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Hace un par de años recibí un mensaje en el que se me pedía un favor.

Era sábado y la hora lo suficientemente temprana como para que me encontrara más dormida que despierta. Tenía que hacer algo que requería pensar y como en tales circunstancias, dicha actividad me resultaba poco menos que imposible, solicité a un amigo que vigilara que no me equivocara. Sin embargo, cuando supo para quién estaba trabajando, soltó: <<¿sabes que te está usando, verdad?>>

El favor era para mi ex y de nuestra separación la gente solo conocía eso, que nos habíamos separado. Yo, en cambio, sí sabía cómo habían ocurrido las cosas y, por supuesto, estaba más que segura de que jamás se habría aprovechado de mí, simplemente confiaba en que podía contar conmigo. Y eso era mutuo, estaba comprobado. 

Gracias a la claridad con la que podía ver el panorama de aquel momento, se me hizo evidente lo poco atinado que había sido el comentario de mi amigo y me surgió una interrogante: cuántas opiniones parecidas había recibido a lo largo de mi vida, sin siquiera notarlo. Y cuántas de ellas pudieron ser capaces de sembrar dudas o de dejar  en mí sensaciones negativas.

Me di cuenta de que a veces, como amigos, sentimos la confianza de lanzar afirmaciones faltas de análisis, basándonos únicamente en nuestras propias percepciones, carentes de información suficiente y decidí no volver a ser parte del conglomerado de consejeros irresponsables.

Porque bien pensado, puede uno notar que lo cierto es que mientras no se esté ante un caso manifiesto de violencia física o psicológica, nadie necesita una ayuda que vaya más allá de unos oídos atentos y palabras de calma. Tal vez sea posible relajar esta norma en caso de infidelidad confirmada -para el supuesto de que la exclusividad sea un tema importante en el compromiso de los implicados- siempre y cuando te encuentres en el deber moral de advertir.

Aclaro que para mis amigos estoy siempre, no quiero que ni por error se interprete lo contrario. Cada vez que necesiten hablar, pueden acudir a mí, teniendo en cuenta que tengo talento astrológico para oírlos con interés genuino.

Lo que no deberían esperar jamás son soluciones específicas, pues mi única recomendación para estos temas va dirigida a los oyentes y, por otro lado, es tan genérica que me atrevería a escribir sobre ella esperando que sea aplicable a casi cualquier caso:

No hacer conclusiones apresuradas.

Los problemas de pareja indefectiblemente tienen dos versiones, pero la mayoría de las veces, los terceros nos enteramos de un solo punto de vista. Tenemos entonces una opinión sesgada, parcial, incompleta. Esto se debe a que, en los momentos de rabia, nuestros conocidos nos cuentan algo que les molestó, pero omiten, por considerar fuera de caso, otros detalles que cambiarían drásticamente el sentido de las cosas. 

Por eso no es raro que en las ocasiones que tenemos la oportunidad de escuchar las razones del otro, comencemos a cambiar nuestra opinión inicial y no en pocos casos, pasemos a considerar de mayor validez sus argumentos. 

Así como también ocurre que, por alguna circunstancia particular, hablan de los defectos de su pareja para desahogarse y no mencionan sus virtudes, los detalles que recibieron de su parte y mucho menos los desplantes que ellos mismos hicieron, logrando el resultado indeseable de crear rechazo hacia el otro y que nadie se explique cómo es que siguen juntos. 

Teniendo esto en cuenta, nos queda solamente escuchar sus versiones, para que, al drenar mediante las palabras, se calmen las aguas y comience a existir la posibilidad de pensar con serenidad. Serviría también, quizá, invitar a hacer ejercicio para que, con más oxígeno, el cerebro se libere de tanta sangre iracunda y se actúa con objetividad.

Y, en definitiva, reafirmar que nunca nos deberíamos tomar la libertad de incitar a la toma de decisiones drásticas. Comentarios como “creo que hay razones suficientes para terminar” deberían estar execrados, puesto que con ellos, lejos de ser hacer un aporte, lo que se logra es empeorar las cosas.

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