Me quedé sin nada

Como ves, me quedé sin nada. En el punto exacto para comenzar de cero.

Sola, viendo mis manos vacías e imaginando el mundo que habré de crear. Uno nuevo.

Me quedé sin absolutamente nada. Sin el mar como amuleto, sin amor para deporte y sin tu cara hasta en mi fondo de pantalla.

Me quedé sin ganas. Sin querer repetir que te amo pues cada vez que lo debí decir, lo dije. Sin la necesidad de escribir “te extraño” porque siempre que me faltaste en el cuerpo como si fueras agua y yo solo sed, te busqué sin cansarme. Porque cada vez que volviste, te recibí con la misma mirada que te hacia sentir en casa.

Me quedé así, sin nada. Sin querer decir lo siento porque, por cada vez que fallé, encontré diez soluciones y te pedí cien disculpas. Sin ganas de decir que no te vayas porque cuando te hice falta, simplemente estuve. Sin ganas de esperarte porque ya fueron suficientes todos esos meses de mirar el celular esperando tu mensaje.

Me quedé sin nada, el mejor impulso para comenzar de nuevo.

Dentro de mí no hay nada tuyo; nada de lo mío que era para ti. Todo lo que había, te lo fui dando de a poco. Ya te lo di.

Y como ves, ya me quedé sin nada.

Me quedé sin medio arrepentimiento, sin hubiera dicho y mucho menos con hubiera hecho. Sin miedo a hacer algo que te alejara totalmente.

Me quedé sin preguntas… ¿será que…? Nada. Todas las preguntas tuvieron respuesta. Dejaste de estar, ¿qué mejor información que esa?

Me quedé sin ti, sin la frecuencia de los recuerdos que ahora llegan solo en estos momentos en los que vienes y te sonrío y te doy las gracias por haberme dejado en el punto de partida para estar como estoy hoy: sin nada.

Pero sabiendo que sin tu mano como guía, estaría estancada cinco niveles más abajo, llorando y sin saber agradecer el valor de cada gota que hidrata mi cara, de tanta risa junto a ti, de tanto avance. Estaría sin aprender lo importante que resulta quedarse sin nada por lo menos una vez en la vida.

Me gusta haberme quedado así, sentada en el mueble y con esta flojera de responder tonterías; sin ganas de pensar más de la cuenta. Sin nada que analizar sobre ti. Pensando que en los negocios y en el amor es mejor fracasar antes de los 30.

Pues que valga la pena el fracaso: me dejaste quebrada. Solita, como me ves. Sin nada.

Luego de andar con un hueco infinito que no sé cómo me cabía dentro, de tener la mente nublada. Es evidente: luego de eso, ¿cómo no voy a apreciar haberme quedado así como estoy, sin nada?

Ya no soy quien antes era. Ya no soy agua de coco, busqué mi cauce. Soy río ahora. Y los ríos nunca regresan.

Porque sabemos de sobra que de nosotros atrás no encontraremos absolutamente nada.

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