UN PAÍS DE DOCTORES

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Me he pasado dos horas escuchando a Cortázar en una entrevista del programa español “A fondo”. No me aburrí ni un segundo y estuve siempre atenta, como si estuviera viendo una película de suspenso, disfrutando cada palabra que dijo. Me enteré, con gusto, de su vida entera: de que leía muchísimo desde que era un niño, de que siempre fue un introvertido, de que hacía novelitas que eran casi un plagio de las obras de Poe.

Me enamoré de su acento a veces francés, a veces argentino. Y de su mala pronunciación del español; experimenté ansiedad al verlo fumando un cigarrillo tras otro.

Supe que vivió, cuando era muy pequeño en una ciudad de España llamada Barcelona, que está llena de arte por todas partes, repleta de Gaudí, particularmente. Y quedé con tantas ganas de ir yo también y recorrer sus calles.

Me gusta Cortázar.

Y me enteré de algo muy curioso: no pudo terminar la universidad.

No pudo porque no tenía dinero. Sin embargo, años después, su determinación como autodidacta lo llevó a ser profesor en una de ellas.

Recordé que cuando estaba haciendo los trámites para la inscripción en el curso de locución de la Universidad Central de Venezuela, vi que en los comentarios de la página web una persona se quejaba de uno de los requisitos de admisión: tener título universitario.

¿Acaso ese documento es garantía de que una persona sabe usar el lenguaje de forma adecuada?

En algún momento leí un curioso pie de página en el que Grisanti Aveledo comentaba que “Venezuela es un país de doctores”.

Esto porque en mi país, tal vez por la educación gratuita y de calidad de la que gozamos en algún momento, a toda persona se le impone como compromiso social acudir a la universidad y obtener un título, no importa lo que vaya a hacer después con él: si lo guinda en una pared de la casa de sus padres, estará bien; lo importante es tenerlo.

Como si todo el mundo estuviera hecho para el estudio y como si no fueran necesarios otros oficios. En un país con tanto llano y tierra fértil ¿cómo no va ser importante un agricultor o un ganadero?

Que no a todos les gusta el estudio, que los he visto frustrados en las clases y desperdiciando tiempo que podrían invertir en encontrar su pasión.

Que no necesitamos tanto título, necesitamos gente haciendo lo que realmente quiere hacer, realizándose de verdad, porque de esa manera, nadie tiene que ser obligado a hacer las cosas bien, porque hacerlas bien es lo que les nace.

Que el título no puede ser un requisito para ser admitido en un curso de locución. Y con esto no quiero decir que no deban existir filtros para entrar, sino que ellos deben guardar relación con la labor que se va a desempeñar.

Que a Julio no le hizo falta un título para mantenerme absorta por horas escuchándolo hablar de su historia y admirándolo en cada frase.

Ese título tampoco lo necesitó para fascinar a tanta gente con sus cuentos, con sus libros, con sus traducciones, con sus clases. El profesor universitario sin título universitario.

No lo necesitó porque cumplió con el único requisito indispensable para hacer las cosas bien en la vida: amar completamente lo que se hace.

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