Cartas de despedida

Los viejos dicen que el que se despide mucho es porque no quiere marcharse.

Sin embargo, esto es distinto. No es que no me quiera ir, es que antes de hacerlo tengo que decirte todo. Poner esta carga inaguantable sobre la mesa, ahí donde no sea ni tuya ni mía, como un saquito de sal cerrando un trato.

Esos que afirman que somos amos de lo que callamos, desconocen la fuerza con la que azota el silencio. Yo hoy prefiero hablar. Debo decir, quiero decirte.

Contarte, por ejemplo, que hace unos días, mientras limpiaba mis libros encontré un regalo. Era un cuaderno y cuando lo abrí, reconocí de inmediato tu ortografía en una dedicatoria: <<Para que escribas tus bellos poemas>>.

Sus hojas están usadas casi completamente. Hay tres canciones terribles, veinte poemas y un sinfín de errores ortográficos, de esos que jamás recibieron tus correcciones. Para actualizarte un poco: ya no escribo error con h, así que tuviste razón al intuir que la respuesta mejor a mis notitas, era un beso o dos y que el tiempo haría un buen trabajo conmigo. Porque al final, escribir con errores no es ningún pecado. El pecado es otro. La ofensa es dejar de escribir cuando escribir es lo que debes; cuando se siente como si la tinta no saliera de la pluma sino de las propias venas.

¿Parar de hacerlo porque ha dejado de estar alguien? No tiene sentido.
Y sin embargo, eso fue lo que vino después de nuestra ruptura: dejé de escribir. Parece que a las letras las asociaba contigo. Mayor tontería. Ojalá alguien me hubiera dicho que escribir era la única forma de borrarte. Quizás no habrían sido tan largas las cartas de despedida.

Si escribir es parte de lo que soy y dejé de hacerlo por ti, debo admitir que sería injusto juzgarte por haberte ido… si antes que tú, yo misma estuve bien dispuesta a abandonarme, como lo hice en efecto, en repetidas ocasiones.
Si tan solo hubiera podido verme con tus ojos y tratarme con el cariño con el que yo te cuidaba. Si las inseguridades no hubieran empañado tanto mis cristales… ojalá hubiera sido antes tan claro como ahora cuánto en realidad me amabas.

Se me hace bonito recordar que me grababas para verme cuando yo no estaba. Y hasta recuerdo con ternura el drama de tu prima al decirme que lo sabía todo, que había notado la emoción en tu cara cuando te vio llegar con aquellas flores.
Da igual tu prima, dan igual todos ellos. Solo me importabas tú antes y solo me importas tú ahora. Por lo que fuiste, porque recuerdo quién eras.

Hoy te puedo mirar con cariño a la cara y decirte <<gracias, ya no te debo nada>>.
Con esto salto al abismo, confiando en mis alas. Me hago vulnerable para encontrar mi fuerza.
Pero te diré algo más, espera:
Una vez alguien me dijo que tal vez tú y yo somos almas gemelas. Eso no hay manera de saberlo… pero si fuera cierto, ¡hasta la próxima vida! En esta ya fuimos todo lo que podíamos ser.

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Cartas de despedida

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Continuación

Ya dejé de preguntarme qué habría pasado si cuando apareciste diciendo que aún me querías, hubiese contestado “yo también” -que era lo que sentía- en lugar de “yo no” -que era lo que quería sentir-. Ya no me lo pregunto porque la respuesta la tengo, la descubrí hace poco: no habría pasado absolutamente nada. Nos habríamos conformado con saberlo, con confirmar que nos amábamos y habríamos continuado, cada quien por su camino.

Pero… ¿y si el resultado hubiera sido otro? Eso otro ya no lo quiero imaginar, justo ahora no me provoca. Ha dejado de tener importancia.

Importancia tiene escribir esto porque es el equivalente a poner punto y final a una historia absurda de vivir con un fantasma a cuestas. Nadie merece eso. Y es una cadena que nos imponemos cuando decidimos hacernos los locos, salir y bebernos hasta el agua del florero, confiando en que el alcohol será capaz de matar al amor, a riesgo de que si este queda vivo, nos mate a nosotros. Ojalá asumir la valentía de mirar a los monstruos de frente, directo a los ojos y gritar o llorar hasta que se haya salido la rabia y el dolor del día. Hasta que se hagan las paces con las bestias.

¡Cuántas palabras! Y yo que venía solo a despedirme…

A despedirme de ti desde el futuro. A enviarte un saludo a aquel momento en el que se rompió todo. ¿Qué fecha es ahí? No la recuerdo. Roto porque sí, porque aunque te amo, porque aunque me amas, no se puede. ¿Por qué no se podía? porque ellos. Segura estoy de que de haber entrado a analizar quiénes eran ellos, sus opiniones daban igual. Tal vez ni siquiera tenían una.

Ahora lo puedo ver claramente: el problemas nunca es “ellos”, el problema siempre es uno, dándoles poder a partir de nada. Pero tal fue el poder que les diste que explotaron nuestra burbuja, entraron con caballitos de madera y nos dejaron sin nada.

Antes de eso nadie había podido entrar: éramos solo dos.

Siempre me costó entender cómo tuviste tanta fuerza de voluntad en el proceso de alejarnos. No, no me mires como si yo hubiese actuado de la misma forma. Lo mío era todo fingido. Mi distancia era un teatro. No podía hacer más, tú ya habías decidido.

Fingí cada vez que me tocó encontrarte en algún sitio. Pero fingí muy mal, lo sé. Mi peor escena fue esa tarde en la pizzeria, yo con Zeta y tu con Equis. Nunca debimos estar en mesas distintas. Te paraste y te fuiste y mi pizza quedó completa.

¿Con tantos restaurantes en Caracas, por qué tú y yo ahí a la misma hora?

Porque el diablo existe.

Pero los ángeles también, por suerte. Hace un par de meses me hicieron el favor inmenso de enviarte un recado. Yo sé que lo recibiste. 

Era de noche y, en medio de un sueño, te vi susurrar “te amo”, con lágrimas en los ojos. Equis estaba a tu lado y tú no querías que notara la mirada de amor con la que me veías. En ese momento desperté, casi desesperada y respondí “yo también”. Sin embargo, estaba de vuelta a la realidad, fuera de la dimensión donde nos vimos, y entendí que ya no podrías escucharme, así que cerré los ojos con fuerza y le pedí a Dios, devotamente, que te entregara mi mensaje.

Sé que la verdad de los sueños es que tienen que ver con el soñador y no con el soñado, pero en este caso fue distinto. A los dos días, gracias a la persona menos esperada, recibí noticias tuyas. Sé que estás bien y que vas haciendo que las cosas funcionen. 

Sería un error pensar que solo fue casualidad.

 

 

Cartas de despedida

Estoy en el año 2019, te escribo desde el futuro.

Apenas ahora logro alcanzar un poco de tu nivel de madurez. Es increíble, siempre me llevaste una morena en eso. Fuiste tan importante que incluso hoy, cuando ya por fin llego a sentir que es verdad que te has quedado en el pasado, dirijo a ti mis palabras y se me pone el cuerpo raro. Estoy en la misma habitación en la que te escribía hace ¿cuántos años?

Deslizo la tinta sobre el papel y es como abrir lentamente la puerta de un cuarto a oscuras, desbordado de recuerdos tuyos, inmaculados, cubiertos por sábanas blancas, protegidos contra el tiempo. Supongo que por eso es que has dolido tanto, porque te cuidé hasta el punto de no permitirme ni siquiera a mí moverte de lugar o por lo menos tocarte. Tú lo debes saber mejor que nadie, hacía mucho que no me veías por aquí, yo no venía. Y sin embargo, aquí estabas.

Todo el que llegó a estar conmigo sintió tu presencia y debió hacerse a un lado, sin saber exactamente qué esquivaba. Para después notar que estabas por todas partes. Cuadros con tu cara, salas con tu nombre, cuentos sobre ti en la cena y en el desayuno. Y aunque aseguré mil veces que eras solo un personaje del pasado, la verdad es que estuviste más presente que ninguna otra cosa en el mundo. Pasabas sin saludar cuando había algún invitado, hacías ruido en la cocina si sospechabas que alguien quería tomar tu lugar y aparecías por las noches a recordarme tonterías, como si hubieras encontrado algún placer en verme dudar.

Mientras escribo siento como si a ese cuarto oscuro en el que te he guardado, se le abrieran las ventanas y entrara el sol, por fin. Me gusta el calor sobre mi piel luego de haber sufrido tanto frío. Entra la brisa y vuela las sábanas blancas, dejando expuestos todos nuestros momentos, tus sonrisas, los te amos que nos decíamos cada día a palabras o a silencios y esa vez en el baño del restaurante de sushi que…

No sé si mi nombre al final fue tan importante para ti como lo fue para mí el tuyo. Sospecho que sí, casi puedo estar segura. Pero de ahí a que haya durado tanto en tu memoria como tú en la mía, hay un trecho. Casi 10 años, qué suerte que no fueron 10 completos. ¿Te imaginas? una década de despecho mal disimulado. La última vez que lloré al hablar de ti fue hace tres meses. Pero no sé si fue exactamente por ti o fue por alguien que vino a revivir tu herida, a recordar que lo que no se trabaja se repite. Ya no quiero que te sigas repitiendo, de eso se trata todo esto.

¿Adivinaste qué hago? Sí, es justo lo que parece: una carta de despedida.

Me veo en la necesidad de seguir mi vida. He llegado hasta este punto de mi escrito en menos de cinco minutos, todo sale de mí como la espuma de una Cocacola agitada y luego abierta. Rápido, incontrolable. Como si hubiese estado casi diez años callando… o no sabiendo cómo decir. O quizá, precisamente, guardándote, por saber que si te dejaba salir sentiría alivio, dolerías menos y estarías así menos presente.

Ya no quiero seguir pensando en que la vida da muchas vueltas y que tal vez en una de ellas, de la forma menos esperada, estemos tú y yo: tú intentando halar y yo empujando alguna puerta de esas que abren para los dos lados y luego de la rendición forzada por dejar actuar, nos descubramos, otra vez, en una cara conocida, con una historia larguísima que contar y con la esperanza de recomenzarla.

¿No éramos para siempre acaso?

¿Por qué la última vez no volviste para decir que te había ganado el miedo, que olvidara ese impulso absurdo tuyo? -¿O mío?- Ya no recuerdo. Solo recuerdo, perfectamente, cuánto quería casarme contigo… y que te amé más allá de las columnas de Hércules. Que te habría sido fiel toda la vida y que, de cierta forma lo fui. Pero con ello no le hice bien a nadie. No a ti y no a mí, por ejemplo.

Y eso es más que suficiente.

Déjame andar

Dejame andar
Déjame andar
que   yo  siempre   he   sido   libre
Por influencia astral
o por la de mi madre
tal vez por haber crecido
nómada
la maleta mal guardada
lo sabe
el movimiento es mi estado.
Saltar líneas de frontera
___________________
una rayuela
           estoy aquí
               ahora
                                                      y más allá
                                                       después
                      irme y volver
volver sin irme
ganar ganar
porque el premio es el camino
el paisaje es mi hogar,
no tengo casa
pero las nubes almohadas protegen mis sueños
                       …
        Cabello   al   viento
velocidad que arrulla
                      calma en movimiento
y tú
no entenderás lo que digo.
Pensarás de mis palabras que te alejo
lo juro
nada quiero menos
mi punto es
que mientras más me sueltes
más me tienes.

Tres luceros

tres luceros

Esta será la primera vez que comparta en mi blog un poema que no es de mi autoría. El motivo es de peso: en sus líneas se encuentra la raíz de todos los Saris.

El escritor no ha considerado necesario firmar con su nombre, en cambio ha decidido poner “papá”, tal vez porque no pensó en una posterior publicación, de hecho el escrito llegó a mi correo como un regalo personal.

Leerlo fue, no solo emocionante sino también esclarecedor. Me ha hecho pensar, como conclusión, que definitivamente, lo que se hereda no se hurta.

En alguna oportunidad le escuché decir al escritor cubano Severo Sardui en una entrevista que la vida de los seres  humanos no merece ser contada desde la fecha que indique su acta de nacimiento, sino por lo menos unos ciento veinte años atrás.

Pues bien, yo hoy no voy a retroceder tanto en el tiempo, pero contaré mi vida a partir de la pluma de un hombre que me ha creído águila desde mucho antes de que me salieran plumas y que me mostró con su luz de sol el tamaño proyectado por la sombra de mis todavía pequeñas alas. Alguien con una mente infinita en la que ningún sueño es demasiado grande: mi padre. 

Nota: Tanto yo como mis hermanos Jesús Ernesto y María Gabriela nacimos en febrero y entre nosotros existe tan solo un año de diferencia. Vinimos al mundo con un mismo signo, diferentes personalidades y con igual fortuna: nuestros padres.

FEBRERO DE LUCEROS

Febrero arranca intenso cual invierno polar,

Y su fuerza estremece su horizonte y su cielo;

Sus ojos rompen bridas, cual caballos sin freno;

su luz incandescente anuncia tiempos nuevos,

que entre rayos, nubarrones, tormentas se hace notar.

Está desconocido:

ha dejado atrás su paseo taciturno, ensimismado, sereno;

la paz mostrada en la repartición de días se ha agotado.

Le urge acabar con el siglo;

hay sed de otro milenio;

hay hambre de huracanes que arrasen moldes viejos:

hay ansias de rupturas con los pasados tiempos;

es hora de la luz de los luceros nuevos.

Vienen del Oriente,

Como anuncia la Escritura.

No trajeron ni mirra, ni oro, ni incienso;

Portan rebeldía, audacia y empeño.

Llegaron el 8, el 16 y el 15

Y acamparon entre nosotros

Y desde allí han iluminado vidas,

despertando esperanzas e inspirando sueños.

 

Tetero es luz que abreva diariamente

de las fuentes más profundas del cosmos

Y con ello nutre al universo entero;

Mafita es verbo que crea de la nada,

 

Y su voz, clarín que inspira mil batallas;

su fuerza es columna que sostiene multiversos

y su constancia es certeza del culminar seguro.

Gaby es camino sin fin;

Camina ahora hacia el centro de su ser

Nutriéndose del océano infinito en que navega;

Busca ese otro mundo aún desconocido.

Navega, se detiene con frecuencia y vuelve

al puerto a planificar los nuevos desafíos.

Los tres son mis luceros que me han llevado hasta donde está el niño Dios, brazos abiertos,

mirada de bebé, ante el cual doy gracias por haberme permitido disfrutarlos y amarlos.

Papá

Inicio de una despedida

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He decidido.

Ya no quiero que me veas

hecha nostalgia
con la mente en el pasado.

Caminé por plaza Francia este diciembre

y no hallé tus luces
ni escuché las gaitas.
Me acordé de las muchachas colegialas
que cantaban y bailaban
con sus trajes llamativos.

Y extrañé
la alegría.

Ha empezado a costarme

conformarme

solamente
con la memoria bonita
de mis noches por tus calles.

Yo no quiero que me vuelvas a ver triste
con la mirada anclada al cielo
con la esperanza puesta toda en la montaña

porque si bajo la cara
         todo parece un recuerdo.

Todavía me acuerdo de lo bien que me sentí cuando aprendí a usar el metro.

Compré por primera vez un ticket
amarillo independencia.

Y ya no hubo un solo sitio al que no pudiera ir.

Pero ahora,
ves,
cuando entro
solo me provoca huir.

Las escaleras se han roto
y la gente está molesta
porque ya no huelen rico
porque ahora lavar cuesta.

Yo no quiero, te lo juro, que me escuches maldecir

con odio
con frustración y con pena
cuando paso por el centro
y a cada paso me encuentro
           su cara
y sus ojos que me miran
con gracia indolente.

Yo no quiero tenerte miedo.

No quiero que este progresivo olvido de quien eres

te haga olvidarte de mí

y que sin querer          me mates
como ocurrió

con tantos

conocidos míos.

No lo veas como abandono.

Entiende que cuando pasen los años
tú podrás seguir

sin mí.

Y seguirás siendo joven

Pienso en mi abuela y se me nublan los ojos.
Y se me comprime el alma.
Porque sé que se hará llanto
cuando deba despedir a su nieta amada.

Y yo no sabré
si la volveré a ver…
si le alcanzará la vida.

¿Ves

       que hay más dolor en mí
del que yo pueda expresar
solo con anticipar que algún día
me iré de ti?

 

Quédate

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Comprendo que estás a un paso de emprender un viaje.

Amenazas con cruzar las puertas, todas las puertas, que llevan a la locura y dejar en abandono esta realidad que compartimos.

Empezaré entonces a tejer un puente que me guíe a ti de vez en cuando, que sostenga mis piernas desde esta cordura supuesta, hasta los laberintos oscuros de tu mente futura.

Mira este hilo blanco que está entre mis manos, ¿lo ves?

Amárralo a tu meñique izquierdo, con cuidado; yo lo sujetaré fuerte mientras vueles alto, libre como un papagayo, sabiendo que hay una niña que te cuida desde el suelo. No habrá tormenta con fuerza suficiente para separarnos.

¿Recuerdas el mito de Teseo y el minotauro? creo que este hilo nos servirá para más cosas. Me llevará segura hasta ti burlando los pasillos angostos de paredes altas. Pero ni tú eres monstruo, ni yo soy rey, ni mis visitas serán un peligro, prometo. No escucharás de mí noticias de este mundo que dejas; ni siquiera esperaré que sepas quién soy.

¿Quien soy?

Nadie importante. Me conformo con ser una cara familiar, alguien a quien creerás haber visto de algún lado.

Esperaré a que te duermas y te miraré en silencio, cuando te encuentres nadando en sueños, a distancia de las sombras de tu mundo nuevo. Y en las ocasiones especiales, que antes sobraban, cantaré para ti, si lo permites. Tal vez aquella canción sin nombre que tarareabas mientras me acariciabas el cabello hasta dormirme.

“Vuelan las mariposas

¿A dónde irán?

Con sus alas preciosas de tafetán.

Parecen pañuelitos diciendo adiós.

Adiós, mariposita,

adiós dice la flor.”

Ahora tú dices adiós, como las mariposas de tafetán. Dices adiós con cada recuerdo menos, mientras me diluyes y me vuelves nada. Mientras te vas.

Y yo aquí, sin detener tu marcha. No lo haré, no puedo. Ve adónde sea que quieras ir.  Te pediré una cosa sola: deja tu viaje para mañana. Hoy quiero que estés, que me abraces hasta que vuelvas a entrar en los sueños en los que estoy yo también, contigo. Que me quieras como cuando me querías.

Así que antes de dejar de hacerlo, antes de olvidar mi nombre, antes de tejer el puente, antes de irte, por favor, ¡quédate!

Sol para los días nublados

Sarirouge

En el momento en que dejé de pisar asfalto y comencé a sentir la tierra fresca bajo mis pies, comprendí que estaba donde tenía que estar.

Mis ojos se reavivaron mientras exploraban la infinidad de verdes a su disposición; mi piel descubierta se alimentaba de sol caliente y comenzó a invadirme el olor a tierra mojada, mezclada con cortezas de eucalipto, aliviante como el aroma del café por la mañana. Se me impregnaron los oídos del canto de los pájaros y de las chicharras, del crujir de las hojas secas con cada uno de mis pasos que me alejaban con prisa del ruido imparable de la ciudad.

Pensé en ti, en las palabras que me habías escrito hacía unas pocas horas. Seguro que no me habrían causado tanto efecto si hubieran llegado de cualquier otra persona. Pero cuando se trata de ti todo se vuelve muy serio.

Respiré profundo y seguí subiendo. Alcé la cara y pude notar el paisaje que se me estaba regalando. Vi el azul intenso del cielo; las copas de los árboles, llenos de color gracias a la lluvia; y, abajo, la ciudad, que desde la altura y la distancia, parecía silenciosa, indefensa, como una peligrosa fiera amarrada, incapaz de atacarme.

Di gracias a Dios por ese momento. Y recordé que empecé esa práctica desde el domingo en que te conocí. Me pareció curioso. Entonces, era tan increíble el hecho de haberte encontrado que no paraba de sonreír y de agradecer a la vida por tu presencia. Sin embargo, hubo un tiempo en que dejé de hacerlo: cuando te fuiste. Sé por experiencia que no siempre tenemos la disposición para estar felices.

Llegué al altar que está en la cima y me persigné ante la virgen de La Milagrosa. Tenía muchísimas flores y un par de velitas apagadas por el agua. Hice mi sólito saludo y seguí hasta el chorro a tomar agua y lavarme la cara. Di una mirada a mi alrededor, divisé un lugar sombreado y ahí me acosté a ver el cielo lleno de hojas que brillaban como estrellas.

Me sentía contenta. Estaba siendo feliz con nada, como dirían algunos. Pero la verdad es que yo estaba siendo feliz con todo; con cada parte de mi cuerpo, con el sinfín de los regalos de la naturaleza, con la combinación de todo eso.

Hablabas de depresión… y esa palabra ya he empezado a tratarla con cuidado. Me ha tocado aprender que no es cosa de poco, que no se está desanimado por gusto. 

A esa enfermedad le ha dado por atacar con crueldad a los venezolanos: a unos porque se quedan y a otros porque se van.  No sé cuál pueda ser la cura; sé de sobra que no se espanta con frases de autoayuda, pero no por eso me voy a abstener de decirte que hay un montón de cosas que puedes hacer para defenderte de sus garras. 

Me hablaste del documental de Netflix sobre Avicii, el DJ que se quitó la vida porque no lograba encontrar la paz y comentaste que ahora podías entender esa incapacidad de encontrar la felicidad.

Un rayo de sol me llego a la cara, volví a mirar a mi alrededor y tuve el profundo deseo de hacerte una transfusión de calma. Sentí las piernas atadas por no poder correr a darte un abrazo. Quisiera ser yo un rayo de sol y llegar hasta ti ahora.

Quisiera iluminarte y que recuerdes que no eres la tristeza que tienes en este momento, todo lo contrario. Eres la viva imagen de la alegría. La felicidad la he visto en tus ojos demasiadas veces, como para saber que vive dentro de ti. Hay que buscarla.

Te ofrezco mi mano. Imagina que estoy contigo. A mí me funcionó todas las veces que me consolaste el llanto porque te habías ido. Tú seguiste estando conmigo cada vez que las dificultades me desbordaron, diciendo que me levantara, que las cosas mejoran si uno se empeña en que lo hagan. Y confié en ti porque nunca mientes; creí ciegamente en tus palabras: siempre sale el sol luego de los días nublados.

Confía ahora tú en mí, en que la felicidad está más cerca que a la vuelta de la esquina. Está en tus oídos que escuchan la voz de los seres que amas, está en el calor de los abrazos de los nuevos amigos, en las ardillas de los parques, en los pedales de tu bicicleta.

Está en estas letras que pretenden mostrarte que siempre me tendrás, que el amor es como la materia, no se extingue jamás, solo se transforma. Que yo te ayudaría incluso a matarte si me lo pidieras pero que no te permito hacerlo sin antes volverme a ver.

Y que si el túnel se te va haciendo demasiado largo, sientas mi mano que te lleva, que no importa que no veas, solo ten la certeza de que habrá luz más adelante.

Pronto sentirás la claridad del amanecer. Vas a sonreír por fin, abrirás los ojos y lo oscuro será un aprendizaje. Mañana tal vez sea yo quien pierda el rumbo, pero sé que tú vas a estar para mí como un ángel que me guíe, invitándome a leer este escrito, recordándome que los malos momentos hacen parte de la vida pero no la definen por completo. 

Déjame recordarte, hoy, que el mundo, levantado con cuatro manos es menos pesado.

Fíjate, no es tan malo ser lluvia si tienes un sol para hacer un arcoíris.

 

 

 

 

TU DEFENSA

Pasé tanto tiempo pensando en nuestro asunto, buscando motivos, queriendo respuestas. Intentando descifrar el momento exacto en el que empezó el desnivel, cuándo mi amor comenzó a ser más grande en comparación con el tuyo.

Me quedé esperando a que dijeras algo pero no lo hiciste nunca. Al final todo lo que he querido saber lo he debido responder yo misma. Te interrogo y contesto. Soy mi abogada y soy tú. Analizo tus respuestas, modero mis preguntas. Me convierto en juez y también soy tu defensa.

Es como si se estuviera llevando a cabo un juicio en mi cabeza. Ya van varios meses de esto. Los lapsos han sido interrumpidos por eventos de toda índole, buenos y malos.

Lo cual ha resultado conveniente porque ha pasado tiempo y el tiempo, es verdad que lo cura todo, e incluso para el caso de que no haya todavia completado su trabajo, llega un punto en que permite ver las cosas con más calma.

Antes de ahora no había permitido que nadie más te juzgara; cada vez que contaba mi versión de los hechos, los terceros dictaban severos veredictos en tu contra y entonces tenía que salir yo en tu favor, apelar sus decisiones argumentando cualquier cosa.

Decía lo que habría querido que tú me dijeras.

Pero finalmente opté por el silencio. A pesar de lo que dicen sus detractores, me resultó una mejor elección que hablarte a ti o de ti.

Ninguna de esas dos opciones fue jamás una buena idea. Contigo no, porque era como hablar sola y de ti menos porque no tolero las conclusiones desinformadas.

Dicen que no me querías tanto como yo a ti. Lo mismo que dijiste tú. Es algo que sé de sobra; es un hecho admitido. Sobre eso no hay discusión.

Y sin embargo aquí estamos en este juicio, mi abogado, el tuyo y el juez: yo. Preparando tu defensa.

Como juez puedo y debo considerar todas las pruebas traídas por las partes. Y aunque entiendo el perfecto castellano en que has pronunciado tus palabras y aunque me hayan causado tanto daño, sigo pensando en todo el resto.

En la tarde en que me dijiste por primera vez ‘te quiero’ escrito en un avioncito de papel. En la noche en el faro cuando temblabas de miedo porque sentías que te ibas enamorando de mí y no tenías idea de qué hacer con eso. En la madrugada en la que, irrespetando el derecho de propiedad de un desconocido, nos subimos en su lancha a hablar de nuestra vida antes de conocernos. En la mañana en que te preparé el desayuno y me pediste que fuera tu novia.

En las veces que te dije que te amaba, sin esperar nada a cambio. En ese momento la reciprocidad no me importaba demasiado; si no me amabas tú, daba igual, estaba segura de que en algún momento lo harías. Yo soy una tipa aplicada y tú eras mi principal empeño. Y así fue, lo logré, te escuché decir sinceramente que me amabas.

Es inevitable pensar en las oportunidades en que te abracé para calmar tu llanto por alguna de nuestras despedidas. Lloraste también cuando elegiste terminar lo nuestro. Y mientras decías que ya no me querías como yo a ti.

Me ha costado tanto llegar a este punto. He tenido mil argumentos en tu contra. Jamás te he odiado, nunca te he ofendido y en ningún momento me he arrepentido de nada de lo que tuvimos, ni de todas las horas de viaje para poder verte.

Todo lo que hice, lo volvería a hacer de la misma manera. Nunca reprimí un abrazo, un beso o mis ganas de estar contigo. Lo di todo y recibí bastante.

Es solo que hasta hace apenas unas semanas dolía tanto que costaba ver más allá. Lo que busco ahora es dejar las cosas claras… para mí.

Yo soy tu juez y ha llegado el momento de dejarte en libertad.

La mereces porque la has pedido y porque en el daño que causaste no hubo culpa, mucho menos dolo.

Tal vez, en otras circunstancias me habrías amado tanto como te amé yo. Tal vez me habrías amado más. Pero los “tal vez” no son siempre posibles y el nuestro no se pudo.

A nadie se le puede obligar a querer. Este es el motivo por el cual yo jamás solicité explicaciones a tu decisión. Y este es el motivo por el cual decidí callar y no insistir.

Eres libre de seguir la vida, de seguir sin mí, como elegiste. Te dejo ir, vete.

Esta es tu sentencia.