En neutro

Ya mis poemas han dejado de contar mi historia. No les sé el título, no les conozco un nombre.

Alguien pregunta por quién escribí y giro a un lado a ver si un amigo me salva con la respuesta.

Yo misma los leo y me sorprendo en ocasiones, como si fuera la primera vez.

-¡Cuánto has sentido!, me digo perpleja y me lleno de ganas de abrazarme fuerte.

No podría asegurar en este momento que ha llegando el tiempo de cantar victoria sobre ese nombre que aún me persigue, me acompaña y me despierta.

Solo que ahora se ha quebrado el vínculo que mantenía atados presente y pasado.

Y los recuerdos que me vienen a la mente, son más parecidos a los sueños sin sentido, a esas visiones extrañas que uno no sabe ni de dónde llegan.

Todo esto he pensado mientras se apagaba la luz verde del semáforo y veía reaparecer la roja.

Las imágenes fantasmas se alejaron inmediatamente, en el mismo instante en que fueron llegando.

Así están. Vienen y se van, vienen y se van. Como las olas de los mares.

¿Cuál de los tres eres?

Cuando Jesús llegó a la ciudad donde vivía su amigo Lázaro, quien había estado gravemente enfermo, se encontró con la noticia de que este había fallecido hacía dos o tres días.

Lo recibieron Marta y María, las hermanas del difunto, entre llantos a causa de su reciente pérdida. Alguna de las dos, tal vez con un reproche de trasfondo, deseó en voz alta que la llegada del Mesías hubiera ocurrido un poco antes.

Pero Jesús no se permitió entristecerse por la noticia, simplemente se limitó a decir: él va a resucitar.

Y ante su comentario, que a cualquier mortal le habría parecido una total locura, respondió Marta:

– Tal vez no has entendido Maestro, ya pasaron dos días desde su muerte, su cuerpo ha comenzado a descomponerse. Ahora ya es tarde.

– “Mujer de poca fe”, fue la respuesta de Jesús.

Es aquí cuando pronuncia esa famosa frase conocida incluso por los más ignorantes de la Biblia, como yo.

Y a continuación Jesús optó por obviar las dudas de Marta y se enfocó únicamente en su objetivo. Pidió que lo llevaran hasta el lugar donde se hallaba el cuerpo de Lázaro, pero eso sí, no se salvó de tener que seguir escuchando comentarios adversos.

Sin embargo fue guiado hasta la tumba y al llegar, antes de rodar la piedra que la clausuraba, alzó la vista al cielo y dijo gracias: “Gracias Padre por lo que va a ocurrir”.

Luego de eso, entró y pronunció otra frase también muy conocida:

– “¡Lázaro, levántate y anda!” Y fue entonces que ocurrió el gran milagro: Lázaro resucitó.

He notado que en la vida muchas veces somos Marta, otras somos Lázaro y también a veces somos Jesús. Y en ocasiones incluso somos los tres al mismo tiempo.

Somos Marta cada vez que limitamos el poder de la fe, cuando empañamos nuestras ganas de ganar con negatividad, lamentos y quejas. Cuando renunciamos y pensamos que es demasiado tarde para encontrar un arreglo. Y cuando entorpecemos y obstaculizamos con comentarios fatalistas, el camino de quienes están dispuestos a trabajar por encontrar una solución.

Somos Lázaro cuando dejamos que se nos apague el espíritu, cuando nos llevamos a estar más muertos que vivos, cuando perdemos por completo la esperanza.

Cuando nos decimos que hemos fracasado en todo, cuando en la memoria y cuenta de nuestra vida solo nos hacemos reproches. Cuando dejamos de intentar, cuando aunque queramos no logramos sonreír, no encontramos el final del túnel. Cuando asumimos que la vida se ha ensañado con nosotros. Cuando nos quejamos de la suerte, sin siquiera probar a sacarle algún provecho a los reveses.

Y somos Jesús cuando a pesar de todo, de tener que lidiar con Marta, de querer rescatar a Lázaro, habiendo visto con los ojos propios que todo acabó, obviamos y seguimos. Decidimos confiar y decir: gracias Padre por lo que va a ocurrir. 

Somos Jesús cuando enseñamos con nuestro ejemplo que sí es posible; cuando alentamos a nuestros amigos a levantarse otra vez y las que sean necesarias. Cuando actuamos siguiendo la certeza de que el ingrediente para que ocurran los milagros es la fe. Es poder decir gracias antes de tener eso que anhelamos y no solo después de que lo hemos obtenido.

Es agradecer porque sabemos que tenemos un Padre con la capacidad de hacer milagros. Y que solo nos pide que confiemos un poco, que tengamos fe del tamaño de un granito de mostaza.

Nota: este cuento bíblico lo escuché de un teólogo conferencista llamado Carlos Saúl Rodríguez. Mi aporte ha sido añadir mis propias reflexiones con respecto al rol de los personajes y por supuesto, escribirlo con el objetivo de compartirlo contigo y de parecerme con esto un poco más a Jesús, porque tal vez necesitas que alguien te recuerde que puedes ser más de lo que ahora estás siendo.

La promesa del balcón

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Hace casi exactamente un año estaba sentada en un balcón con vista al Manto de María, en Barquisimeto, solera verde en mano, inmersa en mi propio monólogo sobre el amor.

Decía que era una total y absoluta locura que mis relaciones siempre terminaran de la misma forma, como si fuera un guión de novela y que eso, obviamente, no podía ser casualidad.

Me di cuenta de que en todas las veces anteriores, luego de la ruptura yo había solucionado el problema conociendo nuevas personas, a manera de  pañitos de agua fresca que me hicieran creer que estaba sanando.

Y entonces entendí que si quería que el futuro tuviera una cara distinta, tenía que empezar a hacer algunas cosas diferentes. Por ejemplo, tomar el tiempo que usaba antes en alguna otra persona, para escucharme y entenderme a mí misma ahora.

-Voy a ser mi propia novia, ¡ya está! Esa fue mi solución y no puedo ni adivinar cuántas cervezas llevaba cuando dije eso. -Voy a estar conmigo por un año entero, sin salir con nadie más. Y luego maticé un poquito: -Bueno pero si llega alguien muy… No, nada de eso. Voy a estar un año entero completamente para mí.

¿Con cuál objetivo? A simple vista pareciera que no hubiera ninguno. De hecho, recuerdo que no habían pasado ni siquiera dos meses desde el evento que me llevó a tener aquel monólogo en el balcón cuando ya me estaban preguntando: ¿estás saliendo con alguien? Y como respondía que no, inquirían que cuál era la necesidad de estarle guardando luto a los muertos.

Pero yo había empezado a entender que buscar salir con z solo por afán de olvidar a x, no habría hecho más que empeorar las cosas. Experiencia tenía de sobra. Por otro lado, me comenzó a nacer la idea en la cabeza de que habría sido una falta de respeto conmigo misma y con todo el amor que todavía tenía.

¿Cómo iba a lograr confiar en mí si ni siquiera era capaz de hacer que mis acciones tuviera congruencia con lo que sentía? Si amar es tan bonito… ¿cómo traicionar yo misma algo que siempre he valorado tanto?

Así que ni di explicaciones, ni tampoco hice caso.

Hace un par de meses escuché a una mujer decir que en 30 años de matrimonio nunca fue feliz. Que estuvo cómoda y estuvo bien, sí. Pero feliz, jamás. Que su esposo fue buen padre y buen hombre, pero no el esposo que habría querido y que apenas ahora ella lo había notado, que antes no se había tomado el tiempo de preguntarse si por casualidad estaba teniendo algo por lo menos cercano a la mejor vida que podía tener.

Entonces intuí que me estaba haciendo las preguntas correctas y en el momento correcto… y que por difícil que pudiera parecer ejecutar mi decisión estaba haciendo lo mejor.

Para acompañarme en mi locura llegó a mí una conferencia Ted en la que otra loca llamada Hayley Quinn hablaba de una teoría suya más o menos parecida a la mía. Y me encantó, por supuesto.

Decía algo así como que muchas veces los seres humanos y sobre todo los jóvenes, usamos el amor como una vía de escape, una manera rápida de huir de todo lo que pueda incomodarnos: traumas no resueltos, recuerdos tristes, inseguridades, miedo al pasado, miedo al futuro, la sensación de estar en la vida sin hacer lo que realmente deberíamos estar haciendo.

Resolvemos todo eso enamorándonos a cada rato y entrando en esa zona cómoda en la que solo piensas en descubrir más sobre esa otra persona, donde todavía no hay defectos ni tienes que lidiar con nada. Nos olvidamos de todo, apagamos el silencio.

Y así continuamos, de persona en persona, buscando quien nos salve sin detenernos en ningún momento a mirarnos, a escucharnos, a preguntarnos qué queremos, si estamos bien. Seguimos ignorando a la única persona que de verdad nos puede rescatar de todos los fantasmas. Sí, nosotros mismos. Porque la verdad es que nadie más, ni por mucho que nos quiera, podrá hacerlo.

Y antes de que me preguntes: sí, sí logré cumplir la promesa que hice aquella noche en el balcón.

 

Me quedé sin nada

Como ves, me quedé sin nada. En el punto exacto para comenzar de cero.

Sola, viendo mis manos vacías e imaginando el mundo que habré de crear. Uno nuevo.

Me quedé sin absolutamente nada. Sin el mar como amuleto, sin amor para deporte y sin tu cara hasta en mi fondo de pantalla.

Me quedé sin ganas. Sin querer repetir que te amo pues cada vez que lo debí decir, lo dije. Sin la necesidad de escribir “te extraño” porque siempre que me faltaste en el cuerpo como si fueras agua y yo solo sed, te busqué sin cansarme. Porque cada vez que volviste, te recibí con la misma mirada que te hacia sentir en casa.

Me quedé así, sin nada. Sin querer decir lo siento porque, por cada vez que fallé, encontré diez soluciones y te pedí cien disculpas. Sin ganas de decir que no te vayas porque cuando te hice falta, simplemente estuve. Sin ganas de esperarte porque ya fueron suficientes todos esos meses de mirar el celular esperando tu mensaje.

Me quedé sin nada, el mejor impulso para comenzar de nuevo.

Dentro de mí no hay nada tuyo; nada de lo mío que era para ti. Todo lo que había, te lo fui dando de a poco. Ya te lo di.

Y como ves, ya me quedé sin nada.

Me quedé sin medio arrepentimiento, sin hubiera dicho y mucho menos con hubiera hecho. Sin miedo a hacer algo que te alejara totalmente.

Me quedé sin preguntas… ¿será que…? Nada. Todas las preguntas tuvieron respuesta. Dejaste de estar, ¿qué mejor información que esa?

Me quedé sin ti, sin la frecuencia de los recuerdos que ahora llegan solo en estos momentos en los que vienes y te sonrío y te doy las gracias por haberme dejado en el punto de partida para estar como estoy hoy: sin nada.

Pero sabiendo que sin tu mano como guía, estaría estancada cinco niveles más abajo, llorando y sin saber agradecer el valor de cada gota que hidrata mi cara, de tanta risa junto a ti, de tanto avance. Estaría sin aprender lo importante que resulta quedarse sin nada por lo menos una vez en la vida.

Me gusta haberme quedado así, sentada en el mueble y con esta flojera de responder tonterías; sin ganas de pensar más de la cuenta. Sin nada que analizar sobre ti. Pensando que en los negocios y en el amor es mejor fracasar antes de los 30.

Pues que valga la pena el fracaso: me dejaste quebrada. Solita, como me ves. Sin nada.

Luego de andar con un hueco infinito que no sé cómo me cabía dentro, de tener la mente nublada. Es evidente: luego de eso, ¿cómo no voy a apreciar haberme quedado así como estoy, sin nada?

Ya no soy quien antes era. Ya no soy agua de coco, busqué mi cauce. Soy río ahora. Y los ríos nunca regresan.

Porque sabemos de sobra que de nosotros atrás no encontraremos absolutamente nada.