Colorín colorado

Mamá cree en el poder de las palabras; piensa que hay algunas que deben ser evitadas.

Por eso me pidió de favor que nunca pronuncie maldiciones, que hable siempre en positivo y que modere el uso del “no”.

A mí pocas veces me respondió con un “no” seco, siempre encontraba una forma alternativa de negarme las cosas o mostrarme en qué me había equivocado.

Tenia métodos de enseñanza muy originales.

Por ejemplo, para que yo aprendiera los colores llenó un cuarto con globos amarillos, azules, rojos… de todos los tonos que pueda imaginar un bebé de dos años.

La dinámica consistía en que ella me lanzaba el globo diciendo el color que le correspondía y yo debía regresarlo repitiendo lo que acababa de escuchar.

Esto lo sé porque de nuestras clases en casa quedó una anécdota que la hace reír todas las veces que la cuenta.

Estábamos en medio de una lección, así que me lanzó un globo diciendo: ¡ahí va el azul! Y yo lo regresé con un simple: es nego (negro).

Como está en contra de las correcciones a partir del error, reafirmó la respuesta correcta y lo lanzó otra vez: ahí va el azul. Y yo lo devolví: es nego.

Entonces hizo otra vez, otro intento. “Mi amor, agarra el globito, ahí va el azul”.

Y lo que le respondí en esta oportunidad fue: es nego o lo espoto (es negro o lo exploto).

Siempre he tenido la voz fuerte y gruesa, así que esto hizo resaltar la seriedad de mi afirmación.

Mi mala actitud no tuvo como consecuencia regaños, ni siquiera pronósticos fatalistas sobre el futuro de esa niña que a tan temprana edad reaccionaba de semejante forma.

Lo que ocurrió después fue que me pasó un globo negro, para mostrarme la mayor oscuridad del color que yo tenía en mente.

Luego de esto, me toca admitir que nací con un carácter bastante fuerte, el cual ha sido paulatinamente educado por una madre excepcional y paciente.

Mi mamá. Podría escribir infinitas veces sobre ella. Se me ilumina la cara cuando hablo de quién es; los ojos me brillan. Tengo una madre excepcional.

Hay otro cuento que cada vez que lo escucho, pienso, también yo, que ella está sencillamente desquiciada. Por menos de eso cualquier otra persona no lo estaría contando.

Sucedió que un día, mi primo César Octavio pintó de blanco el apartamento donde vivíamos. Había estado trabajando en eso arduamente durante dos días, la sala y el pasillo quedaron impecables.

Mamá tuvo que salir a hacer unas diligencias y él se quedó cuidándonos a los tres, a mis hermanos y a mí. Se distrajo, tal vez viendo televisión, o se quedó dormido, sin siquiera sospechar en las terribles consecuencias.

Libres de toda miraba adulta, sacamos los creyones, marcadores, témperas, pintadedos y todo lo que tuviera color y nos dispusimos a crear arte, aprovechando el gigantesco lienzo que había sido realizado para nosotros. Únicamente faltaba decorarlo.

Y supimos bien cómo encargarnos de eso. Así pues, cada quien tomó lo que consideró necesario y dio rienda suelta a su imaginación, demostrando todo su talento en las paredes recién pintadas.

Ya estaba casi lograda la meta; quedaba muy poco blanco en nuestra zona de alcance en el momento en que llegó mamá.

Abrió la puerta y estábamos los tres felices por lo que acabábamos de hacer; salimos a recibirla sonreídos de puro orgullo y la invitamos a contemplar la sorpresa que habíamos preparado para ella.

No supe interpretar en aquel momento su cara perpleja. Me gustaría ahora mismo poder ver la escena otra vez y detallar la reacción de mamá viendo el desastre del que habían sido víctimas sus paredes blancas.

Inmediatamente mi hermana rompió el silencio creado por el suspenso y comenzó a explicar toda la obra. Aparentemente sabía con exactitud el significado, no solo de lo que ella había hecho, sino también de los dibujos de mi hermano y de los míos.

Nuestro público nos escuchó con muchísima atención. Posiblemente sonreída mientras lloraba por dentro.

Lo que ocurrió a continuación es lo que no se puede creer.

Terminó de entrar a la casa, pasó hasta su cuarto y salió de ahí con una cámara fotográfica para tomarle fotos a la hermosa obra de sus niños. Dándonos las gracias y advirtiendo que quería dejar constancia de nuestros maravillosos dibujos.

Cuando despertó mi primo no pareció tan orgulloso como mamá. Le aseguró que jamás volvería a ayudarla en nada que tuviera que ver con la casa… pero ella no le dio demasiada importancia a eso.

Recibió algunos comentarios de los enterados: tampoco así, Charito. Pon límites. A mí un hijo me hace eso y no sale ileso.

Y respondió con seguridad: yo no les puedo reprimir su creatividad. Por suerte son hijos míos.

Esa pared quedó así por bastante tiempo; mamá no permitió que borraran nuestros dibujos sino hasta después de un año.

Delante de nosotros mostraba la pared decorada a sus amigos y les explicaba, más o menos conforme a la información que ella tenía, sobre el significado de cada cosa.

¿Cuál fue el efecto?

Ninguno de los tres resultó pintor, es decir, no nos dedicamos a eso. No estamos hablando de la historia magnífica detrás de la vida de un gran artista. No ha quedado justificado el daño a la pared pintada.

Solo me queda esto. Este brillo en los ojos cada vez que la veo o hablo de ella. Y esta certeza de que hay una persona que ha valorado cada cosa que he hecho.

Esta pregunta: qué hice tan bueno en otra vida que se me ha asignado una madre tan maravillosa.

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TU DEFENSA

Pasé tanto tiempo pensando en nuestro asunto, buscando motivos, queriendo respuestas. Intentando descifrar el momento exacto en el que empezó el desnivel, cuándo mi amor comenzó a ser más grande en comparación con el tuyo.

Me quedé esperando a que dijeras algo pero no lo hiciste nunca. Al final todo lo que he querido saber lo he debido responder yo misma. Te interrogo y contesto. Soy mi abogada y soy tú. Analizo tus respuestas, modero mis preguntas. Me convierto en juez y también soy tu defensa.

Es como si se estuviera llevando a cabo un juicio en mi cabeza. Ya van varios meses de esto. Los lapsos han sido interrumpidos por eventos de toda índole, buenos y malos.

Lo cual ha resultado conveniente porque ha pasado tiempo y el tiempo, es verdad que lo cura todo, e incluso para el caso de que no haya todavia completado su trabajo, llega un punto en que permite ver las cosas con más calma.

Antes de ahora no había permitido que nadie más te juzgara; cada vez que contaba mi versión de los hechos, los terceros dictaban severos veredictos en tu contra y entonces tenía que salir yo en tu favor, apelar sus decisiones argumentando cualquier cosa.

Decía lo que habría querido que tú me dijeras.

Pero finalmente opté por el silencio. A pesar de lo que dicen sus detractores, me resultó una mejor elección que hablarte a ti o de ti.

Ninguna de esas dos opciones fue jamás una buena idea. Contigo no, porque era como hablar sola y de ti menos porque no tolero las conclusiones desinformadas.

Dicen que no me querías tanto como yo a ti. Lo mismo que dijiste tú. Es algo que sé de sobra; es un hecho admitido. Sobre eso no hay discusión.

Y sin embargo aquí estamos en este juicio, mi abogado, el tuyo y el juez: yo. Preparando tu defensa.

Como juez puedo y debo considerar todas las pruebas traídas por las partes. Y aunque entiendo el perfecto castellano en que has pronunciado tus palabras y aunque me hayan causado tanto daño, sigo pensando en todo el resto.

En la tarde en que me dijiste por primera vez ‘te quiero’ escrito en un avioncito de papel. En la noche en el faro cuando temblabas de miedo porque sentías que te ibas enamorando de mí y no tenías idea de qué hacer con eso. En la madrugada en la que, irrespetando el derecho de propiedad de un desconocido, nos subimos en su lancha a hablar de nuestra vida antes de conocernos. En la mañana en que te preparé el desayuno y me pediste que fuera tu novia.

En las veces que te dije que te amaba, sin esperar nada a cambio. En ese momento la reciprocidad no me importaba demasiado; si no me amabas tú, daba igual, estaba segura de que en algún momento lo harías. Yo soy una tipa aplicada y tú eras mi principal empeño. Y así fue, lo logré, te escuché decir sinceramente que me amabas.

Es inevitable pensar en las oportunidades en que te abracé para calmar tu llanto por alguna de nuestras despedidas. Lloraste también cuando elegiste terminar lo nuestro. Y mientras decías que ya no me querías como yo a ti.

Me ha costado tanto llegar a este punto. He tenido mil argumentos en tu contra. Jamás te he odiado, nunca te he ofendido y en ningún momento me he arrepentido de nada de lo que tuvimos, ni de todas las horas de viaje para poder verte.

Todo lo que hice, lo volvería a hacer de la misma manera. Nunca reprimí un abrazo, un beso o mis ganas de estar contigo. Lo di todo y recibí bastante.

Es solo que hasta hace apenas unas semanas dolía tanto que costaba ver más allá. Lo que busco ahora es dejar las cosas claras… para mí.

Yo soy tu juez y ha llegado el momento de dejarte en libertad.

La mereces porque la has pedido y porque en el daño que causaste no hubo culpa, mucho menos dolo.

Tal vez, en otras circunstancias me habrías amado tanto como te amé yo. Tal vez me habrías amado más. Pero los “tal vez” no son siempre posibles y el nuestro no se pudo.

A nadie se le puede obligar a querer. Este es el motivo por el cual yo jamás solicité explicaciones a tu decisión. Y este es el motivo por el cual decidí callar y no insistir.

Eres libre de seguir la vida, de seguir sin mí, como elegiste. Te dejo ir, vete.

Esta es tu sentencia.

El día que plagié a Giovanni

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A lo largo de mi vida he escrito muchísimas cartas, comencé en este oficio a muy temprana edad puesto que nací romántica y apasionada.

A mi primer amor lo conocí en el preescolar. Era el niño más orgulloso que haya existido, pero tenía unos ojos tan hermosos que hacía que valiera la pena tolerarle casi cualquier defecto.

Digamos que se llamaba Fernando por conservar su anonimato.

Fernando y yo discutíamos frecuentemente y todas las veces que eso ocurría yo tenía el trabajo de hacer alguna cosa que provocara la reconciliación. Con la edad que teníamos la forma no era tan obvia como lo es ahora, así que me tocaba usar la imaginación.

No me podía dar el lujo de esperar a que él diera el primer paso, no, yo tenía que hacer lo necesario para que acabara la molestia entre los dos, puesto que sabía perfectamente que de lo contrario él permanecería ausente de mi vida eternamente, desde el momento en que ceder no estaba dentro de sus opciones.

Recuerdo una carta en la que le escribí que por favor volviera a hablar conmigo porque lo extrañaba demasiado. Se contentó automáticamente y seguimos la vida como si nada hubiera ocurrido; volvió a ser mi adorado futuro esposo.

Años después en el colegio conocí a la primera persona que consideró mi escritura como algo digno de aprovechar, era mi mejor amiga y durante el tiempo que estudiamos juntas yo escribí, a petición suya, las cartas que iban dirigidas a todos sus enamorados. Ella me decía con sus palabras lo que sentía por el afortunado de turno y yo me inspiraba en redactar sus sentimientos de la manera más romántica que fuera posible.

Durante esos años de colegio aumentó considerablemente el número de cartas, no solo por los novios de mi amiga sino porque yo tuve la inmensa fortuna de conocer al segundo amor de mi vida.

Entonces escribía constantemente a mano, por correo, en rima, en verso, como fuera. Sentía muchísimo y algo había que hacer con todo eso. Hacía cartas tan cargadas de amor como de terribles errores ortográficos, tan vergonzosos para mí que deseo de corazón que hayan sido destruidas por el tiempo.

Escribí cartas, escribí poemas, escribí hasta grafitis. Regalaba canciones ajenas, me inspiraba y escribía yo misma, unas letras nefastas que mis amigas más cercanas me celebraban.

Recibí algunas cartas también yo, sin embargo no están en mi memoria, posiblemente estaban hechas de frases largas y complicadas, de razonamientos lógicos, de cuidado.

Pero hay una que sí recuerdo, no solo por la particularidad de las circunstancias en que fue entregada y por las características de su remitente, sino también y sobre todo por la hermosura y simplicidad de su contenido.

Yo tenía 17 años, acababa de terminar la última clase y me dirigí al transporte del colegio que me llevaría a casa. Cuando subía los escalones del autobús amarillo con su característico olor a gasolina, alcé la cara y arriba estaba un niñito de 7 años, con su camisa blanca del uniforme bien arreglada dentro del pantalón y peinado como si fuera la primera hora de la mañana.

“Hola ¿Cómo estás?” Lo saludé.

Alzó las manitos y me dio una hoja de cuaderno doblada en cuatro partes.

“A ver qué es esto”, la recibí. Era una carta escrita con letra de 7 años que decía:

“Sé mi novia, a ti nunca te dejaría” Giovanni.

Sin saber qué hacer le sonreí, lo abracé fuerte y le di las gracias.

Era la carta más bonita que había leído. Con poquísimas palabras, decir tanto… un poema hermético.

A ti nunca te dejaría. Es como decir “no te cambiaría por absolutamente nada en el mundo” o “eres todo lo que quiero, eres más que suficiente”. ¿Qué más se podría esperar?

Pasaron varios años y seguí recordando la carta.

Hasta que un día… plagié a Giovanni.

La inmensidad del amor que sentía me convirtió en una niña chiquita de unos 7 años, diciendo, también a mano y en una hoja de cuaderno “sé mi novia, a ti nunca te dejaría. Fernanda”.

Y recibí a cambio una sonrisa, un abrazo fuerte y por supuesto las gracias.

Me consolaré con la esperanza de que jamás sea olvidada la carta que le escribí con marcador rojo al tercer amor de vida.

OVEJAS NEGRAS

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3, 4 y 5 años.

Esas eran las edades, la mía y las de mis dos hermanos. Mi mamá fue muy organizada con sus críos y nos trajo al mundo uno detrás del otro, teniendo especial cuidado en que naciéramos los tres en el mismo mes -febrero- e incluso en fechas bastante cercanas; todo esto con el pragmático objetivo de economizar gastos y esfuerzo, haciendo una sola fiesta de cumpleaños.

Con la llegada de noviembre comenzaron los preparativos para celebrar la navidad en el preescolar, y se acordó la realización de un nacimiento viviente.

Cada niño adoptaría un rol bíblico, con vestuario y actuación incluída. A pesar de que estábamos en distintos niveles, por algún motivo, terminamos los tres en el mismo escenario.

Mamá se había esmerado haciendo nuestros trajes ella misma; tenía talento. Mi hermana llevaba con elegancia un par de alitas blancas: era el Ángel Gabriel y debía cumplir con la fundamental misión de anunciar el nacimiento del mismísimo hijo de Dios.

Mi hermano era un importante rey mago, vestido con tela suave y distinguido por el prestigio de haber hecho un largo viaje con presentes para Jesús.

Y yo… no sé a quién diablos se le ocurrió ponerme de OVEJA.

Parece increíble pero todavía recuerdo ese día. Me encontraba entre el público con papá viendo a Ernesto, mi hermano, declamar con un liqui liqui. Era media lengua y lo pronunciaba todo mal pero su público lo amaba.

Luego pasó Magui a recitar un poema de Andrés Eloy Blanco. Yo la había visto en todos sus ensayos y desde aquellos días “Angelitos negros” sigue siendo de mis preferidos.

Ambos estuvieron increíbles, brillantes: aplausos, felicitaciones, buenos augurios.

Luego de esas presentaciones, para finalizar, se haría el nacimiento viviente.

Sin embargo ya había pasado una cantidad de tiempo considerable y por un lamentable error de logística el disfraz de oveja me lo pusieron desde que comenzó el día.

Fueron horas de estar esperando que tocara mi turno. Sentía calor, tenía sed, quería comer. Y mi condición de oveja lo empeoraba todo.

¿Cómo no? mi traje no era tan fresco como el de mis hermanos. A diferencia de ellos, yo tenía encima por lo menos 10 kilos de algodón pegados a un trajecito blanco que me cubría absolutamente todo el cuerpo. Y ya para el momento en que me llamaron a subir al escenario estaba demasiado agotada.

Pero cumplí con mi deber, subí.

Solo que, una vez arriba, mientras entregaban los regalos traídos del oriente, el calor y la sed ganaron la pelea, de manera que, contrariando todas las instrucciones recibidas, me quité la cabeza de oveja… y me bajé del escenario en pleno acto buscando a papá. Por supuesto que todo el mundo se enteró de aquello. Y bueno, el caso fue un ejemplo casi literal del significado de ser la oveja negra de la familia.

Probablemente tú ya has escuchado esta frase: “fulanito es la oveja negra de su familia”. Puede que “fulanito” seas tú mismo. Si no lo eres, seguro que puedes pensar en esa persona, dentro de tu núcleo familiar, que llena los requisitos indispensables para serlo. Pero si tampoco, entonces, de verdad, lo lamento.

El cuento de la oveja negra resalta el culto a la “normalidad” dentro de una sociedad determinada. Encuentra origen en la necesidad de algunos seres humanos de conservar el control del grupo a través de la conducta similar de las personas. Cualquier diferencia o desencaje que se presente en alguno de sus integrantes atenta contra los parámetros preestablecidos y activa una alerta.

Luz roja: hay una oveja negra. Alguien que se comporta distinto a lo que se espera.

Y ocurre que cuando esa oveja negra está rodeada de un montón de ovejas blancas, entonces comienza a padecer los remedios recetados por los expertos; se implementan una serie de medidas para normalizar a la oveja negra, buscando blanquear su lana de la manera que sea.

Pero también podría correr una suerte distinta: si a la oveja negra la aceptan exactamente como es, si la respetan y la aman, entonces significa que tiene a su alrededor muchas otras ovejas diferentes como ella, que aprecian lo particular porque reconocen su belleza.

Y me he dado cuenta de que es cierto, yo he nacido oveja negra, pero pertenezco al segundo grupo, al de las ovejas suertudas rodeadas de otras ovejas parecidas en esencia, que no permiten que les quiten su color. Lo digo porque presumo de una familia hermosa que se ha reído de mis disparates, que me ha defendido de las ovejas blancas y me ha apoyado en todo momento.

Somos unos impresentables, locos como cabras. Pero es esto: cada vez que alguno de nosotros ha debido ser la oveja negra, ha contado con el resto del rebaño para salir adelante y saber que no es un bicho raro, es solo distinto al resto del mundo.

Por suerte.