Interpretaciones

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Llega un cliente a la oficina de un abogado buscando solución a su problema. El jurista escucha con muchísima atención y, al final de todo el cuento, le dice: – Señor, le tengo una buena y una mala noticia ¿cuál quiere primero? – la buena, por favor, se escucha como respuesta. – Pues bien ¿ve todos estos libros que hay en mi biblioteca?

– Sí, claro. Son muchos.

– Perfecto. La buena noticia es que en la mitad de ellos, se le da la razón a usted.

– Qué maravilla! -responde el entusiasmado cliente. Y luego agrega: – Pero… ¿cuál es la mala noticia?

– Verá, responde el profesional del Derecho, la mala noticia es que, la otra mitad de los libros, se la quita.

Este es uno de tantos “chistes malos” que se escuchan entre abogados. Es malo, sí, puesto que no genera ni un gramo de risa; de lo que no estoy segura es de lo acertado que resulte llamarlo chiste. Yo diría más bien que es un cuento corto con moraleja para el que tenga el ánimo de ponerse a echarle cabeza.

Hace unos días me atacó una ráfaga de nostalgia tan tenaz que no pude resistir la tentación de invitar a mi hermana a jugar “Tarzán” en un viejo PlayStation que guardamos desde hace una cantidad incalculable de años. Ella aceptó mi propuesta encantada.

Digo con honestidad que no me cabía la emoción en el cuerpo y es que no podía ser de otra manera; ese videojuego fue parte esencial de mi infancia. Desde el segundo en que comenzaron las imágenes y los sonidos del niño simio, comencé a sentir cómo la adrenalina me corría por la sangre mientras arrojaba peras a los mapaches que obstaculizaban mi andar.

De forma inconsciente comencé a temer la llegada del llamado interruptor de mi madre indicándome que tenía que comer o bañarme. Pero lo que llegó fue un comentario de mi hermana que detuvo abruptamente el viaje de mi máquina del tiempo y me trajo de vuelta al presente. “Qué mal que Tarzán mate a los animalitos”. Stop.

– Hay un dibujo de Banksy que me gusta mucho en el que un policía sostiene un honguito con su mano izquierda y con la derecha señala a Mario indicándole que no debe infligirles daño, comenté. 

– Sí, lo he visto – respondió mi hermana- pero creí que el diseño quería mostrar, a modo de protesta, una escena en la que un oficial confisca a Mario sus alucinógenos.

– Bueno, esa podría ser también la explicación, comenté. Y no dije nada más al respecto, pero comencé a pensar en el mágico mundo de las interpretaciones.

Como ya tenía esta idea en la cabeza, quise hacer un experimento. Al día siguiente, vi un tweet que decía: ¿Realmente crees que alguien te va a querer así? Seguido de un vídeo en el que un perro reclamaba, con muchísima insistencia, la atención de su dueño, quien hacía el mayor esfuerzo por mantener una conversación con algún amigo.

El animal lo veía, se acercaba, lo tocaba con las patas, hasta que, finalmente se acostó sobre el hombre para que éste no pudiera hacer más que notar su presencia. Entonces el dueño, sin poder resistir, lo abrazó con infinito cariño.

A mí el vídeo me causó risa, puesto que entendí, por el copy, que se trataba de una pregunta sarcástica, en la que se inquiría la posibilidad real de que una persona extremadamente intensa y demandante de afecto pueda encontrar el amor. Mentalmente completé la frase “crees que alguien te va a querer así” con un “así de fastidiosa como eres”.

Consideré que era un material interesante y lo compartí de forma privada con dos personas. Ambas respondieron el mensaje con risas y señales de ternura. Pero entonces, yendo un poco más lejos, les pregunté su opinión con respecto a lo que acababan de ver, con el fin de saber si ellas habían entendido exactamente lo mismo que yo.

Las respuestas me confirmaron que, lo que a mí me pareció tan obvio, no lo era tanto.

La primera interpretación que recibí entendía que la interrogante “¿crees que alguien te va a querer así?” tenía un trasfondo romántico, que hacía referencia a la meta de encontrar una pareja que te quiera tan bonito como el hombre del vídeo quiere a su perro.

La segunda interpretación tenía una connotación pro fauna, con fuerte simpatía por la fidelidad canina. Según su autora, la pregunta “¿crees que alguien te va a querer así?” se refiere, obviamente, a la imposibilidad de que un ser humano te ame con tanto fervor como lo haría tu perro.

¿Alguien podría decir que alguna de las interpretaciones es errada o que una es más válida que otra? No lo creo. En mi opinión, las tres tienen muchísimo sentido. Y, sin embargo, al comienzo, cada quien dio por sentada una única explicación.

La semana pasada, en el primer recital de poesía al que he sido invitada, decidí contarle a mi público la historia detrás de cada poema o relato que iba diciendo. Para el segundo recital, por el contrario, elegí reservarme los motivos que me llevaron a escribir cada cosa. Pensé, esta vez, que no debía limitar las posibles interpretaciones de mis lectores.

Cada imagen, cada palabra, cada poesía puede ser una y un millón de cosas al mismo tiempo. Por eso es bello escuchar y leer, porque encontramos muchas nuevas opiniones, porque entendemos que sería absurdo que la nuestra fuera la única, y aceptamos que la validez del pensamiento ajeno, no elimina la del nuestro, por el contrario, lo alimenta y nos educa: dejamos de asumir y comenzamos a indagar. ¿Qué es lo que el otro tiene que decir? Y luego ¿Qué es lo que realmente quiere decir? Si para mí no tiene razón ¿la tiene acaso para alguien más?

En la búsqueda de una respuesta encontraremos que, de una totalidad de cien libros, cincuenta nos darán apoyo y otros cincuenta nos lo quitarán. Pero lo verdaderamente interesante es que en todos ellos hallaremos una motivación distinta.

Y como conclusión tendremos que lo obvio no es tan obvio y el sentido común, no es tan común como parece. 

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Sol para los días nublados

Sarirouge

En el momento en que dejé de pisar asfalto y comencé a sentir la tierra fresca bajo mis pies, comprendí que estaba donde tenía que estar.

Mis ojos se reavivaron mientras exploraban la infinidad de verdes a su disposición; mi piel descubierta se alimentaba de sol caliente y comenzó a invadirme el olor a tierra mojada, mezclada con cortezas de eucalipto, aliviante como el aroma del café por la mañana. Se me impregnaron los oídos del canto de los pájaros y de las chicharras, del crujir de las hojas secas con cada uno de mis pasos que me alejaban con prisa del ruido imparable de la ciudad.

Pensé en ti, en las palabras que me habías escrito hacía unas pocas horas. Seguro que no me habrían causado tanto efecto si hubieran llegado de cualquier otra persona. Pero cuando se trata de ti todo se vuelve muy serio.

Respiré profundo y seguí subiendo. Alcé la cara y pude notar el paisaje que se me estaba regalando. Vi el azul intenso del cielo; las copas de los árboles, llenos de color gracias a la lluvia; y, abajo, la ciudad, que desde la altura y la distancia, parecía silenciosa, indefensa, como una peligrosa fiera amarrada, incapaz de atacarme.

Di gracias a Dios por ese momento. Y recordé que empecé esa práctica desde el domingo en que te conocí. Me pareció curioso. Entonces, era tan increíble el hecho de haberte encontrado que no paraba de sonreír y de agradecer a la vida por tu presencia. Sin embargo, hubo un tiempo en que dejé de hacerlo: cuando te fuiste. Sé por experiencia que no siempre tenemos la disposición para estar felices.

Llegué al altar que está en la cima y me persigné ante la virgen de La Milagrosa. Tenía muchísimas flores y un par de velitas apagadas por el agua. Hice mi sólito saludo y seguí hasta el chorro a tomar agua y lavarme la cara. Di una mirada a mi alrededor, divisé un lugar sombreado y ahí me acosté a ver el cielo lleno de hojas que brillaban como estrellas.

Me sentía contenta. Estaba siendo feliz con nada, como dirían algunos. Pero la verdad es que yo estaba siendo feliz con todo; con cada parte de mi cuerpo, con el sinfín de los regalos de la naturaleza, con la combinación de todo eso.

Hablabas de depresión… y esa palabra ya he empezado a tratarla con cuidado. Me ha tocado aprender que no es cosa de poco, que no se está desanimado por gusto. 

A esa enfermedad le ha dado por atacar con crueldad a los venezolanos: a unos porque se quedan y a otros porque se van.  No sé cuál pueda ser la cura; sé de sobra que no se espanta con frases de autoayuda, pero no por eso me voy a abstener de decirte que hay un montón de cosas que puedes hacer para defenderte de sus garras. 

Me hablaste del documental de Netflix sobre Avicii, el DJ que se quitó la vida porque no lograba encontrar la paz y comentaste que ahora podías entender esa incapacidad de encontrar la felicidad.

Un rayo de sol me llego a la cara, volví a mirar a mi alrededor y tuve el profundo deseo de hacerte una transfusión de calma. Sentí las piernas atadas por no poder correr a darte un abrazo. Quisiera ser yo un rayo de sol y llegar hasta ti ahora.

Quisiera iluminarte y que recuerdes que no eres la tristeza que tienes en este momento, todo lo contrario. Eres la viva imagen de la alegría. La felicidad la he visto en tus ojos demasiadas veces, como para saber que vive dentro de ti. Hay que buscarla.

Te ofrezco mi mano. Imagina que estoy contigo. A mí me funcionó todas las veces que me consolaste el llanto porque te habías ido. Tú seguiste estando conmigo cada vez que las dificultades me desbordaron, diciendo que me levantara, que las cosas mejoran si uno se empeña en que lo hagan. Y confié en ti porque nunca mientes; creí ciegamente en tus palabras: siempre sale el sol luego de los días nublados.

Confía ahora tú en mí, en que la felicidad está más cerca que a la vuelta de la esquina. Está en tus oídos que escuchan la voz de los seres que amas, está en el calor de los abrazos de los nuevos amigos, en las ardillas de los parques, en los pedales de tu bicicleta.

Está en estas letras que pretenden mostrarte que siempre me tendrás, que el amor es como la materia, no se extingue jamás, solo se transforma. Que yo te ayudaría incluso a matarte si me lo pidieras pero que no te permito hacerlo sin antes volverme a ver.

Y que si el túnel se te va haciendo demasiado largo, sientas mi mano que te lleva, que no importa que no veas, solo ten la certeza de que habrá luz más adelante.

Pronto sentirás la claridad del amanecer. Vas a sonreír por fin, abrirás los ojos y lo oscuro será un aprendizaje. Mañana tal vez sea yo quien pierda el rumbo, pero sé que tú vas a estar para mí como un ángel que me guíe, invitándome a leer este escrito, recordándome que los malos momentos hacen parte de la vida pero no la definen por completo. 

Déjame recordarte, hoy, que el mundo, levantado con cuatro manos es menos pesado.

Fíjate, no es tan malo ser lluvia si tienes un sol para hacer un arcoíris.

 

 

 

 

Mi principito

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Hoy les quiero contar una historia detrás de otra historia: el tras cámara de cada primera vez que leí un librito mágico llamado “El Principito”.

Haré una que otra afirmación que podrá parecer bastante descabellada. En efecto, las palabras que vienen, llegan cargadas de ganas de saltarse cualquier obstáculo de lógica que encuentren en el camino.

Puestos los eventos en orden cronológico, en la medida de lo posible, puedo decir que mi primer encuentro con el principito, ocurrió muchos años atrás, cuando yo era todavía una niña.

Fui seducida por el lenguaje universal de los dibujos y por la simplicidad de las palabras, así que al terminar de leer, estaba muy satisfecha, como cada vez que acababa un bonito cuento infantil.

No obstante, más allá del beneficio neto de acercarme un poco más al hábito de la lectura, no significó un cambio particular para mi vida.

Años después, volví a encontrar al despeinado principito en una feria de libros. Al verme, se acordó inmediatamente de mí y me sonrió con entusiasmo. Yo ya no recordaba muy bien quién era… la verdad es que, para el momento, solo sabía que era un niño famoso.

¿Qué tal si te llevo conmigo y nos conocemos nuevamente? – pregunté. Y su mirada me hizo entender que la idea le divertía. Así que salimos juntos de aquella feria y media tarde nos bastó para ponernos al día.

Recuerdo que al abrirlo aparecieron ante mis ojos, nuevamente, dibujos curiosos que habitaban sus páginas. Y, debo admitir, con muchísima vergüenza, que mi mente, contaminada por los años, no vio más que un vulgar sombrero ahí donde había una serpiente que acababa de tragar a un enorme elefante.

Para poder entender las imágenes me ayudaron las palabras de mi rubio amigo, que supo explicarme pacientemente el porqué de cada cosa.

Cada vez que pasaba a la siguiente página, él me iba regalando llaves capaces de abrir puertas inútilmente cerradas. Me llevó, por los caminos verdes, lejos del tráfico de las opiniones rígidas, a la comprensión de asuntos que hasta ese momento parecían demasiado complicados.

Sentí que tenía en mis manos un mapa que mostraba la ubicación exacta para encontrar la felicidad.

Meses después de cerrar el libro, hallé una rosa, la cual ya desde el comienzo dio indicios de no ser muy similar al resto; pero en la medida en que fuimos pasando tiempo juntas, la diferencia fue creciendo siempre más, hasta que un día, mi rosa, era la más especial de todas.

Pero eso sí, continuamente decía cosas que me enloquecían de rabia, de celos o de ganas de arrancarla de raíz de mi planeta y dejarla a merced del viento.

Sin embargo, antes de tomar cualquier decisión apresurada y sin ningunas ganas de hablar con nadie sobre el asunto que me tenía tan mortificada, acudí al amigo más discreto que he encontrado.

Y al volver yo, lo encontré a él sonriente, sentado bajo un árbol, feliz porque desde temprano sabía que lo visitaría. Me recibió con un abrazo de esos que te hacen sentir que todo va a estar bien y me invitó a sentarme a su lado.  

Al escucharlo se me llenaban los ojos de lágrimas, porque me hacía entender, con sutileza, lo tonta que estaba siendo al fijarme en las palabras ligeramente pronunciadas por mi rosa, en lugar de valorar todas sus acciones. Con cada línea me decía que en todos los rosales del mundo no existía una flor más especial que la que yo tenía.

Me sentí tan conmovida que interrumpí la lectura para escribir un tweet en el que solo decía: quiero una compota. Esto porque en mis momentos más sensibles siento la imperiosa necesidad de saborear alimentos que me recuerden los despreocupados días de la infancia.

Luego de eso cogí una pluma y retomé mi lectura con el ánimo de hacer anotaciones de todo lo que me dijera mi pequeño amigo.

Cada reflexión sobre la rosa, el zorro, los habitantes de los demás planetas, llegaban a mí como un mensaje claro con respecto a algún punto de mi vida, especialmente con respecto a esta flor que me tenía la mente hecha un desastre.

Hice muchísimos comentarios, con bolígrafo, usé colores, resaltadores y todo lo que tuve a mano que pudiera evidenciar la importancia de cada palabra.

Al final de mi lectura, me había convertido en la autora de un Principito comentado, con un dibujo adicional: una sonrisa gigante en mi cara, de esas que nacen solas cuando sus dueños encuentran  soluciones a los problemas que tenían.

Hallé libertad en las hojas de un libro y estaba dispuesta a hacer alguna cosa que revirtiera el efecto de la actitud adversa que había estado teniendo hacia mi inocente flor.

Vi mi teléfono y tenía un mensaje que decía: baja. Con un poco de nervios seguí las escuetas instrucciones; bajé las escaleras hasta el estacionamiento del edificio. La segunda orden que recibí fue: abre la maleta del carro. Y otra vez la cumplí al pie de la letra.

Me acerqué, abrí la puerta y adentro estaba una caja de compotas.

-“Bájalas rápido que solo tengo cinco minutos”, me dijo. Era mi rosa. 

Nunca olvides que te quiero

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Hay amores que llegan de prisa y se van rápidamente. No necesitan ni de años ni de meses, resuelven las cosas con semanas o incluso días. Y, en situaciones extremas, se las arreglan con un par de horas para cambiar una vida por completo.

Esto lo aprendí muy joven, gracias a Fernando, mi abuelo, a quien perdí demasiado temprano, pero que, con poquísimo tiempo, logró hacerse inolvidable.

Me enseñó también a creer en el amor a primera vista ¿Cómo no hacerlo si lo quise desde el primer momento? Además, cada vez que pensaba que no podía quererlo más, él expandía mi capacidad de amar en un nuevo encuentro.

Conocía demasiados trucos para atrapar cuantos corazones encontrara a su paso. Su sentido del humor era infalible. Tuve siempre la impresión de que llegar a la luna era una misión ligera comparada con la imposibilidad de permanecer inmune a su sonrisa encantadora.

Siempre estaba muy bien preparado para librar las batallas que lo hicieran quedarse con el puesto de abuelo favorito. Se valía de ofertas ultra secretas para ir a comer helados, de escapadas a McDonald’s e incontables atenciones que convertían cualquier lunes en el mejor día de la semana. 

Negaba hasta el fin las prohibiciones del médico con respecto al azúcar, se saltaba el tratamiento para alargar los viajes a la playa y hacer más efectivas las lecciones de pesca. Dedicaba su tiempo, por completo, a hacernos felices.

También yo quise tener un bonito detalle con él y no me pareció para nada exagerado ofrecerle uno de mis riñones, al enterarme de que lo necesitaba. Recuerdo cómo se limpiaba las lágrimas con sus manos gorditas, al escuchar mi propuesta. Nunca entendí el motivo de tanta sorpresa, ya se había quedado con mi corazón entero, que tuviera ahora otro órgano de mi cuerpo no marcaba demasiada diferencia.

Me dijo que mis riñones eran muy pequeños para él y que por eso no los podía tomar prestados. Pero me consoló con la promesa de que encontraría el riñón de un malandro y que se convertiría en el abuelo más fuerte, con más vidas que siete gatos.

Y con sus palabras nacieron nuevos planes. Mis hermanos y yo, acuarianos por herencia astrológica del abuelo, nos pusimos en acción imaginando el futuro:

Estuvimos todos de acuerdo en que habría que hacerle un cambio en el cabello para que su imagen fuera acorde con la motocicleta que se compraría luego del transplante. Lo mejor sería cambiar el blanco de sus canas por colores vivos como azul y rosado. Y, por supuesto, le compraríamos una chaqueta de cuero negro.

Además le haríamos una cresta igual a la de mi caballo. El caballo que él mismo me regaló cuando le dije que soñaba con tener uno de esos animales. No llegué a conocerlo jamás, aún así, era mío y todavía hoy la canción del Rucio Moro me hace pensar en mi fiel caballo blanco que me esperaba impaciente en alguna sabana del estado Monagas.

Me sigue dando gusto saber que tuve un caballo del color del cabello de mi abuelo.

Es que su cabello era particular, se le podía reconocer a cien metros de distancia. Una vez lo divisé llegando a su oficina con una hamburguesa en las manos, iba entrando al ascensor cuando lo atrapé. Yo había ido precisamente a llevarle comida sana. Al verse descubierto en medio de una travesura, argumentó que la hamburguesa era para “media res”, su secretaria, que estaba un poco pasada de peso. 

Supongo que fue por esa costumbre suya de hacer bromas constantemente que me costó tanto creer que su funeral no era otro chiste más. Mi abuelo estaba loco, la posibilidad existía.

Ese fue el motivo principal de que no me quisiera separar de él en ningún momento; esperaba que en cualquier instante me hiciera un gesto de complicidad, dejándome entender que estaba satisfecho porque todos creyeron que de verdad se había muerto.

Quería decirle que estaba ahí, con él, que no lo dejaría solo. Y que no me molestaría por la desmesura de su juego. Solo quería saber que estaba vivo.

Lo miraba mientras le daba golpecitos al vidrio que lo cubría. Con los nudillos de mi mano derecha repetía los toques que usábamos para llamar a las puertas: tres rápidos y luego otro más. Él tenía que responder “¿Santo y seña?” pero no lo hizo jamás.

De la noche a la mañana dejé de tenerlo.

La noche antes de su muerte le escuché decir “por favor, nunca olvides que te quiero” y a la mañana siguiente solo oí “murió Fernando”.

Sobre esa frase suya se dijeron tantas cosas… dijeron que tal vez él había presentido todo, que sus palabras eran una despedida. Especulaciones sin fundamento. Yo conocí muy bien a mi abuelo como para saber que él no tenía ni la más remota idea de que esa noche moriría. Ese hombre se creía inmortal.

Lo que dijo, lo dijo porque, si había algo que sabía hacer era querer. Todo el amor que sentía lo entregaba en el momento, no esperaba la próxima ocasión.

Y esta fue su enseñanza de último momento: hay que decir “te quiero” mientras se quiera y no por temor al futuro sino por amor al presente.

Llevó años dejar de esperar que tocara a la puerta nuevamente, sonreído, diciendo que su desaparición había sido una broma. Ahora solo confío genuinamente en la posibilidad de volver a verlo algún día en las sabanas del cielo junto a mi caballo blanco.

Pero si eso no fuera posible, abuelo, te pido que, por favor, nunca olvides que te quiero.