Una vez en Londres

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¿Qué habría hecho Shakespeare con Romeo y con Julieta si hubiese existido el teléfono celular en aquel momento? Si uno lo piensa, con que alguno de los dos enviara un mensaje de texto, quedaba eliminada la mitad de la historia.

La tecnología ha facilitado la vida de millones de personas -es innegable- y ha evitado un sinfín de tragedias, pero no se puede dejar de reconocer que la falta de ella también llega a tener una adrenalina encantadora.

Pensaba en esto mientras lo esperaba frente a la puerta de la estación de trenes, sin maneras de saber si llegaría. ¿Lo haría? Yo le había escrito un mensaje diciéndole que nuestro tren a Londres saldría el sábado a las ocho de la mañana y él respondió que estaría a la hora… pero si se le hubiese presentado un inconveniente, no había forma de que me avisara.

Cuando hace frío y no se tiene más nada que hacer, la mente se va y regresa y termina viendo señales donde no hay nada. Que cómo iba a ser casualidad que siendo el mundo tan grande, nos conociéramos en una callecita de una ciudad tan pequeña y que, viniendo ambos de continentes distintos, pudiéramos hablar el mismo idioma sin problemas. Y también esto otro: que la primera vez que salimos juntos era la despedida del rubio, su amigo, el cual, al regresar a Milano, le dejó como regalo su bici y eso era perfecto porque podríamos salir a pedalear en cada atardecer del futuro.

“¿Tú por fin tuviste algo con él?”, me preguntan los curiosos de confianza cuando les cuento que ese día, en mi bolso para el viaje metí dos almuerzos y dos meriendas. Fue un gesto lindo de mi parte. Recuerdo que una vez, en el colegio, yo estaba sentada en las gradas, debajo de la estatua de Agustín Codazzi, y alguien llegó con una galleta para mí y me dijo: ¿no te parece que compartir la comida es la mayor demostración del amor?

Me alegré al verlo llegar, en el límite del tiempo. “Traje almuerzo para los dos”, le dije. Casi se detuvo para mirarme, con una sonrisa incrédula, y respondió: yo hice lo mismo.

¿De qué hablaríamos en el viaje? fue rápido. Probablemente le conté sobre el libro que estaba leyendo por esos días, Los Pilares de la tierra, de Ken Follet. Lo había elegido al azar de mi biblioteca, antes de salir al aeropuerto y resultó estar ambientado precisamente en Inglaterra. 

Llegar a Londres me hizo entender que de verdad viajar con Rino era lo mejor que me había podido pasar. Si me perdí en Cambridge, Londres habría acabado conmigo. El subterráneo era un monstruo gigante, con infinitas rutas y yo carente de inteligencia espacial. Y pensar que en mil ochocientos y pico un médico londinense salvó a miles de personas de una epidemia de cólera con solo un mapa de la ciudad. Notó que las zonas afectadas por la enfermedad se surtían de la misma fuente y fue algo tan fácil como girar una manilla y frenar las muertes. 

Qué lugar tan increíble. La energía que se sentía, era como si hablara, decía: si vivieras aquí, serías feliz incluso sola. Es que el ambiente tenía un aura de independencia que eliminaba cualquier complejo. La diversidad era la norma, no se imponía el deber ser. Era fácil imaginar cómo pudieron esas calles ser tierra fértil para el nacimiento de la más grande protesta en contra de las limitaciones de la vida burguesa que llevó a tantos hippies a vivir una experiencia de liberación nunca antes vista.

A orillas del río Támesis, recordamos las ratas gigantes del Tíber y, como me conozco, seguro se me ocurrió contarle que en 1666 -¡susto!- un gran incendio, supuestamente ocasionado por el descuido de un panadero, calcinó buena parte de Londres.

Y, probablemente, imaginé paseando, por la misma acera que pisábamos nosotros, a Oliver Twist, descalzo y andrajoso, sin saberse heredero de una millonaria fortuna. Leer llena la vida de sentido. Incluso una simple pared puede dejar de ser solo cemento y piedra, cuando hace parte de una buena historia.

Me sentía feliz de estar con Rino. Me hacia fotos y respetaba los silencios, no abarrotaba con palabras el espacio. Disfrutaba, como yo, de las pequeñas cosas: de los intocables cisnes propiedad de la reina, de las ardillas en las ramas y del obsequio providencial que era tener un cielo azul por todo un día, -siendo que el gris es el color reglamentario-.  

-“A ti te gustaría mi país, tú eres italiano. Venezuela está llena de italianos que llegaron por la Guerra y se quedaron allá, enamorados”.

– “Te visitaré pronto en Caracas, entonces”. 

Un semáforo nos obligó a parar antes de cruzar la calle. Parecía mentira que era apenas la tercera vez que nos veíamos y resultaba así de natural estar juntos. Increíble que de pedir una dirección en Cambridge, surgiera la mejor compañía para un viaje a Londres. “Qué agradable es” -pensaba yo- “Qué suerte haberlo encontrado”.

Y mientras tanto, él también pensaba alguna cosa, seguro. No creo que sea verdad eso de que los hombres pueden simplemente estar sin pensar en nada.

Uno al lado del otro, esperando el cambio de luz. Y al parecer, en su mente lo hubo.

Alcé la cara para saber qué quería, pues le escuché decir mi nombre. Con los lentes que aumentaban el tamaño de sus ojos y las tiras del bolso sobre los hombros, parecía un niño bueno. -“Dime”, respondí. Y en ese momento se lanzó sobre mí para ¿darme un beso? 

Hice un movimiento tan rápido, apartándome, que yo misma quedé impresionada. Matrix. No sé cómo no se me partió la columna al doblarme hacia atrás.

Por su expresión pude adivinar que esperaba una reacción totalmente distinta.

Mi dispiace.

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