Tita

arbol

Desde pequeña sentí gran fascinación por hablar con los más grandes: los ancianos. Ellos parecían tener el mayor conocimiento y no encontraban tapujo en compartirlo conmigo ni les escaseaba nunca el tiempo.  

En particular disfrutaba las conversaciones con Tita, mi abuela paterna, quien poseía la facultad de contar sus vivencias como si estuviera redactando una novela policiaca: te mantenía atento, queriendo saber más y justo cuando te llevaba al tope de la intriga, cortaba el capítulo sin compasiones y pasaba a otro tema. Para continuar el relato, se hacía rogar.

Sus historias estaban llenas de momentos fantásticos que habitaban en sus recuerdos, coloreados de verdad por el blanco de sus canas.

Habiendo pasado toda su vida en el campo, en convivencia con la naturaleza día y noche -mucho antes de que llegara la electricidad- las sombras de los árboles y los sonidos de los animales adoptaban espíritus pintorescos a los que ella llamaba “encantados”.

Los encantados no tenían figura fija, podían ser cualquier cosa: desde un pez hermoso hasta un cunaguaro amigable. Criaturas que, al parecer, hacían que los humanos se perdieran eternamente en los montes. Tenían voces llamativas, por lo que -al igual que a las sirenas en el mar- seguirlos era una verdadera tentación.

Ella misma había sido encantada en una oportunidad por un pez azul cielo -el más bello que hubiera visto en su vida- que encontró en las cristalinas aguas de un manantial. Lo siguió largo rato, hasta que Guadalupe, una de sus hermanas, la alcanzó y logró hacerle entrar en razón.

-¿Y si te hubieses ido con él qué pasaba, Tita?

– Estaría ahora en otro mundo. En las orillas de los ríos se hallan portales que van directo al mundo de los encantados. Y los hombres que se han ido tras ellos, jamás han regresado a su hogar.

Luego de escuchar aquellos cuentos, subir la montaña que estaba detrás de su casa, era una verdadera aventura.

Yo iba con ella de vez en cuando a buscar naranjas y en diciembre a cortar hojas de cambur para las hallacas. Estar con Tita era como andar con una protección suprema: tenía la certeza de que a su lado nada me pasaría.

Pero otras veces subía con mis hermanos y mis primos, en fila india, retando al destino. Por lo general era yo quien encabezaba la expedición, puesto que ellos me creían la más valiente, que no sentía miedo, como Tita. Y como me gustaba que lo creyeran, nunca discutía mi puesto aunque tuviera la barriga llena de pánico.

Igual me sentía respaldada por los de atrás. Éramos todos unos salvajes; íbamos armados con palos, deseando encontrar o ser encontrados por los seres del más allá.

Escuchábamos voces lejanas que susurraban nuestros nombres, voces particulares como las descritas por Tita. Las alucinábamos. Pero jamás ocurrió el tan esperado encuentro.

Esa montaña, que en aquel momento parecía tan gigante, hoy es tan solo una colinita. El cerro, como le decíamos, dejó de ser misterio para convertirse en nostalgia.

De la churuata del patio trasero -que era donde entonces me sentaba a escuchar las historias- solo quedan dos palos, enterrados frente a la mata de níspero, ese fruto delicioso que mi abuela me enseñó a madurar envolviéndolo en papel periódico, tal como hacía con los aguacates. “En dos o tres días los buscas”, me decía.

Una tarde me llevó al manantial donde de niña había visto al pez encantado. Era un lugar de fábula: sobre el riachuelo había un palo atravesado que servía de puente entre ambos extremos. La profundidad del agua era escasa incluso para mí pero la importancia del tronco consistía -me advirtió Tita- en que la tierra que había debajo era diferente a todas las que yo conocía: tierra movediza. El que la pisara se hundiría en ella y, sin ayuda externa, no tendría salvación.

¿De dónde sacaba todo aquello?

Si lo pienso, no había televisores cuando ella era pequeña y a decir verdad no era muy diestra con la lectura. Sin embargo, la Biblia sí la leía y me recomendaba que también yo lo hiciera. ¿Será que en los libros sagrados encontró tantos mundos, tantas imágenes, tantas historias?

No me extrañaría. Le sobraba curiosidad y a lo largo de su vida exploró todas las religiones que supo en existencia. Pasaba de una iglesia a otra sin ningún tipo de compromiso; sin deberle nada a nadie.

Tenía el carácter de una yegua libre, por ese motivo me inspiraba tanto respeto. Fue la única persona a la que le acepté de buena gana la orden maligna de no opinar en las conversaciones de los adultos. Me comportaba como las mejores por no perder el privilegio de su buena compañía, de sus buenos cuentos, de sus maravillosos consejos. “Haz lo que te pida el cuerpo, gorda. No le prestes demasiada atención a la gente”, me decía Tita.

Mi Tita, que domaba a sus hijos como al ganado y trataba a la gente según su antojo. Pero para sus nietos siempre tenía buenas historias, risas y paciencia. Se encargó siempre de hacerme sentir que su tierra era mía, que incluso el morrocoy me pertenecía. Y aunque tenía que andar con precaución porque no me toleraría siquiera una mala palabra, llegar a su casa era entrar en una dimensión mágica.  

Muchos años después de las tardes de historias sobre encantados y de las expediciones por el cerro, en la última navidad que compartí con ella, en medio de una cena me dejó sin hambre con uno de sus comentarios misteriosos, cuya interpretación quedaba a criterio del oyente: “A todos mis nietos los quiero, como sean. Lo que sea que a ti te guste, gorda, eso va a estar bien para mí. Tú solo encárgate de hacer siempre lo que te pida el cuerpo”. 

 

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Tres luceros

tres luceros

Esta será la primera vez que comparta en mi blog un poema que no es de mi autoría. El motivo es de peso: en sus líneas se encuentra la raíz de todos los Saris.

El escritor no ha considerado necesario firmar con su nombre, en cambio ha decidido poner “papá”, tal vez porque no pensó en una posterior publicación, de hecho el escrito llegó a mi correo como un regalo personal.

Leerlo fue, no solo emocionante sino también esclarecedor. Me ha hecho pensar, como conclusión, que definitivamente, lo que se hereda no se hurta.

En alguna oportunidad le escuché decir al escritor cubano Severo Sardui en una entrevista que la vida de los seres  humanos no merece ser contada desde la fecha que indique su acta de nacimiento, sino por lo menos unos ciento veinte años atrás.

Pues bien, yo hoy no voy a retroceder tanto en el tiempo, pero contaré mi vida a partir de la pluma de un hombre que me ha creído águila desde mucho antes de que me salieran plumas y que me mostró con su luz de sol el tamaño proyectado por la sombra de mis todavía pequeñas alas. Alguien con una mente infinita en la que ningún sueño es demasiado grande: mi padre. 

Nota: Tanto yo como mis hermanos Jesús Ernesto y María Gabriela nacimos en febrero y entre nosotros existe tan solo un año de diferencia. Vinimos al mundo con un mismo signo, diferentes personalidades y con igual fortuna: nuestros padres.

FEBRERO DE LUCEROS

Febrero arranca intenso cual invierno polar,

Y su fuerza estremece su horizonte y su cielo;

Sus ojos rompen bridas, cual caballos sin freno;

su luz incandescente anuncia tiempos nuevos,

que entre rayos, nubarrones, tormentas se hace notar.

Está desconocido:

ha dejado atrás su paseo taciturno, ensimismado, sereno;

la paz mostrada en la repartición de días se ha agotado.

Le urge acabar con el siglo;

hay sed de otro milenio;

hay hambre de huracanes que arrasen moldes viejos:

hay ansias de rupturas con los pasados tiempos;

es hora de la luz de los luceros nuevos.

Vienen del Oriente,

Como anuncia la Escritura.

No trajeron ni mirra, ni oro, ni incienso;

Portan rebeldía, audacia y empeño.

Llegaron el 8, el 16 y el 15

Y acamparon entre nosotros

Y desde allí han iluminado vidas,

despertando esperanzas e inspirando sueños.

 

Tetero es luz que abreva diariamente

de las fuentes más profundas del cosmos

Y con ello nutre al universo entero;

Mafita es verbo que crea de la nada,

 

Y su voz, clarín que inspira mil batallas;

su fuerza es columna que sostiene multiversos

y su constancia es certeza del culminar seguro.

Gaby es camino sin fin;

Camina ahora hacia el centro de su ser

Nutriéndose del océano infinito en que navega;

Busca ese otro mundo aún desconocido.

Navega, se detiene con frecuencia y vuelve

al puerto a planificar los nuevos desafíos.

Los tres son mis luceros que me han llevado hasta donde está el niño Dios, brazos abiertos,

mirada de bebé, ante el cual doy gracias por haberme permitido disfrutarlos y amarlos.

Papá