A pesar de mi madre, me gradué.

Me he sentado a descansar, tomando un café, luego de haber caminado por horas buscando el vestido para el acto de mi graduación. También me senté a esperar a mamá que se ha vuelto un poquito impuntual y va llegando tarde a nuestra cita. Me pregunto qué llegará contando para hacerme reír y lograr que deje pasar su falta. Esta vez no tendrá ni una gota de mi mal humor.

Con todo esto de los preparativos, la familia felicitándome y el orgullo que estoy sintiendo, se me ha pasado por la cabeza una idea, me he dado cuenta de que el logro ha sido muy a pesar de mi madre. Sí, tal cual como lo digo, porque la sentencia de muchas personas era distinta.

Ya saben, cuando alguien hace las cosas diferentes a como lo hace el común, suele generar críticas, y por supuesto que no se les hizo tan fácil aceptar, sin por lo menos manifestar contrariedad, que mi opinión ha tenido importancia desde el mismo momento en que aprendí a hablar, que era un miembro activo e importante en la toma de decisiones tanto familiares como personales.

Cosas muy pequeñas que lo han sido todo: escoger mi propia ropa, usar una media de un color y otra de otro porque dos iguales me parecía absurdo. Escuchar que las rayas que acababa de hacer en la pared eran una obra de arte, dignas de ser fotografiadas. Usar un disfraz de doctora y no de princesa. No ser grabada declamando, como mis hermanos.

Fui bautizada cuando lo consideré yo misma y los padrinos los escogí yo también. La religión nunca se me impuso a pesar de tener dos padres muy católicos. Nunca recibí un golpe, no tengo historias con las cholas de mi mamá. Creo que ni siquiera sabe pegar… siempre se sentaba conmigo a explicarme el motivo por el cual lo que yo había hecho estaba mal y les juro que unas nalgadas habrían dolido menos. Era efectivísimo, lo que fuera, no lo volvía a hacer, por convicción, nunca por miedo.

– “Charito, tú no les pones carácter a tus hijos, cuando sean grandes te van a pegar a ti”-. No se dejó llevar, no hubo un grito, no hubo un golpe. -“Los niños son inteligentes, pueden entender”-, esa era su respuesta.

A temprana edad comencé a tener la sospecha de que tenía la mejor madre del mundo. Mis amiguitos la adoraban y mis primitos querían que los adoptara. Yo no me quedaba atrás, era disciplinada, iba bien en el colegio, hacía deportes. Cumplía los requisitos. Pero luego empezó el drama, porque vamos, todos tenemos de eso.

Me di cuenta de que me sentía atraída por una niña y nada que hacer, en esas condiciones, hiciera lo que hiciera, nunca lograría ser un orgullo para ella. No era raro escuchar a alguna de mis tías diciendo que prefería una hija puta que lesbiana. Y mamá creció entre gente conservadora, yendo a la iglesia, siendo católica, tal vez ni se imaginaba que dos mujeres pudieran tener algo distinto a la amistad. Pero tonta no es, se dio cuenta, aunque no dijo nada. No hasta que fue indispensable hablar.

Le pedí perdón pero no lo hizo, porque no había nada que perdonar. Porque yo no estaba haciendo nada malo, no dañaba a nadie, no era una criminal. No había nada que perdonar porque sin importar como yo fuera ella me iba a amar más que a nada en el mundo. Me abrazó y lloró conmigo, entonces confirmé mi sospecha: es la mejor madre del mundo.

Cuando terminé el colegio, quería estudiar Comunicación Social y se ilusionó muchísimo con la idea de tener una hija periodista. Pero luego quise estudiar Derecho y  entonces se enamoró de la idea de tener una hija abogada.

Y fueron cinco años de carrera en los que me veía estudiar y me hacía té o café, comida. Me tocaba la frente con sus manitos frías para que yo me relajara. Y decía: “mi amor, tú estudias demasiado, ¿por qué no te acuestas un rato?”. Cuando me veía confundida me decía que si no quería seguir estudiando eso, me saliera.

Me causa gracia. Por eso digo que me gradué a pesar de ella, porque si me veía en dificultades me invitaba a abandonarlo todo, protegiéndome como si fuera un bebé. Pero no lo hice nunca, ni siquiera lo consideré. Porque ya sabía que las dificultades se superan siempre y eso me lo enseñó ella.

Porque desde que yo era niña, cada vez que había un problema, ella resolvía, con una sonrisa, al mejor estilo de “La vida es bella”. Siempre maquillando todo para que mi mundo fuera bonito. Aprendí que si mi mamá podía resolver todo, yo también podía. Así que siempre continúo y no me permito dejar las cosas a la mitad. “Todo se resuelve, confía en mamá”, es lo que me viene a la mente cuando algo no marcha como quiero. Y ahora lo sé: todo se resuelve. Confío.

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Horas de la noche

horas

Horas de la noche,

sepan que han dejado de bastar.

Pues si estoy con ella, ustedes se hacen polvo.

 

No me deja dormir

pero me enseña a soñar.

Cuando no está ella,

duran lo que siempre,

a veces, incluso, creo que tardan más

pero si aparece, inmediatamente

el tiempo se escapa,  se vuelve fugaz.

Caminen más lento, nadie las espera

que la luz del día duerma un rato más

siéntense un momento a contar estrellas

no me hagan más guerra, firmemos la paz.

Sonriendo, con ella

las noches en vela

es culpable de que yo no duerma

y aún así, confesaré:

sigo queriendo que vuelva.

Canto de pájaros

Olor a café

Ruido de ciudad

Y me doy cuenta: ¡se han ido!

si ella regresa, quédense un poco más,

es el  favor que les pido.