Amor vs hambre

amor vs

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”

Pablo Neruda

Dice la cultura popular que el amor y el hambre, como el agua y el aceite, son elementos que se excluyen entre sí, lo cual ha quedado bien reflejado en el famoso refrán “amor con hambre no dura”. No obstante, esta verdad no salva ni al hambre ni al amor, de tener una profunda semejanza: ambos compiten por el puesto de mejor ingrediente.

Tengo la certeza de que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos tenido la oportunidad de escuchar a alguien decir que el mejor condimento que existe en el  mundo es el hambre. Aun así, y consciente del riesgo de pasar por ingenua, me dispongo a demostrar que tal afirmación puede ser cierta, siempre y cuando no entre en escena el amor.

Si los seres humanos, por instinto, asociamos el amor con la comida, es porque consideramos que quien nos alimenta nos salva de la muerte. El hambre, entonces, se presenta como un umbral, una frontera, un límite entre la vida y la nada. Teniendo esto en consideración, nadie debería sentirse extrañado de que, en estado famélico, un simple bocado resucitador, sepa, paradójicamente, a cielo, desde el momento en que convierte, por un instante, a la tierra que habitamos en el paraíso que se nos ha prometido.

Ahora bien, ese protagonismo del que goza el hambre, mengua cuando el buen Cupido despierta deseoso de ponerse a trabajar y comienza a lanzar flechas de forma indiscriminada, con la consecuencia de que de un minuto al siguiente, una persona, de cuya existencia ni siquiera estabas enterado, comienza a entorpecerte los sentidos. Y el gusto, queridos míos, no es algo que se salve del efecto.

El amor entonces se convierte en un salero, en albahaca, picante, o en lo que sea que tu paladar disfrute, logrando convertir un simple pedazo de pan en algo delicioso hasta el delirio. Te permite degustar con gran placer el dulce saludable de las frutas y percibir sus olores a cien metros de distancia.

Por otro lado, es capaz de modelar los ánimos mas golosos, haciendo que, por propia voluntad, una persona se prive de devorar entera una real exquisitez, por experimentar el placer superior de compartirla con el ser que ama.

El amor, a diferencia del hambre, no te presenta un plato de lentejas como una tabla de madera ante un náufrago, sino que él mismo se aparece como un mago que te advierte que tus próximos tres deseos pueden convertirse en realidad. No nos salva de la muerte, entonces, actúa mejor: nos salva de la vida.

No nos vuelve ciegos, por el contrario, intensifica los colores y define las formas, haciendo que todo parezca más hermoso. Puede lograr que una melodía nefasta nos haga sonreír si por casualidad nos recuerda a un momento compartido y logra hacernos gozar con cada partícula de piel el contacto, incluso accidental, con la temperatura del cuerpo de nuestra persona especial.

Pero su efecto más sorprendente sobre mí, hasta ahora, ha sido su capacidad de idiotizar mi olfato de perro policía. Así fue que en cuestión de horas pasé de divulgar que detestaba el olor de las cocinas, luego de saludar a mis amigos cocineros al salir de sus trabajos, a sentir la imperiosa necesidad de aclarar, después de encontrar el amor debajo de una filipina sucia, que ese olor, como cualquier otro perfume, queda bien o mal dependiendo de la piel de quien lo lleve puesto.

El trabajo del amor es superior y por eso gana: se apodera de tu vista, de tu oído, de tu tacto. Una cosa lleva a la otra y del olfato  al gusto no hay ni un paso de distancia. Por eso a nadie extraña que, bajo sus efectos, con el simple olor de los ingredientes lo que siga es que te quieras comer también el plato.

El amor seduce, el hambre obliga.

¿Todavía alguien duda de que el amor es el mejor condimento?

 

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Quédate

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Comprendo que estás a un paso de emprender un viaje.

Amenazas con cruzar las puertas, todas las puertas, que llevan a la locura y dejar en abandono esta realidad que compartimos.

Empezaré entonces a tejer un puente que me guíe a ti de vez en cuando, que sostenga mis piernas desde esta cordura supuesta, hasta los laberintos oscuros de tu mente futura.

Mira este hilo blanco que está entre mis manos, ¿lo ves?

Amárralo a tu meñique izquierdo, con cuidado; yo lo sujetaré fuerte mientras vueles alto, libre como un papagayo, sabiendo que hay una niña que te cuida desde el suelo. No habrá tormenta con fuerza suficiente para separarnos.

¿Recuerdas el mito de Teseo y el minotauro? creo que este hilo nos servirá para más cosas. Me llevará segura hasta ti burlando los pasillos angostos de paredes altas. Pero ni tú eres monstruo, ni yo soy rey, ni mis visitas serán un peligro, prometo. No escucharás de mí noticias de este mundo que dejas; ni siquiera esperaré que sepas quién soy.

¿Quien soy?

Nadie importante. Me conformo con ser una cara familiar, alguien a quien creerás haber visto de algún lado.

Esperaré a que te duermas y te miraré en silencio, cuando te encuentres nadando en sueños, a distancia de las sombras de tu mundo nuevo. Y en las ocasiones especiales, que antes sobraban, cantaré para ti, si lo permites. Tal vez aquella canción sin nombre que tarareabas mientras me acariciabas el cabello hasta dormirme.

“Vuelan las mariposas

¿A dónde irán?

Con sus alas preciosas de tafetán.

Parecen pañuelitos diciendo adiós.

Adiós, mariposita,

adiós dice la flor.”

Ahora tú dices adiós, como las mariposas de tafetán. Dices adiós con cada recuerdo menos, mientras me diluyes y me vuelves nada. Mientras te vas.

Y yo aquí, sin detener tu marcha. No lo haré, no puedo. Ve adónde sea que quieras ir.  Te pediré una cosa sola: deja tu viaje para mañana. Hoy quiero que estés, que me abraces hasta que vuelvas a entrar en los sueños en los que estoy yo también, contigo. Que me quieras como cuando me querías.

Así que antes de dejar de hacerlo, antes de olvidar mi nombre, antes de tejer el puente, antes de irte, por favor, ¡quédate!

El mejor desayuno del mundo

Arepa

Era la primera vez que pasaba tanto tiempo lejos de casa y ya empezaba a pesarme un poco. Me sentía estresada, susceptible y extrañaba, sobre todo, mi idioma. Ya no quería pronunciar una palabra más en inglés o en italiano.

Al amigo que siempre estaba conmigo, Rino, un napolitano simpatiquísimo que me salvó de dormir en la calle, luego de que me perdiera en Cambridge el mismo día en que llegué, le informé que por el resto del día hablaría en español y le pedí de favor que fingiera entenderme.

Colaboró al máximo. Al punto de que, en el fondo, creo que sí lograba captar casi todo lo que le decía.

Rino era fantástico. Tenía dos bicicletas, una para mí y otra para él. Y él mismo tuvo la idea de ir a su casa a buscarlas para dar un paseo por la ciudad. Con la bici el mundo comenzó a ser más agradable y lo mejor era que ya no resultaba indispensable hablar. Podía solo estar en silencio y concentrarme en no atropellar a nadie.

Pero, de repente, salí de mi ensimismamiento al ver, a varios metros de distancia, pasando por el centro, repleto de turistas y estudiantes, a Gina, una de mis compañeras de casa, con una pancarta en las manos y gritando alguna consigna. Al acercarme pude notar que se trataba de una protesta contra los altos impuestos a los cigarrillos mentolados. Ella ni siquiera fumaba.

Al regresar a casa en la noche, me la volví a encontrar. Estaba sentada en la cocina tomando el té, un poco desanimada, tal vez frustrada por el poco éxito de su lucha. Sentí entonces ganas de alegrarle un poquito la existencia, así que le comenté que esta vez la cena la haría yo.

En las cuatro semanas que llevábamos de convivencia, yo jamás había cocinado nada. Ella, en cambio, cada noche preparaba algo más delicioso que lo del día anterior. Casi siempre eran platos típicos de la India (tenia una obsesión con ese país) vegetarianos y con un toque de picante que para mí resultaba celestial. Le gustaba la cocina, sin duda. Y cocinar se le daba bien. Además le hacía feliz el hecho de que yo siempre estuviera dispuesta a probar todo lo que ella hacía y de que disfrutara genuinamente su comida.

Ahora había llegado mi turno de hacerle conocer algo distinto.  

Al entender lo que estaba por ocurrir, me arrepentí de haberle dicho exagerada a mi mamá cuando metió la bolsa de harina Pan en la maleta; me habría gustado regresar con el paquetico entero para demostrar que, en efecto, era un peso innecesario. Pero había algo dentro de mí que me decía que dentro de ese plástico amarillo se encontraba la cura al estrés y al vacío que había estado sintiendo durante el día entero.

Me fui corriendo hasta el cuarto y al entrar vi el paquete de harina, sin abrir todavía. Me le acerqué con cuidado, como temiendo que apareciera mi madre por algún lado exigiendo el reconocimiento de su victoria. Lo agarré rápidamente y volví a la cocina de inmediato.

Le mostré el procedimiento, con paciencia:

La forma correcta de amasar, según la mayoría de las personas, es poniendo el polvo de maíz en un plato hondo con una cucharadita de sal y agregando agua paulatinamente mientras se amasa.

Lo usual es que se amase con las manos, sin embargo, yo prefiero hacerlo con una cucharilla, como si fuera un puré. Da igual como se haga puesto que el resultado es el mismo.

De la masa lista se van sacando pedacitos que se convierten en bolitas, la cuales deberán ser aplastadas con ambas manos hasta que queden planas y puedan ser colocadas sobre una plancha de metal, previamente puesta a calentar.

Mientras se iban cocinando las arepas, busqué en la nevera dos pechugas de pollo, las cuales corté en trozos y las lancé en un sartén en el que había puesto a sofreír una cebolla cortada en julianas. Le agregué mucha pimienta y mostaza, además de un poquito de agua. Cuando la intuición me indicó que lo que estaba preparando estaba listo, lo mezclé con guacamole. Y ahí nació mi propia versión de la Reina Pepiada.

Ese día la arepa ganó un nuevo fan en el mundo: yo misma.

Tal vez fueron dos pero la verdad no tuve tiempo de indagar la reacción de mi acompañante. Ni siquiera recuerdo si hizo algún comentario. En el instante en que le di el primer bocado a mi Reina Pepiada, los ojos se me cerraron solos, sentí ganas de reír y de llorar. Las células del cuerpo se me iban inflando como se llenan los pulmones cuando uno respira profundo. Y el mal humor que me había opacado todo el día, se desapareció como por arte de magia.

Hasta ese momento, yo jamás había alardeado de la comida de mi país, mucho menos de la arepa. Me parecían exagerados, si no antipáticos los comentarios de los venezolanos que decían que no había nada en el mundo como desayunar una buena arepa. ¿Cómo va a ser eso posible con tantos desayunos sabrosos que existen?

Pues bien, ese día me enteré de que ellos tenían razón, y que la equivocada era yo. No hay nada mejor, para una persona criada en Venezuela que una arepa. Y eso es así aunque esa persona insista en creer que no es así. Llegará un punto en que no tendrá más opción que rendirse ante la mejestad del mejor desayuno del mundo.

Que si el nacionalismo es un mal que se cura viajando, viajando también se aprende a valorar las cosas buenas que ofrece nuestra cultura. 

 

 

Un kilo

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A los nueve años yo ya me había convertido en la acompañante oficial de mi abuela Carmen Felicia.

Acudíamos juntas a todos los eventos importantes del pueblo en los que ella era siempre invitada indiscutible. Bautizos, quince años, matrimonios y, sin falta, funerales. Para los eventos festivos me permitía usar la ropa que mejor me pareciera, sin ninguna exigencia particular; en cambio para los velorios siempre me hacía llevar un pañuelo para que me secara las lágrimas aunque yo ni siquiera estaba enterada de quién era el difunto. En realidad daba igual quién fuera, ella lloraba por todos. El fin de la vida le ha causado siempre una pena terrible pero al mismo tiempo, el amor por ella le hace salir con rapidez del sufrimiento. Puede pasar de la risa al llanto y viceversa sin notarlo.

Nos iba bien juntas. En las noches, antes de dormir, rezábamos todas las oraciones que ella se sabía de memoria y que yo empezaba a aprender poco a poco. De los sueños que le contaba en las mañanas, sacaba números para jugar la lotería. Y, antes de que el sol se pusiera muy fuerte, regábamos las matas que el domingo contaríamos para llevárselas a mi tía en el cementerio.

Los sábados, era fijo, íbamos al mercado de San Antonio a comprar los ingredientes que ella necesitaba en su cocina. Esta labor podía durar horas, puesto que cada dos pasos, hacía conversación con alguien, conocido o no.

– Fernandita, tienes que saludar a la gente.

– Abuela, no sé quién es.

– ¿Eso qué tiene que ver?

Mi respuesta no la escuchaba puesto que ya estaba ocupada saludando a alguien más.

Entraba de negocio en negocio pidiendo todo tipo de cosas que le entregaban de inmediato sin importar la cantidad de gente que hubiera en la tienda.

-“Mira, catire, aquí no hay un kilo”, le escuchaba decir con la misma voz afinada con que acostumbraba cantar aguinaldos desde la noche del 31 de diciembre hasta el amanecer del primero de enero, sin descanso y sin una gota de alcohol encima.

Para probar su alegato, suspendía en el aire con la mano derecha la bolsa de maíz que le acababan de entregar, la movía un poco, prestando atención en el peso y sentenciaba: ¡ponle los doscientos gramos que le faltan! En ese momento aparecía el dueño del local regañando al ayudante por tratar a la señora Acuña como a cualquier otro cliente. -“Tú eres loco? Esa doña es más pilas que tú y que yo juntos”. Completaban los mil gramos y nosotras salíamos en busca de alguna otra cosa.

En el camino me ponía las bolsas en lo brazos para que sintiera la diferencia evidente que existía entre una y otra, pero la diferencia yo jamás la encontraba. -“Ya, no te preocupes, eso es algo que se aprende con la práctica”. Nunca me tomé demasiado en serio sus palabras. Para mí, ella tenía superpoderes a los que yo  no accedería jamás. Como ese de apagar el fuego con las manos sin quemarse. Sobre eso me explicó que cuando era pequeña le había caído una centella cerca y que, desde entonces, las llamas no le afectaban. Todavía no sé si eso pueda ser cierto. Con ella nunca se sabe.

En la carnicería le escuchaba reclamar: a mí me buscas carne de toro, esa carne es de vaca, ¡huele! Y, sin gastar tiempo en discusiones que sabían perdidas, le buscaban lo que pedía, divertidos por la sagacidad de mi abuela.

¿Cuántos años pasaron desde entonces? más de los que yo tenía por aquellos días. Y aun así las vueltas de la vida encontraron la forma más inteligente de ponerme nuevamente frente al peso de los ingredientes. “Ya sé que no te gusta nada de esto pero ¿podrías ayudarme a pesar? No podía negarme. Por dos motivos: el primero, porque de verdad era necesaria mi ayuda. El segundo, porque nos permitía estar más tiempo en el mismo espacio.

Acompañante oficial, otra vez. Ahora con un rango superior: ayudante de chef. Y no cualquier chef, sino de la más risueña y apasionada del mundo de la cocina. Además, contaba con un traje especial para el ejercicio de mi función: una filipina propia.

Colocaba sobre el mesón la balanza y, al lado, el cuaderno de recetas, abierto en la página que explicara el procedimiento para lograr lo que quisiéramos en ese momento. Descartado el peso del contenedor, vertía en él una cantidad del ingrediente de turno y en un instante aparecía en la pantalla “200 gramos”: justo la cantidad necesitada.  

-Tengo talento con el peso, bromeaba, -lo llevo en la sangre. Pero en el fondo pensaba que no era más que casualidad. Una casualidad que se repetía cualquier cantidad de veces en una misma mañana.

-Me siento como Osiris, ahora mismo estoy sentenciando a la levadura. Depende de mí que se convierta en un delicioso pan o que regrese a la triste bolsa.

-¿Quién es esa?

-¿Osiris? un dios egipcio. Era el juez de los muertos. En Egipto se creía que cuando alguien moría, su espíritu era llevado ante un tribunal en el que sería sometido a juicio. El corazón del difunto, que había sido extraído de la momia por el dios Anubis, era puesto en uno de los dos platillos de una balanza, mientras que en el otro se ponía una pluma. Si el corazón, que representaba la moralidad y la conciencia, pesaba igual que la pluma, continuaba la vida de la persona en el paraíso. Si, por el contrario, era más pesado, moriría definitivamente.

Me escuchaba con atención y sonreía, como admirada. Le gustaba escucharme hablar de cualquier cosa; pensaba que yo sabía mucho.

Un día de mercado me antojé de unas fresas que ofrecía un vendedor ambulante por un precio súper conveniente. – Si tanto las quieres, las podemos comprar, pero aquí no hay un kilo, le escuche decir con seriedad. -Déjame ver, respondí. -No olvides que la encargada de pesar soy yo. Y al coger con una mano los frutos, sentencié: un kilo.

-Te apuesto 50 dólares a que son 900 gramos.

-Está bien… pero vas a perder, te advierto.

Gané yo la apuesta. La balanza me dio la razón: un kilo, ni más ni menos. Finalmente lograba acceder a uno de los superpoderes de mi abuela. Cobré mi premio sin ningún tipo de remordimiento.

Y, por supuesto, también me comí las fresas.