Sin arrepentimiento

Por aquellos días, apenas comenzaba con el hábito de comprar un periódico cada domingo y leer alguno que otro artículo de opinión.

En una de esas -lo recuerdo claro-, en el borde inferior de una de las páginas, casi como relleno, vi el testimonio de una enfermera que había trabajado en distintos ancianatos, y aseguraba que gracias a sus muchos años de experiencia había logrado constatar un factor común entre todos sus pacientes.

Esa similitud que tenían, sin que importara sexo, nacionalidad, mayor o menor nivel económico, era que sus mayores arrepentimientos no eran por cosas que habían hecho mal en la vida, sino, por el contrario, por cosas que precisamente habían dejado de hacer.

No recuerdo haber reflexionado demasiado al respecto, pero sin duda, me causó una fuerte impresión. Esa lectura logró surtir un efecto en mí, parecido al que una plancha caliente produciría en un niño que acaba de tocarla con los dedos. No lo quiero, fue suficiente. Recibí un aprendizaje.

Comprendí, o más bien asumí, que llegar al final de mi vida queriendo haber hecho cosas que no hice, no me iba a gustar.

Que seguro que me irá mejor si me atrevo a cometer los errores que tenga que cometer, porque al final, si toca arrepentirme de mis acciones igual tendré un beneficio superior al de evitar actuar por miedo a equivocarme.

Pues cuando mi tiempo haya llegado a su fin y el futuro no sea más que abismo, cuando mi existencia entera, carente de porvenir, se encuentre sostenida solo por los hilos del pasado, se me hará fácil ver que todo lo que quise hacer, pude haberlo intentado si tan solo hubiera sido un poco más osada.

Así que a partir de aquella tarde, cometí un sin fin de tonterías. De muchas de ellas, por supuesto, llegué a arrepentirme amargamente. Pero también conseguí impulso para seguir adelante en muchas ocasiones, a pesar del miedo, solo por pensar que en el futuro habría preferido hacer eso que quiero, que dejarlo de hacer.

Ya he dicho antes que “hay que decir te quiero mientras se quiera y no por temor al futuro, sino por amor al presente”. Pues bien, lo que sí es cierto es que tener en cuenta el futuro, nos puede dar un empujoncito a la hora de saber aprovechar el ahora.

Y es precisamente por eso que me considero afortunada por haber recibido el mensaje de aquel artículo de relleno que me permitió descubrir la vida desde una nueva perspectiva, y que enseñó a mis oídos a escuchar esa voz del futuro que susurra: cuando llegues aquí, todo eso que hoy te perturba, te da miedo o te entristece, habrá dejado de importar.

Mapa del tesoro

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Hoy te quiero contar sobre mi nuevo descubrimiento. No se trata de un secreto así que es probable que sepas tú más que yo sobre el tema.

Por mi parte, aunque ya había escuchado alguna cosa al respecto, jamás hasta ahora había tenido la oportunidad de hacer un mapa del tesoro.

Pude hacerlo por fin hace un par de días, en la oficina en la que trabajo. Nos reunimos varias personas al rededor de una mesa, había revistas, pega blanca, hojas, tijeras y lápices de colores.

Escuché atentamente la explicación que pedí sobre qué era exactamente lo que tenía que hacer y me puse manos a la obra.

Debía usar todos los materiales que tenía a mi disposición para plasmar mis metas; era una especie de traducción de objetivos a imágenes. Por ejemplo, si yo quisiera viajar a España a mediados de este año colocaría un avión y una banderita roja con amarillo, en el espacio que por secuencia lógica le corresponda a esos meses.

Es más o menos así, ¿me explico?

Todas deben ser metas realizables, eso sí. Quiero decir, posibles de alcanzar. No se trata de dejarnos dopar por la imaginación y perdernos en el mágico mundo de los sueños. Se trata de crear una especie de brújula que nos indique el camino a seguir en los momentos en los que la claridad brille por su ausencia.

Enero parece ser un buen mes para este tipo de cosas. Porque sí, es común que en diciembre las personas lamentemos haber dejado de lado buena parte de los deseos del año y entonces aseguramos que esta vez las cosas serán distintas.

Y ¿por qué no? La verdad es que sí pueden serlo. Y para eso sirve hacer un mapa del tesoro. No tiene que ser demasiado elaborado, en serio. El mío por ejemplo fue rudimentario al extremo de causar risas entre mis compañeros. Pero, aunque yo también reí cuando lo vi terminado, lo cierto es que me lo tomé muy en serio.

Todo lo que en él había, era puro y era sincero. Tenía 7 metas, únicamente. Era un mapa chiquito… mi primer mapa. Eso sí, a cada una de ellas la sentí hasta en los huesos.

Y cuando me tocó explicarlas públicamente -era parte de la actividad- en mis palabras sentía la fuerza de una plegaria, de un rezo; cada afirmación llegaba como un juramento. Uno que decía que, en todo lo que dependa de mí, esas 7 metas van a ser alcanzadas.

El 24 de enero será la luna nueva en acuario.

Una excelente fecha para sembrar intenciones, propicia para hacer un mapa del tesoro que nos sirva de guía durante todo el año. Que nos recuerde, cuando estemos caminando sin rumbo, cuáles son los puntos de descanso, cuáles distracciones evitar, cuáles objetivos nos esperan.

De mi experiencia te digo que puede ser algo bien simple y que si las metas no son muchas, no pasa nada. Basta que sean honestas, que no vengan para impresionar a alguien sino a llenarnos de satisfacción a nosotros mismos. Y que si tu mapa causa algo de risa, como el mío, tampoco importa.

Lo que realmente importa es que sea algo muy serio para ti.

Aunque también te rías.

¿Te importa un pepino?

El simple hecho de intentar algo (solo estar ahí, asistir), es hacernos más valientes. La autoestima consiste en hacer”. Joy Browne

Terminé caminando lejos. Entre los surcos y las enredaderas de unas tierras sembradas de pepinos.

Lejos del plan inicial que era acudir hasta el comando de la guardia para reportar la invasión de un terreno familiar que conozco solo a través de documentos.

-Una de estas situaciones en las que la vida se esmera en volverse imitación de alguna novela de Rómulo Gallegos-.

Sin imaginar siquiera que luego de eso, por ironía del destino llegaría muy cerca de aquellos linderos que hasta ahora habían sido solo de papel, a pisar los confines de sus tierras.

¿Todavía quieres recuperar tu hacienda? Se reía de mí el novio de mi prima viéndome caminar torpemente con zapatos altos por un lugar al que solo logran pasar carros rústicos y bestias.

Lejos. En un lugar donde tanto verde abruma. Tan distinto de lo que suele ser la realidad que parece un viaje a través del tiempo.

Yo no puse excusas para ir desde que llegó la noticia de que el socio de la prima que me acompañaba, un jovencito que al principio tuvo pinta de ser buen trabajador, no se había presentado en 4 días a velar por la cosecha.

Para la fecha, las maras ya debían estar llenas y listas para ser trasladadas a surtir los mercados de alguna ciudad cercana, de lo contrario, el tiempo acabaría con ellos y los haría inútiles a la venta.

Esto significaba que todo el trabajo del muchacho y el dinero de mi prima -inversionista inexperta en temas de agricultura- quedaría perdido.

Nos fuimos en carro hasta una parte del camino y el resto lo recorrimos a paso rápido. Llegamos pocos minutos después de que el jovencito comenzara a trabajar conforme se lo iba permitiendo la resaca.

No respondió el saludo ni esperó preguntas; comenzó su relato por cuenta propia. Una letanía de quejas que, estoy segura, no buscaban respuesta ni mucho menos comprensión.

Era solo decir para soltar, como cuando se escribe en un diario. Que la poca comida que su bebé que su esposa que había bebido para olvidar todas sus penas.

Mientras tanto mi prima estaba sin reaccionar, solo sacaba la cuenta de cuánto había perdido, supongo…

Valiente y osada sí es. Por atreverse a hacer en medio de todos los obstáculos que ofrece el entorno.

Qué terca en seguir contra la corriente de las opiniones. De lo lejos, de lo difícil. De la falta de experiencia.

Si hizo mal o hizo bien, ya se verá. Eso solo lo podrá decidir ella. Lo que sí es cierto es que hacer siempre va a ser mejor que no hacer nada.

Me quité los zapatos y me recogí las mangas de la camisa. Me dispuse a resolver. A salvar lo que se pudiera salvar.

Todo tiene solución. Esta ha sido la frase que me ha acompañado desde siempre, que se me impregnó en el subconsciente de haber visto tantas veces a mamá haciendo milagros.

Y aunque, admito, muchas veces este pensamiento puede ser espada de doble filo, bien usado es puro beneficio.

Cinco horas entre el montón de zancudos empeñados con saña en acabar con nosotros, dando todo de mí para rescatar la pequeña cosecha y recogimos casi todos los pepinos.

Todas las maras estaban repletas a pesar de haberlo dudado tanto.

Así que confirmo: el camino más largo es el que no se empieza.