Elogio del operario

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Con los piropos de los obreros ocurre lo mismo que con los graffiti: mientras que algunos los consideran meros actos de vandalismo, otros, como yo, los catalogamos como verdaderas obras de arte.

Sus autores, personajes típicos de las construcciones urbanas, han sido tildados por su elocuencia, de grotescos y vulgares, cuando la realidad es que no son otra cosa que incomprendidos poetas callejeros. Tal es la opinión que me he formado tras no pocos años de observación.

Mi más reciente descubrimiento, producto de mis andanzas en patines por Caracas, es que la imaginación de los obreros no se queda estancada en el plástico del casco que a regañadientes usan, sino que puede traspasarlo y volar lejos de las típicas composiciones que comparten comúnmente.

Son creativos, es lo que quiero decir. Basta referir que a mis patines le han dado el rango de carruaje y han tenido la osadía de solicitar, en un sinfín de ocasiones, que los lleve conmigo dondequiera que yo vaya. Son atrevidos estos caballeros, no cabe duda, al punto de que cualquiera cambiaría el adjetivo que acabo de usar por uno más adecuado, desde su punto de vista, como sería “maleducados”. 

Sin embargo, mi impresión es otra. Yo misma he sido testigo de que son dueños de corazones puros, los he escuchado incluso temer por mi vida, son valientes, no callan sus miedos, los expresan: mami, cuidao’ te me matas.  

¿Cómo podría molestarme algo así? Todo lo contrario, jamás me he sentido ofendida con los halagos de calle. Para ser más honesta todavía, admitiré que muchas veces me causan gracia y hasta alegría. Me hacen sonreír. Y considerando que basta una sonrisa para darle al ritmo del día un giro de 360 grados, volviéndolo colorido, estaría muy mal de mi parte pagarles el favor con frases de censura.

Hablando con justicia es mayor el bien que el mal que hacen.

Estos sujetos son capaces de comparar a toda hembra con el más bello ser celestial y consiguen asignar a cualquier humilde plebeya los más altos títulos nobiliarios: Mi reina tú sí estás rica.

Pregonan la belleza femenina, sin importar condición social, raza y mucho menos contextura. Tienen como filosofía que toda mujer es hermosa por el simple hecho de serlo. ¿Cuántos de nosotros podríamos presumir un espíritu tan elevado? 

La verdad es que en las palabras de los operarios encontramos arte verdadero, el germen de la poesía universal. Para comprobar lo que digo basta leer “Tanto gentile e tanto onesta pare”, uno de mis poemas preferidos, escrito nada más y nada menos que por Dante Alighieri, il padre della lingua italiana. Dice:

 

Ella si va, sentendosi laudare,

benignamente d’umilta’ vestuta;

e par che sia una cosa venuta

da cielo in terra a miracol mostrare.

Que en español lo han traducido como:

Rauda se aleja oyéndose ensalzada

-humildad que la viste y que la escuda-,

y es a la tierra cual celeste ayuda

en humano prodigio transformada.

Encuentro una gran semejanza entre las últimas dos líneas aquí traídas y algunas que he escuchado por las calles de Caracas:

¿Mami, te dolió cuando te caíste?

porque pareces un ángel,

mi amor.

Tal vez si Dante hubiera tenido una gota de la valentía de la que gozan los obreros venezolanos, su pasión por Beatrice habría llegado a feliz término. Por lo demás, de sus letras podemos entender que ganas no le faltaban y que el núcleo del sentimiento expresado -en ambos casos- es el mismo.

Los obreros son osados, sí, lo son, pero peligrosos, no lo creo. Es suficiente enfrentarlos para saber. Prueben acercarse a ellos -luego de que hayan soltado alguno de sus versos-, fingiendo necesitar una dirección. Verán caras de desconcierto, infantiles, asustados, buscando con la mirada al resto de sus compañeros de trabajo, intentando hablar de forma educada para responder con diligencia. Yo lo he hecho ya, más por diversión que por necesidad de comprobar mi hipótesis. Y también he realizado un pequeño poema para ellos, simple, como sus halagos:

Los obreros son poetas urbanos

Decoran y entusiasman el ambiente

Hacen arte, no solo con las manos

también con las palabras, entre sonrisas y mujeres,

consiguen construir puentes.

Si a los caballos regalados no les miramos los dientes

¿Por qué con los elogios reaccionamos diferente?

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