V DE BACA

 

v de baca

Sobre la plataforma verde de la pequeña pizarra aparecieron 4 letras blancas, dibujadas con tiza y comprendí que mi primo había logrado el objetivo: escribir la palabra “vaca”.

Cumplió así con la asignación impuesta por la implacable maestra – mi hermana- con seis años de edad y, por supuesto, mucha más experiencia que nosotros que apenas contábamos cinco.

Tocó entonces mi turno y adelanté diciendo que conocía otra forma de representar con letras el nombre del mismo animal. Me acerqué y escribí: b a c a.

Inmediatamente, la maestra, como si hubiese estado esperando mi error, gritó apasionadamente para resaltarlo: ¡está mal, vaca solo se escribe con uve!

Solicité la explicación de su afirmación y, sin embargo, por respuesta solo obtuve que era así y ya.

Ante tal contestación, me quedé sin conseguir motivo que justificara condenar a una palabra a ser escrita con una sola letra, existiendo dos que lograban hacerle el mismo favor. De manera que me pareció absurdo todo aquello; repetía en voz baja “v de vaca y b de burro”. Por más veces que lo pronunciara, me parecía que tenían el mismo sonido.

Fue más adelante que logré captar la diferencia, pero ese día definitivamente no. Lo que sí me quedó claro y comprendí perfectamente fue que, en adelante, no podría escribir nunca más la palabra “baca” para referirme al ganado.

Este fue mi primer encuentro con la ortografía:

Se me dijo, con la “sutilidad” y “diplomacia” que caracteriza a los niños, que las palabras vienen ya con una fórmula y que yo no podía escribir como me diera la gana.

Como si fuera poca cosa, horas después me enteré de la importancia de la “h” y por más explicaciones que pedí, nadie supo decirme por qué tenía que usar una letra que jamás había escuchado. “Es muda, no la oyes pero igual la tienes que poner”.

 

-¿Cuándo debo usarla?

-Ya te irás enterando.

-Me parece que iglesia debería empezar con h.

-No, esa empieza con “i” solamente.

 

¡Qué tragedia!

¿Cuál era la necesidad de complicar así las cosas?

 

Consideré imposible aprender de memoria todas las palabras que requerían una “h” al principio y mucho menos intercalada. Me sentí derrotada por las letras.

¿Cómo iba a escribir tan rápido como mamá? ¿Cómo mi padre podía leer libros tan grandes y sin dibujos? ¿Cómo adivinar en dónde debía poner las comas, que me parecían puestas en los textos al azar?

Años más tarde he comenzado a darle valor al conocimiento de las palabras y sobre todo del lenguaje. Sin embargo, sigo sin horrorizarme ante ciertos errores ortográficos, es decir que no comparto la rigidez insípida de juzgar con tanta severidad pequeños descuidos. A mí me ocurre algunas veces que cambio una ge por una jota. Me pasa, por ejemplo con la palabra jengibre que, esta vez la escribí bien al primer intento, pero no siempre es así. Aun así, soy más inteligente que un diccionario.

 

Por otro lado, un error de ese tipo es distinto y menos grave a los que evidencian una falta de comprensión en el idioma, algo en lo que no soy experta yo tampoco pero me manejo decentemente por la intuición que desarrollé en las clases de gramática. Solo ahora logro comprender su importancia.

He llegado a creer que de la buena o mala relación que tengamos con las palabras depende nuestro pensamiento todo.

¿Cómo podríamos saber que algo nos duele si desconociéramos el vocablo dolor? En ese caso, lloraríamos sin saber qué nos pasa y mucho menos cómo expresar nuestra pena.

He notado algo curioso: cuando se aprenden otras lenguas y se adquieren definiciones nuevas, con una precisión que no encontramos en nuestro propio idioma, ampliamos nuestro mundo, se nos esclarece la mente porque hemos encontrado el molde perfecto para crear un pensamiento y expresarlo.

Y es por falta de acercamiento a las palabras que vemos tantas veces personas que se quedan torpemente trabadas en el intento de decir.

Comprendo entonces, que no quiero ser yo quien grite que vaca solo se escribe con uve, pero eso sí, estoy absolutamente convencida de que es necesario un acercamiento más comprometido con nuestro idioma.

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