Más de mil kilómetros por él

He conocido la meditación recientemente, me he acercado más a Dios, incluso. Tal vez, Señor, si a través de mí pudieras hacer algo…

Ya tenemos la receta:

Juguito de fresa con tomate de árbol, tecito de moringa sin azúcar. Cafecito colado, solo un poquito. Discriminación de lácteos y de carnes rojas. Compotas con galletas integrales para la merienda. Bastante agua y sobre todo muchísima fe.

Es mejor comer así, saludable. Sirvamos lo mismo para todos, porque nos conviene y para que él no sienta ganas de consumir otras cosas.

Durante nuestros almuerzos me habló de sus recuerdos con el abuelo, a quien mantenía vivo en cada frase y de quien había adquirido el nombre Octavio.

“¿Cuántos kilómetros hay de aquí hasta Maturín, abuelo? ¿Como mil, más o menos? ¡Eso es muuuy lejos!

No es tanta distancia, hijo, estaremos cerca. Podré ir a verte cada vez que lo necesites. E incluso si fueran mil kilómetros, Dios me daría fuerza y llegaría hasta ti.”

Esa conversación -me dijo- tuvo lugar el día en que ocurriría la separación que le costó tantas lágrimas.

Aquella tarde la recordaría por siempre; se iría con su madre, dejaría la casa en la que había sido inmensamente feliz y se separaría del abuelo al que amaba tanto.

César Octavio, como los emperadores romanos. Y Dios es testigo de que no le faltó grandeza.

¿Te duele algo, primo?

No vale, estoy fino.

Cualquiera que ignorara la agresividad y los efectos de una radioterapia, habría pensado, viendo la sonrisa de César, que aquello era cualquier cosa. Resultaba imposible sospechar la enfermedad que padecía solo con ver su rostro. Y, los que sabíamos lo que tenía, nos confiamos de sus palabras: siempre estaba bien.

Debía ser así, él debía estar bien. Tenía una familia gigante puesta en oración por su mejora; buena atención médica, una madre abnegada y una esposa excepcional. La guerra estaba ganada.

Jugaba ajedrez con la muerte, todas sus piezas eran de esperanza y sonrisas, de la mejor actitud, de llamadas de sus seres amados, de favores de sus amigos. De plegarias de su abuela y de su madre, del cariño de todos sus conocidos.

Y la muerte, pocas veces retada de forma tan sublime, movió sus más terribles fichas: terror, dolor, dolor intenso, dolor insoportable. Sacó la bestia de 6 cabezas y 32 tentáculos, inagotable, atacando por todos los frentes, sin misericordia, sin compasión: el cáncer.

Una primera operación con resultados buenos, aparentemente. Una segunda, todo en orden. Celebración de bienvenida, alegría, esperanza.

“¿Cómo estás, César?

Estoy bien, fino. Pero ya no quiero más químicos en el cuerpo. No necesito más quimioterapia, estaré bien sin eso.”

Cómo podría alguien dejar de creer en sus palabras si estaban cargadas de sentido. A los hombres buenos no debería ocurrirles nada malo.

Sin embargo recibí la noticia de que se encontraba mal, incrédula pero sin atreverme a hacer demasiadas preguntas decidí que era necesario viajar a verlo.

Esta vez no pensé en las horas de camino y en el consiguiente cansancio; también me olvidé de las palabras que yo misma había pronunciado la última vez que estuve en Maturín, cuando, molesta por no poder regresar a Caracas afirmé que no quería volver a tocar una carretera si no era para ir a Maiquetía.

En aquél momento era casi comprensible mi rabia; había salido solo por dos días que se convirtieron en siete por orden de las circunstancias. Me sentía secuestrada, privada de libertad de forma ilegítima, arrebatada del libre tránsito.

497 kilómetros recorridos para llegar a su casa, dándole fuerza a mamá durante todo el camino, escuchando los cuentos de César cuando era un niño, riendo, disimulando el llanto, soñando con poder hacer algo, alguna cosa que pudiera ayudarlo.

“Compró cuatro gallinas ponedoras y todos los días reunía cuatro huevos para alguno de sus cuatro hermanos. Eso no lo hace más nadie” le escuché decir a una de sus hermanas, mientras lloraba.

Recorrí el patio de su casa y pude ver todos sus animales, había también un gallo, un morrocoy, un pajarito, tres hámsters. Y sus dos perritos, Terón y Chapi.

Es posible que haya nacido amando la fauna entera pero también es posible que lo haya aprendido en la casa de sus abuelos. He sabido que su primera adquisición al llegar a la ciudad -luego de la terrible separación- fue un pollito al que cuidaba como a un hijo.

Llegué dos horas antes de las 8:36 pm.

A tiempo para decirle -por última vez- que lo amaba y que le agradecía profundamente todo lo que me había enseñado, sin siquiera proponérselo, tal vez. Solo con su ejemplo, con su día a día, con su vida.

Nunca antes había visto tanta gente triste. Me refiero a verdaderamente triste, lamentando la pérdida de una persona desde el corazón, conscientes de que les faltaría alguien que había significado tanto.

Parecía que se trataba de un personaje público. Veía cómo iba llegando gente, no cabían. Me tocó saludar a personas desconocidas proveniente de todas partes.

Su familia, sus vecinos, sus clientes, el médico que lo atendió no sé dónde, el mecánico que le arreglaba el carro, los compañeros de la iglesia a la que asistía, los trabajadores de las farmacias en donde compraba sus medicinas.

Cada quien con su historia particular con César; distintas todas pero coincidían en la conclusión: él era una persona única, maravillosa.

Mientras todo ocurría, lo imaginaba sonriendo, como lo había visto siempre. Y pensaba en sus recuerdos con el abuelo cuando comencé a sumar todos los kilómetros que se habían recorrido por estar ahí, eran, con mucho, muchos más de mil.

Varios de Caracas, otros más de Puerto Ordaz, gente de Puerto la Cruz, de Cumaná, de San Antonio. Y no sé cuántos lugares más.

¿Cuántos kilómetros, abuelo?

¿Como mil?

Aquella pregunta que hizo por considerar que era un número elevadísimo, una distancia infinita que lo separaba del que había sido hasta ahora su único padre. Y que el abuelo estuvo dispuesto a recorrer con tal de verlo, la hicimos entre varios, por él.

Por haberlo querido tanto, porque fue tan especial, porque todo lo que tenía lo compartía, porque siempre regalaba sonrisas y fuegos artificiales en diciembre, porque fue buen hijo, buen hermano, esposo, amigo, nieto, primo, jefe. Porque fue una extraordinaria persona.

Por él, mil kilómetros de ida y otros mil de vuelta.

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TODOS LOS MARES, MI MAR

Julio Cortázar ha dicho “todos los fuegos el fuego” y “todos los mares, el mar”. Una alegre afirmación, pues evita la tarea, delicada y engorrosa de tener que comparar.

Sin embargo tal precepto hay que tomarlo con pinza. Es deber considerar otras buenas opiniones, se me viene a la cabeza aquella que deja claro que es el tiempo que se pasa con la rosa lo que la hace especial. Pues es así, así lo creo. Yo jamás podría afirmar “todas las montañas, montaña” y mucho menos, todos los mares, mi mar.

No es que sea nacionalista, Dios me libre de ese mal. Pero cuando hablo de mar y montaña pienso una en particular, en el mar que en Venezuela baña la Costa Oriental y en el Ávila en Caracas que me limpia todo mal.

Como esta montaña, juro, no he conocido otra igual, aunque existen otras tantas hermosas para observar, los gloriosos Alpes o los Andes imponentes, picos altivos e indomables en el mundo hay un millar. Pero la montaña mía, la que quiero respirar, se le dice Sabas nieves, los venados, galipán.

Esta montaña bonita, me ha sabido acompañar a lo largo de mi vida en lo menos y en lo más. Comprendo que no podría ligeramente afirmar, así como cualquier cosa, “todos los mares el mar”.

Esto que apenas he escrito me hace ajuro recordar cuando el rubio principito, se encuentra con un rosal y piensa todavía en su rosa, la única de su mundo, idéntica a todo el resto y a la vez sin otra igual.

Lo que siento por mi cerro, es lo que siento por el mar que conozco desde niña, que fue mi segundo hogar. La playa que con paciencia me enseñó cómo nadar, el muelle en el que aprendí que pescar me hacía llorar. Ese mar que me brindaba sorpresas a cambio de nada: delfines una mañana, por la tarde un raro pez, erizos, corales y sustos más de una vez.

Arapito, Colorada y el puerto de Santa fe. Combustible para el barco, pescado para la cena y un postgrado en construcción de castillitos de arena.

Admito que no podría decir, sin ninguna pena, todos lo mares el mar, porque el mar que a mí me llena, es el mar que está en la costa oriental de Venezuela, y si he conocido otro, por bueno y bello que fuera, aunque lo haya disfrutado me he sentido en casa ajena.

¿Error o destino?


Historia del blog y del nombre:

Error o destino.

Este tema me intriga. Yo ya había decidido que es absurdo creer en el destino porque cada quien construye su propio futuro. De hecho, lo creo todavía.

Sin embargo, hace unos meses me pasó algo tan curioso que todavía no he logrado encontrar una explicación que me deje conforme. 

La historia del nombre empezó hace varios años ya. 

Antes de terminar el colegio yo estaba absolutamente segura de lo que quería estudiar: Comunicación Social, puesto que mi sueño era ser escritora. 

Hice públicas mis aspiraciones entre mis conocidos, lo cual no fue óbice para que el subdirector del colegio continuara en su empeño de decirme “l’avvocato” (la abogado). Con este adjetivo se olvidó de mi nombre y siguió llamándome así, haciendo mayor énfasis cada vez que yo me veía inmersa en alguna discusión de salón. 

L’ Incerpi -como llamábamos al profesor- aseguraba ser un experto de la quiromancia. Y fue en mis manos en donde creyó ver mi futura profesión. Él estaba absolutamente convencido de ello. Yo, por supuesto, no le creí nada. 

“Estás loco ¿cómo vas a saber tú más que yo sobre lo que voy a estudiar?

-Ya tú vas a ver, yo le he adivinado el futuro a más de uno”. 

Daban igual sus vaticinios; los delirios de oráculo de un matemático no incidían en mí. Solo quería que dejara de decirme “l’ avvocato”. 

Terminé el colegio y ejecuté mi plan: me inscribí en Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello; fui aceptada y solo quedaba esperar que comenzaran las clases. 

Mientras eso no ocurría fui de viaje con amigos y regresé a Caracas solo cuando faltaban dos semanas para el inicio del primer semestre.  

Estando en casa me dediqué a leer. Creo que leí primero “Los cuatro reyes de la baraja” de Herrera Luque y luego “El sari rojo” de Javier Moro. Ambos libros son maravillosos. 

Pero ocurrió con el segundo que me cautivó. Tenía todo para hacerlo: era una historia real ambientada en un país del que me enamoré desde el momento en que supe que existía: La India. Y protagonizado por una familia a la que admiro muchísimo: los Gandhi. 

Todavía con lágrimas en los ojos, al terminar la última página quise saber quién era el autor. Así que leí la biografía. Interesante. Era abogado, decía. Y había viajado muchas veces a la India para escribir el relato.

No tardé demasiado en llegar a esta conclusión: él viajaba, escribía y, además, era abogado. Entonces yo podía hacer lo mismo, sería como tener dos profesiones por el precio de una. 

Todo cambió en ese momento. Ahora quería estudiar Derecho. Y no solo eso… ya no quería estudiar Comunicación.

Me fui a la universidad inmediatamente para remediar mi desacierto inicial. Pero no había nada que hacer, ya iban a empezar las clases y no había ni un cupo disponible. 

Irónicamente, como si me hubiesen negado la posibilidad de estudiar la carrera que había querido toda la vida, sentí ganas de llorar  

Me senté en un banquito de una pequeña fuente para serenar mi mente. Consideré todas mis opciones y me negué a perder un año estudiando una carrera para después hacer el cambio, como me habían sugerido. Era más fácil seguir insistiendo.

Entonces la perseverancia encontró recompensa en la buena voluntad de las personas que estaban en la posición de ayudarme. Conseguí el cupo, sería abogada. 

Actué con honor y le hice saber al profesor adivino que él había ganado nuestra apuesta tácita. Con eso, seguramente, alimenté su ego -que no estaba nada flaco-. Pero no tenía otra opción, era lo justo. 

Durante la carrera ocurrió lo impensable: me olvidé de la escritura y me enamoré del Derecho. 

No escribía más que en los parciales y en mis cuadernos cuando tomaba notas en las clases. 

Había abandonado la escritura. Pero las leyes no tuvieron nada que ver con eso. Yo sospecho que lo que influyó realmente fue mi ruptura con quien -creía yo- era mi única fuente de inspiración. En aquel momento me parecía que tenían íntima relación.

Un día, cuando ya faltaba poco para finalizar la carrera, recibí una llamada muy especial y bastante emotiva: “sonreí durante toda la conversación, conversé durante toda mi sonrisa”. Cuando colgué el teléfono, comencé a escribir. Y cuando paré de escribir, yo era ya una persona nueva. O más bien, renovada. 

En ese momento conocí el arte. La escritura como método de sanación y de evolución. Descubrí que con el dolor también se podían hacer cosas bellas. Leí lo que acababa de crear y sentí ganas de compartirlo. 

Entonces quise un blog. 

¿Qué nombre ponerle? 

Debía ser algo significativo para mí. Y no pasó mucho antes de encontrar el adecuado. 

Había algo que me había cambiado la vida de la forma más inesperada: un libro. 

“Se va a llamar El sari rojo. Pero en vez de rojo, “rouge” que es lo mismo pero en francés. Así hago una mezcla de idiomas”. Con lo que me encanta la diversidad de culturas, pareció una buena idea que esa característica mía, tan acuariana, estuviera reflejada en el nombre de mi blog. Elsarirouge. Sí, me gustó. 

Siempre que me preguntaban el motivo de tan peculiar y complicado nombre, yo contaba su historia, sin mayor análisis. 

-“Fue por un libro cuyo autor era abogado. Quise matar dos pájaros de un tiro”.

¿Había sido casualidad? ¿Había sido destino? Ninguna de las dos. Había sido una decisión mía. Pero eso sí: una decisión que había cambiado absolutamente el rumbo de mi vida. Y que la tomé gracias a una biografía. 

No había nada que evaluar. 

Sin embargo, hace unos meses, quise hablar de “El sari rojo” de Javier Moro. Y para hacerlo mejor, tomé mi libro y lo volví a abrir -por primera vez después de que lo cerrara tantos años atrás, con la inamovible decisión de ser abogada-. 

Lo primero que hice, por supuesto, fue buscar la página de la biografía. Fui directo porque sabía exactamente dónde estaba. Recordaba incluso la camisa que usaba el autor en la foto. 

Comencé a leer, sonreída por el reencuentro. Pero se me fue quitando la sonrisa. Terminé de leer. ¿Qué había pasado? Fui a la última página, nada. Revisé la portada, tampoco. Fui a Google. Absolutamente nada. 

No encontré nada. 

Javier Moro no era abogado. Era de todo menos abogado. 

Cómo es que recordaba algo que no había estado nunca. Yo lo había leído en esa página. Sin embargo, nada decía. 

Estudié Derecho porque creí ver algo que no había visto. 

¿Fue un error? ¿Cómo pudo ocurrir algo así? Todavía recuerdo la foto. La camisa. El bronceado del autor. Y que era abogado.

Pero no, no lo era. 

¿Fue la vida la que lo quiso así? ¿Fue el destino? ¿Fue el profesor? ¿Fueron mis manos? No comprendo.

No tengo la respuesta, es terrible. Podría decir cualquier cosa y nada sería certero.

Pero yo quiero pensar que la vida lo quiso, que me equivoqué de dirección para encontrar el camino correcto.

    Que Dios eligió guiarme

Y ahora que sospecho posibles estos llamados inexplicables, que pueden venir tal vez disfrazados de libros o de errores o incluso de destino, intuyo la probabilidad de que lo que me pasó aquella vez, me esté volviendo a ocurrir. 

Y si fuera así, yo se los haré saber en otro escrito. 

Me he enamorado de Caracas

Resultado de imagen para la ciudad de los techos rojos

Me he enamorado de Caracas
De la Caracas que fue,
Contra eso he comprendido que ya nada puedo hacer
Pues, aunque amo a la de ahora
Me enloquece la de ayer.

Me he enamorado de Caracas
De la Caracas de antier
Que conocí en una foto hecha antes de yo nacer
Y la he visto tan bonita
Que creo que fue el mismo Dios
El que la ha mandado a hacer.

Tengo la imagen conmigo
Y es como volver el tiempo: imagino que le digo, que la escucho, que la siento.

Qué iba a pensar, Caracas, dejándose retratar, que tantos años después yo ahora la estaría viendo.

 

Reconozco sus caminos, y el altar verde de fondo,
Imagino sus sonidos y con eso me conformo.

Olor a campo en ciudad y mucho más fresco el aire,
Con caraqueños pescando a orillas del río Guaire.

¿¡Qué no daría por pasear a caballo todo el valle pudiéndola contemplar sin que ningún edificio me obligue a perder detalle!?

Me he enamorado de Caracas, de la historia de sus calles, de sus mitos, de sus cuentos, de sus casas coloniales.

Del rojizo de sus techos, del nombre de sus esquinas, de la variedad de templos, de sus santos, de su fe.

Caracas: tierra divina, suelo fértil, cafetal, cacao, ríos, montañas, clima noble y cerca el mar.

No me cabe en la cabeza cómo hoy te hacen tanto mal.

Me he enamorado de Caracas
De la Caracas que fue, contra eso he comprendido que ya nada puedo hacer
pues, aunque amo a la de ahora me enloquece la de ayer.