Sin arrepentimiento

Por aquellos días, apenas comenzaba con el hábito de comprar un periódico cada domingo y leer alguno que otro artículo de opinión.

En una de esas -lo recuerdo claro-, en el borde inferior de una de las páginas, casi como relleno, vi el testimonio de una enfermera que había trabajado en distintos ancianatos, y aseguraba que gracias a sus muchos años de experiencia había logrado constatar un factor común entre todos sus pacientes.

Esa similitud que tenían, sin que importara sexo, nacionalidad, mayor o menor nivel económico, era que sus mayores arrepentimientos no eran por cosas que habían hecho mal en la vida, sino, por el contrario, por cosas que precisamente habían dejado de hacer.

No recuerdo haber reflexionado demasiado al respecto, pero sin duda, me causó una fuerte impresión. Esa lectura logró surtir un efecto en mí, parecido al que una plancha caliente produciría en un niño que acaba de tocarla con los dedos. No lo quiero, fue suficiente. Recibí un aprendizaje.

Comprendí, o más bien asumí, que llegar al final de mi vida queriendo haber hecho cosas que no hice, no me iba a gustar.

Que seguro que me irá mejor si me atrevo a cometer los errores que tenga que cometer, porque al final, si toca arrepentirme de mis acciones igual tendré un beneficio superior al de evitar actuar por miedo a equivocarme.

Pues cuando mi tiempo haya llegado a su fin y el futuro no sea más que abismo, cuando mi existencia entera, carente de porvenir, se encuentre sostenida solo por los hilos del pasado, se me hará fácil ver que todo lo que quise hacer, pude haberlo intentado si tan solo hubiera sido un poco más osada.

Así que a partir de aquella tarde, cometí un sin fin de tonterías. De muchas de ellas, por supuesto, llegué a arrepentirme amargamente. Pero también conseguí impulso para seguir adelante en muchas ocasiones, a pesar del miedo, solo por pensar que en el futuro habría preferido hacer eso que quiero, que dejarlo de hacer.

Ya he dicho antes que “hay que decir te quiero mientras se quiera y no por temor al futuro, sino por amor al presente”. Pues bien, lo que sí es cierto es que tener en cuenta el futuro, nos puede dar un empujoncito a la hora de saber aprovechar el ahora.

Y es precisamente por eso que me considero afortunada por haber recibido el mensaje de aquel artículo de relleno que me permitió descubrir la vida desde una nueva perspectiva, y que enseñó a mis oídos a escuchar esa voz del futuro que susurra: cuando llegues aquí, todo eso que hoy te perturba, te da miedo o te entristece, habrá dejado de importar.

Mapa del tesoro

wp-15796629896006220140191831032952.png

Hoy te quiero contar sobre mi nuevo descubrimiento. No se trata de un secreto así que es probable que sepas tú más que yo sobre el tema.

Por mi parte, aunque ya había escuchado alguna cosa al respecto, jamás hasta ahora había tenido la oportunidad de hacer un mapa del tesoro.

Pude hacerlo por fin hace un par de días, en la oficina en la que trabajo. Nos reunimos varias personas al rededor de una mesa, había revistas, pega blanca, hojas, tijeras y lápices de colores.

Escuché atentamente la explicación que pedí sobre qué era exactamente lo que tenía que hacer y me puse manos a la obra.

Debía usar todos los materiales que tenía a mi disposición para plasmar mis metas; era una especie de traducción de objetivos a imágenes. Por ejemplo, si yo quisiera viajar a España a mediados de este año colocaría un avión y una banderita roja con amarillo, en el espacio que por secuencia lógica le corresponda a esos meses.

Es más o menos así, ¿me explico?

Todas deben ser metas realizables, eso sí. Quiero decir, posibles de alcanzar. No se trata de dejarnos dopar por la imaginación y perdernos en el mágico mundo de los sueños. Se trata de crear una especie de brújula que nos indique el camino a seguir en los momentos en los que la claridad brille por su ausencia.

Enero parece ser un buen mes para este tipo de cosas. Porque sí, es común que en diciembre las personas lamentemos haber dejado de lado buena parte de los deseos del año y entonces aseguramos que esta vez las cosas serán distintas.

Y ¿por qué no? La verdad es que sí pueden serlo. Y para eso sirve hacer un mapa del tesoro. No tiene que ser demasiado elaborado, en serio. El mío por ejemplo fue rudimentario al extremo de causar risas entre mis compañeros. Pero, aunque yo también reí cuando lo vi terminado, lo cierto es que me lo tomé muy en serio.

Todo lo que en él había, era puro y era sincero. Tenía 7 metas, únicamente. Era un mapa chiquito… mi primer mapa. Eso sí, a cada una de ellas la sentí hasta en los huesos.

Y cuando me tocó explicarlas públicamente -era parte de la actividad- en mis palabras sentía la fuerza de una plegaria, de un rezo; cada afirmación llegaba como un juramento. Uno que decía que, en todo lo que dependa de mí, esas 7 metas van a ser alcanzadas.

El 24 de enero será la luna nueva en acuario.

Una excelente fecha para sembrar intenciones, propicia para hacer un mapa del tesoro que nos sirva de guía durante todo el año. Que nos recuerde, cuando estemos caminando sin rumbo, cuáles son los puntos de descanso, cuáles distracciones evitar, cuáles objetivos nos esperan.

De mi experiencia te digo que puede ser algo bien simple y que si las metas no son muchas, no pasa nada. Basta que sean honestas, que no vengan para impresionar a alguien sino a llenarnos de satisfacción a nosotros mismos. Y que si tu mapa causa algo de risa, como el mío, tampoco importa.

Lo que realmente importa es que sea algo muy serio para ti.

Aunque también te rías.

¿Te importa un pepino?

El simple hecho de intentar algo (solo estar ahí, asistir), es hacernos más valientes. La autoestima consiste en hacer”. Joy Browne

Terminé caminando lejos. Entre los surcos y las enredaderas de unas tierras sembradas de pepinos.

Lejos del plan inicial que era acudir hasta el comando de la guardia para reportar la invasión de un terreno familiar que conozco solo a través de documentos.

-Una de estas situaciones en las que la vida se esmera en volverse imitación de alguna novela de Rómulo Gallegos-.

Sin imaginar siquiera que luego de eso, por ironía del destino llegaría muy cerca de aquellos linderos que hasta ahora habían sido solo de papel, a pisar los confines de sus tierras.

¿Todavía quieres recuperar tu hacienda? Se reía de mí el novio de mi prima viéndome caminar torpemente con zapatos altos por un lugar al que solo logran pasar carros rústicos y bestias.

Lejos. En un lugar donde tanto verde abruma. Tan distinto de lo que suele ser la realidad que parece un viaje a través del tiempo.

Yo no puse excusas para ir desde que llegó la noticia de que el socio de la prima que me acompañaba, un jovencito que al principio tuvo pinta de ser buen trabajador, no se había presentado en 4 días a velar por la cosecha.

Para la fecha, las maras ya debían estar llenas y listas para ser trasladadas a surtir los mercados de alguna ciudad cercana, de lo contrario, el tiempo acabaría con ellos y los haría inútiles a la venta.

Esto significaba que todo el trabajo del muchacho y el dinero de mi prima -inversionista inexperta en temas de agricultura- quedaría perdido.

Nos fuimos en carro hasta una parte del camino y el resto lo recorrimos a paso rápido. Llegamos pocos minutos después de que el jovencito comenzara a trabajar conforme se lo iba permitiendo la resaca.

No respondió el saludo ni esperó preguntas; comenzó su relato por cuenta propia. Una letanía de quejas que, estoy segura, no buscaban respuesta ni mucho menos comprensión.

Era solo decir para soltar, como cuando se escribe en un diario. Que la poca comida que su bebé que su esposa que había bebido para olvidar todas sus penas.

Mientras tanto mi prima estaba sin reaccionar, solo sacaba la cuenta de cuánto había perdido, supongo…

Valiente y osada sí es. Por atreverse a hacer en medio de todos los obstáculos que ofrece el entorno.

Qué terca en seguir contra la corriente de las opiniones. De lo lejos, de lo difícil. De la falta de experiencia.

Si hizo mal o hizo bien, ya se verá. Eso solo lo podrá decidir ella. Lo que sí es cierto es que hacer siempre va a ser mejor que no hacer nada.

Me quité los zapatos y me recogí las mangas de la camisa. Me dispuse a resolver. A salvar lo que se pudiera salvar.

Todo tiene solución. Esta ha sido la frase que me ha acompañado desde siempre, que se me impregnó en el subconsciente de haber visto tantas veces a mamá haciendo milagros.

Y aunque, admito, muchas veces este pensamiento puede ser espada de doble filo, bien usado es puro beneficio.

Cinco horas entre el montón de zancudos empeñados con saña en acabar con nosotros, dando todo de mí para rescatar la pequeña cosecha y recogimos casi todos los pepinos.

Todas las maras estaban repletas a pesar de haberlo dudado tanto.

Así que confirmo: el camino más largo es el que no se empieza.

Otra forma de llorar

El Sari de hoy era otro. Y ese otro tampoco era el de hoy sino el de la semana pasada, que no publiqué porque llegué muy cansada. Quedó en espera.

El de hoy es de hoy. Es decir, lo estoy escribiendo minutos antes de hacerlo público (por la confianza que nos tenemos).

Mientras escribo recuerdo todas esas veces que he escuchado comentarios como “tú escribes sobre cualquier cosa”. Parece halago y acusación al mismo tiempo. Pero lo cierto es que sí, es más o menos así. Es lo que me va pasando lo que me lleva a reflexionar sobre una u otra idea.

Po ejemplo esta vez, la musa es la gripe. Y sí… porque me dio gripe.

Pero es que en realidad, en cualquier cosa, incluso en la más simple hay algo que merece análisis.

Y por otro lado, sin ánimos de exagerar, esta gripe vaya que no ha sido cualquier tontería. Me ha tenido con tanta alergia que pareciera que llevara tres días llorando. Las lágrimas andan a su libre albedrío y la cara la tengo roja e hinchada.

Una persona que ni me conoce me pidió: no llores. Y le respondí que ese era el peor consejo que se le podía dar a alguien, por dos motivos fundamentales: es malo y es inútil.

Inútil porque si intentas que alguien pare de llorar solo pidiéndole que no llore, no vas a lograr mucho. Y malo porque dejar de llorar realmente causa daño.

Ya te conté que el año pasado para mí fue un período bastante particular. Estuvo tan intenso, tan cargado de aprendizaje que para más o menos poder llevarle el ritmo tuve que hacer uso de psicólogos, consteladores familiares, astrología y demás hierbas aromáticas.

La primera psicóloga a la que fui, – esta vez no como paciente sino como acompañante- me comentó, al escucharme estornudar y quejarme de que me daba un resfriado cada diez días, que la gripe es otra forma de llorar.

Me explicó que el cuerpo encuentra siempre la manera de expresarse, que cada uno de nuestros males, representa una señal, un grito, una conversación pendiente con nosotros mismos.

Y así es como ocurre que si una persona no sabe llorar o deja de hacerlo porque necesita ser o parecer fuerte, somatiza.

Apenas había transcurrido una semana cuando volví a escuchar el mismo comentario. Esta vez yo era la paciente y quien lo dijo era mi psicóloga. Ahora presté mayor atención.

Luego de dos sesiones, mi única tarea era llorar. Pero por absurdo que parezca, porque razones sobraban, costaba muchísimo. Varios intentos después, lo logré. Y cuando por fin lo hice, costó parar. En los minutos que duró el llanto, pareció que me quitaba de encima kilos innecesarios. Ahí comencé a entender que llorar era una gran bendición. Y le di gracias a Dios por permitirme hacerlo.

Fue el remedio: pararon las gripes por un buen tiempo. Y hacía tanto que no me resfriaba así que me puse a pensar en el motivo por el cual pasó ahora. Y creo que entendí.

El cuerpo a veces también nos pide pausas, lanza protestas, se queja. Nos pide un ratico de descanso, un día para nosotros. Una tarde para escuchar qué nos queremos decir.

Me di cuenta. Llevaba meses trabajando un montón, saliendo en las noches, divirtiéndome, pasando tiempo con todo el mundo pero sin tomar un momento conmigo.

Así que ayer almorcé una sopa, volví temprano a casa, me preparé un tecito, vi videos de Mia astral y dormí. Me cuidé, estuve para mí. Me escuché y entendí.

Hoy estoy mejor, muchísimo mejor. Y me doy gracias por saberme escuchar.

En neutro

Ya mis poemas han dejado de contar mi historia. No les sé el título, no les conozco un nombre.

Alguien pregunta por quién escribí y giro a un lado a ver si un amigo me salva con la respuesta.

Yo misma los leo y me sorprendo en ocasiones, como si fuera la primera vez.

-¡Cuánto has sentido!, me digo perpleja y me lleno de ganas de abrazarme fuerte.

No podría asegurar en este momento que ha llegando el tiempo de cantar victoria sobre ese nombre que aún me persigue, me acompaña y me despierta.

Solo que ahora se ha quebrado el vínculo que mantenía atados presente y pasado.

Y los recuerdos que me vienen a la mente, son más parecidos a los sueños sin sentido, a esas visiones extrañas que uno no sabe ni de dónde llegan.

Todo esto he pensado mientras se apagaba la luz verde del semáforo y veía reaparecer la roja.

Las imágenes fantasmas se alejaron inmediatamente, en el mismo instante en que fueron llegando.

Así están. Vienen y se van, vienen y se van. Como las olas de los mares.

¿Cuál de los tres eres?

Cuando Jesús llegó a la ciudad donde vivía su amigo Lázaro, quien había estado gravemente enfermo, se encontró con la noticia de que este había fallecido hacía dos o tres días.

Lo recibieron Marta y María, las hermanas del difunto, entre llantos a causa de su reciente pérdida. Alguna de las dos, tal vez con un reproche de trasfondo, deseó en voz alta que la llegada del Mesías hubiera ocurrido un poco antes.

Pero Jesús no se permitió entristecerse por la noticia, simplemente se limitó a decir: él va a resucitar.

Y ante su comentario, que a cualquier mortal le habría parecido una total locura, respondió Marta:

– Tal vez no has entendido Maestro, ya pasaron dos días desde su muerte, su cuerpo ha comenzado a descomponerse. Ahora ya es tarde.

– “Mujer de poca fe”, fue la respuesta de Jesús.

Es aquí cuando pronuncia esa famosa frase conocida incluso por los más ignorantes de la Biblia, como yo.

Y a continuación Jesús optó por obviar las dudas de Marta y se enfocó únicamente en su objetivo. Pidió que lo llevaran hasta el lugar donde se hallaba el cuerpo de Lázaro, pero eso sí, no se salvó de tener que seguir escuchando comentarios adversos.

Sin embargo fue guiado hasta la tumba y al llegar, antes de rodar la piedra que la clausuraba, alzó la vista al cielo y dijo gracias: “Gracias Padre por lo que va a ocurrir”.

Luego de eso, entró y pronunció otra frase también muy conocida:

– “¡Lázaro, levántate y anda!” Y fue entonces que ocurrió el gran milagro: Lázaro resucitó.

He notado que en la vida muchas veces somos Marta, otras somos Lázaro y también a veces somos Jesús. Y en ocasiones incluso somos los tres al mismo tiempo.

Somos Marta cada vez que limitamos el poder de la fe, cuando empañamos nuestras ganas de ganar con negatividad, lamentos y quejas. Cuando renunciamos y pensamos que es demasiado tarde para encontrar un arreglo. Y cuando entorpecemos y obstaculizamos con comentarios fatalistas, el camino de quienes están dispuestos a trabajar por encontrar una solución.

Somos Lázaro cuando dejamos que se nos apague el espíritu, cuando nos llevamos a estar más muertos que vivos, cuando perdemos por completo la esperanza.

Cuando nos decimos que hemos fracasado en todo, cuando en la memoria y cuenta de nuestra vida solo nos hacemos reproches. Cuando dejamos de intentar, cuando aunque queramos no logramos sonreír, no encontramos el final del túnel. Cuando asumimos que la vida se ha ensañado con nosotros. Cuando nos quejamos de la suerte, sin siquiera probar a sacarle algún provecho a los reveses.

Y somos Jesús cuando a pesar de todo, de tener que lidiar con Marta, de querer rescatar a Lázaro, habiendo visto con los ojos propios que todo acabó, obviamos y seguimos. Decidimos confiar y decir: gracias Padre por lo que va a ocurrir. 

Somos Jesús cuando enseñamos con nuestro ejemplo que sí es posible; cuando alentamos a nuestros amigos a levantarse otra vez y las que sean necesarias. Cuando actuamos siguiendo la certeza de que el ingrediente para que ocurran los milagros es la fe. Es poder decir gracias antes de tener eso que anhelamos y no solo después de que lo hemos obtenido.

Es agradecer porque sabemos que tenemos un Padre con la capacidad de hacer milagros. Y que solo nos pide que confiemos un poco, que tengamos fe del tamaño de un granito de mostaza.

Nota: este cuento bíblico lo escuché de un teólogo conferencista llamado Carlos Saúl Rodríguez. Mi aporte ha sido añadir mis propias reflexiones con respecto al rol de los personajes y por supuesto, escribirlo con el objetivo de compartirlo contigo y de parecerme con esto un poco más a Jesús, porque tal vez necesitas que alguien te recuerde que puedes ser más de lo que ahora estás siendo.

La promesa del balcón

20191112_204238_00006776416858619325286.png

Hace casi exactamente un año estaba sentada en un balcón con vista al Manto de María, en Barquisimeto, solera verde en mano, inmersa en mi propio monólogo sobre el amor.

Decía que era una total y absoluta locura que mis relaciones siempre terminaran de la misma forma, como si fuera un guión de novela y que eso, obviamente, no podía ser casualidad.

Me di cuenta de que en todas las veces anteriores, luego de la ruptura yo había solucionado el problema conociendo nuevas personas, a manera de  pañitos de agua fresca que me hicieran creer que estaba sanando.

Y entonces entendí que si quería que el futuro tuviera una cara distinta, tenía que empezar a hacer algunas cosas diferentes. Por ejemplo, tomar el tiempo que usaba antes en alguna otra persona, para escucharme y entenderme a mí misma ahora.

-Voy a ser mi propia novia, ¡ya está! Esa fue mi solución y no puedo ni adivinar cuántas cervezas llevaba cuando dije eso. -Voy a estar conmigo por un año entero, sin salir con nadie más. Y luego maticé un poquito: -Bueno pero si llega alguien muy… No, nada de eso. Voy a estar un año entero completamente para mí.

¿Con cuál objetivo? A simple vista pareciera que no hubiera ninguno. De hecho, recuerdo que no habían pasado ni siquiera dos meses desde el evento que me llevó a tener aquel monólogo en el balcón cuando ya me estaban preguntando: ¿estás saliendo con alguien? Y como respondía que no, inquirían que cuál era la necesidad de estarle guardando luto a los muertos.

Pero yo había empezado a entender que buscar salir con z solo por afán de olvidar a x, no habría hecho más que empeorar las cosas. Experiencia tenía de sobra. Por otro lado, me comenzó a nacer la idea en la cabeza de que habría sido una falta de respeto conmigo misma y con todo el amor que todavía tenía.

¿Cómo iba a lograr confiar en mí si ni siquiera era capaz de hacer que mis acciones tuviera congruencia con lo que sentía? Si amar es tan bonito… ¿cómo traicionar yo misma algo que siempre he valorado tanto?

Así que ni di explicaciones, ni tampoco hice caso.

Hace un par de meses escuché a una mujer decir que en 30 años de matrimonio nunca fue feliz. Que estuvo cómoda y estuvo bien, sí. Pero feliz, jamás. Que su esposo fue buen padre y buen hombre, pero no el esposo que habría querido y que apenas ahora ella lo había notado, que antes no se había tomado el tiempo de preguntarse si por casualidad estaba teniendo algo por lo menos cercano a la mejor vida que podía tener.

Entonces intuí que me estaba haciendo las preguntas correctas y en el momento correcto… y que por difícil que pudiera parecer ejecutar mi decisión estaba haciendo lo mejor.

Para acompañarme en mi locura llegó a mí una conferencia Ted en la que otra loca llamada Hayley Quinn hablaba de una teoría suya más o menos parecida a la mía. Y me encantó, por supuesto.

Decía algo así como que muchas veces los seres humanos y sobre todo los jóvenes, usamos el amor como una vía de escape, una manera rápida de huir de todo lo que pueda incomodarnos: traumas no resueltos, recuerdos tristes, inseguridades, miedo al pasado, miedo al futuro, la sensación de estar en la vida sin hacer lo que realmente deberíamos estar haciendo.

Resolvemos todo eso enamorándonos a cada rato y entrando en esa zona cómoda en la que solo piensas en descubrir más sobre esa otra persona, donde todavía no hay defectos ni tienes que lidiar con nada. Nos olvidamos de todo, apagamos el silencio.

Y así continuamos, de persona en persona, buscando quien nos salve sin detenernos en ningún momento a mirarnos, a escucharnos, a preguntarnos qué queremos, si estamos bien. Seguimos ignorando a la única persona que de verdad nos puede rescatar de todos los fantasmas. Sí, nosotros mismos. Porque la verdad es que nadie más, ni por mucho que nos quiera, podrá hacerlo.

Y antes de que me preguntes: sí, sí logré cumplir la promesa que hice aquella noche en el balcón.

 

Me quedé sin nada

Como ves, me quedé sin nada. En el punto exacto para comenzar de cero.

Sola, viendo mis manos vacías e imaginando el mundo que habré de crear. Uno nuevo.

Me quedé sin absolutamente nada. Sin el mar como amuleto, sin amor para deporte y sin tu cara hasta en mi fondo de pantalla.

Me quedé sin ganas. Sin querer repetir que te amo pues cada vez que lo debí decir, lo dije. Sin la necesidad de escribir “te extraño” porque siempre que me faltaste en el cuerpo como si fueras agua y yo solo sed, te busqué sin cansarme. Porque cada vez que volviste, te recibí con la misma mirada que te hacia sentir en casa.

Me quedé así, sin nada. Sin querer decir lo siento porque, por cada vez que fallé, encontré diez soluciones y te pedí cien disculpas. Sin ganas de decir que no te vayas porque cuando te hice falta, simplemente estuve. Sin ganas de esperarte porque ya fueron suficientes todos esos meses de mirar el celular esperando tu mensaje.

Me quedé sin nada, el mejor impulso para comenzar de nuevo.

Dentro de mí no hay nada tuyo; nada de lo mío que era para ti. Todo lo que había, te lo fui dando de a poco. Ya te lo di.

Y como ves, ya me quedé sin nada.

Me quedé sin medio arrepentimiento, sin hubiera dicho y mucho menos con hubiera hecho. Sin miedo a hacer algo que te alejara totalmente.

Me quedé sin preguntas… ¿será que…? Nada. Todas las preguntas tuvieron respuesta. Dejaste de estar, ¿qué mejor información que esa?

Me quedé sin ti, sin la frecuencia de los recuerdos que ahora llegan solo en estos momentos en los que vienes y te sonrío y te doy las gracias por haberme dejado en el punto de partida para estar como estoy hoy: sin nada.

Pero sabiendo que sin tu mano como guía, estaría estancada cinco niveles más abajo, llorando y sin saber agradecer el valor de cada gota que hidrata mi cara, de tanta risa junto a ti, de tanto avance. Estaría sin aprender lo importante que resulta quedarse sin nada por lo menos una vez en la vida.

Me gusta haberme quedado así, sentada en el mueble y con esta flojera de responder tonterías; sin ganas de pensar más de la cuenta. Sin nada que analizar sobre ti. Pensando que en los negocios y en el amor es mejor fracasar antes de los 30.

Pues que valga la pena el fracaso: me dejaste quebrada. Solita, como me ves. Sin nada.

Luego de andar con un hueco infinito que no sé cómo me cabía dentro, de tener la mente nublada. Es evidente: luego de eso, ¿cómo no voy a apreciar haberme quedado así como estoy, sin nada?

Ya no soy quien antes era. Ya no soy agua de coco, busqué mi cauce. Soy río ahora. Y los ríos nunca regresan.

Porque sabemos de sobra que de nosotros atrás no encontraremos absolutamente nada.

Del amor al arte

 

“Si puedes controlar el proceso de elección, puedes tomar el control de todos los aspectos de tu vida. Puedes encontrar la libertad que viene de estar a cargo de ti mismo”.

Antes creí que lo mejor que se podía hacer con un despecho era convertirlo en arte. En poema, en canción, en pintura… transformarlo para que dejara de ser simplemente dolor. Y sobre todo para que no se quedara tan adentro.

El Sari está lleno de escritos que nacieron con la intención de depurarme del pasado y yo puedo dar fe de que es una excelente manera.

Sin embargo ahora pienso que el mejor uso que se le puede dar a un despecho es aprovechar el silencio que deja la estremecida para entablar una buena conversación con nosotros mismos tentando a la suerte de que nos permita conocernos intensamente y llegar a ser verdaderos creadores de nuestro destino.

Pareciera que es algo muy difícil de conseguir cuando tienes la mente nublada y los ojos cazando una excusa para vaciarte del llanto… pero es que no hay otro momento.

Es justo ahí que importa más lo que haces. Si optas por callar antes de culpar a alguien e indagar en qué medida causaste eso que ocurrió. Y descubrir tal vez el origen de la falla.

Que es posible que no sea la primera vez. Que quizás ahora la lección parezca más difícil porque cuando fue suave ni te inmutaste. Y que si lo piensas todavía mejor ya va siendo hora de que tú mismo te preguntes “¿hasta cuándo?”.

Que nada es casualidad y mucho menos esto. Esta experiencia se parece demasiado a una anterior. No por azar siempre termina de la misma manera.

Y duele parecido, como si descosiera las mismas heridas. Pero tú te haces el ciego y quieres seguir pensando que esto es totalmente nuevo.

Te has atrevido a decir que esa persona con la que estuviste no sirvió para nada, lo hizo todo mal y no te valoró jamás y no recuerdas que quien la escogió fuiste tú precisamente.

Que no estuvo en tu vida solo porque quiso, tu la dejaste entrar y no solo eso, la mantuviste ahí y además dijiste infinitas veces que la amabas.

Considera que si ya lo hiciste antes lo puedes hacer de nuevo… a menos que descubras dónde estuvo el error. Y exactamente en qué momento de tu vida le diste entrada.

Porque es muy probable que haya sido mucho antes de que ustedes dos se conocieran.

Carta astral

¿Tú crees que el destino existe?

No me regreses la pregunta, a leguas se ve que soy del tipo de gente que cree en esas cosas.

Lo que pasa es que a veces confundo cuando afirmo que el futuro lo creamos nosotros. Y parece como si lo primero fuera una contradicción de lo segundo y viceversa. Pero no es así.

Me identifico con la convivencia de características que a simple vista parecen opuestas, como eso de ser tan mente abierta y a la vez conservadora, tan Mozart y Yandel, marte en cáncer, mercurio en piscis.

Sí, me dejo guiar por la luna y las estrellas a menudo y otras tantas veces por la ciencia. Y por el instinto claro, y por todas las anteriores. cuando toca.

Hace algunos días escuché decir que se comprobó científicamente que el destino existe. Sí, que el destino existe.

Que tú y que yo tenemos ya unos pasos invisibles -que son nuestros- por delante en el camino.

Yo lo sospechaba.

Es más, tuve casi la certeza cuando descubrí la astrología.

Porque vine a saber que cada persona, dependiendo del momento en el que nace, tiene una carta astral que funciona como un mapa que nos guía.

Que el cielo nos contempla y de verdad aguarda a que vayamos aprendiendo cada día.

Y no, no me volví loca. Si hoy te hablo de esto es porque esto me ha servido un montón durante todo este tiempo de cambios exigentes. Durante todos estos meses buscando nuevas respuestas porque las que tenía dejaron de ser suficientes.

¿Y cómo no? Si es que la falla venía desde las preguntas.

Tenemos encima una educación que nos prepara para contestar correctamente pero no para interrogar de forma acertada.

Aprendimos a dejar las dudas a un lado en los casos en que las respuestas no estuvieran a la mano.

¿Por qué llegué al mundo? ¿Cuál es el sentido de que yo esté aquí? Yo lo quise saber hace muchos años pero luego terminé pensando que era una pérdida de tiempo todo eso.

Solo que las preguntas volvieron en cierto momento y llegaron como con prisa de ser contestadas y además apoyadas por eventos que me obligaban a prestarles atención.

Me di cuenta de que precisamente vinieron gracias a específicas andanzas astrales y fue entonces que me comió la curiosidad.

Necesité saber más sobre las características del cielo la tarde en la que yo nací. A indagar un poco, a enterarme de cuánto de mí está influenciado por ese momento. A sorprenderme al encontrarme ahí tan bien descrita.

Así pues, el mapa que nos da el universo nos sirve para encontrar el mayor tesoro que es conocernos a nosotros mismos y poder encontrar nuestro objetivo.

Nuestro camino. Nuestro propósito en la vida. ¿No debería ser ese nuestro destino?

¿Qué significa tener un destino? ¿No es acaso caminar con rumbo fijo?

Yo digo que es eso pero con un toque de magia, con la influencia de una fuerza superior que nos acompaña siempre.

La magia que nos envía el universo cuando nos da alertas, sacudidas y empujones para que regresemos al camino.

Cambio en el camino

“Dirán que andas por un camino equivocado, si andas por tu camino”. Antonio Porchia

Todavía no estoy segura de haber sentido alegría o tristeza. Pero es un hecho que verla llorar a ella me conmovió profundamente.

Sí, claro que las lágrimas de los demás también me tocaron y las agradecí de corazón pero las de ella eran distintas para mí. Estaba acostumbrada a verla tan distante, tan jefa, tan dura y ahora… ¿lloraba porque yo me iba?

En ese momento habían pasado uno o dos días desde que renuncié al escritorio jurídico en el que había estado trabajando durante varios meses; eso fue en febrero del año pasado, poco antes de mi cumpleaños.

Te dije que 2018 había estado lleno de eventos estremecedores y este fue uno de ellos porque, aunque comparado con otros parece una tontería, la verdad es que en su fecha fue un batacazo.

Renunciar a las cosas que en algún momento nos llenaron de amor, de entusiasmo, de ilusión y hasta de orgullo cuesta no uno sino dos mundos.

Y cuesta aunque ya te hayas decepcionado de eso. Cuesta aunque ya sepas de sobra que no es lo que necesitas. Y cuesta, por absurdo que parezca, aunque te estés muriendo de ganas de irte.

Cuesta tanto porque nos avienta a un despeñadero llamado cambio que nos abre un vacío desde el pecho hasta el estómago y nos echamos hacia atrás como por instinto.

En mi caso no había nada que analizar. Me costaba pararme en las mañanas, me sentía desmotivada y ya no había ningún beneficio laboral -ni económico ni intelectual- que me hiciera querer sentarme a observar la balanza para ver hacia donde se movía. Pero, Dios mío, cuánto me costaba.

Para que tengas una idea de lo difícil que fue, el día en que renuncié, estuve como medio día sentada frente a mi computadora intentando hacer alguna cosa que no hice porque no logré concentrarme en nada.

Solo pensaba en cómo lo haría. Sentía la sangre en la cabeza y la presión alterada. La boca un poco seca y las manos sudorosas. No conseguía mover los pies para ir a decir lo que imperiosamente necesitaba.

Recuerdo que me escribió Diana Rufus, uno de esos ángeles que me ha mandado la vida para que me alumbren algún tramo del camino. Me dijo: ¿ya lo hiciste? Y le contesté que no había podido. A continuación leí: si no renuncias hoy no me hables más nunca.

Y en verdad lo que me dijo me causó tanta gracia que por un momento pude salir a flote de esa tormenta en el vaso que yo misma había creado y fui como por impulso a pedir hablar con alguno de los socios.

Tengo que renunciar.

La persona que se reunió conmigo fue la misma que me había contratado. La misma a quien le escuché decir en la entrevista: ya voy a parar la búsqueda porque tú eres exactamente lo que queremos. Alguien a quien le tomé un grandísimo cariño y esto, por supuesto, no hacía las cosas más fáciles.

Sin embargo cuando me preguntó “¿estás segura?” Yo supe que en realidad no tenía duda. ¿Y qué me ataba?

Así que, sin seguir ninguno de los consejos recibidos sobre cómo hacer una buena renuncia para “dejar las puertas abiertas”, renuncié. Hice lo que casi siempre hago: fui extremadamente franca.

“Me voy porque no estoy siendo feliz”.

Y cuando nos conocimos me preguntaste cuáles eran mis principales virtudes y la primera que mencioné fue lealtad. Pues bien, sería una deslealtad seguir trabajando sin sentir ningún tipo de pasión por lo que hago”.

Duró casi una hora mi renuncia. Un montón de minutos desperdiciados intentando que yo cambiara de opinión, escuchando promesas de un mejor futuro, de algún ascenso, de tomar alguno de los cambios que propuse.

Y después vino la despedida en la que lloraron casi todos. En la que todos dijeron que me extrañarían y que estaban orgullosos de mí porque seguro me iba detrás de algún sueño.

Tres semanas después de que me fui, casi todos los que estuvieron en mi reunión de despedida, renunciaron también. También la jefa distante, también el socio que me contrató.

También los otros que quisieron convencerme de que no me fuera.

Y un año y medio después comprendí un poco más de lo que había pasado aquel día: -me sigo sintiendo halagada por el afecto, claro- pero la verdad es que esa vez nadie lloró porque me iba.

No lloraron por mí, lloraron por ellos mismos… porque tenían justo en frente el cambio que querían pero no se atrevían a hacer.

Síndrome del aguacate

“Sé un agradecido permanente y un inconforme constante”. Mauricio Benoist

No se trata de voltear la vista, se trata de ampliar la visión. De comprender que si hay mucho por mejorar, también hay bastante que agradecer.

Que lo cierto es que infinitas veces nos quedamos solo con lo que nos falta y vamos por la vida con una constante sensación de carencia.

Como cuando estás en un almuerzo delicioso y alguien dice que sería todo perfecto si tan solo hubiera un aguacate.

O un queso tal o lo que sea, simplemente, siempre falta algo. Es como si fuera una patología, un síndrome.

Y claro que no está nada mal ser inconformes, este es, de hecho, uno de los elementos fundamentales que hacen del humano un ser en constante evolución; con eso no hay problema.

El tema viene cuando se nos olvida por completo agradecer lo que sí hay, hacer conciencia de todo lo que sí tenemos.

Porque la verdad es que cuando sacamos cuentas resulta que tenemos mucho.

Cada quien puede hacer su propio inventario, no tiene caso que yo te diga cuál es el mío pero lo que sí te puedo contar es que hace ya varios años, durante una Semana Santa entera estuve con un grupo de amigos viviendo en un colegio del barrio La Vega, en Caracas, como misioneros católicos.

Y durante todo ese tiempo dormimos en colchonetas, nos bañamos con una cubeta de agua, comíamos lo que nos daban y trabajábamos desde la mañana hasta la noche.

Todos estábamos ahí por gusto y bien alegres. Pero eso sí, cuando regresé a mi casa y pude bañarme sin prisas y con una ducha, cuando pude dormir en mi cama, me sentí la mujer más feliz del mundo.

Con los días, por supuesto, se me olvidó la sensación de fortuna. Porque la rutina es así: nos lleva a quejarnos de todo el trabajo que tenemos y nos nubla de ver lo maravilloso que es tenerlo.

A creer que la botella está medio vacía cuando es un hecho que no admite discusión que también está medio llena.

A sufrir y lamentarnos de hasta el más mínimo de nuestros fracasos sin celebrar y bendecir nuestros pequeños triunfos.

A querer cerrar los ojos y abrirlos cuando ya seamos quienes queremos llegar a ser… sin siquiera atrevernos a descubrir quiénes en realidad ya somos.

O simplemente a decir que faltó el aguacate cuando hay un plato delicioso y familia en la mesa.

¿Quién sabe?

20191001_195538_00008269832378127921287.png

Hay un cuento muy famoso de un aldeano al que cada vez que le ocurría algo, bueno o malo, él simplemente aceptaba el hecho como había llegado.

Pasó por ejemplo que un día su único hijo cayó de un caballo y se fracturó una pierna y entonces los vecinos lo visitaron con lamentos diciendo “hombre, qué mala suerte que tienes” el señor en esos momentos solo respondía: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

A la semana llegaron al poblado los militares reclutando a los muchachos jóvenes para llevarlos a la guerra a luchar. Pero al hijo del aldeano no se lo llevaron porque estaba en cama.

Otra vez volvieron los vecinos de visita, esta vez con comentarios de “qué buena suerte que tienes”. Y nuevamente el sabio hombre respondió: buena suerte o mala suerte, quién sabe.

Y así como en esta fábula, parece que la verdad de todo en la vida es que ningún evento es por sí mismo bueno o malo, sino que lo determina como una u otra cosa la perspectiva desde la cual se le vea.

O, dicho de otra manera, depende de la historia que le hagamos.

Un ejercicio de escritura que me encanta para poner a volar la imaginación consiste en describir un mismo evento en por lo menos 5 formas distintas para sacarle todo el jugo que pueda tener.

Esta es también una herramienta que se usa en programación neurolingüistica para liberarnos de recuerdos dañinos.

Y por supuesto que sirve para reinterpretar la vida, para volver a echarnos el cuento. Buscar versiones, cambiar de perspectiva. Ser autores conscientes de nuestra propia existencia.

Por ejemplo este escrito, el anterior y todos los que vengan nacieron no sé cuándo, pero lo más probable es que haya sido el año pasado.

Lo digo porque 2018 fue el peor año de mi vida. Tuve que tomar decisiones radicales, perdí a personas importantes, viví momentos drásticos. Y de todo ello nació esta frase que acabo de decir y que dije antes con el corazón puesto en las manos: fue el peor año.

Pero ahora me escucho y me respondo yo misma, tomando ejemplo del aldeano. ¿El peor año? Quién sabe.

Y me vuelvo a echar el cuento: 2018 ha sido el año de mayor aprendizaje.

Entonces, ¿fue el mejor año de mi vida? Quién sabe.

El hecho cierto es este: me enseñó cosas que servirán para siempre. Me enseñó a volver a armar un cuento, a saber que el dolor puede ser bueno si nos transforma o inútil cuando lo tomamos como víctimas, sin detenernos a pensar si eso terrible que nos pasó es tan malo como parece.

Sin atrevernos a indagar porque… ¿quién sabe?

El regreso

Ya te dije, me alejé un poco pero jamás me fui. Estuve caminando de aquí para allá, de allá para acá. Viviendo de una manera tan intensa que apenas da tiempo de sentarse a ordenar ideas. Pero hay que hacerlo.

A ti te tenía con la costumbre de leer cuentos y más cuentos de cuanto evento de mi vida me provocara hablar en el momento y de repente, tres cartas de despedida, un par de promesas rotas y un silencio medio interrumpido.

Estoy aquí de nuevo. Tengo mil historias como siempre. Solo que ahora, en vez de fijarme en los detalles cotidianos, externos, en los obreros de las calles y en los ángeles que habitan mi ciudad, he estado haciendo recorridos tan personales que tendría que relatarte básicamente los pasos que ha venido dando mi alma.

¿Y por qué no? No tengo problema con eso. El tema es que son tantas cosas que no sé por dónde empezar.

Y además estos temas son tan personales que uno no se los puede contar a cualquiera… te los cuento a ti. A ti que me lees y ya tienes una idea de cómo pueden ser las cosas por aquí. Y por ese mismo motivo sigues viniendo.

Por ti publiqué las cartas de despedida.

Nada tan personal como esas cartas. Al traerlas acá, cualquiera – con razón- se siente con el derecho de opinar.

Por ejemplo de decir que lo hice con la única intención de invocar a algún fantasma, como si el Sari fuera un tablero de ouija (tal vez lo sea); alguien más creyó que era un mensaje enviado a mí misma. Y en general cada quien pensó lo que quiso.

Y la verdad de la historia es solo una: eran cartas de despedida. No había más que ganas de dejar el pasado atrás. Y seguir.

Las compartí porque me sirvieron para lograr ese objetivo y creí que si para mí había funcionado tal vez también lo harían contigo. Y que si algo como eso te estaba pasando, entonces sabrías que te entiendo.

Y yo sé lo esperanzador que puede resultar encontrar a una persona que nos entienda.

En un par de semanas alguien dirá que el Sari se convirtió en un libro de autoayuda. Y estará bien, si es verdad que te ayuda. Pero lo cierto es que esto seguirá siendo lo mismo, solo que ahora con distinta perspectiva.

Si antes te dije en poesía o en cuento determinado evento de mi vida, ahora haré teoría de por qué fue relevante que eso ocurriera y cómo se relaciona con antes y con hoy.

Te quiero contar esta vida y recordarte con esto que aceptar sentir es de valientes. Y que la felicidad no fue hecha para los cobardes.

¿Me acompañas?

Desde la montaña

Hace unos días alguien me preguntó el motivo por el cual pasé tantas semanas sin publicar aquí en el blog.

“¿Por qué no, si hay tantos Saris?, yo siempre he pensado que existe una especie de banco de Saris”. Qué ternura esa persona.

Pero bueno, no, no existe un archivo repleto de escritos listos para su publicación. La mayoría de veces anoto ideas que luego me siento a darles forma. Como si fuera tener un pedacito de mármol que se pueda convertir en una pequeña estatua.

En fin, para no dar muchas vueltas con las explicaciones, resolví responder con el cuento del águila.

Generalmente, cuando se habla de cambios y transformaciones, el animal que viene a la mente es el fénix, el ave que renace de sus cenizas. Yo preferí el águila.

Sabes, le dije, las águilas son famosas por su vista aguda y por su tenacidad. Algo que pocos conocen sobre ellas es que pueden vivir hasta 70 años.

Ahora bien, a mitad de su vida, cuando van como por los 35, su pico y sus garras han crecido tanto que se convierten en herramientas inútiles para la caza, volviendo casi imposible la correcta captura de su alimento.

Nel mezzo del cammin di nostra vita“, como diría Dante. Exacto, justo en ese momento, les toca decidir entre la vida y la muerte.

Permanecer en el estado en que se encuentran, implicaría evitar meses de sufrimiento seguro, pero las condena a la muerte. Asumir la necesidad de cambio y el dolor que este conlleva, significa escoger la vida.

Probablemente todas las águilas del mundo prefieran adaptarse a perecer, siguiendo el curso natural del instinto vital -o llevadas por la fuerza de Eros, como tal vez diría Freud-.

Ahora bien, imaginando que las águilas tuvieran un cerebro humano, probablemente, las vencería la muerte, porque el pánico que implica enfrentarse a las opiniones externas, no les permitiría salvarse. “Me verán sin pico, sin garras, luego de haber sido tan fuerte”, cosas así pensarían las pobres.

Lo digo porque precisamente, el águila que escoge vivir, conoce desde el principio que el precio no será bajo.

Deberá retirarse de su mundo, a la cima de alguna montaña, asegurándose lo mejor posible para no convertirse en una presa fácil, y ese lugar ahora será su hogar durante los próximos 7 meses.

En ese tiempo, a fuerza de picotazos contra las rocas, se despega el viejo pico y luego, usando una estrategia parecida, bota también las garras. Cambia incluso su plumaje, de manera que en un punto debe parecer más un pajarraco recién nacido que el ave imponente que estamos acostumbrados a ver en fotos y videos.

Luego de todo ese tiempo -que al nombrarlo parece tan breve pero que, estoy absolutamente segura, el día a día vuelve infinito-, después del dolor físico y de la soledad, llega el momento en el que por fin su cuerpo se ha regenerado y vuelve a ser.

Con todo su esplendor, vuelve a ser.

Pues bien, al igual que pasa con el águila, hay momentos en los cuales, elegir la vida nos obliga a asumir ciertos cambios.

En esos momentos en los que dejamos atrás cosas que hasta ahora eran parte de nosotros pero se volvieron inútiles: creencias, personas, expectativas, formas de vida… en esos momentos exponernos se vuelve riesgoso, así que lo mejor es tener una montaña en la cual refugiarnos mientras nos vuelven a crecer las plumas.

Hasta renacer.

Si tuviera que escribir

Sigo sin ver otras piernas que no sean las tuyas,

ni otras manos,

ni otro vientre,

a decir verdad,

prácticamente, ya jamás me fijo en nada…

y si tuviera que escribir

otra vez

sobre ti

no hablaría ya de tus dedos o tus dientes,

mucho menos de lunares en tu cara…

hablaría más bien

-y sería urgente-

de cuánto me gustaría pasar

aunque fuera

una sola noche más

en tus labios almohada.

Te amo

más allá de para siempre,

nuestro siempre

que me dio las mejores noches

en los peores días.

Y que ahora que ha pasado algo de tiempo

todavía

me hace extrañarte,

pero hacerlo ya parece menos agonía.

Porque no te espero y esa es la gran diferencia…

aunque te ame como ayer

y quizás un poquito más.

Un poquito más

con cada día.

La Pelona

Si algo me gusta de pertenecer a Latinoamérica es que los de aquí reímos cuando se debe reír, lloramos cuando se tiene que llorar y abrazamos al prójimo sin mayores complicaciones.

En los pueblos esto es más cierto que en ninguna otra parte o por lo menos es más fácil de observar desde el momento que todos los eventos importantes de la vida humana se dan por temporadas.

Sí, por temporadas. Así como hay una para los mangos y otra para las pomalacas, también hay temporada de quinceaños, de bodas y de muertos.

Tan es verdad lo que les cuento que es frecuente escuchar que se diga que en los pueblos nadie muere solo, pues cada vez que un fulanito perece, se lleva con él a, por lo menos, dos acompañantes. Y es entonces cuando se habla de que “la pelona anda suelta”.

A la pelona ninguno la ha visto y por eso nadie sabe cómo es, pero de sus actuaciones se puede comprender fácilmente que es un angel de la muerte que aprovecha cada uno de sus viajes al mundo de los vivos para recoger la mayor cantidad de almas que se pueda llevar al otro lado.

Todo el mundo sabe que existe. Y por ello, cada vez que doblan las campanas de la iglesia, la gente mira a quien tenga al lado y sin necesidad de cruzar palabra, se preguntan quién será el próximo, rezando porque no sea alguien de su propia casa

Hay viejos que desde antes de que le toque turno al primero, ya saben que algo va a pasar. Basta con que escuchen el canto de una pavita para que se persignen mirando al cielo en busca del animal, sin querer encontrarlo.

Yo misma la escuché una noche, no les miento. Esa vez me acuerdo de que no pude dormir en las horas que siguieron y a las tres de la mañana llegó la noticia triste. Pero de eso no les voy a hablar.

Mejor les cuento de esa otra visita en la que a la pelona le dio por hacer desguace y se llevó a los dos perros de la casa. Primero a Memín y luego a Ríquiti, en cuestión de una semana.

Esa temporada ni mis primos, ni mis hermanos ni yo tuvimos ganas de acompañar a mi abuela a ningún otro velorio y, para sorpresa de nadie, no hubo ni un perencejo a quien le importara el fallecimiento de nuestros animales.

¿Qué pasó con los perros? Se los llevó la pelona.

Se los llevó y en un mismo viaje.

Eso no era algo frecuente. Hasta la muerte tiene su ética y la verdad es que generalmente actuaba con consideración, agarrando al azar uno por aquí y otro más allá.

Y entonces de los hogares elegidos salía una multitud de gente caminando hasta el cementerio, detrás de un ataúd cargado por cuatro hombres fuertes.

Pero a nosotros no nos mostraron los cuerpos de nuestras mascotas, simplemente se nos informó que habían muerto, así que no pudimos enterrarlos. Y cuando preguntamos por el lugar de su sepultura, nos dijeron que estaban al pie de la vieja ceiba que se veía desde la casa.

Por suerte abuela nos dejó agarrar las flores del jardín para que hiciéramos los ramitos y las coronas y nosotros mismos preparamos las cruces para el primer velorio de nuestros perros.

Y mientras los adultos iban a las otras casas de las otras calles, nosotros acudíamos cada tarde de los nueve días siguientes a pedir por el alma de Memín y Ríquiti, entonando cánticos aprendidos en otros velorios de temporadas pasadas e implorando a la pelona no visitar nuestra casa en muchos años.

Olor a libertad

¿Cómo se describe un aroma? Quiero decir, ¿Cómo le indico al alguien que no puede oler la melodía de un olor, sabiendo que es absurdo usar otro como referencia? Sin decir, por ejemplo, olía como el café…

Si ese alguien fuera un fabricante de esencias yo querría decirle que me hiciera una con olor a la casa de mi abuela.

Le diría que es dulce como un chocolate después del almuerzo y fresco como acercar la cara a las hojas verdes de las matas.

Dulce y fresca: así se respiraba esa casa cuando yo era niña. Y aunque parecía que siempre tenía el mismo aroma, la verdad es que no era así del todo, lo que se mantenía eran los ritmos y los tonos.

El olor predominante, en cambio, podía ser a parchita o a guayaba o a carato de mango o a ciruelas rojas o a jobitos o a tamarindo o a hojitas de menta. A pomalacas también y también a café sin tostar pero más común todavía, a café recién tostado.

Me acuerdo de la primera vez que viajé desde Caracas a la casa de mi abuela. Yo que era la mascotica brava de mis hermanos, bajé del carro y pasé con ellos derecho, a explorar aquel lugar que recién conocíamos y que luego se llenaría de tantas memorias.

La primera de ellas fue ese mismo día. En el patio de la casa había un corredor, donde estaban varias jaulas, cada una con uno o dos pájaros pequeños.

Parecían palafitos. Estaban hechas de varitas de bambú y alambre. Eran como apartamentos con puertas chiquitas, y adentro tenían algo de comida, tal vez una guayaba y agua y además una habitación redonda, hecha con una tapara seca.

Se le abría un hueco y servía para que las pajaritas anidaran sus huevos.
Cantaban, no estaban tristes, a pesar de que la puerta estaba cerrada.

-¿Por qué los tienen ahí? -Preguntó mi hermana.

-Esas son sus casas, ahí viven ellos tranquilos, respondió alguien.

Había una jaula mucho más grande que nosotros, como de un metro treinta de altura donde estaba un loro que hablaba. Decía “mamá” y decía “papá”. El papá era Anibal. Anibal era el tío más tierno e iracundo del mundo. Me hizo sentir cariño desde el primer momento.

Y le agradezco todavía no haber tomado medidas drásticas contra sus nuevos sobrinos.
Porque los pajaritos de las jaulas eran suyos.
Y nosotros, la primera acción que intentamos para labrar nuestra fama de truhanes fue precisamente soltar los pájaros.

Creo que supimos que lo haríamos desde el momento en que los vimos. Fuimos rodando un tambor gigante en el que guardaban maíz para las gallinas, subíamos sobre él y abríamos las puertitas una por una.

Los adultos siempre decían que cuando la casa estaba en silencio, probablemente nosotros la estábamos quemando. Mamá en cambio seguro sintió orgullo de sus niñitos libertadores pero fingió estar afligida por nuestras malas decisiones.

Los pajaritos se quedaban paralizados, sin saber qué hacer. Cuando nos apartábamos de la jaula, indicando que les cedíamos plena libertad, comprendían el privilegio y se iban rápido, como temiendo un arrepentimiento.

El loro en cambio se quedó. Estaba gordo y cómodo. Y en su jaula vivió muchos años.

El resto, todos los demás, se fueron. No hubo ningún fiel o amante de la seguridad y el comfort. Se fueron.

-¿Qué pasó con los pajaritos?
-¡Cómo saberlo!
-Tuvieron que ser ellos, dijo Diomedes. -¿Quién más? Aquí nadie se mete con esos pájaros.

-No chico, ¿cómo van a ser ellos, tú no les estás viendo el tamañito? -Habló mi abuela y con sus palabras nos liberaba ella a nosotros -por primera vez de tantas-, soltando una sonrisa que reconocimos cómplice.

Esa sonrisa suya fresca como las hojas verdes de las matas y dulce como un abrazo lleno de amor que a veces me hace pensar en café recién tostado y otras veces en rosas de jardín. Y de igual forma puede ser parchita, tamarindo o mango.

Esa sonrisa que nos alentaba a hacer todo lo que hacíamos porque ella jamás habría aprobado con palabras que soltáramos a los pájaros. Pero en su corazón lo hacía.

La fiebre del oro

20190521_134344_00003740832655885289870.png

Hubo un período de mi infancia en el que sufrí algo parecido a lo que los americanos llamaron “la fiebre del oro”, andaba obsesionada con encontrar un entierro de morocotas y aunque tal vez me hacía más ilusión la aventura previa al descubrimiento que el reporte económico posterior al encuentro, lo cierto es que día y noche le rogaba a la suerte que me diera su confianza. Y despertaba en las madrugadas mirando hacia el jardín, en busca de alguna señal… pero nada.

Los viejos de los pueblos son de lo más misteriosos. Les encanta echar cuentos incompletos: siempre dicen bastante como para dejarle a cualquiera la cabeza mala, pero nunca dicen suficiente. Reyes de la intriga, se te quedan viendo a los ojos fijamente antes de soltar la próxima frase, para asegurarse de estar causando el efecto preciso.

Los temas más recurrentes son las andanzas de los espíritus entre los vivos, la hechicería y el dinero. Y de la mezcla de esos tres tópicos, nacía uno que acaparaba los niveles más altos de mi atención: los entierros de morocotas.  

Carmen Felicia decía que el viejo Juan Manuel Acuña, mi bisabuelo, había dejado un entierro en una de esas montañas de la Serranía, en su hacienda de Cambural. Ahí tenía barriles de monedas de oro que asoleaba a diario como si fueran café en grano y cuando se murió dejó un par de tinajas repletas, debajo de una piedra grandísima, imposible de cargar por un solo hombre.

Viejo malintencionado porque para encontrar un entierro de morocotas tienes que estar solo; esa es una de las condiciones. Pero hay otras, no es cosa sencilla tampoco. Y todas deben ser cumplidas, de lo contrario, las consecuencias podrían ser terribles.

Los requisitos son impuestos por el muerto mediante mensajes oníricos tan reveladores que sacarían a cualquiera del más profundo de los sueños.

Y al despertar el elegido, en medio de la oscuridad, se encuentra con una luz que le indica el camino al tesoro.

Nadie conoce cuál es el criterio para la elección, lo que sí es seguro es que ni el buen espíritu ni la valentía son requisitos indispensables. En efecto, cada vez que un viejo hablaba de morocotas, aseguraba haber sido seleccionado en algún momento.

– ¿Y el tesoro? – preguntaba yo exaltada.

– No yo no fui, esas cosas no son ningún juego.

Cobardes.

Claro, sobran los relatos de gente que luego de encontrar un entierro, de la noche a la mañana lo perdía todo, moría de forma trágica o se volvían locos. ¿Qué les había pasado? habían incumplido el compromiso sagrado de hacerle las nueve misas al difunto y de prenderle aunque fuera una velita de vez en cuando.

Más que nueve, veinticinco misas les habría hecho yo si me lo hubiesen pedido. Pero jamás acudían a mis sueños.

“Ya pasará”, pensaba, la esperanza es lo último que se pierde. En cualquier momento, se me aparecería la luz y por oscura que fuera la noche, yo sí acudiría al llamado.

Con esa certeza reuní dinero y lo invertí en una linterna que tenía siempre al alcance. Antes de dormir, cerraba los ojos e imaginaba cómo sería la escena y en las madrugadas, sin siquiera soñar nada, despertaba y me asomaba por la ventana probando suerte.

Justo al lado de la casa de Carmen Felicia, mi abuela, vivía un señor de ciento y pico de años llamado Domingo. Era altísimo, flaquísimo y blanquísimo, parecía un silbón. Su casa estaba llena de gatos tal vez tan viejos como él y en el techo había varios palomares. El viejo tenía la extraña manía de llamar a la gente haciendo un sonido de búho: “uu-u”.

Y cuando murió, alguien comenzó a imitarlo, por entre los matorrales, para asustar al que se dejara. A mí se me comenzó a hacer difícil pasar por el frente de su casa, me venía el terror ante la posibilidad de escuchar de repente un “uu-u”.

Pero una tarde, a los cuentos de las morocotas fue añadido un elemento nuevo: no todos los tesoros estaban enterrados cuidadosamente en las montañas, algunos quedaban en las casas de los viejos, guardados en cofres de madera o escondidos en colchones.

Se me vino la idea a la cabeza… Domingo.  

Al día siguiente, aproveché la hora de la siesta y me escapé. Salté a la casa del vecino difunto y escalando unos barriles, logré asomarme por la cocina.

No me lo podía ni creer: había un cofre de madera igual de grande que yo. Estaría a tope de morocotas.

Se me salió el miedo del cuerpo y de inmediato me deslicé entre los barrotes de hierro, y con un brinco caí dentro de la casa. Hecha felicidad, abrí la tapa -no se preocupe Domingo, yo le hago treinta y cinco misas y le prendo las velas que usted quiera- pero no había ni una sola moneda, ni siquiera de plata. Había, en cambio, una hoja blanca en el piso del cofre -ese debe ser el mapa del tesoro, pensé- la giré. Era una propaganda de Acción Democrática.

Quedaba por revisar el colchón. Quité la sábana en busca de una cicatriz que delatara el escondite de alguna pequeña fortuna. Pero estaba intacto. Salté sobre la cama esperando que sonara como las monedas de mi cochinito. No sonó nada.

Recorrí toda la casa y encontré lo mismo: absolutamente nada. Ni una galleta.

La decepción acabó con mi adrenalina y fue entonces que escuché el quejido de los gatos y recordé que estaba nada más y nada menos que en la casa de un difunto. Me regresó el miedo perdido ante el oasis del oro y eché a correr hacia la ventana por la que había entrado. Mientras me deslizaba por los barrotes para salir,  rocé un cable pelado y recibí un corrientazo -Discúlpeme Domingo, yo le juro por mi madre que no lo vuelvo a hacer-.

Volví a la casa de mi abuela, como si nada hubiese pasado.

Y de esta historia jamás supo nadie. Hasta hoy.

Los diablos

20190514_153451_00004629448284317554858.png

No implicó mayor esfuerzo encontrarles distintivos, fue un acto reflejo de solo verlos, cada uno tenía cara de Leopoldo, de Fidel y de Numa Pompilio y así fue que los llamamos. 

Los encontramos en una caja, cuando fuimos a explorar el sembradío de Diomedes; saltamos la cerca y nos metimos. -Meu, lloraba de hambre Numa Pompilio y por sus quejidos fue que dimos con los tres. -¿Dónde está la gata grande?

Estaban abandonados, comprendimos con tristeza. Y sin comida, morirían. De manera que en las cuatro tardes siguientes, volvimos a su encuentro con leche tibia en un tetero para alimentarlos.

– Sonó el portón y supimos que teníamos compañía. “Allá están esos diablos”, escuchamos decir. “Los diablos”… ese era el inmerecido apodo que nos habían estampado, a causa de un par de malos entendidos. Saludamos, convencidos de no estar haciendo nada incorrecto pero la respuesta que tuvimos fue un grito poco amistoso: ¡Sálganse de ahí, me van a dañar las matas! Era Diomedes, rojo como siempre, de tanto sol y con las entradotas en la cabeza… parecía un dragón.

-“No estamos pisando las matas”, nos defendimos con amabilidad. Pero él no estaba particularmente abierto al diálogo. Entonces comenzaron a moverse sus poblados bigotes, anticipando las palabras que escuchamos un segundo después: ¡Se van de aquí ya mismo o les mato a los gatos!

-Mataron a su tío

– ¿Quién?

– ¿Cómo que quién? ¡ustedes! hace rato se lo llevaron en una ambulancia para San Antonio.

¡Imposible! No había pasado mucho tiempo desde que lo habíamos visto… y en aquel momento no parecía que le rondaba la muerte. Muy vivo se le veía, más bien. La memoria me lo mostraba furioso, en plena persecución, con el brazo derecho alzado, sosteniendo una cuerda que luego soltó sobre mí en un princhazo que me dejó ardidas las canillas.

Todavía nos estábamos riendo de eso, cuando llegaron con la noticia. -Mis compañeros más que yo, para ser franca-. Decían que yo tenía un imán en las piernas para los cuerdazos. 

Razón no les faltaba, tal vez porque yo era menos rápida que ellos, por ser la menor… pero eso sí, jamás me atraparon. En cada fuga me ayudó la fuerza suprema de saber que en riesgo estaba nada menos que mi propia vida.

Recordaron con gracia el otro princhazo más reciente. La vez que Anibal se montó en mi mata de pomalaca, machete en mano, para cortarle las ramas porque echaba muchas flores. Teto, mi hermano, fue el que nos avisó y él mismo nos llevó a buscar pedacitos de espejo para evitar la tragedia. Nos pusimos debajo de la mata, reflejando los rayos del sol con los espejitos, directo a los ojos de Anibal, para que cayera encandilado como un guacharo expuesto a la luz del día.  

Anibal no sabía de juegos, ese hombre era de armas tomar, un furioso, y si no lográbamos tumbarlo, tendríamos que correr. Pero a pesar de que movía la cabeza para todos lados, como un león perturbado por las moscas, no cayó. Y cuando empezó a bajar, sudado de pura ira, pegamos la carrera. Entonces lanzó el cuerdazo desde antes de llegar al piso y ajh, me ardieron las piernitas. 

Por la tarde regresamos a comer y el asunto ya había sido olvidado. Anibal seguía vivo, viendo la televisión, como si nada.

– Le dio un infarto de la rabia que le hicieron pasar.

– ¿Y quedó muerto? ¿muerto de verdad? 

-Muertico.

Después de la advertencia de Diomedes, al día siguiente, volvimos al terreno a visitar a los gatos. Pero cuando llegamos, ya no estaban.

La confusión de nuestras caras tardó segundos en convertirse en plena certeza: los había matado.

-¿Pero cómo pudo si los gatos tienen siete vidas? -Seguro los metió en el tanque de agua y se ahogaron siete veces. Revisamos por todos lados pero no los encontramos en ninguna parte. Entonces, – Sí, lo hizo: mató a Fidel, a Leopoldo y a Numa Pompilio.

Yo doy fe de que no hubo acuerdo, por el contrario, cada quien actuó por cuenta propia, tomando alguna herramienta, cegados de indignación por la injusticia y echándonos, luego, sobre las matas, acabando con sus hojas como no lo haría la peor plaga, corriendo entre gritos eufóricos, retadores, destrozando todo lo que iba quedando atrás del paso.

Al notar la presencia enemiga, encabezada por la cabeza roja de ira que era Diomedes, nos dimos a la fuga… pero antes de que yo pudiera cruzar la cerca, sentí el azote en las piernas. Ajh.

Ya nos estaría buscando la policía para llevarnos en sus patrullas hasta un calabozo oscuro… y esta vez no nos salvaría nadie. Con Diomedes muerto, bastaría pisar la casa de abuela para quedar nosotros igual de tiesos que él.

Y ahora con hambre y sin comida, como los gaticos. Sin agua y con tanta sed. Y aquel terror que nos daba la montaña – a la que siempre huíamos- cuando se hacían las seis de la tarde. A esa hora empezaba a oscurecer y nosotros a imaginar nuestros nombres en las voces de los encantados. Y cada hoja que se movía por la brisa nos mataba de susto.

Sin decir palabra, como con el ataque, fuimos juntándonos poco a poquito y bajando, uno detrás del otro, cinco en fila, pálidos de miedo. Resolviendo mentalmente cómo entrar a la casa y saltando, al llegar, por una ventana del fondo . Pero ahí ya nos estaban esperando.

-Casi matan a su tío de una rabia, ustedes no conocen límites.

– ¿Cómo que casi? ¿no está muerto?

-¡AVE MARÍA PURÍSIMA, sí es verdad que son unos diablos!

La del Sari

20190507_200556_00002078728915676620568.png

A finales de mis 24 años comencé a leer un libro llamado “Bolívar, cristiano fiel o estratega político”, escrito en 1982.

No era la vida del Libertador lo que me interesaba; de hecho, si hubiera sido por el título, jamás me habría llamado la atención. La portada, además, era simple: azul rey con el rostro que aparecía en los billetes de 100 de antes antes. En realidad lo que me llevó a emprender aquella lectura fue el nombre de su autor, cosa curiosa porque no era famoso.

El muchacho al que leía tenía mi edad. Escribía muy bien: entrelazaba con gran habilidad palabras, datos históricos y un análisis profundo.

Uno de los placeres que me proporciona la lectura de libros viejos es encontrar anotaciones de lectores previos. Es como tener el privilegio de enterarme de un secreto bien guardado. Y con este libro azulito descubrí algo nuevo: la sensación de leer a alguien que conoces, puede llegar a ser fascinante; la conversación que se forma es diferente, va mas allá de las palabras.

Y en el caso concreto de ese libro, comenzaba a sentir, a medida que leía, que la sangre de mis venas aceleraba el paso, seguía su curso y encontraba conexión con su extensión natural: la de mi padre.

Y como si las almas pudieran decodificar lenguajes compartidos, me resultó muy sencillo hablar con el joven escritor. Mucho más fácil de lo que era conversar con los 35 años de distancia que nos separaban fuera.

El muchacho del libro tenía sueños parecidos a los míos y no tenía ningún problema en contarme, porque ¿quién era yo? solo una lectora visitante, no una hija a quien dar algún ejemplo.

Luego descubrí un fajo de artículos de periódico firmados por él, con su nombre y mi apellido. El muchacho tenía una publicación semanal, sus temas eran filosóficos. Me los leí también y quise seguir leyendo. Pero no encontré un segundo libro, ni un segundo lote de artículos.

¿Qué pasó entonces? Supongo que fue la vida lo que pasó. Con sus conchitas de mango para ver si te resbalas y caes justo en el camino de al lado del que querías seguir e ibas siguiendo.

Y fue en ese momento que comprendí que lo más adecuado para mí era dejar el coqueteo que tenía y asumir un compromiso con lo que quería: aprender a escribir. Para lo cual, el camino conocido era solo uno: hacerlo.

Nacieron entonces los martes del Sari, como símbolo de mi compromiso, de perseverancia, de trabajar por lo que se quiere; como el acto de valentía que implica presentarse ante un sueño y decirle: me importas. Que es precisamente lo complicado. Tal vez por eso las personas le huyen tanto a sus pasiones, porque les importan y lo que nos importa, nos puede doler.

Al librito azul consideré que le faltaba edición. Yo misma le habría hecho unas cuantas correcciones. Sin embargo su portada mostraba orgullosa que era ganador de un importante premio literario.

Esto me hizo comprender que siempre habrá cosas que mejorar, pero que si no empiezo a equivocarme ahora no las voy a encontrar. Con los Saris siempre pasa que me como algún acento, pongo una letra de más o dejo signos de puntuación a la deriva, pero Vargas Llosa no esperó a ser Vargas Llosa para empezar a escribir. Cada fase cuenta.

El año pasado, cuando los martes del Sari tenían solo cinco meses, ya comenzaban a dar sus frutos: en el escritorio jurídico en el que trabajaba me hicieron responsable de los escritos de toda la oficina, una amiga me pidió que diera un taller de escritura en su fundación y alguien que quería conocerme le preguntaba a una amiga: ¿tú conoces a “Fernanda, la del Sari?”.

Era mi nombre asociado a mis escritos: ¡qué bonito fue! Pero también están los retos… yo sigo. Siguen los martes del Sari y ahora escribo un libro.

Hoy estoy en el punto del camino en el que estaba el joven escritor. Y si me freno porque no soy Vargas Llosa, corro el riesgo de no llegar a ser Maria Fernanda Salazar.

Por eso, a ti que me lees: gracias por acompañarme en el camino. Con tu lectura, con tu comentario, cada vez que compartes un Sari me recuerdas creer en mí y en mi sueño, y me riegas de fuerza para seguir caminando, para seguir creciendo, para seguir escribiendo.

El tiempo va a pasar, hayamos decidido sembrar en nuestros sueños o no. Las trampas de la vida me privaron de los libros del joven escritor… ojalá le hubiese podido hablar entonces, decirle que creo en él y que cuando estás alineado con tu verdad, el amor te da la fuerza para vencer cualquier monstruo.

Pero te lo digo a ti… y le digo a Fernanda, la del Sari que crea en Maria Fernanda Salazar.