Todos los hijos del mundo

No sabría decir el momento exacto en el que comencé a admirarla tanto.

Posiblemente lo he hecho desde siempre. O tal vez desde el primer diciembre en que me llevó con ella a hacerle un favor al niño Jesús: debíamos entregar, por él, regalos de navidad a los niños de un humilde caserío.

Pero también pudo ser desde que supe que ella le había hecho ese favor a Dios todos los años desde que tenía apenas dieciséis.

O quizá simplemente la admiro desde esta mañana, cuando la vi poniéndole agua a sus matas y luego sonreída mientras daba arroz y alpiste a los pajaritos libres a cambio de que la visiten siempre.

Por otro lado, debo admitir que me he fastidiado de ella en infinitas ocasiones. Tiene la terrible costumbre de hacerme esperar, sin siquiera disculparse, cada vez que considera indispensable detener el curso natural de nuestro andar para salvar el mundo.

Cualquier lugar le ha parecido idóneo para hacerlo y el momento también le es indiferente. Da igual lo apurada que esté, si ve a una madre maltratando a un niño, física o verbalmente, se toma un momento para decirle un par de cosas.

Es así como de una sonrisa hermosa y un “¿te puedo recomendar algo?” dicho dulcemente, procede, sin esperar respuesta, con un: ¿Por qué mejor no le explicas qué hizo mal en vez de pegarle? O ¿Por qué en vez de gritarle frente a sus amigos, logrando ridiculizarlo, no le pides con cariño que deje de hacer lo que hace?

Luego les explica un poco que los niños tienen memoria y que recordarán para siempre las palabras de sus padres, por lo que las mismas deberían constantemente reafirmar lo valiosos que son, reforzando sus talentos en vez de repetir una y otra vez sus debilidades.

En infinitas oportunidades me tocó estar al lado de la señora loca e intrépida que se creía con el derecho de sugerirle a alguien la forma correcta de criar a sus hijos, lo cual podría constituir una terrible ofensa para ciertos padres. Mientras tanto observaba en silencio esperando la reacción del interpelado de turno, con un poco de vergüenza.

Por suerte no hubo episodios negativos; es evidente que mamá sabe cómo hablarle a las personas. Lo hace con tanto amor que ha logrado llevar su mensaje sin correr demasiados riesgos.

-¿Por qué lo haces? Le pregunté. – Pierdes tu tiempo; esas personas no van a cambiar por las palabras que les digas en escasos minutos. – Pero yo habré hecho el intento, respondió. -Cuando tengas un hijo me vas a entender. Lo amarás tanto que comenzarás a amar a todos los niños del mundo y siempre que puedas hacer algo por ellos, lo harás.

Es difícil de creer pero yo misma soy testigo de que por lo menos en una oportunidad le funcionó.

Conocimos a una madre que le pegaba salvajemente a su hija de seis años. No era una mala persona, sencillamente su ignorancia la había llevado a creer que los golpes eran la forma más eficaz de educarla correctamente. Ante tal situación, la impotencia llevó a mamá a interrogar a la mujer: ¿Cómo te sentirías si un día, de tantos maltratos que le ofreces, tu hija huye de ti corriendo y por mala suerte la atropella un carro y muere? Te va a tocar recordar para siempre que en el último momento que tuviste con ella, tú misma la hiciste sufrir.

La impresión que causaron sus palabras tuvo tal magnitud que aquella niñita jamás en su vida volvió a recibir un golpe por parte de su madre.

Parece que no va a cambiar nunca, ni siquiera le noto intenciones de hacerlo.

Ayer iba caminando sola y observé a un señor que maltrataba a un perro; me hierve la sangre cada vez que presencio este tipo de cosas.

Tuve que detenerme para pedirle por favor que no lo hiciera más, que los animales sienten como nosotros y merecen igual respeto. Y no sé si mis palabras tuvieron efecto alguno… pero entendí que las de mi madre sí lo habían tenido.

No había notado que vengo repitiendo sus malos modales. Tengo una perrita desde hace diez años que se ha ganado mi amor a pulso y he llegado a pensar, incluso, que cuando se tiene un perro se tienen todos los perros del mundo, haciendo una adaptación de la frase de Andrés Eloy Blanco. Todos importan, todos duelen, todos son capaces de alegrarte el día.

De antemano pido disculpas a mis futuros hijos, por todas las veces que les haré esperar, por considerarlo absolutamente indispensable.

Ya no podré continuar caminando, como si nada, sabiendo que existe una posibilidad de generar un cambio; deberé intentarlo siempre.

No importa si me escuchan o no. Yo habré hecho el intento.

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Cásate, mi amor

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He admirado siempre a las personas que duermen poco sin verse afectadas en su rendimiento diario, puesto que tienen más horas a su disposición para hacer, para crear, para vivir.

Sin embargo, yo soy de las que necesitan sus ocho horas de sueño; dormir para mí es un acto sagrado. A lo sumo, luego de una excelente negociación, podría disminuirlas a 7… pero el motivo tendría que ser en extremo importante.

Es por eso que todas las noches me ocupo de silenciar el teléfono para evitar inconvenientes, a menos que esté esperando una noticia urgente o que por el cansancio lo olvide.

Hace unos días, por error, dejé el teléfono en la mesita de noche con plenas facultades de hacer un escándalo si a alguien se le ocurría escribirme o llamarme.

Y por alguna de esas leyes que obedecen al más puro fatalismo, a la mañana siguiente, cuando el reloj marcaba las cinco, me despertó el sonido del celular anunciando que había llegado un mensaje: <<me voy a casar>>, decía. 

Volví a leer el nombre de su remitente. Volví a ver la hora.

“Anteriormente tenías mejores formas de darme los buenos días”, pensé. Y el recuerdo me hizo sonreír con picardía.

Las cinco de la mañana no era la mejor hora para darme esta noticia y la manera tampoco fue la más adecuada. Parece que la diferencia de horarios no acabó solamente con nuestra relación, sino también con tu sentido común, mi amor.

Me levanté de la cama, preparé el café y estuve en silencio hasta que decidí realizar el ritual que había planificado.

Por absurdo que parezca ya estaba esperando esa noticia. No porque creyera que salías con alguien más, sino porque sabía que una persona como tú, con tantas cualidades, no pasaría desapercibida.

El momento llegaría, sin duda. Escuchaba una canción en italiano que se llama “per dimenticare” (“para olvidarte”, en español) y pensaba, casi divertida, que en algún momento te la cantaría a ti. Según la letra, el autor es invitado a la boda de su ex novia y debe inventar mil excusas para no asistir.

Así que en un acto masoquista, tal vez, abrí Youtube y busqué la canción para oírla mientras terminaba el primer café del día, me bañaba y me vestía.

No, no dura tanto; repetí la canción al menos cuatro veces.

No está bien que yo diga esto pero debo admitir que para mí lo de tu matrimonio es lo de menos. Es innegable lo fácil que puede disolverse ese vínculo. No, el matrimonio no me importa. Lo que de verdad me aterra es que tu amor -que conozco tan bien- se lo des a alguien más… como me lo dabas a mí.

No me gusta pensar en esto, me quita libertad.

Pensar en la posibilidad de que estés con otra persona. Una que tal vez llegue a creerse en el absurdo derecho de prohibirte que le escribas a tu ex novia. Que no entendería nada de lo nuestro, que no aceptaría ser momentánea, que creería que estará en tu vida para siempre.

Te hablo yo ahora; yo soy quien te escribe en un momento inoportuno. Te deseo lo mejor, mi amor. Y lo mejor para ti, soy yo.

No vayas a creer por mi forma de hablar que no estoy contenta por ti. Lo estoy. Todo lo que te haga bien, me alegra. Me gusta que sigas adelante, como los elefantes. Me gusta que sigas la vida.

Yo también seguí bastante bien, ya sabes. A ti y a mí nos gusta viajar, conocer nuevos lugares. Pero también los viajeros tenemos hogar, tenemos país de origen, tenemos patria, tenemos puerto. Y tu puerto soy yo.

Dijiste que la distancia solo separa a las parejas que no se saben querer. Y tal vez creas que yo no lo supe hacer porque no tuve paciencia para seguir esperando meses sin verte, porque soy drástica y prefiero caer que estar colgada.

Pero la verdad es que no es la distancia lo que separa, es el tiempo. Y con todo el que ha pasado seguimos aquí: yo para ti y tú para mí. Claro que hemos sabido querernos.

Hazlo, cásate. Quiérela bien y compara. Que no todas las comparaciones son tristes y a veces es bueno tener puntos de referencia.

Ahora sabrás que no hay otra persona que te haga reír más que yo. Que te acompañe en los planes más absurdos e improvisados, que te quiera incluso en el peor de los momentos.

Y ahora sé que no hay alguien más que me conozca como tú, que me aguante durante todos los días del mes y que me mire como si fuera la única mujer en el mundo.

Así que cásate las veces que quieras, mi vida, que yo misma te divorcio.

SIRENAS EN EL MIRADOR

Las sirenas son criaturas mitológicas nacidas en la mente de los marineros. Se pensaba que habitaban en las profundidades del océano y aparecían ante los hombres de mar como mujeres increíblemente hermosas, enamorándolos con sus cantos, pues sus voces eran hipnotizadoras.

En algún momento, la infinita curiosidad de Ulises lo llevó a taparle los oídos a toda su tripulación para que, no escuchando el canto de las sirenas, fueran inmunes a sus encantos. Sin embargo, él no limitó su capacidad auditiva, en cambio pidió que lo amarraran fuertemente al mástil del barco en el que viajaba, con el objetivo de poder disfrutar de la maravillosa melodía de estos peligrosos seres, sin correr el riesgo de perder la cordura e ir a parar al fondo del mar por la eternidad.

Me pregunto por qué a las luces y al sonido característico de las patrullas de la policía se les llama sirenas.

¿Acaso porque nos engañan prometiendo seguridad y muchas veces terminan siendo exactamente lo contrario: sinónimo de peligros y de corrupciones?

Ocurrió hace más o menos un año que planifiqué una primera cita, a la que catalogué como súper importante.

No había visto a la persona con la que me encontraría más que en fotos, así que el resultado podía ser cualquiera, sin embargo, la intuición, cuando uno aprende a escucharse a sí mismo, comienza a dar muchísima información.

Y yo ya sabía de antemano que ese día sería especial. Por fin conocería a la chica de las fotos en la playa con el vestido de cuadros estilo años veinte.

En clases de arte había pintado 10 mil veces ese vestido. Cuando vi aquella foto fue como ver a la chica de mis dibujos. En mis cuadros tenía un sombrero negro que en sus imágenes no vi por ningún lado, en cambio tenía un cabello largo, inundado de brisa marina, y una mirada perdida que todavía no me había encontrado.

Creo que en ese momento, sin haber siquiera escuchado su canto, quedé hipnotizada. No fui tan precavida como Ulises, emprendí mi pequeña odisea sin amarrarme a nada.

Y llegué a esa orilla de playa encantadora, con brisa y olor a cerveza. El oasis del caos con ron y agua de coco.

Me encontré por primera vez con la chica del vestido de cuadros. Se hizo realidad la corazonada que tuve en el primer segundo que vi su perfil de Twitter: la voy a conocer y le voy a gustar tanto como ya me gusta.

Digamos que fue intuición lo que tuve o, en otras palabras, mi alma reconoció el plan de encontrarnos. Y nos encontramos ese día.

Era de noche y quisimos ir al morro, un mirador desde el cual podríamos ver el mar, las luces de la costa y de los barcos en medio de la oscuridad.

Estando arriba, el frío -que tal vez exageré un poco- nos obligó a entrar a su carro a escuchar música bajita y a seguir la conversación con más privacidad.

Más que conversación era un monólogo. Ella hablaba y yo asentía como si estuviera escuchando atentamente. Pero la verdad es que solo miraba el movimiento de sus labios, y su cara… sentía muchísimas ganas de besarle las mejillas.

Luego de pensar y repensar la conveniencia de ejecutar mi plan, decidí que ¿qué tanto? ¿Qué era lo peor que podía pasar? Me acerqué a ella para besar sus cachetes, sin embargo, no comprendiendo mi intención, ella se inclinó hacia mí, tomó suavemente mis cabellos y comenzó a besarme. En la boca.

Para no ser descortés dejé que lo hiciera. Y posiblemente ayudé a que se prolongará mucho más de lo socialmente debido para un beso de primera cita. Pero era eso, un beso. Solo un beso. Nuestro primer beso.

Que duró hasta que sentí la luz cegadora de una gran linterna apuntando mi cara.

Me separé de la chica del vestido de cuadros -que ese día usaba pantalones- protegi mis ojos con las manos e intenté reconocer de dónde venía la intrépida lámpara.

Vi el uniforme de policía.

– Bajen del vehículo, por favor, dijo el oficial. Lo hicimos.

Aquí comenzó una charla en la que se verificó la creación de un nuevo Código Penal: nuevos delitos y nuevas penas. Se nos indicó que nuestra conducta merecía “LA CÁRCEL”.

Escuché la información con toda la humildad fingida de la que disponía en ese momento; dejé que hablara, que amenazara… que viviera su momento moralista, legislador, salvador de las buenas costumbres. Bla bla bla. Dejé de escucharlo.

-¿Señorita, usted me está entendiendo lo que le digo?

-¿Qué? No. ¿Qué me dice, disculpe?

– Que por lo que usted estaba haciendo puede ir cinco años a prisión por el delito de “actos lascivos”.

– Pero usted no me ha dicho qué es lo que yo estaba haciendo, señor. Dígame que hacía yo, por favor.

– Bueno… no sé, usted sabe.

– No, no lo sé, no me ha dicho nada.

A continuación la primera vez que decía, siendo verdad, que soy abogada. El Inpre (certificado de que eres abogado) me lo acababan de dar hacía menos de un mes.

– Señor, yo sí sé qué son los actos lascivos porque soy abogada con especialización en derecho penal (esto último no era tan cierto).

Sin embargo, lo que yo estaba haciendo, que no me ha dicho que estaba haciendo, no era un acto lascivo.

Respóndame esta pregunta: si lo que yo estaba haciendo, que no me ha dicho qué estaba haciendo, lo hubiera hecho un hombre con una mujer ¿usted habría actuado de la misma forma? es decir ¿los habría bajado del carro?

– Por supuesto que no, respondió.

Posiblemente sea difícil de creer pero esta fue su respuesta.

Seguí:

– Pues le informo que el delito del que me acusa, aunque no me ha dicho qué fue lo que hice, no lo cometí, no existió; lo que sí existe es una ley contra la discriminación de género. Y lo que usted está haciendo ahora, es precisamente eso, discriminación. Yo le recomiendo, porque es lo que le conviene, que dejemos esto hasta aquí.

– ¿Sí? ¿Esto es lo que me conviene?
Preguntó con voz sarcástica.

– Sí, le respondí con una seguridad que todavía no sé de dónde saqué. Posiblemente de mi inexplorado espíritu penalista.

Su respuesta fue un aliviante “ok, entonces vamos a dejar esto hasta aquí”.

No contenta con lo sucedido, le exigí que moviera la moto que había atravesado delante del carro. Entonces me dijo en tono sorprendentemente amigable: pero ¿no puedes echar para atrás?

Le sonreí, me presenté, le dije que estaba a la orden en el futuro por si necesitaba un abogado y me fui.

Mi acompañante, en todo aquél rato, no habló nunca; solo pensaba en la cantidad de dinero que tendría que pagar para salir del percance.

Cuando íbamos bajando del mirador me dijo que estaba muerta de miedo y que se sentía afortunada de estar conmigo que soy abogada.

Aquí pensé tres cosas:

La primera: que me encanta ser abogada. Porque con el conocimiento de las leyes y de la negociación puedes lograr que un momento terrible de extorsión se convierta en una anécdota cómica.

La segunda: que es bonito estar con alguien que te haga sentir protegido. Y que para eso, en la actualidad, se necesita más inteligencia y astucia que fuerza y agresividad.

La tercera: que ¡qué bolas la discriminación!

Hay gente que piensa que los movimientos que se realizan por el reconocimiento de igualdad de derechos es un capricho de un grupo de desadaptados que quieren acabar con la sagrada institución de la familia. Nunca se toman el tiempo de ver más allá de sus propios prejuicios y limitaciones.

De ver, por ejemplo, que se lucha por poder acceder a cosas tan básicas como ir de la mano con la persona que amas sin miedo, o poder besarte en tu carro sin que un policía te amenace con prisión, y sí ¿por qué no? Casarnos.

Yo me quiero casar. Jurídicamente no existe un argumento válido que impida el matrimonio entre personas del mismo sexo, más allá de un par de artículos, creados por el hombre, que de la misma forma se pueden descrear, como se elimina todo aquello que resulta inconveniente, ineficiente, inútil.

Con la actitud que adoptan cada vez que discriminan o callan ante la discriminación, promueven un sin fin de comportamientos muchísimo peores que las demostraciones de afecto entre dos personas del mismo sexo, para el caso de que esto sea realmente malo.

Por eso prefiero hablar aunque seguramente sería más fácil optar por el silencio. Hablo porque entiendo que en la vida uno promueve lo que permite y yo no quiero promover el odio y la desigualdad, mucho menos cuando me vería yo misma directamente afectada.

No importa el argumento que tengas. Entiende que no te corresponde juzgar. Si crees en Dios, comprenderás que esa tarea le compete exclusivamente a Él. Si no crees, comprende que todos somos libres e iguales ante las leyes. Esto significa que debemos tener los mismos derechos en iguales circunstancias. Pues bien, esas iguales circunstancias existen. En todos los casos hablamos de dos personas que quieren unir sus vidas, con los consiguientes deberes y obligaciones que tal cosa comporta.

Pero si crees en alguna otra cosa, en lo que sea que creas, permíteme decirte, con todo el respeto, que así como tú quieres SER, también los demás queremos. Solo tienes que darte la oportunidad de dejar que la gente viva y verás como empezarás también a vivir mejor.

Camina libre y enamórate de quien quieras. Y si no te atreves a eso, entonces no seas un obstáculo para el resto.

Vicios de otras vidas

Luego del trágico accidente en el que murió el novio de mi mejor amiga, el psicólogo le recomendó leer un libro sobre la reencarnación. Tal vez con el fin de que comprendiera que la muerte del cuerpo no significa el fin de la vida.

Cuando finalizó con la lectura, me lo ofreció a mí para que yo también lo leyera.

En él encontré una historia contada por la madre de un niño de tres años, el cual, según ella, probablemente vivió en Egipto durante el tiempo de los faraones.

Esta hipótesis suya comenzó cuando su hijo, de forma inexplicable, resolvió momificar con papel tisú a la mascota que acababa de morir.

Empecé así a conocer la teoría de la multiplicidad de las vidas que atrapó mi atención desde el primer momento.

Antes de eso asistía a la Iglesia Católica a escuchar las formas de evitar el infierno o acceder al paraíso, una vez que terminara esta única oportunidad de hacer las cosas bien.

Nacieron nuevas preguntas sobre mi yo antes de ahora ¿Quién era, qué me gustaba? ¿Qué de lo que soy hoy pertenece a esa otra persona que fui? Siendo honesta, no he tenido tantas respuestas como me gustaría; no obstante estoy casi segura de algo: me quedé con un vicio de una vida pasada.

Lo supe hace poco tiempo. Estaba caminando por Caracas, había un sol radiante de esos que te hacen sentir el deseo de estar en la playa con una cerveza en la mano.

A la orilla de la calle se veía una hilera de palmeras y al fondo el Ávila.

“Lo mejor de los dos mundos” pensé. Sol y palmeras como si estuviera en el mar… y esta montaña que tantas veces me da una absurda sensación de seguridad.

Entonces, como por instinto, me llevé la mano derecha al bolsillo, buscando el yesquero y los cigarros, al igual que solía hacer cada vez que el clima se mostraba tan amigable.

Pero no encontré nada. Recordé que ya no fumo y me reí de mí.

Buscaba mis cigarros, comenté.

– Nunca he sentido curiosidad por fumar, jamás lo he hecho, respondió la persona que me acompañaba.

Y fue en ese instante que comprendí que a mí me había pasado exactamente lo contrario.

Yo nací buscando cigarrillos. Tal vez si hubiera sabido hablar, le habría pedido uno al médico que me ayudó a llegar al mundo.

Mis padres jamás han fumado, ni antes, ni durante y ni siquiera después del embarazo.

Sin embargo, desde el momento en que aprendí a caminar tuve la obsesión de buscar colillas de cigarro por donde pasaba.

Mamá no volvió a tener paz. Tenía que estar pendiente de mí todo el tiempo y de cualquier forma, ante el más pequeño de sus descuidos yo aprovechaba para llevar algún cigarrillo del piso a mi boca.

Luego de tantas charlas en casa sobre el daño que causa la nicotina a los seres humanos, comprendí que era de verdad maligna.

Y entonces comencé a hacer campañas en su contra.

Las hacía cuando veía a algún adulto fumando y, sobre todo, con mi abuela paterna, puesto que fumaba por lo menos una caja diaria.

Sin embargo, mi secreto mejor guardado era que amaba abrazarla porque olía a cigarro. Iba a su casa, entraba a su cuarto y respiraba profundo: nicotina por todos lados.

Ya sabía, aunque no lo habría admitido ni siquiera bajo tortura, que apenas pudiera fumar, lo haría. Y así fue.

Llegó el día en que compré mi primera caja de Marlboro rojo. Encendía uno tras otro aspirando y botando el humo torpemente hasta que un amigo me enseñó a hacerlo de la forma correcta.

Es increíble que varios años después ese mismo amigo me escribió pidiéndome disculpas por haberme enseñado a fumar. Y me imploró que dejara de hacerlo. Su hermano acababa de morir de cáncer y sentía gran remordimiento.

Lo calmé diciéndole que seguiría su consejo… pero no lo hice.

Es verdad que en varias ocasiones lo intenté. Compraba una caja entera y prometía que cuando fumara el último, no volvería a comprar jamás.

Encontraba a alguna persona que me pedía uno y se lo regalaba, luego veía algún amigo y yo misma le ofrecía. Al final, la mitad de la caja se la gastaban los demás y esta era la excusa perfecta para volver a comprar otra.

Tuve incontables “últimos cigarrillos” al igual que el protagonista del famoso cuento de Italo Svevo, con quien siempre me sentí identificada.

Incluso una vez tuve bronquitis como consecuencia del frío que pasé acampando en la laguna de Mucubají. Acudí al médico y mientras me examinaban los pulmones yo rezaba, suplicando que estuvieran sanos. Juré que no volvería a fumar luego de aquella experiencia. Pero no cumplí. Apenas estuve bien, retomé mi vicio.

Hasta que un día lo decidí. Sin que se hubiera acabado la caja que tenía en la cartera y sin ningún juramento de por medio, me levanté más temprano de lo normal, salí a trotar y me convencí de que ese 17 de noviembre era el primer día de una nueva vida.

Dejé de fumar.

Tal vez dejé atrás no solo el cigarro, sino un hábito terrible que comenzó mucho antes de 1993, en otra vida, quizás.

Hay quien dice que las adicciones son para siempre. Y creo que es posible que tenga razón. Me ha tocado elegir cada día seguir con la decisión que tomé. Unas veces es muy complicado, otras, no cuesta ningún esfuerzo.

Ya ha pasado lo peor: el drama de los primeros meses, las pesadillas, el mal humor, la ansiedad, decir que no a las frecuentes ofertas.

Pero continúa latente la tentación. Cuando el clima está bonito, con los amigos de siempre y en los domingos de playa.

A veces parece más fácil la recaída que la lucha constante… pero me consuela pensar que si supero esto ahora, ya no será un problema en mi siguiente vida.

Y cuando vuelva a nacer y esté dando otra vez mis primeros pasos, buscaré flores o gatitos, nunca más colillas de cigarros.