Por los que no tienen voz

vuelo en v

La lluvia de nieve había dejado las calles mojadas, por eso los farolitos alumbraban dos veces, arriba y abajo, haciendo del suelo una plataforma brillante, entre nostálgica y alegre. Yo jugaba con el vapor que salía de mi boca por el frío, fingía que fumaba mientras saludaba a los pasantes desconocidos, quienes contestaban alzando sus copas, llenos de emoción. Era fin de año, uno de los pocos que he pasado lejos de mi abuela, del pan de jamón y de las gaitas.

Caminaba hacia una iglesia de Avellino donde se celebraría una misa para recibir el 2006. El sacerdote era venezolano y se había encargado de que la coral aprendiera una canción en español, una que yo conocía ya, podía incluso seguir la letra, puesto que pertenecía al repertorio de los viajes por carretera con mis padres.

“Que canten los niños que viven en paz y aquellos que sufren dolor, que canten por esos que no cantarán porque han apagado su voz”.

La felicidad que me causó escuchar una canción en español me hizo estar mucho más sensible al mensaje, por ello cada palabra que escuchaba se cargaba de significado. Entonces, en aquel momento comprendí que yo era parte de esos niños que cantaban por los que no podían.

Yo era una niña con voz. Me reconocí como tal, no tenía ninguna duda. Durante mi vida había construido un expediente con pruebas suficientes para sustentar mi certeza. Diez años de pequeñas proezas, de no permanecer pasiva antes los regaños inmerecidos, de defender a mis compañeros de colegio de cualquier maltrato verbal de los maestros -al punto de intentar una denuncia formal en alguna oportunidad- de dar consejos a mis amigos sobre los límites de lo tolerable con respecto a la violencia doméstica y nunca permitir imposiciones electorales en favor de alguna candidata a reina del carnaval, por ejemplo.

La injusticia me indignó desde el momento en que pude diferenciar entre lo bueno y lo malo y contra ella tomaba acciones, daba respuestas. Eso, lo que decía la canción… tenía voz.

No obstante, varios años después de aquella noche, curiosamente, mis cuerdas vocales comenzaron a fallar, perdieron fuerza. Y por más que quisiera no encontraba dentro de mí la disposición para contestar como antes: de pie, sin miedo, sabiéndome respaldada por la razón y por el apoyo de mis padres.

Ahora creía que la razón no estaba de mi lado; ahora yo misma era parte de lo que consideraba “el mal”.

Escuché burlas sobre los homosexuales, vi caras perplejas, reacciones de infarto ante algún acto de amor entre personas del mismo sexo. Sentí la tensión al surgir el tema y decidí callar. Apagué mi voz por voluntad propia.

De esa forma alejaba las sospechas, evadía preguntas incontestables, me salvaba de lo incómodo. Intenté ser como el resto: como mis hermanos, como mis amigos. Tenía miedo de perder a los que más amaba. Pero cada día me servía para confirmar que la mía era una misión imposible.

Así que poco a poco, en un esfuerzo titánico, fui hablando con los más importantes. Mamá, hermanos, papá. Amigas más cercanas: Andrea, Letizia y, años después, Valentina y su familia.

Todas las reacciones fueron sorprendentes por parecidas: como seas te quiero. Ese fue el mensaje que recibí en cada conversación.

Sin duda, mi experiencia es excepcional.

Por estas respuestas fui lentamente recobrando el valor perdido. El miedo se fue disipando, se volvía nada. El apoyo que encontré se convirtió en jarabe, en la cura de mis cuerdas vocales. Y el silencio se fue quebrando.

Con el respaldo de mis seres queridos, la opinión de los demás perdía importancia, se hizo más fácil decir mi verdad. Dejé de ocultarla.

Más que eso, la hice pública. Y en este blog escribí artículos como A pesar de mi madre me gradué y Los homosexuales también van al cielo, que me dieron la oportunidad de escuchar agradecimientos por parte de muchachos del pueblo donde vive mi abuela. Uno de ellos me confesó que había encontrado el valor en mis escritos para hablar con sus padres acerca de sus preferencias sexuales.

En ese momento comencé a tener la sospecha de que recuperaba la voz.

Por eso no hice caso a otros comentarios que llegaron más adelante. Sugerencias… “podrías ser menos directa”, “no te conviene ser tan obvia, te lo digo por tu bien”, “se te cierran puertas”.

Era gente que me quería y, sin duda, no les faltaba buena intención. Eran voces que salían del interior de personas que aprendieron a callar y se convencieron de que funcionaba.  

Incluso es probable que hayan tenido razón. Posiblemente se cierren algunas puertas pero, quién sabe, quizá por el mismo motivo se abran otras. Ya ven que puertas hay de todos los tipos.

No estoy sola, hay más personas que han decidido hablar.

Así fue que me enteré de un suceso en extremo lamentable ocurrido hace unos días en Caracas, específicamente en un local llamado Pisko Bar, ubicado en el Centro Comercial San Ignacio.

En ese lugar fueron agredidas -verbal y físicamente- por el personal de seguridad -avalados por el encargado- dos chicas por ser lesbianas.

¿Los vigilantes actuaron de esa manera por homofobia? No, la homofobia sola es otra cosa. Cada quien decide -o no- qué detestar. Todos tenemos nuestros rechazos pero no por eso llegamos al extremo de agredir, de golpear a quien no nos gusta.

Lo hicieron por delincuentes, por bestias. Habrían actuado de la misma forma con cualquier persona que consideraran desprotegida.

No podemos olvidar, sin embargo, que tanto la violencia como la discriminación están condenadas por nuestras leyes, empezando por la Constitución de la República. Y aunque es verdad que la justicia en este país está muy mal administrada, existen mecanismos para encausarla.

En este caso particular, como en muchísimos otros, sus víctimas -tengo entendido- no han querido seguir ningún proceso legal, pero por otro lado, a diferencia de tantos otros casos, a esta historia sí se le dio voz, fue contada por Diego Vega en @UB_Magazine. 

Por eso llegó a mí. A mí que conozco muy de cerca la verdad de su relato puesto que en no pocas ocasiones me he visto en situaciones ligeramente parecidas, debiendo defenderme alegando leyes, invocando un título que ejerzo, usando la fuerza de mi voz.

Esta voz que ahora sumo a las de Andrea y Clara para que su historia llegue a más gente.

Por ellas, por mí y, sobre todo, por aquellos que nunca han hablado y que posiblemente nunca hablarán, puesto que en algún momento alguien apagó sus voces.

Con esta voz pido a todos los que me lean que no acudan a lugares que promuevan el rechazo, la violencia, el odio.

Y, específicamente, en esta ocasión les pido, que jamás entren a ese nefasto local llamado Pisko Bar.

 

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