30 de julio 

MKMM

Trece años y una profesora de historia judía era lo que yo tenía en aquel momento.

En mitad de una clase sobre la Alemania de Hitler, le escuché decir que era importante conocer la historia porque siempre se repite. Sobran ejemplos de los eventos que pudieron evitarse con la sola lectura del pasado; son los personajes los que cambian pero la naturaleza del humano continúa siendo la misma.

Pensé en voz alta: imposible que vuelva a ocurrir en el mundo alguna cosa tan atroz, mucho menos en Venezuela. Me respondió: sigue siendo posible, Fernanda. Incluso hoy, incluso aquí, es por ello que insisto tanto en este tema.

No recuerdo el día ni la fecha pero las palabras se me quedaron grabadas para siempre, no sé por qué, porque no las creí, seguí pensando que yo tenía razón.

Hace un tiempo comencé a tomarlas más en serio. Y hoy –no quiero ni pensar en cuántos años después- las creo. Comprendo que nunca se sabe cuándo va a llegar el mensaje, por eso hay que enviarlo, aunque en principio parezca que se ha perdido. Aunque se pierda, incluso.

30 de julio de 2017: logré mantener casi intacto mi ánimo, hasta que vi las fotos de los magistrados que conforman el TSJ, votando, sonrientes por la eliminación de nuestra Constitución, de nuestro Estado de Derecho, de nuestra República.

Fotos que dicen que están felices con lo que hacen y con lo que está pasando, fotos que envían un mensaje al Ejecutivo: estamos cumpliendo el trato. Y un mensaje al resto del país: ríndanse, que la justicia no existe, no aquí, no ahora; si quieres mejorar tu vida, vete.

Me viene a la mente la clase de historia: países cómplices, gente enriqueciéndose de manera exagerada mientras otros morían, por armas o por hambre o por dolor. Pueblo apoyando aquel régimen. Leyes hechas a voluntad del tirano, tribunales puestos a su disposición. Ejecución sin proceso, jueces del horror. Dejà vu.

Guardemos esas fotos.

Porque llegará un momento en el que sus personajes dirán que ellos no quisieron, que no estuvieron de acuerdo. Que el dinero lo obtuvieron de la forma más honrada, que la culpa es de otro. Lo harán sin vergüenza en la cara, al igual que hacen lo que están haciendo ahora. Entregan su país y se lavan las manos, se retratan orgullosos porque están guapos y apoyados.

Cerremos los ojos y pensemos que vemos el futuro por el hueco de algún cerrojo. Y ahí están los magistrados, los ministros, recibiendo “lo suyo” que sería justicia en palabras de Ulpiano. Y que vemos en sus rostros el mismo miedo que hoy nos ahoga. Pensemos que las sonrisas, entonces, estarán en las caras de la gente, de los venezolanos.

Pensemos en el futuro para sobrellevar el presente y mientras tanto, hagamos el expediente. Guardemos las fotos porque llegará el momento en el que alguien dirá que lo ahora ocurre, no ocurrió. Y en algún colegio un estudiante pensará que es imposible que vuelva a suceder.

Aunque ayuda, no hace falta creer en Dios para confiar en la posibilidad de un mejor mañana. Solo hace falta conocer la historia. Y hace falta enseñarla… para que no se repita.

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TODASANA

Venezuela más paraíso que infierno

Teniendo el mapa del mundo frente a los ojos, se puede notar que en una de las Américas, la del sur, hay un país conocido como Venezuela, cuya capital es Caracas. A unas dos horas de Caracas, pasando La Guaira, se encuentra un pueblito llamado Todasana.

Estoy segura de que todo el que me lee conoce perfectamente la ubicación geográfica y otros detalles del país en cuestión, de su capital y muchos habrán ya visitado las playas de La Guaira. Sin embargo, puedo adivinar que el porcentaje de personas que han ido a Todasana es mucho menor.

Yo había escuchado hablar del lugar y su encanto en repetidas oportunidades pero jamás tuve particular interés en comprobarlo yo misma; sin embargo, por cuestiones de suerte, ahí llegué.

Todasana es paisaje desde el principio: emprendes tu viaje y, como recompensa, verás durante todo el camino el mar a un lado y la montaña del otro. En algunos puntos, mar en ambos polos y, siempre, un cielo espectacular.

Mar y río, río y mar. Ríos por todas partes al llegar. Y mar.

Gente bonita por donde te metas. Alegres y despreocupados. Venden los frutos de esa tierra increíblemente fértil que hace que los árboles tengan proporciones mayores a las habituales. Venden pescados recién sacados del mar. Y del río.

A la orilla de la playa la vida es fiesta. Bailan tambor, bailan salsa, bailan merengue, reguetón, lo que les pongan. Se mueven con ritmo particular, como si la música más bien saliera de ellos.

Te dan seguridad y se siente, se ve escrito en las paredes “si jodes te jodemos” y parece que funciona porque nadie jode.

El ambiente suele ser fresco por la abundancia de vegetación. El calor de la tarde se combate fácil, tienes distintas opciones. Yo elegí meterme en el río. Me sumergí completa en la naturaleza pura para que me bautizara.

Luego me quedé inmóvil, solo con la cara fuera del agua, mirando al cielo repleto de verde, tupido de hojas y de ramas, salpicado por los rayos del sol que se colaban por donde podían.

Noté un movimiento y reconocí un cuerpito marrón y unos ojitos que me miraban con desconfianza, como si tuvieran la capacidad de escudriñar mi alma y descubrir si yo representaba una amenaza.

“No hay peligro” creo que les dijo a sus amigos. Y aparecieron más como él: una manada. Montón de monitos expertos en saltar en las alturas, entre las ramas de las matas que están en ambas orillas del río y que se conectan entre sí.  Pasaron al otro extremo y se quedaron unos minutos comiendo mangos, hasta que, saciados, hicieron su camino de regreso.

Mientras todo esto ocurría, yo estaba abajo; dedicada en silencio a observar y a agradecer por la experiencia. Protegida por el río del clima tropical. En medio del paraíso. Respirando aire de mar, del caribe. Cubierta de agua dulce y pura.

Reviviendo.

Gracias, Todasana.

LIBERTAD

 La imagen puede contener: una o varias personas, cielo y exterior

Tu ausencia sería condena

La peor

y no la admito

Pues quererte no es pecado

Mucho menos es delito.

Si te vas

Qué esclavitud

Sin ti mi cuerpo:

El exilio.

Sometiéndome a un dolor

Sin ningún tipo de alivio.

Mi libertad es contigo

Para mi felicidad

tú bastas

Junto a ti

quiero un destino

Si tú estás, nada me falta.