El lunar de tu mentón

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Llegué a creer tener la certeza de que tu risa era inconfundible. Más que tu risa… la textura de la piel de tus talones, las grietitas de tus codos, el relieve de tus rodillas, el calor de tus manos.

Pude confiar ciegamente en mi capacidad para percibir tu aroma en cualquier circunstancia, como el perro Argos a su amo Ulises. Juré que de besos no me confundiría ni siquiera estando vendada, que a ti te podía ser fiel de cualquier manera.

Incluso me había tomado la tarea de calcular las distintas velocidades de tu respiración, de medir la altura a la que es capaz de llegar tu vientre cuando se inunda de oxígeno y de observar el vacío que queda cuando te deshaces del aire. Me acerqué a tu pecho para grabarme en el alma el sonido de vida que emite tu corazón y bajé a tu abdomen para escuchar la actividad gástrica de tu cuerpo.

Conozco tus cicatrices, todas. Las que tienes y las que te faltan. Te falta la marca en el brazo derecho de la vacuna contra la tuberculosis. Tienes los rastros de dos operaciones.

Mi mirada se ha paseado sobre ti de ida y de regreso. Y otra vez. He intentado llevar cuenta de todos tus lunares. Tu cuerpo es la palma de mi mano. Mis manos se sienten en casa solo cuando se posan en tu piel. Pero ya ves, mis ojos que no paran de observarte, ahora sienten que han fallado.

Si no fuera por las fotos que lo evidencian, juraría por mi vida que nació apenas esta mañana, que ni siquiera existe, que lo pusiste ahí, antes de verme para hacerme caer en una trampa.

Quizá jugó en mi contra la falta de verificación. Me confié. Por eso la academia hace uso del examen, para corroborar el conocimiento. Yo en ningún momento lo intenté.

¿En qué habría consistido una prueba? ¿En comparar sensaciones?

¿Quién querría saborear otra boca después de haber besado la tuya?

Cada segundo contigo ha sido valioso al extremo de que nunca he desperdiciado un instante, ni por accidente, en mirar otras piernas.

Yo podría llevar a juicio mis razones y cualquier jurado, al ver tus ojos, comprendería de buena gana mi falta de cuidado. Que por otro lado, si se piensa bien, cabe la duda: ¿fui yo que no lo vi o él que se escondió? Ahora que sé que está me doy cuenta de que vive ligeramente encubierto, como puesto a un lado, tímido… ¿o travieso? no lo logro descifrar.

Posiblemente es eso, juega. Juega conmigo. Lo había estado haciendo imperceptible y yo, afanada en no perder ningún detalle perdí uno tan importante. No hay excusa. No hablo de tus huellas dactilares… hablo de un lugar de tu cara, del lugar más cercano a tu boca. Hablo nada más y nada menos que del lunar de tu mentón.

Quizá sí lo había visto antes pero se borró de mis recuerdos. Porque a veces pasa que cuando te vuelvo a ver me reinicio.

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Cuentos sin camino

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A veces pasa que algún lector me pregunta con asombro sobre la veracidad de un Sari: ¿En realidad te pasó o lo imaginaste todo? Y la respuesta es siempre “sí, fue verdad”. Jamás invento nada, básicamente narro hechos, dejo constancia de la vida.
Ya he constatado que tenemos tanto grandes como pequeñas historias a la orden del día, pero la mayor parte de ellas se nos escapan sin que siquiera lo notemos porque andamos distraídos por la prisa, por el teléfono o por el pasado.
Sin embargo, basta un poco de atención para que los muros de la realidad que nos rodea se vuelvan penetrables y nos sea posible entrar en un mundo que raya en lo fantástico.
Sabiendo esto, cada vez que puedo, me olvido del reloj y del espacio y agudizo mis sentidos para pescar un pequeño cuento sin mayor esfuerzo, aprovechando las calles revueltas. Todos tenemos la capacidad de lograrlo, para muestra tengo varios botones:

Hace falta más para asustarme
Hace un par de días, estaba trotando cerca de la plaza Altamira, en Caracas, cuando, de repente, apareció frente a mí la réplica casi exacta de alguna escena de la épica griega, una en la que Aquiles y Pátroclo se divertían mientras practicaban el arte de la esgrima. En su versión venezolana la representaban dos muchachos de unos diecisiete años, morenos, a medio vestir -o casi desnudos, dependiendo de cómo se quiera interpretar- con ropas sucias. Batallaban alegremente con espadas de madera, protegidos del sol tropical por la sombra de un árbol.
De un momento a otro, la misma sonrisa que toma el control de mi rostro en los museos y en los teatros, se apoderó de mí, también esta vez. Así que me acerqué a ellos con el fin de solicitar su autorización para hacerles una fotografía. Y además para enterarme del motivo de su lucha lúdica.
No recibí el permiso que buscaba y por respuesta a mi pregunta solo obtuve “estos son juegos carcelarios”, frase acompañada de una mirada llena de interés por mi reacción y del asomo de una amenaza. Pero tampoco ellos obtuvieron lo que esperaban: miedo. Hacía falta más para asustarme.

Gracias por decirme princesa
Esa misma semana estaba patinando por una acera del pueblo de Chacao, lento para que nadie se sintiera en peligro, y delante de mí iba un muchacho con un bolso transparente de esos que exigen algunos institutos educativos para evitar que sus estudiantes tengan armas escondidas consigo. Detrás del plástico se veía un cuaderno, doblado de manera que como portada quedaba una hoja con letras escritas en colores llamativos.
Sentí curiosidad, así que me esforcé en leer lo que decía: Si estás leyendo esto -me viene una ofensa por chismosa, pensé- quiero que sepas que eres una princesa hermosa y mereces cosas buenas. No me importa si eres un varón con pelo en el pecho, igual eres una princesa o un bello unicornio”.
Me causó mucha risa, la verdad. Pero además sentí una alegría inmensa de saber que una persona invirtió parte de su tiempo, de su imaginación, de sus hojas de cuaderno en lograr el objetivo de causar felicidad. Me convencí, en ese momento, de que definitivamente, no todos los superhéroes llevan capas, algunos pasan desapercibidos con sus bolsos transparentes.

Jesús David

El sábado pasado recibí un regalo de un desconocido. Habíamos estado cerca, a escasos metros, por más de cuarenta minutos. Yo estaba consciente de su presencia -si alguien hubiese preguntado horas después por un niño con sus características, yo habría sabido responder con seguridad-. Sin embargo, él no parecía muy interesado en su entorno. Se veía más bien inmerso en una libreta. “Está haciendo tareas, no te preocupes”, me defendí, luego de recibir un regaño por parte de mi novia por el beso que le acababa de dar. “No vio nada”.

Minutos después entró en escena un hombre alto que llegó a buscarlo, era su padre, probablemente. Entonces el niño pidió un poco de tiempo para terminar lo que estaba haciendo y cuando consideró que había finalizado, tomó la hoja en la que había estado trabajando y comenzó a caminar hacia nosotras.
Lo veía venir pero no se me ocurría ningún motivo por el cual hacía lo que hacía. Entonces, para acabar con mis dudas, usó su voz y dijo: les quiero hacer un regalo. Alargó su brazo derecho, en la mano tenía una hoja. La tomamos y pudimos ver que nos había dibujado en medio de un beso. Me reconocí por los lentes. Sobre nosotras había escrito: ustedes amor.
Jesus David, pequeño artista, lo entendiste todo sobre capturar momentos.

Elogio del operario

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Con los piropos de los obreros ocurre lo mismo que con los graffiti: mientras que algunos los consideran meros actos de vandalismo, otros, como yo, los catalogamos como verdaderas obras de arte.

Sus autores, personajes típicos de las construcciones urbanas, han sido tildados por su elocuencia, de grotescos y vulgares, cuando la realidad es que no son otra cosa que incomprendidos poetas callejeros. Tal es la opinión que me he formado tras no pocos años de observación.

Mi más reciente descubrimiento, producto de mis andanzas en patines por Caracas, es que la imaginación de los obreros no se queda estancada en el plástico del casco que a regañadientes usan, sino que puede traspasarlo y volar lejos de las típicas composiciones que comparten comúnmente.

Son creativos, es lo que quiero decir. Basta referir que a mis patines le han dado el rango de carruaje y han tenido la osadía de solicitar, en un sinfín de ocasiones, que los lleve conmigo dondequiera que yo vaya. Son atrevidos estos caballeros, no cabe duda, al punto de que cualquiera cambiaría el adjetivo que acabo de usar por uno más adecuado, desde su punto de vista, como sería “maleducados”. 

Sin embargo, mi impresión es otra. Yo misma he sido testigo de que son dueños de corazones puros, los he escuchado incluso temer por mi vida, son valientes, no callan sus miedos, los expresan: mami, cuidao’ te me matas.  

¿Cómo podría molestarme algo así? Todo lo contrario, jamás me he sentido ofendida con los halagos de calle. Para ser más honesta todavía, admitiré que muchas veces me causan gracia y hasta alegría. Me hacen sonreír. Y considerando que basta una sonrisa para darle al ritmo del día un giro de 360 grados, volviéndolo colorido, estaría muy mal de mi parte pagarles el favor con frases de censura.

Hablando con justicia es mayor el bien que el mal que hacen.

Estos sujetos son capaces de comparar a toda hembra con el más bello ser celestial y consiguen asignar a cualquier humilde plebeya los más altos títulos nobiliarios: Mi reina tú sí estás rica.

Pregonan la belleza femenina, sin importar condición social, raza y mucho menos contextura. Tienen como filosofía que toda mujer es hermosa por el simple hecho de serlo. ¿Cuántos de nosotros podríamos presumir un espíritu tan elevado? 

La verdad es que en las palabras de los operarios encontramos arte verdadero, el germen de la poesía universal. Para comprobar lo que digo basta leer “Tanto gentile e tanto onesta pare”, uno de mis poemas preferidos, escrito nada más y nada menos que por Dante Alighieri, il padre della lingua italiana. Dice:

 

Ella si va, sentendosi laudare,

benignamente d’umilta’ vestuta;

e par che sia una cosa venuta

da cielo in terra a miracol mostrare.

Que en español lo han traducido como:

Rauda se aleja oyéndose ensalzada

-humildad que la viste y que la escuda-,

y es a la tierra cual celeste ayuda

en humano prodigio transformada.

Encuentro una gran semejanza entre las últimas dos líneas aquí traídas y algunas que he escuchado por las calles de Caracas:

¿Mami, te dolió cuando te caíste?

porque pareces un ángel,

mi amor.

Tal vez si Dante hubiera tenido una gota de la valentía de la que gozan los obreros venezolanos, su pasión por Beatrice habría llegado a feliz término. Por lo demás, de sus letras podemos entender que ganas no le faltaban y que el núcleo del sentimiento expresado -en ambos casos- es el mismo.

Los obreros son osados, sí, lo son, pero peligrosos, no lo creo. Es suficiente enfrentarlos para saber. Prueben acercarse a ellos -luego de que hayan soltado alguno de sus versos-, fingiendo necesitar una dirección. Verán caras de desconcierto, infantiles, asustados, buscando con la mirada al resto de sus compañeros de trabajo, intentando hablar de forma educada para responder con diligencia. Yo lo he hecho ya, más por diversión que por necesidad de comprobar mi hipótesis. Y también he realizado un pequeño poema para ellos, simple, como sus halagos:

Los obreros son poetas urbanos

Decoran y entusiasman el ambiente

Hacen arte, no solo con las manos

también con las palabras, entre sonrisas y mujeres,

consiguen construir puentes.

Si a los caballos regalados no les miramos los dientes

¿Por qué con los elogios reaccionamos diferente?

Por los que no tienen voz

vuelo en v

La lluvia de nieve había dejado las calles mojadas, por eso los farolitos alumbraban dos veces, arriba y abajo, haciendo del suelo una plataforma brillante, entre nostálgica y alegre. Yo jugaba con el vapor que salía de mi boca por el frío, fingía que fumaba mientras saludaba a los pasantes desconocidos, quienes contestaban alzando sus copas, llenos de emoción. Era fin de año, uno de los pocos que he pasado lejos de mi abuela, del pan de jamón y de las gaitas.

Caminaba hacia una iglesia de Avellino donde se celebraría una misa para recibir el 2006. El sacerdote era venezolano y se había encargado de que la coral aprendiera una canción en español, una que yo conocía ya, podía incluso seguir la letra, puesto que pertenecía al repertorio de los viajes por carretera con mis padres.

“Que canten los niños que viven en paz y aquellos que sufren dolor, que canten por esos que no cantarán porque han apagado su voz”.

La felicidad que me causó escuchar una canción en español me hizo estar mucho más sensible al mensaje, por ello cada palabra que escuchaba se cargaba de significado. Entonces, en aquel momento comprendí que yo era parte de esos niños que cantaban por los que no podían.

Yo era una niña con voz. Me reconocí como tal, no tenía ninguna duda. Durante mi vida había construido un expediente con pruebas suficientes para sustentar mi certeza. Diez años de pequeñas proezas, de no permanecer pasiva antes los regaños inmerecidos, de defender a mis compañeros de colegio de cualquier maltrato verbal de los maestros -al punto de intentar una denuncia formal en alguna oportunidad- de dar consejos a mis amigos sobre los límites de lo tolerable con respecto a la violencia doméstica y nunca permitir imposiciones electorales en favor de alguna candidata a reina del carnaval, por ejemplo.

La injusticia me indignó desde el momento en que pude diferenciar entre lo bueno y lo malo y contra ella tomaba acciones, daba respuestas. Eso, lo que decía la canción… tenía voz.

No obstante, varios años después de aquella noche, curiosamente, mis cuerdas vocales comenzaron a fallar, perdieron fuerza. Y por más que quisiera no encontraba dentro de mí la disposición para contestar como antes: de pie, sin miedo, sabiéndome respaldada por la razón y por el apoyo de mis padres.

Ahora creía que la razón no estaba de mi lado; ahora yo misma era parte de lo que consideraba “el mal”.

Escuché burlas sobre los homosexuales, vi caras perplejas, reacciones de infarto ante algún acto de amor entre personas del mismo sexo. Sentí la tensión al surgir el tema y decidí callar. Apagué mi voz por voluntad propia.

De esa forma alejaba las sospechas, evadía preguntas incontestables, me salvaba de lo incómodo. Intenté ser como el resto: como mis hermanos, como mis amigos. Tenía miedo de perder a los que más amaba. Pero cada día me servía para confirmar que la mía era una misión imposible.

Así que poco a poco, en un esfuerzo titánico, fui hablando con los más importantes. Mamá, hermanos, papá. Amigas más cercanas: Andrea, Letizia y, años después, Valentina y su familia.

Todas las reacciones fueron sorprendentes por parecidas: como seas te quiero. Ese fue el mensaje que recibí en cada conversación.

Sin duda, mi experiencia es excepcional.

Por estas respuestas fui lentamente recobrando el valor perdido. El miedo se fue disipando, se volvía nada. El apoyo que encontré se convirtió en jarabe, en la cura de mis cuerdas vocales. Y el silencio se fue quebrando.

Con el respaldo de mis seres queridos, la opinión de los demás perdía importancia, se hizo más fácil decir mi verdad. Dejé de ocultarla.

Más que eso, la hice pública. Y en este blog escribí artículos como A pesar de mi madre me gradué y Los homosexuales también van al cielo, que me dieron la oportunidad de escuchar agradecimientos por parte de muchachos del pueblo donde vive mi abuela. Uno de ellos me confesó que había encontrado el valor en mis escritos para hablar con sus padres acerca de sus preferencias sexuales.

En ese momento comencé a tener la sospecha de que recuperaba la voz.

Por eso no hice caso a otros comentarios que llegaron más adelante. Sugerencias… “podrías ser menos directa”, “no te conviene ser tan obvia, te lo digo por tu bien”, “se te cierran puertas”.

Era gente que me quería y, sin duda, no les faltaba buena intención. Eran voces que salían del interior de personas que aprendieron a callar y se convencieron de que funcionaba.  

Incluso es probable que hayan tenido razón. Posiblemente se cierren algunas puertas pero, quién sabe, quizá por el mismo motivo se abran otras. Ya ven que puertas hay de todos los tipos.

No estoy sola, hay más personas que han decidido hablar.

Así fue que me enteré de un suceso en extremo lamentable ocurrido hace unos días en Caracas, específicamente en un local llamado Pisko Bar, ubicado en el Centro Comercial San Ignacio.

En ese lugar fueron agredidas -verbal y físicamente- por el personal de seguridad -avalados por el encargado- dos chicas por ser lesbianas.

¿Los vigilantes actuaron de esa manera por homofobia? No, la homofobia sola es otra cosa. Cada quien decide -o no- qué detestar. Todos tenemos nuestros rechazos pero no por eso llegamos al extremo de agredir, de golpear a quien no nos gusta.

Lo hicieron por delincuentes, por bestias. Habrían actuado de la misma forma con cualquier persona que consideraran desprotegida.

No podemos olvidar, sin embargo, que tanto la violencia como la discriminación están condenadas por nuestras leyes, empezando por la Constitución de la República. Y aunque es verdad que la justicia en este país está muy mal administrada, existen mecanismos para encausarla.

En este caso particular, como en muchísimos otros, sus víctimas -tengo entendido- no han querido seguir ningún proceso legal, pero por otro lado, a diferencia de tantos otros casos, a esta historia sí se le dio voz, fue contada por Diego Vega en @UB_Magazine. 

Por eso llegó a mí. A mí que conozco muy de cerca la verdad de su relato puesto que en no pocas ocasiones me he visto en situaciones ligeramente parecidas, debiendo defenderme alegando leyes, invocando un título que ejerzo, usando la fuerza de mi voz.

Esta voz que ahora sumo a las de Andrea y Clara para que su historia llegue a más gente.

Por ellas, por mí y, sobre todo, por aquellos que nunca han hablado y que posiblemente nunca hablarán, puesto que en algún momento alguien apagó sus voces.

Con esta voz pido a todos los que me lean que no acudan a lugares que promuevan el rechazo, la violencia, el odio.

Y, específicamente, en esta ocasión les pido, que jamás entren a ese nefasto local llamado Pisko Bar.

 

Sin comentarios

sincomentario

Hace un par de años recibí un mensaje en el que se me pedía un favor.

Era sábado y la hora lo suficientemente temprana como para que me encontrara más dormida que despierta. Tenía que hacer algo que requería pensar y como en tales circunstancias, dicha actividad me resultaba poco menos que imposible, solicité a un amigo que vigilara que no me equivocara. Sin embargo, cuando supo para quién estaba trabajando, soltó: <<¿sabes que te está usando, verdad?>>

El favor era para mi ex y de nuestra separación la gente solo conocía eso, que nos habíamos separado. Yo, en cambio, sí sabía cómo habían ocurrido las cosas y, por supuesto, estaba más que segura de que jamás se habría aprovechado de mí, simplemente confiaba en que podía contar conmigo. Y eso era mutuo, estaba comprobado. 

Gracias a la claridad con la que podía ver el panorama de aquel momento, se me hizo evidente lo poco atinado que había sido el comentario de mi amigo y me surgió una interrogante: cuántas opiniones parecidas había recibido a lo largo de mi vida, sin siquiera notarlo. Y cuántas de ellas pudieron ser capaces de sembrar dudas o de dejar  en mí sensaciones negativas.

Me di cuenta de que a veces, como amigos, sentimos la confianza de lanzar afirmaciones faltas de análisis, basándonos únicamente en nuestras propias percepciones, carentes de información suficiente y decidí no volver a ser parte del conglomerado de consejeros irresponsables.

Porque bien pensado, puede uno notar que lo cierto es que mientras no se esté ante un caso manifiesto de violencia física o psicológica, nadie necesita una ayuda que vaya más allá de unos oídos atentos y palabras de calma. Tal vez sea posible relajar esta norma en caso de infidelidad confirmada -para el supuesto de que la exclusividad sea un tema importante en el compromiso de los implicados- siempre y cuando te encuentres en el deber moral de advertir.

Aclaro que para mis amigos estoy siempre, no quiero que ni por error se interprete lo contrario. Cada vez que necesiten hablar, pueden acudir a mí, teniendo en cuenta que tengo talento astrológico para oírlos con interés genuino.

Lo que no deberían esperar jamás son soluciones específicas, pues mi única recomendación para estos temas va dirigida a los oyentes y, por otro lado, es tan genérica que me atrevería a escribir sobre ella esperando que sea aplicable a casi cualquier caso:

No hacer conclusiones apresuradas.

Los problemas de pareja indefectiblemente tienen dos versiones, pero la mayoría de las veces, los terceros nos enteramos de un solo punto de vista. Tenemos entonces una opinión sesgada, parcial, incompleta. Esto se debe a que, en los momentos de rabia, nuestros conocidos nos cuentan algo que les molestó, pero omiten, por considerar fuera de caso, otros detalles que cambiarían drásticamente el sentido de las cosas. 

Por eso no es raro que en las ocasiones que tenemos la oportunidad de escuchar las razones del otro, comencemos a cambiar nuestra opinión inicial y no en pocos casos, pasemos a considerar de mayor validez sus argumentos. 

Así como también ocurre que, por alguna circunstancia particular, hablan de los defectos de su pareja para desahogarse y no mencionan sus virtudes, los detalles que recibieron de su parte y mucho menos los desplantes que ellos mismos hicieron, logrando el resultado indeseable de crear rechazo hacia el otro y que nadie se explique cómo es que siguen juntos. 

Teniendo esto en cuenta, nos queda solamente escuchar sus versiones, para que, al drenar mediante las palabras, se calmen las aguas y comience a existir la posibilidad de pensar con serenidad. Serviría también, quizá, invitar a hacer ejercicio para que, con más oxígeno, el cerebro se libere de tanta sangre iracunda y se actúa con objetividad.

Y, en definitiva, reafirmar que nunca nos deberíamos tomar la libertad de incitar a la toma de decisiones drásticas. Comentarios como “creo que hay razones suficientes para terminar” deberían estar execrados, puesto que con ellos, lejos de ser hacer un aporte, lo que se logra es empeorar las cosas.