Antes del fin

caronte

Abrí la puerta del copiloto, bajé del auto y al caminar hacia el edificio donde vivo, escuché, detrás de mí, el motor de una moto y una voz de mujer que me obligó a voltear, exigiendo que le entregara mis cosas.

Giré y encontré a dos personas uniformadas, eran policías. Que le diera el maletín, me repitió aquella. 

A pesar de pensar en todo lo que estaba perdiendo -la computadora, el teléfono, los documentos-, reaccioné de la forma correcta: hice exactamente lo que se me pedía.

Un paso hacia adelante a la vez que extendía el brazo izquierdo con pensada calma, y entregué, esperando que, al obtener lo que querían, se fueran. Pero no ocurrió así.

Apenas estuvo en posesión de mis cosas, sonriendo, en un delirio del triunfo que da el poder cuando se mezcla con el resentimiento, la mujer policía me disparó.

Sin embargo, no lo hizo de inmediato. Antes de eso, del disparo, quiero decir, antes, eligió jugar. Con el arma en su mano derecha, me apuntó. Supuse que buscaría mi corazón y esperé. No vi la vida pasar en un segundo ni nada. Solo fue un vacío en el pecho o tal vez una presión, anticipando el ardor que causaría la bala.

No llegó.

Cambió de objetivo. Comenzó a pasear -de forma calculada- el ojo del cañón por mis piernas, -¿rodillas?- pensé en los patines. Bajó más y subió rápidamente, sin presionar el gatillo, gozando el placer de ver el terror en mi cara.

Escuché el disparo.

No sentí mucho pero intuí que algo caliente bañaba mi cabeza. Comprobé con las manos y se llenaron de sangre: estaba herida. Pero la bala me rozó solamente. Seguía viva… ¿porque lo quiso Dios o porque así lo quiso ella?

No acabó del todo conmigo, prefirió atentar contra mi fe, matarme de impotencia.

Se fueron.

¿Quiénes eran? parte del cuerpo de seguridad. ¿Qué podía yo hacer contra ellos?

Nada.

¿Vale la pena seguir creyendo que se puede continuar trabajando por Venezuela, sabiendo que el precio podría ser la propia vida?

Me hice esta pregunta al abrir los ojos y asegurarme de que había sido una pesadilla.

Hay noches en las que los sueños se confunden con la realidad… y hay realidades que no guardan diferencia con las noches más oscuras. ¿Son recreaciones o visiones? 

En cualquier país del mundo mi sueño sería digno de análisis. ¿Pero aquí? en Venezuela no tiene nada extraño, no es absurdo, su origen es muy claro. La escena fue normal.

¿Qué hay de raro en que una policía me haya robado y haya decidido disparar solo porque quería? Dentro de estas fronteras yo podría contarlo como un hecho de la vida real, sin encontrar mayor escepticismo.

Vuelvo al punto.

¿Por qué decidí permanecer en un país del que tantos se han ido? ¿Qué me tiene en Venezuela todavía? ¿Será que en el fondo me resulta atractivo ese cincuenta por ciento de riesgo de no llegar a contarlo? ¿O es precisamente para contarlo que sigo aquí?

“¿Cómo ha sido vivir en Venezuela?”

Hay tantos que no lo saben. Y los que lo saben no se han enterado por mí. Mis escritos, hasta ahora, han evadido -casi siempre- la realidad cotidiana, agarrándose, como si fueran lianas, de momentos gratos. He querido que mis letras sean, por lo menos tres minutos de luz, de distracción, de claridad.

No obstante, ahora que comienzo a sentir en el cuerpo una sensación de cambio -díganme ingenua si quieren, pero yo el 24 de enero en la mañana amanecí respirando democracia, y hasta ahora nada me saca ese aire fresco de los pulmones- empiezo a creer que viene siendo hora de tratar otros temas. Porque haber estado aquí todo este tiempo no debería pasar por debajo de la mesa. 

Yo también tuve el impulso de agarrar maletas y despedirme de esta tierra sin ley, peligrosa y casi estéril de oportunidades honestas. Tuve planes, tuve opciones. Pero, por otro lado, tuve la sensación profunda -¿intuición? – de que si me iba, me alejaba de mí. Que dejaba algo importante o perdía una oportunidad más grande que todas las posibilidades que pudiera ofrecer una economía estable.

Quizá el placer de conocerme hasta el fondo, la valentía de asumir el reto de nacer en Venezuela en el momento histórico en que nací. No durante la bonanza de la que tanto se habla ni después de una dictadura maldita, sino justamente entre una cosa y otra, en el medio, en los años infernales de no tener respuestas. En el calor del momento destinado a ser historia pero que entonces, no lo era -no lo es- y solo era eso, un momento, una incertidumbre: una pregunta ¿estoy haciendo lo correcto? ¿estoy botando la vida en un lugar que cada día se vuelve más gris? en una ciudad desactualizada, sin luces, sin agua, llena de peligro, de indigentes, de viejos comiendo de la basura.

De censura, de cadenas en radio y televisión en las que solo se daban noticias falsas y análisis absurdos, de descaro, de arbitrariedades.

Esto también ha sido vivir en Venezuela.

¿Quieren que diga más?

 

 

 

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Una vez en Londres

london

¿Qué habría hecho Shakespeare con Romeo y con Julieta si hubiese existido el teléfono celular en aquel momento? Si uno lo piensa, con que alguno de los dos enviara un mensaje de texto, quedaba eliminada la mitad de la historia.

La tecnología ha facilitado la vida de millones de personas -es innegable- y ha evitado un sinfín de tragedias, pero no se puede dejar de reconocer que la falta de ella también llega a tener una adrenalina encantadora.

Pensaba en esto mientras lo esperaba frente a la puerta de la estación de trenes, sin maneras de saber si llegaría. ¿Lo haría? Yo le había escrito un mensaje diciéndole que nuestro tren a Londres saldría el sábado a las ocho de la mañana y él respondió que estaría a la hora… pero si se le hubiese presentado un inconveniente, no había forma de que me avisara.

Cuando hace frío y no se tiene más nada que hacer, la mente se va y regresa y termina viendo señales donde no hay nada. Que cómo iba a ser casualidad que siendo el mundo tan grande, nos conociéramos en una callecita de una ciudad tan pequeña y que, viniendo ambos de continentes distintos, pudiéramos hablar el mismo idioma sin problemas. Y también esto otro: que la primera vez que salimos juntos era la despedida del rubio, su amigo, el cual, al regresar a Milano, le dejó como regalo su bici y eso era perfecto porque podríamos salir a pedalear en cada atardecer del futuro.

“¿Tú por fin tuviste algo con él?”, me preguntan los curiosos de confianza cuando les cuento que ese día, en mi bolso para el viaje metí dos almuerzos y dos meriendas. Fue un gesto lindo de mi parte. Recuerdo que una vez, en el colegio, yo estaba sentada en las gradas, debajo de la estatua de Agustín Codazzi, y alguien llegó con una galleta para mí y me dijo: ¿no te parece que compartir la comida es la mayor demostración del amor?

Me alegré al verlo llegar, en el límite del tiempo. “Traje almuerzo para los dos”, le dije. Casi se detuvo para mirarme, con una sonrisa incrédula, y respondió: yo hice lo mismo.

¿De qué hablaríamos en el viaje? fue rápido. Probablemente le conté sobre el libro que estaba leyendo por esos días, Los Pilares de la tierra, de Ken Follet. Lo había elegido al azar de mi biblioteca, antes de salir al aeropuerto y resultó estar ambientado precisamente en Inglaterra. 

Llegar a Londres me hizo entender que de verdad viajar con Rino era lo mejor que me había podido pasar. Si me perdí en Cambridge, Londres habría acabado conmigo. El subterráneo era un monstruo gigante, con infinitas rutas y yo carente de inteligencia espacial. Y pensar que en mil ochocientos y pico un médico londinense salvó a miles de personas de una epidemia de cólera con solo un mapa de la ciudad. Notó que las zonas afectadas por la enfermedad se surtían de la misma fuente y fue algo tan fácil como girar una manilla y frenar las muertes. 

Qué lugar tan increíble. La energía que se sentía, era como si hablara, decía: si vivieras aquí, serías feliz incluso sola. Es que el ambiente tenía un aura de independencia que eliminaba cualquier complejo. La diversidad era la norma, no se imponía el deber ser. Era fácil imaginar cómo pudieron esas calles ser tierra fértil para el nacimiento de la más grande protesta en contra de las limitaciones de la vida burguesa que llevó a tantos hippies a vivir una experiencia de liberación nunca antes vista.

A orillas del río Támesis, recordamos las ratas gigantes del Tíber y, como me conozco, seguro se me ocurrió contarle que en 1666 -¡susto!- un gran incendio, supuestamente ocasionado por el descuido de un panadero, calcinó buena parte de Londres.

Y, probablemente, imaginé paseando, por la misma acera que pisábamos nosotros, a Oliver Twist, descalzo y andrajoso, sin saberse heredero de una millonaria fortuna. Leer llena la vida de sentido. Incluso una simple pared puede dejar de ser solo cemento y piedra, cuando hace parte de una buena historia.

Me sentía feliz de estar con Rino. Me hacia fotos y respetaba los silencios, no abarrotaba con palabras el espacio. Disfrutaba, como yo, de las pequeñas cosas: de los intocables cisnes propiedad de la reina, de las ardillas en las ramas y del obsequio providencial que era tener un cielo azul por todo un día, -siendo que el gris es el color reglamentario-.  

-“A ti te gustaría mi país, tú eres italiano. Venezuela está llena de italianos que llegaron por la Guerra y se quedaron allá, enamorados”.

– “Te visitaré pronto en Caracas, entonces”. 

Un semáforo nos obligó a parar antes de cruzar la calle. Parecía mentira que era apenas la tercera vez que nos veíamos y resultaba así de natural estar juntos. Increíble que de pedir una dirección en Cambridge, surgiera la mejor compañía para un viaje a Londres. “Qué agradable es” -pensaba yo- “Qué suerte haberlo encontrado”.

Y mientras tanto, él también pensaba alguna cosa, seguro. No creo que sea verdad eso de que los hombres pueden simplemente estar sin pensar en nada.

Uno al lado del otro, esperando el cambio de luz. Y al parecer, en su mente lo hubo.

Alcé la cara para saber qué quería, pues le escuché decir mi nombre. Con los lentes que aumentaban el tamaño de sus ojos y las tiras del bolso sobre los hombros, parecía un niño bueno. -“Dime”, respondí. Y en ese momento se lanzó sobre mí para ¿darme un beso? 

Hice un movimiento tan rápido, apartándome, que yo misma quedé impresionada. Matrix. No sé cómo no se me partió la columna al doblarme hacia atrás.

Por su expresión pude adivinar que esperaba una reacción totalmente distinta.

Mi dispiace.

Italy

italy

“Resiste, no digas nada, no escuches tampoco”, me decía mentalmente mientras ellos hablaban; se preguntaban cosas cuyas respuestas yo sabía o también quería conocer y lo peor, hacían chistecitos de esos tontísimos que cuando debes guardar silencio te matan de risa. “No te rías, concéntrate en otra cosa”. ¿En qué? Imposible no estar en la conversación; éramos solo tres en aquella sala, sentados alrededor de una misma mesa, esperando a que llegara alguna autoridad del instituto a darnos indicaciones.

“Este diccionario está solo en inglés, ¿cómo hago si quiero saber la traducción? Y qué comemos hoy, en este país la comida fa schifo, viste que son cochinos, yo no voy a usar el baño de esa casa hasta que no lo limpie completo, por cierto, tenemos que ir a comprar productos de limpieza, Cesare”. – Se llamaba Cesare el más joven. Era como de mi edad, tal vez un poco menor, ¿veinte años? “Va be’ papa, è un’ altra cultura, pazienza“. -Era el papá. Alto, fuerte y con cara simpática, infantil casi, agradable. Me cayó bien a primera vista-.

-Ok, pero tenemos que encontrar un lugar decente donde comer, il fish and chips io non lo mangio più. -“Yo ayer conocí un restaurante de unos sicilianos donde hacen unas pizzas buenísimas”, -rompí mi voto de silencio y sus caras de sorpresa me causaron gracia-. ¿Hablas italiano? -“Sí, si quieren los llevo y almorzamos juntos, está cerca”. -Nunca me ha gustado comer sola, la comida sin compañía pierde el 90% del gusto-.

-“Piacere sono Daniele e lui è mio figlio Cesare“.

Desde que salí de Caracas tuve la firme intención de no entablar conversación con otros latinoamericanos o españoles, por el tema del idioma. La idea de viajar a un país anglosajón era precisamente aprender inglés. Pero nadie me dijo que Cambridge era una especie de moderna colonia italiana. 

Iba llegando a la entrada del edificio, a las doce del mediodía, como acordamos, cuando vi que Daniele se dirigía hacia mí con la satisfacción de haber encontrado justo a quien estaba buscando. “Fernanda, tienes un Romeo esperando por ti afuera”. -Qué dices, yo aquí no conozco a nadie-. Abrí la puerta y no lo pude creer, era absurdo y divertidísimo que fuera él. Rino. ¿Cómo me encontró?

Ciao.

El día anterior había sido mi primer día en Inglaterra y salí a dar una vuelta para conocer. Estaba en un país seguro y en una ciudad pequeña, no problems. Omití de forma consciente comprar la tarjeta sim para el teléfono, así que solo podía usar internet cuando estaba bajo la sombra de un wifi ya registrado o libre, por lo que, no teniendo a disposición google map, la dueña de la casa en la que me hospedé, me regaló un mapa de Cambridge y me señaló con marcador rojo mi nueva dirección. Ojalá hubiese sabido leer mapas.

Qué tanto, no podía ser tan difícil volver.

Salí confiada y me encantó cada cosa que iba encontrando a mi paso. Era como si se hubiese hecho realidad aquel viejo sueño de ver llegar la carta de bienvenida al colegio de magia y hechicería, Hogwarts. Todas las callecitas me sumergían en el mundo de Harry Potter y casi tenía la certeza de que si entraba a alguno de los negocios del centro alguna persona misteriosa me diría cuál era la varita que yo necesitaba.

Por otro lado me resultaba excitante el hecho de tener tantas culturas, tantos idiomas, tantas costumbres a mi alrededor. En un espacio de cinco metros, asiáticos, pelirrojos, negros y como los buscaras. Además, el arte, la música emergía de todas partes, en una esquina un guitarrista, en la otra una cantante y más allá un malabarista experto.

Así es que el mundo se convierte en un lugar realmente fascinante.

Solo que, de un momento a otro, las callecitas fueron quedando con menos gente y ahora no encontraba diferencia entre una y otra, ¿dónde estaba? Me sentía como un pollo sin cabeza, sin saber a dónde ir. El cielo comenzó a adoptar un tono gris panza de burro -usando la paleta de colores de Vargas Llosa-, el sol se iba escondiendo y ya podía ver mi sombrita proyectada por los faroles sobre las paredes de piedra. -Meu-. Qué susto, los gatos siempre aparecen cuando más solo se está.

Era una señal, había que preguntar a quien fuera, tarea que no parecía sencilla con el papiamento de inglés que manejaba.

Vi a un grupo que se acercaba por la acera en dirección contraria a la mía, aceleré el paso y nos encontramos de frente.

Hi, can you tell me how I get to this place?” – Señalé el punto rojo en el mapa.

-What? dijo el de lentes –Vuole sapere un indirizzo, aclaró el rubio.

“¿Ustedes son italianos?”, pregunté. –Yes, y comenzó la explicación. “Dímelo en italiano, por favor”. – Ya tendría tiempo para practicar mi inglés en otro momento, por ahora solo me interesaba saber que no pasaría la noche a merced del viento y de los gatos. -“Sei romana? quiso saber el de lentes y le dije que no, pero que había vivido un tiempo en Roma y de ahí el acento.

Ok, facciamo una cosa, hoy tenemos la despedida de mi amigo -abrazó al rubio- y vamos a tomar unas cervezas en un pub cerca de aquí. Yo soy Rino y ella es Cristal, si vienes con nosotros, después te llevo hasta la puerta de tu casa, che dici? -Va bene.

Esa fue la primera y la última vez en mi vida que rechacé una cerveza, tenía que estar totalmente consciente. Acepté acompañarlos pero dije que no bebía alcohol por religión y nadie insistió en que fuera contra mis creencias, cosa extrañísima cuando uno viene de Venezuela. Finalmente, tal como me prometió, Rino me llevó hasta mi casa. Pensé que era un ángel enviado por Dios. San Rino. 

“¿Cómo llegaste?”, le pregunté luego del saludo. -“Ayer me dijiste que estarías aquí, estaba esperando que salieras pero ya me tengo que ir. Dame un número para comunicarme contigo”.

-“Mañana voy a la estación del tren a comprar un pasaje a Londres para el fin de semana, ¿quieres ir?”, fue mi respuesta y me dijo que sí inmediatamente. Rápido buscó en sus bolsillos y sacó dinero: ten, para que compres mi ticket. Luego se fue porque tenía clases. 

El almuerzo en el restaurante siciliano estuvo a la altura del exquisito paladar de Daniele, por suerte. Quedó satisfecho con mi recomendación, algo que parecía poco menos que imposible. Se despidieron y yo me fui a reposar en la gramita del parque St. Matthew.

El día estaba soleado pero fresco así que más gente tuvo la misma idea. Me dediqué a observar mi entorno, jóvenes con botellas de alcohol en las manos, niños, perros, árboles, deportistas, una chica que preparaba un cigarrillo cerca de mí. Y detuve la mirada.

Ya sabía que aquello era algo usual allá. En vez de adquirir las cajas -más costosas por los altos impuestos- muchos prefieren comprar el tabaco y el papel y hacer cigarritos artesanales. Quise ver cómo los hacía; no había nada más interesante.

¿Quieres uno?”, notó que la miraba. -No, gracias.

Pero busqué más conversación porque por fin estaba hablando inglés con alguien a un ritmo conveniente. Le hablé de eso precisamente, del motivo de mi presencia en la ciudad. Ella estaba allá por la misma razón. Ya había aprendido mucho, llevaba seis meses en Cambridge. Sin embargo, constantemente hablaba su propio idioma porque había encontrado muchos paisanos, incluso conocidos suyos, simpáticos todos, de hecho en la noche iban a jugar billar y si yo quería podía ir con ellos.

-Really? Why? Where where are you from? 

-Italy.

Fiesta de Carnaval

carnaval

A quién se le ocurriría comenzar a hacer esa competencia macabra.

Es una tradición vieja, me parece, y antes quizá tenía mucho sentido porque, siendo la mujer un adorno, por fuerza de ley tenía que, por lo menos, ser agraciada.

Y con todo y eso, a las más hermosas tampoco les faltaba quien les dejara claro que si no sabían atender los oficios de la casa, ningún hombre las toleraría en su hogar una semana.

Habría nacido yo bien fregada entonces. Hace dos meses que vivo sin mi madre y he bajado ya 7 kilos y repito la ropa para no planchar dos veces. Hacer el almuerzo del día siguiente es mi nuevo emprendimiento pero ni media receta sigo.

¿Y bonita yo? nunca lo he sido del todo. Pero Maga dice con afecto que soy risueña y apasionada, que también es bueno, y ni yo misma he dejado de notar que mi compañía resulta gozosa. Debe ser porque los acuarianos somos como el blue jean, todo el mundo necesita por lo menos uno en su vida. Supongo entonces que por eso a veces me rodea un aura de lindura que engatusa a cualquiera. Y me salvo. Dicen que Dios no deja a nadie desamparado. Es verdad.

Ni me acuerdo bien de cómo era que me llamaban en aquellos tiempos, ha pasado un bojote de años ya. ¿Cuántos? 

Creo que era “Mafe” que me decían, jamás he permitido a nadie que me diga María. Si algo me gusta en el mundo es mi nombre completo: mucha fuerza cuando está unido, pero así, separado, solo María, ¿qué es eso? Fue después que todo el mundo comenzó a decirme Nanda, por una primita que recién aprendía a hablar y no atinaba todavía a pronunciar Fernanda y me volteó el nombre la muy gordita. “Nanda fe” me llamaba, qué ternura esa primita.

Y luego ¿a quién se le ocurrió proponerme a mí? Fue María Elena Ramírez, apuesto lo que quieran, para dejarme en ridículo en frente de todo el mundo. Le daría gracia eso.

Estoy segura de que había más opciones, sí las había. El salón estaba repleto de niñas coquetas y había una que era novia de dos hermanos y era la más bonita, todo el mundo lo decía. Pero se negó rotundamente porque ya había perdido en tercer grado. Algo así. ¿Y las demás? cobardes todas, seguro no aceptaron, pero, ¿yo acepté acaso? Estaba loca entonces.

No me juzgo por eso; la verdad, cualquiera pierde la conciencia entre la ovación de los grupos. Y aquel fue un día tan raro, ¿de dónde salieron tantas pancartas con mi nombre? El hombre pierde su individualidad cuando se deja arrastrar por la masa y puede incluso hacer cosas que jamás haría estando en la sobriedad de sí mismo. Esto lo agarré de Ortega y Gasset, creo. Qué intensa soy a veces, ja.

Antes no, peor, lo contrario. Suerte que mi mamá no me pegaba ni con los pétalos de las rosas porque si no hubiera sido una niña de verdad sufrida. Con decir que aprendí a leer como en sexto grado, qué risa me da acordarme de eso. Mentira, como en tercero, pero lo mismo, era terrible. Es que mis hermanos nacieron con un librito en las manos y malditas sean las comparaciones.

A mí del colegio me gustaba solo el recreo y de las clases hasta me escapaba. La maestra a veces para darme ocupaciones me mandaba a la cantina a comprarle comida y por allá me quedaba escuchando los cuentos de la vida de Milo, la dueña del negocio, y regresaba al rato con medio pastelito de queso. Me tenía cariño, se ve.

Pero para pasar al cuarto grado llegaron con la noticia de que ningún maestro me quería en su sección y que porque yo me portaba muy mal, que una vez hasta me estaba persiguiendo la maestra por los pasillos y que me trepé en una ventana y no me bajaba por más que me lo ordenaran, cómo era eso posible.

Me hicieron asumir un compromiso de buen comportamiento, en la dirección, delante de todo el mundo, qué vergüenza. Capaz hasta era mentira que me iban a botar del colegio pero caí completica y di mi palabra: seré buena. Y en cuarto no salía ni para el baño, una niña modelo pues.

Modelo en el comportamiento, se entiende, porque ya les dije que nunca fui la más bonita -pero fea menos-. Lo que pasa es que mi hermana, uff, es mucho más linda, desde chiquitica. Y ya saben que siempre, cuando se compara, alguien tiene que salir perdiendo.

Quedé por fea, qué injusticia.

Eso sí, tampoco era la más bonita del salón, las cosas como son. Solo que eso a mí nunca me interesó demasiado, de corazón lo digo y el que me conoció puede dar fe de la veracidad de mis palabras. Yo solo pensaba en que con el último bocado del almuerzo, tenía libertad para irme a jugar hasta que mi tía me llamara a la casa y “¿tu no te cansas de correr? ¿no te duele la cabeza?, ¡Anda a bañarte, para la calle no me vas más!

Pero entonces ¿por qué los demás le hicieron caso a María Elena y me eligieron a mí? todos los de 4to B, mi clase, estaban contentos. ¿Y las cartulinas? “María Fernanda I”, no era poca cosa. ¿Y los gritos? Ra ra ra María Fernanda ganará. A la bin a la ban a la bin bon ban. Qué escándalo, no se entendía nada. “Gra be se hoy quien gana es 4to B”.

Si no fuera porque es una tradición de todos los años yo no sabría, no podría imaginar todo lo que estaba pasando afuera mientras yo digería todo aquello.   

El grito de carnaval -así se le dice al anuncio de que termina la fiesta de año nuevo y comienza otra- ya se había dado amaneciendo el 1 de enero, en todas partes. También en la casa de mi abuela Carmen Felicia -así le digo solo yo, el resto le dice “negra” porque es la menos blanca de sus hermanas-. Y en esa casa con mayor intensidad.

Hay orientales que se toman muy en serio la frase de que los límites son solo mentales, por eso se cuidan muy bien de no ponérselos nunca. Y lo mismo te lanzan un canarín con sancocho de pescado que un pegoste de ceniza mojada porque total, estamos en carnaval, qué pasa. Cada quien tiene licencia para hacer desastre.

Pero yo respetaba a la gente que pasaba limpiecita para ir a misa porque la encargada de la iglesia era mi tía y eso sí que no me lo iba a permitir, la ofensa a los feligreses. Y porque bueno, uno tampoco era un salvaje, las cosas de Dios se respetan.  

Afuera seguro estaban preparando el camión donde se pasearía a la reina pronta a ser elegida, lanzando caramelos y caramelos por las calles del pueblo, que no son tantas pero como no hay límite de vueltas y como antes una bolsa de caramelos no costaba gran cosa, duraba lo suyo. Caramelo, Pueblo, para todo el mundo. Y agua, caramba, que estamos en carnaval, de aquí nadie se va seco, menos la reina, a la reina no la mojan porque es la nueva autoridad.

Y adentro yo “quién será la reina este año, Señor, ojalá me toque”. El que me diga que ha estado en una competencia sin querer ganar no tiene alma.

¿Y quién era la más bonita? ni forma de saberlo. ¿Yo?

Mi mamá dijo que sí, que obvio. Se enteró a última hora de mi evento y llegó desde Caracas justo antes de que empezara todo. O esa fue otra vez pero no importa, siempre llegaba. Y a mí mis tías ya me tenían vestidita de azul y hasta me maquillaron y me embadurnaron el cabello, siempre liso, de escarchas y así me fui a pasar de salón en salón a ver quién daba más por mí, como si fuera ganado en subasta.

Nadie merece una situación semejante, digo yo.

“Y ella es la representante del 4to B” AHHHHHH -mis compañeros afuera aplaudían y yo aplaudía y entonces después me dijeron que uno no se puede aplaudir uno mismo, ¿tiene sentido una cosa así? Si yo misma no creo en mí, ¿quién? Nos meten gato por liebre desde chiquitos, qué desgracia.

Ra ra ra Maria Fernanda Ganará. Y me llegaban comentarios de repente, los escuchaba o solo los recuerdo por haberlos escuchado en tantas otras ocasiones, cuando era yo quien gritaba desde las ventanas. “No tienes vida 4to A”, Esto se siente, esto se ve, la mejor es 4to B. “No luces, salte” -Eso no era con nadie, era con quien se lo tomara, creo.

¿Que los niños son buenos? ja. Lo bueno de los niños es que son moldeables. Y se puede hacer un buen trabajo con ellos, en la mayoría de los casos. Me desvío.

A la bin a la ban. Quién alzó la mano aquí, quién alzó la mano allá, apoyen a la sección, los resultados van parejo. Empate. Llegamos dos. -Yo creo que hasta nos parecíamos, teníamos el cabello lisito y la frente grandísima-. Y los más grandes por las ventanas: quién es esa. Nadie sabía nada. ¿Quién va ganando? AHHHHHHH Ra ra ra, anda a buscar más bombitas y tráelas llenas que esto se va a acabar ya y nos vamos a la caravana. Ra ra ra 4 to B, 4to A.

Y los resultados señores, en el último salón fueron dados, después de la exhibición por todo el colegio.

Las dos son bellísimas, AAAAAAH, 4to a, 4to b, y los votos están casi parejos, salte mija, sin embargo del conteo, esa guaricha es horrible, Ra ra ra, tenemos que anun, termina de hablar Dunia, ciar que la nueva reina, AAAAAAAAAH, del colegio, AAAAAAAH 4to A 4to B, es Antonieta.

“Tu eres más bonita que ella, ¿le viste la cara? parece una pantaleta”. Trampa, trampa.

Hija de puta, me quitó el reinado. Pero ¿era más bonita ella? A quién carajos le importa.

Antes lo recordaba y hervía. A mala hora, nunca más.