La prueba de agua

Poco a poco me iba enterando de lo que estaba ocurriendo.

Apenas dos minutos antes flotaba -en sentido literal y figurado- contemplando el azul del cielo, inmersa en la suavidad del mar. Pero escuché gritos de la orilla que decían que debíamos regresar. Daniela, a mi lado, parecía nerviosa; me di cuenta de que estábamos en un lugar donde no debíamos.

Llegamos ahí llevadas por la corriente, sin apenas notarlo. Intentamos nadar pero se hacía difícil: el agua se había vuelto rebelde, las olas, en vez de ayudar a avanzar, nos halaban hacia atrás.

A lo lejos, en una especie de muelle, veía a mamá en posición de meditación y deseé que permaneciera así por mucho tiempo, que no se diera cuenta de nada de lo que pasaba.

Desde lo alto de las piedras, los pescadores gritaban cosas, pero yo no descifraba las palabras mezcladas entre sus voces; sus imágenes también me resultaban confusas. Daniela, en cambio, parecía comunicarse con ellos, al menos les respondía como si así fuera.

Entendí que mi hermana estaba queriendo entrar al mar a buscarme pero alguien se lo impedía. Que la playa estaba quedando sola, que la distancia con la orilla era suficiente como para que, en una situación crítica, no diera tiempo de hacer nada y que si la corriente nos seguía llevando hacia aquella roca gigante, la fuerza abrumadora del agua podía aplastarnos como hacía con las olas que reventaban en su superficie. 

-”NECESITAMOS UN SALVAVIDAS”, grité hacia la orilla a quien pudiera escuchar… sin embargo, los rastros de una posible ayuda permanecían ausentes. 

Siempre he sabido que en el mar el cansancio es un terrible enemigo. Y Daniela estaba cansada. El peligro entonces se hizo real, supe que en adelante las cosas no dependerían de lo bien que pudiéramos nadar.  Gastar la energía que nos quedaba luchando contra una corriente tan imponente, era un terrible plan.

Con mucha calma le pedí que se concentrara en relajarse, en dejar que su cuerpo flotara, haciendo el mínimo esfuerzo. Recuperaríamos así el aliento y procuraríamos estar vivas para el momento en que llegara la ayuda. En algún momento tenía que llegar.

Pero la orilla parecía más sola que antes, incluso mamá había desaparecido. La escena, para mí, se volvió estática, todo a mi alrededor perdió movimiento y sonido.

“¿Me voy a morir?” pensé incrédula. Parecía irreal estar tan cerca de la muerte.

Pero una voz masculina me volvió a la realidad. <<¿Quién de las dos no sabe nadar?>> “Ella está más cansada que yo, ayúdala”, respondí a su pregunta. 

Me indicó que me alejara de la roca. Y nadando debajo del agua logré vencer con mayor facilidad a la corriente, pero cuando salí a la superficie noté que el rescatista y Daniela seguían atrás.

Claro, sin un salvavidas era muy difícil ayudar, sin embargo, su presencia me parecía muchísimo mejor que nada.

-“No me dejes sola, por favor” le escuche decir con miedo en los ojos.

-“No lo hare, aquí me quedo, vamos a estar bien, te lo prometo”.

Y sin ninguna otra forma de mejorar el tiempo de espera, me tomé el inoportuno atrevimiento de hacer una broma con referencia a una escena de la película “Titanic”, con acento mexicano, para hacer todo peor: <<No cabes en mi tablita, pinche Jack>> y conseguí el impensable resultado de hacerla sonreír.

De pronto se hizo el milagro. Apareció ante nosotras una tabla de verdad, lo suficientemente grande como para sostenernos a las dos.  Era una tabla de surf guiada por un muchacho de ojos verdes. <<Agárrense bien y aléjense de la roca>>, nos ordenó. Y siguiendo sus instrucciones pataleamos hacia la orilla, hasta que por fin logramos salir.

Los minutos que duró el rescate bastaron para que la playa se llenara de gente. Los pescadores estaban ahí, contando su propia versión de los hechos. Por todos lados apareció alguien haciendo preguntas, diciendo impresiones, contando experiencias, dando consejos, soltando reproches.

Mi madre esperaba por nosotras: ella había buscado a los surfistas en el otro extremo de la playa, luego de escuchar decir a unos pescadores que había unas muchachas ahogándose. Corrió tan fuerte de regreso que llegó al mismo tiempo que el carro de los rescatistas.  

Mamá no hizo ningún comentario fuera de lugar sobre la necesidad de tener más cuidado o cosas de ese tipo. Solo dijo: “Ahora haz un Sari con esto”. Y yo no soy propensa a seguir sugerencias directas sobre el tema de mis escritos, pero en este caso, teniendo en cuenta que la petición llegó de la persona que me salvó la vida, puedo hacer una merecida excepción.

Por otro lado, no deja de parecerme interesante la relación de los hechos de la tarde con las primeras palabras que escribí durante la mañana. Era un mensaje para Daniela que decía: “Quiero estar contigo hoy y mañana. Y que conmigo nunca te sientas sola. Nunca lo vas a estar”.

Pocas horas después, la fuerza del agua ponía a prueba mis palabras. Y otra vez, como siempre, las honré: me quedé, estuve.

 

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