Lecciones de matemáticas

Jamás comprenderé la mala intención de aquella profesora de latín que se empeñaba en hacer exámenes orales todos los lunes, arruinando un gran porcentaje de mis fines de semana.
Su espíritu se alimentaba de las caras de lamento de los alumnos y comentaba, como si ya supiera todo lo que había que saber sobre la vida, “cuando sean adultos van a extrañar estos días”.
Y la verdad es que no fueron nada malos, tenía buenos amigos y el estudio es de esas cosas que me gustan… lo más complejo para mí eran las clases de matemáticas y sin embargo nunca faltaba quien me explicara todo.
Y en última instancia, a la que acudía siempre porque jamás entendí un dos más dos, encontraba también quien me diera las respuestas en los exámenes; un terrible hábito que me reservé para los números solamente y del cual no estoy particularmente orgullosa.
Recuerdo que el profesor de matemáticas me tenía cariño, se preocupaba por mí y me preguntaba el motivo de mi perenne ausencia mental. Yo lo consolaba diciendo: Carmelo, no te sientas mal por mí, no es tu culpa, tú eres brillante. Es solo que a mí no me gusta esto. Si me dieras clases de literatura o filosofía estarías orgulloso.
Y no mentía, quedaba absorta el tiempo que durara una clase de literatura; recorría el mundo en las de geografía; hacía un tour por el pasado en las lecciones de historia y volaba al hiperuranio con la filosofía. El arte, la música… ¡Dios! Si fuera rica sería mecenas.
Y, sin embargo, las clases de matemáticas no fueron horas perdidas, a pesar de que es cierto que jamás copié un número a no ser el de la fecha, en ellas solía leer, escribir, soñar…
Confieso que mi primer poemario fue el cuaderno cuadriculado; las clases de Carmelo eran como el limo: creaban un ambiente fértil para la escritura.
Incluso me sirvieron para planificar meticulosamente mi rutina ideal como futura mecenas: despertaría todas las mañanas y me asomaría desde mi habitación a ver el patio de la casa lleno de cuerpos desnudos esperando a ser pintados. En las tardes haría jornadas como las descritas por Boccaccio en el Decamerón; pequeños bacanales los fines de semana y cada tanto un nuevo destino.
Comida mediterránea, música clásica, cerveza artesanal, gente de todas las naciones conversando en mi entorno; idiomas, culturas, costumbres distintas. Clases de filosofía, de arte, de literatura… esta es la imagen de felicidad que tengo en la cabeza.
“-Fernanda ¿estás aquí? ¿Quieres pasar a la pizarra? -No, Carmelo, gracias. -Bueno, ve cómo hace el ejercicio Gabriel.”
Ambos salíamos de forma rápida y calmada del momento incómodo; nunca se tomó demasiado personal mi falta de interés. Eso se lo agradezco infinitamente.
Gracias a él me agradan los matemáticos, incluso pienso que si pudiera entender de números habría estudiado alguna ingeniería para estar rodeada de gente como Carmelo: pragmáticos, objetivos y no tan complicados.
Yo, en cambio, tengo que vivir con la necesidad de darle mil interpretaciones a una sola palabra y hasta me he sentido tentada a juzgar a un par de personas por algún bache cultural; triste error en el que caemos, por lo menos unas tres veces en la vida, los que hemos tenido acceso a cuatro o cinco buenos libros y seis o siete excelentes profesores.
Esa mala costumbre que se empieza a curar cuando la vida te presenta a ocho o nueve personas que, sin demasiado estudio, comprenden el verdadero sentido de la vida y explican verdades con tanta simplicidad que te hacen comprender a cabalidad el significado del mensaje de los más famosos autores.
Ojalá todos logremos la humildad de mi profesor de matemáticas que pudo comprender mi falta de interés por Pitágoras o Ruffini y se conformó con que aprendiera lo indispensable.
En efecto, los números que he estado usando hasta ahora, tienen el único objetivo de dejar constancia de que sé contar.
Diez.
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