JUVENTUD AL SUELO

Sin sospechar el efecto,

cantaste el himno en la escuela,

no sabías que cada letra se te quedaría en la sangre

y que se te prensarían las venas

cuando escucharas afuera,

por cualquier casualidad,

la melodía de tu hogar.

Te aprendiste de memoria tres colores,

siete estrellas,

un escudo que brillaba con el oro,

un caballo que jugaba entre la arena.

Dibujaste con tus manos las fronteras

de un lugar que fue llamado “Venezuela”

País libre y soberano desde tiempos de Angostura,

con lluvias de democracia

y charcos de dictadura.

 

Respetaste cada nombre

de los hombres que te dieron libertad.

Soñaste un mejor país

donde el hambre no doliera,

donde no ondeara otra tela

que no fuera tu bandera.

Donde la tierra que pisaras fuera tuya,

tuya por ser de tu tierra.

Donde no mandara nunca una potencia extranjera.

 

Empezaste a vivir con el estreno de un siglo

Eras apenas un niño

Cuando comenzó el discurso sobre ataques desde afuera.

 

Pero te surgió la duda:

¿el ataque es desde afuera?

¿Por qué un gobierno tan bueno habla pero nunca escucha?

Te supiste sin opción

Y decidiste hacerte parte de la lucha.

 

Cubriste tu cara y expusiste el pecho a las bombas y a las balas

Confiando cada segundo a la suerte

Pero al instante siguiente ya no más

Entre una nube de gas

Nació un río de sangre caliente

Y cayó tu cuerpo inerte

 

Tu coraje fue una ofensa

Los trajes verdes te lanzaron a la muerte.

 

Lloran las madres

llora el futuro

llora el presente

 

Al contemplar que la tierra va cubriendo tu ataúd

Que va al suelo de tu patria

La flor de su juventud.

Anuncios

VALIENTE

A continuación diré una frase cliché: hay héroes que no tienen capa. Yo conozco a varios pero en particular a uno: mi papá. Jamás lo escribo, jamás lo digo y creo que es hora de acabar con el “jamás” porque no se sabe nunca cuando dejará de ser opción decirlo o no. Así, pues, aprovecho esta ocasión en que puedo.

Tengo recuerdos de él, de cuando era niño. Los tengo porque sus historias, que no son fáciles de escuchar, ya que habla poco del pasado, me tocaron el alma inmediatamente después de que llegaron a mis oídos. Y se quedaron ahí. Así que lo recuerdo como si lo hubiera visto.

Lo veo chiquito, jugando con su perro Otelo, comiendo mangos que él mismo tomaba de las matas, yendo al colegio con su hermanito mayor. Ayudando a su mamá en cualquier cosa, leyendo con su abuelo Esteban, soñando con una pistolita de juguete.

Lo veo un poco más grande, frente a un libro y una vela, con su amor por la lectura, tal vez soñando sin darse cuenta de que lo tenía prohibido. Seguro que ya se lo habían dicho y seguramente, también, escuchó con respeto y lo asumió como una opinión, solo eso. Quizá porque nació sabiéndose águila aunque le dijeran polluelo.

No se dejó cortar las alas porque sabía que podía volar: estaba en su naturaleza. Siguió soñando, siguió creyendo. Se subió en la primera montaña que apareció y se lanzó al vacío. Y lo logró, voló. Y las alas le alcanzaron para recorrer el mundo, para aprender cinco idiomas, para hacer cinco carreras. Fueron suficientes para volver con su madre y reportarse como el hijo que no olvida, que agradece, el hijo que crece para dar la mano desde arriba y ayudar a subir.

El café es lo que corre por las venas de mi padre –de todas las cestas que cargó cuando muchacho en la hacienda del abuelo. No es azul su sangre, es mejor, de la más noble. Tiene la sangre bendita de los valientes, de los que se atreven a soñar y lo hacen, sueñan. De los que logran sus metas, de los pensadores, de los sabios. De los buenos, de los que lloran por el dolor ajeno. De los que creen en la gente pero sobre todo, de los que creen en ellos mismos.

Gracias por el ejemplo: seguir soñando, seguir luchando, seguir creyendo. Siempre seguir.