La Pelona

Si algo me gusta de pertenecer a Latinoamérica es que los de aquí reímos cuando se debe reír, lloramos cuando se tiene que llorar y abrazamos al prójimo sin mayores complicaciones.

En los pueblos esto es más cierto que en ninguna otra parte o por lo menos es más fácil de observar desde el momento que todos los eventos importantes de la vida humana se dan por temporadas.

Sí, por temporadas. Así como hay una para los mangos y otra para las pomalacas, también hay temporada de quinceaños, de bodas y de muertos.

Tan es verdad lo que les cuento que es frecuente escuchar que se diga que en los pueblos nadie muere solo, pues cada vez que un fulanito perece, se lleva con él a, por lo menos, dos acompañantes. Y es entonces cuando se habla de que “la pelona anda suelta”.

A la pelona ninguno la ha visto y por eso nadie sabe cómo es, pero de sus actuaciones se puede comprender fácilmente que es un angel de la muerte que aprovecha cada uno de sus viajes al mundo de los vivos para recoger la mayor cantidad de almas que se pueda llevar al otro lado.

Todo el mundo sabe que existe. Y por ello, cada vez que doblan las campanas de la iglesia, la gente mira a quien tenga al lado y sin necesidad de cruzar palabra, se preguntan quién será el próximo, rezando porque no sea alguien de su propia casa

Hay viejos que desde antes de que le toque turno al primero, ya saben que algo va a pasar. Basta con que escuchen el canto de una pavita para que se persignen mirando al cielo en busca del animal, sin querer encontrarlo.

Yo misma la escuché una noche, no les miento. Esa vez me acuerdo de que no pude dormir en las horas que siguieron y a las tres de la mañana llegó la noticia triste. Pero de eso no les voy a hablar.

Mejor les cuento de esa otra visita en la que a la pelona le dio por hacer desguace y se llevó a los dos perros de la casa. Primero a Memín y luego a Ríquiti, en cuestión de una semana.

Esa temporada ni mis primos, ni mis hermanos ni yo tuvimos ganas de acompañar a mi abuela a ningún otro velorio y, para sorpresa de nadie, no hubo ni un perencejo a quien le importara el fallecimiento de nuestros animales.

¿Qué pasó con los perros? Se los llevó la pelona.

Se los llevó y en un mismo viaje.

Eso no era algo frecuente. Hasta la muerte tiene su ética y la verdad es que generalmente actuaba con consideración, agarrando al azar uno por aquí y otro más allá.

Y entonces de los hogares elegidos salía una multitud de gente caminando hasta el cementerio, detrás de un ataúd cargado por cuatro hombres fuertes.

Pero a nosotros no nos mostraron los cuerpos de nuestras mascotas, simplemente se nos informó que habían muerto, así que no pudimos enterrarlos. Y cuando preguntamos por el lugar de su sepultura, nos dijeron que estaban al pie de la vieja ceiba que se veía desde la casa.

Por suerte abuela nos dejó agarrar las flores del jardín para que hiciéramos los ramitos y las coronas y nosotros mismos preparamos las cruces para el primer velorio de nuestros perros.

Y mientras los adultos iban a las otras casas de las otras calles, nosotros acudíamos cada tarde de los nueve días siguientes a pedir por el alma de Memín y Ríquiti, entonando cánticos aprendidos en otros velorios de temporadas pasadas e implorando a la pelona no visitar nuestra casa en muchos años.

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2 comentarios sobre “La Pelona

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