Olor a libertad

¿Cómo se describe un aroma? Quiero decir, ¿Cómo le indico al alguien que no puede oler la melodía de un olor, sabiendo que es absurdo usar otro como referencia? Sin decir, por ejemplo, olía como el café…

Si ese alguien fuera un fabricante de esencias yo querría decirle que me hiciera una con olor a la casa de mi abuela.

Le diría que es dulce como un chocolate después del almuerzo y fresco como acercar la cara a las hojas verdes de las matas.

Dulce y fresca: así se respiraba esa casa cuando yo era niña. Y aunque parecía que siempre tenía el mismo aroma, la verdad es que no era así del todo, lo que se mantenía eran los ritmos y los tonos.

El olor predominante, en cambio, podía ser a parchita o a guayaba o a carato de mango o a ciruelas rojas o a jobitos o a tamarindo o a hojitas de menta. A pomalacas también y también a café sin tostar pero más común todavía, a café recién tostado.

Me acuerdo de la primera vez que viajé desde Caracas a la casa de mi abuela. Yo que era la mascotica brava de mis hermanos, bajé del carro y pasé con ellos derecho, a explorar aquel lugar que recién conocíamos y que luego se llenaría de tantas memorias.

La primera de ellas fue ese mismo día. En el patio de la casa había un corredor, donde estaban varias jaulas, cada una con uno o dos pájaros pequeños.

Parecían palafitos. Estaban hechas de varitas de bambú y alambre. Eran como apartamentos con puertas chiquitas, y adentro tenían algo de comida, tal vez una guayaba y agua y además una habitación redonda, hecha con una tapara seca.

Se le abría un hueco y servía para que las pajaritas anidaran sus huevos.
Cantaban, no estaban tristes, a pesar de que la puerta estaba cerrada.

-¿Por qué los tienen ahí? -Preguntó mi hermana.

-Esas son sus casas, ahí viven ellos tranquilos, respondió alguien.

Había una jaula mucho más grande que nosotros, como de un metro treinta de altura donde estaba un loro que hablaba. Decía “mamá” y decía “papá”. El papá era Anibal. Anibal era el tío más tierno e iracundo del mundo. Me hizo sentir cariño desde el primer momento.

Y le agradezco todavía no haber tomado medidas drásticas contra sus nuevos sobrinos.
Porque los pajaritos de las jaulas eran suyos.
Y nosotros, la primera acción que intentamos para labrar nuestra fama de truhanes fue precisamente soltar los pájaros.

Creo que supimos que lo haríamos desde el momento en que los vimos. Fuimos rodando un tambor gigante en el que guardaban maíz para las gallinas, subíamos sobre él y abríamos las puertitas una por una.

Los adultos siempre decían que cuando la casa estaba en silencio, probablemente nosotros la estábamos quemando. Mamá en cambio seguro sintió orgullo de sus niñitos libertadores pero fingió estar afligida por nuestras malas decisiones.

Los pajaritos se quedaban paralizados, sin saber qué hacer. Cuando nos apartábamos de la jaula, indicando que les cedíamos plena libertad, comprendían el privilegio y se iban rápido, como temiendo un arrepentimiento.

El loro en cambio se quedó. Estaba gordo y cómodo. Y en su jaula vivió muchos años.

El resto, todos los demás, se fueron. No hubo ningún fiel o amante de la seguridad y el comfort. Se fueron.

-¿Qué pasó con los pajaritos?
-¡Cómo saberlo!
-Tuvieron que ser ellos, dijo Diomedes. -¿Quién más? Aquí nadie se mete con esos pájaros.

-No chico, ¿cómo van a ser ellos, tú no les estás viendo el tamañito? -Habló mi abuela y con sus palabras nos liberaba ella a nosotros -por primera vez de tantas-, soltando una sonrisa que reconocimos cómplice.

Esa sonrisa suya fresca como las hojas verdes de las matas y dulce como un abrazo lleno de amor que a veces me hace pensar en café recién tostado y otras veces en rosas de jardín. Y de igual forma puede ser parchita, tamarindo o mango.

Esa sonrisa que nos alentaba a hacer todo lo que hacíamos porque ella jamás habría aprobado con palabras que soltáramos a los pájaros. Pero en su corazón lo hacía.

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