CUENTABESOS

Para hacer más evidente la injusticia del castigo que acababa de recibir, me quité el suéter, lo doblé para que sirviera como almohada y me acosté solitaria e indefensa en el piso del salón, en una esquina destinada a los niños insurrectos.

Sin embargo, el drama de mi actuación no consiguió captar la atención de ningún espectador. A la maestra le resultó igual que yo usara un pupitre o el mismísimo piso durante el tiempo que durara mi castigo.

En el momento en que empecé a resignarme a la idea de que a nadie le importaba mi tragedia, pude notar que no estaba sola en la isla del olvido, me acompañaba un niñito tímido con el que nunca había intercambiado palabra alguna. Tal vez por la costumbre innecesaria de separar los cuartos de juegos para niños y niñas o simplemente porque él no era particularmente conversador.

“Así que no eres tan bueno como pareces”, pensé. Y reconociéndolo como semejante lo invité a compartir almohada conmigo.

Me hizo caso. Puso su cuerpo junto al mío y nos miramos a la distancia en que se mira en una almohada compartida. Me quedé observándolo: jamás había visto unos ojos tan hermosos. El reflejo de la luz les dibujaba estrellas sobre un intenso negro; parecían portales hacia el universo entero. Desde ese momento, su mirada se convirtió en mi lugar preferido.

He escuchado hablar de una leyenda japonesa según la cual, las personas destinadas a estar juntas, están unidas por un hilo rojo que jamás se rompe. Y no deja de parecerme curioso el hecho de que los hilos con los que estaba tejido mi suéter-almohada, eran de ese color, precisamente. No me extrañaría que esos hilos hayan sido los responsables de que nuestros mundos se unieran así, tan de repente.

Recuerdo poco sobre aquel día. Además de los hechos que he narrado, puedo estar segura únicamente de que no lo besé en ese primer encuentro. Lo sé porque no hacerlo fue una verdadera proeza.

En muchas oportunidades imaginé las circunstancias en que ocurriría nuestro primer beso, por lo que ya no sé distinguir entre recuerdos reales y ficticios. Entiendo entonces que no tuve uno solo, sino que tuve una etapa entera de primeros besos. Y de esto tengo muchísimos recuerdos. Recuerdo, por ejemplo, todas las artimañas de las que nos valíamos para tener aunque fuera un minuto de privacidad.

Para nosotros jugar el escondite con los demás compañeros, nunca fue solo una actividad recreativa, no, de hecho era el momento más idóneo para poder estar juntos, ocultos debajo de algún escritorio sin que a nadie le pareciera algo insano.

Nos nos molestaban en lo absoluto las tareas para la casa, aprender juntos era un verdadero placer. Yo leía cuentos para él, casi siempre de terror para morirnos de miedo y abrazarnos más fuerte. Teníamos un suéter gigante en el que entrábamos los dos y era perfecto para ver películas tomados de las manos. Dibujábamos uno al lado del otro y nos mirábamos con complicidad. En cada hoja de cuaderno había una cifra anotada: la cantidad de besos que nos habíamos dado ese día, la cual se sumaría a los números de los días anteriores.

Con imaginación creamos un mundo propio en el que no podía entrar ningún elemento externo; nos cuidábamos mutuamente y protegíamos con celo nuestros cuadernos cuentabesos. Los número eran importantes porque, por algún extrañísimo motivo, estábamos totalmente convencidos de que los besos se nos acabarían en cualquier momento. Tal vez por ese refrán de que lo bueno dura poco y tal vez porque para nosotros no existía algo mejor que el acto de besar.

Llevábamos ciento diecisiete cuando comenzamos a temer su fin, de manera que nos prometimos que jamás desperdiciaríamos besos con terceras personas. Y para comprobar la seriedad de nuestra promesa y, de paso, acabar de una vez por todas con la aniquilante ansiedad, planificamos besarnos hasta que se nos acabaran los besos.

Y juro que estuvimos al menos dos horas en esa misión antes de descubrir que nos podíamos besar por toda la eternidad si así lo queríamos, puesto que los besos eran infinitos.

No cabe duda de que, si cada cabeza es un mundo, la de los niños es un universo entero en donde lo absurdo no existe y cualquier cosa es perfectamente posible.

El sentido común es cosa de adultos complicados; en el mundo de los niños es todo más parecido a los cuentos de hadas, existe la magia, los milagros son lo cotidiano y aplican las leyendas japonesas.

Ahora puedo comprender que no estábamos equivocados al pensar que los besos tendrían fin, en efecto lo tuvieron. Pero nosotros no incumplimos nuestra promesa. La verdad es que nos dimos todos los besos que teníamos para darnos y luego de eso, pudimos descubrir la segunda parte de la historia, interesante también: el cuentabesos se reinicia.

Y cuando eso pasa, puedes descubrir nuevas estrellas, ahora en las pecas de una nariz y el universo lo encuentras en unos ojos marrones. Vuelves a sentir, nuevamente, que no tendría sentido besar otros labios que no sean los que estás besando justo ahora, porque aunque los besos nunca acaben, igual sería un desperdicio.

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REENCUENTROS

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Los historiadores afirman que el hombre, desde su aparición en la tierra, ha tenido la necesidad de dejar rastro de su existencia. Por ello, desde tiempos remotos, comenzó, como pudo, a marcar cada sitio que iba ocupando.

Los libros de arte, por su parte, explican las más antiguas y primitivas representaciones gráficas, como producto del eterno amor a la belleza y la natural ambición de crear que tenemos todos los seres humanos.

Por otro lado, y aunque el inicio de la evolución de la escritura se verificó por la necesidad práctica que tuvieron los sumerios de dejar constancia de sus actividades comerciales, con el paso de los años han ido aumentando las causas que nos llevan a escribir. Yo agrego, por experiencia propia, la voluntad de guardar una pequeña parte de nosotros mismos para poder encontrarnos, si acaso un día volvemos tras nuestros pasos.

Así, por ejemplo, todos podemos acceder al día a día de Anna Frank, esa niña judía que durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que vivir escondida de los militares alemanes y que incluso en esas circunstancias se dedicó a escribir, con lo cual logró dejar evidencia de su vida y ahora, tantos años después, cualquier persona, puede entrar a su mundo y presenciar su evolución intelectual y espiritual, además de su talento como escritora, el cual fue mejorando página a página.

También yo en la adolescencia comencé un diario. Lo hice por recomendación de un expresidente de los Estados Unidos de América: en algún libro leí su sugerencia de escribir cada tarde todos los aciertos y desaciertos que se hubieran tenido durante la jornada, con el fin de ser conscientes de ellos y poder reforzarlos o evitarlos en el futuro.

A partir de ese momento me inicié en la práctica de sentarme cada noche a escribir sobre mi día; fui construyendo un expediente con el fin de poder observar fríamente mis acciones pero que después terminó convirtiéndose en una forma muy eficaz de desahogo.

Así fue como oscuras confusiones, miedos paralizantes, dolores profundos, elevadas alegrías y amores imposibles quedaron plasmados con tinta sobre las hojas de mi fiel cuaderno que tantas veces supo escucharme con paciencia y que por agradecimiento, todavía tengo conmigo. Ya está viejo y no le cabe ni una coma, no obstante sigue siendo tan útil como antes.

Cada cierto tiempo nos reencontramos. Casi siempre cuando decido poner mis cosas en orden, con la esperanza de que así se ordene también mi mente y, con suerte, mi vida.

Abrirlo es como entrar en otra dimensión, al punto de que estoy considerando ponerle una advertencia en la portada que me recuerde, cada vez que lo vea, que no debo jugar con su contenido, que una vez dentro, estaré viajando en el tiempo, que veré cientos de fechas pasarme frente a los ojos y que cuando elija una de ellas, deberé hacer absoluto silencio para poder escucharme a mí misma.

Estos reencuentros que debo al expresidente americano, a quien agradezco siempre que vivo la magia de pautar citas conmigo y que puedo verme nuevamente: un poco más joven, más terca y más dramática… con más miedo y menos fe.

El único inconveniente es que no puedo hablarme y a veces tengo que contener las ganas de abrazar a esa niña que encuentro, de aliviarla con respecto al futuro; decirle que su preocupación sería olvidada en una semana, que tenga paciencia. Quisiera hacerle entender que cada día tiene un mañana y que las heridas sanan.

Sin embargo, no todas las citas implican comprensión. He asistido a algunas en las que me cuesta entender a la persona que escucho, no me cae bien, incluso me resulta antipática su forma de pensar y hasta grotesca la manera en que se expresa.

Paradójicamente, al día siguiente esa misma persona me deja impresionada con su capacidad de amar, me causa ternura su creencia ingenua de que alguien estará para siempre, su absoluta certeza de que jamás va a querer tanto a otro individuo.

Por instantes quisiera soplarle las respuestas, decirle “oye, dile ya que te gusta, no pasará nada malo”. O “deja de llorar, niñita, que luego conocerás a alguien más feliz.

Pero lo más sorprendente de todo es cuando encuentro notas hechas para mí, para mi yo de ahora… para mi yo del presente que en aquél momento era un futuro muy lejano. Cuando encuentro estas misivas siento que por fin me ve, que estamos en el mismo plano, que me habla de frente… luego noto su mirada y comprendo que no es cierto. Que mira como quien mira un espejo, que yo no estoy en su escena… no del todo. Pero ella confía plenamente en que la veo, lo sabe.

Y luego de tantos reencuentros, de tantos viajes en el tiempo y de múltiples oportunidades de observación he comprendido que no debería hablarle… ni siquiera para el caso de que ella pudiera escucharme. Ahora callo por convicción, puesto que decirle alguna cosa implicaría interrumpir el curso natural de los eventos que me crearon. Mostrarle el futuro sería eliminarme.

Y con este razonamiento he podido entender, además, que así como no me permitiría yo misma hacerlo conmigo, con menos motivos podría permitirle a alguien más que se tome esa libertad.

Por supuesto que las recomendaciones siempre son bienvenidas, sobre todo cuando tienen en garantía el propio ejemplo. Pero se me hacen inaceptables los atentados -que llegan como imposiciones disfrazadas de sugerencias- contra las decisiones personales.

De estos atentados, sutiles o agresivos, tengo mil ejemplos, pero no veo necesario entrar en la polémica del detalle.

Parece que nos cuesta demasiado darnos cuenta de que no tenemos la respuesta a los problemas de los otros; esta es la enseñanza más grande que he obtenido de mis reencuentros: cada quien debe vivir su propio proceso. O en términos más sencillos, cada quien debe dirigir su propia vida y no debería jamás permitirse querer gobernar una ajena.

El único consejo que daría sin que me fuera pedido, sería este: escriban y no boten sus escritos.

Escribiendo el dolor se alivia, las penas se hacen más ligeras y comprendes que nada es tan serio como parece.

Pero eso sí, no les recomendaría jamás que me hicieran caso a mí, mejor piensen que es un consejo que les ha sido dado por un expresidente del país más poderoso del mundo. Su nombre se los debo puesto que justo ahora no lo recuerdo.

Tal vez lo sepan por mi yo del futuro, a quien dejo la tarea de averiguarlo.

La teoría de Caracas

Tras años de observación he logrado crear mi propia teoría sobre Caracas, llegando a la conclusión de que la particularidad de esta ciudad se debe a que ella no es solo un conjunto de calles y edificios sino que tiene, además, un espíritu.

Dependiendo de su estado de ánimo juega con el espacio y el tiempo a favor o en contra de sus habitantes; sin entrar en detalles sobre las diferentes caras que puede mostrar a sus visitantes de una esquina a otra.

En efecto, Caracas puede ser infinitamente grande o infinitamente pequeña según su antojo: en ocasiones basta con el pensamiento fugaz de no querer ver a una persona para que te la encuentres a la mañana siguiente en alguna panadería que jamás visitas.

Salir con dos individuos a la vez con la esperanza de que nadie se entere es como jugar a la ruleta rusa en una ciudad que adora las bromas pesadas. Tal vez por ese motivo soy fiel practicante de la monogamia.

En cambio, a veces imploras que la casualidad te permita coincidir con alguien y sin embargo, te toca esperar eternamente sin obtener el favor pedido.

Con el tiempo ocurre algo muy parecido: los minutos aquí pasan más rápido que en otros lugares. La vida te lleva, el ritmo se te impone. Jamás sabrás cuánto tiempo tardarás en una diligencia, podrían ser veinte minutos o cinco horas, ante lo cual podrás agradecer la prontitud pero jamás quejarte del retraso, puesto que en este último caso serías tildado de amargado y, lo que es peor, desubicado. No faltará quien te recuerde que no vives en Suiza.

Caracas se te muestra amable y al segundo siguiente con rudeza, te hace seductoras invitaciones y luego te echa con los peores modales. Te envuelve con la sonrisa de sus calles y te enamora con su gente… cada dos pasos te sientes vulnerable de dejarte caer en su juego.

Suele ocurrir, sobre todo por las tardes, antes de finalizar los ajetreados días que, caminando, ves a un desconocido que atrapa toda tu atención. Uno de estos amores de calle que aparecen cada tanto ante la vista y desaparecen con la misma rapidez con que llegaron: diez pasos después ya no existen y debes seguir con la vida que tenías cinco minutos antes.

Sí, Caracas está llena de esos seres celestiales que te hacen perder la conciencia momentáneamente. A mí me pasó, en una oportunidad, que estuve a segundos de ser atropellada por voltear a ver a un ángel. En aquél momento comprendí la decisión que han tomado los musulmanes de andar forrados de pie a cabeza.

Para bien o para mal existe gente capaz de causar terribles accidentes por el solo hecho de existir.

Estos personajes además, no están distribuidos al azar sino que responden a una lógica: son pequeñas dosis de adrenalina que te manda la ciudad para que le lleves el ritmo.

Los amores de calle, en su mayoría, tienen un tiempo de duración muy breve, como máximo cinco minutos, después de los cuales todo vuelve a la normalidad y pasan al completo olvido para siempre.

Sin embargo la regla, como todas las normas en Caracas, a veces se incumple, supongo que por evitar la mortal rutina. Y entonces puede ocurrir que un amor de calle dure más de los cinco minutos que le fueron otorgados y se vaya convirtiendo en una historia digna de ser contada.

Lo sé porque yo misma fui protagonista de una de estas excepciones que no son más que travesuras de una ciudad inquieta y omnipresente a la que le gusta demostrar que si es su voluntad encontrarte, te va a buscar incluso debajo de la tierra. Y con esto hablo en términos literales.

En efecto, mi historia particular como amor de calle comenzó hace cuatro años en el subterráneo: fui divisada por primera vez mientras iba a la universidad por alguien a quien la ciudad le permitió volverme a ver en una segunda y tercera oportunidad hasta que las casualidades dejaron de tener número y simplemente fueron varias.

Yo nunca estuve enterada de nuestros encuentros fortuitos; jamás intercambiamos buenos días, ni comentarios sobre el clima.

Tal como he podido enterarme, no conocía mi nombre pero sí la carrera que estudiaba, gracias a un pin de “futuro abogado” que tenía enganchado al bolso. No había escuchado mi voz pero había visto mis sonrisas frente a los libros y la preferencia por uno u otro autor llegó a decirle más sobre mí de lo que yo misma hubiera podido; por otro lado, no sabía que escribía pero, de alguna manera, llegó a leerme.

Y gracias a las letras pudo hablarme para decir que le agradaba el contenido de mi blog. Se enteró de mi nombre y también un poco de mi vida.

Tuvo la amabilidad de invitarme un café con el objetivo de contarme una nueva historia, el cual acepté por amor al arte. Y me gustó enterarme en ese primer café de que he sido el amor de calle de alguien que cuenta con la aprobación de una ciudad que no cede ante cualquier encanto.

Y me sirvió, además, para reafirmar mi teoría de Caracas:

Caracas juega con el espacio y con el tiempo, los utiliza a su antojo y no admite reclamos. No le debe nada a nadie, por lo tanto no acepta peticiones, solo concede favores… a quien le provoque.

Lecciones de matemáticas

Jamás comprenderé la mala intención de aquella profesora de latín que se empeñaba en hacer exámenes orales todos los lunes, arruinando un gran porcentaje de mis fines de semana.
Su espíritu se alimentaba de las caras de lamento de los alumnos y comentaba, como si ya supiera todo lo que había que saber sobre la vida, “cuando sean adultos van a extrañar estos días”.
Y la verdad es que no fueron nada malos, tenía buenos amigos y el estudio es de esas cosas que me gustan… lo más complejo para mí eran las clases de matemáticas y sin embargo nunca faltaba quien me explicara todo.
Y en última instancia, a la que acudía siempre porque jamás entendí un dos más dos, encontraba también quien me diera las respuestas en los exámenes; un terrible hábito que me reservé para los números solamente y del cual no estoy particularmente orgullosa.
Recuerdo que el profesor de matemáticas me tenía cariño, se preocupaba por mí y me preguntaba el motivo de mi perenne ausencia mental. Yo lo consolaba diciendo: Carmelo, no te sientas mal por mí, no es tu culpa, tú eres brillante. Es solo que a mí no me gusta esto. Si me dieras clases de literatura o filosofía estarías orgulloso.
Y no mentía, quedaba absorta el tiempo que durara una clase de literatura; recorría el mundo en las de geografía; hacía un tour por el pasado en las lecciones de historia y volaba al hiperuranio con la filosofía. El arte, la música… ¡Dios! Si fuera rica sería mecenas.
Y, sin embargo, las clases de matemáticas no fueron horas perdidas, a pesar de que es cierto que jamás copié un número a no ser el de la fecha, en ellas solía leer, escribir, soñar…
Confieso que mi primer poemario fue el cuaderno cuadriculado; las clases de Carmelo eran como el limo: creaban un ambiente fértil para la escritura.
Incluso me sirvieron para planificar meticulosamente mi rutina ideal como futura mecenas: despertaría todas las mañanas y me asomaría desde mi habitación a ver el patio de la casa lleno de cuerpos desnudos esperando a ser pintados. En las tardes haría jornadas como las descritas por Boccaccio en el Decamerón; pequeños bacanales los fines de semana y cada tanto un nuevo destino.
Comida mediterránea, música clásica, cerveza artesanal, gente de todas las naciones conversando en mi entorno; idiomas, culturas, costumbres distintas. Clases de filosofía, de arte, de literatura… esta es la imagen de felicidad que tengo en la cabeza.
“-Fernanda ¿estás aquí? ¿Quieres pasar a la pizarra? -No, Carmelo, gracias. -Bueno, ve cómo hace el ejercicio Gabriel.”
Ambos salíamos de forma rápida y calmada del momento incómodo; nunca se tomó demasiado personal mi falta de interés. Eso se lo agradezco infinitamente.
Gracias a él me agradan los matemáticos, incluso pienso que si pudiera entender de números habría estudiado alguna ingeniería para estar rodeada de gente como Carmelo: pragmáticos, objetivos y no tan complicados.
Yo, en cambio, tengo que vivir con la necesidad de darle mil interpretaciones a una sola palabra y hasta me he sentido tentada a juzgar a un par de personas por algún bache cultural; triste error en el que caemos, por lo menos unas tres veces en la vida, los que hemos tenido acceso a cuatro o cinco buenos libros y seis o siete excelentes profesores.
Esa mala costumbre que se empieza a curar cuando la vida te presenta a ocho o nueve personas que, sin demasiado estudio, comprenden el verdadero sentido de la vida y explican verdades con tanta simplicidad que te hacen comprender a cabalidad el significado del mensaje de los más famosos autores.
Ojalá todos logremos la humildad de mi profesor de matemáticas que pudo comprender mi falta de interés por Pitágoras o Ruffini y se conformó con que aprendiera lo indispensable.
En efecto, los números que he estado usando hasta ahora, tienen el único objetivo de dejar constancia de que sé contar.
Diez.

Mil grullas de papel

Existe una leyenda japonesa según la cual, si una persona logra hacer mil grullas de origami, los dioses le hacen realidad su mayor deseo.

Lo supe hace varios años cuando leí un libro que, además de hacerme llorar muchísimo y reflexionar más de lo habitual, logró que el sushi, que no me atrevía ni siquiera a probar, se convirtiera en mi plato favorito.

Es la magia de leer: rompes con tus limitaciones mentales, espaciales y temporales.

El libro cuenta el otro lado de la historia, la que casi nunca vemos desde el cristal de la cultura occidental; relata la vida de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.

El amor por su país, su deseo de victoria, el sufrimiento de la población civil que nada tenía que ver con todo aquél desastre… el hambre. Los anhelos de Sadako, su protagonista, de volver a probar el sushi, descrito tan delicioso que, apenas terminé de leer, moría yo también por comerlo.

Finalizada la Guerra, Sadako, quien apenas tenía 12 años y que por fin estaba viviendo las alegrías que ofrece la paz, enferma de leucemia producto de las radiaciones emanadas de las bombas nucleares que cayeron sobre Japón desde los aviones norteamericanos.

El mayor de sus deseos era sanar; así que se propuso ganar el favor de los dioses realizando con sus propias manos mil grullas de origami. Sin embargo, no contó con suficiente tiempo y murió antes de culminar su misión.

En la actualidad existe en su país una estatua en su honor y todos los años llegan a Japón grullas de origami enviadas de todas partes del mundo, con la esperanza de que no se repita jamás la guerra.

Las grullas son pájaros parecidos a los flamingos pero menos hermosos; curiosamente tuve que buscar la traducción de su nombre, puesto que el libro lo leí con el título de “Il sole d’ Hiroshima”, en italiano y en ese idioma, estas aves son llamadas “gru” y es así como las he conocido siempre.

O por lo menos desde que me explicaron en clases de literatura lo que era una gru. Recuerdo que la explicación fue motivada por otro libro que me encanta: El Decamerón de Giovanni Boccaccio.

En uno de los cien relatos que lo componen se habla de la astucia de un cocinero llamado Chichibio, a quien le fue encargado, por un importante señor, cocinar una gru para un banquete.

El magnífico olor de la cocina atrajo la atención de una atractiva muchacha a la que el cocinero le regaló un sabroso muslo del animal.

Pero al momento del banquete, el señor importante notó la ausencia de uno de los muslos en su gru e inmediatamente reclamó a Chichibio quien respondió con descaro que ese tipo de aves solo tenía una pata y para demostrarlo llevó a su amo a observar una docena de grullas que se encontraban en reposo, diciendo: ¿ve cómo solo tienen una pata?

Y entonces el señor importante gritó: ¡Jojó! Y las aves despertaron mostrando ambas patas; con lo que Chichibio salió del problema diciendo: pero usted durante el banquete no gritó, por eso aquella grulla no mostró su otro muslo.

Con tan osado comentario provocó las carcajadas del importante señor y se salvó así de una paliza segura.

Hace unos días fui al cine a ver Coco, una película maravillosa cuya trama se desarrolla entorno a una tradición mexicana que consiste en celebrar el día de los muertos, con el fin de recordarlos y con ello mantener vivos a sus antepasados.

Al salir de la sala quería comer comida mexicana y estuve dando vueltas por toda Caracas buscando un restaurante que me ayudara a saciar mi antojo. Desde ese día, para relajarme, escucho con frecuencia las canciones de la película.

Esta mañana fue uno de esos días y, no por casualidad, sentí un profundo deseo de viajar a México, de conocer bien de cerca su cultura.

Es increíble lo que puede lograr un buen libro, una buena película… y en general las cosas bien hechas.

Con una idea podemos mostrar nuestro país al mundo, nuestra comida, nuestros paisajes. Decir a todos: vengan a visitarnos apenas tengan tiempo porque no se van a arrepentir jamás.

Y pues… con la fe de que de cada cosa negativa se puede sacar algo bueno, confío en que de esta circunstancia actual que vive Venezuela, vendrán cosas muy buenas: buenos libros, buen cine, buenas experiencias que inviten al mundo a venir a este maravilloso país cuando la guerra haya terminado.

Más adelante, ojalá, una niña de Japón, leerá un cuento de una escritora venezolana y saldrá de su casa buscando un restaurante para comer su primera arepa.

Y tal vez ¿por qué no? si hacemos mil grullas, Dios nos conceda el favor.

Mientras tanto, sigamos usando el humor, como Chichibio, para no perecer en la espera. Y siempre, siempre llevemos el nombre de nuestro país en alto como lo está haciendo Coco.