Cartas de despedida

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Continuación

Ya dejé de preguntarme qué habría pasado si cuando apareciste diciendo que aún me querías, hubiese contestado “yo también” -que era lo que sentía- en lugar de “yo no” -que era lo que quería sentir-. Ya no me lo pregunto porque la respuesta la tengo, la descubrí hace poco: no habría pasado absolutamente nada. Nos habríamos conformado con saberlo, con confirmar que nos amábamos y habríamos continuado, cada quien por su camino.

Pero… ¿y si el resultado hubiera sido otro? Eso otro ya no lo quiero imaginar, justo ahora no me provoca. Ha dejado de tener importancia.

Importancia tiene escribir esto porque es el equivalente a poner punto y final a una historia absurda de vivir con un fantasma a cuestas. Nadie merece eso. Y es una cadena que nos imponemos cuando decidimos hacernos los locos, salir y bebernos hasta el agua del florero, confiando en que el alcohol será capaz de matar al amor, a riesgo de que si este queda vivo, nos mate a nosotros. Ojalá asumir la valentía de mirar a los monstruos de frente, directo a los ojos y gritar o llorar hasta que se haya salido la rabia y el dolor del día. Hasta que se hagan las paces con las bestias.

¡Cuántas palabras! Y yo que venía solo a despedirme…

A despedirme de ti desde el futuro. A enviarte un saludo a aquel momento en el que se rompió todo. ¿Qué fecha es ahí? No la recuerdo. Roto porque sí, porque aunque te amo, porque aunque me amas, no se puede. ¿Por qué no se podía? porque ellos. Segura estoy de que de haber entrado a analizar quiénes eran ellos, sus opiniones daban igual. Tal vez ni siquiera tenían una.

Ahora lo puedo ver claramente: el problemas nunca es “ellos”, el problema siempre es uno, dándoles poder a partir de nada. Pero tal fue el poder que les diste que explotaron nuestra burbuja, entraron con caballitos de madera y nos dejaron sin nada.

Antes de eso nadie había podido entrar: éramos solo dos.

Siempre me costó entender cómo tuviste tanta fuerza de voluntad en el proceso de alejarnos. No, no me mires como si yo hubiese actuado de la misma forma. Lo mío era todo fingido. Mi distancia era un teatro. No podía hacer más, tú ya habías decidido.

Fingí cada vez que me tocó encontrarte en algún sitio. Pero fingí muy mal, lo sé. Mi peor escena fue esa tarde en la pizzeria, yo con Zeta y tu con Equis. Nunca debimos estar en mesas distintas. Te paraste y te fuiste y mi pizza quedó completa.

¿Con tantos restaurantes en Caracas, por qué tú y yo ahí a la misma hora?

Porque el diablo existe.

Pero los ángeles también, por suerte. Hace un par de meses me hicieron el favor inmenso de enviarte un recado. Yo sé que lo recibiste. 

Era de noche y, en medio de un sueño, te vi susurrar “te amo”, con lágrimas en los ojos. Equis estaba a tu lado y tú no querías que notara la mirada de amor con la que me veías. En ese momento desperté, casi desesperada y respondí “yo también”. Sin embargo, estaba de vuelta a la realidad, fuera de la dimensión donde nos vimos, y entendí que ya no podrías escucharme, así que cerré los ojos con fuerza y le pedí a Dios, devotamente, que te entregara mi mensaje.

Sé que la verdad de los sueños es que tienen que ver con el soñador y no con el soñado, pero en este caso fue distinto. A los dos días, gracias a la persona menos esperada, recibí noticias tuyas. Sé que estás bien y que vas haciendo que las cosas funcionen. 

Sería un error pensar que solo fue casualidad.

 

 

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