Cuando deje de quererte

No preguntes cosas que no digo

No me pidas más de lo que doy

No te atrevas a soñar conmigo

No quiero un futuro para dos.

Más vale el despecho de unas horas

Que el de la costumbre de los años

No hay duda de que te quiero

Pero querer, con el tiempo, causa daño.

Adiós. Lo dirás tú o lo diré yo

Seguro es que lo diremos.

Si lo dices tú, yo no diré más que “suerte”.

Y ojalá que vuelva a verte.

Si lo digo yo, que me bendiga el destino,

Que  me aleje de la muerte

Que me dirija el camino

Hasta que un día vuelva a verte

Cuando ya tenga el coraje

Cuando deje de quererte.

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El discurso de Canova

No leyó, únicamente tenía una hojita donde -supongo-  anotó las cosas que no quería dejar pasar. Sus palabras fueron distintas a lo que suele escucharse. Fueron distintas por dos cosas: porque fueron sinceras y porque fueron contrarias a lo que se esperaba.

La sinceridad se hizo evidente puesto que nadie se arriesga a pronunciar un discurso capaz de generar tanta polémica, el día de una graduación, delante de tanta gente, si no se está realmente convencido de lo que se dice.

En efecto, este profesor, tuvo la valentía de expresar lo que tal vez muchos piensan, pero nunca dirían en voz alta fuera de su casa. Yo estuve de acuerdo con la opinión del orador y es por ello que he creído conveniente hacer llegar  la esencia de su discurso a todos aquellos que no pudieron escucharlo.

Comenzaré por lo que no dijo para llegar a lo que sí. No dijo que nos quedemos a dar la vida por la patria, porque ella necesita de sus jóvenes para poder salir adelante. Más bien, que siguiéramos nuestro corazón en la toma de las decisiones que vendrían, y que si sentíamos que tendríamos más felicidad y mejor calidad de vida afuera, partiéramos sin remordimiento. Porque lo que sí se necesita es gente realizada personalmente, gente que luego pueda volver con verdaderas posibilidades de sumar.

La situación que se vive en Venezuela no es una cosa que pueda sobrellevar cualquiera y, por lo tanto, quedarse podría significar estancamiento e infelicidad, y de esa manera no se estaría ayudando a nadie: ni a nosotros, ni al país.

Por otro lado, para quienes quieren permanecer aquí teniendo la certeza de que su presencia será de ayuda o más aún, se consideran absolutamente indispensables para generar el cambio que se necesita, entonces, evidentemente deben quedarse.

Canova, nos recomendó hacer de nuestra existencia la mejor obra. Eso implica manejarnos con honradez, ser honestos para poder dormir bien -porque claro que el sueño es fundamental para ser felices- y además, para que cuando lleguen los últimos años, cuando ya no haya tanto por hacer, estemos orgullosos de lo que construimos.

Me hizo reflexionar. Nuestra existencia es tan corta y la historia del país tan larga. Y solo contamos con una vida por persona. Nacimos con el derecho de vivir según nuestros principios, siempre que con ello no dañemos a nadie.

El pueblo venezolano es permanente, no obstante, los individuos que lo componen son pasajeros, efímeros. Puesta una lupa sobre la masa, se pueden divisar sujetos con sueños, intereses e ilusiones.

Pensar en “la patria” siempre ha traído problemas. Ese amor irracional ha hecho que se pierdan generaciones enteras en guerras, solo porque “alguien” dice que esto o aquello es lo mejor para ella. Y al final, la patria no le devuelve la vida al hijo, a la novia o al hermano. No lo hace.

El amor que sentimos por el lugar donde nacimos y crecimos, en el que han sido fabricados la mayoría de nuestros recuerdos, es natural, es hermoso y es un privilegio que no todo el mundo tiene. De manera que es lógico que tantos quieran permanecer y dedicar el propio tiempo, sirviendo –de la manera que sea- a su tierra.

Sin embargo, hay que entender que el amor por un país no elimina el derecho que tenemos de seguir con nuestra vida y, mucho menos, nos atribuye superioridad moral para imponer, a alguien más, obligación alguna.

En determinadas circunstancias –y no es una decisión nada fácil- se tiene que elegir buscar otro destino con la esperanza de crear un mundo nuevo, propio. Es por ello que mucha gente se va de Venezuela… aunque sin dejarla.

Y son valientes. Valientes como los que nos quedamos.