Desde la montaña

Hace unos días alguien me preguntó el motivo por el cual pasé tantas semanas sin publicar aquí en el blog.

“¿Por qué no, si hay tantos Saris?, yo siempre he pensado que existe una especie de banco de Saris”. Qué ternura esa persona.

Pero bueno, no, no existe un archivo repleto de escritos listos para su publicación. La mayoría de veces anoto ideas que luego me siento a darles forma. Como si fuera tener un pedacito de mármol que se pueda convertir en una pequeña estatua.

En fin, para no dar muchas vueltas con las explicaciones, resolví responder con el cuento del águila.

Generalmente, cuando se habla de cambios y transformaciones, el animal que viene a la mente es el fénix, el ave que renace de sus cenizas. Yo preferí el águila.

Sabes, le dije, las águilas son famosas por su vista aguda y por su tenacidad. Algo que pocos conocen sobre ellas es que pueden vivir hasta 70 años.

Ahora bien, a mitad de su vida, cuando van como por los 35, su pico y sus garras han crecido tanto que se convierten en herramientas inútiles para la caza, volviendo casi imposible la correcta captura de su alimento.

Nel mezzo del cammin di nostra vita“, como diría Dante. Exacto, justo en ese momento, les toca decidir entre la vida y la muerte.

Permanecer en el estado en que se encuentran, implicaría evitar meses de sufrimiento seguro, pero las condena a la muerte. Asumir la necesidad de cambio y el dolor que este conlleva, significa escoger la vida.

Probablemente todas las águilas del mundo prefieran adaptarse a perecer, siguiendo el curso natural del instinto vital -o llevadas por la fuerza de Eros, como tal vez diría Freud-.

Ahora bien, imaginando que las águilas tuvieran un cerebro humano, probablemente, las vencería la muerte, porque el pánico que implica enfrentarse a las opiniones externas, no les permitiría salvarse. “Me verán sin pico, sin garras, luego de haber sido tan fuerte”, cosas así pensarían las pobres.

Lo digo porque precisamente, el águila que escoge vivir, conoce desde el principio que el precio no será bajo.

Deberá retirarse de su mundo, a la cima de alguna montaña, asegurándose lo mejor posible para no convertirse en una presa fácil, y ese lugar ahora será su hogar durante los próximos 7 meses.

En ese tiempo, a fuerza de picotazos contra las rocas, se despega el viejo pico y luego, usando una estrategia parecida, bota también las garras. Cambia incluso su plumaje, de manera que en un punto debe parecer más un pajarraco recién nacido que el ave imponente que estamos acostumbrados a ver en fotos y videos.

Luego de todo ese tiempo -que al nombrarlo parece tan breve pero que, estoy absolutamente segura, el día a día vuelve infinito-, después del dolor físico y de la soledad, llega el momento en el que por fin su cuerpo se ha regenerado y vuelve a ser.

Con todo su esplendor, vuelve a ser.

Pues bien, al igual que pasa con el águila, hay momentos en los cuales, elegir la vida nos obliga a asumir ciertos cambios.

En esos momentos en los que dejamos atrás cosas que hasta ahora eran parte de nosotros pero se volvieron inútiles: creencias, personas, expectativas, formas de vida… en esos momentos exponernos se vuelve riesgoso, así que lo mejor es tener una montaña en la cual refugiarnos mientras nos vuelven a crecer las plumas.

Hasta renacer.

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Si tuviera que escribir

Sigo sin ver otras piernas que no sean las tuyas,

ni otras manos,

ni otro vientre,

a decir verdad,

prácticamente, ya jamás me fijo en nada…

y si tuviera que escribir

otra vez

sobre ti

no hablaría ya de tus dedos o tus dientes,

mucho menos de lunares en tu cara…

hablaría más bien

-y sería urgente-

de cuánto me gustaría pasar

aunque fuera

una sola noche más

en tus labios almohada.

Te amo

más allá de para siempre,

nuestro siempre

que me dio las mejores noches

en los peores días.

Y que ahora que ha pasado algo de tiempo

todavía

me hace extrañarte,

pero hacerlo ya parece menos agonía.

Porque no te espero y esa es la gran diferencia…

aunque te ame como ayer

y quizás un poquito más.

Un poquito más

con cada día.

La Pelona

Si algo me gusta de pertenecer a Latinoamérica es que los de aquí reímos cuando se debe reír, lloramos cuando se tiene que llorar y abrazamos al prójimo sin mayores complicaciones.

En los pueblos esto es más cierto que en ninguna otra parte o por lo menos es más fácil de observar desde el momento que todos los eventos importantes de la vida humana se dan por temporadas.

Sí, por temporadas. Así como hay una para los mangos y otra para las pomalacas, también hay temporada de quinceaños, de bodas y de muertos.

Tan es verdad lo que les cuento que es frecuente escuchar que se diga que en los pueblos nadie muere solo, pues cada vez que un fulanito perece, se lleva con él a, por lo menos, dos acompañantes. Y es entonces cuando se habla de que “la pelona anda suelta”.

A la pelona ninguno la ha visto y por eso nadie sabe cómo es, pero de sus actuaciones se puede comprender fácilmente que es un angel de la muerte que aprovecha cada uno de sus viajes al mundo de los vivos para recoger la mayor cantidad de almas que se pueda llevar al otro lado.

Todo el mundo sabe que existe. Y por ello, cada vez que doblan las campanas de la iglesia, la gente mira a quien tenga al lado y sin necesidad de cruzar palabra, se preguntan quién será el próximo, rezando porque no sea alguien de su propia casa

Hay viejos que desde antes de que le toque turno al primero, ya saben que algo va a pasar. Basta con que escuchen el canto de una pavita para que se persignen mirando al cielo en busca del animal, sin querer encontrarlo.

Yo misma la escuché una noche, no les miento. Esa vez me acuerdo de que no pude dormir en las horas que siguieron y a las tres de la mañana llegó la noticia triste. Pero de eso no les voy a hablar.

Mejor les cuento de esa otra visita en la que a la pelona le dio por hacer desguace y se llevó a los dos perros de la casa. Primero a Memín y luego a Ríquiti, en cuestión de una semana.

Esa temporada ni mis primos, ni mis hermanos ni yo tuvimos ganas de acompañar a mi abuela a ningún otro velorio y, para sorpresa de nadie, no hubo ni un perencejo a quien le importara el fallecimiento de nuestros animales.

¿Qué pasó con los perros? Se los llevó la pelona.

Se los llevó y en un mismo viaje.

Eso no era algo frecuente. Hasta la muerte tiene su ética y la verdad es que generalmente actuaba con consideración, agarrando al azar uno por aquí y otro más allá.

Y entonces de los hogares elegidos salía una multitud de gente caminando hasta el cementerio, detrás de un ataúd cargado por cuatro hombres fuertes.

Pero a nosotros no nos mostraron los cuerpos de nuestras mascotas, simplemente se nos informó que habían muerto, así que no pudimos enterrarlos. Y cuando preguntamos por el lugar de su sepultura, nos dijeron que estaban al pie de la vieja ceiba que se veía desde la casa.

Por suerte abuela nos dejó agarrar las flores del jardín para que hiciéramos los ramitos y las coronas y nosotros mismos preparamos las cruces para el primer velorio de nuestros perros.

Y mientras los adultos iban a las otras casas de las otras calles, nosotros acudíamos cada tarde de los nueve días siguientes a pedir por el alma de Memín y Ríquiti, entonando cánticos aprendidos en otros velorios de temporadas pasadas e implorando a la pelona no visitar nuestra casa en muchos años.

Olor a libertad

¿Cómo se describe un aroma? Quiero decir, ¿Cómo le indico al alguien que no puede oler la melodía de un olor, sabiendo que es absurdo usar otro como referencia? Sin decir, por ejemplo, olía como el café…

Si ese alguien fuera un fabricante de esencias yo querría decirle que me hiciera una con olor a la casa de mi abuela.

Le diría que es dulce como un chocolate después del almuerzo y fresco como acercar la cara a las hojas verdes de las matas.

Dulce y fresca: así se respiraba esa casa cuando yo era niña. Y aunque parecía que siempre tenía el mismo aroma, la verdad es que no era así del todo, lo que se mantenía eran los ritmos y los tonos.

El olor predominante, en cambio, podía ser a parchita o a guayaba o a carato de mango o a ciruelas rojas o a jobitos o a tamarindo o a hojitas de menta. A pomalacas también y también a café sin tostar pero más común todavía, a café recién tostado.

Me acuerdo de la primera vez que viajé desde Caracas a la casa de mi abuela. Yo que era la mascotica brava de mis hermanos, bajé del carro y pasé con ellos derecho, a explorar aquel lugar que recién conocíamos y que luego se llenaría de tantas memorias.

La primera de ellas fue ese mismo día. En el patio de la casa había un corredor, donde estaban varias jaulas, cada una con uno o dos pájaros pequeños.

Parecían palafitos. Estaban hechas de varitas de bambú y alambre. Eran como apartamentos con puertas chiquitas, y adentro tenían algo de comida, tal vez una guayaba y agua y además una habitación redonda, hecha con una tapara seca.

Se le abría un hueco y servía para que las pajaritas anidaran sus huevos.
Cantaban, no estaban tristes, a pesar de que la puerta estaba cerrada.

-¿Por qué los tienen ahí? -Preguntó mi hermana.

-Esas son sus casas, ahí viven ellos tranquilos, respondió alguien.

Había una jaula mucho más grande que nosotros, como de un metro treinta de altura donde estaba un loro que hablaba. Decía “mamá” y decía “papá”. El papá era Anibal. Anibal era el tío más tierno e iracundo del mundo. Me hizo sentir cariño desde el primer momento.

Y le agradezco todavía no haber tomado medidas drásticas contra sus nuevos sobrinos.
Porque los pajaritos de las jaulas eran suyos.
Y nosotros, la primera acción que intentamos para labrar nuestra fama de truhanes fue precisamente soltar los pájaros.

Creo que supimos que lo haríamos desde el momento en que los vimos. Fuimos rodando un tambor gigante en el que guardaban maíz para las gallinas, subíamos sobre él y abríamos las puertitas una por una.

Los adultos siempre decían que cuando la casa estaba en silencio, probablemente nosotros la estábamos quemando. Mamá en cambio seguro sintió orgullo de sus niñitos libertadores pero fingió estar afligida por nuestras malas decisiones.

Los pajaritos se quedaban paralizados, sin saber qué hacer. Cuando nos apartábamos de la jaula, indicando que les cedíamos plena libertad, comprendían el privilegio y se iban rápido, como temiendo un arrepentimiento.

El loro en cambio se quedó. Estaba gordo y cómodo. Y en su jaula vivió muchos años.

El resto, todos los demás, se fueron. No hubo ningún fiel o amante de la seguridad y el comfort. Se fueron.

-¿Qué pasó con los pajaritos?
-¡Cómo saberlo!
-Tuvieron que ser ellos, dijo Diomedes. -¿Quién más? Aquí nadie se mete con esos pájaros.

-No chico, ¿cómo van a ser ellos, tú no les estás viendo el tamañito? -Habló mi abuela y con sus palabras nos liberaba ella a nosotros -por primera vez de tantas-, soltando una sonrisa que reconocimos cómplice.

Esa sonrisa suya fresca como las hojas verdes de las matas y dulce como un abrazo lleno de amor que a veces me hace pensar en café recién tostado y otras veces en rosas de jardín. Y de igual forma puede ser parchita, tamarindo o mango.

Esa sonrisa que nos alentaba a hacer todo lo que hacíamos porque ella jamás habría aprobado con palabras que soltáramos a los pájaros. Pero en su corazón lo hacía.

La fiebre del oro

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Hubo un período de mi infancia en el que sufrí algo parecido a lo que los americanos llamaron “la fiebre del oro”, andaba obsesionada con encontrar un entierro de morocotas y aunque tal vez me hacía más ilusión la aventura previa al descubrimiento que el reporte económico posterior al encuentro, lo cierto es que día y noche le rogaba a la suerte que me diera su confianza. Y despertaba en las madrugadas mirando hacia el jardín, en busca de alguna señal… pero nada.

Los viejos de los pueblos son de lo más misteriosos. Les encanta echar cuentos incompletos: siempre dicen bastante como para dejarle a cualquiera la cabeza mala, pero nunca dicen suficiente. Reyes de la intriga, se te quedan viendo a los ojos fijamente antes de soltar la próxima frase, para asegurarse de estar causando el efecto preciso.

Los temas más recurrentes son las andanzas de los espíritus entre los vivos, la hechicería y el dinero. Y de la mezcla de esos tres tópicos, nacía uno que acaparaba los niveles más altos de mi atención: los entierros de morocotas.  

Carmen Felicia decía que el viejo Juan Manuel Acuña, mi bisabuelo, había dejado un entierro en una de esas montañas de la Serranía, en su hacienda de Cambural. Ahí tenía barriles de monedas de oro que asoleaba a diario como si fueran café en grano y cuando se murió dejó un par de tinajas repletas, debajo de una piedra grandísima, imposible de cargar por un solo hombre.

Viejo malintencionado porque para encontrar un entierro de morocotas tienes que estar solo; esa es una de las condiciones. Pero hay otras, no es cosa sencilla tampoco. Y todas deben ser cumplidas, de lo contrario, las consecuencias podrían ser terribles.

Los requisitos son impuestos por el muerto mediante mensajes oníricos tan reveladores que sacarían a cualquiera del más profundo de los sueños.

Y al despertar el elegido, en medio de la oscuridad, se encuentra con una luz que le indica el camino al tesoro.

Nadie conoce cuál es el criterio para la elección, lo que sí es seguro es que ni el buen espíritu ni la valentía son requisitos indispensables. En efecto, cada vez que un viejo hablaba de morocotas, aseguraba haber sido seleccionado en algún momento.

– ¿Y el tesoro? – preguntaba yo exaltada.

– No yo no fui, esas cosas no son ningún juego.

Cobardes.

Claro, sobran los relatos de gente que luego de encontrar un entierro, de la noche a la mañana lo perdía todo, moría de forma trágica o se volvían locos. ¿Qué les había pasado? habían incumplido el compromiso sagrado de hacerle las nueve misas al difunto y de prenderle aunque fuera una velita de vez en cuando.

Más que nueve, veinticinco misas les habría hecho yo si me lo hubiesen pedido. Pero jamás acudían a mis sueños.

“Ya pasará”, pensaba, la esperanza es lo último que se pierde. En cualquier momento, se me aparecería la luz y por oscura que fuera la noche, yo sí acudiría al llamado.

Con esa certeza reuní dinero y lo invertí en una linterna que tenía siempre al alcance. Antes de dormir, cerraba los ojos e imaginaba cómo sería la escena y en las madrugadas, sin siquiera soñar nada, despertaba y me asomaba por la ventana probando suerte.

Justo al lado de la casa de Carmen Felicia, mi abuela, vivía un señor de ciento y pico de años llamado Domingo. Era altísimo, flaquísimo y blanquísimo, parecía un silbón. Su casa estaba llena de gatos tal vez tan viejos como él y en el techo había varios palomares. El viejo tenía la extraña manía de llamar a la gente haciendo un sonido de búho: “uu-u”.

Y cuando murió, alguien comenzó a imitarlo, por entre los matorrales, para asustar al que se dejara. A mí se me comenzó a hacer difícil pasar por el frente de su casa, me venía el terror ante la posibilidad de escuchar de repente un “uu-u”.

Pero una tarde, a los cuentos de las morocotas fue añadido un elemento nuevo: no todos los tesoros estaban enterrados cuidadosamente en las montañas, algunos quedaban en las casas de los viejos, guardados en cofres de madera o escondidos en colchones.

Se me vino la idea a la cabeza… Domingo.  

Al día siguiente, aproveché la hora de la siesta y me escapé. Salté a la casa del vecino difunto y escalando unos barriles, logré asomarme por la cocina.

No me lo podía ni creer: había un cofre de madera igual de grande que yo. Estaría a tope de morocotas.

Se me salió el miedo del cuerpo y de inmediato me deslicé entre los barrotes de hierro, y con un brinco caí dentro de la casa. Hecha felicidad, abrí la tapa -no se preocupe Domingo, yo le hago treinta y cinco misas y le prendo las velas que usted quiera- pero no había ni una sola moneda, ni siquiera de plata. Había, en cambio, una hoja blanca en el piso del cofre -ese debe ser el mapa del tesoro, pensé- la giré. Era una propaganda de Acción Democrática.

Quedaba por revisar el colchón. Quité la sábana en busca de una cicatriz que delatara el escondite de alguna pequeña fortuna. Pero estaba intacto. Salté sobre la cama esperando que sonara como las monedas de mi cochinito. No sonó nada.

Recorrí toda la casa y encontré lo mismo: absolutamente nada. Ni una galleta.

La decepción acabó con mi adrenalina y fue entonces que escuché el quejido de los gatos y recordé que estaba nada más y nada menos que en la casa de un difunto. Me regresó el miedo perdido ante el oasis del oro y eché a correr hacia la ventana por la que había entrado. Mientras me deslizaba por los barrotes para salir,  rocé un cable pelado y recibí un corrientazo -Discúlpeme Domingo, yo le juro por mi madre que no lo vuelvo a hacer-.

Volví a la casa de mi abuela, como si nada hubiese pasado.

Y de esta historia jamás supo nadie. Hasta hoy.

Los diablos

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No implicó mayor esfuerzo encontrarles distintivos, fue un acto reflejo de solo verlos, cada uno tenía cara de Leopoldo, de Fidel y de Numa Pompilio y así fue que los llamamos. 

Los encontramos en una caja, cuando fuimos a explorar el sembradío de Diomedes; saltamos la cerca y nos metimos. -Meu, lloraba de hambre Numa Pompilio y por sus quejidos fue que dimos con los tres. -¿Dónde está la gata grande?

Estaban abandonados, comprendimos con tristeza. Y sin comida, morirían. De manera que en las cuatro tardes siguientes, volvimos a su encuentro con leche tibia en un tetero para alimentarlos.

– Sonó el portón y supimos que teníamos compañía. “Allá están esos diablos”, escuchamos decir. “Los diablos”… ese era el inmerecido apodo que nos habían estampado, a causa de un par de malos entendidos. Saludamos, convencidos de no estar haciendo nada incorrecto pero la respuesta que tuvimos fue un grito poco amistoso: ¡Sálganse de ahí, me van a dañar las matas! Era Diomedes, rojo como siempre, de tanto sol y con las entradotas en la cabeza… parecía un dragón.

-“No estamos pisando las matas”, nos defendimos con amabilidad. Pero él no estaba particularmente abierto al diálogo. Entonces comenzaron a moverse sus poblados bigotes, anticipando las palabras que escuchamos un segundo después: ¡Se van de aquí ya mismo o les mato a los gatos!

-Mataron a su tío

– ¿Quién?

– ¿Cómo que quién? ¡ustedes! hace rato se lo llevaron en una ambulancia para San Antonio.

¡Imposible! No había pasado mucho tiempo desde que lo habíamos visto… y en aquel momento no parecía que le rondaba la muerte. Muy vivo se le veía, más bien. La memoria me lo mostraba furioso, en plena persecución, con el brazo derecho alzado, sosteniendo una cuerda que luego soltó sobre mí en un princhazo que me dejó ardidas las canillas.

Todavía nos estábamos riendo de eso, cuando llegaron con la noticia. -Mis compañeros más que yo, para ser franca-. Decían que yo tenía un imán en las piernas para los cuerdazos. 

Razón no les faltaba, tal vez porque yo era menos rápida que ellos, por ser la menor… pero eso sí, jamás me atraparon. En cada fuga me ayudó la fuerza suprema de saber que en riesgo estaba nada menos que mi propia vida.

Recordaron con gracia el otro princhazo más reciente. La vez que Anibal se montó en mi mata de pomalaca, machete en mano, para cortarle las ramas porque echaba muchas flores. Teto, mi hermano, fue el que nos avisó y él mismo nos llevó a buscar pedacitos de espejo para evitar la tragedia. Nos pusimos debajo de la mata, reflejando los rayos del sol con los espejitos, directo a los ojos de Anibal, para que cayera encandilado como un guacharo expuesto a la luz del día.  

Anibal no sabía de juegos, ese hombre era de armas tomar, un furioso, y si no lográbamos tumbarlo, tendríamos que correr. Pero a pesar de que movía la cabeza para todos lados, como un león perturbado por las moscas, no cayó. Y cuando empezó a bajar, sudado de pura ira, pegamos la carrera. Entonces lanzó el cuerdazo desde antes de llegar al piso y ajh, me ardieron las piernitas. 

Por la tarde regresamos a comer y el asunto ya había sido olvidado. Anibal seguía vivo, viendo la televisión, como si nada.

– Le dio un infarto de la rabia que le hicieron pasar.

– ¿Y quedó muerto? ¿muerto de verdad? 

-Muertico.

Después de la advertencia de Diomedes, al día siguiente, volvimos al terreno a visitar a los gatos. Pero cuando llegamos, ya no estaban.

La confusión de nuestras caras tardó segundos en convertirse en plena certeza: los había matado.

-¿Pero cómo pudo si los gatos tienen siete vidas? -Seguro los metió en el tanque de agua y se ahogaron siete veces. Revisamos por todos lados pero no los encontramos en ninguna parte. Entonces, – Sí, lo hizo: mató a Fidel, a Leopoldo y a Numa Pompilio.

Yo doy fe de que no hubo acuerdo, por el contrario, cada quien actuó por cuenta propia, tomando alguna herramienta, cegados de indignación por la injusticia y echándonos, luego, sobre las matas, acabando con sus hojas como no lo haría la peor plaga, corriendo entre gritos eufóricos, retadores, destrozando todo lo que iba quedando atrás del paso.

Al notar la presencia enemiga, encabezada por la cabeza roja de ira que era Diomedes, nos dimos a la fuga… pero antes de que yo pudiera cruzar la cerca, sentí el azote en las piernas. Ajh.

Ya nos estaría buscando la policía para llevarnos en sus patrullas hasta un calabozo oscuro… y esta vez no nos salvaría nadie. Con Diomedes muerto, bastaría pisar la casa de abuela para quedar nosotros igual de tiesos que él.

Y ahora con hambre y sin comida, como los gaticos. Sin agua y con tanta sed. Y aquel terror que nos daba la montaña – a la que siempre huíamos- cuando se hacían las seis de la tarde. A esa hora empezaba a oscurecer y nosotros a imaginar nuestros nombres en las voces de los encantados. Y cada hoja que se movía por la brisa nos mataba de susto.

Sin decir palabra, como con el ataque, fuimos juntándonos poco a poquito y bajando, uno detrás del otro, cinco en fila, pálidos de miedo. Resolviendo mentalmente cómo entrar a la casa y saltando, al llegar, por una ventana del fondo . Pero ahí ya nos estaban esperando.

-Casi matan a su tío de una rabia, ustedes no conocen límites.

– ¿Cómo que casi? ¿no está muerto?

-¡AVE MARÍA PURÍSIMA, sí es verdad que son unos diablos!

La del Sari

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A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.

Cartas de despedida

Los viejos dicen que el que se despide mucho es porque no quiere marcharse.

Sin embargo, esto es distinto. No es que no me quiera ir, es que antes de hacerlo tengo que decirte todo. Poner esta carga inaguantable sobre la mesa, ahí donde no sea ni tuya ni mía, como un saquito de sal cerrando un trato.

Esos que afirman que somos amos de lo que callamos, desconocen la fuerza con la que azota el silencio. Yo hoy prefiero hablar. Debo decir, quiero decirte.

Contarte, por ejemplo, que hace unos días, mientras limpiaba mis libros encontré un regalo. Era un cuaderno y cuando lo abrí, reconocí de inmediato tu ortografía en una dedicatoria: <<Para que escribas tus bellos poemas>>.

Sus hojas están usadas casi completamente. Hay tres canciones terribles, veinte poemas y un sinfín de errores ortográficos, de esos que jamás recibieron tus correcciones. Para actualizarte un poco: ya no escribo error con h, así que tuviste razón al intuir que la respuesta mejor a mis notitas, era un beso o dos y que el tiempo haría un buen trabajo conmigo. Porque al final, escribir con errores no es ningún pecado. El pecado es otro. La ofensa es dejar de escribir cuando escribir es lo que debes; cuando se siente como si la tinta no saliera de la pluma sino de las propias venas.

¿Parar de hacerlo porque ha dejado de estar alguien? No tiene sentido.
Y sin embargo, eso fue lo que vino después de nuestra ruptura: dejé de escribir. Parece que a las letras las asociaba contigo. Mayor tontería. Ojalá alguien me hubiera dicho que escribir era la única forma de borrarte. Quizás no habrían sido tan largas las cartas de despedida.

Si escribir es parte de lo que soy y dejé de hacerlo por ti, debo admitir que sería injusto juzgarte por haberte ido… si antes que tú, yo misma estuve bien dispuesta a abandonarme, como lo hice en efecto, en repetidas ocasiones.
Si tan solo hubiera podido verme con tus ojos y tratarme con el cariño con el que yo te cuidaba. Si las inseguridades no hubieran empañado tanto mis cristales… ojalá hubiera sido antes tan claro como ahora cuánto en realidad me amabas.

Se me hace bonito recordar que me grababas para verme cuando yo no estaba. Y hasta recuerdo con ternura el drama de tu prima al decirme que lo sabía todo, que había notado la emoción en tu cara cuando te vio llegar con aquellas flores.
Da igual tu prima, dan igual todos ellos. Solo me importabas tú antes y solo me importas tú ahora. Por lo que fuiste, porque recuerdo quién eras.

Hoy te puedo mirar con cariño a la cara y decirte <<gracias, ya no te debo nada>>.
Con esto salto al abismo, confiando en mis alas. Me hago vulnerable para encontrar mi fuerza.
Pero te diré algo más, espera:
Una vez alguien me dijo que tal vez tú y yo somos almas gemelas. Eso no hay manera de saberlo… pero si fuera cierto, ¡hasta la próxima vida! En esta ya fuimos todo lo que podíamos ser.

Cartas de despedida

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Continuación

Ya dejé de preguntarme qué habría pasado si cuando apareciste diciendo que aún me querías, hubiese contestado “yo también” -que era lo que sentía- en lugar de “yo no” -que era lo que quería sentir-. Ya no me lo pregunto porque la respuesta la tengo, la descubrí hace poco: no habría pasado absolutamente nada. Nos habríamos conformado con saberlo, con confirmar que nos amábamos y habríamos continuado, cada quien por su camino.

Pero… ¿y si el resultado hubiera sido otro? Eso otro ya no lo quiero imaginar, justo ahora no me provoca. Ha dejado de tener importancia.

Importancia tiene escribir esto porque es el equivalente a poner punto y final a una historia absurda de vivir con un fantasma a cuestas. Nadie merece eso. Y es una cadena que nos imponemos cuando decidimos hacernos los locos, salir y bebernos hasta el agua del florero, confiando en que el alcohol será capaz de matar al amor, a riesgo de que si este queda vivo, nos mate a nosotros. Ojalá asumir la valentía de mirar a los monstruos de frente, directo a los ojos y gritar o llorar hasta que se haya salido la rabia y el dolor del día. Hasta que se hagan las paces con las bestias.

¡Cuántas palabras! Y yo que venía solo a despedirme…

A despedirme de ti desde el futuro. A enviarte un saludo a aquel momento en el que se rompió todo. ¿Qué fecha es ahí? No la recuerdo. Roto porque sí, porque aunque te amo, porque aunque me amas, no se puede. ¿Por qué no se podía? porque ellos. Segura estoy de que de haber entrado a analizar quiénes eran ellos, sus opiniones daban igual. Tal vez ni siquiera tenían una.

Ahora lo puedo ver claramente: el problemas nunca es “ellos”, el problema siempre es uno, dándoles poder a partir de nada. Pero tal fue el poder que les diste que explotaron nuestra burbuja, entraron con caballitos de madera y nos dejaron sin nada.

Antes de eso nadie había podido entrar: éramos solo dos.

Siempre me costó entender cómo tuviste tanta fuerza de voluntad en el proceso de alejarnos. No, no me mires como si yo hubiese actuado de la misma forma. Lo mío era todo fingido. Mi distancia era un teatro. No podía hacer más, tú ya habías decidido.

Fingí cada vez que me tocó encontrarte en algún sitio. Pero fingí muy mal, lo sé. Mi peor escena fue esa tarde en la pizzeria, yo con Zeta y tu con Equis. Nunca debimos estar en mesas distintas. Te paraste y te fuiste y mi pizza quedó completa.

¿Con tantos restaurantes en Caracas, por qué tú y yo ahí a la misma hora?

Porque el diablo existe.

Pero los ángeles también, por suerte. Hace un par de meses me hicieron el favor inmenso de enviarte un recado. Yo sé que lo recibiste. 

Era de noche y, en medio de un sueño, te vi susurrar “te amo”, con lágrimas en los ojos. Equis estaba a tu lado y tú no querías que notara la mirada de amor con la que me veías. En ese momento desperté, casi desesperada y respondí “yo también”. Sin embargo, estaba de vuelta a la realidad, fuera de la dimensión donde nos vimos, y entendí que ya no podrías escucharme, así que cerré los ojos con fuerza y le pedí a Dios, devotamente, que te entregara mi mensaje.

Sé que la verdad de los sueños es que tienen que ver con el soñador y no con el soñado, pero en este caso fue distinto. A los dos días, gracias a la persona menos esperada, recibí noticias tuyas. Sé que estás bien y que vas haciendo que las cosas funcionen. 

Sería un error pensar que solo fue casualidad.

 

 

Cartas de despedida

Estoy en el año 2019, te escribo desde el futuro.

Apenas ahora logro alcanzar un poco de tu nivel de madurez. Es increíble, siempre me llevaste una morena en eso. Fuiste tan importante que incluso hoy, cuando ya por fin llego a sentir que es verdad que te has quedado en el pasado, dirijo a ti mis palabras y se me pone el cuerpo raro. Estoy en la misma habitación en la que te escribía hace ¿cuántos años?

Deslizo la tinta sobre el papel y es como abrir lentamente la puerta de un cuarto a oscuras, desbordado de recuerdos tuyos, inmaculados, cubiertos por sábanas blancas, protegidos contra el tiempo. Supongo que por eso es que has dolido tanto, porque te cuidé hasta el punto de no permitirme ni siquiera a mí moverte de lugar o por lo menos tocarte. Tú lo debes saber mejor que nadie, hacía mucho que no me veías por aquí, yo no venía. Y sin embargo, aquí estabas.

Todo el que llegó a estar conmigo sintió tu presencia y debió hacerse a un lado, sin saber exactamente qué esquivaba. Para después notar que estabas por todas partes. Cuadros con tu cara, salas con tu nombre, cuentos sobre ti en la cena y en el desayuno. Y aunque aseguré mil veces que eras solo un personaje del pasado, la verdad es que estuviste más presente que ninguna otra cosa en el mundo. Pasabas sin saludar cuando había algún invitado, hacías ruido en la cocina si sospechabas que alguien quería tomar tu lugar y aparecías por las noches a recordarme tonterías, como si hubieras encontrado algún placer en verme dudar.

Mientras escribo siento como si a ese cuarto oscuro en el que te he guardado, se le abrieran las ventanas y entrara el sol, por fin. Me gusta el calor sobre mi piel luego de haber sufrido tanto frío. Entra la brisa y vuela las sábanas blancas, dejando expuestos todos nuestros momentos, tus sonrisas, los te amos que nos decíamos cada día a palabras o a silencios y esa vez en el baño del restaurante de sushi que…

No sé si mi nombre al final fue tan importante para ti como lo fue para mí el tuyo. Sospecho que sí, casi puedo estar segura. Pero de ahí a que haya durado tanto en tu memoria como tú en la mía, hay un trecho. Casi 10 años, qué suerte que no fueron 10 completos. ¿Te imaginas? una década de despecho mal disimulado. La última vez que lloré al hablar de ti fue hace tres meses. Pero no sé si fue exactamente por ti o fue por alguien que vino a revivir tu herida, a recordar que lo que no se trabaja se repite. Ya no quiero que te sigas repitiendo, de eso se trata todo esto.

¿Adivinaste qué hago? Sí, es justo lo que parece: una carta de despedida.

Me veo en la necesidad de seguir mi vida. He llegado hasta este punto de mi escrito en menos de cinco minutos, todo sale de mí como la espuma de una Cocacola agitada y luego abierta. Rápido, incontrolable. Como si hubiese estado casi diez años callando… o no sabiendo cómo decir. O quizá, precisamente, guardándote, por saber que si te dejaba salir sentiría alivio, dolerías menos y estarías así menos presente.

Ya no quiero seguir pensando en que la vida da muchas vueltas y que tal vez en una de ellas, de la forma menos esperada, estemos tú y yo: tú intentando halar y yo empujando alguna puerta de esas que abren para los dos lados y luego de la rendición forzada por dejar actuar, nos descubramos, otra vez, en una cara conocida, con una historia larguísima que contar y con la esperanza de recomenzarla.

¿No éramos para siempre acaso?

¿Por qué la última vez no volviste para decir que te había ganado el miedo, que olvidara ese impulso absurdo tuyo? -¿O mío?- Ya no recuerdo. Solo recuerdo, perfectamente, cuánto quería casarme contigo… y que te amé más allá de las columnas de Hércules. Que te habría sido fiel toda la vida y que, de cierta forma lo fui. Pero con ello no le hice bien a nadie. No a ti y no a mí, por ejemplo.

Y eso es más que suficiente.

Herrar es de humanos

Herrar de humanos

“Eso es, permanezcan ignorantes, el conocimiento trae sufrimiento, los ignorantes son más felices”, dijo indignada mi profesora de latín, luego de los resultados devastadores de un examen sorpresa.

Y yo no comprendí del todo lo que había querido decir hasta que un día, de camino a Cuyagua, por el parque Nacional Henri Pittier, vi volar una botella de cerveza desde la ventana de un auto.

“¡INFELIZ!”, fue lo que me provocó gritarle. Tal vez lo hice. Y con mi indignación llegó la lucidez. ¡Claro, a eso se refería la Heltzel! Si yo no hubiese estado enterada del daño que puede causar el vidrio en el ambiente, seguro que no me habría importado lo que acababa de hacer aquella bestia.

Y lo mismo pasa con el uso del lenguaje. Si una persona no recibe educación, no le hace ni ruidito que alguien use la palabra “haiga”. Yo me acuerdo que cuando era niña la dije una vez… pero de verdad, no la repetí más nunca. Mamá, que siempre ha sido tan dulce en sus enseñanzas, esa vez no supo disimular el horror, abrió los ojos tres veces más grandes, se le desfiguró la cara y hasta comenzó a gaguear. Incluso en una niña de 7 años “haiga” pareció un pecado.

Mucho más grave que “hubieron”, es cierto. Pero este tampoco se salva. Yo cuando lo escucho, no lo controlo. Giro la cara hacia el lado contrario, como alejándome del evento, mientras me voy convenciendo de que no fue real, de que yo imaginé todo.

Pero en el fondo, no es descabellado que nuestra mente pueda tener ese tipo de deslices…  ¿no es la lógica de la conjugación lo que nos lleva a ello?

Pensando mejor, no es que la ignorancia nos hace felices sino que creernos con mucha cultura nos va poniendo medio tontos y engreídos. Que al minuto siguiente de aprender el significado de una palabra, nos parece absurdo que el de al lado no lo sepa. Como los estudiantes de comunicación social que en el primer semestre comienzan a sufrir ataques cuando escuchan que a la publicidad se le llama propaganda.

Les voy a contar. Al comenzar la carrera de Derecho, empecé a ver “lenguaje y comunicación”, una materia que a la mayoría le parecía de relleno pero que a mí me cambió la vida. Yo había estudiado en un colegio italiano y mi cabeza se volvía un merengue cada vez que escribía en español.

¿Cuándo va la s o la z o la c, Dios mío?

Mi twitter lo abrí en 2011, cuando no tenía ni conciencia. Cualquiera que quiera buscar un poquito, va a encontrar cosas peores que horrores ortográficos.

Precisamente en esa red social hace unos días leí a una argentina indignada por lo escritores que se toman a relajo la ortografía, los consideró ofensivos y faltos de compromiso.

Tal vez no sea para tanto, digo yo.

La escritura ya está bien acostumbrada a los juegos de palabras, a los cambio en el lenguaje y a las aceptaciones de la Real Academia, de manera que dudo mucho que se ofenda con facilidad.

Porque en esencia, veo que la escritura es alcahueta y complaciente. Disfruta de permitirnos hacer lo que nos dé la gana. Como una madre que deja a sus niños con lápiz y papel para que se queden quietos, absortos, distraídos. La escritura es libertad amable y pura que nos vuelve dioses, capaces de crear el mundo en siete días, dos noches o una línea.

Tal vez entonces, la única manera de ofenderla sería el pretender ponerle riendas para encarrilar sus andanzas, estableciendo parámetros que no tiene, marcando pautas que no quiere, disminuyendo su oxígeno.

Los errores nos ofenden solo a nosotros, por algún motivo. Nos escandaliza y nos volvemos arrogantes. Así pues, nuestro conocimiento nos hace infelices.

Cada vez que abrimos los ojos de forma desproporcionada, cuando nos reímos bajito en complicidad con nuestra superioridad imaginaria, cuando no admitimos que, la verdad, es que pudo pasarnos lo mismo, creamos jaulas.

A los errores hay que empezar a darles un mejor trato. No solo aceptarlos sino también quererlos, mirarlos con cariño, invitarles el café. Porque la vida sin errores es aburrida. La vida sin errores no aprende. La vida sin errores no avanza.

Y porque, definitivamente, herrar es de herreros y también de humanos, se los digo yo, romántica empedernida que mil veces pedí perdón por mis herrores, a puño y letra sobre papel.

En busca de sentido

vela

“El propósito de la vida es una vida con propósito”.

Dudé sobre la conveniencia de publicar un Sari hoy. Estos días han sido de muchísima lectura y, por supuesto, también de escribir. Sin embargo, mis escritos han sido reflexiones personales. Ni cuentos, ni artículos, ni poemas.

Al igual que todos, he estado viviendo mis propias batallas… también tengo una historia en medio del apagón nacional que tanto caos ha causado en Venezuela y sí, en su momento pensé contarles mi experiencia; tal vez lo haga más adelante pero no hoy. Hoy no tengo ganas de llenar más líneas con las palabras miedo, incertidumbre, impotencia o tristeza. Solo lograría desahogarme, algo que si bien ayuda, no está dentro de mis objetivos actuales.

Me gustaría más bien hablar de otra cosa. O, mejor dicho, lo que quiero es compartir con ustedes, fragmentos de un libro al que acudí con la esperanza de encontrar respuestas. Su título es “El hombre en busca de sentido”, su autor, Viktor Frankl, un médico psiquiatra que estuvo prisionero, durante la Segunda Guerra Mundial en Auschwitz.

Se me hace necesario contarles el contraste de emociones que experimenté, antes de decidir buscar el libro.

La mañana del jueves, antes del apagón, yo estaba -de regreso a Caracas- recorriendo los maravillosos paisajes de Mérida. Por el Páramo, veía montañas altísimas, divididas en porciones de terrenos cuidadosamente trabajados. “¿Cómo llegan tan arriba?” me preguntaba. El sol estaba radiante y casi tan feliz como yo, que me sentía afortunada de poder presenciar tanta belleza, de haber sido merecedora de la confianza de esa vendedora de ajos que aceptó como moneda de cambio la palabra de una pronta transferencia y por haber podido llevar de un pueblito a otro a una anciana desconocida.

Y todavía hay quien me pregunta por qué sigo en Venezuela, pensé.

Desde hace meses he estado construyendo día tras día un proyecto que me tiene llena de amor por el futuro y que en Mérida, gracias al buen servicio, a la amabilidad y al trabajo constante -a pesar de todas las adversidades- vi más posible que antes. Un propósito de vida.

Pero entonces, cuatro días de luz intermitente, de señal casi ausente, de no poder comunicarme con mi abuela, sin saber qué va a pasar, cuánto va a durar, me llenaron de dudas. En las redes sociales encontré más realidades, infinidad de historias que probablemente ustedes ya conocen o vivieron y no voy a ser yo quien se las vuelva a contar. Como les dije, mi objetivo es otro.

A cada extracto que tomé del libro, por considerarlo relevante, le hice una pequeña anotación. Lo que quiero es que lean lo que dice Frankl y ustedes mismos saquen sus propias conclusiones. Es posible que les sirva a encontrar algún sentido, si acaso lo están buscando.

La libertad interior

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino. Y allí siempre había ocasiones para elegir. A diario, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo”.

Encuentro similitudes con todo lo que ha ocurrido en Venezuela durante estos días de oscuridad, en los que nos convertimos en prisioneros de las circunstancias, teniendo así la oportunidad, de conocernos con mayor profundidad.

En el campo de concentración estaba el que intercambiaba un plato de sopa por un cigarro y aquí el que cobra dólares por guardar medicamentos en una cava. Dicen que mientras unos lloran otros venden pañuelos y que todo lo ocurrido responde a las reglas del libre mercado. Todo cierto y sin embargo, el hombre debería saber distinguir en su interior, cuándo es tiempo de secar lágrimas sin ningún tipo de recompensa económica.

Por suerte yo he sido testigo presencial de la mejor parte de la libertad individual (desde mi perspectiva): amigos que se ponen a la orden, personas que han guardado comida gratis, apoyo.

Juguetes del destino

“La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba, era esta otra: ¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en absoluto la pena de ser vivida”. 

Confieso que el mayor tormento de todos estos días ha sido no saber cuánto durará la falta de electricidad, de comunicación, de actividad comercial, de trabajo en normalidad. El inventario mental de la comida disponible, de los recursos económicos.

Al igual que el autor, considero que si no llegara a encontrarle un sentido a la experiencia de vivir en este país y precisamente en esta época, entonces habría sido un error no haber emigrado. Serían ciertas las palabras tantas veces escuchadas “estás perdiendo tu juventud”. Hace varios meses que he encontrado el verdadero sentido y lo tengo como escudo contra los días grises. No obstante, en estos días que han parecido de cautiverio, de locura, de fin, he titubeado, más de lo que me gustaría admitir. Por eso busqué el libro. Y también El diario de Ana Frank. Y mis propios escritos en los que me advierto sobre momentos como estos.

Y por eso elijo compartir con ustedes y decirles, que por más caos que se encuentre, hay que asumir la libertad y el derecho de poner la mente en calma, porque solo nuestra mente puede sacarnos de las situaciones más adversas.

Es posible que la situación en sí no tenga ningún sentido, o que en todo caso, por su atrocidad, sea demasiado complejo verlo. No obstante, como individuos podemos encontrarle un sentido en nuestra propia vida.

Análisis de la existencia provisional 

“Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo”. Nietszche

“En última instancia, los responsables del estado de ánimo más íntimo del prisionero no eran tanto las causas psicológicas ya enumeradas, cuanto el resultado de su libre decisión. La observación psicológica de los prisioneros ha demostrado que únicamente los hombres que permitían que se debilitara su sostén moral y espiritual caían víctimas de las influencias degenerativas del campo. (…) El hombre que se dejaba vencer porque no podía ver ninguna meta futura, se ocupaba en pensamientos retrospectivos. En otro contexto hemos hablado ya de la tendencia a mirar al pasado como una forma de contribuir a apaciguar el presente y todos sus horrores, haciéndolo menos real. Pero despojar al presente de su realidad entrañaba ciertos riesgos”. 

Parte de encontrarle sentido a nuestra existencia en este contexto, es conocer su importancia y repercusión en nuestro futuro. De tal manera dejamos de ser simples víctimas y asumimos la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos, con nuestro entorno, con la vida. En la medida que asumimos el presente, podemos realmente ser parte de la construcción del futuro.

La evasión del presente mediante la evocación del pasado, es frecuente entre los ancianos que viven el famoso mito de la edad de oro y se regocijan con los recuerdos de su juventud. Sin embargo, en Venezuela, a diario, personas de todas las edades se pierden en la añoranza de tiempos pasados que, en no pocas ocasiones, solo les han sido contados.

Ocurre algo parecido con venezolanos que se han ido del país y son incapaces de disfrutar los beneficios por los cuales se fueron, por vivir atados a los acontecimientos del lugar que dejaron.

Entre vivir en el pasado y estar en un limbo no parece haber mucha diferencia.

Finalmente:

“El último día que pasamos en el campo fue como un anticipo de la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado de la Cruz Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y que no se iba a evacuar el campo; sin embargo, aquella noche llegaron los camiones de las SS trayendo orden de despejar el campo”.

Con todos los acontecimientos de los últimos días es probable que muchos de nosotros hayamos pensado que contamos los pollitos antes de nacer, que nuestra alegría, con respecto a lo que está por venir, fue anticipada.

Pero ahora, al igual que hace solo unas semanas, nos hará mucho mejor creer que, definitivamente, vamos a salir en libertad.

 

 

 

 

 

 

Pasos

Pasos
Manifiesto poético inspirado en la frase “la más larga caminata comienza con un paso”. 
Ahora que al ver atrás reconozco su importancia, pido disculpas a aquellos primeros pasos mal juzgados e incomprendidos. Puedo entender, desde aquí, lo que fueron; su silencioso aporte en la construcción de este presente.
Un primer paso, de nuevo, y esta vez los que sigan, no serán ciegos. La estrella en mi pecho les alumbrará el camino. Ellos me llevan.
¿A dónde voy?
El lugar se me aparece en los sueños cada noche. Lo he inventado yo, eso es seguro, aunque no sepa exactamente cuándo. 

¿Fueron mis pisadas de antes las que hicieron el sendero? (Da gusto sentir que -después de todo- solo sé seguir mis propios pasos).

Van en silencio, en plena madrugada -uno primero, luego el otro- casi en secreto, por conservar la magia.

Puro polvo en el trayecto, de momento.

Pero el final ya lo he visto y es mi única salvación. Voy hacia él, me agarro de la tela de sus velas desde ahora, desde estas primeras tormentas. 

El mar que me acelera el paso, me lo trunca.

Pero Mar, tú me conoces: nada que hacer, ya me he empeñado.

Subiré al cielo y bajaré al infierno cuántas veces sea necesario darle la vuelta al mundo. 

Daré el siguiente paso aunque ya estos zapatos me lastiman.

Seguiré caminando también cuando los lobos del pasado reclamen mi cuerpo y los buitres me respiren cerca, adivinando un inminente tropiezo.

Seguiré.

Lanzaré al suelo los sueños que me vendieron,

son tan pesados

ya no los quiero.

Una por una me arrancaré las plumas que me regaló ese extraño,

me lavaré el pegamento de la piel,

¿para qué lo necesito?

Y aunque se haya adherido tanto,

que arrancarlo cause daño, lágrimas, dolor y sufrimiento,

seguiré con la piel herida,

con las lágrimas ardiendo en mis rotos,

hasta que el agua del cielo me limpie y me sane con las lecciones aprendidas,

con los miedos ya donados,

con la sangre pura.

Retomarán el brillo mis ojos marrones,

miraré al frente, sabia, fuerte y poderosa,

y me dolerá de adentro hacia afuera,

y me quedaré sin fuerza,

sin aliento,

otra vez sin nada.

Y de la nada nacerán mis alas,

mis pequeñas alas,

mis grandes alas.

Entonces podré, por fin, alzar mi vuelo.

Gracias, Tierra, por permitirme volar a través de cada paso.

Déjame andar

Dejame andar
Déjame andar
que   yo  siempre   he   sido   libre
Por influencia astral
o por la de mi madre
tal vez por haber crecido
nómada
la maleta mal guardada
lo sabe
el movimiento es mi estado.
Saltar líneas de frontera
___________________
una rayuela
           estoy aquí
               ahora
                                                      y más allá
                                                       después
                      irme y volver
volver sin irme
ganar ganar
porque el premio es el camino
el paisaje es mi hogar,
no tengo casa
pero las nubes almohadas protegen mis sueños
                       …
        Cabello   al   viento
velocidad que arrulla
                      calma en movimiento
y tú
no entenderás lo que digo.
Pensarás de mis palabras que te alejo
lo juro
nada quiero menos
mi punto es
que mientras más me sueltes
más me tienes.

¡Vamos bien, Venezuela!

 

bandera_de_venezuela

“Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando la virtud y honor.”

Apenas escuchaba el inicio de este coro, me sabía casi fuera de peligro de ser encontrada.

Miraba a Andrea, mi fiel compañera en esta clase de aventuras, sonreía y soltaba el aire contenido en los pulmones con el fin de evitar cualquier señal de vida que pudiera alertar a los agudos oídos de Aidé, una bedel con complejo de perro policía, chismosa como nadie, incapaz de guardar un secreto.

Ya me había llevado ella misma a la dirección en infinitas ocasiones y bien poco le habían importado mis ruegos desesperados:

-¡no vayas a decir nada, por favor, Aidecita!

-Si no te llevo, me botan, decía. 

Puras falacias de brujas.

El himno nacional de Venezuela debe ser uno de los más largos del mundo. Pero no era por eso que me escondía para no cantarlo.

A las siete en punto comenzaba la formación y yo corría despavorida huyendo de las miradas de los profesores. -Sé que más de una vez me vieron sin decir nada, eran mucho más leales que Aidé-. Me ocultaba casi siempre en los baños pero también llegué a quedarme agachada detrás de los cauchos de los autobuses amarillos, largos y viejos que hacían de transporte escolar. En silencio pero con la respiración agitada y la sangre caliente de pura adrenalina a pesar del frío matutino. Nada más efectivo para sacarse el sueño del cuerpo.

No sé si en todos los países sea obligatorio cantar el himno antes de entrar a clases.  Y nosotros, para más, cantábamos el himno de la alegría también. Como 10 minutos menos de clases, en total, eso era lo bueno. Sobre todo cuando a primera hora teníamos latín o matemática.

No me pregunten por qué me escapaba que de verdad no lo sé.

Yo no sentía aversión a estar en fila, en el patio, frente a los profesores, moviendo los labios, simulando que seguía la letra, nada de eso. Era más bien que me gustaba sentir que me fugaba. Quizá era Aidé quien le ponía toda la emoción al juego, como un tiburón rondando un cardumen.

“Letra de Vicente Salias y música de Juan José Landaeta”. Me viene automático. Es posible que si me preguntan quién fue Vicente Salias,  de buenas a primeras, responda “no sé”. Pero al escuchar el himno, lo digo mentalmente, es fijo, como si fuera un eslogan. Incluso puedo escuchar la educada voz gruesa y firme que lo introducía en los desfiles  militares del 5 de julio.

Viéndolo en retrospectiva, el himno hasta me gustaba. Recuerdo las mañanas de colegio con cariño. Y se me viene a la cabeza, como si fuera todo parte de una misma cosa, esa melodía, “Gloria al bravo pueblo” y luego una empanada de queso en el desayuno con una malta. Y el alboroto con los amigos.

Pero nunca pensé con tanta seriedad en el grado de importancia que tenía escucharlo y cantarlo al comenzar un día de clases.

Lo supe hace 12 días, el 23 de enero de 2019, cuando acudí a la juramentación del Presidente Interino de Venezuela, que se llevó a cabo al amparo del artículo 233 de la Constitución Nacional, el cual establece que el presidente del parlamento asumirá la primera magistratura en caso de que haya falta absoluta en dicho cargo. Esa falta absoluta se verificó el 10 de enero, cuando llegó a su fin el período presidencial de Nicolás Maduro, sin que se hubiera realizado previamente un proceso electoral que obedeciera a los más básicos principios democráticos.

Juro asumir formalmente las competencias del Ejecutivo nacional como presidente encargado de Venezuela para lograr el cese de usurpación, un gobierno de transición y tener elecciones libres”.

Estas fueron las palabras de Juan Guaidó, una cara para mí -y para la mayoría- desconocida hasta el 5 de enero, día en que se juramentó como Presidente de la Asamblea Nacional. Es posible que su alocución no haya durado 15 minutos, no gritó ofensas ni amenazas pero sus palabras fueron contundentes y esperanzadoras.

Con la mano derecha alzada al cielo, a toda voz, desde el fondo del alma, sintiendo cada vocablo, entendiendo (¿por primera vez?) el significado de las estrofas, cantamos con él el Gloria al Bravo Pueblo; la piel erizada y la sangre en las venas como un río crecido.

Gritemos con brío, muera la opresión, compatriotas fieles, la fuerza es la unión.

Éramos todos parte de algo, de la transición, del cambio. A mi alrededor estaba la historia haciéndose de nuevo.

Y si el despotismo, levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio.

Yo estaba inmersa en ella.

Se invirtieron los papeles: no fingí cantar, lo hice con toda la voz que tenía. Qué bueno que a fuerza de escucharlo cada mañana, en fila frente a los profesores o escondida en los baños, El Himno se coló hasta mi inconsciente, como al del resto, y ahora salía airoso, en el momento necesario, cuando los valores que defiende se encuentran más pisoteados que nunca.

Cambió el orden de los factores: no corrí antes del coro, como hacía en el colegio. Corrí después. Pero con miedo de verdad.

Ya no era Aidé quien me perseguía sino el rugido infernal de las motos de los guardias, mientras escuchaba las detonaciones de los lanza bombas. Se acercaban subiendo por ambos lados de Plaza Francia. Sentía pánico de mirar atrás y verlos a punto de agarrarme.

Cambió el sonido. Se regresaron.

Entré al estacionamiento del edificio Altamira con más gente. Me dejé caer al suelo para respirar mejor, ahogada, con las lágrimas ardiéndome en la cara, pensando todavía en lo que hubiera podido pasar si me atrapaban, dejando pasar tiempo mientras se calmaban las cosas, por consejo de un muchacho que estaba a mi lado, encapuchado y con una voz horrible.

No me extrañó para nada enterarme de que le decían “pollo ronco”, pero lo que él me contó sí que me dejó desajustada: en las manifestaciones del 2017 fue capturado y torturado por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional al punto de quedar estéril por toda la electricidad que descargaron en sus testículos.

Querían repetir las cosas pero las cosas, esta vez, eran diferentes.

Muchos países se pronunciaron reconociendo a Guaidó como presidente interino. Los venezolanos en el extranjero salieron a las calles de sus países de acogida, haciendo que Venezuela estuviera en las noticias de todo el mundo.

Y al día siguiente, el aire que se respiraba era de libertad.

El cielo impregnado de sol y de azul relucía. Al salir a la calle recordé todas las veces en que me aferré a esa belleza para mantenerme fuerte, repitiendo mentalmente las palabras de Ana Frank que una vez leí en su diario: mientras exista este sol radiante, este cielo límpido, y mi corazón lo sienta, habrá motivos para ser feliz.

Ni el lector más agudo podría entender el significado real de esas palabras viviendo en condiciones normales. Yo comprendí las letras de Ana y a su vez ella pudo entenderme a mí mejor que nadie.

No hay duda de que todos los regímenes autoritarios parten de un mismo núcleo, aunque pregonen ideologías diferentes.

No sé cuántas veces he tenido miedo de no poder ver el fin, como ella.

Ahora, en este febrero de 2019, el fin se ve mucho más cerca… tal como lo estaba en aquel febrero de 1945 en el que murió mi niñita escritora en algún campo de concentración.

No ha llegado, es verdad. Falta. Y los expertos dicen que vienen momentos duros.

Pero es febrero y vamos bien, vamos muy bien, Venezuela.

Antes del fin

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Abrí la puerta del copiloto, bajé del auto y al caminar hacia el edificio donde vivo, escuché, detrás de mí, el motor de una moto y una voz de mujer que me obligó a voltear, exigiendo que le entregara mis cosas.

Giré y encontré a dos personas uniformadas, eran policías. Que le diera el maletín, me repitió aquella. 

A pesar de pensar en todo lo que estaba perdiendo -la computadora, el teléfono, los documentos-, reaccioné de la forma correcta: hice exactamente lo que se me pedía.

Un paso hacia adelante a la vez que extendía el brazo izquierdo con pensada calma, y entregué, esperando que, al obtener lo que querían, se fueran. Pero no ocurrió así.

Apenas estuvo en posesión de mis cosas, sonriendo, en un delirio del triunfo que da el poder cuando se mezcla con el resentimiento, la mujer policía me disparó.

Sin embargo, no lo hizo de inmediato. Antes de eso, del disparo, quiero decir, antes, eligió jugar. Con el arma en su mano derecha, me apuntó. Supuse que buscaría mi corazón y esperé. No vi la vida pasar en un segundo ni nada. Solo fue un vacío en el pecho o tal vez una presión, anticipando el ardor que causaría la bala.

No llegó.

Cambió de objetivo. Comenzó a pasear -de forma calculada- el ojo del cañón por mis piernas, -¿rodillas?- pensé en los patines. Bajó más y subió rápidamente, sin presionar el gatillo, gozando el placer de ver el terror en mi cara.

Escuché el disparo.

No sentí mucho pero intuí que algo caliente bañaba mi cabeza. Comprobé con las manos y se llenaron de sangre: estaba herida. Pero la bala me rozó solamente. Seguía viva… ¿porque lo quiso Dios o porque así lo quiso ella?

No acabó del todo conmigo, prefirió atentar contra mi fe, matarme de impotencia.

Se fueron.

¿Quiénes eran? parte del cuerpo de seguridad. ¿Qué podía yo hacer contra ellos?

Nada.

¿Vale la pena seguir creyendo que se puede continuar trabajando por Venezuela, sabiendo que el precio podría ser la propia vida?

Me hice esta pregunta al abrir los ojos y asegurarme de que había sido una pesadilla.

Hay noches en las que los sueños se confunden con la realidad… y hay realidades que no guardan diferencia con las noches más oscuras. ¿Son recreaciones o visiones? 

En cualquier país del mundo mi sueño sería digno de análisis. ¿Pero aquí? en Venezuela no tiene nada extraño, no es absurdo, su origen es muy claro. La escena fue normal.

¿Qué hay de raro en que una policía me haya robado y haya decidido disparar solo porque quería? Dentro de estas fronteras yo podría contarlo como un hecho de la vida real, sin encontrar mayor escepticismo.

Vuelvo al punto.

¿Por qué decidí permanecer en un país del que tantos se han ido? ¿Qué me tiene en Venezuela todavía? ¿Será que en el fondo me resulta atractivo ese cincuenta por ciento de riesgo de no llegar a contarlo? ¿O es precisamente para contarlo que sigo aquí?

“¿Cómo ha sido vivir en Venezuela?”

Hay tantos que no lo saben. Y los que lo saben no se han enterado por mí. Mis escritos, hasta ahora, han evadido -casi siempre- la realidad cotidiana, agarrándose, como si fueran lianas, de momentos gratos. He querido que mis letras sean, por lo menos tres minutos de luz, de distracción, de claridad.

No obstante, ahora que comienzo a sentir en el cuerpo una sensación de cambio -díganme ingenua si quieren, pero yo el 24 de enero en la mañana amanecí respirando democracia, y hasta ahora nada me saca ese aire fresco de los pulmones- empiezo a creer que viene siendo hora de tratar otros temas. Porque haber estado aquí todo este tiempo no debería pasar por debajo de la mesa. 

Yo también tuve el impulso de agarrar maletas y despedirme de esta tierra sin ley, peligrosa y casi estéril de oportunidades honestas. Tuve planes, tuve opciones. Pero, por otro lado, tuve la sensación profunda -¿intuición? – de que si me iba, me alejaba de mí. Que dejaba algo importante o perdía una oportunidad más grande que todas las posibilidades que pudiera ofrecer una economía estable.

Quizá el placer de conocerme hasta el fondo, la valentía de asumir el reto de nacer en Venezuela en el momento histórico en que nací. No durante la bonanza de la que tanto se habla ni después de una dictadura maldita, sino justamente entre una cosa y otra, en el medio, en los años infernales de no tener respuestas. En el calor del momento destinado a ser historia pero que entonces, no lo era -no lo es- y solo era eso, un momento, una incertidumbre: una pregunta ¿estoy haciendo lo correcto? ¿estoy botando la vida en un lugar que cada día se vuelve más gris? en una ciudad desactualizada, sin luces, sin agua, llena de peligro, de indigentes, de viejos comiendo de la basura.

De censura, de cadenas en radio y televisión en las que solo se daban noticias falsas y análisis absurdos, de descaro, de arbitrariedades.

Esto también ha sido vivir en Venezuela.

¿Quieren que diga más?

 

 

 

Una vez en Londres

london

¿Qué habría hecho Shakespeare con Romeo y con Julieta si hubiese existido el teléfono celular en aquel momento? Si uno lo piensa, con que alguno de los dos enviara un mensaje de texto, quedaba eliminada la mitad de la historia.

La tecnología ha facilitado la vida de millones de personas -es innegable- y ha evitado un sinfín de tragedias, pero no se puede dejar de reconocer que la falta de ella también llega a tener una adrenalina encantadora.

Pensaba en esto mientras lo esperaba frente a la puerta de la estación de trenes, sin maneras de saber si llegaría. ¿Lo haría? Yo le había escrito un mensaje diciéndole que nuestro tren a Londres saldría el sábado a las ocho de la mañana y él respondió que estaría a la hora… pero si se le hubiese presentado un inconveniente, no había forma de que me avisara.

Cuando hace frío y no se tiene más nada que hacer, la mente se va y regresa y termina viendo señales donde no hay nada. Que cómo iba a ser casualidad que siendo el mundo tan grande, nos conociéramos en una callecita de una ciudad tan pequeña y que, viniendo ambos de continentes distintos, pudiéramos hablar el mismo idioma sin problemas. Y también esto otro: que la primera vez que salimos juntos era la despedida del rubio, su amigo, el cual, al regresar a Milano, le dejó como regalo su bici y eso era perfecto porque podríamos salir a pedalear en cada atardecer del futuro.

“¿Tú por fin tuviste algo con él?”, me preguntan los curiosos de confianza cuando les cuento que ese día, en mi bolso para el viaje metí dos almuerzos y dos meriendas. Fue un gesto lindo de mi parte. Recuerdo que una vez, en el colegio, yo estaba sentada en las gradas, debajo de la estatua de Agustín Codazzi, y alguien llegó con una galleta para mí y me dijo: ¿no te parece que compartir la comida es la mayor demostración del amor?

Me alegré al verlo llegar, en el límite del tiempo. “Traje almuerzo para los dos”, le dije. Casi se detuvo para mirarme, con una sonrisa incrédula, y respondió: yo hice lo mismo.

¿De qué hablaríamos en el viaje? fue rápido. Probablemente le conté sobre el libro que estaba leyendo por esos días, Los Pilares de la tierra, de Ken Follet. Lo había elegido al azar de mi biblioteca, antes de salir al aeropuerto y resultó estar ambientado precisamente en Inglaterra. 

Llegar a Londres me hizo entender que de verdad viajar con Rino era lo mejor que me había podido pasar. Si me perdí en Cambridge, Londres habría acabado conmigo. El subterráneo era un monstruo gigante, con infinitas rutas y yo carente de inteligencia espacial. Y pensar que en mil ochocientos y pico un médico londinense salvó a miles de personas de una epidemia de cólera con solo un mapa de la ciudad. Notó que las zonas afectadas por la enfermedad se surtían de la misma fuente y fue algo tan fácil como girar una manilla y frenar las muertes. 

Qué lugar tan increíble. La energía que se sentía, era como si hablara, decía: si vivieras aquí, serías feliz incluso sola. Es que el ambiente tenía un aura de independencia que eliminaba cualquier complejo. La diversidad era la norma, no se imponía el deber ser. Era fácil imaginar cómo pudieron esas calles ser tierra fértil para el nacimiento de la más grande protesta en contra de las limitaciones de la vida burguesa que llevó a tantos hippies a vivir una experiencia de liberación nunca antes vista.

A orillas del río Támesis, recordamos las ratas gigantes del Tíber y, como me conozco, seguro se me ocurrió contarle que en 1666 -¡susto!- un gran incendio, supuestamente ocasionado por el descuido de un panadero, calcinó buena parte de Londres.

Y, probablemente, imaginé paseando, por la misma acera que pisábamos nosotros, a Oliver Twist, descalzo y andrajoso, sin saberse heredero de una millonaria fortuna. Leer llena la vida de sentido. Incluso una simple pared puede dejar de ser solo cemento y piedra, cuando hace parte de una buena historia.

Me sentía feliz de estar con Rino. Me hacia fotos y respetaba los silencios, no abarrotaba con palabras el espacio. Disfrutaba, como yo, de las pequeñas cosas: de los intocables cisnes propiedad de la reina, de las ardillas en las ramas y del obsequio providencial que era tener un cielo azul por todo un día, -siendo que el gris es el color reglamentario-.  

-“A ti te gustaría mi país, tú eres italiano. Venezuela está llena de italianos que llegaron por la Guerra y se quedaron allá, enamorados”.

– “Te visitaré pronto en Caracas, entonces”. 

Un semáforo nos obligó a parar antes de cruzar la calle. Parecía mentira que era apenas la tercera vez que nos veíamos y resultaba así de natural estar juntos. Increíble que de pedir una dirección en Cambridge, surgiera la mejor compañía para un viaje a Londres. “Qué agradable es” -pensaba yo- “Qué suerte haberlo encontrado”.

Y mientras tanto, él también pensaba alguna cosa, seguro. No creo que sea verdad eso de que los hombres pueden simplemente estar sin pensar en nada.

Uno al lado del otro, esperando el cambio de luz. Y al parecer, en su mente lo hubo.

Alcé la cara para saber qué quería, pues le escuché decir mi nombre. Con los lentes que aumentaban el tamaño de sus ojos y las tiras del bolso sobre los hombros, parecía un niño bueno. -“Dime”, respondí. Y en ese momento se lanzó sobre mí para ¿darme un beso? 

Hice un movimiento tan rápido, apartándome, que yo misma quedé impresionada. Matrix. No sé cómo no se me partió la columna al doblarme hacia atrás.

Por su expresión pude adivinar que esperaba una reacción totalmente distinta.

Mi dispiace.

Italy

italy

“Resiste, no digas nada, no escuches tampoco”, me decía mentalmente mientras ellos hablaban; se preguntaban cosas cuyas respuestas yo sabía o también quería conocer y lo peor, hacían chistecitos de esos tontísimos que cuando debes guardar silencio te matan de risa. “No te rías, concéntrate en otra cosa”. ¿En qué? Imposible no estar en la conversación; éramos solo tres en aquella sala, sentados alrededor de una misma mesa, esperando a que llegara alguna autoridad del instituto a darnos indicaciones.

“Este diccionario está solo en inglés, ¿cómo hago si quiero saber la traducción? Y qué comemos hoy, en este país la comida fa schifo, viste que son cochinos, yo no voy a usar el baño de esa casa hasta que no lo limpie completo, por cierto, tenemos que ir a comprar productos de limpieza, Cesare”. – Se llamaba Cesare el más joven. Era como de mi edad, tal vez un poco menor, ¿veinte años? “Va be’ papa, è un’ altra cultura, pazienza“. -Era el papá. Alto, fuerte y con cara simpática, infantil casi, agradable. Me cayó bien a primera vista-.

-Ok, pero tenemos que encontrar un lugar decente donde comer, il fish and chips io non lo mangio più. -“Yo ayer conocí un restaurante de unos sicilianos donde hacen unas pizzas buenísimas”, -rompí mi voto de silencio y sus caras de sorpresa me causaron gracia-. ¿Hablas italiano? -“Sí, si quieren los llevo y almorzamos juntos, está cerca”. -Nunca me ha gustado comer sola, la comida sin compañía pierde el 90% del gusto-.

-“Piacere sono Daniele e lui è mio figlio Cesare“.

Desde que salí de Caracas tuve la firme intención de no entablar conversación con otros latinoamericanos o españoles, por el tema del idioma. La idea de viajar a un país anglosajón era precisamente aprender inglés. Pero nadie me dijo que Cambridge era una especie de moderna colonia italiana. 

Iba llegando a la entrada del edificio, a las doce del mediodía, como acordamos, cuando vi que Daniele se dirigía hacia mí con la satisfacción de haber encontrado justo a quien estaba buscando. “Fernanda, tienes un Romeo esperando por ti afuera”. -Qué dices, yo aquí no conozco a nadie-. Abrí la puerta y no lo pude creer, era absurdo y divertidísimo que fuera él. Rino. ¿Cómo me encontró?

Ciao.

El día anterior había sido mi primer día en Inglaterra y salí a dar una vuelta para conocer. Estaba en un país seguro y en una ciudad pequeña, no problems. Omití de forma consciente comprar la tarjeta sim para el teléfono, así que solo podía usar internet cuando estaba bajo la sombra de un wifi ya registrado o libre, por lo que, no teniendo a disposición google map, la dueña de la casa en la que me hospedé, me regaló un mapa de Cambridge y me señaló con marcador rojo mi nueva dirección. Ojalá hubiese sabido leer mapas.

Qué tanto, no podía ser tan difícil volver.

Salí confiada y me encantó cada cosa que iba encontrando a mi paso. Era como si se hubiese hecho realidad aquel viejo sueño de ver llegar la carta de bienvenida al colegio de magia y hechicería, Hogwarts. Todas las callecitas me sumergían en el mundo de Harry Potter y casi tenía la certeza de que si entraba a alguno de los negocios del centro alguna persona misteriosa me diría cuál era la varita que yo necesitaba.

Por otro lado me resultaba excitante el hecho de tener tantas culturas, tantos idiomas, tantas costumbres a mi alrededor. En un espacio de cinco metros, asiáticos, pelirrojos, negros y como los buscaras. Además, el arte, la música emergía de todas partes, en una esquina un guitarrista, en la otra una cantante y más allá un malabarista experto.

Así es que el mundo se convierte en un lugar realmente fascinante.

Solo que, de un momento a otro, las callecitas fueron quedando con menos gente y ahora no encontraba diferencia entre una y otra, ¿dónde estaba? Me sentía como un pollo sin cabeza, sin saber a dónde ir. El cielo comenzó a adoptar un tono gris panza de burro -usando la paleta de colores de Vargas Llosa-, el sol se iba escondiendo y ya podía ver mi sombrita proyectada por los faroles sobre las paredes de piedra. -Meu-. Qué susto, los gatos siempre aparecen cuando más solo se está.

Era una señal, había que preguntar a quien fuera, tarea que no parecía sencilla con el papiamento de inglés que manejaba.

Vi a un grupo que se acercaba por la acera en dirección contraria a la mía, aceleré el paso y nos encontramos de frente.

Hi, can you tell me how I get to this place?” – Señalé el punto rojo en el mapa.

-What? dijo el de lentes –Vuole sapere un indirizzo, aclaró el rubio.

“¿Ustedes son italianos?”, pregunté. –Yes, y comenzó la explicación. “Dímelo en italiano, por favor”. – Ya tendría tiempo para practicar mi inglés en otro momento, por ahora solo me interesaba saber que no pasaría la noche a merced del viento y de los gatos. -“Sei romana? quiso saber el de lentes y le dije que no, pero que había vivido un tiempo en Roma y de ahí el acento.

Ok, facciamo una cosa, hoy tenemos la despedida de mi amigo -abrazó al rubio- y vamos a tomar unas cervezas en un pub cerca de aquí. Yo soy Rino y ella es Cristal, si vienes con nosotros, después te llevo hasta la puerta de tu casa, che dici? -Va bene.

Esa fue la primera y la última vez en mi vida que rechacé una cerveza, tenía que estar totalmente consciente. Acepté acompañarlos pero dije que no bebía alcohol por religión y nadie insistió en que fuera contra mis creencias, cosa extrañísima cuando uno viene de Venezuela. Finalmente, tal como me prometió, Rino me llevó hasta mi casa. Pensé que era un ángel enviado por Dios. San Rino. 

“¿Cómo llegaste?”, le pregunté luego del saludo. -“Ayer me dijiste que estarías aquí, estaba esperando que salieras pero ya me tengo que ir. Dame un número para comunicarme contigo”.

-“Mañana voy a la estación del tren a comprar un pasaje a Londres para el fin de semana, ¿quieres ir?”, fue mi respuesta y me dijo que sí inmediatamente. Rápido buscó en sus bolsillos y sacó dinero: ten, para que compres mi ticket. Luego se fue porque tenía clases. 

El almuerzo en el restaurante siciliano estuvo a la altura del exquisito paladar de Daniele, por suerte. Quedó satisfecho con mi recomendación, algo que parecía poco menos que imposible. Se despidieron y yo me fui a reposar en la gramita del parque St. Matthew.

El día estaba soleado pero fresco así que más gente tuvo la misma idea. Me dediqué a observar mi entorno, jóvenes con botellas de alcohol en las manos, niños, perros, árboles, deportistas, una chica que preparaba un cigarrillo cerca de mí. Y detuve la mirada.

Ya sabía que aquello era algo usual allá. En vez de adquirir las cajas -más costosas por los altos impuestos- muchos prefieren comprar el tabaco y el papel y hacer cigarritos artesanales. Quise ver cómo los hacía; no había nada más interesante.

¿Quieres uno?”, notó que la miraba. -No, gracias.

Pero busqué más conversación porque por fin estaba hablando inglés con alguien a un ritmo conveniente. Le hablé de eso precisamente, del motivo de mi presencia en la ciudad. Ella estaba allá por la misma razón. Ya había aprendido mucho, llevaba seis meses en Cambridge. Sin embargo, constantemente hablaba su propio idioma porque había encontrado muchos paisanos, incluso conocidos suyos, simpáticos todos, de hecho en la noche iban a jugar billar y si yo quería podía ir con ellos.

-Really? Why? Where where are you from? 

-Italy.

Fiesta de Carnaval

carnaval

A quién se le ocurriría comenzar a hacer esa competencia macabra.

Es una tradición vieja, me parece, y antes quizá tenía mucho sentido porque, siendo la mujer un adorno, por fuerza de ley tenía que, por lo menos, ser agraciada.

Y con todo y eso, a las más hermosas tampoco les faltaba quien les dejara claro que si no sabían atender los oficios de la casa, ningún hombre las toleraría en su hogar una semana.

Habría nacido yo bien fregada entonces. Hace dos meses que vivo sin mi madre y he bajado ya 7 kilos y repito la ropa para no planchar dos veces. Hacer el almuerzo del día siguiente es mi nuevo emprendimiento pero ni media receta sigo.

¿Y bonita yo? nunca lo he sido del todo. Pero Maga dice con afecto que soy risueña y apasionada, que también es bueno, y ni yo misma he dejado de notar que mi compañía resulta gozosa. Debe ser porque los acuarianos somos como el blue jean, todo el mundo necesita por lo menos uno en su vida. Supongo entonces que por eso a veces me rodea un aura de lindura que engatusa a cualquiera. Y me salvo. Dicen que Dios no deja a nadie desamparado. Es verdad.

Ni me acuerdo bien de cómo era que me llamaban en aquellos tiempos, ha pasado un bojote de años ya. ¿Cuántos? 

Creo que era “Mafe” que me decían, jamás he permitido a nadie que me diga María. Si algo me gusta en el mundo es mi nombre completo: mucha fuerza cuando está unido, pero así, separado, solo María, ¿qué es eso? Fue después que todo el mundo comenzó a decirme Nanda, por una primita que recién aprendía a hablar y no atinaba todavía a pronunciar Fernanda y me volteó el nombre la muy gordita. “Nanda fe” me llamaba, qué ternura esa primita.

Y luego ¿a quién se le ocurrió proponerme a mí? Fue María Elena Ramírez, apuesto lo que quieran, para dejarme en ridículo en frente de todo el mundo. Le daría gracia eso.

Estoy segura de que había más opciones, sí las había. El salón estaba repleto de niñas coquetas y había una que era novia de dos hermanos y era la más bonita, todo el mundo lo decía. Pero se negó rotundamente porque ya había perdido en tercer grado. Algo así. ¿Y las demás? cobardes todas, seguro no aceptaron, pero, ¿yo acepté acaso? Estaba loca entonces.

No me juzgo por eso; la verdad, cualquiera pierde la conciencia entre la ovación de los grupos. Y aquel fue un día tan raro, ¿de dónde salieron tantas pancartas con mi nombre? El hombre pierde su individualidad cuando se deja arrastrar por la masa y puede incluso hacer cosas que jamás haría estando en la sobriedad de sí mismo. Esto lo agarré de Ortega y Gasset, creo. Qué intensa soy a veces, ja.

Antes no, peor, lo contrario. Suerte que mi mamá no me pegaba ni con los pétalos de las rosas porque si no hubiera sido una niña de verdad sufrida. Con decir que aprendí a leer como en sexto grado, qué risa me da acordarme de eso. Mentira, como en tercero, pero lo mismo, era terrible. Es que mis hermanos nacieron con un librito en las manos y malditas sean las comparaciones.

A mí del colegio me gustaba solo el recreo y de las clases hasta me escapaba. La maestra a veces para darme ocupaciones me mandaba a la cantina a comprarle comida y por allá me quedaba escuchando los cuentos de la vida de Milo, la dueña del negocio, y regresaba al rato con medio pastelito de queso. Me tenía cariño, se ve.

Pero para pasar al cuarto grado llegaron con la noticia de que ningún maestro me quería en su sección y que porque yo me portaba muy mal, que una vez hasta me estaba persiguiendo la maestra por los pasillos y que me trepé en una ventana y no me bajaba por más que me lo ordenaran, cómo era eso posible.

Me hicieron asumir un compromiso de buen comportamiento, en la dirección, delante de todo el mundo, qué vergüenza. Capaz hasta era mentira que me iban a botar del colegio pero caí completica y di mi palabra: seré buena. Y en cuarto no salía ni para el baño, una niña modelo pues.

Modelo en el comportamiento, se entiende, porque ya les dije que nunca fui la más bonita -pero fea menos-. Lo que pasa es que mi hermana, uff, es mucho más linda, desde chiquitica. Y ya saben que siempre, cuando se compara, alguien tiene que salir perdiendo.

Quedé por fea, qué injusticia.

Eso sí, tampoco era la más bonita del salón, las cosas como son. Solo que eso a mí nunca me interesó demasiado, de corazón lo digo y el que me conoció puede dar fe de la veracidad de mis palabras. Yo solo pensaba en que con el último bocado del almuerzo, tenía libertad para irme a jugar hasta que mi tía me llamara a la casa y “¿tu no te cansas de correr? ¿no te duele la cabeza?, ¡Anda a bañarte, para la calle no me vas más!

Pero entonces ¿por qué los demás le hicieron caso a María Elena y me eligieron a mí? todos los de 4to B, mi clase, estaban contentos. ¿Y las cartulinas? “María Fernanda I”, no era poca cosa. ¿Y los gritos? Ra ra ra María Fernanda ganará. A la bin a la ban a la bin bon ban. Qué escándalo, no se entendía nada. “Gra be se hoy quien gana es 4to B”.

Si no fuera porque es una tradición de todos los años yo no sabría, no podría imaginar todo lo que estaba pasando afuera mientras yo digería todo aquello.   

El grito de carnaval -así se le dice al anuncio de que termina la fiesta de año nuevo y comienza otra- ya se había dado amaneciendo el 1 de enero, en todas partes. También en la casa de mi abuela Carmen Felicia -así le digo solo yo, el resto le dice “negra” porque es la menos blanca de sus hermanas-. Y en esa casa con mayor intensidad.

Hay orientales que se toman muy en serio la frase de que los límites son solo mentales, por eso se cuidan muy bien de no ponérselos nunca. Y lo mismo te lanzan un canarín con sancocho de pescado que un pegoste de ceniza mojada porque total, estamos en carnaval, qué pasa. Cada quien tiene licencia para hacer desastre.

Pero yo respetaba a la gente que pasaba limpiecita para ir a misa porque la encargada de la iglesia era mi tía y eso sí que no me lo iba a permitir, la ofensa a los feligreses. Y porque bueno, uno tampoco era un salvaje, las cosas de Dios se respetan.  

Afuera seguro estaban preparando el camión donde se pasearía a la reina pronta a ser elegida, lanzando caramelos y caramelos por las calles del pueblo, que no son tantas pero como no hay límite de vueltas y como antes una bolsa de caramelos no costaba gran cosa, duraba lo suyo. Caramelo, Pueblo, para todo el mundo. Y agua, caramba, que estamos en carnaval, de aquí nadie se va seco, menos la reina, a la reina no la mojan porque es la nueva autoridad.

Y adentro yo “quién será la reina este año, Señor, ojalá me toque”. El que me diga que ha estado en una competencia sin querer ganar no tiene alma.

¿Y quién era la más bonita? ni forma de saberlo. ¿Yo?

Mi mamá dijo que sí, que obvio. Se enteró a última hora de mi evento y llegó desde Caracas justo antes de que empezara todo. O esa fue otra vez pero no importa, siempre llegaba. Y a mí mis tías ya me tenían vestidita de azul y hasta me maquillaron y me embadurnaron el cabello, siempre liso, de escarchas y así me fui a pasar de salón en salón a ver quién daba más por mí, como si fuera ganado en subasta.

Nadie merece una situación semejante, digo yo.

“Y ella es la representante del 4to B” AHHHHHH -mis compañeros afuera aplaudían y yo aplaudía y entonces después me dijeron que uno no se puede aplaudir uno mismo, ¿tiene sentido una cosa así? Si yo misma no creo en mí, ¿quién? Nos meten gato por liebre desde chiquitos, qué desgracia.

Ra ra ra Maria Fernanda Ganará. Y me llegaban comentarios de repente, los escuchaba o solo los recuerdo por haberlos escuchado en tantas otras ocasiones, cuando era yo quien gritaba desde las ventanas. “No tienes vida 4to A”, Esto se siente, esto se ve, la mejor es 4to B. “No luces, salte” -Eso no era con nadie, era con quien se lo tomara, creo.

¿Que los niños son buenos? ja. Lo bueno de los niños es que son moldeables. Y se puede hacer un buen trabajo con ellos, en la mayoría de los casos. Me desvío.

A la bin a la ban. Quién alzó la mano aquí, quién alzó la mano allá, apoyen a la sección, los resultados van parejo. Empate. Llegamos dos. -Yo creo que hasta nos parecíamos, teníamos el cabello lisito y la frente grandísima-. Y los más grandes por las ventanas: quién es esa. Nadie sabía nada. ¿Quién va ganando? AHHHHHHH Ra ra ra, anda a buscar más bombitas y tráelas llenas que esto se va a acabar ya y nos vamos a la caravana. Ra ra ra 4 to B, 4to A.

Y los resultados señores, en el último salón fueron dados, después de la exhibición por todo el colegio.

Las dos son bellísimas, AAAAAAH, 4to a, 4to b, y los votos están casi parejos, salte mija, sin embargo del conteo, esa guaricha es horrible, Ra ra ra, tenemos que anun, termina de hablar Dunia, ciar que la nueva reina, AAAAAAAAAH, del colegio, AAAAAAAH 4to A 4to B, es Antonieta.

“Tu eres más bonita que ella, ¿le viste la cara? parece una pantaleta”. Trampa, trampa.

Hija de puta, me quitó el reinado. Pero ¿era más bonita ella? A quién carajos le importa.

Antes lo recordaba y hervía. A mala hora, nunca más.

Tita

arbol

Desde pequeña sentí gran fascinación por hablar con los más grandes: los ancianos. Ellos parecían tener el mayor conocimiento y no encontraban tapujo en compartirlo conmigo ni les escaseaba nunca el tiempo.  

En particular disfrutaba las conversaciones con Tita, mi abuela paterna, quien poseía la facultad de contar sus vivencias como si estuviera redactando una novela policiaca: te mantenía atento, queriendo saber más y justo cuando te llevaba al tope de la intriga, cortaba el capítulo sin compasiones y pasaba a otro tema. Para continuar el relato, se hacía rogar.

Sus historias estaban llenas de momentos fantásticos que habitaban en sus recuerdos, coloreados de verdad por el blanco de sus canas.

Habiendo pasado toda su vida en el campo, en convivencia con la naturaleza día y noche -mucho antes de que llegara la electricidad- las sombras de los árboles y los sonidos de los animales adoptaban espíritus pintorescos a los que ella llamaba “encantados”.

Los encantados no tenían figura fija, podían ser cualquier cosa: desde un pez hermoso hasta un cunaguaro amigable. Criaturas que, al parecer, hacían que los humanos se perdieran eternamente en los montes. Tenían voces llamativas, por lo que -al igual que a las sirenas en el mar- seguirlos era una verdadera tentación.

Ella misma había sido encantada en una oportunidad por un pez azul cielo -el más bello que hubiera visto en su vida- que encontró en las cristalinas aguas de un manantial. Lo siguió largo rato, hasta que Guadalupe, una de sus hermanas, la alcanzó y logró hacerle entrar en razón.

-¿Y si te hubieses ido con él qué pasaba, Tita?

– Estaría ahora en otro mundo. En las orillas de los ríos se hallan portales que van directo al mundo de los encantados. Y los hombres que se han ido tras ellos, jamás han regresado a su hogar.

Luego de escuchar aquellos cuentos, subir la montaña que estaba detrás de su casa, era una verdadera aventura.

Yo iba con ella de vez en cuando a buscar naranjas y en diciembre a cortar hojas de cambur para las hallacas. Estar con Tita era como andar con una protección suprema: tenía la certeza de que a su lado nada me pasaría.

Pero otras veces subía con mis hermanos y mis primos, en fila india, retando al destino. Por lo general era yo quien encabezaba la expedición, puesto que ellos me creían la más valiente, que no sentía miedo, como Tita. Y como me gustaba que lo creyeran, nunca discutía mi puesto aunque tuviera la barriga llena de pánico.

Igual me sentía respaldada por los de atrás. Éramos todos unos salvajes; íbamos armados con palos, deseando encontrar o ser encontrados por los seres del más allá.

Escuchábamos voces lejanas que susurraban nuestros nombres, voces particulares como las descritas por Tita. Las alucinábamos. Pero jamás ocurrió el tan esperado encuentro.

Esa montaña, que en aquel momento parecía tan gigante, hoy es tan solo una colinita. El cerro, como le decíamos, dejó de ser misterio para convertirse en nostalgia.

De la churuata del patio trasero -que era donde entonces me sentaba a escuchar las historias- solo quedan dos palos, enterrados frente a la mata de níspero, ese fruto delicioso que mi abuela me enseñó a madurar envolviéndolo en papel periódico, tal como hacía con los aguacates. “En dos o tres días los buscas”, me decía.

Una tarde me llevó al manantial donde de niña había visto al pez encantado. Era un lugar de fábula: sobre el riachuelo había un palo atravesado que servía de puente entre ambos extremos. La profundidad del agua era escasa incluso para mí pero la importancia del tronco consistía -me advirtió Tita- en que la tierra que había debajo era diferente a todas las que yo conocía: tierra movediza. El que la pisara se hundiría en ella y, sin ayuda externa, no tendría salvación.

¿De dónde sacaba todo aquello?

Si lo pienso, no había televisores cuando ella era pequeña y a decir verdad no era muy diestra con la lectura. Sin embargo, la Biblia sí la leía y me recomendaba que también yo lo hiciera. ¿Será que en los libros sagrados encontró tantos mundos, tantas imágenes, tantas historias?

No me extrañaría. Le sobraba curiosidad y a lo largo de su vida exploró todas las religiones que supo en existencia. Pasaba de una iglesia a otra sin ningún tipo de compromiso; sin deberle nada a nadie.

Tenía el carácter de una yegua libre, por ese motivo me inspiraba tanto respeto. Fue la única persona a la que le acepté de buena gana la orden maligna de no opinar en las conversaciones de los adultos. Me comportaba como las mejores por no perder el privilegio de su buena compañía, de sus buenos cuentos, de sus maravillosos consejos. “Haz lo que te pida el cuerpo, gorda. No le prestes demasiada atención a la gente”, me decía Tita.

Mi Tita, que domaba a sus hijos como al ganado y trataba a la gente según su antojo. Pero para sus nietos siempre tenía buenas historias, risas y paciencia. Se encargó siempre de hacerme sentir que su tierra era mía, que incluso el morrocoy me pertenecía. Y aunque tenía que andar con precaución porque no me toleraría siquiera una mala palabra, llegar a su casa era entrar en una dimensión mágica.  

Muchos años después de las tardes de historias sobre encantados y de las expediciones por el cerro, en la última navidad que compartí con ella, en medio de una cena me dejó sin hambre con uno de sus comentarios misteriosos, cuya interpretación quedaba a criterio del oyente: “A todos mis nietos los quiero, como sean. Lo que sea que a ti te guste, gorda, eso va a estar bien para mí. Tú solo encárgate de hacer siempre lo que te pida el cuerpo”. 

 

Tres luceros

tres luceros

Esta será la primera vez que comparta en mi blog un poema que no es de mi autoría. El motivo es de peso: en sus líneas se encuentra la raíz de todos los Saris.

El escritor no ha considerado necesario firmar con su nombre, en cambio ha decidido poner “papá”, tal vez porque no pensó en una posterior publicación, de hecho el escrito llegó a mi correo como un regalo personal.

Leerlo fue, no solo emocionante sino también esclarecedor. Me ha hecho pensar, como conclusión, que definitivamente, lo que se hereda no se hurta.

En alguna oportunidad le escuché decir al escritor cubano Severo Sardui en una entrevista que la vida de los seres  humanos no merece ser contada desde la fecha que indique su acta de nacimiento, sino por lo menos unos ciento veinte años atrás.

Pues bien, yo hoy no voy a retroceder tanto en el tiempo, pero contaré mi vida a partir de la pluma de un hombre que me ha creído águila desde mucho antes de que me salieran plumas y que me mostró con su luz de sol el tamaño proyectado por la sombra de mis todavía pequeñas alas. Alguien con una mente infinita en la que ningún sueño es demasiado grande: mi padre. 

Nota: Tanto yo como mis hermanos Jesús Ernesto y María Gabriela nacimos en febrero y entre nosotros existe tan solo un año de diferencia. Vinimos al mundo con un mismo signo, diferentes personalidades y con igual fortuna: nuestros padres.

FEBRERO DE LUCEROS

Febrero arranca intenso cual invierno polar,

Y su fuerza estremece su horizonte y su cielo;

Sus ojos rompen bridas, cual caballos sin freno;

su luz incandescente anuncia tiempos nuevos,

que entre rayos, nubarrones, tormentas se hace notar.

Está desconocido:

ha dejado atrás su paseo taciturno, ensimismado, sereno;

la paz mostrada en la repartición de días se ha agotado.

Le urge acabar con el siglo;

hay sed de otro milenio;

hay hambre de huracanes que arrasen moldes viejos:

hay ansias de rupturas con los pasados tiempos;

es hora de la luz de los luceros nuevos.

Vienen del Oriente,

Como anuncia la Escritura.

No trajeron ni mirra, ni oro, ni incienso;

Portan rebeldía, audacia y empeño.

Llegaron el 8, el 16 y el 15

Y acamparon entre nosotros

Y desde allí han iluminado vidas,

despertando esperanzas e inspirando sueños.

 

Tetero es luz que abreva diariamente

de las fuentes más profundas del cosmos

Y con ello nutre al universo entero;

Mafita es verbo que crea de la nada,

 

Y su voz, clarín que inspira mil batallas;

su fuerza es columna que sostiene multiversos

y su constancia es certeza del culminar seguro.

Gaby es camino sin fin;

Camina ahora hacia el centro de su ser

Nutriéndose del océano infinito en que navega;

Busca ese otro mundo aún desconocido.

Navega, se detiene con frecuencia y vuelve

al puerto a planificar los nuevos desafíos.

Los tres son mis luceros que me han llevado hasta donde está el niño Dios, brazos abiertos,

mirada de bebé, ante el cual doy gracias por haberme permitido disfrutarlos y amarlos.

Papá