Felicidad Alquilada

Yo pensé que sería la única… pero no.

Cuando me pidieron el favor de que fuera a la verdulería que está cerca de la casa a buscar los desechos, las sobras, lo que nadie compra, yo no vi ningún problema. No pensé que sería difícil porque no estaba detrás de nada muy codiciado, así que no habría competencia. Además, cada vez que voy, el dueño me incomoda con piropos y miradas fuera de lugar, de manera que molestarlo yo, por una vez, no me pareció un abuso.

Entré, le comenté el motivo de mi visita y no hubo ningún problema. Me mostró los sacos de basura y yo me acerqué para llenar las dos bolsas que tenía en las manos. Justo estaba amarrando la primera cuando se acercó un niño. Mi reacción fue preguntarle por qué hacía lo mismo que yo, pensé que si estaba ahí tal vez tenía motivos parecidos a los míos, es decir, usar aquello como abono.

En el momento en que le pregunté qué hacía, lo que pensé en realidad fue que posiblemente tendría conocimientos de agricultura y me podría ayudar a elegir de mejor manera. Su respuesta sí que no me la esperaba. Me dijo: esto sirve para complementar. Inmediatamente entendí a qué se refería.

Él estaba buscando su comida en el mismo sitio donde yo buscaba el alimento para las lombrices californianas. Me aparté y dejé que él escogiera primero. Luego decidí cambiar de lugar, me alejé y encontré otro saco de verduras podridas. Y entonces se me acercó una señora delgadísima a preguntarme qué había encontrado. La miré y respondí que no había nada que sirviera.

Ocurrió. Llegó el choque con la realidad cruda, esa de la que tanto leo y escucho pero que en realidad pocas veces veo de cerca. Es imposible que un evento como este no nos deje pensando… tal vez esto, en la historia de este país -incluso después del descubrimiento del petróleo-  no es algo que no haya ocurrido antes; sin embargo, que sea tan generalizado parece algo nuevo.  Ver el hambre en tantos rostros, en tantos cuerpos malnutridos, en las miradas tristes, se ha hecho común, cotidiano.

Incluso parece absurdo que en un país como Venezuela, comer, para mucha gente, se haya convertido en un lujo. Después de tanto despilfarro, sin ver, costaría creer lo que se está viviendo ahora. Los venezolanos hemos dejado de ser niños mimados y nos hemos convertido en huérfanos que necesitan buscar el pan por sus propios medios.

De una moneda devaluada, tenemos que cada bolívar cuenta para llenar el estómago, que la comida vale más de lo que nunca supimos, que las cosas cuestan. Nos estamos enterando ahora de que éramos felices y no lo sabíamos pero también de que era una felicidad regalada, casi inmerecida.

Teníamos una felicidad alquilada y ahora no hay cómo pagar la renta.

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