Dana Alfonsina

dana

Todavía no logro definir con certeza si fue la suerte o la falta de ella lo que produjo que Dana Alfonsina llegara a mi vida.

Por respeto al lector yo debería explicar de entrada a quién corresponde el nombre apenas mencionado. Pero ocurre que todavía me encuentro en la búsqueda del sustantivo adecuado.

Puedo intentar salir del apuro diciendo simplemente que es mi perra; sin embargo, estoy segura de que a ella no le agradaría tal definición y es probable que la considere producto de una total falta de ubicación de mi parte. Objetaría la palabra “perra”, sin duda. Pero el uso del pronombre posesivo “mi” la sacaría de sí.  

Dana no le pertenece a nadie y eso lo deja claro con cada gesto. A pesar de lo que pueda decir su raza, las cuatro patas y su pelo negro, tampoco es una mascota. Incluso llega al extremo de evitar los comportamientos típicos de los canes. Yo, por ejemplo, jamás la he visto echarse en el suelo, ni dormir sobre una superficie que no sea una cama y soy testigo de que prefiere morir de hambre antes de probar siquiera una croqueta de perrarina. La comida la exige bien condimentada y preferiblemente del mismo día.

Jamás he tenido el placer de ver a Dana hacerme caso en absolutamente nada. Siento que comprende todo, lo demuestra, de hecho. Tiene una mirada precisa que te avisa que es justamente por inteligente que no te va a dar la pata ni dejará de ladrar, ni se comportará de una forma aceptable. Se sabe libre de hacer lo que quiera y contra ella no existe recurso alguno.

Hay ocasiones en las que la veo a los ojos por largo rato, buscando en ellos una señal del humano que se encuentra dentro. No creo que esto tenga algo que ver con locura, es solo que a veces da la impresión de que sabe más cosas de las que demuestra, como si escondiera un secreto o como si un cometido especial la hubiera enviado hasta mí.

Con ella nada es muy normal. Hasta la forma en la que entró a mi casa es curiosa:  

En aquel momento tenía apenas un mes y medio, era tan pequeña que mis manos le servían de cuna perfectamente. La conocimos en la casa de mi abuela, un 31 de diciembre, con un lazo de regalo para una prima a la que le gustan más los gatos que los perros.

Esto lo intuyó Dana Alfonsina de inmediato -jamás me lo ha confesado pero yo puedo llegar a ciertas conclusiones luego de once años conociéndola-.

No se conformó con la imposición de un destino, de manera que asumió las riendas para cambiar su rumbo. Como acción inmediata se procuró el rechazo a toda costa. Con tal fin, orinó sobre todo aquello que encontró a su paso: maletas con ropa para estrenar, sábanas y piso.

Y vio alcanzado su objetivo en tiempo récord: ¡Yo no la quiero, no la puedo tener!. Gracias por el regalo pero no.

Dana Alfonsina pasó a ser una cosa abandonada, un perrito sin dueño, friolento y carente de afecto ante los ojos del mundo. Mi hermano, conmovido, se dejo guiar por el impulso de su corazón y resolvió de inmediato: ¡Me la llevo yo!

Así pues, como por arte de magia, con la sola pronunciación de esas palabras, pasamos a tener un nuevo integrante en la familia: Dana Alfonsina, quien a mediados de enero ya había conseguido destrozar con sus pequeños pero afilados dientes hasta las patas de las sillas.

Nuevamente se escuchó un grito desesperado: ¡No la quiero, no puedo tenerla! Esta vez era mi madre quien hablaba. Y continuó su discurso con decisión: ¡voy a salir, cuando regrese no quiero ver a la perra aquí!

Cuando mamá regresó en la tarde, efectivamente Dana no estaba en casa. La vi mirar desconcertada en todas direcciones buscando al cachorro y le escuché preguntar por su paradero con miedo en la voz.

Mi respuesta no se hizo esperar porque estuve demasiado tiempo intrigada por la reacción que provocaría. “La regalamos, siguiendo tus órdenes”, respondí. Y lo que siguió fue ver a mi madre romper en llanto, echada sobre la cama.

¿Por qué lloras, si tú querías que se fuera? Y con esfuerzo respondió: es que es como abandonar a un bebé. ¡Ve a buscarla!

En realidad Dana Alfonsina solo estaba disfrutando de un paseo por el parque, la había llevado mi hermano y regresarían juntos, de manera que yo no tuve que hacer nada para recuperarla.

Recuerdo que para la fecha ella todavía estaba dando pequeños pasos inseguros e inestables y resultaba muy tierno verla caminar. Semanas después ladró por primera vez y la alegría que me hizo sentir debe ser bien parecida al primer “mamá” dicho por un hijo. Pronto me arrepentiría de tanta felicidad.

En una oportunidad estaba un poco enferma, triste y decaída. Lo noté porque no se volvía loca al verme llegar, ni se enfurecía cuando le tocaba las patitas, no ladraba y parecía que el mundo había dejado de importarle. Ese día me di cuenta de que lo que más extrañaba de ella era su irreverencia. Acostada como estaba, parecía un perrito común, amable y tranquilo.

Yo no quería un perrito común, quería a mi fiera. Extrañaba su libertad y su falta de modales. En ese momento dejé de creer que los perros se terminan pareciendo a sus dueños con el paso del tiempo y comencé a pensar que en realidad, lo que ocurre es que ellos nos eligen. Hacen parte de la constelación familiar y sus almas están conectadas con las nuestras.

Dana Alfonsina es, definitivamente, una impresentable. Loca como cabra, una oveja negra que -por buena o por mala suerte para mí- encontró su rebaño.

Anuncios

Gatos de suerte

cat

Vio a los dos gatos echados en el suelo sucio de la cocina e hizo una mueca que reflejaba rabia y profunda tristeza al mismo tiempo. Cruzó los brazos y aseguró que al día siguiente le pediría a uno de sus nietos que los llevara al campo y los botara.

Tal vez la suerte los llevaría hasta alguna casa donde pudieran alimentarlos… porque ella ya no podía darles de comer y no quería ser testigo de sus muertes, sin poder hacer nada por ellos.

Claro, no debe saciar solo el hambre de esos dos gatos. También debe comer ella, un loro, cinco gallinas con sus respectivos pollitos, dos de sus hijos, viejos también como ella, desgastados por el sol y por el trabajo del campo.

La comida tiene que administrarse bien y aunque es cierto que ninguno de ellos come demasiado -ni siquiera lo hacían antes de la hambruna- da la impresión de que nunca hay suficiente.

Observo a los gatos y luego a la vieja. Pienso.

Y mientras lo hago, la posibilidad de pedirle que no ejecute su plan, que no abandone a esos animales a su suerte porque no sobrevivirían, se hace más y más remota. Quisiera decirle que al menos con ella alguna cosa pueden comer, que no son los culpables de lo que pasa.

Pero me detengo y hago bien. No hablo, no me atrevo. Es verdad que los gatos no son culpables, pero ¿quién sí lo es? ¿puedo acaso yo obligarla a la tragedia de verlos morir de hambre?

Sería fácil emitir cualquier opinión, incluso indignarme o llenarme de tristeza. Pero no podría hacer más que eso. No podría por ejemplo comprometerme a enviar comida para ellos. En general ayudo cada vez que tengo oportunidad… a quien pueda. Pero eso no siempre es factible. Y en esta ocasión no lo es.

-¿Cómo se llaman?- Quise saber, volviendo a la realidad.

-Siete Colores, respondió.

-¿Los dos?- Pregunté intrigada.

-Los dos-, dijo sin más explicación mientras miraba a no sé dónde.

Yo miré a los gatos: uno era marrón y el otro blanco. No dejaban ver ni un rastro de las razones que tuvo la vieja para ponerles aquel nombre.

Un instante después, uno de los dos Siete Colores saltó y cayó sobre las piernas de su dueña. Y en ese momento vi cómo entre sus arrugas se abrió paso una sonrisa. Lo abrazó y lo acarició y dijo: ellos llenan el vacío, dan felicidad y ayudan a que sea más ligera la carga.

Entonces pregunté, con un nudo en la garganta: pero… ¿Los va a botar?

Y respondió como si no tuviera idea del motivo de mi duda: ¿Quién? ¿Yo? ¡No chica!

Y con una carcajada agregó: yo con cualquier cosa los mantengo.

Manual para leer un libro

libros

Tal vez es cierto que los venezolanos no leemos instrucciones pero no por ello se han extinguido en este país los manuales de uso. Una de las cosas que más sorprende a la gente es que el champú tenga indicaciones, puesto que el procedimiento a seguir es tan básico, que una guía llega casi como una ofensa a la inteligencia. La del champú, es la realidad de muchos otros productos de nuestro día a día y sin embargo, es curioso que los libros no corran con la misma suerte.

En efecto, no existe un manual para leer un libro. Tampoco conozco uno que establezca cuándo alguno es bueno o malo. Pero para solventar la falta encontramos montones de opiniones e incluso una suerte de  mandamientos con respecto al trato que debe recibir esa generalidad de textos.

He notado que los mandamientos con mayor aceptación son principalmente tres: termina todo libro que empieces, los libros no se prestan y los libros no se rayan.

Termina todo libro que empieces:

Como respuesta inmediata al primer mandamiento y en honor al inmenso valor que tiene el tiempo, es necesario decir que la vida del hombre es demasiado corta como para perderla leyendo un libro que no reporte utilidad. Existen además muchísimos buenos textos que podrían fácilmente reemplazar aquel que desde un inicio hemos rechazado.

Todos somos muy capaces de reconocer cuando un libro no nos llevará a ningún lado. Lo miramos y nos causa pereza mezclada a veces con culpa por no querer continuarlo. Lo tomamos nuevamente con mala cara, solo por no dejarlo hasta esa página 35 a la que logramos llegar con tanto esfuerzo. Y, finalmente, luego de diez minutos leyendo, lo cerramos, bajo cualquier excusa. Semejante tortura es, desde todo punto de vista, absolutamente injustificada.

Por lo tanto, el comportamiento correcto que debemos asumir apenas detectemos que un libro no nos motiva o no nos aporta nada de valor, es dejarlo a un lado sin ningún tipo de remordimiento. Esta decisión nos será agradecida, puesto que con ella podríamos darle una mejor vida al texto: ofreciéndolo a alguien que lo necesite, donándolo a una biblioteca pública o guardándolo hasta que llegue su momento. 

Los libros no se prestan:

Este mandamiento debe cumplirse o no, dependiendo del libro de que se trate. Yo, por ejemplo, no prestaría a nadie -que no sea alguno de los hijos que todavía no tengo- “El sari rojo” de Javier Moro. Es obvio, para mí tiene un significado simbólico, es parte importante de la historia de mi vida. Y por otro lado también me costaría dejar en otras manos “El principito”, puesto que le he hecho tantos comentarios que se volvió cincuenta por ciento un diario personal.

Sin embargo, fuera de los nombrados, de la gran cantidad de libros que tengo, los prestaría todos. ¿Cómo no? Los libros encierran la mayoría de las veces conocimiento y el conocimiento es bueno compartirlo, puesto que funciona según las reglas de la abundancia y por lo tanto, mientras más lo das, más lo recibes.

Para mí, enterarme de que antes de la invención de la imprenta el libro era un objeto reservado a nobles y clérigos por su elevado costo, me hizo mirar la biblioteca de mi casa con otros ojos, me hizo sentir verdaderamente afortunada de tener tan fácil acceso a la información.

Ahora que en Venezuela han cerrado tantas librerías y que muchas veces se hace complicado conseguir algún texto, he usado en varias ocasiones la opción de publicar en redes sociales el nombre del libro que quiero tener y siempre el objetivo ha sido logrado: a más tardar tres días después, tengo conmigo lo solicitado.

Me pasó con Vargas Llosa. En lugar de decir un título determinado, comenté mis ansias de leer a este autor que es, para mí, el mejor que existe. Pasados dos días, tenía en mi haber cinco libros de ese increíble genio.

Los libros no se rayan

En infinidad de ocasiones he visto las caras de horror que pone la gente al observarme rayar alguno de mis libros. Reaccionan como si estuvieran en presencia de un sacrilegio. “¿Por qué rayas los libros?” preguntan perplejos. Y la respuesta -necesaria- puede llegar a parecer producto de una mala educación pero no tiene nada que ver con eso.

Los rayo porque son míos. Es la más pura verdad. Jamás me atrevería a rayar un libro ajeno puesto que conozco la fundamental importancia del derecho de propiedad. Y comprendo con facilidad que las notas son apreciaciones personales que podrían resultar desagradables a los ojos del dueño. Como en el caso de los libros que compro o me regalan, yo misma soy su titular, puedo estar muy segura de que no habrá ningún problema. Por eso los rayo.

Pero hay más.

Pocas cosas me parecen tan tristes como un libro limpio, intacto. Es casi como verlo desprestigiado y sin vida. Las rayas en sus hojas son el indicativo del tráfico que por ellos ha pasado, de lo útiles que han sido.

Las notas puestas en sus bordes las llevan con orgullo. Lucen como invitaciones de lector a lector a tomar café en un espacio imaginario, a compartir impresiones, puntos de vista. Yo he sonreído tantas veces con comentarios encontrados en los libros viejos… he sentido el encuentro de dos tiempos.

Por ello siempre dejo también mi aporte. He adoptado las manías de los glosadores, la osadía de los expertos. Mis libros, los mejores, tienen notas, muchas notas. Para mí o para el que venga. Para el blog, incluso. Hay Saris que han comenzado en la última pagina del libro que he tenido a mano en medio de un buen destello de inspiración o de puro impulso.

Yo los rayo. Porque en definitiva dejar un libro sin rastro, no es humano.

De manera pues que, teniendo estas tres cosas en consideración, todos podemos hacer buen uso de un libro. Solo debemos prestar atención en: dejarlo si no nos gusta, tener disposición de prestarlo cuando ya lo hayamos leído y rayarlos únicamente si nos pertenecen. 

Dulces son los frutos de la adversidad

“Dulces son los frutos de la adversidad”

Este es el nombre de la conferencia Ted que me hizo entender la necesidad de ponerle disciplina a mi pasión por la escritura. La ponente, Karla Souza, una brillante actriz actualmente, afirma que para lograr la excelencia de un talento, es necesario acumular por lo menos diez mil horas de esfuerzo continuo en perfeccionarlo. Gracias a esto nacieron los martes del Sari.

Escribir es algo que me gusta desde que era un crío. Y escribía, claro. Pero mi aspiración era escribir bien y luego mejor… Y luego excelente. Así que para ello debía establecer mayor compromiso. Ahora comparo los escritos recientes del blog con los más viejos y puedo notar que fue acertado seguir el consejo. Pero para hacerlo todo más evidente, hace un par de días me reencontré con un cuaderno en el que escribía diez años atrás. Veo mis faltas ortográficas y lo rudimentaria que era mi escritura entonces y puedo afirmar, al igual que Karla, que <<el que te guste algo es solo el comienzo>>.

Les comparto el primer poema que escribí la primera vez que estuve realmente enamorada. Ni este poema ni nada de lo que le escribí a ella, están en mi blog, de manera que esto también representa una evolución. Entonces, hablar de mi vida privada me parecía el fruto más amargo e incluso venenoso. Poco a poco y con mucho esfuerzo he llegado al estado de libertad en el que ustedes me conocen hoy.

Con mucho amor les presento este escrito y otro pedacito de mi vida:

Árbol de navidad

Quiero escribirte algo loco, loco, loco, tan loco que refleje mi personalidad, para que me veas pasear entre el montón de letras, saludándote desde un vagón como el de las montañas rusas. Quiero decirte algo bello, muy bello, tan bello que para adorarme no te quede ni una excusa. Quiero besarte tan fuerte, quiero acariciar tu piel, que nos tomemos las manos y sientas que te soy fiel. Yo quiero robarte un beso de manera inesperada y saborear la boquita que a ti me tiene amarrada. Quiero decirte mil cosas en una sola palabra. Quiero tenerte conmigo en un solo abracadabra.

Y es que eres magia en mi vida, mi princesita de encantos, con tu carita bonita me curas de males tantos. Quiero navegar contigo, juntas por los siete mares, quiero que conmigo olvides a tus antiguos pesares. Quiero una cena romántica, justo a la orilla del mar para hacerte descubrir lo bonito que es amar. Quiero volar junto a ti en un globo, sobre un río, una ciudad, tu la eliges: Roma, Paris, Caracas o Pakistan y que allá arriba brindemos con copitas y champan. Quiero bucear contigo, descubrir el océano, su profundidad: tú serás la reina ahí dentro, yo amaré a su majestad.

Quiero saborear contigo los sabores de la vida, aunque ninguno supere el sabor de tu boquilla. Quiero que olamos, mi vida, los perfumes mas bellos, aunque yo ya lo encontré cuando me acerqué a tu cuello.

Quiero besarme contigo en los jardines de rosas, ya sé que entre todas ellas tu serás la mas hermosa.

Quiero que vivamos juntas las estaciones del año para que siga creciendo este amor que en mí es antaño. Y si el invierno es un infierno, hazlo mejor para mi, en otoño hazte un mono que me gusta mucho en ti. Y ahora ponte un traje de baño que llegó la primavera y eso solo significa que el verano nos espera. También conmigo te quiero en las fechas importantes, eso quizás nos promueva momentos mas excitantes.

Y si hablamos de diciembre, tu me recuerdas al árbol de navidad, porque con solo mirarte siento la felicidad. Pero si hablamos de fechas, a mí solo me importan las nuestras, momentos que me recuerdan el inicio del mundo que compartimos tú y yo.

Yo quiero rumbear contigo: una noche de discoteca, con un vaso en una mano y en la otra una chupeta. Bailando toda la noche, muchas canciones enteras, con un beso que disfrutes como el de la vez primera.

Quiero subir una montaña y mirarte desde arriba, luego bajaré corriendo y te me lanzaré encima. Y ya que estamos imaginativas y con la mente podemos volar, vamos a montarnos en un paracaídas y comenzamos a bajar. Nos tomamos de las manos y sin soltarnos jamas.

Es que volamos tan alto que me cansé de volar, vámonos pa la playita que lo quiero es surfear: tú y yo en la misma tabla dispuestas a dominar, abre los brazos mi vida, siente la brisa pasar.

Ya con todo lo que hemos hecho deberíamos descansar… y no sé si estas de acuerdo, pero qué mejor lugar que la orilla de la playa viendo las olas llegar, con tu cocacola fría y mi cerveza polar.