Pasta Fernanda

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Ingredientes:

200 gramos de linguini, 150 gramos de camarones, una cucharada de sal, 50 ml de aceite de oliva, dos dientes de ajo, 5 gramos de jengibre, pimienta negra y peperoncino al gusto.

Con solo leer los ingredientes cualquier incauto podría atreverse a insinuar que nada hay de particular en esta receta como para hacerla merecedora de un nombre propio: “Pasta Fernanda”. Pero no tendría ni una pizca de razón. No estamos hablando de una simple pasta con camarones, no. Era una plato especial, pensado para mí en cada detalle.

Los camarones los buscábamos en Río Chico -un pueblito a una hora y media de Caracas donde el pecado más que el pescado está a la orden del día-, frescos y menos caros que en la ciudad, con el aditivo de las cervezas a orilla de playa para sacarle todo el jugo al viaje.

La pasta debía ser linguini, la que me gusta. Y el peperoncino, junto con el jengibre y la pimienta estaban puestos en una cantidad poco adecuada para paladares delicados. El objetivo de esta desmesura era muy simple: dejarme la boca ardiendo.

Encuentro muchísimo placer en sentir mi lengua caliente como el mismísimo fuego y los labios ligeramente hinchados por la agresividad del picante, el cual, además de potenciar los sabores, les juro por lo que ustedes quieran, también logra incrementar la capacidad de percibir el contacto. Por eso lo que me provoca, luego de una quemadita de estas, es besar unos labios que me hagan sentir con mayor intensidad los míos.

Lo que les digo es que cuando hay picante cerca, lo mejor es que cerca esté también la persona que nos gusta. Y si esa persona acaba de cocinar para uno, el postre lo tiene asegurado.

Volviendo al tema, la pasta Fernanda era distinta, no solo por el ritual de los camarones y por el exceso de pimienta, también lo era por el método de preparación. Ya no se trataba de un plato de comida que venía a mi encuentro en la mesa de un restaurante o de mi casa: en este proceso yo también participaba. Era una fusión que me convertía en un ingrediente más… Sin mí la receta no podría nunca estar completa.

Mi participación en la cocina fue aumentando progresivamente:

al principio me limitaba a contemplar, desde algún rincón, sus manos hábiles cortando, con experta rapidez, el ajo y el jengibre. Me relajaba viendo las burbujas, grandes y pequeñas, en su danza ascendente desde el fondo de la olla hasta su éxtasis en la superficie y… saboreaba con gusto un traguito de cerveza.

Esos minutos me quitaban por completo su atención… pero por eso mismo me permitían observar sus movimientos con mayor libertad. Era un negocio justo.

-Pásame la sal, por favor.

Cambiaba incluso la forma en que se expresaba conmigo. Le obedecía rápidamente, contenta de entrar por fin en la escena.

– Aquí está, mi amor. Le entregaba lo que me pedía y le besaba la espalda reclamando una porción de su interés.

– Ya va a estar lista. ¿Pones la mesa?

Su plato, el mío, cubiertos, lista la pasta y a comer. ¡Qué delicia!

Me miraba mientras comía, esperando que diera señales de no poder más con el picante. Para mí, sin embargo, cuando el ardor de mis labios estaba en plena ebullición, se me hacía que era el momento perfecto para comerme sus labios de segundo plato.

– Cocinas como los dioses, ¿Lo sabes?

– Tú también podrías, es muy sencillo, solo tienes que..

– Silencio, silencio. Sabes que no me interesa. Tú me haces comida, yo lavo los platos, tú no hablas de recetas conmigo, yo no hablo de leyes contigo, ese es nuestro trato.

Callaba con una sonrisa. También en esto me complacía. Ahora, si creía o no en la veracidad de mi desinterés, no lo sé. Probablemente sabía que, en todo caso, no sería eterno.

Paciencia no era algo que le faltara: acostumbrada a cocinar, sabía que hay recetas mucho más complicadas que otras. A mí había que cocinarme con la candela bajita.

En panadería se requiere precisión para que las cosas salgan como tienen que salir. Para eso es necesario respetar medidas que no se logran fácilmente sin la ayuda de un peso.

– Ya sé que no te gusta nada de esto pero ¿me puedes ayudar a pesar los ingredientes?

Durante algunas semanas fui la encargada de pesar gramos de harina, manteca, leche, azúcar.

– Tengo un regalo para ti.

Era una filipina negra. Mientras me la ponía me convenció de que era por el bien de mis camisas. Me recogió el cabello y sonrió disimulando el sentimiento de victoria. Miré al espejo y tuve que reconocer que me veía hermosa.

El amor hace con las personas cambios parecidos a los que el fuego con los alimentos

Me dejé puesta mi filipina y en ese instante me convertí en ayudante de cocina oficial.

¿Hay algo que el amor no pueda cambiar? Nada.
Pero el día en el que juré no volver a poner un pie cerca de una estufa yo no tenía idea de esto.

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La receta

Los domingos por la mañana, al despertar, salía de mi cuarto directo a la cocina, guiada por el aroma que emanaban las primeras arepas puestas sobre el budare. Desde el pasillo veía a mamá, el cabello recogido y vestida con alguna camisa de mi padre, amasando la harina con sus dos manos y, al notar mi presencia, decía, con una amplia sonrisa: ya va a estar lista tu comida, mi amor.

Pocos minutos después, comenzaba la música chispeante de la cebolla y el tomate recién caídos en el sartén, el olor dulce y penetrante de las tajadas de plátano bañadas por el aceite y el ajetreo de seis manitos -las mías y las de mis dos hermanos- que con dificultad llegaban a la altura de la mesa, intentando ponerla en orden.

La vida empezaba con olores y sabores destinados a quedarse eternamente impregnados en cada célula de mi cuerpo. Freud decía que a través de la comida, los seres humanos sentimos, en su forma más primaria, el afecto. Es el instinto lo que nos hace entender rapidísimo que si alguien nos alimenta, nos salva de la muerte.

Yo, además tengo la hipótesis de que, en nuestros primeros años, el calor de la cocina se nos asemeja al cálido vientre materno y por eso lo identificamos como un lugar seguro para estar y para poner en acción toda nuestra creatividad.

¿Y cómo no? Los ingredientes son elementos perfectos para hacer invenciones. Basta un mínimo de atención para ser testigo presencial de los maravillosos cambios que hace el fuego sobre las cosas. De ahí que comencé a anidar el sueño de crear una receta innovadora y, por buena o por mala suerte, un día se me hizo realidad.

Cuatro huevos, un sobre de gelatina de uva y una cantidad desproporcionada de sal era todo lo que se requería.

A continuación los puse a freír hasta obtener exactamente aquello que deseaba: huevos morados. Hasta ahí estuvo bien todo. El error fue probarlos. Casi muero del asco. Me enfermé del estómago por varios días, incluso. Sin embargo, no sentí desaliento y por absurdo que parezca, esa no fue mi última receta.

Curiosamente, el día en que decidí colgar el delantal para siempre y me juré no volver a poner un pie cerca de una estufa, fue uno en el que había preparado un plato bastante sabroso: carne asada. Lo hice siguiendo las instrucciones de mi abuela paterna, Tita -machista hasta la médula-, quien se mostró muy contenta con los resultados. Tan contenta que no dudó un segundo en agregar a sus felicitaciones que en el futuro yo sería una buena cocinera para mi hermano y luego para mi esposo.

– Siempre que Teto también cocine para mí, no habrá problema, le dije.

– La cocina no es un lugar para los hombres, cocinar es tarea de mujeres, respondió sin más.

Y en ese mismo momento renuncié a mi curiosidad culinaria y a todo lo que tuviera que ver con recetas e ingredientes.

Con el tiempo comencé a creer que detestaba la cocina, al punto de que siempre me ofrecía para lavar los platos, con tal de no tener que cocinar nada.

Mi abuela era el producto de una crianza regida por las reglas del machismo, un mal que se propaga con frases como la que me dijo a mí y que crea limitaciones absurdas: a los hombres los aleja de la placentera experiencia de cocinar y a las mujeres les quita parte del encanto -si no es que todo, como en mi caso- desde el momento en que se empieza a ver la actividad como una obligación y no como un acto de amor, hacia uno mismo o hacia otro.

Mi abuela por suerte, supo desaprender a tiempo y entender que las suyas eran ideas erradas y recibió con alegría la noticia de que su nieto, mi hermano, se quería dedicar precisamente a la cocina. Y de que yo no quería ni freír un huevo.

Vamos

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Vamos a redescubrir el agua tibia. 

Yo quiero hacer planes como si esto fuera para siempre

Arriesgarme como si jamás el amor hubiera ardido

Como si las lágrimas no se hubiesen convertido en ríos.

Vamos a querernos como si nunca antes hubiésemos querido

A creer en las palabras, a guiarnos por miradas

Vamos a llenarnos del polvo de nuestro propio camino.

Ignoremos el pesimismo ajeno, los vaticinios pesados, las advertencias con buena intención

Que nadie más sabe cómo me has querido esta mañana,

cómo te cuidé ayer por la tarde,

ni cómo nos hemos soñado cada noche.

No escuchemos entonces,

mejor

Vamos a sentir el ritmo de nuestros latidos:

cuando te quedas,

cuando me voy,

cuando nos venimos.

Vamos a cuidarnos como si de ello dependiera la vida

Vamos a querernos como los pingüinos.

Último día del último año

UCAB

Al entrar a la universidad todo se sentía diferente. De un día para otro las cosas habían cambiado de forma radical. El jardín que me recibía siempre tan alegremente, ahora me esquivaba la mirada.

Vi la estatua de Andrés Bello y sonreí con el recuerdo de la vez que alguien me advirtió, al verme sentada en uno de los bancos que la rodean, que de seguir ahí no me graduaría, porque aquello daba mala suerte. Me paré inmediatamente, parecía más bien que me habían echado agua caliente.

No era que me creyera ese cuento, no lo hacía para nada, pero más valía evitar. Luego me enteré de que ese mito era bastante temido, tanto así que los estudiantes de ingeniería no le pasaban ni cerca al monumento.

Subí la cara, buscando refugiarme en el verde de los árboles, pero éstos se mostraron tan indiferentes, que me sentí herida. Quién sabe si por la costumbre de ver cada semestre el continuo flujo de estudiantes, se volvieron insensibles a las despedidas.

Repentinamente, todo mi entorno comenzó a llenarse de un aura particular: ahora veía la biblioteca, la grama, los módulos y todo, con obsesiva atención, como queriendo fotografiar con la memoria cada detalle de aquél momento, como intentando que no se me escapara nada.

Entonces ocurrió, lo comprendí por fin: esa era la última vez que pasaría por aquellas caminerías, rumbo a los salones de Derecho, de mi carrera, mi amada carrera, en mi querida universidad.

Antes hablé tantas veces de ese momento. Ese día sería el más liberador de todos. Lo decía siempre, o por lo menos cuatro veces cada año, durante los primeros, los segundos, los terceros parciales y luego en los tediosos exámenes finales. Estaba llegando a la meta ¿no?

¿Por qué ahora sentía lo que sentía?

Se me iba formando un nudo en el estómago, se me erizó hasta el último centímetro de piel e inexplicablemente, sentí una especie de alegría. Rara. Sonreía, pero ¿realmente quería sonreír o lo hacia porque no sabía qué era lo que tenía que hacer? Ya, no estaba alegre. Tampoco estaba triste. Estaba nerviosa, ansiosa por todo lo que significaba cada hora que pasaba.

Ese día era la frontera entre dos vidas, el faro de Narnia, era un portal que hacía que se encontraran pasado y presente. Y yo estaba a punto de cruzar al otro lado, tenía la obligación de hacerlo, de hecho.

El nudo en el estómago se hacía más fuerte con cada paso que daba. Subí las escaleras, sin ninguna prisa, entré al salón y vi a Luis, mi querido Luis Alfredo, con quien estudié desde primer año. Cinco años conociéndolo. Lo abracé con muchísima fuerza y le dije: “hoy es el último día”.

Una mirada a mi entorno, viendo las caras que me habían estado acompañando durante tanto tiempo, intentando descifrar en sus miradas si, por casualidad, estaban experimentando lo que yo; si tenían dentro de sí por lo menos una vuelta del remolino que a mí me invadía el cuerpo entero.

Por suerte mis pensamientos fueron pronto interrumpidos por la llegada del profesor, quien, sin ánimos de perder un segundo de su valioso tiempo, comenzó una clase de la materia que menos me gustaba pero que aún así disfruté en cada minuto, como si hubiese sido el último bocado de mi plato favorito.

Al finalizar la hora, el profesor decidió pronunciar, a quien quisiera escuchar, algunas palabras, tal vez de despedida o de aliento para el futuro. Y aunque en mí provocaron el efecto de acentuar los síntomas que ya venía sintiendo, lo cierto es que no recuerdo nada de lo que dijo. Es posible que ni siquiera lo haya escuchado. Tal vez yo solo lo sentí.

Con él hicimos una foto grupal – a pesar del odio generalizado que se había ganado a pulso en mi salón -del que nos excluíamos muy pocas personas. Luego de eso, nos despedimos. Cada quien a lo suyo en el tiempo disponible entre una clase y otra.

Yo seguía en estado de trance, sabiendo que lo que se iba era algo que me gustaba. ¿Era real lo que estaba viviendo o era ya solo un recuerdo? Las despedidas se parecen tanto al pasado que a veces resulta difícil distinguir. Tal vez por eso son tan incómodas, porque nos hacen estar en un lugar que no es, indefinido, algo que no existe.

“Vendrán cosas mejores”, me dije en voz baja, de forma casi imperceptible.

A pesar de todo, supe reconocer que, aunque raro, aquél día era realmente hermoso, como casi todos los días dentro de mi hermosa UCAB, con su vegetación bien cuidada que hace que el clima se vuelva tan agradable. Un orgullo para los Jesuitas, sí, señor. Por eso es que me gusta tanto la filosofía Ignaciana, porque la excelencia la he visto de cerca, hecha burbuja en medio del terrible caos. Eso es saber marcar la diferencia.

El reloj me indicó que había llegado la hora de la segunda clase. A continuación iría a la última clase del tan esperado último año. Había llegado tan rápido… y, sin embargo, hacía apenas un mes, parecía que nunca llegaría.

Cuando pasé al salón, sentí que di un salto en el tiempo. Casualmente era el mismo donde, cinco años atrás, había empezado toda mi historia con el Derecho. Recordé que a esa misma aula había entrado el primer día, después de haber estado perdida entre los módulos, buscándola y sin saber con exactitud qué estaba haciendo yo ahí, entre aquella gente que parecía tomarse todo tan en serio. Sabía solo que había un escritor, uno bueno o por lo menos, uno que me gustaba que era abogado y que si él podía serlo y a la vez escribir, entonces a mí también podía resultarme esa fusión de cosas.

¿En qué momento ocurrió entonces? ¿Cuándo empecé a enamorarme tanto de mi carrera? De los libros, de las enseñanzas de los profesores.

Por casualidad o por destino, había llegado justo al lugar al que tenía que llegar. Alguien lo había querido así: era la vida, era Dios, era mi suerte, no lo sé. Pero ahí estaba yo, entrando al mismo salón de módulo cinco, piso dos, donde en algún momento aquella profesora de Introducción al Derecho, haciendo uso de sus dotes de celestina, había dicho, refiriéndose a mi clase y señalando con la boca, que más de la mitad de la gente que ocupaba “esos puestos” no se graduaría, y acertó: algunos cambiaron de carrera, muchos otros se fueron del país, y otros, incluso, decidieron hacer familia.

Cumpliendo las estadísticas de la mitad que si culminaría el quinto año, estaba yo, con mis amigos de siempre, contrariando el mito de la estatua de Andrés Bello. Estaba yo, justo donde empezó todo, ahora culminando la pequeña etapa.

Caminé hasta la primera fila, me senté, VIP, como siempre y escuché la última clase de pregrado.

26

rain dropLas semanas previas al 26 de agosto del año 2017, Caracas había comenzado paulatinamente a perder su aroma. Cada vez era más difícil disfrutar de su característico olor a tierra mojada, o deleitarse la imaginación con la brisa del pan recién horneado en las mañanas.

Pero peor que eso fue caer en cuenta de que también se estaba quedando sin colores; estos perdían vida con una rapidez inexplicable.

Tenía la impresión de moverme bajo un cielo blanco, entre calles grises y de estar rodeada de árboles negros. Además, como si lo dicho fuera poca cosa, la comida, qué insípida resultaba. Era como si los suelos hubieran dejado de aportar nutrientes y todos los cocineros se hubiesen puesto de acuerdo en dejar los alimentos sin sal, sin azúcar, sin condimento alguno.

Yo hacía buen juego con la ciudad: triste, incolora y en la mirada se me veía la desesperación de los animales que se saben prontos a la muerte. Puede que fuera posible adivinar el insoportable nudo que me comprimía el estómago, anticipando el fin, con solo tenerme en frente.

Mientras ese fin no llegaba, el mundo se esmeraba en ser desesperadamente aburrido y lento. Cada día competía con el anterior por la categoría de “peor día del año”.

Hasta que, finalmente, la profecía auto-cumplida se verificó. Llegó el día ganador, el peor del año, fatídico, el último: el veintiséis de agosto.

Y con su llegada, cosa curiosa, se suprimieron gris y blanco y quedó solo negro. Todo se volvió oscuro, tenebroso.

No se puede ver nada en esas circunstancias, solo es posible sentir. Tristeza, miedo. Llanto.

Alguien le quitó el oxígeno a nuestra relación en coma. ¿Yo la quería seguir teniendo así? Cómo saberlo. Pero era lo más fácil. Por más que buscaba no terminaba de encontrar el valor suficiente para dejarla ir, para autorizar su partida.

Para eso recibí tu ayuda. Esa clase de ayuda que al momento no se sabe agradecer y te preguntas por qué lo hizo, cómo pudo.

Comencé a detestar la fecha. Cada veintiséis nos separaba otro mes y yo ya veía con malos ojos el número.

Así como para los pitagóricos, las cifras para mí siempre han tenido un significado simbólico. Hay dígitos que me gustan mucho y otros que no tanto… pero a éste, al veintiséis, lo detestaba. Se convirtió en mi enemigo acérrimo.

Lo que yo habría dado por poder saltar, por ejemplo de martes 25 a jueves 27… habría sido maravilloso.

No podía hacerlo. En cambio, cada mes a alguien se le ocurría preguntar “¿qué día es hoy?” Y yo respondía “miércoles”. Entonces insistían “pero, ¿qué fecha?” – Veintiséis, decía, disimulando mi molestia absurda con una sonrisa mal elaborada.

Qué bueno que exista el llanto. No era necesario salir a buscarlo con la esperanza de sanar, no. Cualquier canción, sin importar su género, era capaz de exprimirme como una naranja de jugo. La alusión a una serie que te gustara, una película cómica, la multitud de faros en tráfico en las noches. Mil detonantes de recuerdos por metro cuadrado. No, esas calles no las caminé contigo pero ¿Cuántas veces pensé en ti, mientras las andaba?

Claro que sirvió llorar. Si yo pudiera le tendría un altar al llanto, es de lo más útil que hay.

A mí me iba limpiando, con muchísima cautela, la mancha negra que había caído sobre mi entorno. De forma casi desapercibida, con la paciencia y el poder que solo tienen las gotas de agua capaces de moldear montañas.

Una tarde, vi interrumpido el negro cielo, por el rojo vivo de las alas de una guacamaya. La reconocí de inmediato.  Había perdido la cuenta de cuánto tiempo tenía sin ver esos animales. Seguro estaban cerca de mí, pasando desapercibidas. Sin color, podían ser lo mismo una guacharaca que un buitre.

Con los días me desperté contenta porque alguien estaba haciendo café muy temprano y ese olor me fascina desde niña. Ya por la tarde encontré sabor en la cena y comencé a sentir que estaba regresando a alguna parte.

Poco a poco aparecieron nuevos colores. Incluso, me atrevo a decir, que con mayor intensidad que antes. El verde… Dios, cuántas tonalidades existen. Y el cielo volvía a ser azul, pero el azul ahora era mucho más hermoso.

Me encontré descubriendo nuevamente el mundo, con espíritu infantil. Explorando con los cinco sentidos. A esto se refería Heráclito cuando decía que no se puede disfrutar de la salud sin conocer la enfermedad.

No fue tan malo lo que nos pasó, me he dado cuenta.

Días atrás, estaba cantando, a todo pulmón, “Cheque al portamor” de Melendi y en una frase de la canción lo entendí todo: Aunque pensándolo bien ¿Cuál habría sido nuestro futuro? Esto, solo esto. El resto de la letra no nos queda. Pero esta partecita me hizo comprender que tú tenías razón, que no tenían sentido mis ganas de prolongar nuestro viaje. Que fue verdad lo que dijiste, tú y yo no nos conocíamos tanto.

Nos hiciste un favor desconectando.

Comencé a preguntarme si esa fecha, el veintiséis, merecía tantos malos tratos de mi parte.

¿Y si, contrario a lo que yo pensaba, no era un mal augurio sino símbolo de buena fortuna? Y si no había traído mala suerte a mi vida sino lo contrario.

La vida tiene esos atajos que a veces cuesta tanto entender, y vamos por ellos solo porque no nos queda opción, para luego darnos cuenta, al llegar al sitio, que no había mejor manera.

¿Son obsequios? Cómo saberlo. Pero, sin duda, hay señales que llegan más claras que otras.

Conocí a alguien. Van varias semanas que salimos. Me dijo que desde hace tiempo quería saber mi nombre pero no se atrevía a hablarme. En una de nuestras conversaciones me preguntó qué día cumplo años.

– El 15 de febrero, respondí. – Y tú?

– El 26 de agosto.