¿Te importa un pepino?

El simple hecho de intentar algo (solo estar ahí, asistir), es hacernos más valientes. La autoestima consiste en hacer”. Joy Browne

Terminé caminando lejos. Entre los surcos y las enredaderas de unas tierras sembradas de pepinos.

Lejos del plan inicial que era acudir hasta el comando de la guardia para reportar la invasión de un terreno familiar que conozco solo a través de documentos.

-Una de estas situaciones en las que la vida se esmera en volverse imitación de alguna novela de Rómulo Gallegos-.

Sin imaginar siquiera que luego de eso, por ironía del destino llegaría muy cerca de aquellos linderos que hasta ahora habían sido solo de papel, a pisar los confines de sus tierras.

¿Todavía quieres recuperar tu hacienda? Se reía de mí el novio de mi prima viéndome caminar torpemente con zapatos altos por un lugar al que solo logran pasar carros rústicos y bestias.

Lejos. En un lugar donde tanto verde abruma. Tan distinto de lo que suele ser la realidad que parece un viaje a través del tiempo.

Yo no puse excusas para ir desde que llegó la noticia de que el socio de la prima que me acompañaba, un jovencito que al principio tuvo pinta de ser buen trabajador, no se había presentado en 4 días a velar por la cosecha.

Para la fecha, las maras ya debían estar llenas y listas para ser trasladadas a surtir los mercados de alguna ciudad cercana, de lo contrario, el tiempo acabaría con ellos y los haría inútiles a la venta.

Esto significaba que todo el trabajo del muchacho y el dinero de mi prima -inversionista inexperta en temas de agricultura- quedaría perdido.

Nos fuimos en carro hasta una parte del camino y el resto lo recorrimos a paso rápido. Llegamos pocos minutos después de que el jovencito comenzara a trabajar conforme se lo iba permitiendo la resaca.

No respondió el saludo ni esperó preguntas; comenzó su relato por cuenta propia. Una letanía de quejas que, estoy segura, no buscaban respuesta ni mucho menos comprensión.

Era solo decir para soltar, como cuando se escribe en un diario. Que la poca comida que su bebé que su esposa que había bebido para olvidar todas sus penas.

Mientras tanto mi prima estaba sin reaccionar, solo sacaba la cuenta de cuánto había perdido, supongo…

Valiente y osada sí es. Por atreverse a hacer en medio de todos los obstáculos que ofrece el entorno.

Qué terca en seguir contra la corriente de las opiniones. De lo lejos, de lo difícil. De la falta de experiencia.

Si hizo mal o hizo bien, ya se verá. Eso solo lo podrá decidir ella. Lo que sí es cierto es que hacer siempre va a ser mejor que no hacer nada.

Me quité los zapatos y me recogí las mangas de la camisa. Me dispuse a resolver. A salvar lo que se pudiera salvar.

Todo tiene solución. Esta ha sido la frase que me ha acompañado desde siempre, que se me impregnó en el subconsciente de haber visto tantas veces a mamá haciendo milagros.

Y aunque, admito, muchas veces este pensamiento puede ser espada de doble filo, bien usado es puro beneficio.

Cinco horas entre el montón de zancudos empeñados con saña en acabar con nosotros, dando todo de mí para rescatar la pequeña cosecha y recogimos casi todos los pepinos.

Todas las maras estaban repletas a pesar de haberlo dudado tanto.

Así que confirmo: el camino más largo es el que no se empieza.

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