La quiero

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Me di cuenta de que la querría

Lo supe

Y el pronóstico no mejora

Es más, es peor

Peor porque la quiero ahora.

Se fue sin preaviso

Pero dijo que no regresaba

Se fue y ella no sabía el vacío que dejaba.

Yo supe que la quería

Me di cuenta

Porque aunque era imposible

El alma me gritaba: ¡intenta!

Y lo intenté, Dios lo sabe

Por la promesa de su boca suave

Y de sus abrazos fuertes

Por querer besarla entera

De los pies hasta la frente.

La quiero y lo juro por…

Por el imán que era su cuello

Por el olor de su cabello

Y por su recuerdo

Este que aun doliendo, no deja de ser tan bello.

La quiero ¿Cómo lo niego?

No podría

Y no serviría de nada

Diciendo no con los labios

Diría sí con la mirada.

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Los homosexuales también van al cielo

Hace unos años participé en un programa de la Universidad Católica Andrés Bello llamado Ausjal. Su misión era acercar a los estudiantes a las comunidades de escasos recursos para así conocer esa realidad y poder actuar en ella como líderes, como guías, como ejemplo para los jóvenes que no conocían otro mundo y cuya visión estaba limitada a lo que veían a diario.

Una de las fases del programa consistía en pasar la Semana Santa entera en la comunidad de La Vega; vivimos todo ese tiempo en un colegio. Casi no quedaba tiempo para nada, nos despertaban, desayunábamos y salíamos a recorrer las calles, como misioneros, llevando un mensaje a todas las casas.

La tarea era hacer una oración con las familias y teníamos un instructivo en donde nos explicaban con detalle todo lo que debíamos hacer. Por supuesto que nunca le hice caso al folleto, puesto que considero que la oración, en esencia, es una necesidad de ser escuchado, así que, después de decir el Padre Nuestro (que es el único rezo que sé) me sentaba a hablar y a oír a la gente que, me parecía, lo necesitaba. Generalmente los viejitos que vivían solos, o las madres solteras. Les dedicaba mi tiempo a ellos y esa fue mi manera de orar.

Una mañana llegué a una casa y había un muchacho, como de 20 años -igual que yo- y me invitó a pasar. Él estaba solo y sentí un poco de miedo, pero como yo estaba con una amiga, decidimos entrar.

Era muy tímido y parecía querer decir algo pero no podía. Le hablé de cualquier cosa para que tomara confianza y luego le dije que si deseaba conversar me podía encontrar en el colegio en las tardes.

Al día siguiente, mientras preparábamos las cosas para la procesión, me informaron que alguien estaba preguntando por mí y yo fui a atenderle. Era el muchacho. Me dijo que debía hablar conmigo de algo que le preocupaba, nos sentamos y luego de un rato, logró expresar que sentía miedo de no poder ir al cielo porque era gay.

Me preguntó si era verdad que Dios despreciaba a los homosexuales, porque en su casa le habían dicho que así era. Me comentó que ya había pensado en el suicidio por toda la presión que sentía a causa de su orientación sexual. Sonreí y le dije: “sí irás al cielo cuando mueras, solo no te suicides”.

Y continué: el ser homosexual, por el solo hecho de serlo, no te convierte en un pecador. Eres una persona más, igual que el resto, que puede decidir si hacer bien o hacer mal, lo que no puedes decidir es si te gustan las mujeres o te gustan los hombres.

Hice lo único que podía hacer: lo alenté a seguir sus gustos porque, aunque no siempre sea fácil, es lo mejor. Porque en la vida encontraremos gente que nos amará por quienes somos y gente que nos despreciará por el mismo motivo. Y porque siempre, por lo que uno haga, va a recibir críticas, así que la mejor opción es recibirla siendo lo que en realidad somos.

Así como él, hay muchísima gente que sufre por este tipo de creencias y es necesario repetir, las veces que sea necesario, que son falsas. Amar no es delito, no es pecado, no está mal. Lo que sí es pecado e incluso delito es inducir al suicidio. Es una vileza infundir miedo y auto-desprecio amparándose en la figura de Dios y de la biblia.