Manual para leer un libro

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Tal vez es cierto que los venezolanos no leemos instrucciones pero no por ello se han extinguido en este país los manuales de uso. Una de las cosas que más sorprende a la gente es que el champú tenga indicaciones, puesto que el procedimiento a seguir es tan básico, que una guía llega casi como una ofensa a la inteligencia. La del champú, es la realidad de muchos otros productos de nuestro día a día y sin embargo, es curioso que los libros no corran con la misma suerte.

En efecto, no existe un manual para leer un libro. Tampoco conozco uno que establezca cuándo alguno es bueno o malo. Pero para solventar la falta encontramos montones de opiniones e incluso una suerte de  mandamientos con respecto al trato que debe recibir esa generalidad de textos.

He notado que los mandamientos con mayor aceptación son principalmente tres: termina todo libro que empieces, los libros no se prestan y los libros no se rayan.

Termina todo libro que empieces:

Como respuesta inmediata al primer mandamiento y en honor al inmenso valor que tiene el tiempo, es necesario decir que la vida del hombre es demasiado corta como para perderla leyendo un libro que no reporte utilidad. Existen además muchísimos buenos textos que podrían fácilmente reemplazar aquel que desde un inicio hemos rechazado.

Todos somos muy capaces de reconocer cuando un libro no nos llevará a ningún lado. Lo miramos y nos causa pereza mezclada a veces con culpa por no querer continuarlo. Lo tomamos nuevamente con mala cara, solo por no dejarlo hasta esa página 35 a la que logramos llegar con tanto esfuerzo. Y, finalmente, luego de diez minutos leyendo, lo cerramos, bajo cualquier excusa. Semejante tortura es, desde todo punto de vista, absolutamente injustificada.

Por lo tanto, el comportamiento correcto que debemos asumir apenas detectemos que un libro no nos motiva o no nos aporta nada de valor, es dejarlo a un lado sin ningún tipo de remordimiento. Esta decisión nos será agradecida, puesto que con ella podríamos darle una mejor vida al texto: ofreciéndolo a alguien que lo necesite, donándolo a una biblioteca pública o guardándolo hasta que llegue su momento. 

Los libros no se prestan:

Este mandamiento debe cumplirse o no, dependiendo del libro de que se trate. Yo, por ejemplo, no prestaría a nadie -que no sea alguno de los hijos que todavía no tengo- “El sari rojo” de Javier Moro. Es obvio, para mí tiene un significado simbólico, es parte importante de la historia de mi vida. Y por otro lado también me costaría dejar en otras manos “El principito”, puesto que le he hecho tantos comentarios que se volvió cincuenta por ciento un diario personal.

Sin embargo, fuera de los nombrados, de la gran cantidad de libros que tengo, los prestaría todos. ¿Cómo no? Los libros encierran la mayoría de las veces conocimiento y el conocimiento es bueno compartirlo, puesto que funciona según las reglas de la abundancia y por lo tanto, mientras más lo das, más lo recibes.

Para mí, enterarme de que antes de la invención de la imprenta el libro era un objeto reservado a nobles y clérigos por su elevado costo, me hizo mirar la biblioteca de mi casa con otros ojos, me hizo sentir verdaderamente afortunada de tener tan fácil acceso a la información.

Ahora que en Venezuela han cerrado tantas librerías y que muchas veces se hace complicado conseguir algún texto, he usado en varias ocasiones la opción de publicar en redes sociales el nombre del libro que quiero tener y siempre el objetivo ha sido logrado: a más tardar tres días después, tengo conmigo lo solicitado.

Me pasó con Vargas Llosa. En lugar de decir un título determinado, comenté mis ansias de leer a este autor que es, para mí, el mejor que existe. Pasados dos días, tenía en mi haber cinco libros de ese increíble genio.

Los libros no se rayan

En infinidad de ocasiones he visto las caras de horror que pone la gente al observarme rayar alguno de mis libros. Reaccionan como si estuvieran en presencia de un sacrilegio. “¿Por qué rayas los libros?” preguntan perplejos. Y la respuesta -necesaria- puede llegar a parecer producto de una mala educación pero no tiene nada que ver con eso.

Los rayo porque son míos. Es la más pura verdad. Jamás me atrevería a rayar un libro ajeno puesto que conozco la fundamental importancia del derecho de propiedad. Y comprendo con facilidad que las notas son apreciaciones personales que podrían resultar desagradables a los ojos del dueño. Como en el caso de los libros que compro o me regalan, yo misma soy su titular, puedo estar muy segura de que no habrá ningún problema. Por eso los rayo.

Pero hay más.

Pocas cosas me parecen tan tristes como un libro limpio, intacto. Es casi como verlo desprestigiado y sin vida. Las rayas en sus hojas son el indicativo del tráfico que por ellos ha pasado, de lo útiles que han sido.

Las notas puestas en sus bordes las llevan con orgullo. Lucen como invitaciones de lector a lector a tomar café en un espacio imaginario, a compartir impresiones, puntos de vista. Yo he sonreído tantas veces con comentarios encontrados en los libros viejos… he sentido el encuentro de dos tiempos.

Por ello siempre dejo también mi aporte. He adoptado las manías de los glosadores, la osadía de los expertos. Mis libros, los mejores, tienen notas, muchas notas. Para mí o para el que venga. Para el blog, incluso. Hay Saris que han comenzado en la última pagina del libro que he tenido a mano en medio de un buen destello de inspiración o de puro impulso.

Yo los rayo. Porque en definitiva dejar un libro sin rastro, no es humano.

De manera pues que, teniendo estas tres cosas en consideración, todos podemos hacer buen uso de un libro. Solo debemos prestar atención en: dejarlo si no nos gusta, tener disposición de prestarlo cuando ya lo hayamos leído y rayarlos únicamente si nos pertenecen. 

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