todo lo que tuviera que ver con recetas e ingredientes.

Con el tiempo comencé a creer que detestaba la cocina, al punto de que siempre me ofrecía para lavar los platos, con tal de no tener que cocinar nada.

Mi abuela era el producto de una crianza regida por las reglas del machismo, un mal que se propaga con frases como la que me dijo a mí y que crea limitaciones absurdas: a los hombres los aleja de la placentera experiencia de cocinar y a las mujeres les quita parte del encanto -si no es que todo, como en mi caso- desde el momento en que se empieza a ver la actividad como una obligación y no como un acto de amor, hacia uno mismo o hacia otro.

Mi abuela por suerte, supo desaprender a tiempo y entender que las suyas eran ideas erradas y recibió con alegría la noticia de que su nieto, mi hermano, se quería dedicar precisamente a la cocina. Y de que yo no quería ni freír un huevo.

Último día del último año

UCAB

Al entrar a la universidad todo se sentía diferente. De un día para otro las cosas habían cambiado de forma radical. El jardín que me recibía siempre tan alegremente, ahora me esquivaba la mirada.

Vi la estatua de Andrés Bello y sonreí con el recuerdo de la vez que alguien me advirtió, al verme sentada en uno de los bancos que la rodean, que de seguir ahí no me graduaría, porque aquello daba mala suerte. Me paré inmediatamente, parecía más bien que me habían echado agua caliente.

No era que me creyera ese cuento, no lo hacía para nada, pero más valía evitar. Luego me enteré de que ese mito era bastante temido, tanto así que los estudiantes de ingeniería no le pasaban ni cerca al monumento.

Subí la cara, buscando refugiarme en el verde de los árboles, pero éstos se mostraron tan indiferentes, que me sentí herida. Quién sabe si por la costumbre de ver cada semestre el continuo flujo de estudiantes, se volvieron insensibles a las despedidas.

Repentinamente, todo mi entorno comenzó a llenarse de un aura particular: ahora veía la biblioteca, la grama, los módulos y todo, con obsesiva atención, como queriendo fotografiar con la memoria cada detalle de aquél momento, como intentando que no se me escapara nada.

Entonces ocurrió, lo comprendí por fin: esa era la última vez que pasaría por aquellas caminerías, rumbo a los salones de Derecho, de mi carrera, mi amada carrera, en mi querida universidad.

Antes hablé tantas veces de ese momento. Ese día sería el más liberador de todos. Lo decía siempre, o por lo menos cuatro veces cada año, durante los primeros, los segundos, los terceros parciales y luego en los tediosos exámenes finales. Estaba llegando a la meta ¿no?

¿Por qué ahora sentía lo que sentía?

Se me iba formando un nudo en el estómago, se me erizó hasta el último centímetro de piel e inexplicablemente, sentí una especie de alegría. Rara. Sonreía, pero ¿realmente quería sonreír o lo hacia porque no sabía qué era lo que tenía que hacer? Ya, no estaba alegre. Tampoco estaba triste. Estaba nerviosa, ansiosa por todo lo que significaba cada hora que pasaba.

Ese día era la frontera entre dos vidas, el faro de Narnia, era un portal que hacía que se encontraran pasado y presente. Y yo estaba a punto de cruzar al otro lado, tenía la obligación de hacerlo, de hecho.

El nudo en el estómago se hacía más fuerte con cada paso que daba. Subí las escaleras, sin ninguna prisa, entré al salón y vi a Luis, mi querido Luis Alfredo, con quien estudié desde primer año. Cinco años conociéndolo. Lo abracé con muchísima fuerza y le dije: “hoy es el último día”.

Una mirada a mi entorno, viendo las caras que me habían estado acompañando durante tanto tiempo, intentando descifrar en sus miradas si, por casualidad, estaban experimentando lo que yo; si tenían dentro de sí por lo menos una vuelta del remolino que a mí me invadía el cuerpo entero.

Por suerte mis pensamientos fueron pronto interrumpidos por la llegada del profesor, quien, sin ánimos de perder un segundo de su valioso tiempo, comenzó una clase de la materia que menos me gustaba pero que aún así disfruté en cada minuto, como si hubiese sido el último bocado de mi plato favorito.

Al finalizar la hora, el profesor decidió pronunciar, a quien quisiera escuchar, algunas palabras, tal vez de despedida o de aliento para el futuro. Y aunque en mí provocaron el efecto de acentuar los síntomas que ya venía sintiendo, lo cierto es que no recuerdo nada de lo que dijo. Es posible que ni siquiera lo haya escuchado. Tal vez yo solo lo sentí.

Con él hicimos una foto grupal – a pesar del odio generalizado que se había ganado a pulso en mi salón -del que nos excluíamos muy pocas personas. Luego de eso, nos despedimos. Cada quien a lo suyo en el tiempo disponible entre una clase y otra.

Yo seguía en estado de trance, sabiendo que lo que se iba era algo que me gustaba. ¿Era real lo que estaba viviendo o era ya solo un recuerdo? Las despedidas se parecen tanto al pasado que a veces resulta difícil distinguir. Tal vez por eso son tan incómodas, porque nos hacen estar en un lugar que no es, indefinido, algo que no existe.

“Vendrán cosas mejores”, me dije en voz baja, de forma casi imperceptible.

A pesar de todo, supe reconocer que, aunque raro, aquél día era realmente hermoso, como casi todos los días dentro de mi hermosa UCAB, con su vegetación bien cuidada que hace que el clima se vuelva tan agradable. Un orgullo para los Jesuitas, sí, señor. Por eso es que me gusta tanto la filosofía Ignaciana, porque la excelencia la he visto de cerca, hecha burbuja en medio del terrible caos. Eso es saber marcar la diferencia.

El reloj me indicó que había llegado la hora de la segunda clase. A continuación iría a la última clase del tan esperado último año. Había llegado tan rápido… y, sin embargo, hacía apenas un mes, parecía que nunca llegaría.

Cuando pasé al salón, sentí que di un salto en el tiempo. Casualmente era el mismo donde, cinco años atrás, había empezado toda mi historia con el Derecho. Recordé que a esa misma aula había entrado el primer día, después de haber estado perdida entre los módulos, buscándola y sin saber con exactitud qué estaba haciendo yo ahí, entre aquella gente que parecía tomarse todo tan en serio. Sabía solo que había un escritor, uno bueno o por lo menos, uno que me gustaba que era abogado y que si él podía serlo y a la vez escribir, entonces a mí también podía resultarme esa fusión de cosas.

¿En qué momento ocurrió entonces? ¿Cuándo empecé a enamorarme tanto de mi carrera? De los libros, de las enseñanzas de los profesores.

Por casualidad o por destino, había llegado justo al lugar al que tenía que llegar. Alguien lo había querido así: era la vida, era Dios, era mi suerte, no lo sé. Pero ahí estaba yo, entrando al mismo salón de módulo cinco, piso dos, donde en algún momento aquella profesora de Introducción al Derecho, haciendo uso de sus dotes de celestina, había dicho, refiriéndose a mi clase y señalando con la boca, que más de la mitad de la gente que ocupaba “esos puestos” no se graduaría, y acertó: algunos cambiaron de carrera, muchos otros se fueron del país, y otros, incluso, decidieron hacer familia.

Cumpliendo las estadísticas de la mitad que si culminaría el quinto año, estaba yo, con mis amigos de siempre, contrariando el mito de la estatua de Andrés Bello. Estaba yo, justo donde empezó todo, ahora culminando la pequeña etapa.

Caminé hasta la primera fila, me senté, VIP, como siempre y escuché la última clase de pregrado.

Mi principito

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Hoy les quiero contar una historia detrás de otra historia: el tras cámara de cada primera vez que leí un librito mágico llamado “El Principito”.

Haré una que otra afirmación que podrá parecer bastante descabellada. En efecto, las palabras que vienen, llegan cargadas de ganas de saltarse cualquier obstáculo de lógica que encuentren en el camino.

Puestos los eventos en orden cronológico, en la medida de lo posible, puedo decir que mi primer encuentro con el principito, ocurrió muchos años atrás, cuando yo era todavía una niña.

Fui seducida por el lenguaje universal de los dibujos y por la simplicidad de las palabras, así que al terminar de leer, estaba muy satisfecha, como cada vez que acababa un bonito cuento infantil.

No obstante, más allá del beneficio neto de acercarme un poco más al hábito de la lectura, no significó un cambio particular para mi vida.

Años después, volví a encontrar al despeinado principito en una feria de libros. Al verme, se acordó inmediatamente de mí y me sonrió con entusiasmo. Yo ya no recordaba muy bien quién era… la verdad es que, para el momento, solo sabía que era un niño famoso.

¿Qué tal si te llevo conmigo y nos conocemos nuevamente? – pregunté. Y su mirada me hizo entender que la idea le divertía. Así que salimos juntos de aquella feria y media tarde nos bastó para ponernos al día.

Recuerdo que al abrirlo aparecieron ante mis ojos, nuevamente, dibujos curiosos que habitaban sus páginas. Y, debo admitir, con muchísima vergüenza, que mi mente, contaminada por los años, no vio más que un vulgar sombrero ahí donde había una serpiente que acababa de tragar a un enorme elefante.

Para poder entender las imágenes me ayudaron las palabras de mi rubio amigo, que supo explicarme pacientemente el porqué de cada cosa.

Cada vez que pasaba a la siguiente página, él me iba regalando llaves capaces de abrir puertas inútilmente cerradas. Me llevó, por los caminos verdes, lejos del tráfico de las opiniones rígidas, a la comprensión de asuntos que hasta ese momento parecían demasiado complicados.

Sentí que tenía en mis manos un mapa que mostraba la ubicación exacta para encontrar la felicidad.

Meses después de cerrar el libro, hallé una rosa, la cual ya desde el comienzo dio indicios de no ser muy similar al resto; pero en la medida en que fuimos pasando tiempo juntas, la diferencia fue creciendo siempre más, hasta que un día, mi rosa, era la más especial de todas.

Pero eso sí, continuamente decía cosas que me enloquecían de rabia, de celos o de ganas de arrancarla de raíz de mi planeta y dejarla a merced del viento.

Sin embargo, antes de tomar cualquier decisión apresurada y sin ningunas ganas de hablar con nadie sobre el asunto que me tenía tan mortificada, acudí al amigo más discreto que he encontrado.

Y al volver yo, lo encontré a él sonriente, sentado bajo un árbol, feliz porque desde temprano sabía que lo visitaría. Me recibió con un abrazo de esos que te hacen sentir que todo va a estar bien y me invitó a sentarme a su lado.  

Al escucharlo se me llenaban los ojos de lágrimas, porque me hacía entender, con sutileza, lo tonta que estaba siendo al fijarme en las palabras ligeramente pronunciadas por mi rosa, en lugar de valorar todas sus acciones. Con cada línea me decía que en todos los rosales del mundo no existía una flor más especial que la que yo tenía.

Me sentí tan conmovida que interrumpí la lectura para escribir un tweet en el que solo decía: quiero una compota. Esto porque en mis momentos más sensibles siento la imperiosa necesidad de saborear alimentos que me recuerden los despreocupados días de la infancia.

Luego de eso cogí una pluma y retomé mi lectura con el ánimo de hacer anotaciones de todo lo que me dijera mi pequeño amigo.

Cada reflexión sobre la rosa, el zorro, los habitantes de los demás planetas, llegaban a mí como un mensaje claro con respecto a algún punto de mi vida, especialmente con respecto a esta flor que me tenía la mente hecha un desastre.

Hice muchísimos comentarios, con bolígrafo, usé colores, resaltadores y todo lo que tuve a mano que pudiera evidenciar la importancia de cada palabra.

Al final de mi lectura, me había convertido en la autora de un Principito comentado, con un dibujo adicional: una sonrisa gigante en mi cara, de esas que nacen solas cuando sus dueños encuentran  soluciones a los problemas que tenían.

Hallé libertad en las hojas de un libro y estaba dispuesta a hacer alguna cosa que revirtiera el efecto de la actitud adversa que había estado teniendo hacia mi inocente flor.

Vi mi teléfono y tenía un mensaje que decía: baja. Con un poco de nervios seguí las escuetas instrucciones; bajé las escaleras hasta el estacionamiento del edificio. La segunda orden que recibí fue: abre la maleta del carro. Y otra vez la cumplí al pie de la letra.

Me acerqué, abrí la puerta y adentro estaba una caja de compotas.

-“Bájalas rápido que solo tengo cinco minutos”, me dijo. Era mi rosa. 

Lecciones de matemáticas

Jamás comprenderé la mala intención de aquella profesora de latín que se empeñaba en hacer exámenes orales todos los lunes, arruinando un gran porcentaje de mis fines de semana.
Su espíritu se alimentaba de las caras de lamento de los alumnos y comentaba, como si ya supiera todo lo que había que saber sobre la vida, “cuando sean adultos van a extrañar estos días”.
Y la verdad es que no fueron nada malos, tenía buenos amigos y el estudio es de esas cosas que me gustan… lo más complejo para mí eran las clases de matemáticas y sin embargo nunca faltaba quien me explicara todo.
Y en última instancia, a la que acudía siempre porque jamás entendí un dos más dos, encontraba también quien me diera las respuestas en los exámenes; un terrible hábito que me reservé para los números solamente y del cual no estoy particularmente orgullosa.
Recuerdo que el profesor de matemáticas me tenía cariño, se preocupaba por mí y me preguntaba el motivo de mi perenne ausencia mental. Yo lo consolaba diciendo: Carmelo, no te sientas mal por mí, no es tu culpa, tú eres brillante. Es solo que a mí no me gusta esto. Si me dieras clases de literatura o filosofía estarías orgulloso.
Y no mentía, quedaba absorta el tiempo que durara una clase de literatura; recorría el mundo en las de geografía; hacía un tour por el pasado en las lecciones de historia y volaba al hiperuranio con la filosofía. El arte, la música… ¡Dios! Si fuera rica sería mecenas.
Y, sin embargo, las clases de matemáticas no fueron horas perdidas, a pesar de que es cierto que jamás copié un número a no ser el de la fecha, en ellas solía leer, escribir, soñar…
Confieso que mi primer poemario fue el cuaderno cuadriculado; las clases de Carmelo eran como el limo: creaban un ambiente fértil para la escritura.
Incluso me sirvieron para planificar meticulosamente mi rutina ideal como futura mecenas: despertaría todas las mañanas y me asomaría desde mi habitación a ver el patio de la casa lleno de cuerpos desnudos esperando a ser pintados. En las tardes haría jornadas como las descritas por Boccaccio en el Decamerón; pequeños bacanales los fines de semana y cada tanto un nuevo destino.
Comida mediterránea, música clásica, cerveza artesanal, gente de todas las naciones conversando en mi entorno; idiomas, culturas, costumbres distintas. Clases de filosofía, de arte, de literatura… esta es la imagen de felicidad que tengo en la cabeza.
“-Fernanda ¿estás aquí? ¿Quieres pasar a la pizarra? -No, Carmelo, gracias. -Bueno, ve cómo hace el ejercicio Gabriel.”
Ambos salíamos de forma rápida y calmada del momento incómodo; nunca se tomó demasiado personal mi falta de interés. Eso se lo agradezco infinitamente.
Gracias a él me agradan los matemáticos, incluso pienso que si pudiera entender de números habría estudiado alguna ingeniería para estar rodeada de gente como Carmelo: pragmáticos, objetivos y no tan complicados.
Yo, en cambio, tengo que vivir con la necesidad de darle mil interpretaciones a una sola palabra y hasta me he sentido tentada a juzgar a un par de personas por algún bache cultural; triste error en el que caemos, por lo menos unas tres veces en la vida, los que hemos tenido acceso a cuatro o cinco buenos libros y seis o siete excelentes profesores.
Esa mala costumbre que se empieza a curar cuando la vida te presenta a ocho o nueve personas que, sin demasiado estudio, comprenden el verdadero sentido de la vida y explican verdades con tanta simplicidad que te hacen comprender a cabalidad el significado del mensaje de los más famosos autores.
Ojalá todos logremos la humildad de mi profesor de matemáticas que pudo comprender mi falta de interés por Pitágoras o Ruffini y se conformó con que aprendiera lo indispensable.
En efecto, los números que he estado usando hasta ahora, tienen el único objetivo de dejar constancia de que sé contar.
Diez.

Colorín colorado

Mamá cree en el poder de las palabras; piensa que hay algunas que deben ser evitadas.

Por eso me pidió de favor que nunca pronuncie maldiciones, que hable siempre en positivo y que modere el uso del “no”.

A mí pocas veces me respondió con un “no” seco, siempre encontraba una forma alternativa de negarme las cosas o mostrarme en qué me había equivocado.

Tenia métodos de enseñanza muy originales.

Por ejemplo, para que yo aprendiera los colores llenó un cuarto con globos amarillos, azules, rojos… de todos los tonos que pueda imaginar un bebé de dos años.

La dinámica consistía en que ella me lanzaba el globo diciendo el color que le correspondía y yo debía regresarlo repitiendo lo que acababa de escuchar.

Esto lo sé porque de nuestras clases en casa quedó una anécdota que la hace reír todas las veces que la cuenta.

Estábamos en medio de una lección, así que me lanzó un globo diciendo: ¡ahí va el azul! Y yo lo regresé con un simple: es nego (negro).

Como está en contra de las correcciones a partir del error, reafirmó la respuesta correcta y lo lanzó otra vez: ahí va el azul. Y yo lo devolví: es nego.

Entonces hizo otra vez, otro intento. “Mi amor, agarra el globito, ahí va el azul”.

Y lo que le respondí en esta oportunidad fue: es nego o lo espoto (es negro o lo exploto).

Siempre he tenido la voz fuerte y gruesa, así que esto hizo resaltar la seriedad de mi afirmación.

Mi mala actitud no tuvo como consecuencia regaños, ni siquiera pronósticos fatalistas sobre el futuro de esa niña que a tan temprana edad reaccionaba de semejante forma.

Lo que ocurrió después fue que me pasó un globo negro, para mostrarme la mayor oscuridad del color que yo tenía en mente.

Luego de esto, me toca admitir que nací con un carácter bastante fuerte, el cual ha sido paulatinamente educado por una madre excepcional y paciente.

Mi mamá. Podría escribir infinitas veces sobre ella. Se me ilumina la cara cuando hablo de quién es; los ojos me brillan. Tengo una madre excepcional.

Hay otro cuento que cada vez que lo escucho, pienso, también yo, que ella está sencillamente desquiciada. Por menos de eso cualquier otra persona no lo estaría contando.

Sucedió que un día, mi primo César Octavio pintó de blanco el apartamento donde vivíamos. Había estado trabajando en eso arduamente durante dos días, la sala y el pasillo quedaron impecables.

Mamá tuvo que salir a hacer unas diligencias y él se quedó cuidándonos a los tres, a mis hermanos y a mí. Se distrajo, tal vez viendo televisión, o se quedó dormido, sin siquiera sospechar en las terribles consecuencias.

Libres de toda miraba adulta, sacamos los creyones, marcadores, témperas, pintadedos y todo lo que tuviera color y nos dispusimos a crear arte, aprovechando el gigantesco lienzo que había sido realizado para nosotros. Únicamente faltaba decorarlo.

Y supimos bien cómo encargarnos de eso. Así pues, cada quien tomó lo que consideró necesario y dio rienda suelta a su imaginación, demostrando todo su talento en las paredes recién pintadas.

Ya estaba casi lograda la meta; quedaba muy poco blanco en nuestra zona de alcance en el momento en que llegó mamá.

Abrió la puerta y estábamos los tres felices por lo que acabábamos de hacer; salimos a recibirla sonreídos de puro orgullo y la invitamos a contemplar la sorpresa que habíamos preparado para ella.

No supe interpretar en aquel momento su cara perpleja. Me gustaría ahora mismo poder ver la escena otra vez y detallar la reacción de mamá viendo el desastre del que habían sido víctimas sus paredes blancas.

Inmediatamente mi hermana rompió el silencio creado por el suspenso y comenzó a explicar toda la obra. Aparentemente sabía con exactitud el significado, no solo de lo que ella había hecho, sino también de los dibujos de mi hermano y de los míos.

Nuestro público nos escuchó con muchísima atención. Posiblemente sonreída mientras lloraba por dentro.

Lo que ocurrió a continuación es lo que no se puede creer.

Terminó de entrar a la casa, pasó hasta su cuarto y salió de ahí con una cámara fotográfica para tomarle fotos a la hermosa obra de sus niños. Dándonos las gracias y advirtiendo que quería dejar constancia de nuestros maravillosos dibujos.

Cuando despertó mi primo no pareció tan orgulloso como mamá. Le aseguró que jamás volvería a ayudarla en nada que tuviera que ver con la casa… pero ella no le dio demasiada importancia a eso.

Recibió algunos comentarios de los enterados: tampoco así, Charito. Pon límites. A mí un hijo me hace eso y no sale ileso.

Y respondió con seguridad: yo no les puedo reprimir su creatividad. Por suerte son hijos míos.

Esa pared quedó así por bastante tiempo; mamá no permitió que borraran nuestros dibujos sino hasta después de un año.

Delante de nosotros mostraba la pared decorada a sus amigos y les explicaba, más o menos conforme a la información que ella tenía, sobre el significado de cada cosa.

¿Cuál fue el efecto?

Ninguno de los tres resultó pintor, es decir, no nos dedicamos a eso. No estamos hablando de la historia magnífica detrás de la vida de un gran artista. No ha quedado justificado el daño a la pared pintada.

Solo me queda esto. Este brillo en los ojos cada vez que la veo o hablo de ella. Y esta certeza de que hay una persona que ha valorado cada cosa que he hecho.

Esta pregunta: qué hice tan bueno en otra vida que se me ha asignado una madre tan maravillosa.